Diario de un disidente del coronavirus: El naufragio

13 de abril, 2020. Mi amigo Santy me comenta que recibe mis diarios como un mensaje en una botella. Creo que más allá de ser una metáfora, es cierto. Como muchos escritos que se lanzan a un mar incierto y sin rumbo, escribir es indicar una situación en nuestro universo, desde un lugar en el que estamos solos.

Hay gente que se identifica con lo que lee porque está cerca de ese “lugar” y escribiría algo parecido, sólo que no lo plasma. Al llegar a la orilla siempre hay alguien que coge esa botella por curiosidad. Es la imagen de un náufrago que ha lanzado su mensaje. En el encierro forzado al que estamos sometidos, admitamos o no la “guerra” en la que dice nuestro señor presidente que estamos, también hay naufragios. Los hay de muchos tipos. Pueden ocurrir durante una batalla marítima o por un viaje por mar. Nos hemos metido en una isla de la que no podemos salir nada más que un poco, por eso es una isla y un naufragio de juguete, y también postizo. Esto entrañaría un peligro si Ortega y Gasset acertara al afirmar: “Vivir es encontrarse náufrago entre las cosas”. Nuestra vida será en consecuencia artificial y, por eso, él mismo añade una definición que intensifica lo anteriormente dicho: “Vivir es más vivir”.

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En esta circunstancia a la que nos vemos abocados sucede que primero es el naufragio y después será el hundimiento.

Tenemos estos días una oportunidad, porque no es añadir gastos, ruidos, horarios, sino conquistar eso que algunos existencialistas llaman la “mismidad”. Aquello que nos hace ser como queremos, y no como nos hagan existir con influencias externas. Pero el náufrago se agarra a un tablón suelto, a los restos de lo que queda a flote de la nave o lo que encuentre. Lo llevan las olas. Sin timón, sin capitán. Puede que, incluso, sin esperanza. Y quizá encuentre una isla desierta en la que de sobrevivir. Cuando decide continuar su existencia es el momento de lanzar el mensaje en una botella, porque quiere volver.

El viaje de vuelta es a otro lugar diferente siendo el mismo, como le sucedió a Ulises. Al regresar tuvo que conquistar su reino, su espacio, sus relaciones. Desde la isla, desde lejos y solo, todo se ve diferente. Porque la mirada es otra. Yo veo que hemos usado lo del coronavitus (ahora con”t”) para hacer ese viaje a Ítaca, o al Parnaso, o a no se sabe dónde. Hemos presionado a las autoridades, sin darnos cuenta, para saltar de un barco que iba a la deriva. Tuvimos miedo de la crisis económica, y no supimos qué hacer. Sin rumbo se anunció su hundimiento hace tiempo. Sentimos pánico un mes tras otro antes del coronaviral (ahora con “al”) debido a las catástrofes naturales que nos asolaron y de las que ya nadie se quiere acordar. Los científicos, el sentido común y los gritos de Greta clamaron por parar las agresiones al planeta. Suplicaron no seguir rumbo al abismo.

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Temblábamos en secreto ante la idea de que nada se podía hacer. Los índices de contaminación llegaban a máximos históricos, más allá del umbral de lo saludable. Por esta causa han muerto, sin ser contados ni televisados, millones de personas. Sin sumar intuíamos que eran multitud los caídos por los sunamis, tormentas, huracanes, desbordamientos de ríos, corrimientos de tierra. Pero no hacíamos nada. Los atascos de la circulación, las prisas, la explotación de los trabajadores, nos convertían en unos miserables por no responder. La corrupción política y la falsedad era votada una legislatura y la siguiente y la otra sin que casi nadie levantara la cabeza. Nos reíamos de la Renta Básica, hoy urgente, y ahora lloramos por ella, incluidos los “expertos”. Se llevaron el dinero de la sanidad y hoy faltan mascarillas y dignidad en los mandatarios y su sombra, la oposición. La enseñanza se ridiculizó y ahora parecemos tontos. Pero no lo somos. Hemos sido más listos porque en nuestro cerebro se acumula la experiencia histórica aunque nadie lo televise. Mi abuela siempre decía “eres más listo que el hambre”.

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Greta Thrunberg

Se agotaban las reservas del petróleo, sin haber puesto en marcha otras energías de manera suficiente. Y nos estábamos paralizando porque temblábamos de temor y nadie hizo nada. Surgió algo, que sirvió para escenificar ese miedo acumulado. Para gritar, para parar, y lo hemos hecho con una fuerza inusitada, cargada de razón. Pero esto se ha  hecho irracionalmente por las instituciones mundiales. Con los gobiernos que callaban, que no sabían qué hacer, lo han paralizado todo. No fue el miedo al coronavirús (ahora con tilde.) Fue el mi-e-do. Simplemente.

La economía se hundía, el Medio Ambiente estaba roto y la política era un barco a la deriva. Estábamos naufragando mientras que unos cantaban himnos, otros rezaban y el bichito ese pequeño, que enferma y mata, como siempre lo hacen los virus, se convirtió en una tabla para sujetarnos y llegar cada uno a su isla. Sin querer construiremos la isla del día después. Ya lo escribió Umberto Eco, a modo de un destino de la Humanidad.

Vemos a lo lejos el humo del otro mundo, como son los medios de comunicación que no saben qué contar, que hablan a nadie y chillan sin más. Pero ya no les escuchamos, aunque hacemos el teatro de mirar.

Utopía

Como Eneas, llegamos poco  a poco a un territorio que será el nuevo mundo. O la isla donde haremos nuestra barca. Sin que nadie vuelva, porque inventaremos nuevas rutas, crearemos el mundo otra vez. Definiremos nuevamente el amor y las relaciones humanas. Las palabras que usemos tendrán otro sentido. Los poetas fabricarán versos sobre las palmeras, siendo su Ágora el horizonte. Nos inventaremos a nosotros mismos y creeremos que todo lo que esté ante nuestros ojos será lo mejor. Aunque se vuelva a destruir nuevamente unos siglos después porque vivir es naufragar, dicen.

No he visto en todo el día la televisión, ni escuchado la radio. En mi entorno no pasa nada. Pero oigo un eco, es el sonido que rebota del futuro, o del presente, y es lo que introduzco en la botella.

Salud y resistencia.

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4 comentarios en “Diario de un disidente del coronavirus: El naufragio

  1. Le sigo Ramiro, y leo su bitácora, y me alegra haberle encontrado en estos mares cibernéticos. Para mí sus textos son como un faro, gracias por ello.
    Saludos.

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