Diario de un disidente del coronavirus: La guerra

14 de abril, 2020. Día que conmemora la proclamación de la II República. No se ha podido hacer el encuentro que cada año nos une para homenajear a aquel modelo de Estado y de paso reivindicarlo. Lo malo es que ahora quienes lo defendieron, al estar en cargos representativos y del gobierno, han prometido lealtad al rey, con lo cual la gente comenta “sí, sí, hasta que os den un carguillo”, que como decía mi abuela, “si quieres ver quién es un pillo / ¡dale un carguillo!”.

¡Y volvemos a la guerra! Esta vez no es una contienda civil, es para vencer al virús (con tilde.) Lo dicen los señores presidentes de todas y todos los países. Sobre todo quieren ¡vencer! a la pandemia. Pensé que una enfermedad se cura, que se previene, pero el caso es ¡ganar al virus! (Sin tilde esta vez.)

Me vinieron a la cabeza las guerras de Gila, coincidiendo con un comentario de Fernando Montes. Recordé: “¿Está el enemigo? Es que si no no hay guerra”. “Como tenemos pocas balas las llevamos de un lado a otro y así no se gastan”. “Si nos matamos ¿a quién damos las medallas?”

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La nuestra, durante la cuarentena, es muy parecida. “Esta batalla la vamos a ganar”, “el enemigo es invisible”. Sacamos al ejército, se crea el Estado de alarma y ¡al ataque!

Soy testigo de ello. Y os lo voy a contar tal cual fue. Me quise apuntar para la batalla, sin saber qué hacer, pero ya me lo dirían los altos mandos del gobierno. Fui a la oficina de reclutamiento, donde me indicaron que fuese al cuartel sanitario. No me atendió ningún general, ni el soldado corneta, sino un contestador automático que decía: “Si viene a la guerra, vaya al hospital”.

Allá fui. Cualquiera lo puede comprobar. Me quedé asombrado cuando vi a las médicas y los médicos con cascos para protegerse. ¡Estamos en guerra!, oí decir. “Ya, ya”, lo sabía. Pero me pusieron una mascarilla. “¿No ve que nos pueden atacar?” Claro, claro. Hasta que me di cuenta de que era para no hablar, para no hacer preguntas. Las enfermeras y enfermeros cavaban trincheras en el entorno del hospital.

No lo podía creer, pero lo vieron mis ojos. Quise hablar con el comandante al mando. Apareció el general, con el uniforme planchado y con “me gusta” de condecoraciones a modo de medallas meritorias. Un tal Fernando Montés, que afirmó: “This is a war”. Con el ruido no entendí qué me dijo, pero manifesté mi intención de alistarme a la guerra. Quise que comprobara mi ánimo. Afirmé de manera rotunda: “¡Vamos a ganar!” Montés frunció el ceño: “Si no hay posibilidad de perder, ¿qué batalla es ésta?” Lamana sacó sus plumas de tinta tricolor para escribir el acta de lo que se dijera.

Nos prepararemos”, comentó el general. Pero el jaleo era inmenso. Pensé que todo el mundo estaría en su casa, sin embargo comprendí que en caso de guerra es una cobardía, un dislate, no enfrentarse al enemigo. Llegó don San Miguel de Escalada, con la Virgen en sus brazos: “¡Por fin va a servir para algo! “¿Tiene el permiso del señor obispo?”, le interrogó el general. La respuesta hizo que todos los que pululaban por aquel lugar se callaran: “¡Tengo el permiso de Dios!” No me cupo la menor duda de que se iba a montar la de Dios es Cristo.

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Sin palabras

¿Contra quién luchamos?”, se me ocurrió preguntar a una señora, Marta, que pasaba por allá. “¿Cómo que contra quién luchamos?, ¡estamos en guerra!” Y como era así, ¿para qué dudar?, había que luchar ¡y punto!, aunque no supiese quién era el enemigo.

No me dio tiempo a colocarme en una posición estratégica. Miguel Ángel, que vino de Asturias, gritó: “¡hace falta organización!”. Impulsivamente, sin pensar, pregunté “¿para qué?” “Para organizarse”, contestó, y empezó a repartir folletos.

Gracias al poeta obrero, don Juanín, supe quién es el enemigo, porque, eufórico, gritó: ¡Esto es una guerra civil! Explotan a la clase trabajadora. Jubilados del mundo ¡uníos!”. Hubo murmullos por todas partes. El general Montés le recriminó que ¡ni hablar! “Nosotros, los de nuestro bando no somos virús, ¿cómo se le ocurre pensar en una guerra entre hermanos?” ¡Un virús! ¡Claro!, me dije, por eso hablan tanto de él en la tele, pero ¿dónde los medicamentos, los respiradores y mascarillas?, habrá que curar la enfermedad que ocasione este bicho. No sé de dónde, pero salió Felipe, quien con mucha flema aclaró que hay que combatirlo. Lydia le apoyó: “Lo ha dicho el señor presidente”. Y Felipe se puso a recitar a Espronceda.

Los ánimos estaban exaltados, la maquinaria bélica en marcha, los objetivos claros y una estrategia. Pero Óscar Marcelo, Paco y Nemonio, dejaron sus cámaras de fotos en el suelo. Protestaban por no poder retratar al enemigo. Quizá se esconda, pensé. Pedían microscopios. Al menos con ellos los podrían ver. Pero no retratar. Oteruelo se puso a hacer el pino, quería encontrar la inclinación adecuada con enemigo o sin enemigo. Antonio Merayo se quitó las gafas y oteó el campo de batalla sin decir nada.

Nuria Viuda estaba desolada. No veía ninguna mariposa, ¡ninguna! ViLbre se subió a un banco, como si fuera la montaña sobre la que habló Zaratustra. Levantó el brazo con el puño en alto y el dedo índice estirado señalando al cielo: “Han sido víctimas de anteriores guerras (las mariposas.) El que quiera oír que oiga”. Cartago sacó el teléfono móvil, que no puede faltar en una guerra moderna. “¿Oiga?, ¿oiga?, ¿está Gila?” Cartago tembló porque le contestó.

Carmen Tejero se quejaba de que no hubiera un himno para la ocasión. Chus recitó con solemnidad eso de agrupémonos todos, pero en lugar de seguir con lo de la lucha final, cantó “¡vamos hijos de la patria, el día de gloria ha llegado!” Cada rato que pasaba en aquel lugar yo entendía menos todo aquello. Esperé que la situación se recondujera cuando PJ pidió silencio, “silencio por favor”. Se puso a dar pasos a un lado y a otro, despacio, llevando la contraria en este caso a Chiquito de la Calzada. Ni una voz, ni el sonido de los tambores del enemigo se oyó. Sin eco alguno. Con voz pausada sentenció: “El virus es una teta”. Más silencio. Nos sorprendió a todos. El único que respondió fue Marcelo Alcalá, que como buen castizo rural, le dio la razón, pero no del todo. Añadió: “Y un culo”.

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Quedé sorprendido, porque ¿qué tenía que ver todo aquello con lo que fui a hacer? Carmen Pinillas, con ese, saltó al ruedo y pidió hablar. ¡Hable!, ordenó el general. ¡A ver si hacemos algo!, propuso Alberto, el joven. Por lo menos escuchad, aconsejó Ana, la sandovala. Que hable mi tocaya, dijo Carmen Vegue, “ha pedido la palabra”. “A”, dijo Pinillas con ese. ¡Ah!, exclamé. Yolanda quiso dar sensatez a lo que estaba ocurriendo y preguntó “¿qué ha dicho?”Ha dicho “a”, confirmó Margarita del Campo. “Sí”, resolvió Felisa.

Hubiéramos llegado a un callejón sin salida, de no ser por la Quinta Columna capitaneada por Miguel Ángel, el filósofo, acompañado de los catoblepas que portaban un incensario. Al general Montés se le saltaron las lágrimas. “¡Ellos conocen la realidad!”, gritó con orgullo y satisfacción. Tomó la palabra el que llevaba en su m-ano la piedra filosofal. Informó de que la realidad es la realidad. ¡Por fin algo realista!, se entusiasmó Carlos Antón. Pero el socrático, haciendo gala de su ser, dijo que él no sabe. Casi nos ponemos a llorar colectivamente, cuando puso su dedo índice en la sien y nos miró a los ojos. Para una situación como ésta (yo me pregunté qué cuál es esta circunstancia) hay que recuperar a Espinoza. Se oyó un murmullo. “Cállense”, solicitaron los del Silencio es Miedo. Y Ana, la de al lado, la de al lado de él, la de al lado de quien ama la sabiduría, sacó un libro del bolso del que leyeron a dúo una frase: Todo modo que existe necesariamente y es infinito, ha debido seguirse necesariamente, o bien de la naturaleza de algo”. La otra Ana con el casco puesto, se puso a aplaudir y a gritar ¡bravo, bravíííísimo!

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Dos pasmaos…

La batalla estaba a punto de comenzar. Ana, la de los aplausos, pidió aclamar a los héroes. Cuando iba a empezar la ovación Irene interrogó a todos a la vez, ¿qué héroes, si no ha comenzado la batalla? “Aquí estoy yo”, dijo Juan María, de manera que sería una batalla Campal. Ya no había marcha atrás. El Maestrín de Brañuela tomó la palabra: “Compañeras y compañeros el heroísmo es antes, durante y después”. ¿Aplaudimos o no aplaudimos?, planteó Alicicia. Que decida el general, indicaron todos los presentes al dirigir las miradas hacia él. Que para eso está. Además ha leído a Thoreau, poeta y filósofo.

¡Es el momento de la acción!”, gritó. Pero ¿aplaudimos o no?, interrogó el sabueso Magaz.

Yo creo que es una acción…”. Estaba con su disquisición el general, creyendo dirigir la película de sus sueños, cuando se acercaron los batallones marxistas. Fernando Pérez no decía nada, haciendo de esta manera un homenaje al cine mudo. ¡Qué alegría! Ver llegar tanto refuerzo. Raquel Alonso se puso a cantar “Resistiré, erguida frente a todo. / Me volveré de hierro para endurecer la piel / Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte /
soy como el junco que se dobla / pero siempre sigue en pie. ¡
Resistiré!”. Todos puestos en pie coreamos la canción.

Yo quiero recitar, saltó Felisa. “No es el momento”, dijo Montés. “¡Pues yo leeré un soneto!” aseguró Azarías. “¡Eto, eto, eto, ¡eto no es un soneto!”, chilló el general, que tartamudeaba, queriendo imponer su autoridad. ¡Es una guerra!, proclamó. Mara se subió a la tarima, a la atalaya desde donde se divisaba toda la contienda. Con voz suave dijo, como quien no dice nada: “The power of flowers”. A. “¡Es la vida, es la vida!”, cantó Begoñina mientras que bailaba.

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Nos abrazaron los marxistas que llegaban, ¡es la guerra!, decían brindando (y blindando) sus palabras con las del señor presidencial. Iban con tablas en las manos y con troncos cogidos de los parques.

Eufórico el general Montés, a quien desde entonces le llamamos Montes-quieu, con un chorro de voz imponente berreó “¡MÁS MADERA QUE ES LA GUERRA!”

¿De dónde la vamos a sacar?, pegunté, sin que nadie me oyera. No me escuchó ninguno de los que allá estaban. Santy, con el bigote y las gafas de Groucho, me colocó la mano en el hombro y me fui con él. Vimos como el hospital lo estaban desguazando para coger maderas y plásticos y la moqueta, todo para luchar contra el virus. Yo creí que había que curar la enfermedad, pero estábamos en guerra.

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No podemos hacer nada, le dije a mi amigo. “Escríbelo” me pidió. “Que no sea largo”, advirtió Reyero, grabando con el ordenador telefónico lo que ocurría para subirlo a la Historia moderna.

Fernado Montés estaba sobre la ataya sin parar de repetir ¡más madera, que es la guerra! De lejos vi como todos se cuadraban al decir ¡a sus ordenes mi general! El hospital cada vez tenía menos mascarillas, menos respiradores, menos presupuesto y más bajas de guerra. Días después reinó el silencio. Las televisiones anunciaron la victoria.

Salud y resistencia. Y una sonrisa. Pues, como decía mi abuela: “al fin y al cabo, sonreír es gratis”.

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