Diario de un disidente del coronavirus: La vida cotidiana

22 de marzo, 2020. Hoy es domingo. Un día tranquilo pero muy aleccionador. He aprendido el busilis de lo que está sucediendo. ¡Cómo le gusta esta palabra, “busilis”, a Joaquín Colín!” Es el punto en el que estriba la dificultad de una cosa. Sucedió cuando escuché al presidente del gobierno dirigirse a la nación a última hora de la tarde. Ofreció las razones para ampliar el estado de alarma quince días más, hasta el 11 de abril.

Lo escribí ayer: Una huida hacia adelante. ¿Cuál es el fundamento por el que toma la decisión? He aquí la cuestión. ¿Se han analizado las consecuencias de lo que se está haciendo?, cuando la oposición quiere que sea de manera más intensa la respuesta en el mismo sentido. ¿Qué van a resolver? El resultado se utilizará para decir que ha sido gracias a las medidas que se han tomado y se hincharán las palabras de orgullo, con emociones colectivas, con puestas en escena y todo habrá sido vano, pero sobrevivimos. Entonces lo celebraremos y los homenajes estallarán, pero también otra visión con una conciencia despierta que entrará en pugna. Me di cuenta en el trascurso del día de cuál es la falacia.

Por la mañana sin radio ni tele encendidas divagué, me di cuenta de que hacía las labores cotidianas sin prisa, con lentitud y que disfrutaba de ellas. Hacer la cama, barrer la casa, el aseo personal, limpiar el polvo de las estanterías. Un sonido diferente y la percepción tranquila de lo que me rodea. Salgo al balcón como un hecho especial, veo la plaza y calles vacías, a veces alguna persona que anda con parsimonia (qué palabra más bonita.) También ando despacio al ir a por el pan.

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La calma me hace pensar con lucidez, tranquilamente, y me vienen a la cabeza ideas, el recuerdo de autores de los que creí haberme olvidado. Sé que en un libro hay algo que me interesa y lo busco, sin prisa. Miro las notas que he tomado a lo largo de años, escritas a mano, de manera que, a veces, me cuesta entenderlas, y sonrió.

Hace unos días dije a unos amigos que el problema va a ser cuando termine este confinamiento porque nos estamos adaptando a él, de manera que puede que no queramos salir, que nos encontremos cómodos, que eso de tener un horario y el ajetreo  diario lo dejemos definitivamente como algo del pasado. Es una broma que tiene enjundia, sustancia. Ya se verá.

Entre las notas que recuperé, unas son reflexiones de Jean Baudrillard. Oh. Las leí con música de Frank Sinatra de fondo. Este sociólogo francés analizó la posmodernidad a la que asistimos en su plenitud, como si copiáramos lo que dijo pero a lo grande, a modo de colofón de una época. Describe “la realidad del objeto” como algo creado externamente al sujeto. Tal es la función del arte contemporáneo que necesita incorporar un discurso. A su vez los medios de comunicación actúan como acaparadores del pensamiento, que luego se desparrama por las redes sociales.

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Jean Baudrillard

Baudrillard se da cuenta de que poco a poco la imagen ha sustituido a la conciencia. Percibí que es esto lo que está pasando hoy. Su consecuencia es que las decisiones, al más alto nivel, no se piensan sino que se responde mediante el binomio estímulo – respuesta. La razón queda como un decorado. Así fue cuando el presidente del gobierno repetía que toma las decisiones “según aconsejan los expertos”, o los científicos. Pero no se señalan estudios, razones, ni nada. Se lanza el axioma y se impone la autoridad sin explicación alguna. Dice Braudillard, como si definiera esto que está sucediendo: “no hay realidad, sino un simulacro de ella”. Hoy uno de mis hermanos me gritaba “¡da alguna solución!” Mi respuesta fue: “Pensar”. Se quedó sorprendido y colgó el teléfono.

He venido diciendo días anteriores lo que Baudrillard sintetiza: “Los medios de comunicación crean una realidad que envuelve al individuo y, solo, a través de ella comprende lo que conviene que suceda”. Para superar la pandemia del coronavirus se está dando una respuesta desde la realidad mediática, no desde la veracidad biológica. Es ejemplar la atención médica con su labor concreta, pero la intervención social es equivocada. He buscado la base del error.

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Pensando y pensando, al hablar por teléfono con amigos y detractores, sabía que hay algo que me faltaba por explicar, que estaba en algún libro que leí hace tiempo. ¿Cuál, cuál?

Fue al escuchar la alocución del presidente del gobierno cuando supe cuál es el error, sin entrar en si hay mentiras de por medio o no. Pero se equivoca por el planteamiento desde el que actúa y decide. Presenta la actuación social para evitar el contagio masivo como una “guerra”, un “combate” contra el coronavirus. No es simplemente una forma de hablar, ni una metáfora, sino una concepción psicológica de la política desde donde se va a querer hacer algo, sin poner en duda que lo quiere hacer lo mejor posible. Pero hay un empecinamiento que hace que se siga, y cada vez con más empeño, aunque no funcione lo que se hace. La solución sucederá por el desarrollo natural del proceso vírico,algo que la irracionalidad con la que se interviene no permite ver.

La psicología de guerra, que altera el ánimo de las personas, conforma un modelo de sociedad que se exige la disciplina, palabra ésta que ha repetido en su discurso el presidente del gobierno,  con el cual ha dado voz a lo irracional, fuera del marco científico. Sin embargo incorpora la ciencia, la lleva de la mano, sin andar sobre ella. Cualquier enfermedad como la provocada por un virus no se vence, se cura. El contagio se previene, hasta donde es posible. Se puede paliar. Siendo algo vírico se ha de acabar por convivir con ello y hacer que el mal sea lo menor posible.

Cuando se han puesto medidas extremas, y se presume de haberlo hecho, sin tener las herramientas para hacer las pruebas a la población posiblemente afectada, sin las protecciones adecuadas para el personal sanitario, según ha denunciado este colectivo, menos aún en las residencias geriátricas, que es dónde se debió de haber incidido. Pero resulta que quien ha querido abarcar mucho ha resuelto poco. Ahí están los datos. La excusa es que podría haber sido ser peor, cuando de la otra manera manera hubiera sido muy parecido el resultado, sin los graves efectos colaterales, siendo trágicos los resultados de la enfermedad. Tampoco se han tomado, a un nivel económico, las precauciones necesarias con los parados, con la situación inmediata de quienes cierran sus pequeños negocios y con quienes han perdido su trabajo, dejando a muchas personas al pie de los caballos. Eso que gobiernan quienes presumieron de querer mejorar la vida de la gente.

Compatriotas suyos han atacado al monuento por considerarlo un traidor y escribir libros que nadie leerá. Un ataque a la razón. En fin.
Estatua de Immanuel Kant en Kaliningrado.

El gobierno plantea la lucha contra el virus que nos asola como una batalla, “porque se van a salvar vidas de esta manera”, dice el presidente, y a los que critican este planteamiento les señala como “aliados del virus”. Los microorganismos no han declarado ningún ataque ni nos quieren hacer daño, lo hacen por su propia naturaleza incompatible con la humana. Puede parecer una verdad de Perogrullo, sin embargo tiene su aquél. Es el fundamento del error. Lo averigüé al rememorar que lo leí hace tiempo y ¡efectivamente!, lo encontré en “Critica del juicio” de Kant. En esta obra el filósofo establece que la naturaleza no tiene un fin. Rompe con la idea de que la fruta existe o se ha creado para que la coman los seres humanos. O que los virus están para hacernos daño. En este caso están, aparecen, pero sin ninguna intencionalidad. La relación del virus con las personas produce efectos que alteran a quien padezca la estancia de este microrganismo en su cuerpo, lo que llamamos “infección”, y es necesario evitar y curar. Si se entiende que es un ataque se produce lo que Kant llama “un falso razonamiento moral”, lo cual lleva a un error de la razón, muy común y que lo estamos padeciendo en las actuales circunstancias. Se habla mucho de las noticias falsas, pero de los argumentos erróneos no. Para no equivocarse hay que conocer los hechos y sobre éstos actuar. La naturaleza del virus hace que se comporte de una determinada manera sobre nuestro organismo, cuyo efecto hay que curar, no dejar que se propague, y mientras tanto  mientras buscar médicamente la manera de neutralizar su patología.

Es decir, hay que actuar desde lo cotidiano de la epidemia y no desde la imagen creada, la cual crece y crece actuando desde dentro de lo irracional, lo que obliga a que cada vez las medidas que se tomen tienen que ser más intensas. De esta manera se llegará a un límite máximo en el que la enfermedad habrá seguido su curso, los científicos lograrán el antídoto para el próximo año, y la sociedad habrá quedado en ruinas. Entonces seguiremos siendo soldados, soldados de la economía, se pedirá sacrificio y responsabilidad para levantar el país, solidaridad y espíritu de entrega, de manera que todo lo conseguido en el campo de los derechos sociales y bienestar se habrá perdido, con los parados en las cunetas, como muchos ya estaban, pero serán más. Y todo por el bien de la gente.

Salud y resistencia.

7 comentarios en “Diario de un disidente del coronavirus: La vida cotidiana

  1. Me quedo con la conclusión final. Y con Baudrillard. Me asombra el monopolio informativo de las grandes cadenas y el circo mediático. Parece que hemos olvidado que su función no es la información sino el entretenimiento.

  2. Estas últimas citas por parte de Priede, junto a las aportaciones que sigue dando Ramiro, nos hace seguir viendo el tema del coronavirus con nuestro punto de vista y no sólo por el del Papa-Estado. Se agradece que aún se pueda opinar!

  3. Excelentes tus reflexiones sobre el tema de esta crisis, he buscado en libros, e Internet voces que como la tuya pongan un poco de razón a esta locura. Gracias, sigo tu diario con ilusión.
    Un abrazo.

  4. Mañana lo leo. Te envío esto que he ido colgando hoy:

    Antonio Turiel: “Algunas cosas han cambiado para siempre. Deberíamos abandonar la idea de volver a ‘la normalidad’, a ‘lo de antes’.

    Warren Buffett (la élite) ya sabía lo que se avecinaba. 128.000 millones tenía de liquidez, parados, en octubre pasado.

    EE UU y China se acusan mutuamente sobre el origen del coronavirus.

    Alemania: 19.000 infectados y sólo 68 muertos. Hipótesis: no contabilizan como fallecidos por coronavirus los que padecían enfermedades graves.

    Cortocircuito para liberales: La ciudad más liberal del planeta tiene su solución para el problema de la vivienda.

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