Desde los afectados

La mayor parte de las personas que dejan de ser miembros del Opus Dei no quieren dejar constancia públicamente de sus críticas, denuncias o puntos de vista. Muchos son descalificados hacia fuera del ámbito de la Obra, en el ambiente del trabajo, vecindario, etc., pero es en el seno de la organización donde se cocina el desprestigio.

Algún sacerdote  que afianzó el desarrollo del Opus Dei en diversas provincias han dejado los hábitos como consecuencia de las presiones recibidas que les impidió ejercer de una manera normal el sacerdocio. La carga de malintencionados rumores entre los fieles o exigencias de humillación, les obligó a abandonar su vocación.  Con ello los directivos del Opus hacen ver que dejaron la Obra porque perdieron la fe o porque cayeron en el pecado,  algo que es interpretado metódicamente así dentro del la organización.

El proceso de salir, después de más de una veintena de años en muchos casos no es fácil, se sufre emocionalmente y se altera el estado de ánimo. La presión de la organización, casi siempre indirecta, con bulos y con  impedimentos ante determinados proyectos que permitan rehacer la vida provoca malestar psicológico. Los miembros de la organización aprovechan para lanzar todo tipo de vituperios sobre la enajenación mental y la locura que padece quien se va de la organización, para quitar crédito a lo que ha hecho al dejarles y desmontar lo que pueda decir, con la simple descalificación. Lo cual es un aviso a navegantes, sobre como puede terminar quien se vaya.

Se observa un temor inconsciente que se fabrica en la convivencia del Opus, sin que lo reconozcan los miembros de la Obra. Cuando salen suelen coincidir en indicar: “Había  algo superior a mí que me retuvo, que no me dejaba actuar, ni reflexionar. Pensé que era la vocación, la llamada carismática y de Dios. Estuve preso de esa sensación hasta que comprendí que no tuvo que ver ni con Dios ni con nada, sino que quienes me dirigían , como guías espirituales me dominaron, hasta que no pude más, y estallé. No he querido derrumbarme y tan sólo tuve que pensar, razonar. Preguntarme cuáles fueron mis primeros pasos y dónde estaba años después. Es como si te metes en un autobús que va a Barcelona y apareces en Ceuta. Y te hacen creer que has llegado al cielo. Y te lo crees. No sé como me pudo pasar a mí.  Vuestra información me ha ayudado mucho. Me ha hecho comprender lo que me ha pasado y ha permitido que tenga confianza en mí mismo”.

No pocos han acudido a un psicólogo o psiquiatra, sobre todo por la soledad en la que se encuentran, no tanto por falta de personas que le acompañen sino que le comprendan.  Acudir a unos terapeutas para ayudarse lo convierten desde la organización en una trampa que sirve como prueba de lo mal que está y diga lo que diga sobre lo que ha vivido dentro es una argumentación despreciada por ser fruto de una persona desequilibrada.  Por esta razón, para no caer en esta desviación del tema, vamos a acudir  a los documentos escritos.  En donde se corroboran muchas de las alusiones a las que hemos tenido acceso.

Téngase en cuenta que hay muchas peculiaridades que no constan por escrito, que son insinuaciones, requerimientos, que forman parte de la aplicación de las instrucciones oficiales de la organización.

El adepto interioriza las instrucciones de manera que acaba viendo la realidad y su realidad mediante el punto de vista de la organización. En varios escritos que envían militantes de la Obra en momentos de duda y zozobra, indican que con el corazón puro podrán ver a Dios en la vida cotidiana. Temen que al romper con la organización se les ensucie el alma y consideran que quienes están fuera de su grupo no están preparados, lo que les lleva interpretan mal los signos de Dios. Tal temor les frena a tomar una decisión, por lo que se requiere bastante tiempo para que puedan pensar por ellos mismos y tomar una decisión en consecuencia.

Pasados unos meses reconocen que han tenido atrapados sus sentimientos, sobre todo se les ha estimulado el de culpabilidad y el de perfección, fuera de toda lógica o experiencia personal. Van adquiriendo una conducta y manera de ser por ósmosis en la convivencia dentro de la organización.  De esta manera descubre el adepto que a él y  a sus compañeros les han dirigido su conducta y  esculpido una personalidad a la medida de los intereses de quienes dirigen el cotarro.

Quienes se distancian de su militancia, primero psicológicamente y luego físicamente, constatan que la excesiva autoexigencia es para provecho de la organización.  Una de ellas es guardar los sentidos, fuentes de tentaciones, lo que les lleva a no relacionarse con su entorno, con el mundo y su realidad, de manera que se aislan en una burbuja doctrinaria.

Otra  carga que aceptan son las mortificaciones para ofrecer a Dios, pero se convierten en una práctica que mide y promueve la sumisión a la organización. El primer paso es establecer una manera de saludar exclusivamente cerrada,  entre los miembros de la Obra. Otra es personal, como cada mañana al levantarse arrodillarse y besar el suelo diciendo “serviam”. Lo cual es un condicionante psicológico, ya que no sucede como fruto de una respuesta personal o una conclusión tras un diálogo íntimo con Dios, sino fruto de un adoctrinamiento. El cual, sin embargo, quien lo sufre no lo ve, no lo detecta.

Para el adepto consiste en cumplir con el lema y consigna que ha de cumplir todos los días. El resultado es que los adeptos a la Obra conciben la vida humana como una lucha incesante contra la tentación. Les inculcan un sentimiento de inferioridad total de cara a las exigencias de la organización, que da la sensación de una falsa humildad, con frases, “soy una calamidad”, “soy  un pobre pecador”, etc.   Lo cual se invierte cuando se proyecta hacia afuera.  Este proceso da lugar a un desdoblamiento calculado y metódico de la personalidad, lo que permite interpretar el papel que exija la organización, ante la familia, en el trabajo, dentro de la Obra o en alguna actuación pública. Visto desde afuera se suele interpretar como hipocresía o cinismo, en muchas de las conductas y decisiones de los militantes del Opus. En realidad son exigencias del guión.

En relación a las gentes de fuera los miembros de la Obra se ven a sí  mismos como una elite. Son poseedores de la verdad. Lo que les hace considerar como adecuado cualquier cosa que hagan, con su típico aire de superioridad. Actitud con graves consecuencias cuando sus actuaciones tienen una repercusión pública.  Entienden que incluso los cristianos y católicos que no son como ellos viven a la deriva porque sus horizontes son muy estrechos y su fe tiene escasa profundidad.

Respecto a otras organizaciones similares en las que el fanatismo es el tono, las ven más cercanas, pero con pequeños errores, sobre todo porque en los resultados de influencia y de despliegue entienden que ellos se llevan la palma.

Las frases de las personas que han tenido la experiencia de vivir desde dentro  una militancia activa en la Obra refleja  de manera nítida una vivencia que es personal pero común a otras que han participado de lo mismo. La captación siempre es indirecta. A nadie de los que nos han hecho llegar sus testimonios les han invitado a  ser del Opus Dei en un principio y mucho menos informando de sus estatutos y funcionamiento así como exigencias internas, para que tome el convidado la decisión más adecuada de manera consciente.

Se han encontrado participando en un club juvenil, o de amigos a los que han sido invitados o invitadas inocentemente.  En unos casos con actividades lúdicas y de ayuda a diversas causas como recoger juguetes en Navidad para los niños pobres, hacer colectas para ayudar en las catástrofes, etc. En otros casos se invita a actividades culturales, concursos de matemáticas, estudios para la selectividad con profesores influyentes y de renombre que van de vez en cuando a Centros relacionados con la Obra, para dejarse ver.

Ante la incertidumbre y la angustia de unos  exámenes decisivos para el futuro los jóvenes y las jóvenes acaban entrando en el contexto de rezar, dar gracias a Dios, ir a misa con las personas que organizan el curso, lo que da seguridad y tranquiliza. Hacen meriendas en un ambiente muy simpático, pero que en todos los casos se ha reconocido que es artificial, algo que se detecta, pero que ante las expectativas que genera el grupo en el que se participa pasa desapercibido, al no pensar sobre ello, y menos que haya “gato encerrado”.

No pocas veces se ha recurrido al tradicional “pantortilla”, dulce típico de Palencia, para con mucha suavidad y sutilmente invitar a las alumnas de un colegio de monjas a confesarse. El siguiente paso es hacer excursiones, que resultan ser retiros espirituales donde son invitadas a vivir la santidad en la Obra.

Dentro de la Obra quien entra se va dejando llevar. Los que le rodean en ese ambiente de compañerismo le insisten en que haga lo que crea conveniente, que es libre de ir con ellos.  Entre tanto envuelven a la víctima en una ambiente afectivo, de comprensión, de inquietud espiritual, a la espera de que suceda. Lo cual, en el argot opusino, se llama “pitar”, o sea que desee formar parte de la organización o que siente la llamada de la vocación.

Concepto éste que manipulan para captar el mayor número de personas. En el mismo argot se conoce como “pez” a las chicas que son proclives y con las que hay posibilidades de que la capten para la Obra. Al cabo de un tiempo acabaran haciendo un contrato permanente con la Obra, llamado “fidelidad” que obliga a obediencia a la organización, castidad y pobreza. este último voto se hace en pro de la organización , a la que donan el salario y hacen heredera  de todos sus bienes, sin entender que son bienes familiares y que se hace  bajo la presión de un fuerte adoctrinamiento.

En León funcionan la asociación Anciles, que pocas personas saben el significado etimológico de tal palabra, que hace alusión a esclavitud. También  el club Esla y Narayola. La pretendida finalidad cultural de tales organizaciones inspiradas por el Opus Dei  responde a organizaciones que vistas con el paso del tiempo son centros estratégicos desde los cuales se hacen programas de actividades  dirigidas a la captación de nuevos acólitos.  En cada actividad se dosifica muy poco a poco información sobre los aspectos más  folclóricos del Opus Dei, sobre sus maravillas, pero como presentando algo maravilloso. Hacen que el recién llegado al cabo de un tiempo se intereses, una vez  ha quedado atendiendo y participando en las actividades propuestas.

Se hacen reuniones sin que se sepa ciertamente cuál es la intención real de ellas.  Viajes y peregrinaciones para atraer a personas dentro de la iglesia, para que se comprometan con la Obra. Suelen hacerse a Lourdes y de paso a  Torre Ciudad, centro monástico del Opus.   Aprovechando la creencia, a veces muy diluida en la vida de quien va a ser captado, se le hace ver que Dios le ha puesto en ese camino y que va a vivir una vida sana, emocionante y protegido de la maldad de lo mundano.

Indudablemente para quienes participan en un primer momento es atractivo , pero unánimemente cuando lo ven con la perspectiva de los años de haberse alejado de aquella historia lo ven como una trampa.  Lo definen los ex-miembros como proselitismo engañoso.

En  un principio, los encargados de empujar hacia la Obra a quien llega de nuevas, le dejan que hable, que diga lo que quiera, lo que sirve para descartar a gente que pueda ser problemática, en estos casos dejan de invitar o le aparcan del proceso de captación y les sirve para decir: “mira, hay gente que viene hace mucho y no es de la Obra, quien se mete es porque lo ha elegido libremente”,  y llaman a uno que  empieza a participar y otro que no,  al que hacen un par de preguntas ante padres angustiados por lo que sucede a sus hijos o hijas y desarman con este truco, en un primer momento, las quejas y preocupaciones de la familia.

Padres, madres y hermanos y hermanas  de los adeptos coinciden en que desde que han penetrado en el camino del Opus su personalidad ha sido transformada y han dejado de ser ellos mismos. Les ven raros. Lo que los instructores de la Obra aluden como un cambio positivo y eufórico.  El problema que tienen es que los instructores de la Obra con los que hablan están muy preparados para responder y descomponer cualquier argumento, y ellos, las madres y los padres, no saben cómo reaccionar, pero sobre todo no lo comprenden al principio, tienen una certeza: “pasa algo raro”, pero no entienden el qué.  Les parece que les han lavado el cerebro.

Está sucediendo una sustitución de una familia por otra, que será la organización, de la que va a depender emocionalmente de manera progresiva.  Al cabo del tiempo muchos recuerdan la experiencia de ser miembro como la de una marioneta a la que manejan a su antojo los directores de la Obra.  En los centros donde viven en comunidad los adeptos de la Obra pasan en retiro de navidad al Año Nuevo, en silencio, para no añorar a la familia, y ponerse a prueba ante Dios.

Comienzan con el Triduo, que consiste en una charla y una misa, en la que insisten en invitar a los familiares. tal aislamiento en dichas fiestas es una exigencia de sus “guías espirituales“. Lo cual encaja con el adoctrinamiento que enseña que los padres no son dueños ni propietarios de sus hijos, y que con la Obra pasan de la familia de sangre a la familia de elección. Entienden que honrar al padre y a la madre no es apegarse a ellos, según la interpretación de la Biblia en la que Jesús dice que ha venido para separar a los padres de sus hijos, lo que aclaran y matizan “si esta separación es necesaria para seguir a Jesús”.

Cuando los ávidos de hacer proselitismo han escucha al novato le estudian detenidamente, ven sus aficiones, sus características psicológicas para ofrecerle propuestas orientadas a sus gustos. deportivas, culturales, de compañía, viajes, etc. No se discute. Se le da en todo la razón. Eso hace que el que llega se sienta comprendido entre gente que se identifica con él. Ahí sucede otro paso de la manipulación, sin que el afectado lo detecte como tal.

Cuando el adepto sabe a ciencia cierta que es un montaje, al llevar más tiempo y hacerlo él con los demás,  lo justifica como un mecanismo necesario para llevar al nuevo que se acerca al camino de Dios. Una vez se es miembro el adepto debe estar dispuesto a explicar su religión en todo momento a los demás bajo el prisma de la organización. Lo que hace que estén alerta y pendientes de atraer gente para la Obra.  No deben disputar dialécticamente con nadie, pues eso podría alterar sus esquemas y hacerles vacilar. Tal control es muy efectivo, ya que su talante es narrar amablemente lo que saben,  pero con  los oídos sordos a otra respuesta que no sea la suya.  Al fin y al cabo son los portadores de la Verdad.

Los miembros de la Obra hacen que escuchan otras opiniones, pero es inútil, porque han modulado su pensamiento de manera que lo que viene de fuera vale poco, pues lo externo a la Obra es fruto de la ignorancia o de la insidia. Por eso las familias deben darse cuenta de que no es posible convencer a un adepto. Por más que lo intentan nada consiguen, al revés refuerzan más su postura. Tal es la experiencia de las madres y padres y que creen que desmontando las  premisas en las que se basan y haciéndole ver las contradicciones en las que está inmerso su hijo o hija van a hacer que deje ese camino.

Lo único posible es lograr que, quien se ha fanatizado u obsesionado con una militancia, se dé cuenta por sí mismo y crear las condiciones para que se informe y decida por sí mismo. Pero tal situación no sucede de la noche a la mañana, sino que es un proceso gradual que pretende hacer visible al adepto lo que le ha hecho llegar a participar y a ser como es.

¡Ojo!, es muy importante entender que cuando están dentro creen a pies puntillas que todo  lo hacen por Dios, hasta que llega un momento en que descubren que es para la organización y Dios es una excusa. En tal tesitura unos ceden a la inercia de seguir en algo en lo que llevan muchos años, ya que allí han hecho su vida. Otros porque se lo siguen creyendo, y otros comienzan a ver las cosas de otra manera.

Cuando reciben información de fuera ven que se puede interpretar de otras formas sus actividades y que se puede creer, servir a Dios fuera de la organización que se ha acabado convirtiendo en un fin, más que en un medio y en donde el fin justifica los medios.  Algunos que han comunicado con la Asociación de Afectados coinciden en apreciar que después de muchos años se enfrentan a considerar que controlando a los compañeros, atrayendo a otras personas y exigiendo sus dotaciones económicas para engrandecer y expandir la organización lo que han estado haciendo es tomar el nombre de Dios en vano.

De nada han servido sus intentos de debatir internamente el asunto. Acaban siendo sospechosos, son apartados porque los jefes  lo único que manifiestan es que el desarrollo de la Obra es impulsada y guiada por Dios.  “¿Puede ser Dios tan necio?”, contestó una persona a esta respuesta  un miembro  que militó activamente más de quince años.  Antes de cinco minutos había sido expulsado. Acusado de miles de cuestiones de las que no tuvo nunca ni idea que hubiera participado, como querer corromper a otros compañeros.

En cada actividad a la que es invitado el que lleva un tiempo participando en las actividades le acompañan miembros con experiencia para dar explicaciones y enviarle mensajes que irán calando poco a poco en la mente del neófito, al que luego le van a ordenar en su lugar dentro de la organización.  Siembran la duda sobre la realidad exterior y a la vez la posibilidad de una respuesta a ellas si habla con alguien preparado que le va a animar con mensajes eufóricos y alegres.

El contenido de posteriores conversaciones es la certeza de que dentro de la Obra está la solución a los problemas personales y del mundo.  Una vez que el novato ha quedado enganchado a una actividad o a unos estudios y en relación a una o varias personas de la Obra, éstas, van ocupando el espacio vital de quien quieren captar. Le invitan en fines de semana reiteradamente para que vaya dejando los antiguos amigos o les lleve con él. Allí les separaran con grupos para cada uno. Les llamarán constantemente interesándose por su salud, estudios o pensamientos inquietos. Le van a ver reincidentemente, en ocasiones como si fuera por casualidad que se encuentran,  para ofrecer una amistad “sincera” y que la familia vea que son gente muy formal, sin decir nunca nada de la Obra.  Muchos padres y madres coinciden en afirmar: “Nos resultó extraño en un principio. En una sociedad como la nuestra ver gente joven tan pulcra y formal  llama la atención, pero te parece bien. Lo que nunca esperamos fue lo que ha sucedido después.  Ver que está completamente dominado por ellos y no es capaz de verlo. Esto es lo que nos preocupa”.

Cuando alguien nuevo muestra su interés por pertenecer a la Obra se dice que ha “pitado”.  Se vive el ingreso como una llamada de Dios, una vocación personal, pero para hacer que aparezca esta luz ha hecho falta una serie de cursos, de reuniones, que se consideran instrumentos de Dios. Continuar se convierte en un principio de fidelidad a la organización.  No pocos miembros cuando salen comentan que cuando reflexionan en la oración comprueban la contradicción que hay entre su fe y lo que viven, pero continúan porque tal pensamiento les atemoriza al considerar que es una tentación.

Cuando se lo comentan a confesores y guías espirituales les hacen ver que son llamadas sibilinas del diablo, lo que motiva a  no pensar. No es más que una táctica de culpabilizar  al que duda, no de Dios, sino de su participación en la organización.  He aquí una de las trampas más importantes de la Obra: seguir a Cristo, a Dios, se vive como algo que cuesta  mucho, sobre todo si hay que dejar todo por él. Lo cual incluye en no pocas ocasiones la atención a los familiares más cercanos. Pero sucede un desliz y es que se traslada el significado de seguir a Dios por seguir a la organización, de manera que, tal como muchas personas que han creído en esa llamada, se ven defraudados por lo que finalmente no es otra cosa que un equívoco, al convertir la creencia y la fe en una estrategia de Poder.

Al responder a consignas y mensaje doctrinarios que se asientan psicológicamente, no desde la reflexión y desde la vivencia personal en contraste con la realidad, los militantes de la  Obra que dejan su obsesión, muchas veces desencantados por las contradicciones entre la teoría y la práctica, descubren que  la organización se ha convertido en un absoluto, en el fin de sus actividades. Se sienten vacíos.

La programación mental a la que fueron sometidos en cursillos, reuniones, retiros espirituales, confesiones y charlas “informales” se derrumba.  Desde dentro hacen ver que es una debilidad, una caída, lo que refuerza el implante psicológico de la doctrina en quienes siguen, a veces con un tesón absurdo y sin sentido, mas que el continuar la inercia y no enfrentarse a lo que ha llegado su vida, que deja de tener un rumbo  sin participar en la Obra, y necesita hacerlo, y necesita que se propague la militancia para demostrarse a sí mismo  que está en el buen camino, lo que intensifica el esfuerzo de captación.

La dependencia a la organización se acrecienta con el paso del tiempo.  El entusiasmo del comienzo se convierte en disciplina entusiasta.   Participar atrapa la existencia del socio en toda su amplitud.

Muchos miembros de la Obra hacen voto de celibato apostólico, sin ser monjas, ni frailes, ni sacerdotes.  Se toma tal decisión entendiendo que es fruto de una vocación, cuando la voluntad de cada miembro ha sido fabricada  mediante consejos, orientaciones estratégicas,  sobre la base  de mecanismos  grupales.

¿Cuál es la diferencia entre quien decide ser sacerdote, monja o fraile, de un adepto que acaba siendo miembro del Opus Dei? En el primer caso es una decisión personal,  en la que sabe lo que va a vivir desde el principio hasta el final. Las normas están definidas. Las conoce y asume. Es una decisión pensada e informada, de la cual luego se puede arrepentir o no.  Sigue siendo la misma persona y continúa su desarrollo o evolución personal con los cambios propios de las nuevas experiencias.

En el segundo caso no entra al Opus Dei como decisión personal, como vocación, sino tras convivir con gente de la Obra, tras participar en  una grupalidad que va transformando su manera de ser y de pensar. Adquiere una nueva personalidad, la que marca el patrón de la organización.  Tal es una diferencia esencial.  Así lo intuyen muchos padres y madres de adeptos que no les hubiera disgustado que sus vástagos fueran sacerdotes, pero se han encontrado con una cambio de su hijo o hija drástico, que ha mantenido el secreto para afianzarse a  espaldas de la familia sobre su introducción en la Obra y que ven una presión sibilina y pegajosa que les llega a afectar.  Tal diferencia hace que lo que en la Obra se entiende como “cumplir con la voluntad de Dios” es ni más ni menos que cumplir los deseos y exigencias de la organización.

Una característica de la mayoría de los que  dejan de participar con el Opus Dei  es que se encuentran con que toda aquella amistad que ha recibido hasta veinticuatro horas antes desaparece. Los compañeros  dejan de hablarle, incluso llegan a retirar el saludo, intensificando el vacío. Al principio de dejarlo un  socio se encuentra con que sólo algunos se ponen pesados haciendo que reconsidere tal decisión. Llaman por teléfono, se hacen los encontradizos y pretenden “salvarle” de la perdición, pues entienden que a quien deja de ser miembro le irá mal por designio divino. Esto origina una tensión acumulada en quien deja de asistir y de vivir en el seno de la Obra.  Los que continúan fabrican el malestar de quien se va.

Tras estar un tiempo sin asistir a los encuentros  con miembros del Opus es cuando los que deciden darse un tiempo de reflexión, comprueban ciertas rarezas, que hasta ese momento les ha parecido normal, una expresión de felicidad, de tensión espiritual y de alegría. Se trata de la felicidad convulsiva: el estar siempre demostrando a los demás lo felices que son.   Un día una autoridad provincial de la Junta de Castilla y León visitaba una instalación oficial. El conserje se fijo en que siempre estuvo con la sonrisa en los labios. Escuchaba atentamente, con exageradas poses de hacerlo, y su conclusión fue: parece un Testigo de Jehová.  Miembros que dejan de serlo están tan acostumbrados a ciertos gestos que  ven que se han convertido en tics nerviosos. Luego les cuesta quitárselos de encima. Dar un  palmada a los demás, sujetar el brazo de un contertulio y hablarle al oído para decir cualquier trivialidad como si fuera un secreto del Estado Mayor, etc. Esta fijación gestual hace que muchos se vean inhibidos para relacionarse con  los demás y se encuentran ridículos.

Es lo que un recién  ex miembro comenta: “Fuimos vendedores de un producto. Espiritual e intangible, pero nos convirtieron en eso, en relaciones públicas de un gran almacén que cada vez crece más y lo que busca al final son beneficios”.  No se explican como les ha podido pasar toda aquella experiencia. Solamente por darse tiempo para pensar descubren otro punto de vista. Una vez que han superado las presiones de otros compañeros o compañeras que les quieren “ayudar”, para que no dejen la Obra, deciden marcharse.   El desarrollo de los estatutos implica alegría, casi por decreto, optimismo, de manera que se sobrenaturalice hasta lo más nimio.

El compromiso con la Obra significa, en determinados grados,  renunciar a una vida de pareja y familiar normal.  En el momento de firmar los compromisos se deja a un lado la individualidad, que se usa sólo para intervenir fuera de la Obra, pero según lo que establezca la organización. La entrega, según el Codex 87. 1, supone una única vocación de todos los fieles a la Prelatura, la cual es plena, perpetua y definitiva. Se convierten en una especie de monjas o frailes sin serlo.

Una religiosa comentó en cierta ocasión que  el Opus estaba extremando la fe hasta deformarla.  Puso el ejemplo de que es normal que un profesional del deporte se pase ocho horas y más entrenando, pues tiene un objetivo, ir a las Olimpiadas. Parecería anacrónico y fuera de lugar ver a un señor entrenando noche y día dejando su quehacer cotidiano  y sin estar con la familia, sin otro objetivo que entrenar por entrenar. Se vería como una obsesión.  Una idea fija que se establece en la Obra es la exigencia de cumplir la promesa por encima de todo. Un replanteamiento lleva a fobias y miedos infundados que han sido sembrados en el proceso de adoctrinamiento.

La enseñanza recibida inserta los fundamentos teóricos con un proceso emocional paralelo que pone un velo que impide ver los sentimientos de uno mismo.  Estos son los que tienen que descubrir quienes se ven atrapados por la organización.  Sobretodo cuando creen que están porque quieren.

El dirigismo de la organización sobre la persona es total.  Nunca los adeptos lo quieren admitir, pero cuando dejan de estar sometidos a la presión de grupo porque se alejan de la Obra lo reconocen unánimemente.  A un agregado le prohibieron asistir a cualquier acto público. Evidentemente no consta como prohibición, fue un consejo, una recomendación, pero ocurre que los deseos de los superiores son órdenes para quienes están bajo su protección.

Para  acudir a actos familiares, como bautizos, bodas, cumpleaños y demás  tuvo que solicitar permiso, porque su conducta personal ya no dependía de  él mismo como sujeto, sino como miembro de una organización.   Suelen dejar que acudan a actos para que se relacionen con gente de fuera, con el fin obsesivo de captar adeptos mediante un sin fin de relaciones.  Una persona que vivió estas condiciones leyó unas declaraciones de Federico Trillo siendo presidente de las Cortes y miembro de la Obra en las que afirma: “El Opus jamás me ha dado una consigna, ni, si lo hiciera, estaría yo un minuto más en la Obra” .  Su comentario al respecto fue claro: “Por supuesto. A esos niveles se les deja actuar de manera autónoma, pero al servicio de la Obra, porque ya tienen el chip metido en la cabeza. Los que están en esas circunstancias saben muy bien lo que tienen que hacer sin que nadie les diga nada, lo hacen de manera automática”.

Una de las cosas que más llama la atención de las personas de base que dejan  el Opus Dei es que durante un tiempo, mientras se adaptan al mundo cotidiano, tienen muchas dificultades para tomar decisiones por ellos mismos, incluso en asuntos triviales, desde comprarse ropa, hasta saber qué hacer un fin de semana, o si deben o no llamar a algún amigo.  Es lo que les hace caer en el aislamiento en el momento inicial.  Se sienten ridículos y al mismo tiempo culpables de algo. Sienten desprecio  hacia sí mismos

Los que participan de lleno en la Obra, dan íntegramente el salario a la organización y ésta les da lo que considera que necesitan. Todos lo asumen como normal para el funcionamiento de la Obra. Al dejar de participar, cuando se les pregunta si no sabían esa condición de antemano, suelen decir  que oyeron comentarios de gente de fuera advirtiéndoles, pero no lo dan mucha importancia. No piensan llegar tan lejos, sino mantenerse en el nivel inicial de cordialidad y de actividades interesantes.

Luego , comentan, se dejan llevar y sin darse cuenta acaban metido en una dinámica que o la aceptas totalmente o no habrías continuado.  Es algo que no se imaginan que les vaya a pasar y cuando lo aceptan es porque la inercia de su conducta y voluntad les arrastra y luego sólo les queda justificarlo ante los mismos en primer lugar, pero no lo piensan demasiado, pues dudar se considera una tentación que deben vencer. Lo mismo sucede cuando se acaba haciendo la fidelidad, o sea hacer el testamento a nombre de la Obra, lo que se hace  justo antes de incorporarse dentro.  Es una trampa del pensamiento en la que se han introducido, sin poder salir de ella, más que con mucha dificultad. Lo que no tiene que ver, para nada, con el contenido de la creencia.

Es el resultado de aplicar una cadena de técnicas, ordenadas y sistemáticas, de manipulación.  Estas prácticas deberían ser expuestas  públicamente en los colegios y clubes dependientes de la Obra, para que quien quiera introducirse sepa adónde se mete  y que lo haga con conocimiento de causa. No que sobre la marcha acepte condiciones a medida que su personalidad se transforma con los cursos, las influencias de consejos y prácticas religiosas instrumentalizadas.  Se llega a rendir un culto obsesivo hacia el fundador

Los amigos cordiales, educados, íntimos y elegantes  se vuelven en auténticos perseguidores cuando alguien decide dejar la Obra. Insisten con mensajes que pretenden actuar a modo de advertencia, como si de un mal de ojo se tratara, con el santo fin de hacer recapacitar mediante presionar en el sentimiento de culpabilidad.  Si alguien cede en esta fase, se acondiciona más fanáticamente dentro y ve su intento de salir como una tropelía y un bache que ha salvado y le ayudó a fortalecer la fe.

Quien se aleja definitivamente sufre de una soledad  existencial, por mucho que la familia o amigos le acompañen. Observa como sus amigos de dentro muestran indiferencia y desprecio hacia él. Esto tiene una segunda lectura, como es que no fue considerado como persona, como sujeto, sino como una pieza de la institución y cuando deja de serlo es anulado mediante el ostracismo. Pero no queda ahí. Sus más allegados dentro de la Obra se dedican a hacer crecer dentro de los ambientes en que es conocido, o si preguntan por él, una serie de comentarios, que no los dicen textualmente, lo dejan caer, insinúan.  Es un argot invisible, pero demoledor, entre quienes están en la onda: “ya sabes”, “en fin”, “que te voy a contar”, … expresiones que acompañadas de un gesto no dicen nada, pero dan a entender cualquier barbaridad.

Sobre todo éstas son morbosas, sobre homosexualidad, pasiones desconrtroladas y descarriadas.  El objetivo es hacer ver a quienes se quedan que salir fuera es por maldad, no por un acto de reflexión y de libertad personal. Además se evita así que cualquier comentario o diálogo que suceda con personas que salen fuera tengan efecto, es más ni se les escucha. Es frecuente que familiares de adeptos quieran que sus allegados hablen con personas que han  experimentado lo mismo y conocen por dentro la Obra, y el nuevo aspirante a santo lo rechace  o sus palabras le entren por un oído y le salgan por otro al estar bloqueada su atención para  contrariar  unas pautas psicoreligiosas.

Referente a las relaciones personales un afectado escribe: “pese a los vínculos personales que existen entre sus miembros, éstos no dudan en sacrificar a algunos de ellos si entienden que ello repercute en interés de la Obra”. El individuo es un instrumento más, un medio para un fin: la Obra. Aunque digan que es Dios, es su especial concepción de Dios, tema éste en el que no entramos, pero sí en el uso que se hace de las personas sin ningún escrúpulo para anular a unas o hacer triunfar a otras según la conveniencia de la organización.

No pocos quedan con secuelas mentales por esa mezcla de angustia vital y permanente diálogo con uno mismo alejados completamente de la realidad.  Si las pruebas y condiciones para militar en la Obra se superan son un buen entrenamiento para ejercer el poder sin inmutarse ante las decisiones más injustas e injustificables, algo que  veremos más adelante.

Nuevamente nos encontramos con que el fin justifica los medios, algo que internamente se reconoce, como prueba de sumisión.  Se justifica porque se aplica para el bien, según ellos.  No sólo de cara al mundo sino que es necesario actuar como sea para salvar a los miembros más débiles y desviados dentro de la iglesia.

Una táctica de cualquier grupo dedicado a mentalizar a sus miembros, es lograr que interioricen las normas de la organización y piensen, sientan y actúen a través de ellas. Para conseguirlo  es necesario controlar el tiempo y la intimidad de sus adeptos.  En la Obra las relaciones  personales son superficiales, más aparentes que reales, pero con mucha teatralidad. Sin embargo la dedicación a cualquier tarea es muy concienzuda, siempre están atareados, de una actividad se pasa a otra.

Los momentos de calma y sosiego son las misas y retiros espirituales, por lo que se experimentan como una paz espiritual a modo efectos psicológicos. De manera que se concibe el bienestar y la satisfacción con  los contenidos doctrinarios, los cuales se interiorizan como si de un programa psicológico se tratara (programación). Pensar no sólo es difícil con todo lo que se tiene que hacer y aprender, en un calendario muy apretado, sino que genera zozobra, y mal estar, por lo que se tiende a evitar.

Se logra así la sumisión a la Obra.  Y una percepción clara: se sienten bien. Entonces ¿para qué pensar?, ¿por qué dudar?.  Volver a ser uno mismo significa acabar con esa anestesia mental y afectiva.

La intimidad de cada miembro queda a la intemperie, conocida por los directores de la organización, de manera que el control es personalizado.  La dirección de la conducta individual llega a lo más hondo de la conciencia en donde se instala el miedo, la culpabilidad, no sólo ante Dios, sino ante quien se hace su portador, la organización.  Lo aplican de una manera suave pero efectiva y contumaz, con lo que en el lenguaje opusino se conoce como “corrección fraterna”. Siempre se propone como una forma de ayudar a salvar dificultades, pero se aplica para dominar al que se inicia en el camino.  El mismo hecho se analiza de manera muy diferente cuando se está dentro y cuando se sale de tal práctica.

Para culminar  el adoctrinamiento, es decir introducir una idea o creencia como factor psicológico fundamentalmente,  se asocia a las enseñanzas impartidas en  Centros de Estudio, casas de formación o Colegios mayores, una serie de prácticas cotidianas que llevan el ejercicio de la fe a la obsesión. Esto tiene una función: fijar los mensajes en el inconsciente y que formen parte de la personalidad del adepto. Se repiten oraciones dos veces al día, con un horario establecido.  Visitas periódicas al santísimo, rezos en latín (preces).

Además una lectura espiritual, varios días de retiro al año, una charla semanal, lecturas constantes que versan siempre sobre lo  mismo y eliminando otras fuentes de información como revistas, periódicos, libros de otra índole, aunque sólo sea para criticarlos. Se insta a dialogar con Dios, de manera que se desdobla la personalidad para ser menos una persona social y más un adepto de la organización.  El encierro mental  es el ambiente de la organización, que crea una serie de pautas de conducta internas, como saludos exclusivamente entre los miembros, tertulias., conversaciones, entre los que forman parte de la misma historia.

El control del pensamiento es una constante en los miembros del Opus Dei. Para explicar sus puntos de vista acuden a frases descontextualizadas, que curiosamente son muy similares entre miembros que no se conocen entre sí. Dan la impresión de que tienen el mismo patrón psicológico. Tienen miedo a reconocer su ser más íntimo y en lugar de encauzar sus ideas, sus pasiones dentro de una fe auténtica, en lugar de una pose permanente, reprimen sus inclinaciones a través de la interiorización del miedo.