Me adentré a los valles de Liébana. Recorrí bosques yendo de un pueblo a otro, con pocas gentes en ellos. Paseé a orillas de los ríos y atravesé correntías rodeado de monte y al fondo los Picos de Europa, un estallido de paisaje que se eleva sobre la mirada.

No sé si huí del mundanal ruido, de la gran ciudad y de la pequeña, o si quise traducir los latidos de mi corazón al silencio. No lo sé. Pero sí puedo afirmar que anduve por entre los andurriales hasta dos rutas que se entrecruzan, la del monasterio de santo Toribio y el camino cantabro-astur de Santiago. Elegí uno por azar.

Sin acento y en minúscula.
Foto de agustin lasai.

Caminé, sí. Sin prisa. Mis pisadas formaron parte del sonido de las hojas, la corriente del agua, el aire fresco, el soniquete de las hierbas y las hojas. Mis respiraciones. Cada vez hizo más y más frío. Pero seguí una ruta incierta. Abrigado con mi zamarro, el jersey, camisetas, la de manga larga y de la corta, el mariano. Las botas y calcetines de lana gorda. Caminé.

Pasé por delante de una casa, de donde venía un sonido más contundente que el que pueda hacer un pájaro carpintero. Un señor de pelo blanco y barba albina estaba a un lateral de la vivienda. Paredes de piedra, tejas de barro cocido en el tejado. La puerta de madera gruesa, que se abre por separado la mitad de arriba y la mitad de debajo. Al ver que me fijé en ella la señaló y dijo: “el cuarterón”. Cruzamos nuestras miradas. Cuando iba a seguir mi camino, después de desearnos los buenos días, por cortesía, me dijo que iba a comer cocido. “Un cocido contundente”. Que si quería que lo compartiera conmigo. Una grata y sencilla invitación. Le dije que sí. No lo pensé.

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Aquel hombre llevaba un hacha en la mano. Había estado cortando madera, de ramas y pequeños troncos de roble, que previamente serró con una sierra mecánica, la cual vi en el suelo, lleno de trozos de cortezas, virutas, que las más hubo recogido en sendas cajas.

He echado garbanzos a remojo, para que coma un regimiento -Comentó.

¡Qué bien! ¿Esperaba a alguien?

– Siempre esperamos a alguien -Puse cara de poner en duda aquello que aseguró. Yo no. ¿Nunca?, casi nunca. Ni a mí mismo. Casi nunca.

Me gustaría, que mientras lo prepara al fogón, cortar leña yo también. Así no me quedo frío y no miro sin más como un pasmarote.

¿Has cortado leña alguna vez?

No – Expresé un gesto de que no pasa nada. Tampoco es tan difícil, al menos eso creí.

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Concentración.

Aquel hombre se ausentó hasta volver al poco rato y traer en su mano otro hacha que me entregó. Uno de mango largo. Él cortaba sobre un trozo de tronco que servía de apoyo, el picadero, para despedazar los trozos de madera, que según su dimensión vi que él lo hizo en dos partes o cuatro. Cogí un trozo grande que sirviera de base y nos pusimos a la faena. Él entró y salió en la casa varias veces para atender al condumio.

Empecé a cortar los trozo de un gran montón para hacer otro con los trozos de lo ya cortado, luego había que colocarlos como una empalizada junto a la pared, debajo del alerón del tejado. Dijo que es bueno que esté al aire, aunque sea húmedo. A ratos lloviznó, pero como si no. Llevaría su tiempo. Pero cuando el cocido estuviera preparado entraríamos a la casa para comer juntos. Por la tarde, antes de anochecer podría seguir un rato y luego continuaría mi camino en busca de una cueva. Le dije que estaba buscando a Platón. El anciano movió las cejas. Toda persona que camina lo hace también de noche, ande o no ande.

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Dándolo todo.

Aprendí a ser leñador. En parte por mí mismo, aunque atendí los consejos de aquel hombre. Yo soy el que soy y fui el que fui, lo mismo que él, que fue el que fue, aunque se quedara solo pasado el tiempo, el temporal y lo temporal. Sí.

Comencé a cortar trozos de los árboles para convertirlos en leña. Mis primeros golpes fueron realizados con ímpetu, con ciertas ínfulas de bravucón. Pronto me di cuenta de que hay que hacer la labor despacio para llegar lejos, de la misma manera que hube andado el camino por los montes. Las prisas fatigan pronto. Comprobé que hay que cortar a lo largo, no a lo ancho los pedazos de madera porque la fibra es resistente en horizontal, pero aunque dura es frágil si el tajo se da a lo largo. Aquello que hacemos puede ser una enseñanza de vida. Hay que apuntar con la mirada el lugar donde se quiere golpear y atinar con los brazos para que el filo del hacha dé en el sitio preciso. No es fácil. Hay que concentrarse. Estudiar cada trozo sobre el que se va a dar con el hacha, cada uno tiene su truco, su característica, en función a la cual hay que golpear más o menos fuerte.

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Golpe certero, sin lugar a dudas.

Apliqué mis conocimientos de zen: Cogí aire cuando elevé el hacha y al dar el golpe, en ese mismo instante, lo eché de un soplido. Me sentí tan orgulloso de aquel descubrimiento que se lo dije al señor leñador. Él no comentó nada, siguió con su tarea. Hubo trozos en los que tardé en hacer pedazos, incluso algunos que no pude. Me avisó de que dejase los que tienen nudos. Yo cortaba una parte del mismo dejando la dureza a un lado. Pero siempre intenté vencer lo imposible y aprendí. Me dijo lo que hay que hacer si la hoja del hacha queda atrapada entre los dos trozos cortados de manera incompleta, cuando no se separan y siguen casi pegado uno al otro.”No es fácil ser verdugo”, dije queriendo hacer una gracia, pero también lo observé con seriedad. Me vino a la cabeza ese detalle del pensamiento salvaje. Hizo como que no oyó nada.

Traté de unir la práctica con la teoría. Le dije que el hacha es una palanca de primer grado, que tiene un punto de apoyo en el extremo por el que se coge el mango. Si lo coge cerca del hierro hará menos fuerza, no podrá cumplir la función de cortar. Me dio la razón moviendo la cabeza. Es algo que se estudia en el colegio. No le hizo falta dar palabras a lo que supo por experiencia, se llame lo que haga como se llame. ¿Palanca?, pues “palanca”. Cuando se hace algo importante surgen las palabras y se quieren comunicar, hacerlo se convierte en una necesidad, por eso existen los poetas. Pero cuando aún es más importante aquello que sentimos no se da importancia a lo que se realiza. Y, de igual manera, a lo que no se hace. Por eso surge el silencio, el cual se trasmite por sí mismo.  Con éste aparecen los locos y la parte animal del Hombre.

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Fui cumpliendo mi tarea. El montón de leña creció y creció. Él continuó haciendo su labor a su estilo. Se dio cuenta de que tuve razón en una cosa: Doblar las rodillas a la hora de elevar el hacha y durante el trayecto hasta golpear. De esta manera se amortigua el golpe para que no afecte al cuerpo. Lo probó. Pero siguió con las piernas estiradas. Me contó que su abuelo tuvo un accidente y no pudo doblar la rodilla a consecuencia del mismo. Pero él ya se hubo acostumbrado a hacerlo como lo hacía. Su destreza fue total. Se adaptó a lo que hubo aprendido.

Yo miraba el paisaje que nos rodeaba. Él formó parte de aquel conjunto de nubes, montes, arbolado, de un sonido esculpido de silencio. Lo recorrí con la mirada sin parar de golpear. Partir leña se convirtió en una pasión para mí. Me tenía que parar para ser contemplativo. Aprovechaba para descansar, lo mismo que también hice al coger las cortezas que saltaban de la madera para meterlas en una caja. Comprobé en su mirada cierta lejanía y también misticismo.

Comimos el cocido. Hablé de vez en cuando. Él no dijo ni una palabra. Miraba al plato. Me llamó la atención el relleno, con huevo, pan rallado, ajo y perejil. Hizo treinta y dos años que no lo probaba. Lo hacía mi abuela, que lo guardaba para la cena, lo pasaba por la sartén y “¡al buche!”, decía. A veces con un algo de pimentón. Saboreé el recuerdo y sentí el sabor de la presencia de la madre de mi madre y con ella a mi abuelo, a la niña vecina que correteaba por la escalera mientras que cantaba y yo silbaba siempre que me crucé con ella.

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Foto de agustin lasai

Habíamos quedado encerrados entre paredes de nieve aquel hombre-ser-humano y yo, el calor de nuestros cuerpos al cortar la leña evitó que nos congelásemos. Hicimos hogueras, lo cual nos exigió dedicar más tiempo. No podíamos dejar que se apagara la chimenea. Me tenía que haber ido. Me tuve que haber ido hace mucho tiempo y seguir mi camino. Pero el destino  es también estar quieto.

¿Cómo no viene un helicóptero a recogerme? Tienen que saber que he desaparecido –El hombre hizo una mueca de sonrisa, un esbozo de ella. Había dejado de funcionar el teléfono móvil. No daba ninguna señal. Todo era blanco a nuestro alrededor. ¡Montañas de blancura!

Y seguimos haciendo leña, sin parar. Por fin me dio un aliento, un ánimo cuando dijo: “Eres un hacha”. Me hizo gracia y sentí orgullo. Fue como si sus palabras me condecorasen. Me sentí un héroe, de manera intuitiva, sin saber.

Y seguimos haciendo leña de las ramas caídas, de los troncos, de los árboles, muchos de ellos tumbados por el peso de los copos. Parte de la masa arbórea la tuvimos que rescatar de debajo de la nieve. Al hombre no le hubo cambiado su cara, pero sí su mirada y su voz. Cuando vino el deshielo me dijo de manera solemne y cortante: “Vete, ve a buscar una hembra”. Quedé sorprendido. Seguí cortando leña. Al cabo de un rato insistió: “Deja todo y ve en busca de una mujer”. Le miré. Me di cuenta de que lo dijo en serio.

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Volví a los montes. Me dio lo mismo ir a un lugar o a otro. Comprendí que mi pasado había desaparecido. Mi esposa, mis hijos, mi anhelo, ¡todo! quedó en nada. Fuimos mi respiración y yo. Vi con los ojos del tiempo que no volvería a ver al hombre aquél, que se quedó cortando leña.

Sólo me quedó el azar, erré cual un vagabundo. Todo había quedado sepultado y desaparecido. Porque la gente dejó de hacer leña. Las calefacciones se apagaron, los algoritmos enloquecieron y se fundió su función. Ciudades desoladas, rascacielos cayendo entre ruinas. Continué andando. No hubo caminos, ni carreteras. Desolación.

En un bosque me crucé con una hembra. Su cabellera de fuego parecida a las entre nubes del atardecer, a  lo lejos, igual que ella. Llevaba, coincidiendo conmigo, un hacha en la mano.

Soy la hija del leñador, -dijo. No contesté. Era la mía una larga historia y el hombre no fue mi padre. Pude haber llevado una espada, lo mismo ella, o un escudo, o una cruz, o un látigo. Pero ambos llevamos un hacha. Con ellas cortamos troncos, ramas, hicimos una casa, la mesa, sillas. Los animales empezaron a salir de su letargo. Las plantas despertaron y las flores abrieron sus corolas. Entonces le dije la tenía que aparear. Antes debemos amarnos. Y cortamos leña como hice yo con el hombre. Y descansamos juntos. Y comimos cocido para recuperar las fuerzas cada día.

Supimos que hubo otros leñadores, y que el varón buscó a la mujer y la mujer al hombre. Y se encontraron, aunque no siempre. Y tuvimos que sembrar árboles para seguir cortándolos al cabo del tiempo. Nos dio calor y el calor los hijos y éstos el tiempo y el tiempo no cesó.

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Yo soy el hijo de leñador, -se decían unos a otros. En las escuelas se enseñaba a cortar leña. Había que concentrarse, doblar las rodillas, apuntar al punto exacto donde dar el golpe. Hacer montones, empalizadas y hogueras. Hubo nuevas fuentes de calor, con gas, con electricidad nuevamente, con la fusión de los átomos. Pero se siguió enseñando a cortar leña. No hubo ni una casa en que un hacha no colgara de alguna pared. Se hicieron competiciones de cortar troncos, a ver quién con más rapidez, otros mostraban su fuerza con trozos anchos a los que abrían de un tajo.

Oí decir que yo era Thor. Me reí. Hay quienes me representan como si fuera un cachas, fuerte y erótico. Otros se enzarzaron a hachazo limpio unos contra otros. Lloré. Los científicos descubrieron el hachazo que fue origen de la vida. Con un golpe de hacha se rompió la nieve. Ya no hace falta usarlo porque hay máquinas y tecnología suficiente, pero los niños aprenden a manejar el hacha y los jóvenes practican. Cada día del Hombre, una vez a la semana, los ancianos acuden al bosque con un hacha en la mano, lo levantan y gritan. No entiendo nada de lo que expresa su clamor, pero vuelven a sus casas satisfechos. Algunos susurran. Creen que si dejaran de dar hachazos a la madera, que si no hicieran leña el mundo se cubriría de nieve y nadie sobrevivirá. ¿Por qué?, se encogen de hombros. No hace falta quemar la madera y en algunos lugares la gente hace que cortan los troncos como si fueran mimos. Las hachas son peligrosas y pueden hacer daño y las restricciones de seguridad hace que no haya hachas, pero la gente mueve los brazos y coloca las manos como si llevara uno. Nuestra herramienta se hizo símbolo y el símbolo se convirtió en misterio.

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Yo sigo cortando leña sin que nadie me vea, sin que lo sepan quienes han prohibido que el hombre coja el mango del hacha. Y sigo cortando leña en el bosque. La hija del leñador volverá. Y tal vez también yo, el señor del hacha, el leñador, y otra vez seré el hombre de cabello cano cuando un chaval me encuentre y yo le invite a comer un cocido y él quiera ayudarme para ayudarse a sí mismo. La leña volverá al fuego. Y quien no sepa hacerla verá que todo se para a su alrededor y congela la vida. Incluso el tiempo.

Pero antes, antes seguiré recorriendo los bosques por caminos de incertidumbre, hasta encontrar al hombre que hace leña y descubriremos otra vez, sí, el fuego y con éste la luz, el calor, una vez más. 

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