Diario de un disidente del coronavirus: Escribir

22 de abril, 2020. ¿Qué escribir? Hay tanto que comentar que no paran de fluir palabras y sensaciones que incitan las ganas de hacerlo. ¿Qué es lo que no se ha dicho? Muchas cuestiones. Nunca conoceremos una ciudad siguiendo sus rutas turísticas. Es en los barrios marginales donde palpita el alma de los pueblos, su manera de ser. El resto son imitaciones de imágenes creadas, que aportan poco. Asombro, quizá. Espectacularidad tal vez.

Las escrituras de salón equivalen a las postales. Son los dibujos de los niños, y las palabras inconexas de algún borracho, las que nos pueden dar pistas e indicaciones sobre la realidad. Hoy se ha sabido que un alcalde, el de Badalona, ha sido detenido por conducir beodo y morder el brazo de un agente del orden. Un escándalo, una manera de comenzar los informativos. Pero ¿qué nos dice su conducta?, el hartazgo y la necesidad de rebelarse. Había sido obediente hasta ese momento y pregonó que se respetasen las normas. Pero en la parte escondida de su cerebro latía algo diferente.

Un sólo individuo cataliza, en un hecho extremo, la conciencia callada de un pueblo. La sesión parlamentaria de hoy ha sido una puesta en escena entre la extrema ineficiencia y la extrema estupidez, entre la extrema mentira y el cinismo radical. Patético ver los disfraces en un carnaval institucionalizado que falta al respeto a la ciudadanía. Más cuando se pavonean de lo que ganan y lamentan qué que pobres son los pobres y que hay que decir y decir y decir que hay que hacer algo, algo y… Ah, el problema es la pandemia.

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Nuestros ancianos se mueren de pena, más que de costumbre. ¡Mucho más! Con coronavirus y sin él. Dicen, mudos de palabras, que si ha de venir el “bichejo ese” a su cuerpo que vaya, pero ¡dejarles encerrados en una jaula! No entienden ser seres humanos mayores a los que han convertido en cifras. Aunque haya muchos / algunos que lo asuman y estén a gusto. Su muerte no les pertenece, es para las estadísticas. Esperan morir desde hace un tiempo, pero nunca imaginaron verse apartados, y que lo hagan por su bien pimpamplén.

La ira, el pánico, el sinsentido de cómo hemos respondido a esta crisis sanitaria abre las puertas del suicidio, que ronda silencioso. Nunca nadie dice nada. No tiene que ver, pero ni el virus ni la desafección ponen un trampolín, sino cerrar el futuro a muchas familias. Bastaría cumplir la ley con la Carta Social Europea para que fuera un aliciente. Al igual que otros países.

A la tristeza profunda se llama depresión, estado mental, y las pastillas resuelven el problema y las promesas de los políticos anestesian la justicia social. La que tanto nombran en vano. Nadie ha dicho en el Parlamento que a los pobres pobres les cobran 1 euro en el comedor social de León. Se hace por pedagogía, para que aprendan a ser pobres, a saber lo qué es ser pobre y que se arrepientan de serlo.

¿Qué escribir? Está dicho todo. Ya se sabe: El incremento de alcoholismo que sucede en los hogares, con lo que conlleva. Ya hemos sabido, y presumen de ello, que a los políticos y a los de su ralea les cuidan las hijas / hijos sus trabajadores / trabajadoras domésticos, que ellos llaman sus sirvientes (porque les sirven), o sus criados (porque crían a sus vástagos.) Aprobaron una ley a medida para que puedan seguir atendidos al considerarlo un trabajo esencial. No saben nada del problema infantil, ni sus expertos que ganan mucho y pagan a los que les hacen las tareas del hogar. Tampoco lo nefasto que es comer pizzas o hamburguesas un día y otro, en lugar de permitir que compren fruta, legumbres, verduras, como en la Comunidad de Madrid. Hay que recordar al menesteroso que lo es.

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Foto del periódico “AS”. De ayer durante la cuarentena en un país nórdico.

¿Qué escribir? Si los funcionarios callan y los pajaritos cantan.

El peso de lo que está pasando es tan abrumador, ¡tan enorme y sin escapatoria!, porque nos rodea el mundo entero y estamos atrapados en una pecera, ¡como peces en el agua!, en el agua de una pecera. Al ser trasparente el pez no ve los límites.

Nunca entendí lo que sucedió cuando llevaban a los judíos a desparasitarse y morían en masa. Cuando les encerraron en guetos, sin casi protestar ni rebelarse. Yendo juntos y dejándose llevar a los campos de exterminio. Se había normalizado esta practica porque mucho antes les quitaron los negocios, prohibieron criticar a los gobernantes, etc. Al comienzo se justificó porque había que prevenir un peligro económico. Luego había que ganar la batalla al mundo, sin saber muy bien qué era eso.  Y, por cierto, también acabar con la sífilis. Lo cuál instaló la moral higiénica, sin mas información. La fuerza era tan grande que paralizó cualquier atisbo de reacción, ni por parte de los atacados, ni de quienes se beneficiaban de aquella situación, pero veían que era desastrosa.  Nadie se atrevió a pensar de manera diferente.

Lo que vivimos hoy nada tiene que ver con aquello, que nadie se asuste. De momento. Pero el mecanismo de someternos, de aceptar lo que nos cuentan y de obedecer se parece algo. La represión es por nuestro bien. Y es tan abrumadora que nos hace pensar que es fenomenal, que salva vidas y las otras, las que se pierden por los efectos colaterales, son accidentes. Así hemos justificado o mirado a otro lado ya anteriormente con las guerras humanitarias. Los científicos alemanes, los más preparados de su época, demostraron lo que decían. Asesoraban a sus gobiernos. Hoy quienes aparecen en los medios de comunicación son militares y fuerzas del orden, acompañados de ministros. Pero ¿no es una epidemia? Llevada a lo irracional es algo más.

Hoy no matan a nadie, no gasean, no fusilan. No. Digo que el mecanismo de aplastamiento es el mismo, basado en la propaganda, en verdades a medias, en repetir una y otra vez datos y cifras sin su contexto real. Se ha llevado la vigilancia al vecindario. Lo que Foucault llama “la capilaridad del Poder”.

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Lo han hecho los buenos, cobrando y prometiendo lealtad, para dejar preparado a los malos lo que el filósofo de la psicología llamó “vigilar y castigar”. Pensó que es a lo que llegaría la sociedad tecnológica en un futuro. Resulta que eso que iba a venir se ha hecho presente, sin que nos demos cuenta, y lo único que sucede es que estamos ajustando el orden y el control a los nuevos tiempos. Ha sido el virus, pero pudo ser cualquier otra cosa el punto de apoyo.

¿Qué escribir? No lo sé. No se me ocurre nada. Todo lo dicho anteriormente es un delirio. Disculpad. Y gracias por vuestra paciencia. A quienes me leen a escondidas: Me rindo, pero seguiré escribiendo.

Resistencia.

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Un comentario en “Diario de un disidente del coronavirus: Escribir

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