La violencia en el fanatismo

Las víctimas del fanatismo son esencialmente víctimas de la violencia, en el sentido más estricto de la palabra. Tal y como define el diccionario de la Real Academia española, violencia es, en una de sus acepciones, “que está fuera de su estado natural, situación o modo”. Lo cual puede ser una descripción muy acertada de lo que es el fenómeno sectario. Éste consiste en aplicar, desde una organización o grupo, técnicas de manipulación psicológicas que alteran la voluntad del adepto. El resultado es su despersonalización, alterar su ser natural, para construir el ser sectario.


Otra acepción de la palabra violencia, es “que se hace con ímpetu o intensidad extraordinaria; fuera de lo natural”. Es otra característica del fanatismo destructivas, en las cuales se intensifica la hiperactividad, las emociones se representan exageradas y las ideas adquieren un valor absoluto.


Violentar significa “aplicar medios violentos a cosas o personas para vencer su resistencia”. Lo cual señala directamente a las técnicas de manipulación que emplean las sectas. Consisten en:


1º) condicionar la conducta de acuerdo a los deseos de los líderes.

2º) Incidir en el inconsciente, mediante repetición de mensajes y asociar estados de ánimo creados por el grupo, bien de exaltación, de miedo, de victimismo o de incomprensión. La organización o grupo es lo que ampara, reconforta y protege al miembro. Se crea una dependencia del grupo que hace que se actúe de acuerdo a las pautas y expectativas colectivas, sin capacidad de crítica ni decisión personal.


Queda patente en estas definiciones, que explican qué es una secta a grandes rasgos, que para nada se alude a la creencia, ideas o comportamientos, lo cual forma parte de la libertad de conciencia de cada sujeto y cuyo ejercicio ampara la sociedad democrática.


Sin embargo las sectas se disfrazan con esta reivindicación, que nadie pone en tela de juicio. Uno puede creer en los extraterrestres, en la Biblia en verso o en prosa, en la reencarnación, en una forma de organizar la sociedad o cualquier otro planteamiento.


Ideas y creencias no entran en la significación de lo que es o no  el fanatismo , sino que alude esta valoración a la técnica empleada por el grupo u organización, que supone la destrucción  de la personalidad, que queda desestructurada como sujeto, de manera que forma parte del grupo o creencia  de manera que es un instrumento del destino propuesto para el cual su fin justifica los medios, en muchas ocasiones según las definiciones de violencia que hemos definido. Que en su grado máximo es eliminar a la persona mediante el asesinato.


La situación sectaria da lugar a la vivencia de una doble realidad, hacia fuera por una parte y por otra hacia dentro del grupo u organización. Un adepto puede llevar una vida ejemplar de cara a sus vecinos y compañeros de trabajo y, sin embargo, perpetrar un proyecto perverso al amparo del adoctrinamiento que sufre. Su desconexión del sectario con la realidad es tal que mantiene un sentimiento y una escala de valores que no son comprensibles para quienes están fuera de su estructura mental. Lo que para cualquier ciudadano o ciudadana sería un acto máximo de crueldad para el adepto se trata de una exigencia, de un acto de salvación en su misión mesiánica, sea ésta la que sea.


Las sectas fabrican fanáticos. En ellas el fin justifica los medios. Los cuales van desde la violencia física a otras actuaciones que tratan de violentar tanto a las personas que les rodean como a la sociedad. Estas otras actuaciones son de carácter manipulador, en tanto buscan contagiar su visión cerrada del mundo, cerrada a su verdad, al resto, a los de fuera, e imponer sus criterios.


Llega un momento en que imponer su punto de vista es lo único que da sentido a su vida. De ahí el afán en hacer prosélitos por todos los medios o de atacar insistentemente a quienes no siguen sus postulados, por el simple hecho de no ser como ellos o no tener sus mismos objetivos.


Textos como “el no matarás debe ser matizado, mientras no sea estrictamente necesario”, “matar puede ser un acto de amor”, etc. se enseñan como adoctrinamiento en asociaciones perfectamente legales, que hacen ceremonias con uniformes y tienen una organización totalmente jerarquizada. Venden algunas de sus revistas como si fueran cuadernos de cultura en los kioscos, como es el caso de la revista Esfinge.


Dejar morir a un hijo por no hacer una transfusión de sangre, también es un acto de violencia. Ocupar puestos estratégicos en la sociedad para acaparar Poder es otra táctica de violentar a una sociedad o a un sector de ella. O anular la voluntad y capacidad de pensamiento en vivencias fundamentalistas de salud, ovnis o textos de libros sagrados. La sociedad es también víctima del fanatismo y de su dinámica ante planteamientos que se imponen por influencias económicas o políticas, fuera del debate democrático.


Grupos cerrados y muy preparados logran el crecimiento de un núcleo fanático que puede derivar, por minoritario que sea, en un elemento que desestabilice la sociedad por su gran capacidad de organización y de combate.


Pero quienes primeramente son víctimas del fanatismo son las familias y el entorno del adepto. Debería ser éste, quien sufre el adoctrinamiento, la primera víctima, pero no es así. Sucede que se siente entusiasmado, pletórico ante su compromiso férreo. Porque hay un efecto de anestesia de su Ser al quedar bloqueada su capacidad de reflexión.


El primer paso es una crítica programada contra todo lo que queda fuera de sus planteamientos. Los que no siguen sus ideales son ignorantes, masa amorfa o mal ciudadanos intencionados que sólo buscan satisfacer sus intereses. Tal es el esquema básico del fanático. Palabra ésta que viene de “fanus”, lugar sagrado. Se trata de quienes adoran o defienden el lugar, el templo o la organización en la que militan a cambio de dejar a un lado los contenidos de sus ideas, proyectos o religiosidad. Se rinde culto al grupo.


Las razones se sustituyen por excusas. La violencia emociona, se convierte en un elemento mágico que da sensación de Poder y de dominio, hacia dentro del grupo. La presunción de los violentos y creencia de ser superior al resto por ser capaces de usar la fuerza bruta cohesiona a los adeptos. Hacia afuera la violencia se convierte en temor.


Los sectarios se hacen respetar por el miedo o por el camuflaje de sus intenciones. Su estrategia es el argumentum baculinum, dar golpes como medio de argumentación, o enredar en el entorno para salirse con la suya. La parafernalia, los desfiles, poses, palabrería grandilocuente y ceremonias se convierten en el contenido sentimental que une al grupo. Se forma una especie de tribu, en la que la individualidad se diluye en los demás que piensan y sienten igual respecto a lo Absoluto que se defiende.


La causa o los objetivos concretos, históricos o divinos, no se perciben como algo real sobre lo que construir un proyecto dentro de la sociedad y en un ambiente plural, sino que se convierte (pervierte) en un destino que emociona y por lo que se está dispuesto a morir y a matar. “Por el Ideal se vive, por el Ideal se muere”; “El ideal justifica la cuna y el ataúd”, “hay que trabajar con tesón fanático”.


Otra característica del fanatismo y el fanatismo en general es llevar los posicionamientos que creen o dogmatizan los acólitos a una situación límite. Mañana será el fin del mundo, “el fin está pronto”, “antes de un año vendrán a buscarnos”, “el enemigo acecha”, hacer creer que si siguen en el camino emprendido se lograran las metas, es cuestión de fe que suceda lo esperado y por lo que tanto se lucha. Se trata de una circunstancia que lleva a percibir los sucesos y acontecimientos desde lo irracional, que es contrario a la irracionalidad de los sentimientos y a la razón. Lo irracional es un estado de deformación de lo que uno es, lo que uno piensa y siente.


No siempre las sectas son de carácter religioso, sino que aparecen también como asociaciones culturales, movimientos políticos, cadenas de venta, grupos de meditación, cursos de desarrollo personal, seguidores de curanderos y otras muchas formas más. Lo característico de todas es la manipulación. Algo que sufren las familias de los fanáticos, padres y madres, esposos y esposas, amigos y amigas, que ven como la persona captada se convierte en otra que nada tiene que ver con la anterior. Le han cambiado los recuerdos, las emociones, sus inquietudes, sus referencias sociales y su familia y amigos.


Lo que se suele conocer como lavado de cerebro o programación mental. ¿Qué le ha ocurrido? este es el primer punto con el que se encuentran las familias y allegados. No lo entienden. Y sufren la angustia de no saber qué le ha podido pasar, porque algo le ha pasado, indudablemente. No lo han detectado porque durante el proceso el afectado lo ha mantenido en secreto y porque los primeros síntomas se achacan a cosas de la edad, a que tomará algo, o a las nuevas compañías, pero sin ver una estrategia psicológica que envuelve a quien cae en las manos de una secta.


El segundo paso de la familia es que nada puede hacer. El acólito es mayor de edad y pierde toda relación con su medio social. Aunque conviva psicológicamente está “ido”, en otra dimensión de convivencia que hace que tal situación sea insoportable.


Contemplar a diario el drama, ante la incomprensión de los demás y de la propias instituciones, es lamentable. Hace falta como mínimo una herramienta jurídica que ofrezca a los familiares, víctimas más directas del fanatismo, la posibilidad de hacer que el afectado se dé cuenta de cuál ha sido su proceso. En definitiva es lo que se hace, pero de una manera indirecta, cuando alguna asociación especializada en este asunto interviene.


Informar, que por cierto es la base de la libertad, sobre cuáles son los mecanismos de manipulación y en qué consiste el grupo u organización en realidad, no lo que le hace ver y aparenta. El problema es cuando el adepto se niega a dialogar con la familia. Recuerdo un caso de unos padres que llevaron a su hijo a aprender a tocar el piano y se encontraron al cabo de un tiempo que se fue de casa creyéndose la reencarnación de un delfín. Como éste otros muchos casos, que los familiares viven como un secuestro psicológico y una alteración del estado natural del afectado.


Hasta ahora se ha venido diciendo que para solucionar el problema del fanatismo basta con perseguir sus delitos. Lo cual no deja de ser una verdad de Perogrullo, pues eso ha de suceder a cualquier otra asociación que cometa un delito. Es preciso, entonces, intervenir en el aspecto sectario, respetando y garantizando los derechos constitucionales y de libertad de conciencia y de culto.


Cuando se usan sistemas de manipulación hay que dar una cobertura legal que actúe sobre tal mecanismo, como así lo recoge la nueva legislación francesa. Desde el 20 de Junio de 2000 se ha tipificado como delito a instancia del parlamento francés y ya se puede procederse a una intervención judicial. Algo que hemos solicitad desde la asociación que represento, en el sentido de que pueda exigirse a una persona captada por una secta escuchar la versión de la familia, así como los pormenores de la manipulación que sufre con el veredicto de expertos y que luego mantenga su decisión de continuar o no en el grupo que le ampara.


¿Cuál es el problema que dificulta tratar la esencia del problema sectario? Que estamos ante un material intangible, sucede en las relaciones humanas. No se toca, no se ve, no es medible ni cuantificable. No hay pruebas. Es algo que debe ser estudiado. Comparado con el estado anterior de la persona y ver el contexto de la manipulación. La cual se detecta, por las consecuencias, no por un hecho que es inmaterial, psicológico.


El círculo del fanatismo es muy engañoso ante los sectores de la sociedad que se dejan arrastrar por él. No es una situación estable, sino que sucede en varias fases, que luego entran en resonancia y conviven al interpretarse en cada momento la postura que más convenga.


El fanático se presenta a él y su grupo como víctima de unas circunstancias, históricas, de incomprensión, de ser vilipendiados o censurados. Otra que se da al mismo tiempo o progresivamente es convertirse en perseguidor de todo aquello que va contra su fe, su lucha o su verdad incuestionable. Lo que vive como una misión que ha de cumplir para servir a su Todo, en términos de la obra de Fernando Savater, “Panfleto contra El Todo” (1978).


El tercer paso es presentar a su organización y su “servicio” como una acción de salvador. Sin ellos, los fanáticos, la humanidad o la población a la que defiendan, sean fieles o compatriotas, estarían perdidos y el enemigo, que lo es per se, acabaría con los valores que la secta o grupo dice defender. Es el caso de algunos grupos mesiánicos en el ámbito del ecologismo-New Age o como lo fueron algunas organizaciones de carácter marxista.


La violencia no es sólo lo que sucede, sino lo irracional que lo diseña. Nace de la mente del fanático. Se vive en grupos organizados para manipular, al alterar las emociones básicas del grupo o de la sociedad sobre la que actúa: el miedo, la incertidumbre, la alegría y tristeza en función a sus acciones. En definitiva el terror, es una táctica. Se refuerza con muestras de brutalidad en la calle o en ambientes cerrados en los que se hacen combates o peleas de animales para estimular la violencia como una finalidad que da una satisfacción estética y ética, en cuanto instrumento al servicio de la “Verdad”.


El fanatismo no puede ser vencido en el diálogo, porque no entra a razones, pero pasa por el diálogo, con la visión de desmontar el fundamento del fanatismo, la ceguera egoísta y cruel, que se ve a sí misma deformada, como heroísmo y algo especial y superior. Hasta el punto de que quienes siguen sus pautas dependen anímica y existencialmente de seguir en el camino emprendido.


Hay que desenmascararlo, pues ya que no es posible convencer a un apasionado, sí lograr que se dé cuenta. A base de información se ha logrado que muchas sectas desactiven su proceso, ante la falta de relevo generacional. Por eso la juventud es el caldo de cultivo y el sector más deseado para captar adeptos. A la vez es el más vulnerable, al ser el más enamoradizo de unos ideales. También es el más desencantado de una sociedad cargada de corrupciones y desencantos de toda índole.


Muchas veces me han preguntado, en conferencias y debates, sobre si grupos que usan el asesinato como medio de lograr sus objetivos son sectas. Pues se perciben muchos rasgos en común. Tienen elementos paralelos, pero los grupos que actúan mediante el terror y la amenaza de muerte no crean fanáticos, los gestionan. Por eso no es exactamente una secta. No captan indirectamente. El que se mete en tal ambiente lo sabe. Lo que desconoce es que se introduce en un movimiento u organización de carácter religioso integrista, ultra nacionalista, o ideológico intolerante, con un sentido social, cuando las ideas o creencias son una referencia estratégica para unos fines cuya referencia no es la realidad sino la organización y la visión de las cosas que la misma impone.


El neófito ignora que es más un proceso psicológico que social o político. Frustraciones personales, angustias existenciales, soledad y necesidad del amparo tribal, hacen que el substrato emocional se proyecte en una misión social o hacia el exterior, lo que a su vez da sentido a su vacío interior y lo llena con ese fe o razón de Estado absoluta. No importa que sus acciones no tengan sentido de cara a conseguir algo o que pierdan cada vez más espacios sociales, el caso es seguir. Ya sea matando, haciendo sabotajes o preparando la toma del Poder, aunque esta acción sea imaginaria, como les sucede en este último caso a muchas organizaciones ultraderechistas.


Otro proceso similar sucede, no nos engañemos, en el fanatismo que trata de perpetuar un Poder y regir sus designios en la colectividad. Sea dentro de una religión o de un Estado. Son organizaciones fundamentalistas, que no se hacen visibles, pero actúan imponiendo sus criterios morales. En ellos están los que proyectan sus vacíos psicológicos para hacer de tropa. Por otra parte los jefes que colocan en una creencia o ideología sus ambiciones. Para lograrlas sea como sea, también el fin justifica los medios. Y a su vez se presentan como filántropos y movilizan a una parte de la sociedad para justificar sus actuaciones, generalmente represivas.


El gran error de la sociedad ante las sectas es querer instaurar una dinámica inquisitorial, en lugar de ampliar las bases de la libertad, con información. Prohibirlas no sirve para nada, pues son como las hidras, cortas una cabeza y salen siete más. Frente al fanatismo social no es la mejor estrategia enfrentar otro fanatismo en un pulso cuya víctima es el pueblo. Por eso desde la experiencia con las sectas se puede atisbar que ante el fanatismo de poco valen medidas políticas, ante una voracidad insaciable y que no se atiene a razones, ni exclusivamente las policiales para acabar con el problema, ya que su función, necesaria, es limitar el acto delictivo, pero no puede ser un mecanismo perpetuo que prolongue indefinidamente la cuestión que trata de atajar. Sino más bien hay medidas culturales.


Un ejemplo fue la transición española. Frente a la intransigencia de los inmovilistas no fue conveniente una exaltación de los valores contrarios, que llevase a un enfrentamiento, nuevamente, después de cuarenta años. Sino que se estableció una dinámica, espontánea que ridiculizó cualquier extremismo, desde cantoautores, grupos de teatro alternativos y de nuevas tendencias escénicas, poetas, escritores, grafitis, grupos musicales, infinitas revistas y de cientos de tendencias, etc. Pero siempre manifestaciones críticas y no con simulacros de agoreros y panfletarios que enardezcan las emociones en un sentido u otro.


El desarrollo de una cultura crítica y su ambiente es imprescindible para eliminar los cimientos en los que se apoya la violencia.


Quienes sufren el problema del fanatismo son conocedores del fondo más profundo de la violencia, la que se oculta en la mente, sin que además se dé cuenta de ello ni quien la ejecuta ni quien la padece. Desnudar tal situación espero que sirva para encontrar una salida a la violencia que asola nuestra sociedad con la lucha armada – terrorismo – violencia indiscriminada, otras de índole enfermizo, como es la violencia doméstica y sexual, y la que tiene como fin apoderarse de las conciencias de las personas.


Es muy importante hacer una reflexión muy profunda, para no caer en el circuito de perseguir sin otra alternativa o de querer salvar a una sociedad de su mal mediante una imposible conversión moral.


Comprender lo más recóndito de un problema es el paso más definitivo para superarlo.

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