La memoria del olvido

No aparece en otoño, ni un día de lluvia, no. Tampoco los días soleados, porque no depende del clima. O quizá sí, pues según Lamartine el ser humano es el paisaje. Yo matizaría: somos nuestro paisaje. Lo cual incluye estados de ánimo.

Tampoco depende del tiempo, ni del tiempo perdido, que para Proust es aquel que podemos encontrar en el recuerdo, o más bien el que nos asalta y aparece de los recónditos rincones del corazón. Igualmente no sale el olvido del tiempo venidero.

Escalera de un hórreo en un parque de León.

Un latido imperceptible, a veces, surge con los sentimientos evaporados, que no percibimos sino al cabo de… De no sé qué y nos damos cuenta entonces de haberlos olvidado, sin tan siquiera haberlos percibido. O cuando estalla una sonrisa, una mirada en medio de una existencia, y más cuando los dados están echados y recordamos lo olvidado.

Como cuando Elías Elié, olvidado de su nombre, se gorostiaga sin poder evitar rememorar entre las aguas el nombre de sus antepasados, cuando ve caer las hojas. ¿Será aquel tiempo azul del que nos dice Antonio Merayo?, ¿O es tiempo escrito? Que dice él mismo, como sombra de quimeras.

Es lo que Alicicia llama “pálpitos de luna llena”. Creyendo haber vivido, es lo ignorado aquello que escribimos. Pensaba que los sentimientos nos ayudan a comprender la poesía, la literatura en general, pero no. No.

Fuente sugerente para la gente. Plaza de León.

Es la poesía y la palabra bien escrita, la que nos descubre aquello que hemos dejado atrás y, sin embargo, nos lleva a no saber adónde, al amor actual, vena amoris, como si fuera algo presente cuando todo él en todo tiempo flota y nos hace ingrávidos. Pero nos engatusa-cafuné. Es la única revolución posible, entre los renglones cortos de Campal en sus cármenes plácidos jardines, y el susurro de Saravia con su dandysmo poético, señalando, señalando no sé qué. Y creí haberlo sabido.

No hay tregua para los derrotados, con Cartago a la cabeza. No. El victorioso carece de tiempo, convertido en mármol pierde el recuerdo e inventa la Historia, imagina versos que no son poesía, sino siluetas de cartón y condecoraciones.

¡Es tan importante el olvido cuando vuelve!, pero no aquel olvidado, sino aquellos sueños nunca cumplidos que nos hicieron salir del letargo. Aquel beso no dado que lleno el alma y el tiempo y perdura y no se olvida olvidado, y aquel acto que no hicimos por cobardía y queremos pensar que fue mejor así. Nos lanzamos al mundo y caemos en la palabra.

(La Negrilla – humana, escultura de Amancio González. En León.)

¿Cómo es posible olvidar lo que nunca se ha realizado, lo que jamás sentimos, lo que ni siquiera existe? Son huellas del alma, de las que Carmen deja sueltas, agarradas en la nada. Y del amor, de la vida y de la muerte que Marcelo quiere sacar de lo olvidado. Nos lanzamos al otro y caemos en la palabra.

Aquella inexistencia que nunca vimos nos llena, como el beso que no dado cuando nos llegó en el aire y nos hace respirar, vivir el olvido. Todo lo es, y creemos recordar, sentir lo no sentido, sin saber que lo que sucede es sólo al ser desbordados, cuando somos inundados sin querer. Es lo que nos hace recordar el olvido. Por eso es poesía. Nos lanzamos a la palabra y caemos.

Es entre los versos no escritos donde se refugia la memoria del olvido. No podemos recordarlos, van con nosotros, somos cada átomo de existencia que forman nuestra vida, nuestro cuerpo y experiencia, como sombras olvidadas del olvido olvidado. ¿No lo dijo Píndaro? Y lo recordó Honorio Marcos en su concierto para un náufrago: ¿Acaso Hombre no eres la sombra de una sombra? Salinas lo cuenta en el filo del silencio. Pero no callamos, no queremos olvidar, por eso Neruda se rinde ante sus poemas de amor y canta desesperadamente: “Ojalá, ojalá que no sea cierto”.

Ventana en la calle Puertamoneda – León

Porque quiero decir lo que no digo y digo lo que nunca diré. Las palabras nos atropellan. Tan sólo queda un latido sin nada de por medio. El resto es lo demás. Es poesía. Es poesía. Sin la palabra.

Ayer, en un ayer sin tiempo, puse el espejo frente al olvido y no vi nada. Tan sólo un rostro. Sin ninguna lágrima, únicamente un palabra recorrió la mejilla, una palabra que es esencia de toda poesía escrita y la que está por escribir más allá del tiempo. Pero la he olvidado. La guardaré en mi memoria, en a memoria del olvido.

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