Diario de un disidente del coronavirus: La felicidad

12 de abril – 2020. Un día más, otro que pasa sin nombre fuera del calendario, pues el tiempo de la manera en que vivimos, sin casi salir a la calle y sin actividades sociales, no deja huellas visibles. Las otras, como charcos del camino, aumentan su cauce. A veces se desbordan y he ahí la palabra, las sensaciones, la creación, el arte.

He visto la película “El vendedor de tabaco”. Un chaval se va a Viena para trabajar de dependiente en un estanco al que acude Sigmund Freud a comprar puros. Es la época del auge del nazismo, cuando ocupa Austria. El chaval entabla amistad con el padre del psicoanálisis. Se solapan varias historias, que a su vez, cada una, tienen otras dentro de ellas a modo de ondas, como las que se forman en un lago cuando caen dos piedras y su efecto ondulante hace que esas olas se entrecrucen. En el caso de la película, una narrativa es el amor y otra la política. La primera se relaciona a su vez con la sexualidad, con el enamoramiento y el desencanto. La segunda saca a flote el totalitarismo, la mentalidad simplona que toma una posición de fuerza por envidia más que por ideología. Pero todo se solapa, de igual manera que las ondas del lago forman lo superficial que se mueve. Así las historias que cuenta la película nos trasmiten lo que sucede y lo inconsciente, donde también pasan cosas. La prostitución y el sadismo, el abuso de Poder sobre las mujeres y sobre los varones, en definitiva la destrucción del amor, que puede estallar socialmente como sucedió en aquella época si se analiza desde el fondo del “lago”. Desde lo que no conocemos hasta que nos asomemos a nuestro abismo.

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Al escuchar por la mañana al presidente del gobierno pensé en una interpretación surrealista de su mensaje. Se me ocurrió que fuera un lapsus estructurado. Un relato (porque ya no hay discurso) con el lenguaje bélico de guerra y armas, sin sentido, en lugar de hablar de sanación y medios curativos.  Se trata de que aquello que dice en un sentido muy figurado, que no es metáfora, parece reflejar una intención que se guarda en lo más profundo del inconsciente del Poder. 

Empecé a analizarlo antes de ver esta película, en realidad es la guerra de los ricos contra los pobres. A éstos, los mercenarios de quienes manejan el mundo,  les han sitiado sin que puedan sobrevivir. Quienes cobran (mucho) por ejercer funciones de gobierno, prometen que van a dar ayudas que nunca llegan y trasladan a guetos a los sin techo, pero llaman a tales lugares “espacios de acogida”. ¿Se puede hacer una guerra contra las patatas o contra las amapolas? Es una expresión que señala algo psicológicamente oculto, manifestado desde lo inconsciente del Poder. Habló, el señor presidente, de sacrificar una parte de la economía, porque España necesita hacerlo. Y se vuelve a sacrificar a los sectores más pobres, más desfavorecidos.

Volvió a hablar, como en la novela de Miguel Ángel Asturias “El señor presidente” que actúa ante el miedo y el vacío social, de la necesidad de un Ingreso Mínimo Vital, pues forma parte del pacto de gobierno. Más promesas. Otro día sin forma, que no lo aprueban. Es dramático para quienes sufrimos la escasez y obsceno por parte de aquellos que manejan los resortes del Estado, por quienes gestionan el dinero público y la deuda.

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El problema de las guerras es que al más débil le pueden surgir aliados. Hoy el Papa Francisco en la misa del Día de Resurrección dedicó una parte de su locución a reivindicar un ingreso para los más pobres, los marginados, los sin papeles. Habló de los “hermanos más débiles”, e hizo un llamamiento para afrontar una ayuda adecuada con medios e instrumentos concretos. Las fuerzas progresistas llegan tarde, pudiendo haber tomado la iniciativa. Han desperdiciado la oportunidad para un cambio necesario, a consecuencia de sus juegos tácticos y de ser controlados por  los dueños de las grandes fortunas, una vez que entran en nómina y en los platós de las televisiones. Es patético. Todo queda en palabras, sagradas y laicas.

Se reitera una actitud a lo largo de la Historia de la Humanidad. ¿A qué se debe?, me pregunté.  Pensé hace tiempo esta cuestión y hoy aflora. Es un problema relacionado con la felicidad, palabra ésta que no me gusta utilizar, pues me parece introducir conceptos metafísicos en la psicología, digamos morales o fantasiosos. Usemos “estar satisfecho”.  Gracias a la ciencia y a las tecnologías fruto de la evolución del conocimiento y su acumulación, podemos ser dichosos. Pero siempre hay algo que lo impide. O parece que padecemos una necesidad de hacer que otros no gocen de la vida, para conseguirlo a toda costa, aunque sea malamente y de manera engañosa. ¿Qué se gana haciendo sufrir a los demás? Hay un fondo en lo humano demasiado humano, que está en cada individuo. Que a su vez es un poso en lo más hondo, donde no vemos qué fuerza hay donde nace ese impulso, que como un oleaje aparece en la superficie cuando su origen está en lo mas profundo, inconsciente y activo.

Todo lo que hacemos es para mantener la disconformidad y el cabreo, siendo las instituciones quienes organizan colectivamente la desgracia. Las dedicadas a la caridad manteniendo la pobreza sin solucionarla. Cobrando un euro a los pobres por comer para “que aprendan”. La irracionalidad nos aplasta y en lugar de disfrutar de unas condiciones idóneas, nos amargamos y, en definitiva, se impone la infelicidad. Necesitamos apoyos externos (químicos o en forma de espejismos) para salir del pozo del malestar, precisamente en la sociedad del bienestar. Estamos condicionados y adiestrados a lo largo de siglos para no ser felices. Al menos seamos conscientes de ello para dar el primer paso hacia una evolución que, lejos de una progresión biológica, será cultural.

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La especie humana se encontró en los comienzos de su quehacer en el planeta con miedos aterradores ante las fuerzas de la naturaleza, con peligros que hicieron de los seres humanos que han de luchar sin descanso y, por ende, tristes ante las inclemencias, sacrificados para sobrevivir, (en grupo, familia, clan o tribu y personalmente.) Atacados por animales, condicionados por el frío, sin conocer el porqué nuestros antepasados tuvieron que recurrir a los mitos para explicar qué sucedía. Luego las sociedades agrarias tuvieron que trabajar sometidos a  los ciclos meteorológicos, a la espera de la lluvia, amenazados por tormentas y sequías, también por la codicia de otros grupos y demás. La sociedad industrial permitió a una minoría ser felices, pero amenazados por una masa de personas sufrientes, tristes, hartas, porque tuvieron que trabajar en fábricas con el hambre al cuello, abrir la tierra para extraer sus minerales y sus frutos, hacer todo tipo de infraestructuras con un esfuerzo ímprobo.

La Humanidad se ha adaptado a sufrir y al sacrificio, cuyos resortes emocionales y psicológicos se han utilizado para incrementar el malestar mediante guerras, tiranías y extender el dolor físico y psicológico. En la actualidad no es necesario. La tecnología realiza los grandes esfuerzos. Se nos priva de muchas enfermedades, del dolor, de muertes prematuras, pero dejamos que haya millones de personas que fallezcan de hambre, bombardeándose unos estados a otros. Se margina a los pobres y los excluyen del reparto del bien común, privatizado por unos pocos, para que quienes estén peor puedan hacer que los demás estén satisfechos, felices, pero no por serlo, sino porque no están tan mal, por ser menos infelices.

La Humanidad necesita dar un salto psicológico porque la felicidad es posible. Estamos programados, condicionados por lo contrario: para sufrir y hacer la puñeta a los demás. El egoísmo afecta negativamente a quien lo ejerce, necesita compensaciones a costa de los demás. Usamos caretas para aparentar lo contrario de lo que somos,  incapaces de ser felices porque no reflexionamos sobre la nada. Resolvemos esta impotencia y llenamos  el vacío (alienación), anulando derechos los jefes y aceptándolos la tropa. Impedimos (todos) el acceso de los más pobres a los recursos básicos, de manera que para acceder a éstos hay que humillarse y rendir pleitesía al amo. Esto nos hace sentir mal, pero lo callamos y escondemos.

Construimos una farsa que se amplia con el teatro político, con la injusticia económica y el enchufismo cultural.

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Tenemos la felicidad en nuestras manos, si pudiéramos disponer de éstas, pero como siempre han estado sujetas por una soga. Seguimos como si nuestras manos continuaran atadas sin estarlo, pero actuamos siendo mancos, con la conciencia de serlo, cuando ya nada nos ata. Es una atadura del inconsciente.

Covid-19, mascarillas, cifras, enfermos, entierros, incertidumbre. Hoy he visto dos cigüeñas andando en una plaza, varias palomas arrullando en el patio, gorriones que dan saltitos por la calle. También un papel roto, escrito a lápiz, con tachones y líneas indescifrables, y unas letras: “Voy a salir al encuentro con la vida”. Quizá quien lo escribió se ha dado cuenta de algo. No sé de qué, pero de una inquietud muy profunda que estará buscando. Quizá en los sueños, puede que a su lado. 13 de abril, 2020. Hoy será otro día.

Salud y resistencia.

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4 comentarios en “Diario de un disidente del coronavirus: La felicidad

  1. Ramiro, te dejo aquí el decálogo de la libertad de Russell, para estimular un disenso inteligente y huir de la felicidad para tontos.

    1. No te sientas absolutamente seguro de nada.

    2. No pienses que vale la pena ocultar la prueba, pues con toda seguridad ésta saldrá a la luz.

    3. Nunca te desanimes pensando que no vas a tener éxito.

    4. Cuando te encuentres con una oposición, incluso si viene de tu esposa o de tus hijos, esfuérzate por vencerla con argumentos y no con autoridad, pues la victoria que depende de la autoridad es irreal e ilusoria.

    5. No tengas respeto por la autoridad de otros, pues siempre se encuentran autoridades en contrario.

    6. No uses el poder para reprimir opiniones que consideres perniciosas, pues si lo haces las opiniones te reprimirán a ti.

    7. No temas ser excéntrico en tus opiniones, pues todas las opiniones aceptadas ahora alguna vez fueron excéntricas.

    8. Encuentra mayor placer en el disenso inteligente que en la aceptación pasiva, pues si valoras la inteligencia como se debe, lo primero implica una más profunda aceptación que lo segundo.

    9. Sé escrupulosamente sincero, incluso si la verdad es inconveniente, pues es más inconveniente cuando tratas de ocultarla.

    10. No sientas envidia de la felicidad de aquellos que viven en un paraíso de tontos, pues sólo un tonto pensará que eso es la felicidad.

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