El caballero trasparente

Texto leído durante el encuentro de “Cuenta Cuentos Contigo” – León. 11 – X – 2018.
“Café Varsovia” – León.

.

No es invisible, pero no se ve. Tampoco es un caballero porque no puede montar a caballo, ni a lomos de Bucífero ni de Rocinante y mucho menos de Babieca. No puede guardar las formas de cortesía porque, precisamente por ser trasparente, es mudo, no puede tocar nada ni a nadie, no oye, aunque escuche. No ve, pero fabrica miradas. Nunca podrá ser el caballero de la Triste Figura, aunque sienta. Es imposible que piense, porque todo pasa a través de él.

.

¿Quién lo conoce? Nadie le puede ver, pero todo lo que vemos es a través de su prestancia sin que nos hayan contado su historia. La del auténtico caballero que no tiene nombre. Por eso ni es guapo ni es feo. Ni tonto ni listo. Ni mediocre ni malo ni bueno.

164231850_373d4d0185_b.

He aquí el cuento: Érase una vez el caballero trasparente que no tiene nombre, que no sacó la espada para luchar contra Berlinflor, ni retó al temido Abacundo. Mucho menos arremetió sobre el gigante Monbocarón. Tampoco hizo justas frente a Rubimante ni Tosildarón. No se batió con el duque Frisel ni encargó escribir cartas a Silvio, el escudero de Garmano. No buscó aventuras con Claribalte ni, pendenciero él, justó contra Orisbeldo. Nadie le había visto, hasta que un día un hidalgo caballero, cuyo nombre es don Quijote de la Mancha, apareció cabalgando en las palabras para luchar contra molinos de viento que no fueron gigantes, agujereó odres de vino creyendo que fueran enemigos y picó con su lanza a ovejas pensando en hacer justicia. Abrió la jaula de un león para frente a él mostrar ambos su valor. Tanto el rey de la selva como el rey de la palabra quedaron desarmados. Sin garra, si lanza, sin coraza.

.

En aquella jaula estuvo escondido el caballero trasparente, que también salió sin que ningún ojo humano lo viera. Ni mano alguna, por manca que fuera, escribiera sobre él. Mas allá de donde se posara, por sus huellas que dejara en cualquier lugar que atravesó, iba a ser descubierto tras el valle en la floresta. Allá habitaron Armelia, la sabia Medea, Oriana, ¡ay Oriana!, Flosisbella y otras bigardas damas como Florazara reina de las Amazonas, la hermosa Almatea y Belrosalda. Clerina y la emperatriz Floriana.

.

Érase una vez, en un lugar de la floresta a donde fueron a sembrar con flores los caballeros, las damas encontraron a la muy gentil y bella Dulcinea. Se acercaron a ella mientras que Aldonza Lorenza tocaba el arpa sobre la rama de un árbol. ¡Dulcinea! Gritaron todas al unísono. Dulcinea se acercó a ellas y dio una flor a cada una. Los caballeros las rodearon y bailaron en torno a ellas. También don Quijote bailaba y Dulcinea reía. Aldonza Lorenza tocaba el arpa.

.

Es la flor de la montaña -, dijo un caballero a la vez que asió la mano a la dama que la llevaba.

the-rape-of-europa-gustave-moreau.

Apareció el caballero trasparente sin ser visto, ni oído, sin que los demás caballeros ni las damas captaran su olor. Sin conocer si su tez fuera áspera o suave. De su boca salieron volando, como colibríes y al igual que golondrinas y vencejos, los besos que nunca se dieron en las batallas, en los bancos de las plazas, en las calles ni en los rincones de los barrios. Los besos que no tienen historia y que nunca se dice nada de ellos. Los que quedan solos, los que se sueñan, los que cabalgan a ciegas. Aquellos que se posan al final de los cuentos, porque terminan.

.

Aldonza Lorenza tocaba el arpa sobre la rama de un árbol. El caballero trasparente pasó por aquel paraje y las mujeres y jayanes, los donceles y doncellas sonrieron sin dejar de bailar. Don Quijote y Dulcinea se miraron a los ojos, al igual que las demás parejas en aquel paraje, en el cual estaba el caballero trasparente, sin esconderse, sin ser visto. Un bravo guerrero sacó la espada a la vez que la valiente guerrera posó la flor sobre ella. Los presentes quedaron admirados de aquella batalla incruenta entre la espada y la flor. Don Quijote con la lanza enhiesta daba vueltas en torno a Dulcinea que haciéndose la dormida se tumbó con la flor entre sus manos.

.

– ¡Damas y caballeros! – gritó Aldonza – El baile continúa –. La música del arpa estremecía a quienes bailaban. Una sabia señora dijo: Nada por aquí, nada por allí. Quedó oscuro el lugar. Hubo desaparecido el sol. El caballero trasparente siguió en aquel espacio. Las damas cogieron las respectivas espadas de sus caballeros y éstos la flor de su dama que olisquearon mientras que ellas estuvieron dispuestas a luchar aun en la oscuridad.

.

Es la flor del alma –, aseguró don Quijote. Todos y todas le miraron. Menos Dulcinea que seguía con la flor entre sus manos haciéndose la dormida. Aldonza siguió tocando el arpa. Nadie veía nada. Quedaron quietos, expectantes. Una dama astuta susurró: Había una vez. Y no dijo nada más. Un caballero con la flor bien sujeta gritó nervioso: ¿Qué es lo que hubo una vez? ¡Quiero saberlo! La Amazona preguntó ¿Qué? Bergongolio descubrió que es sorda. Justo se supo cuando nadie pudo ver nada en aquella oscuridad. Por eso ella no bailaba, movía su cuerpo imitando a las demás.

.

El latido de los corazones empezó a acelerarse a la vez unos con otros. Parecían tambores en la niebla. Don Quijote pidió calma. “¿Qué?”, volvió a plantear la Amazona misteriosamente. El silencio reinó. Mientras, el caballero trasparente se quedó dormido, a medias, al lado de Dulcinea del Toboso. “¿Qué?”, repitió la dama sorda como si fuera el eco de una noche oscura y siniestra. Empezó a llover. ¿Qué? Una autentica sorpresa. Aldonza continuó tocando el arpa. Quienes bailaban siguieron danzando al tiempo que mojábanse sin cesar. “¡Así se riega la flor!”, gritaban los caballeros. “Pero que no se oxiden las espadas”, cual corifeo las damas dijeron. Menos Dulcinea que quedó callada y amantesquieta, tumbada con su flor, al lado del caballero trasparente, mientras que don Quijote daba vueltas sin parar, no se sabe alrededor de dónde, pero con su lanza dispuesta. “¡Habremos de luchar contra la misma oscuridad si hace falta!”, planteó emocionado.

.

Rayos y truenos, una tormenta infiel cual una batalla entre los dioses. Nadie dudó oír el rugido de un león. “¿Qué?, la sorda dama no lo dudó, es que no lo oyó, pero percibió la inquietud en el ambiente. “¡Sálvese quien pueda!” exclamó un cobarde troyano dejando la flor en el suelo. Mas fue a coger la espada de su amada y ésta no quiso dársela. Nada se veía. El ruido de los relámpagos no dejaba que se oyera voz alguna. El troyano se empapó. La dama con la que bailó también, al igual que los demás personajes que allá estaban.

.

– “Te amo” -, resonó una voz sin que nadie la oyera. Nunca se supo quien dijo aquello, ni a quién. Fue la historia de amor más breve jamás contada. Un caballero a una dama. O una dama a otra dueña, o un soldado a otro, o don Quijote a sí mismo. ¿Qué más da? El arpa dejó de sonar y Aldonza bajó del árbol. Miró a un lado y a otro sin ver nada, calada hasta los huesos. Amainó la tormenta. Dejó de llover. Volvió a salir el sol. No había ningún león. Fue un ronquido de doña Eulalia que se aburría con la espada y se durmió. Su caballero enamorado le guardaba la flor. “¡Doña Eulalia, doña Eulalia!, despierte; ya sale el sol”, dijo quien le amaba. “Oh, sí”, ella exclamó: “Me he quedado adormecida”.

.

Tenemos que volver a bailar -, dijo un caballero -. Para no quedarnos fríos -. El arpa no funcionaba de tanto que se humedeció. Dulcinea levantándose de estar postrada se puso a correr con la espada en alto. Don Quijote también tras ella flor en mano. Llegó un trovador con un laúd que hizo sonar para que todos bailaran. Pero habían cambiado las parejas, las espadas y las flores. Menos el hijodalgo y la del Toboso, que dejaron de moverse al igual que el resto de aventureros y aventureras del amor, cuando el Trovador se puso entonces a contar un cuento. El caballero trasparente atravesó aquel lugar en el que estaban, se convirtió en las palabras nunca dichas. El juglar captó la atención de las parejas al decir: “Érase una vez y colorín colorado”. Así empezó y terminó todo. Nadie supo quien dijo “te amo”. “¿Qué?”, nadie lo oyó. La sorda amazona tampoco. Dulcinea sonreía mientras que don Quijote se quedó embelesado mirando su flor. El caballero trasparente hizo que todo se viera y se fue. No se sabe adónde, pero allá donde esté veréis una espada y una flor.

.

Si quieres ejercer el mecenazgo con mi labor de escribir, he aquí una manera sencilla. Gracias:

paypal

.

Anuncios