A Daira

Ha sido apoteósico, algo inesperado y yo mismo pienso que si es que lo he soñado. Pero es algo que cualquiera podrá comprobar. A la vista está.

Todo empezó con los deseos de salud en Navidad y, de manera muy especial, para este próximo año que viene. “Salud, más que nunca”. Una palabra que se repetía en las felicitaciones navideñas, en los brindis, en los cruces de camino, pero ¿qué coronavirus y ocho cuartos?, ¡hay más patologías! Una de mis hijas insistió en que yo tenía que hacer ejercicio. ¿Quieres salud?, me preguntó retóricamente. Pues ¡a andar!, me ordenó. Desde entonces todos los días, excepto domingos y festivos, salgo de siete de la mañana hasta las ocho a.m. a “correr”, a paso ligero, ¡andar deprisa! En definitiva andar como pueda. Confieso que acabo molido, sobre todo cuando hago alguna carrerita.

Fui la Gacela del Bernesga en León y en Madrid el Galgo de Atocha, en dos etapas de mi vida. Pero ahora simplemente salgo a algo más que dar un paseo. A lo Rocky Balboa. En momentos de debilidad suena en mi mente el eco de aquella música heroica.

Empezó acompañándome mi hija. El parque de San Francisco, en España, de León, a esas horas está cerrado. Ahora los jardineros lo quieren abrir para que entrene allá, pero me he acostumbrado al circuito que hay enfrente de Correos, al otro lado de la calle del susodicho parque. Además hay un reloj de calle que indica que a las ocho horas ¡a casita! Hay aparatos de gimnasia precintados, por la pandemia. Cuando se puedan usar mi tabla de gimnástica será total, y seré un auténtico Apolo, no de los que van a la luna, sino de los apolíneos. A pesar de que cuando leí “El origen de la tragedia” de Nietzsche, me adherí a los dionisíacos, pero eran otros tiempos de juventud.

La disposición del lugar es con la forma del Circo Máximo de Roma, ya en ruinas. Eso sí, el de León en pequeñito. No quiero que nadie me acuse de exagerar. Quiero ceñirme a la realidad tal y como es. En lugar de hacer carreras de caballos y de carros, voy andando y alguna que otra carrerita. Cuando estoy en faena me animo y lo doy todo.

Me emociona pasar bajo dos filas de abedules que delimitan el lugar. Es el árbol que más me gusta, y ¡además! mi bisabuelo Cristiano cantaba una canción sobre ellos que ha pasado de una generación a otra de mi estirpe:

“Al pie de los abedules
dos flores azules
cantaban su lindo murmullo
el lindo murmullo de un río fugaz.”

Los primeros días me acompañó mi hija, superando el frío y el madrugón. Ella no paraba de contar las vueltas, y las medias vueltas, pero que ¿qué más da si es por tiempo? Pues que si el perímetro del recinto, que si la curvatura, el cálculo de velocidad. En fin. Por supuesto con la mascarilla puesta, que alguna vez tuve que regresar a casa porque se me había olvidado. Dos días estuvimos a dos grados bajo cero.

La vida está llena de curiosidades y de gente curiosa. Y de costumbres. A lo largo de nuestro periplo o entrenamiento, o ruta del colesterol, o como se quiera llamar, coincidimos a las ocho menos cuarto en punto con un perro de color beige, grande. Luego llega la dueña que se quedaba mirándonos, mientras que el canino da vueltas irregulares por el lugar. Y cinco minutos después se sienta un señor, que trabaja enfrente, el gordito de Correos. Los primeros días no paraba de mirar el teléfono móvil. Pero después prestó atención a nuestro andar, con cara docta y de poner mucho interés en nuestra actividad. Yo hacía como que nadie me miraba. Aunque, casi sin darme cuenta, metía un poco la barriga por eso de dar un aspecto más atlético.

Pero, pero. Pero. ¡Siempre hay un pero! Es el pero que cantan los poetas, con el que divagan los eruditos, incluidos los filósofos del bosque y los del Padre Isla. Pero por mi parte simplemente contaré lo que pasó en relación a ese pero del que me cuesta arrancar. Pero llegó un día en que mi hija se tuvo que ir a trabajar. Sí, a un país lejano y me quedé solito en aquella ruta de dar vueltas. Le prometí que no dejaría de hacerlo. He de cuidarme, lo sé y lo asumo.

Parece que no habría mucho que contar, pero como decía mi tía (abuela) Lola “poco que contar, mucho que decir”. Las vueltas las mismas. Debo de ir algo más rápido, pues creo que hago una más al terminar. No está mi hija para contarlas ni calcular la velocidad (espacio partido por tiempo, pero, ¡otro pero!, si se tiene en cuenta la curvatura del espacio habrá que ver un margen de error, al fin y al cabo ella trabaja sobre la incertidumbre, o sea sobre el pero de la vida.)

Continué andando y a veces durante unos segundos una carrerita al estilo Rocky. Mi sorpresa fue tremenda cuando un día el gordito de Correos apareció a mi lado andando, a buen ritmo. Me quedé sorprendido. Dejó que diese varias vueltas y sin yo esperarlo se apuntó sin decir nada y desde entonces llega a las siete y cuarto de la mañana y camina a mi lado con una manzana en la mano que luego se zampa al terminar. Le agradecí aquel gesto solidario guiñándole un ojo.

Unos días después la chica que acompañaba al perro también se incorporó. Algo asombroso. La verdad es que no me lo podía creer. Pienso que como están ahí un rato al andar aprovechan el tiempo. Aunque nosotros al volver la vista atrás vemos la senda que volveremos a pisar al día siguiente y al otro y al otro. Me adelanté, haciendo un esfuerzo, para alejarme un momento y me di la vuelta para bajarme la mascarilla y sonreír, como forma de agradecimiento. Vi que había otro más. Un mendigo que está siempre sentado en un escalón de la calle la Rúa. Hizo un gesto como diciendo: “¡Qué más da!, si luego voy a estar todo el día sentado para a ver si cae algo.”

Los días fueron pasando uno tras otro. Conté lo que había sucedido a mi pareja y no se lo creyó. ¿Quién se lo puede creer? ¡Nadie! “¡No digas tonterías!”, exclamó. Al final es la realidad lo único que no nos creemos. Le dije que fuera un día a comprobarlo. Y así lo hizo. Sin avisar se presentó. No puedo olvidar su cara de asombro, de incredulidad, de pasmarote (o pasmarota) Siguió yendo días sucesivos, con una escoba para barrer las hojas o el polvo si lo hubiere para que nadie se resbalara. Se incorporó.

La cosa, o la quisicosa que dirían los latinos clásicos, empezó a llamar la atención por pura casualidad. No me había fijado en los coches que pasan por las calles aledañas. Sí que son apenas uno o dos, o ninguno, hasta las siete y media, pero a partir de ese momento la circulación se hace más fluida. Contar también, bueno decir, que un poco antes de las siete y media veíamos saltar a los mirlos, pero sin escuchar su canto, que hasta que no amanezca no lo harán. Son un reloj o cucú de la naturaleza en la ciudad. Pero a ellos no les cuento en la proeza deportiva que tiene lugar en esta ciudad, que parece dormida. Pero ¡ya ya! (Otro pero.)

El caso es que un día después un coche paró en medio de la calzada y nos saludó desde lejos. “Pero ¿qué hacéis?” No respondimos, porque era evidente. Se acercó y leyó un haiku en voz alta:

“Anda anda anda anda
que yo ando con bufanda,
la salud manda.”

El gordito de Correos, sin dejar de andar dando vueltas al recinto, miró el teléfono móvil y confirmó: 5 – 7 – 5 “Sí que es un haiku”, dijo en alto. Aquella chica se puso tan contenta tras comunicar su 5-5-7 que se sumó a andar, dejando que tras su coche se formara una cola enorme de ellos. Unos tocaban el claxon, otro, un chico alto y rubio, tocó el violín, en plena calle y con el frío que hacía. Aquella mucha iba al trabajo y llegaría tarde, pero la dejaron ir cada mañana a andar si llevaba una camiseta con el logotipo y el nombre del supermercado en el que hora tras hora labora.

A la mañana siguiente paró un coche de la policía local. ¡Vaya!, pensé, no cumplimos con la normativa. O sí, porque no superamos a los seis que indica la normativa vigente, pero (otro), ¡mecachis! No guardábamos la distancia. Mascarilla todos, pero nos despistamos con la distancia. El policía se acercó y se subió a un muro que hay rodeando la periferia interior. El gordito de Correos empezó a cantar “El camino que lleva a Belén / baja hasta al valle que la nieve cubrió / Los pastorcillos quieren ver su rey…” El policía le interrumpió con cierto cabreo: “Menos cachondeito. He venido para decirles algo, y es que ¡mente sana en cuerpo sano!”, y se puso a reír estrepitosamente. Se disculpó de tener que ir con su compañero a vigilar la ciudad y que no podía acompañarnos, pero cada mañana se acercó para en el mismo lugar repetir ese adagio latino.

Llegó mi hermana con una cinta métrica. Ella sí que puso orden: A dos metros de distancia, aunque no fuéramos en fila india. No anduvo con nosotros, pero no falta ni un día para que mantengamos la distancia que comprueba fehacientemente.

Desde aquel día no paró de incorporarse gente. No sé ni cómo se enteraron ni por qué razón se ponen a andar. Es algo increíble, pero cualquiera puede comprobar que es tal como lo cuento. Y muchos que lo leéis participáis en estos andares. ¡Sois testigos de cargo!, pero tímidos: no lo queréis contar. Por lo pronto, un poeta de una ciudad colindante viene en coche tras dos horas de viaje, se incorpora y luego vuelve a su lugar de origen. Le he dicho que se quede un rato más, pero no puede porque tiene que dar el desayuno a su madre a las diez en punto. Tiene mérito la cosa. Que nadie me pregunte que le motiva. ¡Yo qué sé! Cuento lo que veo, lo que ha sucedido y que sigue pasando.

No me voy a extender demasiado, porque ya es un fenómeno social conocido por todos, casi a nivel mundial, pero cómo no sale en la tele y en las redes lo censuran los algoritmos, me referiré a algunos que acompañan la andadura.

El cazador de un pueblo que viene con su escopeta colgada. ¿Qué pinta un cazador andando en la ciudad?, preguntó alguien. “Mato el tiempo”, respondió. Un profesor de filosofía aclaró: “Heidegger”. El cazador no se quedó callado, afirmó que además de la muerte es cazador de la vida y del amor. “Entonces: Spinoza.” No dijo más aquel profesor que iba a caminar durante aquella hora con los alumnos de su clase para hacer las prácticas de los peripatéticos, por si entraran en la selectividad. Una actriz veterana se emociona porque le han dejado salir, junto con varias monjas de una residencia cercana en la que vive y antes de ponerse a andar y de escuchar la palabra filosofal, grita entusiasmada ¡es la vida, es la vida!

Sin embargo uno de los días gloriosos vi a un sindicalista que lloraba. Él es alto y erguido, por eso le vi asomando la cabeza por encima de los demás. Me acerqué a él y no supe si lloraba de veras o en bromas. Si era una ironía o el latido de su corazón. Me dijo que había perdido la esperanza, que los derechos sociales y del trabajador ardían en la hoguera de la impunidad y de la corrupción, pero que la revolución se había puesto en marcha y que él quería ser uno más. Me pareció un poco exagerado, pero ¡yo qué sé! estas cosas nunca se sabe, se dan unos pasos y luego, ¡vaya usted a saber!

Y cuando un poeta, más bien rapsoda, con barba y gafas, se sube a un árbol y recita versos de poetas consagrados. Cuando declama ese de “Caminante no hay camino…” aplaudimos y él da las gracias. Se pone muy contento. El profesor de inglés de una isla lo traduce: “Walker, there is no path, the path is made by walking…”, alegando que los traductores de los google son una shit, algo que no logro entender. Asegura que si anduviéramos en english, que no groin, harían una película sobre este acontecimiento de andar, pero que en nuestra tierra se dan tapas al tomar un vino.

Quienes que no faltan son los fotógrafos, que andan en sentido contrario apuntando a los rostros, unas caras cansadas, otros joviales, las más alegres, como la del que no para de decir que a él lo que más le entusiasma es que andar a esas horas no sirve para nada. Aunque otro hijo mío toma muestras de las pisadas porque considera que es útil para su tesina sobre las huellas biológicas en el paisaje, también el urbano. Una chica rubia que cada tarde pinta circunferencias azules el suelo para que la ruta andarina sea más sublime. A las siete quiere explicar lo que significa cada pincelada junto con su primera maestra de dibujo, pero ya son tantas personas las que caminan que se conforma con decir “mirad por donde pisáis.” Otro hijo quiere grabar una secuencia de este hecho social, pero no logra que la gente que pasa mire a la cámara, ni que vayan al ritmo adecuando. Asegura que no es justo que cada cual vaya a su manera y hablando con los de al lado sin seguir un guion para que él pueda montar una secuencia de imágenes. “Si no se convierte en imagen, nunca será un hecho histórico”, alega.

Siguen llegando oleadas de personas para caminar. La salud es un bien muy preciado. Lo curioso es que respetan que el gordito y yo vayamos los primeros. No nos adelantan, pero los impacientes y deportistas corren sin avanzar, otros hacen el trayecto dando saltos como gorriones o a la pata coja. Dos andan de manos, supongo que por llevar la contraria. Otro hijo mío va con un ordenador en las manos, enseñándole a leer, la p con la a pa, la m con la a ma, porque dice que de esta manera se educa a la inteligencia artificial. Ha conseguido que una maquinita de esas reconozca el número dos, lo cual es muy importante ya que gracias a ello podemos constatar que los que andan lo hacen con dos piernas. La inteligencia natural humana lo sabe, pero no es lo mismo que quien lo sepa sea una pantalla, eso es otro mundo. Y cuando los algoritmos aprendan a escribir, los ordenadores escribirán solos y sabrán leer por ellas mismas. Las mentiras que nos contarán, y si no ¡al tiempo! la inteligencia natural decimos la verdad y no exageramos a cuando escribimos. Al menos los que somos escritores serios. Y los humanos podremos, podremos…, no sé que podremos hacer, porque hasta andar será posible en una pantalla desde el sillón de casa. De momento mantenemos algo de ritmo, por eso le interesa a mi hijo descubrir el algo-ritmo perdido.

Se ha unido el director del instituto al que fueron mis hijos, el mejor del mundo occidental, porque el oriental no cuenta ya que o enseñan yoga o a hacer nada más que maquinitas. Acá ya no enseñan latín, pero sí los títulos de los autores de la generación del 98 y la tabla periódica. Está encantado de que la enseñanza salga a la calle y que mejor que el rato en que salimos a andar. Advierte a los andarines que se protejan del frío y que guarden el orden. Cerca veo a un antiguo alumno con un ladrillo en la mano. Dice que es para construir la Historia, la de verdad, no la que se cuenta. Viene una semana sí y otra no porque le contratan alternadamente de siete en siete días.

Llegó un momento en que solamente reconocí a unos pocos de los que andan de siete a ocho de la mañana enfrente de Correos. A la puerta de este edificio está un señor con gafas, junto a un perro al lado sacando fotos fidedignas e invita a que la gente escriba cartas, sobre todo cartas de amor. Le digo que a quienes lo hagan a mano, deberían regalarles los sellos para que no se pierda este especie en peligro de extinción. Pero no es la única pancarta la suya, de más al norte viene un marchoso que quiere impulsar esta andadura multitudinaria para convertirla en una auténtica marcha, para ello viene cada día desde allá a pie y trae tras de sí a no pocos atravesando el puerto de Pajares. Dan las vueltas y se van por donde han venido.

Hace unos días el ambiente viLbró, al ver a un chico colgado por el cuello de la rama de un árbol, porque no llevaba mascarilla. Hemos pedido tranquilidad, que nadie se tome la justicia por su mano. Los servicios funerarios han quitado el cadáver, pero la cuerda sigue columpiándose. Mi otra hija, la pequeña, no sé a que viene, porque no quiere que la vean. Parece ser que estudia la música de los pasos al andar, ha observado que además de ritmo tiene una melodía, lo mismo que el murmullo de las voces. Quiere que las personas nos comuniquemos por mimo, que es más emotivo y gestual. Y que a los oídos únicamente llegue música. Afirma que es la única manera de no pensar tonterías. Porque además luego hay gente que las escribe.

Me estoy haciendo mayor, porque no entiendo lo que pasa. No puedo entender que más de un millón de personas anden cada mañana en el lugar en el que comencé con mi hija, sin ser un fenómeno que salga en las redes sociales ni en la televisión. ¿Huyen tantas personas del virus y sus cepas mediáticas o es que ya les han vacunado secretamente? Dicen que hemos salido de la inercia. Pero de la A a la B y de la B a la C. No entiendo que un abogado fiscal quiera calcular la aportación a los fondos del Estado por la actividad que en principio era para la salud. Pero que analiza que si el desgaste de zapatos o playeras, el que al andar se abre el apetito y se desayuna algo más, todo cuenta para el IVA. Se asoma a una ventana bajo la cual ha dejado una bicicleta para venir andando. No lo entiendo.

Hay algunos disidentes que no paran de pedir que se haga a las siete de la tarde,. Uno de ellos quiere ir con su esposa y a ella no le apetece madrugar tanto. De los renglones torcidos de Dios hemos pasado a las fotos inclinadas que no son capaces de abarcar la enorme cantidad de almas que pululan o deambulan o pasean por este lugar que digo.

Somos egocéntricos los humanos, lo reconozco. Me incluyo. Y a veces soberbios y vanidosos. Con millones de personas caminando en el espacio de enfrente de Correos lo que más me llamó la atención fue cuando veo bajar en paracaídas a mi otra hija, la que comenzó a caminar conmigo y me instó a ello para adelgazar. ¡Si me lo cuentan no me creo que mi hija llegue en un paracaídas! Y tú, lectora / lector, puedes preguntarlo a cualquier vecino de esta ciudad, ¡viva León!, y te contará lo que haya visto. A veces la gente exagera un poco. Impactó en el medio de este Circo Máximo de la modernidad. “¡Hija mía!”, dije. “Papá, no me lo podía creer y ¡es verdad!” Vino lo antes posible para comprobar la veracidad de lo que le contaba cada día. Cuando miró el mapa de Google creyó que era una broma global, de esas que gastan los magnates de la información virtual, o un Fake News. Aparecen más de doscientos millones haciendo este recorrido, a la misma hora.

Le dije que he adelgazado, sí: dos gramos.

Le prometí que seguiré andando cada mañana, que pronto nos acompañará el canto de los mirlos. Me vio más delgado, supongo, y ¡pletórico de salud! Le hablé con cierto paternalismo, que no patriarcalismo, para decir que entre tanta gente paseaban también Poincaré, Lavoiser, Mendeléiev, Napoleón, Fleming, Ramón y Cajal y Ortega y Gasset. Me miró con cara de extrañeza y le aclaré que lo hacen en el pensamiento de las personas que andan. Y que también Baudelaire, Salinas, Lorca, Machado, Bécquer, Aleixandre y muchos más en el corazón de los poetas, porque sus palabras forman parte de esta andadura. ¿No les ves? Y no faltaron a la cita aquellos que amaron la libertad más que a su vida, ¡mira! Y le señalé los ojos entre miles de personas con la mascarilla puesta. Y entonces me quité la mía, sin querer, fue un acto reflejo, lo juro. Pero ya estaba en marcha la vacuna, y una sociedad entera caminando cara al frío viento.

¡PAPÁ!, gritó mi hija:

Fin.

Un comentario en “Cuento sobre la marcha

  1. Querido amigo: Desde siempre he admirado a los peripatéticos; una parte de la especie humana que está por delante de los patéticos a secas. Caminar contigo cada mañana ha sido una escuela. Ahora nos falta dar otro paso, el organizativo: Estoy en duda acerca de refundar la LCR (Liga de Corresponsales Recalcitrantes) o bien, fundar la Liga de los Inútiles, sobre la base de un texto de Werner Herzog, “Conquista de lo inútil”, sobre la reconstrucción imposible de una hazaña imposible que se realizó en la Amazonía sin que sirvieran para nada.
    Un abrazu marchosu.

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