Perdón

He de pedir perdón por interpretaciones atrevidas que he realizado y disculparme ante las personas afectadas por mis errores. Ruego se acepten mis disculpas.

No sé por dónde empezar. Se trata de mis crónicas romanas, un total de nueve que jamás pensé tuvieran tanta repercusión y menos en Roma, adonde tuve que volver, sobre todo por sentirme arrebatado por esta ciudad, con todas sus contradicciones y anacronismos.

Decir como descargo de mis equivocaciones y cosas que no he dicho, todo lo cual narraré a continuación (esta vez será una única contracrónica), que después de haber escrito aquellas percepciones literarias, con pinceladas de psicología y cierta ironía sobre las gesticulaciones de los italianos, me indican que Facebook va a hacer un nuevo emoji (emoticón.) Agradecer vuestra lealtad como lectores y por comentar tanto lo que os escribí. Cierto que hice una pequeña pillería en la última al hablar sobre mi experiencia erótica en la ciudad eterna. Disculpad mi atrevimiento.

pinched-fingers_1f90cHan sido varias las equivocaciones que cometí por escribir desde una primera mirada y con una única experiencia concreta, que al ampliar mi visión y lo vivido en Roma he de rectificar y tal cuál lo cuento. Y lamento no haber dicho otras cosas.

Lo primero pedir perdón porque me envanecí al llegar a Roma nuevamente. He de reintrepretar las crónicas que hice, en unos casos y, en otros, corregir falsas apreciaciones, así como alguna metedura de pata que seguidamente os cuento, sobre todo porque  el arte exige sinceridad.

Al llegar nuevamente a Roma, muy atento para completar y reforzar mis crónicas romanas (nunca imaginé que llegaran a ser tan famosas) vi a muchos varones vestidos con faldas. Pensé que fue como resultado de lo que conté sobre esta prenda y la mujer italiana, ¡ay!, sempre la dona italiana!! Lo consideré como una reivindicación ante esa tendencia a lo bello que tienen los ciudadanos de Roma, y en general de Italia. Así lo escribí y pensé que ver a tanto varón faldero fue fruto de la influencia que ejerció mi escrito

Me dirigí a estos grupos que me abrazaron, me invitaron a beber cerveza, si bien no les entendía bien, pues hablaban un italiano un poco raro (así lo percibí en ese momento.) Algunos me hicieron saltar con ellos y me llené de orgullo. Les dije que yo también iría  vestido con falda al llegar a España. Pero. Sí, ¡pero! Resultó que se jugaba un partido de rugby entre la selección de Italia y la escocesa. Que por cierto ganaron éstos. No tuvo que ver lo de las faldas de los hombres con lo que yo había escrito (lo reconozco humildemente), al ser el vestido tradicional de Escocia. Lo siento, y pido disculpas por haberme envanecido.

escoceses

No pensé, ni pude imaginar que mis crónicas se leyeran no obstante en aquella ciudad, aunque con la globalización y las redes sociales, desbordadas de mis renglones, dicen mis hijos que no es de extrañar.

Pero no quiero pecar nuevamente vanitas vanitatum, pues el perdón exige propósito de enmienda. Y quiero aclarar que pido excusas, ¡perdón!, como escritor, no por haber visitado tantas iglesias como hice, ávido de belleza e historia y de indagar el sentido místico del arte, habiendo tanto confesionario, pero no. Es fruto de mi reflexión y de mi aportación humilde a la literatura.

Por cierto, algo que no había visto la otra vez, y en esta ocasión en tres iglesias, momias de santas y de mártires, no cómo reliquias, sino sus cuerpos. No sé si embalsamados o cubiertos con máscaras, pero que se veían huesos de las calaveras y de la mano dentro de la urna de cristal. Esto daría mucho de qué hablar, pero me siento abrumado y no quiero volver a interpretar erróneamente lo que percibí en una primera impresión.

momia

Conté cómo al preguntar por una calle, diciendo lo mismo que ellos luego repetían de igual manera al leerlo en un plano de la ciudad, no me entendieron. Al llegar a la estación Termini en este segundo viaje, un señor me saludó, se acercó a mí y me dijo “usa l’expressione, amico”. Me quedé mirándole, sin dar las gracias ni nada, al asombrarme de que me comunicase aquello. Quiero suponer que leyó las crónicas anteriores que escribí. Lo cual es para mí un orgullo. Y he de decir que ¡efectivamente!, mi comunicación fue fluida al expresar las palabras, gesticular y usar la musiquilla de su idioma. Entre algo que ellos entendían del idioma español y yo un poco del italiano me sentí como en mi propia ciudad.

No fue la única persona que me abordó paseando por las calles y plazas de Roma. Ya sabéis que hablé de los bomberos, a colación de lo que gusta a los italianos los uniformes, ¡les priva!, y cómo se pavonean con ellos. Los camiones de bomberos, que no paran de ir para arriba y para abajo con la sirena puesta, luciéndose arrebatadamente. Pero me equivoqué. Me quedé mirando a un camión que pasó. Paró. Se bajó un pompiere, para nada sospeché que viniera a hablar conmigo como hizo. Amablemente me cogió del brazó invitándome a ir con él hasta estar cerca del camión. Todos los pompiere con su bigotito típico dall’italia. Leí “Vigili de fuoco”. Claro, son vigilantes del fuego y van y vienen con este motivo. Me explicó el que me acercó al camión que ellos dan seguridad a la población. Me disculpé y.. “mi dispiace tanto”, lo cual realizo ahora por escrito con la seguridad de que me leerán. “Perdonad amables pompieres”, lo digo de corazón. E  anche che sono belli. De hecho uno, bromeó al decir “e per inciso siamo visti” (“Y de paso que se nos vea”.) Sonreí.

belleza eterna

También una mujer me llamó, eh! té, estando ella sentada en el banco de una plaza. Esta vez vi más bancos para descansar que la vez anterior. Ah, y un banco chino de dinero, que nunca antes había visto. Tampoco en España. La señora, de la edad de estar a punto de jubilarse, sonrió. Al llegar a su lado me preguntó si yo soy el cronista romano, “seil il cronista romano?” me quedé cortado y en una situación de desconcierto. ¡Otra que ha leído mis crónicas! Pero ¿y si le sentó mal lo que escribí? Por si acaso respondí: “Un poco”. Se levantó y me dio un par de besos mejilla con mejilla. Me dio las gracias, grazie. Y yo, por si acaso, “prego, prego”. Expresión ésta muy socorrida para usar en cualquier circunstancia. La señora en cuestión aludió a que hube captado el bello alma  de la mujer italiana, y exclamó, “oh, Sofía Loren! Y me dio una foto de ella. Como nadie de los que viajaron conmigo me iba a creer, le solicité que me hiciera una foto, lo que amablemente aceptó.

Sofía Loren

Imperdonable que en las anteriores crónicas no hablara del café italiano. E il café cossa?, me dijo un anciano, sin venir a cuento. Le expliqué que en pocos días no se puede ver todo. “Scuse”, me disculpé. Amablemente me llevó a una cafetería especial, dejando a un lado varias que en su entrada ponía “Il miglior caffè del mondo”. Puso gesto de que sí, pero que mejor algo especial, italiano italiano. “É come un’opera”, me dijo sin entender muy bien a qué se quiso referir. Caffetteria Eustaquius. Os la recomiendo. ¡Oh! Van personas de todo el mundo y de cada barrio de Roma, y de cada rincón de Italia a tomar café allá. Es un ritual. Antes que nada decir que en Roma todos los cafés se sirven con espuma, y muy poco, muy muy poco. En este caso un camarero tras el mostrador y sin que se le vea del todo, bate con una cucharita el café en la taza, a la que ha incluido el azúcar. Es una taza muy pequeña, con menos de un dedo de café y otro tanto de espuma. Es una gran experiencia. Os cuento, bien que le pese a Cartago y a Nemonio, que el café no se bebe. Es una ceremonia, sin la cual se vulgariza algo que en su origen fue rendir culto a una planta sagrada. Me tembló la mano, mientras que escuché al señor contarme el significado de dicha experiencia. El café no se bebe, eso es como tirarlo. Se degusta, cada sorbo es para mojarse los labios, durante el tiempo en el que mantiene el calor. ¡Que gusto!, ¡qué sensación! Obviamente invité al señor. El problema es que no llevaba dinero y mis compañeros de viaje se habían ido a buscar los monolitos  que están repartidos por la ciudad. Por cierto, al final vimos los trece en total, lo que nos permitió conocer lugares de Roma muy especiales y fuera de la ruta turística. Dije que no llevaba suelto. “No importa”, dijo el camarero. Ya no podía ir al servicio y esperar a que alguien pagara o que se olvidaran. Hice que iba a sacar la cartera y quejarme de que me ¡la habían robado!, pues en el hotel nos advirtió el maître que cuidado, allá son profesionales del hurto, pro-fe-ssio-na-le, remarcó. Mi coartada perfecta. Pero cuál fue mi sorpresa, cuando me dijo que estábamos invitados, y con su gesto majestuoso y  movimiento de rostro y manos al estilo italiano, exclamó: “Sei un grande scrittore, cronista romano!, conta, conta”. Y así lo hago.

Café roma

Pero no sólo os cuento, mis caros lectores, las grandezas vividas, sino también los errores y una metedura de pata, por la que tuve que pedir perdonami. ¡Qué ridículo hice! Estaba un poco quemado de la vez anterior que pateé Roma, pues la circulación en esta ciudad es caótica. Ya conté qué sucedió. Esta vez prometí no meterme en líos, callar y asumir el ser italiano como es. Pero que un coche se saltará a posta un paso de peatones y ¡encima! Tocando el claxon me irritó. Di un manotazo al automóvil y me quedé plantado. Otra vez. Convertido en un caballero de a lo hecho pecho. Salió del coche una señora de unos ochenta años, con un cigarrillo en la boca, los labios pintados. Dio una calada y volvió a colgar el cigarrillo de los labios. Señalé el paso de cebra. Ella cogió el cigarro entre dos dedos, y con ellos señaló un semáforo, con el dibujo de peatón rojo, que estuvo rojo cuando ella pasó. Los pedonis (peatones) bajaron sus miradas sosteniendo la risa a carcajada que cada cual disimuló como pudo. Pero yo me di cuenta. “Scusa, scusa”, dije y varios “prego”. Había metido la pata. La señora sonrió. Se colocó otra vez el cigarro en la boca y muy lentamente, vestida con un jersey gris y pantalón a cuadros en tonos oscuros, se subió al coche, sacó la mano por la ventanilla para decir adiós con el cigarrillo en la mano. Y yo me quedé como un pasmarote. Perdón otra vez.

Y, claro, no puedo dejar de contarlo: En este viaje hubo algo muy especial, que afecta a mi ciudad, León. Supe en conversación privada con un maestro jubilado que la toponimia de esta nuestra ciudad de España no es “leonés”, sino “legionés” (dicho como lellionés

De esta manera entre monolitos, iglesias, palacios, foros, el panteón, ruinas, parques, circo y coliseo anduve sin parar por toda la ciudad enorme, paradójica, de contrastes y pasional a más no poder. Esta vez no vi gatos. Puedo decir que tuve Roma a mis pies.

baile medieval

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