Diario de un disidente del coronavirus: Cultura

23 de abril, 2020. ¿Quién baila hoy el charlestón? Un movimiento musical que se extendió desde el mundo afro, en los Estados Unidos, a los lugares más recónditos del planeta. Fue un cambio que expresó alegría y que quiso trasmitirla después de la I Guerra Mundial. Películas, teatros, salas, en las calles. Después de la otra gran guerra desapareció.

Nadie lo baila en la actualidad. Algunos programas lo sacan a relucir como una caricatura de lo que fue una manera de vestir, de concebir la vida como algo positivo, a pesar de los lamentos.  Coincide en el tiempo con la gran literatura que hoy conocemos.

Civilizaciones que han sucumbido, de las que quedan sus ruinas y el arte en los museos, nos llevan a atisbar que la nuestra no va a ser menos y que los modelos culturales, vigentes hasta ahora, van a cambiar. Al igual que la energía, el arte y las manifestaciones literarias ni se crean ni se destruyen: se trasforman. Estamos viviendo ese cambio que, a lo largo de la Historia, sólo excepcionalmente ha sido de manera razonable. Lo común es que suceda por un impulso irracional. Las variaciones de costumbres y de modelos de pensamiento suceden después de hecatombes, sean naturales, económicas o del tipo que sean.

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La cultura es siempre una reacción que se fragua en los destellos de lo “nuevo”, para después solicializarse. Nuestro futuro va a bascular entre la comunicación y la creatividad, entre la informática y la artesanía cultural. De esta tensión surgirán cosas inimaginables, para bien y para mal.

Lo que hoy conocemos ya no valdrá para casi nada. Para recordar, para alimentar la nostalgia. ¿Quien no recuerda los bailes agarrados en las discotecas y todo su ritual de sacar a la pista a las chicas, de ver como ésta se vaciaba, y saber que era el territorio donde se decidían las parejas de las pandillas? O los saltos al unísono de masas aclamando a quienes marcaban el ritmo, coreando sus lemas, levantando los brazos a la vez y siendo todos los asistentes una masa hipnotizada.

Internet facilita la comunicación y evita el contacto. La misma tecnología se convertirá en la moral dominante. Como siempre nos arrastrará la disciplina social, sin pensar en sus consecuencias. Por esto, llevará en su seno la simiente de la crítica con la razón.

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Sigo leyendo a Jung, esta vez su obra “Recuerdos, sueños, pensamientos” (1962): “El peligro que a todos nos amenaza no proviene de la naturaleza sino del hombre, del alma (mente) de un individuo en particular y de muchos. ¡En el desequilibrio psíquico del Hombre está el peligro!” “Los seres humanos se vuelven neuróticos cuando se conforman con respuestas insatisfactorias o falsas en las cuestiones de la vida”.

He leído una noticia que parece falsa, que es rocambolesca por lo que informa. Sin embargo (pongo el enlace para comprobarla) aparece en revistas científicas: A dos enfermos chinos, médicos de hospitales, se les ha puesto la piel negra después de superar la enfermedad del COVID-19. Nadie lo esperaba. Parece ser que el estrés vivido les ha afectado al hígado.

La realidad se hace surrealista y en todo lo que rodea a la enfermedad más. Las inercias no valen para nada, han servido para seguir como hasta ahora. Pero llegan tiempos de creatividad y pensamiento. Algo que no se tolera colectivamente, por eso la población exige ritos, liturgias, un orden establecido, creencias, ideologías o el horóscopo. El mando de un líder o mesías, aunque lleve todo esto a la guerra, porque el sinsentido adquiere el rango de un destino al que nos sometemos y entregamos en cuerpo y alma.

Nos queda la palabra, la cultura en definitiva. En forma de pintura, poesía, música y bailar al son de nuestros sentimientos e ideas, o de lo contrario desfilaremos y la moda serán los uniformes.

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El charlestón es el único baile para el que no hay que sacar a nadie, ni hacerlo al unisono con los demás, sino que se puede hacer a solas, o en grupo. Y se contagia. Por eso se extendió más que ningún otro. Hoy nadie lo baila. Nos tendremos que inventar a nosotros mismos y crear de la nada, o de sus ruinas, la realidad.

Todo lo que hagamos para volver a lo de atrás, para ser como antes, será un error. Haremos más grande la tumba, e incrementar las víctimas para que tal engrandecimiento sea útil.

Nos lo jugamos todo ante la nada que queda perdida. Como dijera Nietzsche, en boca de su personaje Zaratustra: “Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar“. Y yo creeré en los hombres y mujeres que bailen el charlestón.

¡Salud y resistencia!

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