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Educación

Una nueva sociedad se desarrolla a partir de una buena educación, un modelo alternativo que llamamos. Lanzamos ideas y proyectos, pero muchas ideas e ilusiones  quedaron en el camino.

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Quisimos hacer proyectos alternativos con personas de otros grupos y organizaciones. Un proyecto de escuela libre. Se dieron muchos pasos, pero no cuajó, por debates ideológicos que no llevaban a ningún lado y si la comida debía ser vegetariana o no. Contactamos con personas con experiencias parecidas, pero fue un intento.

 

 

 

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Participamos en debates sobre lo que hoy es una realidad en cuento a educación de adultos y animación sociocultural. Presentamos una ponencia sobre el teatro en la escuela y en el medio rural, a partir de una experiencia incipiente. Ya es un clásico el teatro en las actividades extraescolares.

 

 

 

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Nos hemos conformado con participar en las AMPAS, algunos viejos verdes, por casualidades de la vida, intentando mover un milímetro la burocracia en la comunidad educativa, la inercia y ver que se cambian muchas cosas de nombres, pero luego  todo  igual o muy parecido.  Leí a mis hijos un texto de Stefan Zweig escrito hace más de setenta años. Se sentían identificados con  su experiencia en la escuela y Gimnasio, el instituto de su época, igual que yo con la mía.  La realidad ha cambiado ¡tanto! y tenemos ordenadores en las aulas, Consejos Escolares, elecciones sindicales, pero el modelo sigue siendo igual, el miedo a los exámenes, no aprender la cultura, el saber, a pensar, a sentir, sino el adiestramiento para superar los exámenes y las pruebas de ingreso a la universidad. Y luego seguir examinándonos hasta terminar hartos, queriendo un trabajo en el que ganar lo más posible como compensación, pero sin otro sentido.

Textos de la obra “El mundo de ayer”, (1939) de  Stefan Zweig, al que parece seguimos anclados:

El Estado ha explotado la escuela como instrumento para mantener la autoridad.

Debíamos estudiar nuestro programa y se nos examinaba para averiguar qué era lo que habíamos aprendido. Ningún maestro nos preguntó siquiera una sola vez, en el transcurso de ocho años qué deseábamos aprender cada uno de nosotros. El impulso benefactor que en el fondo cada persona joven anhela estaba por completo ausente.

Otro principio cardinal es que los jóvenes no debían gozar de demasiadas comodidades (algo que hoy ha cambiado en lo material, pero en el proceso educativo parece que se convierte en una carrera de obstáculos)

Se nos inculcaba que no habíamos hecho ningún esfuerzo en la vida y no teníamos experiencia alguna y, por consiguiente, debíamos de estar agradecidos por todo lo que se nos decía, sin tener derecho a preguntar ni a reclamar nada. Era el método estúpido de la intimidación el que se aplicaba en mis tiempos.

Si sacábamos una mala calificación se nos amenazaba  con retirarnos del colegio para  para hacernos aprendices de un oficio, la amenaza más grave que se concebía en el mundo burgués.

“Tu no entiendes”, esta técnica se aplicada en la familia, la escuela y el Estado.  Antes de conceder a ls alumnos cualquier clase de derechos, debían saber que tenían deberes y, sobre todos los demás, el deber de subordinación absoluta. Se debía inculcarnos desde un principio que aún no habíamos hecho ningún esfuerzo en la vida y  que no teníamos experiencia alguna y que, por consiguiente, debíamos estar agradecidos por todo lo que se nos decía, sin tener derecho alguno a preguntar ni a reclamar nada. Ese método de intimidación se aplicaba en mis tiempos desde la primera infancia.

La actitud del profesorado era de ajustar nuestro sentimiento  y nuestras ambiciones al “programa escolar”. El hecho de que nosotros nos sintiéramos o no cómodos en el colegio carecía de importancia.

Los profesores eran pobres diablos que, sujetos como esclavos  al esquema, al programa, impuesto por las autoridades debían cumplir su “materia” exactamente como nosotros la nuestra… Se sentían tan felices como nosotros cuando al mediodía sonaba la campana del colegio y se les devolvía la libertad a ellos y a nosotros. … Ellos preguntaban, nosotros contestábamos.

Semejante presión psicológica producía dos efectos: ser una traba o un estímulo.

Nos burlábamos de los maestros y aprendíamos con una curiosidad fría.

Cuando dejé el colegio tenía una sensación de alivio porque no debía entrar más en aquella cárcel de nuestra juventud.

Su verdadera misión (la de los profesores) no era tanto formarnos interiormente sino ajustarnos, con la menor resistencia posible, al mecanismo ordenado: disciplina.

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