La calle de los artistas

Es una calle variopinta. Viven aquellos ciudadanos que se consideran hombres y mujeres del mundo del arte sin importarles que los que viven fuera no les reconozcan como tales. Las personas que carecen de mentalidad visionaria les etiquetan de vagos, maleantes o pordioseros.

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Pocos aceptan que haya genios incomprendidos, o que no han encontrado la fórmula de hacer rentable su creatividad y quieren saborear su inmortalidad de lo que les queda de vida porque después nadie se acordará de ellos.

Imagina una calle llena de niños

Empezó siendo una casa para recoger a inadaptados que se creen artistas y no pueden perder el tiempo en funciones laborables que sólo sirven para enriquecer a unos cuantos. Por su manera de hablar contagiaban sus ideas en los centros de trabajo. En las cárceles transformaban a los delincuentes en revolucionarios y a los funcionarios en conspiradores. Probaron a encerrarles en residencias psiquiátricas pero la tensión que generaban era tal que pareció una bomba mental que, de estallar, invertiría los términos: los que son normales tendrían que ser encerrados y los locos tomarían el Poder. Demasiados intereses creados estaban en juego. La solución final fue hacer un gueto para ellos. Se les concedió vivienda gratuita y fueron eximidos de pagar impuestos y tasas municipales.

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La calle crece y pronto será un barrio lleno de artistas. Es tan característica que los bohemios de otros lugares ¡de todo el mundo! están estudiando la posibilidad de empadronarse allí y nacionarlizarse juntos, en la que pretenden llamar “patria de los artistas”. Respecto a esta cuestión se está debatiendo si será una región o una nación o un estado con representación en la ONU.

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Se han comprometido a no tener fronteras. Es un lugar abierto lleno de colorido y con actuaciones permanentes día y noche. Es un continuo espectáculo de payasos que exhiben su repertorio, de trapecistas y equilibristas que hacen su función. Los poetas recitan sus versos: violinistas, gaiteros y trompetistas dan música a cada rincón. Los pintores se suceden y los arquitectos han convertido la calle en la octava maravilla del mundo. Escritores, expertos en papiroflexia, actores, guionistas, gimnastas, y todo tipo de personas conforman uno de los paisajes más bellos de la tierra.

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Aparece en los folletos turísticos del Ayuntamiento. Cuando alguien va a visitar a los vecinos de la ciudad son llevados a visitar “La calle”. Autobuses que recorren el país, rutas artísticas o de descanso, se desvían para pasar por allí y son muchos los que buscan un recuerdo y una foto con algún artista.

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Se les conoce con la generalidad de “los artistas de la calle”. Hacen de su vocación algo abstracto, pero todos tienen una placa en su vivienda que pone «aquí vivió…» o «aquí realizó su obra…», con los datos correspondientes para cada uno.

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No son más felices que los que viven fuera de su vía, pero sí entienden mejor su vida que en caso de no haberse ido a vivir allí y no poder, entonces, desarrollar sus potencialidades, aunque sea en silencio. De su gloria personal hacen cómplices a sus vecinos. Son cantera de historia y de la cultura pero los que acaban pasando a la vida pública prefieren mudarse al barrio de los ricos.

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La señora pensadora recorre las calles cada día para encontrar inspiración que le permita hacer la obra de su vida. Lleva casi cincuenta años pensando en escribir un libro. Conversando con las amigas y en las tertulias literarias siempre habla de su creación artística. Todos esperan que lo escriba para satisfacer su curiosidad, ya que la expectativas que ha creado son muy grandes. Se jacta de que va a empezar a la edad que los demás se suelen jubilar. Todavía no sabe el título, ni cómo empezar pero tiene una idea genial que cada día pule y perfecciona.

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El señor del Caño, que tiene un bar con este nombre, sale siempre con sus perros de caza. Su especialidad es cazar a la pata coja. Tiene mejor puntería apoyando una pierna que con las dos. Sus críticos aluden que ha adaptado el desequilibrio a su falta de puntería. El caso es que sus méritos sólo se reconocen en esta calle. De no vivir en ella su habilidad, que tanto le gusta y practica, sería absurda, sin embargo es la que le ha convertido en un artista.

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el arte a las calles

El grupo de teatro, “Los parpánticos“, prepara y ensaya los montajes de un francés que se llama Elié y cuando hablan de él, cariñosamente, dicen que baila el minué. Es fino y elegante, siempre toma el vino en copa. Sus guiones son muy aparatosos y, a veces, tiene que intervenir todo el público en sus obras, lo que es ideal para “La calle”, a la que llama “Oasis de arte”. En otros lugares nunca han contratado sus espectáculos que duran hasta nueve y diez horas seguidas.

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La tertulia de los poetas es el conciliábulo en el que se pretende llegar a la esencia. Si alguien pregunta «¿la esencia de qué?», contestan: «de lo esencial». Leen los poemas entre ellos pero también recitan en la calle y persiguen amores imposibles con el fin de tener un caudal inagotable de inspiración poética. Hay varios malditos que acompañan sus rimas con alcohol, lo que consideran que es una manera de abrir las compuertas del alma.

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Carlos, el pastor, no para de escribir tomos y tomos del análisis de la realidad para hacer una obra maestra, enciclopédica, en la que tiene en cuenta todos los resortes financieros que van de la economía de los vagabundos a la de los banqueros, de las inversiones multinacionales a los negocios del trilero y de las inversiones en bolsa a los consejos astronómicos para no caer en generalidades. Su propósito es ofrecer las bases para una gran revolución que traiga la justicia al mundo, respetando las desigualdades que son naturales, destruirlas debería, por tanto, considerarse, delito ecológico. Dicen que, con la caída del muro de Berlín, su obra tiene posibilidades dada la quiebra del comunismo. Da conferencias y se pone de muy mal humor cuando le discuten sus ideas pues nadie hay que las estudie tanto como él. Lo que más le preocupa es tener que pasar a máquina sus miles y miles de folios, lo que no es trabajo para un revolucionario, y menos para un artista del conocimiento de la realidad como él.

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Los vecinos hacen turnos para, una vez a la semana, pedir autógrafos y asistir a los actos programados para aplaudir o admirar la obra de algún colega.

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Marló se ha especializado en firmar autógrafos y ser aclamada. Dice que es una gran actriz por definición, que no necesita demostrarlo, ni cantando ni haciendo películas. Considera que Hollywood es un pueblo chabacano que vende cine gracias a la publicidad que hace de las películas. Los artistas de allí son vulgares para ella y tienen voz de pito, por eso ha decidido no ir, aunque la llamen. Para ser famosa y reconocida en el mundo del arte y vivir en esa calle cada día se acuesta con un artista.

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Aliguifredo siempre lee algunos de sus versos a la gente que se cruza en su camino. Se pasa horas explicando el sentido de sus metáforas. Los contertulios se relevan dejando que continúe su charla metafísica de la poesía hasta el final.

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Jarlotinelo escribe cuentos breves y cada día reparte copias por las casas. Mara escribe cartas de amor y espera un día hacer un compendio de ellas. En lugar de escribirlas a alguien se las manda a sí misma para recopilarlas. Escribe lo que a ella le hubiera gustado leer de un amante romántico y aventurero.

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Al Cosaco le llaman así porque cuando fue invitado a comer, el primer día que llegó, le preguntaron si tenía hambre y advirtió que come como un cosaco. Es el eterno estudiante que ha hecho del estudio un arte, eterno y sin compensación de notas ni títulos. Prepara una tesis que nunca termina porque siempre encuentra nuevos datos y fuentes de conocimiento que le hacen investigar otros métodos y contenidos. Ha cambiado siete veces de tema, lo que le hace ser un erudito en materias varias. Se considera un hetedoroxo del saber oficial, al servicio del poder dominante y hegemónico del capital. Sus autores favoritos son Henry Miller y Unamuno. Quiso ir de lector a China pero no le aceptaron porque no sabe hablar en inglés. Desde entonces estudia esperanto.

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Pinpinelo es un crítico de arte con una peculiaridad: critica libros y cuadros que no existen y nunca han existido. Considera que la creación crítica es la que se hace de la nada, motivado por la estética pura para dar ideas. Nadie le puede echar en cara que actúa por envidia. Las mejores obras para él son, aunque no se hayan escrito, “la última carta” en la que se cuenta una bella historia de amor cuyo estilo, en caso de ser escrita, sería muy fluido. El protagonista recuerda el acontecer de sus sentimiento amoroso al echar la carta en el buzón, su última carta, la de despedida. Al final se arrepiente pero es demasiado tarde porque el cartero es un tirano que no entiende de asuntos que no sean materiales y pide una cantidad de dinero muy elevada por no llevarla a su destino. El cartero se equivoca cuando ya ha sido sobornado y se suceden una larga cadena de suicidios apasionantes. También “Asalto de película”, que trata de un hombre vulgar que entra en una sucursal bancaria cuando la están asaltando. Le encañonan por la espalda. En ese momento recuerda las escenas de filmes famosos con secuencias similares a la que él está viviendo. Mientras lo recuerda observa que su existencia es la de un antihéroe, que de soñar con los protagonistas de las películas ha convertido su realidad en la de un cobarde miserable. Sin saber cómo ni por qué interviene, golpea al que se apunta. Gracias a él da opción a que actúen los servicios de seguridad. Todo le parece un sueño pero se ve al día siguiente de héroe en las portadas de los periódicos y con un sustanciosa recompensa en su cartilla de ahorro. Además luego van a contratarle para que haga una película. Esta forma de hacer críticas sobre historias que se imagina evita, al que presta atención a su labor, el engorro de leerlas. Cuando critica pinturas inexistentes da opción a que, leyendo sus opiniones, se las imagine sin necesidad de ir a ningún museo.

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Tedrófilo se considera un artista de la vida. Piensa que la literatura es un engaño, que miente, ya que hay que hacer realidad lo que se cuenta viviéndolo. Baila en al calle y canta. Atraca a las personas aunque luego les devuelve lo que les ha usurpado. Todo empezó un día en que fue a un pub, allí vio a alguien que había conocido hacía mucho tiempo. No la volvió a ver desde los primeros años de su vida, en que coincidieron en el mismo colegio, aunque en diferente curso. Fue su amor platónico. Trabajaba de camarera cuando un día, que entró al pub por casualidad, la reconoció y tras tomar unos cuantos cubatas de más le confesó su pasión secreta. Gritó su amor y bailaron juntos porque ella también estuvo enamorada de él, sin que nunca hablaran y aunque esquivaran sus miradas resbaladizas. Pero fue tarde ya: ella estaba casada, con un hijo en sus entrañas. Terminó como los culebrones: con un beso entre los dos, envueltos en el aplauso de la gente que reconocía el valor de manifestar el amor. Huyó cuando se enteró que el marido de quien fue su musa le mató por aquel beso, llevándose al otro mundo al hijo recién estrenado en su vientre. Además, amenazó con matarle a él al salir de la cárcel. Fue un beso que se dio con retraso porque ambos guardaron en sus labios el primero que nunca dieron a nadie, y sólo entonces se depositó en su nido.

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Jacinto Carrillo pinta solamente con un color: el negro. Llega al fondo de su mente y saca a la luz su honda tristeza y pena de vivir. Cuando termina un cuadro se siente dichoso pero al momento vuelve a sentirse el ser más desgraciado el mundo y vuelve a pintar otro paisaje negro. Heredó una fortuna que ha donado para el mantenimiento de la que es su nueva calle. Todos los vecinos tienen un cuadro suyo, al igual que de otros pintores. Adornan las casas por dentro y algunas fachadas. Su tristeza es extraña, parece que ni pintada para un artista como él ya que, sin ella, no pintaría de la original forma que lo hace.

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Los psicólogos que estudian algunos casos han observado que los que tienen un proyecto, aunque no se realice o sea imposible, suelen ser felices. Aunque se engañen para serlo es un buen truco para vivir con un sentido y no dejar nunca de pensar en una idea, esquivando así los abismos de la desesperación y el absurdo existencialista.

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Befardi pinta sólo cuadros de paisajes, flores, árboles, montañas, nubes y praderas, ríos y acantilados. Son su fuente de inspiración porque quiere crear naturaleza y contrarrestar de esta manera lo que las máquinas y los hombres, dominados por ellas, destruyen. Paisajes que han quedado urbanizados él los conserva, en su estado artístico-natural, en sus lienzos.

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Rosiol Vásago se pasa el día leyendo libros de filosofía. Toma notas y hace fichas de lo que estudia y apunta sus ideas en un cuaderno. Pretende leer todos los libros de filosofía, desde los presocráticos hasta Heidegger y Wittgenstein, pasando por los autores que conforman la historia de la ciencia del conocimiento. Todas las horas del día, y algunas de la noche, robadas al sueño, las dedica a ello. El objetivo que se ha marcado es descubrir, a través de la dialéctica de los conceptos, el ser del Ser con lo que quedará resuelto el objeto de la filosofía, fin primordial de la historia intelectual de los amantes de la sabiduría y buscadores de la verdad. De no vivir en la calle de los artistas no tendría tiempo para dedicarse a su menester con tanto ahínco y concentrándose al máximo.

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Fernando, el del piano, se pasa horas tocándolo y transformando en sonido las partituras que compone Margarita. Ésta achaca su afición el nombre que tiene, pues desde pequeña, los compañeros del cole, le cantaban lo que recuerda siempre que compone ritmos y melodías. Algunos dicen que plagia obras maestras de clásicos como Wagner o Mozart, pero insiste en que se le ocurren a ella y que no tiene la culpa de que a otros se les haya ocurrido antes. Acusa a sus detractores de ser unos machistas que no aceptan que las mujeres compongan música clásica.

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Manolo, sin embargo, se pasa el día dirigiendo una orquesta. Como no hay músicos suficientes se conforma con dirigir a los que hacen sonidos con la boca, botellas, garrafas, sartenes y otros instrumentos cotidianos. Para él, esto, tiene más mérito que dirigir una orquesta con expertos que cuentan con sofisticadísimos instrumentos. Su madre le obligó a estudiar música y no sabe hacer otra cosa, hasta el punto que tienen que darle de comer mientras gesticula como si dirigiera la orquesta filarmónica. Por la noche no para el movimiento de sus brazos soñándose presente en la apertura del año en Viena para hacer soñar los valses de Strauss.

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Don Florentini va siempre con su bata blanca, habla solo, sobre sus experimentos, que realiza en un laboratorio y que no puede contar a nadie porque está haciendo una investigación secreta. Va con zapatillas y a medio afeitar porque los grandes sabios son siempre muy despistados y si no se despista y se pone los zapatos o se afeita bien, ese día rinde menos.

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Pepita es una maga que está asombrada de sí misma aunque nadie la cree. Dicen que lo que no quiere es contar sus trucos, que son geniales. Hace aparecer y desaparecer un conejo de su sombrero, de sus manos un ramo de flores, en cada temporada las que corresponden con la estación del año. Hasta de una calabaza hace una carroza y de sus zapatos aparece, cuando quiere, un elefante que cuando desaparece lo deja aplastado y con olor del animal, lo que demuestra que no es una alucinación colectiva. Quiso desde niña ser maga y aprendió trucos con la baraja. Leyó un libro de magia y usó la fórmula de «abracadabra pata de cabra. Abraxás haz que la naturaleza se abra», y se cumple lo que ella quiere. Sólo funciona cuando ella lo pronuncia. Sus espectáculos son aclamados pero no puede actuar fuera de los escenarios de su calle porque no ha patentado sus habilidades ni está en la lista de prestidigitadores ya que, dice, lo suyo es magia.

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El señor Luis pasea con su traje de luces, y Lolita, la banderillera, le acompaña con su cuadrilla. Como no hay toros, torean imaginándolos sin que se conozcan mejores poses que las suyas, ni más valor que el que muestra cuando se arrima al que sería un toro. Pero no le dejan hacerlo en ninguna plaza porque no permiten torear sin que el astado presente. Se ha especializado tanto en ese tipo de actuación que ya no quiere matar al animal. Se considera un genio incomprendido del arte taurino, ya que lo bonito es el pase y los capotazos y él lo realiza a la perfección. Son los únicos, torero y banderillera, homenajeados por las asociaciones para la defensa de los animales. En lugar de la vuelta al ruedo cada día recorren la calle y desde los balcones les tiran flores y piropos.

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Celemín va siempre con una cámara sobre el hombro captando gestos para sus películas. Cuando alguien media para que finalice una discusión y no se acaloren los protagonistas se enfada reivindicando la libertad de expresión de los gestos. Es muy simpático y cordial, siempre va con su gorra de botón en el centro. Duerme la siesta en una silla plegable de tela soñando ser algún día un gran director de los que hacen películas de cine aunque se conforma con hacer vídeos y proyectarlos en el portal de su casa. Los vecinos le aclaman y ha creado un club de artistas de cine.

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En la calle de los artistas ningún día es un día cualquiera, todos son especiales. Sus vecinos no tienen horarios. La van a nombrar patrimonio artístico de la humanidad por ser un monumento vivo de arte.

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En ella no nacen los artistas pero allí van los que son incomprendidos. Encuentran un lugar ideal para vivir lo que son para ellos mismos: gentes del arte, intención que, los que dan en la diana del triunfo público, olvidan y traducen en dinero.

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En esta vía cada vecino se considera el mejor del mundo en su creación particular y, al mismo tiempo, a los demás también. La calle es un museo existencial del arte, manantial de lo que se manifiesta en las culturas y no aparece en los libros de historia del arte.

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Los turistas y eruditos que la han visitado coinciden en que gracias a recorrerla han entendido la creación artística como algo vivo, muy diferente a lo que se muestra en exposiciones, museos, galerías, salones y bibliotecas.

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