La falta de tiempo

Un día tal que el 13 de Abril de 2002, la CGT de León convocó una manifestación contra la falta de tiempo. Pudo parecer una anécdota, pero quienes lo convocamos tuvimos como objetivo lanzar un debate, profundo y libertador, a la sociedad. Hay algún foro específico, sobre este tema en la red, pero está visto que la mayoría de las personas carece de tiempo para reflexionar al respecto. Semejante carestía afecta a nuestra relación con todo lo que nos rodea. Y, desde luego, es un problema sindical de primer orden. Debería serlo.

.

Hay un dato significativo, como es que entre 1850 y 1950 el incremento de productividad se tradujo en una reducción de la jornada laboral, hasta lograr llegar a las 40 horas semanales. Sin embargo las cinco décadas siguientes, en las que se ha incrementado la productividad y la aplicación tecnológica es muy superior no ha sido así, incluso en muchos casos el número de horas de trabajo es mayor y, además, mal pagadas. Según fuentes oficiales, que recoge la Organización Internacional del Trabajo, el estrés laboral es el segundo problema de salud europeo, sólo después del tabaco, sin que sea éste un dato conocido por la opinión pública. ¿Acaso no habrá que poner un cartel en las empresas que ponga: “el trabajo precario y temporal es malo para la salud”, además de anuncios en televisión sobre esta cuestión?.

.

En el artículo “La medición del tiempo” (La Vanguardia, 26 – XI – 2010), Eulâlia Solé, recoge un comentario de una señora que lamenta que las prisas sean el motor de todas las acciones del sujeto moderno. Comenta que el consumo de tiempo se ha convertido en la monomanía de nuestra época: “la revolución industrial vendrá a profundizar en el control horario, y más tarde, la sociedad de consumo extenderá al ocio el registro del tiempo”. Medir el tiempo en todo momento se ha instalado en nuestra mentalidad y se acepta como normal, quedando obsesionados por el tiempo, la falta de tiempo, las prisas, no tener tiempo de…, para…,

.

Por sí sólo estos datos son preocupantes. Pero es mucho más, pues se convierte en un problema social que se transmite de lo económico a las demás facetas de la vida. Asimismo la falta de tiempo es un elemento mediante el cual se nos domina y con el cual construimos el Poder. Luego nos impone pautas y conductas, pensamientos y emociones, a cada individuo concreto. Lo novedoso es que, por paradójico que parezca, tales pautas parten de cada sujeto. En su obra “El asesinato de Cristo”, Wilhelm Reich plantea como una trampa en la que ha caído el ser humano en la sociedad moderna  considerar las prisas y el desasosiego como algo natural.

.

Es a través de la falta de tiempo por donde podemos darnos cuenta de cómo se construye el Poder y somos dominados, sin darnos cuenta, porque somos  los ejecutores y las víctimas, al mismo tiempo, de dicho proceso, que deberá ser estudiado en profundidad, ya que es un factor nuevo que si no se comprende es imposible controlar y, mucho menos luchar contra él. Esta nueva categoría no es sino una fase más en la evolución del Poder. Por ende  la lucha contra la merma de libertades debe avanzar en este sentido. Si no lo tenemos en cuenta las demás luchas serán estériles.

.

Para entender esta situación pensemos algo tan cotidiano como es encender la televisión. Tenemos la libertad de elegir el canal que queramos, de poner en funcionamiento o no el aparato. Pues se ha convertido en el electrodoméstico más usado y una forma de ocio permanente, que ocupa un lugar privilegiado en nuestros hogares. Los programas de los más bodrio son los que más audiencias tienen, sin que en apariencia nadie ni nada nos obligue a ello. Como audiencia construimos una industria de la imagen que mueve miles de millones de euros, y a la vez nos somete a su programación y a su visión del mundo-consumo.

.

No es lo mismo ir de prisa que ir con prisa. El problema es cuando las prisas forman parte de nuestro ritmo vital. Llegamos a tener prisa como una sensación permanente, independientemente de que tengamos que ir rápido o no. Dicha sensación es lo que, de una manera aproximada, podemos llamar estrés. Pero normalizamos tal sensación, al querer justificarla y hacemos más y más cosas porque tenemos prisa, o mejor decir: tenemos sensación de prisa. O sea: no tenemos prisa porque tengamos mucho que hacer, sino que hacemos muchas cosas porque sentimos la prisa dentro de nosotros.  Esto puede ser una paradoja teórica, pero nos va a permitir comprender muchas situaciones que tienen que ver con el mundo laboral moderno y con la economía actual.

.

La prisa es un ritmo que afecta a nuestra vida cotidiana. Nos impide elegir actividades que requieren reposo, sosiego, como son leer, reflexionar, asistir a reuniones, tertulias, charlar… No tenemos tiempo para este tipo de actividades, pero sí para otras, que requieren de un ritmo trepidante: dar una vuelta por un centro comercial lleno de barullo, ir de bares, asistir a actividades  masivas, en las que siempre hay que estar entrando a empujones. Ser espectadores de espectáculos que hacen pasar el tiempo de manera rápida.

.

Un efecto de semejante ritmo es hacer zaping al ver la televisión, convertir las noticias de prensa en un estímulo de ansiedad, en lugar de reflexión. Se ven a toda velocidad en los telediarios, o se leen rápidamente en la prensa, después de haberse escrito y realizadas a una velocidad de vértigo, para el consumo de sensaciones de actualidad. Se pierden,  de esta manera, las referencias históricas de cualquier suceso, para convertirlo en un espectáculo mediático, y entramos en dicho juego cuando reducimos a ello las luchas sociales, sindicales o políticas. Se vacían de contenido.

.

La realidad ha cambiado tanto que muchos aspectos se han invertido, sin que nos hayamos parado a pensar sobre ello. Hasta hace medio siglo la actividad fue una manera de tener conciencia del mundo. Poco a poco, la actividad insistente y acelerada hace que ocurra lo contrario,   perdemos la conciencia sobre el mundo cuanta más actividad tenemos, especialmente la actividad material del trabajo.

.

En la obra “En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust describe, a través de la abuela del protagonista, como aparecieron las prisas con el uso del tren, al tener que llegar a una hora exacta. Otro personaje de la novela, Bloch, dice: “Ignoro el empleo de esos instrumentos, mucho más dañinos que esos instrumentos (la pipa de opio y el kiss malayo) y tan vulgares, que se llaman reloj y paraguas“. Es curiosa la coincidencia en relación al tren que cuenta Luis García Montero, en su prólogo del libro “Poemas a toda plana”, en la que ilustra la relación de poesía y periodismo con la figura de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, dice, descubrió la velocidad del mundo moderno cuando fue a cubrir para el periódico “El contemporáneo” la inauguración del ferrocarril del norte de España, de lo que informa en el artículo titulado “Caso ablativo”.

.

En su obra “El ser y el tiempo”, Martin Heidegger explica “el uso del reloj es ontológicamente histórico“. Para este filósofo  el tiempo es el presente que se presenta a sí mismo, de manera que se mide el tiempo, cuenta, por la temporalidad de lo que somos. De tal manera que la sensación de que se acelera el tiempo afecta a nuestro ser.

.

En su obra “El hombre sin atributos”, Robert Musil escribe que en las grandes ciudades donde “para todo, para emprender la marcha o para hacer un alto en el camino se echa mano del cronómetro” y “por encima de todo se pretende tomar parte de las fuerzas que guían el tren del tiempo… un buen día aparece la frenética necesidad de apearse, de ¡saltar”. En otra parte de la obra escribe: “el espejo, creado en principio para el placer se ha vuelto un instrumento de temor, como el reloj, que es un motivo para que nuestras actividades no se desplieguen según un ritmo natural“.

.

En la modernidad no es una realidad externa la que nos domina, sino que hay un conflicto interno, que deja de serlo, cuando nos doblegamos a las condiciones que nos impone un ritmo que aceptamos como lo real, cuando ni mucho menos lo es. Es una construcción social como cualquier otra, que asumimos. No sólo eso, sino que las prisas son un elemento socializador de primer orden. A los hijos e hijas se les mete prisa para llegar pronto al colegio, para coger el autobús, para que recojan los juguetes, las prisas son una constante en la educación de la infancia. No es desechable el dato de que un 40% de niños españoles padecen estrés como enfermedad y otro 10% depresión. Añadamos a este dato el de los accidentes de tráfico, fundamentalmente entre jóvenes, que se deben en el 87% de los casos al exceso de velocidad.

.

La prisa es un elemento dinamizador, símbolo de eficacia y nos acabamos sacrificando para su consecución, igual que en otras épocas se sacrificó la vida a los dioses. La prisa es una forma de creencia, que llevamos tan dentro que forma ya parte de nuestro ser. En el mundo laboral se estableció, con el modelos de producción taylorista, la eficiencia, es decir, la eficacia por unidad de tiempo. Lo que significó organizar de una manera determinada el empleo industrial fue aplicándose, en pro de la eficacia, al sector servicios, luego al mismo consumidor, que se le organizó en función al tiempo.

.

Un ejemplo pionero fueron los viajes programados de ir doce horas a París, nueve a Viena, y recorrer en siete días varios países en cadena haciendo fotos y dejando constancia de haber estado allí.  En la actualidad los juegos de ordenador se basan en lograr unos objetivos en unidades de tiempo cada vez más rápidas.  Poco a poco la eficiencia es un modo de producir y de consumir. También de vivir.

.

Compartimentamos en unidades de tiempo la vida familiar, la relación con los amigos, incluso las relaciones sexuales cada vez se compartimentan (planifican) más. Siempre tenemos una razón a mano o queremos dar un sentido a algo que en verdad nos arrastra. La política ya no se mide en ideas o proyectos sociales, sino en resultados por unidades de tiempo que son periodos electorales o entre unas elecciones y otras. De tal forma que la mercadotecnia anula la reflexión y el pensamiento político. Las críticas y manifestaciones contra la guerra, por ejemplo, llegaron a ser reduccionistas y simplonas. De forma que se logran unos efectos mediáticos y nada más. De esta manera estamos dominados, sin poder lograr una transformación de la realidad. Precisamente porque tenemos la sensación de que se trasforma permanentemente, cuando no es sino una sensación, que adquiere realidad en nuestra prisa interior, la ideología dominante y vacía de hoy.

.

En los últimos cincuenta años el desarrollo de la tecnología ha cambiado la vida social en todos los ámbitos. Más que cualquier revolución de antaño, o algún nuevo invento de otras épocas. La tecnología se extiende mediante su comercialización y es lo que se conoce como “revolución silenciosa”, cambia hábitos, costumbres, relaciones laborales, y personales y mejora nuestra salud.

.

Ahora bien, sucede una paradoja. Por ejemplo respecto a la salud, hay mejores medios técnicos para atender enfermedades o urgencias, nuevas tecnologías para operar y curar enfermedades que hasta hace poco eran impensables, desde el trasplante de pulmón, a todo lo que significa la clonación y células madres. Pasando por operaciones con láser y demás. Pero esa misma tecnología genera radiaciones, ondas electromagnéticas, contaminación y demás que afecta negativamente  a la salud, física y psíquica, de la población.


Se supuso que la tecnología  iba a sustituir una gran parte del trabajo de los seres humanos,  tal es su sentido y esencia,  lo que nos permitiría tener más tiempo disponible. Lo que ha sucedido es que la vivencia del tiempo se ha acelerado, la tecnología ha impuesto un ritmo, que unido a la mentalidad de eficacia, arrastra y controla nuestras vidas. En lugar de disfrutar los nuevos avances, los padecemos. En cualquier trabajo el ahorro de tiempo, gracias a las nuevas tecnologías,  es de un 50% como mínimo.  Pero no se reduce el tiempo laboral, sino que se incrementa. Por ejemplo en la banca, se traduce en horas extras y fuera del horario laboral. Sobran horas, y lo que se hace es prejubilar a un porcentaje amplio de la plantilla, pero los demás ocupan más tiempo laboral. El trabajo doméstico es mucho más cómodo con los electrodomésticos. Se suponía que cada vez sería más compatible el trabajo casero con el de afuera. El resultado es que las mujeres entre 35 y 55 años padecen tres veces más la enfermedad del estrés laboral que el resto de la población, tal como aporta el estudio de Vicenc Navarro.

.

El problema del sometimiento moderno sucede desde una mentalidad determinada, de manera que acontece un conflicto mental, bastante extendido,  como elemento visible. En este terreno sucede el estrés. Como analizó Michael Foucault el conflicto mental sólo se soluciona cuando se establecen nuevas relaciones con el medio. Lo que quiere decir que actualmente tenemos que plantearnos nuevos ritmos  y una nueva relación con el tiempo. Lo cual es un cambio muy profundo en el seno de nuestra economía, la cual ha invertido el sentido del trabajo.

.

Por una parte el empleo ha dejado de ser un medio para resolver necesidades de subsistencia o de enriquecimiento y se convierte en una finalidad, de manera que se crean necesidades e incentivos fiscales para promover la creación de puestos de trabajo, lo cual es absurdo y acaba perjudicando a la sociedad en su conjunto. Por otro lado se han creado los créditos al consumo y masificado las hipotecas, para dinamizar la economía mediante el endeudamiento. Con lo cual sucede algo sumamente tergiversador de la realidad, como es que se transforma el hecho de trabajar para consumir en función a las posibilidades de cada cual en consumir para luego tener que trabajar, de cara a mantener ese ritmo de consumo. De manera que un trabajo en la familia es insuficiente, hay que buscar otras fuentes de ingreso y así se entra en una espiral en la que no queda tiempo ni para disfrutar de ese consumo. Es una rueda que nos atrapa. No sabemos cómo, porque no nos paramos a pensar sobre nuestra manera de vivir.

.

La rapidez de cómo sucede todo esto hace que no nos demos cuenta y entramos en una inercia que hace que funcione por sí solo este engranaje, del cual es muy difícil salir.  De alguna manera el Poder, como diría Foucault, se construye, y lo estamos construyendo desde dentro, de manera que quedamos atrapados en él. Y no sólo es represivo, sino que produce, pero no sólo consumo, sino prisa.  De esta manera, a la vez que se privatizan los bienes públicos, dejamos de ser ciudadanos y ciudadanas para pasar a ser clientes,  tanto de productos, como de partidos políticos, o actos culturales. Porque la falta de tiempo afecta a nuestra comunicación con el mundo y a nuestra manera de ser.

.

El tiempo también se construye y su vivencia en la actualidad tiene mucho que ver con la técnica. En la obra “El Ser y el TiempoMartín Heidegger analiza este tema. Cuando reflexiona al respecto empieza a emerger el tiempo como problema social. Hoy vivimos su apogeo. Por tal motivo sus palabras adquieren gran actualidad. Para este filósofo existencialista “el ser es el tiempo, como sentido de ser en el tiempo”. Y lo relaciona con la técnica, la cual, según él, no es nada técnico, sino que hace que suceda sin un debate, sin una reflexión.

.

El resultado es la supeditación del individuo a la técnica, siendo ésta la que marcará el ritmo de vivir. Pensemos que actualmente estamos  a los albores de una nueva dimensión social. Podemos darnos cuenta del fenómeno de la prisa, pero el gran debate sobre los avances científicos se desarrollan sin cauce político, sin ser capaces de colocar sus resultados desde el pensamiento social y político. Temas como la clonación, la agricultura transgénica, o nuevas formas energéticas deben ser conocidas y razonar su desarrollo.


Para Heidegger el tiempo se presenta a la conciencia como intuición vacía, por eso se muestra en el tiempo. Llega un momento en el que la función del tiempo se apodera del ser. Es lo mismo que un caballo de carreras, llega un momento en el que pierde su sentido de animal, de correr como algo propio y se convierte en una mercancía, en un objeto.

.

En la obra “Hierba roja”, Wlliam Faukner escribe: “De siempre tengo dichoque esta no es la manera buena. Antaño el tiempo de un hombre era todo suyo. Tiempo tenía, sí. Ahora ha de pasar la mayor parte buscando trabajo para los que prefieren sudar antes que hacer“.

.

Leon Tolstoi en su obra “Ana Karerina”  cuenta en una escena dl balneario al que va Kitty por su mal de amores, que uno de los que allá está dice que si va más despacio que los demás mejor porque nadie le empuja, indicando que hay tiempo para todo. Otro personaje le advierte que el tiempo es oro, a lo que responde aquél que “no siempre, “en la vida hay meses enteros sin ningún valor y a veces una hora vale un tesoro”.

.

De la misma manera las personas modernas pierden la capacidad de ser sujetos, y pasamos a ser objetos de un mundo económico que nos domina y define. La cura de esta situación puede parecerse a lo que el filósofo al que nos hemos referido llama “temporar la temporalidad“, en un sentido fenomenológico, lo cual quiere decir que la lucha por tener libertades y ejercerlas debe acompañarse de otra más profunda y necesaria, que es la de ser libres. En este proceso adquiere gran relieve la capacidad de tomar conciencia de nuestro tiempo y controlar nuestro ritmo, antes de que nos siga dominando a nosotros, a partir lo cual viene el convertirnos en  objetos de un mercado global, ser engranajes de una maquinaría productiva que nos arroja al consumo de manera que nos transformamos en objetos de la economía, lo mismo que los fanáticos lo son de sus creencias religiosas o ideologías políticas.

.

Como dirían los bosquimanos de África: “vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo.

Anuncios