Cosas de reír

Mis hijos Ramirín y Elsita me han pedido que les haga un libro de chistes. No es tarea fácil, sobre todo porque para inventar nuevos chistes se tienen que ocurrir y a mí eso no se me da ni bien ni mal, no me salen.


He decido hacer otro sobre cosas graciosas. Ocurre que hay sucesos, anécdotas que son graciosas cuando ocurren, pero no cuando se cuentan. Así pues que recopilo cosas graciosas de las que me acuerde de ellos y sus hermanos y otras que tengan relación con ellos.


De todas formas soy inventor de un chiste, que uso siempre para salir al paso en esas reuniones en que se piden voluntarios para contra chistes y acaba señalándose con el dedo a quien lo ha de hacer. Me pasa que aunque oiga muchos y me hagan gracias no consigo recordar ninguno. Mi chiste es: Es un chiste tan malo tan malo que fue al infierno.


De tal chiste han salido otros, también inventados, pero que son una copia de la primera idea “chisteril”: Es un chiste tan bueno tan bueno que fue al cielo. O el chiste hacha, aquel con el que se parten de risa. El chiste asesino, con el que se mueren de risa. El chiste meón, con el cual se mean de risa. ¿A que tienen gracia? pues contados sin gracia, todavía más.


Con Elsita me pasó que una vez le invité a tomar un mosto, a ella solita. Le dije que no se lo dijera a nadie. Fue un secreto, de manera que cremallera ( y le hice el gesto sobre los labios) El objetivo fue que sus hermanos no protestasen. Al llegar a casa, vio a Ramirín y, sin pensarlo dos veces, le dijo: “¡cremallera de mosto!”, con lo cual el secreto fue descubierto. Siempre que lo cuento, pasado el tiempo, ella y sus hermanos se parten de risa.


Hace unos años iba por la calle Mariano D. Berrueta, que fue donde vivimos hasta que nació Ramirín.  Salió, del restaurante “Lorenzo” el butanero, que es quien hace el reparto de las bombonas de butano. Se empezó a tirar unos pedos sonoros, tremendos. Yo le seguí, pues la calle no tiene escapatoria, además tuve que hacerle una pregunta. Cuando me vio se puso colorado colorado. Me acerqué y le pregunté. “esta tarde reparte el gas“. Los dos nos pusimos colorados. Y sí, aquella tarde repartió el gas.


Ha habido situaciones de caídas y gestos que nos han provocado la risa, pero luego se cuenta y no tiene gracia, a no ser que sea a quien le recuerda los hechos. No sé como les hace gracia, a Ramirín y Elsita, que les cuente como ambos y cada uno de sus hermanos han hecho pipí sobre su papá. Rayo mientras que estuvo tumbado para secarle, siendo un bebé. Al hacerle una carantoña, ¡ale! meada al canto.


A Omar una vez que le quité el pañalito para bañarle, todo desnudo él,  le puse sobre mí con los brazos estirados, para sacarle una sonrisa. Además de sonreír vino el chorrito. Daira se desahogó mientras que la llevé a caballito, sobre mis hombros. Empecé a notar un calorcito, luego cierta humedad, hasta,  finalmente, saber qué es lo que pasó. Ramirín cogido en mis brazos, sobre la cadera, otro tanto de lo mismo. Y Elsita sentadita ella sobre mi pierna, ¡zas!.


En casa de Tito y Tita, los abuelos maternos de Ramirín y Elsita, hablamos de la edad de algún pariente. Hay un familiar al que no le gusta decir cuántos años tiene. Por los datos de referencia calculamos que eran noventa años. La bisabuela dijo, si a mí me dijo que tiene 87 años. Sí, pero se lo dijo hace tras años, comentamos. Todos nos reímos a carcajada limpia porque descubrimos su edad ¡y qué sabíamos los años que tiene!.


Les hace mucha gracia, cuando les digo que vamos a ir al Rastro a vender, todo barato, barato, a un céntimo. ¿Y qué vamos a vender? Nada, pero es barato. Se ríen y luego discuten sobre quien va a querer nada, pues sería tonto. Claro que si es por sólo un céntimo cualquiera lo da.


Daira, con once años que tiene,  dice que Elsita, de cinco años, se hace pasar por ella, para hacer un anuncio de publicidad: ¿Cómo te llamas? Pues Daira. Y cuántos años tienes. Once. Y ¿por qué eres tan pequeña? Porque los petit suites no estaban de oferta. A ellas dos les hace gracia, es un chiste. Con el mismo esquema, Elsa se ha inventado otro: son un elefante y una hormiga que se ven y  le dice el elefante, tengo los mismos años que tú. La hormiga le dice,  “es que yo no tomo petit suite“.  Elsa tiene otro mejor, que creo que ha leído en algún sitio: Un caníbal va en un avión y la azafata le dice que si quiere la carta de aperitivos. Él le dice que no, que prefiere la lista de pasajeros.


Una vez, Ramirín y Elsita,  se quejaron de lo mal que olía un pedo de Omar. ¿Por qué sabéis que es de Omar?  les pregunté. Porque lo hemos oído, contestaron. Bien pues ahora devolvérselo que es suyo, y no lo guardéis en los oídos ni en la nariz. Se partieron de risa.


Ramirín y Elsita, cuando van por la calle suelen pararse ante las cabinas de teléfono. Hurgan el hueco que tienen con una tapa. También  debajo de las máquinas de refrescos, con el fin de sacar algunas monedas de alguien que no hubiera esperado a recoger la vuelta. Y han conseguido su dinerillo de calderilla de esta manera. Cuento esto para que se entienda un chiste que me inventé, a raíz de una historia que les conté. Íbamos al colegio, a la vuelta de las vacaciones de verano. Era un día soleado. Les comenté que esas fechas de mediados de Septiembre, a finales del mismo, se llama “veranillo de San Martín”, en otros lugares se conoce como de San Miguel. Y escucharon atentos la leyenda de por qué se llama así: Una vez un señor de Francia llamado Martín vio a un pobre que le pidió una moneda y se la dio. Vio a otro, que le pidió dinero, y también le dio otra moneda. Fue encontrando pobres y a cada uno le dio una moneda, hasta que se quedó sin ninguna. Se le acercó otro pobre que tenía mucho frío. No tuvo más monedas que dar. Entonces el buen Martín, cortó su capa a la mitad y se la ofreció. Este pobre resultó ser un angelito, que hizo que por su buena acción no hiciera frío, a pesar de ser finales de Septiembre, hasta que hubiese terminado el viaje, que duró once días. Desde entonces hay dos semanas de calor por esas fechas, lo que se conoce como veranillo de san Martín. Luego les conté que dice una leyenda española que si hubiera sido español le hubiera dado la capa entera. Ramirín comentó que entonces hubieran hecho más días de calor.  Elsita dijo que fue santo por dar tantas monedas. Justo en el momento de hacer ese comentario pasamos por una cabina de teléfono y les dije que a las cabinas las tenían que llamar “santa cabinas”, por todas las monedas que recibieron de ellas. Y les hizo mucha gracia.


Cuando le conté esta anécdota a Santiago aclaró que San Martín fue soldado francés y que por lo tanto tuvo que dar media capa, pues si daba toda hubiera incumplido la norma del ejército al que sirvió, que es llegar al cuartel con todo el uniforme, aunque fuera estropeado. Las autoridades le hubieran castigado  en una celda tres días.


También les hizo mucha gracia la historia de san Froilán, patrón de la diócesis de León. Ramirín no se la cree mucho, y discute con Elsita sobre si es o no posible. Este señor antes de ser santo, vino de Lugo a León, con un burro con las alforjas cargadas de libros. Al llegar a la montaña un lobo mató al burro y se lo comió. Froilán le dijo al lobo que los libros son muy importantes y que ahora él, aunque fuera un lobo, tenía que llevarlos en las mismas alforjas. Y así lo hizo. Por eso los señores de la iglesia vieron que era un santo.


Cuando Daira va a la peluquería y dice: me voy a cortar el pelo, Omar corea “no tienes pelo, no tienes pelo”. O si quiere una manzana, otro tanto: “no hay manzanas, no hay manzanas”. A ella le da mucha rabia, pero Elsita y Ramirín se ríen y cantan “no hay manzanas, no hay manzanas”, aunque el frutero esté lleno de ellas. Al final tienen que salir corriendo para que Daira no les propine un coscorrón.


Lo que cuento a continuación no les gusta a Elsita y Ramirín, pero a mí me hace mucha gracia. Ellos dicen no, no, uhmmm. Mi padre, o sea su abuelo Ramiro,  cada vez que les llama y dice “Ramirín ven” o “Elsita ven”, están jugando o distraídos, de manera que no le oyen. Pero mi padre ha observado que cuando dice “Ramirín ten” o “Elsita ten“, acuden raudos y veloces, sin que tengan problema de audición alguno. Una vez que están junto a él y dicen ¿Qué? Les pide que traigan un vaso de agua o que recojan algo.


A Ramirín y Elsita les gusta mucho los chistes de un chino, un alemán y un español, o un japonés, un inglés y un español. Todos los que no son españoles son tontos o meten la pata, menos los españoles. Son los chistes que más cuentan. Inventé uno que es el que sigue: llaman por teléfono a un bar en el que están muchos de varias nacionalidades juntos. Se pone uno y dice, sí soy alemán, se pone otro, el cual dice, sí, sí, soy chino, se pone el siguiente. Sí, soy francés. Se pone el último que dice soy español y soy el mejor. No es que se rieran mucho, pero me aplaudieron. Quizá el chiste no tenga mucha gracia, pero sí patriotismo. Esto es lo que colea de los chiste en que interviene un español y otros de países diferentes, y tampoco es que el mío tenga  demasiada gracia, pero es un chiste sobre esos chistes.


Un ejemplo de chistes patrióticos, lo cuenta Ramirín. En este interviene hasta un fakir: Son un francés, un fakir y un español, que van al infierno. El diablo les dice que les deja salir para que vayan al cielo si no se quejan cuando les dé tres latigazos. Les permite ponerse algo que les proteja en la espalda. El francés se coloca una piedra, pero al segundo latigazo se queja por el dolor. El fakir dice que está acostumbrado a dormir sobre clavos y no se quejó. El español optó por colocarse en la espalda al fakir. Y así fueron los dos al cielo. Parece que hace mucha gracia que los españoles sean un poco cara duras. “Listos, listos que somos“, dice Elsita.

Nos reímos mucho cuando recordamos cuando Ramirín llamó “obispas” a las avispas y moscas. Hay sucesos que no hacen tanta gracia cuando pasan como al recordarlos. Basta con que se mencionen para que surjan las risotadas. Como cuando a Daira le cagó una cigüeña encima de un traje el mismo día que lo estrenó. También hay cosas que no hacen gracia, pero dan la risa, como cuando hay una caca de perro en la acera y alguno avisa a otro de que no pise la suerte. Esta manera de llamarla es porque les conté que al estrenar una obra de teatro los actores se desean “mucha mierda”, al contárselo, Ramirín y Elsita se rieron por la palabra que usé como protagonista de la historieta. Les explique que se debe a que antiguamente el público solía ir en carrozas llevados por caballos. Si había muchos excrementos de estos animales es que iba mucha gente y se habían vendido muchas entradas. De ahí la dicha costumbre. Aprendieron bien la lección y cuando ven una plasta dice “¡suerte!”.


Una vez Daira nos contó una cadena de chistes, y picamos en todos: ¿Por dónde meterías una jirafa en un coche? Por más vueltas que lo dimos, nada. Resulta que por la puerta. ¿Cómo meteríamos a un elefante? abriendo la puerta y metiéndolo. ¡Pues no! No cabría. Primero hay que sacar la jirafa y luego meter al elefante. El león, como rey de la selva convoca una asamblea. Quién faltó. ¡El elefante! porque está en el coche. ¿Cómo pasaríamos un río que siempre está lleno de cocodrilos. A nado, porque están en la Asamblea. Qué gracia nos hizo, pues no acertamos ni una. Pero de todos el que se llevó la palma fue el siguiente: Un perro y un pato nacen a la misma hora, en el mismo minuto, el mismo día, el mismo año. Cuando pasan tres años ¿cuál de los dos tiene más edad? Todos dijimos que tienen la misma. ¡Pues no!, el pato es más mayor porque tiene tres años ¡y pico!.


Un tío de Ramirín y Elsita, se llama José. Una vez, su augusta esposa,  Margarita, debió hacer un comentario a la tía Lola, sobre que no le habían regalado a ellos en su boda una colcha de punto, que siempre hace para la familia. La tía Lola, nos contó que le había dejado seca aquella  conversación, pero no quería decir quién lo hizo. Al contárselo a mis hermanos, sin decir quien hizo aquel comentario, dije:  la dejó seca.   Ramirín, que no sabía nada del asunto y que pululaba por ahí, empezó a pregonar: Es la de José, la de José, porque lo entresacó de la frase que usé. ¡Cómo nos reímos todos los presentes! por tal observación, que resultó ser tal cual.


Cuando vamos a tomar un vino, la tía Lola, que por problemas de salud toma mosto, siempre dice: con una pata sola no se anda. De esta manera tomamos otra consumición más y si se tercia un tercero, pues como dice el refrán “no hay dos sin tres”.  Cuando fui con  Rayo, Omar, Daira, Ramirín y Elsita, Yolanda y la tía Lola a tomar el aperitivo, pues en León, y de manera especial en al barrio Húmedo, se dan buenas tapas con lo que se pide de beber, al salir del bar, los tres pequeños comenzaron a andar a la pata coja. Fue su manera de decirnos que querían otro mosto. Algo que sigue siendo una costumbre. Ramirín y Elsita ya echan carreras hasta el siguiente bar corriendo con una pierna.

Hablando de refranes, a Ramirín y Elsita les hace mucha gracia recordar una vez que la tía Lola recitaba un refrán tres otro. Insiste en que todos llevan una enseñanza de vida. Después de decir más de cincuenta, le dije que le faltaba uno, uno que ella no conocía: “niña refranera niña majadera“. Lo cual les hizo mucha gracia por la cara que puso la tía Lola. De todas formas se siente muy orgullosa de su saber popular a través de los refranes, desde que Óscar, un amigo que es profesor de filosofía le respondió a la pregunta ¿qué es filosofía? que es enseñar a pensar, o sea le preguntó, ¿usted sabe refranes?. A lo que  la tía Lola respondió que sí. Pues eso es filosofía, le explicó finalmente.


Un chiste de un refrán lo contó muchas veces mi padre, a modo de anécdota: Un perro no dejaba de ladrar y seguir a un chico que fue a visitar a un pueblo. Un paisano del lugar ve que tiene miedo y le dice: “No ve que perro ladrador poco mordedor”. Ya, dice el chico, pero eso lo sabemos usted y yo, pero ¿lo sabe el perro?.


Algunas anécdotas mías y de sus tíos, que les hace mucha gracia. Una de ellas que se la cuentan mis hermanos, es que un hermano de mi abuelo paterno, escribió la letra del himno de León: Sin León no hubiera España, que antes que Castilla leyes …etc. Lo gracioso es que cuando yo era pequeño presumía de ello con los compañeros de clase. Una vez me dijeron, bueno, pues dinos cuál es la letra. Y yo creía que es: Viva León, viva León, viva León, y así una y otra vez con diferentes ritmos musicales. ¡Pues que original es tu tío! me dijeron. Resulta que esa que canté es otra canción de animación populista de León. Como fue la única que supe, es la que canté, creyendo que era el himno. Para hacerme de rabiar algunas veces los dos díscolos de Elsita y Ramirín   corean en mi presencia “viva León, viva León”. Y ésta es la explicación de que repitan esta canción.  Cuando se enteró mi padre me hizo aprender todo el himno de memoria.


No recuerdo bien un chiste que ha pasado a la historia de la familia. Fue de esos que un chino, un japonés y un español presumen de la alta tecnología de su país. Al final el español dice que va a recibir un fax y es que va a defecar. Desde entonces cuando alguno va al baño a realizar tal operación, aunque no nos acordemos del chiste, dice: “voy a recibir un fax”. Una vez una prima de Elsita y Ramirín dijo voy a cagar. Oye niña, no seas cochina, le dijo su mamá, se dice hacer popo. Lo cual queda más finolis. Pero Elsa dijo que eso todavía es un poco mal sonante y que hay que decir, voy a recibir un fax. Nos reímos mucho con ese comentario. Cuando Ramirín fue a Eurodisney con su tías Loly y su prima Mireia, para ir al baño decía que iba a hacer “popo“. Debió repetirlo mucho, pues a la vuelta la pusieron el mote de “Popo”.


Cada vez que alguien hace algo mal se sube la camiseta, para taparse la cara. Sucede desde que nos vino a visitar mi primo Manolín, un chaval con el síndrome de Donw. Nos sirvió la jarra con agua. Omar empezó a escupirla cuando dio un sorbo. ¿Quien ha echado agua caliente en la jarra? Todos supimos quien fue, pues se tapó la cabeza con la camiseta, subida por encima.


Hice una poesía a mi primo Manolín, quien nos ha enseñado a sonreír a toda la familia:

Veo un árbol.

Y sobre el árbol

un pájaro.

Sobre el pájaro

una nube.

Sobre la nube

el cielo.

Sobre el cielo

un ángel

y a su lado

la sonrisa de Manolín.


Lo gracioso es que se la aprendió e inventaba muchas más que fueron igual, sólo que cambiaron los nombres del final: Teresita (así llama a Elsita) , Remelín (que es como llama a Ramirín) , Naira (a Daira), Oná (a Omar) y Rayo.


Nos hacía mucha gracia a toda la familia ver a Elsita sonriendo, con su sonrisa de balcón, porque le faltaban los dos dientes centrales de arriba. A ella le gusta, sin que nos pongamos pesados, que le digamos “Elsita sonríe” y luego le digo, “¡sonrisita de balcón! que simpática es mi sonrisita de balcón“.  Cuando se ríe sin enseñar los dientes ni el balconcito es, entonces, ¡sonrisita de delfín!.


Todos los hermanos se ríen y Omar también, cuando cuento lo que le pasó a éste al empezar a ir al colegio. Tenía muchas ganas de hacerlo, pues Rayo, el mayor ya iba y él siempre fue conmigo a buscarle. A Rayo le preocupaba que se quedase Omar jugando con sus juguetes en casa el solito y le teníamos que prometer que nos quedábamos cerca del cole, esperando a que saliera. El primer día de colegio Omar fue contento y con muchas ganas. A la profesora le pareció extraño, pero como quería ser como su hermano mayor, tenía una explicación y así quedo la cosa. El problema fue a la mañana siguiente. “Omar, Omar, a levantarse que hay que ir al cole“, le llamamos. “¿Otra vez?” contestó. Ya no le hacía tanta gracia tener que ir todos los días. “Y no te quedan años de ir”, se me escapó decirle. A Ramirín y Elsita les hace mucha gracia esa anécdota de su hermano. A Omar ya casi que no le hace reír y gesticula una sonrisa estirada  como que pasa del tema. Es que ya es mayor.


Henry Bergson hizo un estudio sobre la risa, pero lo que hay que analizar son, también, las circunstancias en las cuales sucede eso de reír. Rayo, el hermano mayor de Ramirín y Elsita, se dejó una cresta de pelo, que en días de fiesta se puso de punta al estilo punky, con gomina unas veces y otras con una mezcla de agua y azúcar. Viene a cuento este comentario, pues una vez comiendo cocido hubo una cresta que nadie quiso, excepto quien escribe. Les conté a los demás que la primera vez que probé una fue en Zamora, que la pusieron de aperitivo, aunque, a diferencia de León, allá hay que pagar la tapa. En este contexto, Ramirín dijo ¿es cresta de gallo o cresta de Rayo?  ¡Y lo que nos pudimos reír! Lo cual, cuando llegó Rayo no le sentó nada bien, dicho sea de paso y menos que repitiéramos el chiste familiar una y otra vez. Porque cuando un chiste hace gracia Ramirín y Elsita no paran de contarlo durante varios días seguidos. casi hasta que deja de ser gracioso.


Cuando Ramirín tenía cuatro años  fuimos a pasear durante las vacaciones de Navidad, junto con la tía Lola.  Pasamos a una tienda en la que estaba Papá Nöel, el de verdad. Ramirín quedó impresionado, pues como dijo después, es grande como una montaña. Al acercarse a él, le preguntó el nombre: “Ramirín, me llamo Ramirín” dijo tímidamente. ¿Has sido bueno? preguntó papa Nöel. A lo que Ramirín contestó que sí, pero muy bajito. ¿Y qué quieres que te traiga para el día de Noche Buena? Le preguntó con una voz atronadora. Una trompeta, dijo Ramirín sin que se él le oyera. Más alto que no te oigo, replicó Papa Nöel. ¡Una trompeta! dijo decidido Ramirín con ímpetu de voz. Con una voz aún más atronadora el papá Nöel le dijo: ¡Tú tendrás una trompeta! Y efectivamente así fue, Ramirín tuvo de regalo en Noche Buena una trompeta. Y dos años después una de verdad, pues se apuntó a este instrumento en la escuela de Música.


Un chiste que contaron a Ramirín nos hizo mucha gracia cuando él lo repitió en casa: Una señora va por la calle paseando con su gato. Una vecina se cruza con ella y  pregunta ¿Araña? Respondió: No, gato“. Otro es de Lepe: “Por qué sus habitantes no entran en la cocina? Porque hay un bote que pone “sal“”.


El chiste en el que Elsita es especialista, por lo bien que lo cuenta y lo que se ríe ella y los demás, es uno en que hay tres personas que se llaman “Tonto”, “nadie” y “ninguno”. Uno desaparece y otro acude a la policía, a quien le dice: Oiga nadie ha desaparecido y ninguno lo ha visto. El policía le dice ¿usted es tonto? Y éste le saluda, sí, encantado de conocerle. Y también el de un señor que tiene la boca abierta y una señora le dice, “oiga cierre la boca, que en boca cerrada no entran moscas” Y el señor le dice con la boca abierta, ya, pero ¿qué hago con la que tengo dentro?”.


Eso de contar chistes no es fácil. Cuando no hacen gracia, sobre todo por la manera de expresarlos,  Ramirín, Elsita y sus hermanos tienen por costumbre decir con cierto ritmo irónico: “Ja, ja, ja nos ha hecho mucha gracia” y repetir esto tres o cuatro veces.


A los dos les gusta que les cuente cosas de cuando eran unos pequeñajos. Una de ellas es cuando el portal del edificio en el que vivimos estaba a oscuras y para encender la luz les decía que la llamasen: “Luz, luz, ven”. Les hice mirar a la ventana que está al otro lado del interruptor. Le apretaba y la luz se encendía. Les contaba, que al llamarla, cuando es de noche, la luz se metía en la bombilla cuando se la llama. Y claro la primera luz que vino cuando se la llamó fue con el fuego, por eso se denomina “llama” a la llama de fuego. A Elsita siempre le gustaron estos cuentos, pero Ramirín me miraba con los ojos medio cerrados y el morro hacia afuera de la cara y constreñido. Por eso  quiere ser inventor, pero no para inventar historias, sino cosas de verdad.


Otra historia que les da mucha rabia es una en la que han caído todos los hermanos. Al volver del colegio pasamos por un kiosko, en el que compro la prensa diaria. Y digo diaria, porque una vez le mandé al mayor, Rayo,  cuando tenía cuatro años, que comprase el periódico de mañana. Al hacerlo se enfadó cuando se dio cuenta de la broma. Luego quería que se la hiciera al siguiente, y ésta al otro, hasta llegar a Elsa que se puso a darme patadas, a mí y también a Ramirín. Ella ya no podrá pedir que se haga picar a otro hermano más pequeño.


Elsita es la quinta de sus hermanos, y eso le da cierta categoría, pues en Santíbañez de la Isla cuando los mozos cumplen dieciocho años celebran ser los “quintos”. En la fiesta de navidad colocan el día de fin de año una rama de pino en las puertas de las casas. Al día siguiente pasan a pedir el aguinaldo. Luego celebran con  los amigos una cena. Antes fuer una costumbre  de quienes les tocaba ir a la mili. Ahora lo hacen chicas y chicos. Pues Elsita siempre lo es sin tener dieciocho años, ¡es la quinta de los hermanos!.


Ramirín fue un poco cabezón de pequeño. Refunfuña cuando se lo decimos, pero le recordamos lo que pasó una vez en Marne. Quería galletas y la tía Lola tenía unas, pero eran cuadradas. Él las quería redondas y lloró desconsoladamente, porque quería galletas ¡redondas! Como no paraba de llorar tuve que ir con un vecino a la tienda de otro pueblo, para que tomase sus galletitas ¡redondas!. Con esta historia más que reírse, sus hermanos lo que hacen es burlarse de él y empieza el follón. Quedará como seña de identidad de Ramirín. Respecto a mí, han pasado muchos años, y todavía mis hermanos recuerdan o nombran, para picotear el ambiente, cuando  me fui de viaje en bici, casi que para recorrer el mundo. Al llegar a Chinchón, un pueblo de Madrid,  se pinchó la rueda. No logré arreglarla, pues fueron varios los pinchazos y estaba cansado. Llamé a mi padre para que me fuera a buscar con el coche. Desde entonces si alguno de mis hermanos me quiere picar, dice “papá, he pinchado”, lo cual todos saben a qué se refiere.


Y hablando de redondez, Ramirín no entendía cómo la tierra puede ser redonda, porque los de abajo se caerían y andarían al revés. Veía la bola del mundo y observó que los españoles andaríamos inclinados. Su conclusión fue que la tierra es plana. Sus hermanos mayores, Rayo y Omar se reían de él y le llamaban “burro”. Entonces les dije que nos explicaran a él y a mí como es que siendo redonda no pasa lo que se plantea Ramirín. No es fácil de entender, aunque se explique con teorías que hay que estudiar para comprender. Fue Ramirín el que se rió de ellos, pues aunque la tierra fuera redonda, porque se ve así desde la Luna, él tenía razón. Ahora bien cuando le pregunté que como se sujetaba y de donde, para no caerse si es plano, se quedó callado con gesto de no saber. La conclusión fue que tenía que estudiar mucho para entenderlo.


Cuando los dos hermanos mayores de Elsita la quisieron hacer de rabiar, porque había hecho alguna pillería, canturrearon “te hemos pillado, te hemos pillado”. Ella, con la misma música les contestó: “qué más me da, qué más me da”. Les dejó cortados y ellos tres y todos los que estuvimos presentes nos partimos de risa.


Pero para corte el que me llevé con mis sistema educativo familiar de puntos. Pensé que es mejor dar puntos cuando se portan bien, en lugar de castigarles cuando se portan mal. Cuando se acumulan veinte se tiene derecho a un regalo. De tal manera que si se portan bien y son educados  ganan puntos. Si no recogen los juguetes o se insultan los pierden. Este sistema funcionó algún tiempo, pero una vez fuimos a ver a mis padres. Les recordé que dieran un beso a los abuelos y Daira, Ramirín y Elsita saltaron con la pregunta: ¿Cuántos puntos nos das si se lo damos? Desde entonces se acabó el sistema de dar puntos.


Un chiste que contó Daira: “Un señor dijo a otro, por la noche  después de ir de copas: vamos a tomar un taxi. El otro le contesta:  Es mejor no mezclar“.


Otro de Ramirín: Un señor se traga una aguja de un tocadisco y dice: no me afecta, no me afecta, no me afecta, no me afecta“. Lo gracioso es que él, que lo contó y Elsita no lo entendían, pues no conocen los tocadiscos. Al decirles que es que se había rayad el disco, por repetir la frase, tampoco saben el significado de esa expresión. Se quedaron con la copla, pero sin entender el chiste y eso fue lo realmente gracioso para mí.


Este también lo trajo Ramirín: “Mamá, mamá, en el cole me llaman gordo. ¿Y a mí qué? – dice la madre. – A mi ballena“. Ramirín tiene que aclarar que quien se queja de que le llamen gordo es el hijo de una ballena. Y otro: ¿Cómo sacarías a un elefante de una piscina? – Todos piensan sin saber a ciencia cierta cual es la respuesta: ¡mojado!.


Elsita se inventó una adivinanza muy buena, que al saber cuál es la respuesta hace aflorar una sonrisa: “Un animal peludo que se arrastra” ¡La escoba!.


Les cuanto lo que una vez hizo una amiga de la familia, cuando sus tío y yo fuimos pequeños. Es Antoñita, con la que fuimos a veranear a Galicia. Al llegar de noche a la Toja no hubo alojamiento y dormimos en el coche. Para  entretenernos en la velada contamos chistes. Antoñita se reía mucho de los que contó mi hermano Gaby, a quien le costó mucho soltarse en este menester. Al finalizar Antoñita dijo: “No me han gustado nada, pero me río para que te animes y sigas contando chistes”. Cada vez que contamos ese episodio nos reímos un montón. A Ramirín y Elsita también les hace gracia, pero no entienden exactamente por qué dijo aquello. Antoñita era así.


Otra historia que les cuento, sobre el día de san Valentín, es una que a su vez me contó mi padre. Una vez mi madre fue a Sevilla con sus hermanas. Al volver mi padre y mis tío fueron a buscar a sus respectivas esposas. Mi padre se presentó con un ramo de flores, romántico él. A los demás tíos les dio vergüenza hacer lo mismo. El caso es que al llegar mi madre y  mis tías se quedaron impresionadas. Mi madre no supo ni qué decir, y al acercarse a mi padre, no se le ocurrió otra cosa que preguntar ¿para quién son? Y mi padre en plan de broma y queriendo decir “¿para quién van a ser ¡ay!” dijo que eran para el jefe de la estación. Mi madre las cogió, pero al ver las oficinas de Renfe  preguntó si allá estaría el jefe de la estación. Todos se pusieron a reír, y es que mi madre ante ese gesto, y gesta del corazón, se puso muy nerviosa y la dio un poquito de corte verse tan agasajada.  Elsita y Ramirín siempre dicen, entre carcajadas, “pero si eran para ella ¡anda que si se las llega a dar al jefe de la estación!”.


Otra historia que cuentan sus otros abuelos, y que también les hace gracia, es cuando una vez, en las fiestas del pueblo dos amigos se despidieron, pero uno acompañó al otro. Al llegar al pueblo de éste no le iba a dejar solo a su amigo,  e hizo lo mismo y le acompañó hasta el pueblo del que partieron. Al llegar otra vez lo mismo y se pasaron toda la noche acompañándose uno a otro. Ramirín y Elsita quisieron saber como acabó la historia, pues si no termina seguirían yendo de un pueblo a otro. Les dije que cuando fue de día, decidieron llegar a la mitad del camino y allá cada uno fue para su casa, como dice el refrán “cada mochuelo a su olivo”. Y surgió otra historia pues los dos me preguntaron ¿qué es un mochuelo?.


Un medio chiste que les ha gustado mucho a Ramirín y Elsita, es cuando les duele la tripa y dicen “me duele aquí”. Les contesto, “pues ponte allí”. Luego, a veces dicen que les duele aquí, para que les diga que se pongan allí, y se ríen.


Cuando compran pan cogen chapata, barra normal o rústica. Les cuento que cuando yo fui pequeño, como ellos, la barra de pan se llamó pistola. ¿Por qué? preguntan. Porque sirve para matar el hambre. Y juegan con el pan como si fuera un arma. Alguna vez se les cayó el pan y les he tenido que regañar, lo cual no les hace gracia, pero eso de que al pan se le llamase pistola sí.


Cuando Ramirín cumplió nueve años durmió aquella  noche con un pañuelo  colocado en su cabeza. Despertó con él puesto y le pusimos la cuelga, sin poder tirarle de las orejas ¡y es que se lo puso a posta, para evitar que nadie diera tirones de oreja! lo cual nos hizo mucha gracia a todos. ¡Este Ramirín es la leche!.


Otro chiste de Ramirín, se lo contaron en el colegio: Un papá le pregunta a su hijo ¿qué quieres ser cuando seas mayor? “Jilipollas”, contesta el chaval. Todos se asombran y su padre le pregunta que por qué. Para ser igual que  quien tú dices: “mira ese jilipollas que cochazo tiene”. Elsita no lo entendió y la tuve que explicar que lo que quería el chico era el cochazo y como su padre le llama jilipollas, creyó el hijo que para tenerlo había que ser un jilipollas. Lo cual es la esencia del chiste. Elsita dice “Ah, sí, pero no la veo yo muy convencida de haberlo entendido.


Cuando llevé una vez a clase de música de Elsita, con Ramirín acompañándonos, dijo éste que veía cuatro estrellas. Ni Elsita ni ya las vimos, por más que recorrimos el cielo con la mirada, de un lado a otro. Hasta que las señaló. Fueron las que lucen en la fachada de un hotel en la parte de arriba. Se rió de que hubiéramos picado.  Yo le dije que vi dos más. Tampoco las vieron por ninguna parte, hasta que les dije que eran ellos. Pero no querían, pues dicen que eso no vale, que para ser estrella tiene que tener su forma. Ahora bien, cuando me pillan de sorpresa, sobre todo Elsita, que está muy atenta, dice “mira una estrella” y luego: “has picado, has picado”, porque he mirado al cielo para ver si localizo a alguna. Pero ella insiste, por otro camino: Sí que hay una. No, menos las del hotel no veo ninguna otra. “El sol” responde ella, toda pizpireta, “porque el sol es una estrella, aaaaah”. Efectivamente lo es.


Una vez les conté el cuento de la sonrisa, o del valor que tiene sonreír. Les dije que estuve en África, pero ninguno de los dos se lo creyó. Pero, bueno, una vez que estuve en África vi una aldea en la que los leones comían a sus habitantes. Los felinos rodearon el poblado y por la noche entraron para comer a uno de los  habitantes del poblado. Éstos decidieron combatirles para que dejaran de entrar y hacer lo que fuera  para que se marchasen de sus alrededores.  Los más forzudos fueron vencidos por los leones. Enviaron a los más feos, para asustarles y tampoco dio resultado. Una chica joven fue a enfrentarse a los leones. Todos sus familiares y vecinos pensaron que moriría en el intento. Sin embargo ningún león la atacó, ante el asombro de todas las personas de la tribu. Avanzó entre las fieras, que se acercaron acariciándola con su melena. La cola de las leonas fue un pincel con el que le pintaron caricias. Al cabo de un rato se fue. ¿Sabéis lo que hizo? Sonreír. Ramirín y Elsita no quedaron muy convencidos de esta historia, porque a Ramirín le hubiera gustado que con una lanza espantasen a todos, pero los dos supieron  lo importante que es sonreír.


Hablando de sonrisas, lo que cuento seguidamente ocurrió de verdad, cuando Elsita y Ramirín fueron más pequeños. A veces les narro aquella situación. En la Plaza Mayor hay, desde hace cuatro años, un hombre con barbas, que siempre le saludo y me saluda. Alguna vez hemos intercambiado algunas palabras, sobre todo respecto a la inestabilidad del clima. Pasa el tiempo en los soportales y en ocasiones se le ve en otra plaza cercana, la de San Martín. Un día iba con Elsita en el cochecito y con Ramirín al lado, y se acercó. Me paré. Me pareció extraño, pues a mí nunca me pidió dinero ni yo se lo di. Gracias, me dijo. ¿Por que? le pregunté. Porque me saluda y me sonríe, comentó y también él sonrió, sonrió más que otras veces que suele hacerlo con un gesto nublado.


Ramirín y Elsita, cuando les atrae un cuento no paran de hacer preguntas al respecto, lo que a veces da pie para contar otro. La verdad es que los cuentos son para ser contados. Escribirlos es una referencia, para luego narrarlo y adatarlos, cuando se cuenta,  a quienes lo escuchan. Yo, siempre meto entre los personajes los cuentos a ellos dos. Lo cual les hace vivir más intensamente la historieta.


Hay una serie de cuentos que les he contado, adaptado a ellos. Yo los he oído en diversos ambientes, o leído. Son cuentos sin autor, que vuelan entre los que los narran porque ven un interés en contarlos. En ocasiones he dicho: según cuenta Rimponché. Otras veces que me lo contó un señor en el parque del Retiro. Es como muchas frases que cada cual la atribuye a un autor. Qué más da, si lo que importa es lo que contienen. De los que dejo constancia es porque ha dibujado en ellos una sonrisa y en otros discusiones llenas de alegría.


Bueno, a veces un cuento se ha convertido en una discusión, como cuando conté a Daira el cuento de las ranas, para que nunca deje de insistir en el empeño de conseguir algo. Ese de que dos ranas caen en un cubo de nata, y patean para no hundirse, y pasa el tiempo y una se desmoraliza y la otra insiste en que siga, pero la que pierde las esperanzas se acaba hundiendo. La que persevera llega un momento en que se da cuenta de que está en algo sólido y puede saltar, porque con el movimiento de las patas la nata se convirtió en mantequilla. Lo que se le ocurrió a Daira fue decir  ¡que asco! vas a untar mantequilla y ¡una rana dentro, puaj!  Adiós cuento. Y encima plantea que si la rana fuera inteligente se hubieran puesto en un borde, para hacer que cayera el cubo y no hubiera hecho falta tanto pataleo y tanto cansancio. Yo le dije que con el peso de la nata el cubo no se podría caer y Yolanda explicó que no se puede pedir que una rana sea inteligente. A Daira el cuento no le gustó. Entonces ¿para quien son los cuentos? ¿para los mayores o para los niños? Porque en eso de los cuentos hay mucho cuento.


Claro que para cuento el que les metí de un profesor mío de matemáticas. Se lo conté estando todos delante, pues iba especialmente para los mayores. Sobre mi profesor del Instituto san Isidro, de Madrid, el profesor Navarro. Era buenísimo. Nos dijo que quien entendiera el enunciado correctamente había resuelto el 50% del problema. Nos enseñó los contenidos y los trucos para resolver cualquier ecuación. Y nos aconsejó dominar la regla de tres, pues vale para resolver las dificultades prácticas de una manera clara y concisa. Les dije que este profesor iba a los exámenes con un cuchillo. Rápidamente saltó Ramirín ¿para asustar a quien no aprobase? ¡Todo lo contrario! le dije. Fíjate si era bueno que decía que si alguien suspendía él se cortaba un dedo. Ramirín no sólo no se lo creyó sino que dijo que él suspendería para que se cortase uno de verdad. Fíjate si era bueno, le dije, aquel profesor, que hasta los ramirines que querían suspender no podían por lo bien que nos hizo aprender las lecciones. Tampoco Elsita se lo creyó y los demás me abuchearon.  Pero Ramirín preguntó ¿y nunca se cortó el dedo? Nunca, fue mi respuesta. Menos mal, decía Elsita, y añadía que ella nunca se cortaría un dedo si alguien suspendiese. Rayo saltó con que él se lo cortaría al que suspendiese y les aseguró que ellos iban a suspender las matemáticas. Ramirín y Elsita empezaron a correr dando gritos asustados.


No pocas veces piden que les cuente algo que ya les he contado. Una historia es la del barquero que cruza el río en barca junto a un profesor, pues hubo zonas y épocas en que no hubo puentes en algunos lugares. Ramirín si viviera cerca de un río también iría en un barco, aunque haya puentes, pues es más emocionante.  El caso es que después de discutir entre ellos, sobre si el río lleva mucha corriente o no, o en cuanto a si no se puede ir de orilla a orilla en caso de que llueva, o si se hiela el agua, me dejan que les diga lo que el profesor le dijo al barquero, que si había leído el Quijote de Cervantes, y el barquero dijo que no. Luego le preguntó que si había leído el teatro de Sakespeare, o el de Calderón de la Barca. Claro que a estas referencias Elsita y Ramirín no paran de preguntar quienes son o que les cuente algo de ellos. El caso es que el profesor de la barca le dijo al barquero que si no los había leído había perdido media vida. En esto que el barco se empieza a hundir y el barquero le pregunta que si sabe nadar, a lo que el profesor contesta que no. El barquero le dice que entonces ha perdido la vida entera. Se lo cuento para que vean el valor de los conocimientos prácticos. Elsita y Ramirín dicen que que tonto ¡no saber nadar! Pero creen que el barquero le tuvo que ayudar a salvarse.


Para aprender a aprender les entusiasma aprender palabras en inglés que ya saben, como Foot, pie. Ball, balón, de fútbol. Super, gran. Man, hombre; de superman. Girl, chica de super girl. Spider, araña; de spiderman. Mikey, Miguel. Mousse, ratón. Litte, pequeño, de la película “pequeño ratón”. Raby, conejo, de la peli “Robert Raby” el conejo Robert. Window, ventana, lo cual ven cuando encienden el ordenador.  Witch, bruja, título de una revista que gusta mucho a Daira. Hood, bosque, por Robin Hood, Robin de los bosques. Bat, murciélago, de Batman. Power, poder. Ranger, jefe, de powerranger. Hall, entrada. Corner, esquina. Money, dinero. Star, estrella y War, guerra, de starwar, guerra de las galaxias. Snipe, serpiente, profesor de Harry Potter. Fashion, moda. Wall, muro, street, calle, de wallstreet. Christmas, Navidad, sin que tenga que ver con la crisma de romperse la crisma, en castellano. Y otra merry, feliz, de Merry Christmas. Y very, muy. Y good bueno, de very good.  Además de yes, one, two, thre, four, five, goodbye, hello, i love (que ven en muchas pegatinas) y thank you. También se dan cuenta de que el orden de las palabras cambian del español al inglés. ¡Todo un idioma inglés para andar por casa!.


Otra palabra en inglés es water, que da lugar a saber dos: water cloos. Water, agua y cloos, cerrado, que es como se dice cuarto de baño en inglés y en castellano cursi. Lo de cloos lleva a aprender open, abierto. Pero con water hay una historia que les he contado alguna vez. Una vez que viajaba en un avión , un señor pidió a la azafata “water”, que pronunció parecido a “güota”. La azafata le llevó un vaso pequeño con agua. Melquiades, que es como se llama, dijo con un gran enfado: “he pedido agua, no una gota de agua”. Mi padre dijo que no nos acercáramos a ese hombre, porque se le veía muy cascarrabias. Pero a lo largo de toda la excursión nos hicimos muy amigos. Trabajó de cámara de televisión  y fue actor. Realizó pequeños papeles, tan pequeños que los llamaba “milimétricos”. me regaló una camisa blanca con muchos adornos, en dos franjas laterales y me enseñó a terminar los discursos: Y no prosigo más, porque la emoción me embarga y cuando esto ocurre el cerebro se perturba”. Y cada historia que me contaba y dejó a medio contar terminaba de esta manera.


Con el tema del inglés el primo de Ramirín y Elsita, Pablito, nos gastó una buena jugada. ¿Qué significa coco?  ¡Huevos!  Yo le dije ¿Huevos fritos?, y él dijo que no de los de abajo. Con sus seis años nos quiso demostrar así que empezaba a dar clases de primero de primaria en bilingüe. Y Elsita me hizo picar cuando me dijo que mamá en inglés se dice mami. Rápidamente me adelanté y dije, y papá papi. Se empezó a reír diciendo que no, y con una sonrisa de oreja a oreja me aclaró que se dice dadi. Quedé como un tonto de inglés, pero ella adquirió mucha confianza.


Cuando no están a gusto en la habitación les cuento lo que la pasó a una familia de la India que vivían en una habitación más pequeña que su cuarto los padres, siete hijos y dos abuelos. Dicen que es imposible, que no caben. Entonces les digo que, bueno, que aquella casa es algo más grande que su habitación. Aquella familia de la India no paró de quejarse, lo cual no extrañó a Ramirín ni a Elsita. Fueron a ver al sabio del pueblo. Éste les preguntó si tenían gallinas. Sí, gracias a ellas podemos comer huevos. Pues metedlas en la casa. Elsita y Ramirín  se pusieron a dar gritos, pues consideraban que eso iba a ser peor. En realidad los niños son auténticos rompedores de cuentos. Les pedí que esperasen al final. Efectivamente estuvieron peor y fueron a ver al sabio, para quejarse de su consejo. Les preguntó si tienen un  cerdo, y le dijeron que sí. El sabio les indicó que lo metieran en casa. Elsita y Ramirín se echaron las manos a la cabeza. Por supuesto esta vez iban a volver, pero para cantarle las cuarenta al sabio, quien, a pesar de todo,  les pidió que probaran a meter una vaca. Dispuestos a darle un par de patadas en el culo al ir a verle otra vez, el sabio les dijo que antes sacasen a las gallinas. Una semana después se quejaron al volver, pero menos. No conformes se acercaron a él nuevamente y les dijo que sacasen al cerdo y días después que también a la vaca. Entonces reconocieron que estaban de maravilla sin los animales en casa. ¡Pues estaban como al principio! observó Ramirín. Pero al probar situaciones aún peores, al menos se conformaron   y lograron adaptarse a su situación y se conformaron con ella. A Elsita le impresionó esta historia, pues pensaba que los animales se harían caca en el suelo. Y la vaca podría dar una cornada a alguien y las gallinas picotazos. Ramirín dijo que el no hubiera hecho caso al sabio y que para él  no es un sabio.


Para salvar el cuento anterior les conté que un amigo mío se ponía un garbanzo en el zapato, para estar más a gusto cuando se lo quitase, a lo que los dos contestaron que era un amigo tonto, casi tanto como el sabio.

Pero no desistí. Les conté, en otra ocasión un nuevo cuento de un sabio. Un sabio al que un niño y una niña (Ramirín y Elsita) quisieron engañar. Idearon un plan, que fue coger un pajarito y preguntar al viejo sabio si estaba vivo o muerto. Si decía que vivo, apretaban sin que se notase y estaría muerto. Y si decía que muerto, abrirían las manos y se pondría a volar. Dijera lo que dijera fallaría.  Cómo se rieron Elsita y Ramirín, pues no había escapatoria para el sabio. Iba a quedar como un tonto. Con tal perspicacia fueron a ver al viejo sabio (¿Y qué es perspicacia? preguntó Elsita. Pues un ardid. ¿Y qué es un ardid? ídem Ramirín. Como una idea un poco pillina, les contesté finalmente)  Viejo sabio, viejo sabio, ¿el pajarito que traemos está vivo o muerto? le preguntaron el niño y la niña al sabio. A lo que el viejo sabio les contestó: la vida del pájaro está en vuestras manos. Claro que los niños se quedaron cortados, pero no así Ramirín que dijo que le tenían que haber soltado para que no estuviera en sus manos. Siempre que se cuenta un cuento hay alguna sorpresa, pues a Elsita, por ejemplo, no le gustó porque no quería que se matase al pájaro. Pero si no le matan, dije, pero a ella le preocupó que el viejo sabio dijera que estaba vivo, porque entonces sí que lo habrían matado. Este cuento lo narré en un despedida del colegio de los niños, a los mayorzotes, que pasaban al instituto, para explicarles que no se engañen pues la vida de cada uno esta en sus propias manos. Una vez paseando por la calle un chico me saludó y se presentó. Me dijo que le había gustado mucho aquel cuento.


Hay un cuento que no se lo he contado a Elsita y Ramirín, para que luego no tengan pesadillas  ni den vueltas sobre él. Pero sí a los mayores. Hay unas época en que no paran de recriminar sobre si es justo o no la justicia sideral, o sea, que se les deje hacer lo que les dé la gana. Me puse en plan socrático con Rayo y Omar, con lo que les planteé ¿qué es la justicia? Pregunta compleja, pero se lo compliqué aún más. Si un padre mata a un hijo  habría que llevarle a la cárcel. Sí, respondieron los dos a coro. Sin dudarlo. Entonces les conté algo que pasó hace muchos años en un pueblo del polo norte. Iba en trineo una familia. De repente una manada de lobos les persiguió. No podían correr más. Si les pillaban les comerían a todos. La madre iba con el más pequeño en brazos. El padre pensó tirarse el, pero el vehículo descarrilaría y todos perderían la vida. Dejar a los perros, tampoco podía, pues no podrían huir. Si la madre se tiraba el pequeño moriría de hambre pues no podrían darle el pecho ni cuidar del iglú. Si se querían salvar tenían que quitar peso para ir más aprisa. Echaron fuera todas las mantas, todo, pero los lobos seguían tras ellos. Tenía que hacer algo y decidirlo con rapidez. Con él iban tres hijos más. La hija ayudaba a su madre. Al mayor le necesitaban para acompañarle en la caza. Cogió al tercero y le empujó. Los lobos dejaron de perseguirles. Fue algo atroz, pero si hubiera tardado un segundo más todos habrían caído en las fauces de los lobos. Cuando la policía supo de aquello le detuvieron para que le juzgasen.  Así termina el cuento. Claro que  Rayo y Omar preguntaron insistentemente que qué había dicho el juez. Eso cada uno lo tiene que pensar él mismo. ¿Es culpable o inocente? A Ese padre le dolió más que a nadie la muerte de su hijo, pero es cada uno el que debe responderse a sí mismo si fue culpable o inocente. Pero no para saber qué haría él, sino para ver que las cosas no son blancas o negras, que dependen de muchos factores y circunstancias que requieren saber de ellas y comprender las cosas que pasan en la vida. No basta juzgarlas por lo que parecen. ¿Qué es, entonces, lo justo?.


Otro cuento que he contado a todos es el de los jesuitas y franciscanos. Para que aprendan a plantear las cosas. Los jesuitas fumaban, antes de la prohibición en los conventos y los franciscanos no. ¿Por qué? Cuando hace un siglo se puso de moda lo de fumar los monjes no sabían si era conveniente fumar en los horarios de misa o no. Lo consultaron entre ellos y no tuvieron una idea clara. Un franciscano y un jesuita fueron al Vaticano para preguntárselo al Papa. Primero pasó el franciscano. Le comentó al santo padre que si mientras rezaban podían fumar. No, contestó, eso es una falta de respeto hacia la oración y el humo ensucia las palabras que se murmuran. Cuando se reza hay que dejar de hacer otras cosas. Desde entonces los franciscanos no fuman en sus conventos. El jesuita entró después y preguntó si mientras se fuma se puede rezar. El papa le  explicó que orar se puede en todo momento, pues la oración todo lo purifica, cuantos más mejor y acompañando a todas las cosas que se hagan, por lo cual les dejó fumar a la vez que rezaban y desde entonces en sus conventos sí  se puede fumar. Moraleja, cualquier cosa se puede conseguir según como se plantee. Ya les digo que si hacen en plan borrico cualquier petición no conseguirán nada, pero si lo negocian y plantean con educación es posible que logren lo que quieren o al menos algo más que si se les contesta directamente que no por ser demasiado exigentes.


Los cuentos son para contar, si se escriben es para que alguien los cuente, de otra manera se disecan. Desde luego no son para leer, y menos los niños, a no ser que sea para recordar algo que se ha contado. Cuando se les cuenta algo siempre esbozan una sonrisa, que puede ser de sorpresa, ¡anda!. De asombro ¡oh!, de pillines, “ji, ji, ji”. De no haberse enterado mucho, ah. Y de partirse de risa, sin ser un chiste, ¡ja, ja, ja!.  Lo que deben de leer es lo que se escribe para escribir. La mayoría de los cuentos están escritos para los mayores.


Otro cuento gracioso también es de frailes. Para los niños un fraile es una personas que se disfrazan con un sayo y un capirucho. El Papa es un hombre muy importante que manda en todos. Una vez el Papa quiso hacer ver que la tierra no es redonda, como decían algunos. Y lo iba a comprobar. Llamó a dos frailes, que como no trabajan ni tienen familia podían dedicar años y años a comprobarlo. Les mandó caminar en  línea recta  hasta llegar al horizonte. O sea adonde termina el mundo, pues nadie había llegado, pero ellos tenían que llegar y volver para contarlo. Pasaron meses y más meses y los dos frailes se cansaron de caminar. Uno le dijo al otro, que estuviera donde estuviera el horizonte siempre es igual, y que de llegar al final sería un sitio en el que el cielo va bajando hasta que se junta con el mar o con la tierra. Si era así, ¿para qué iban a seguir andando?. Así es que volvieron y describieron de esa manera el final de la tierra, más allá del cual no pudieron pasar. De esta manera comprobaron empíricamente que la tierra es plana. Los científicos cada vez conocían más datos de que era esférica y rebatieron al Papa. Habían pasado muchos años y era otro nuevo Papa el jefe de la iglesia y aquellos frailes murieron. Quedaba sólo el escrito de aquella experiencia. El nuevo Papa decidió rebatir a toda la ciencia y propuso la misma  operación. Pasaron años y años y los nuevos frailes volvieron al sitio de donde partieron. El Papa les dijo que le contasen como era el final de la tierra, a lo que respondieron al volver que no lo habían visto. Pero si volvieron al mismo lugar de partida es que la tierra es redonda., por lo que empíricamente quedó demostrado. De manera que las cosas hay que demostrarla, pero sin falsear los datos.


Una vez a raíz de una noticia de la tele, respecto a que si la clonación puede hacer alargar la vida, Daira dijo que a algunas personas se les congelaba, hasta que se descubriera cómo curar la enfermedad que tenía. Discutieron entre todos si es posible o no.  Ramirín dijo que si él enfermaba de algo grave se quería congelar. Le dijimos que en lugar de venir de vacaciones le metíamos en la nevera y al volver le sacábamos, pero eso no quiso. Ya nos empezamos a reír. Al final les dije que con una rata ya se había experimentado y que tras varios años de estar congelada  la despertaron, pero a los pocos minutos murió de una pulmonía. Todos se rieron un montón. Fue un chiste, claro.


Elsita contó un chiste que se inventó, además de otros que leyó en un libro que colecciona un montón. “¿Por qué los elefantes tiene trompa? Porque les tiran de las narices“. Le dije que todo chiste tiene un chiste dentro, que es la manera de contarlo. Y también si luego se aclaran, porque oírle explicar algunos de los que leyó nos hizo reír mucho a mamá Yolanda y a mí. Otro chiste especialidad de Elsita es el que hace como broma a su tía Loly, gran aficionada a la suerte taurina: Loly, ¿te gustan los toros?. Ella contesta que sí. ¡Pues entonces eres una vaca!.


Otro chiste especialidad de Elsa es el de un borracho que dice “si por la noche sale el sol, ¿qué sale por el día?” Todos contestamos que en buena lógica, lógica de chiste, claro, “saldrá la luna” Ella contesta que sí y todos nos quedamos cortados ¿ese es el chiste?, preguntamos y ella dice que sí tan campante. Omar, una vez que  lo oyó mientras que comíamos todos juntos, le apoyó con otro chiste de borrachos que nos hizo mucha gracia: “Dos borrachos regresan a sus casas. Llegan a una farola y uno de ellos intenta llamar al timbre. El otro le dice ¿no ves que no hay nadie? porque no abren. Pero el primero insiste y le dice “¿no ves que hay luz arriba?”.


Matilde, una amiga de la tía Lola nos contó un chiste con el que no paramos de reírnos: “Pillaron a un torero, el cual gritaba, cuando le llevaban al hospital, ¡que me den la oreja, que me den la oreja!. Pero chiquillo, le dice su apoderado, si has toreado fatal y te ha pillado el toro. El diestro siguió gritando “que me den la oreja, que me den la oreja, que la tiene el toro en su boca”.


“Mamá, mamá las aceitunas tienen patas. No, le dijo la madre. Pues entonces me he comido una cucaracha“, este chiste lo contaba el abuelo Ramiro. Lo gracioso era ver a Elsita queriendo contar el chiste: las aceitunas no tienen patas, entonces ¿qué pasó?. O una aceituna está con la cucaracha y se la comió. ¿La aceituna a la cucaracha o la cucaracha a la aceituna? Para partirse de risa.


Estando en Santibañez de la Isla, el verano de 2006, Elsita no se dormía y tenía miedo. Quiso que le contara un cuento. Por aquel entonces estuve leyendo la obra de Garci Rodríguez de Montalvo, “Amadís de Gaula”. Estaba medio dormido y se me ocurrió contarle una historia al estilo de aventura medieval: Érase una vez un caballero andante.


– ¿Qué es un caballero andante? – preguntó Elsa.


– Pues un caballero que hace aventuras sin parar.-


– Pero si es caballero va a caballo y si es andante irá andando. –


– Iba a caballo, pero recorriendo caminos, y a veces descabalgaba para andar. –


– Ah.-


Érase una vez un caballero que iba sobre su caballo. Se llama Amadis de Gaula, aunque le conocían como el Caballero de la Verde Espada y otros nombre.


– Pero yo quiero que se llame sólo de una manera.- Me di cuenta de que Elsita estaba peleona, y no sólo con el sueño.


– Bien, pues le llamaremos el Caballero de la Verde Espada. – Me pareció el nombre más adecuado para contar un cuento.


– Las espadas no son verdes. Si es un caballero de verdad no puede tener una espada verde. –


– Puede ser de esmeralda – No le di tiempo para que dijese que no hay espadas de esmeraldas. Quise que se durmiera y el cuento parecía que iba a tener para rato y, con tanta interrupción, cada vez se espabiló más. – Era de acero, como todas las espadas del mundo, pero recorría muchos caminos. Había ido por los bosques. Una vez cuando atravesó uno le atacaron unos ladrones que le quisieron robar. Amadís levantó la espada y en ella se reflejaron las hojas de los árboles. Desde entonces le llamaron Caballero de la Verde Espada.


– ¡Ah! ¿y qué pasó?.-


– Que los venció a todos, pero no mató a ninguno. Ni siquiera los hirió. –


– ¿Y qué hizo?


– Asustó a los ladrones. La espada era enorme, además de ser verde y que no existía, por lo cual  pensaron que tendría poderes especiales, y además Amadís no paró de gritar. Al ver lo fuerte y valiente que era los asaltantes salieron corriendo. –


– Que cobardicas. ¿Y qué más?. –


– Fue a ver a la princesa que vivía en un castillo. Se llama Oriana, vestía con un traje rosa, muy bonito, y mandó preparar un manjar para cuando llegase el caballero que le amaba. –


– ¿Y cómo sabía que iba a ir? En aquellos tiempos no había teléfono.-


– No te he dicho  de qué época es el cuento. –


– ¡Pues la época de los cuentos! y no había teléfonos ni coches. Si hubiera coches no iría a caballo. –


– Cierto, cierto – Fue bastante lógico lo que dijo. Le iba a contar que pudo haber ido antes un paje, o que le avisaron mediante palomas mensajeras, pero no quise espabilar  más a Elsita, así que fui al grano. – Es que la princesa le esperaba todos los días porque le amaba. Y todos los días preparaba un manjar especial para recibirle, que luego, si no iba, lo comían quienes vivían con ella. Pero ese día llegó. Fíjate qué ilusión. Al llegar a la puerta del castillo Amadís de Gaula gritó: Soy el caballero de la verde espada y te amo mucho. He recorrido muchos lugares y pasado muchas aventuras para venir a verte. La princesa, al verle,  ordenó que le abrieran la puerta. Ésta comenzó a bajar – Otra vez se espabiló Elsita, cuando pensé que ya se estaba durmiendo. Le expliqué que en los castillos la puertas  suben y bajan, en lugar de abrirse y cerrarse, porque sirven de puentes, por los que hay que cruzar el río que rodea la fortaleza con el fin de protegerles de los enemigos. Resultó ¡que Elsita ya lo sabía!


Al entrar el caballero de la Verde Espada vio a la princesa y se arrodilló ante ella, lo que en lenguaje caballeresco es ponerse de hinojos (¿Y que son hinojos preguntó Elsita? las rodillas)  No es que nuestro amigo Amadís fuese cursi, es que es un caballero. A pesar de lo fuerte y valeroso que es llora cuando su amada está ausente, lo cual es de verdad en los libros de caballería.


– Princesa, que bonita eres – dijo Amadís.


– ¿Qué?-


– Que que bonita eres.-


– ¿Qué dices? –


– ¡Que eres muy bonita – dijo con un gran vozarrón el caballero de la Verde Espada. Elsita se empezó a reír y yo también. Nos partimos de risa.


-Gracias, gracias – dijo la princesa, un poco estirada y con gesto de presumida. –


-He venido a decirte algo – dijo el caballero.


– ¿Qué? –


– Que he venido a decirte algo.-


– ¿Quéeee?-


– ¡Que te quiero decir una cosa! –


-¿Y qué me quieres decir? –


– Pues algo – Amadís estaba tan enamorado que no le importó que pareciera sorda.-


– ¡Pues dilo! –


– Es que te lo iba a decir.-


– Bueno, pues dilo de una vez – Dijo la princesa. Claro si tiene algo que decir que lo diga. ¡Que manera de alargar un cuento! Pero si es sorda ¡que se va a hacer!-


– Quiero que te cases conmigo. –


– ¿Qué? –


– Que te cases conmigo. –


– ¿Qué? –


– Que si te quieres casar conmigo.-


– ¿Quéeee?-


– ¡¡Que me quiero casar contigo!! – Tanto gritó que todas las personas que habitaban el castillo le escucharon. Amadís se puso un poco colorado, pues siempre fue muy discreto, tal como lo dice el autor de la novela original.


– Sí, me quiero casar contigo. ¡Qué contenta  estoy! – Y los dos se abrazaron, mientras el resto de los habitantes del castillo aplaudieron.


El rey se acercó a los dos y les dijo que se arrodillasen. A Amadís le colocó la vaina de la espada sobre un hombro y luego sobre el otro. Finalmente sobre la cabeza. Dijo: Desde este momento tú eres el esposo de mi hija. Seguidamente puso la espada delante de la princesa, quien besó el extremo de punta aguda de la espada.


– ¿Y no preguntó si él quería ser su esposo y a ella si quería ser su mujer?  – preguntó Elsita, ya adormilada. Aproveché para apagar la luz de la lamparilla.


En esa época no se hacían ese tipo de preguntas, pero los dos dijeron que sí antes, porque se querían de verdad.-

– ¡Ah!-


La reina dio una flor al caballero y éste besó la flor y se la dio a la princesa que también besó  la flor. Todas las personas que los rodeaban aplaudieron  y lo celebraron, pues los manjares ya estaban preparados. Luego Amadís dijo que iría a ver a sus padres, que viven muy lejos y por eso no fueron a la boda. Cogió el caballo y subió a él a la princesa y fueron a otro castillo lejos de allá. Cuando habían recorrido un tramo la princesa quiso volver.


– ¿Por qué? – preguntó Amadis.


– Porque me canso. Quiero ir en un callo yo sola. – Elsita algunas veces se cansa y quiere que su papá le lleve a caballito.


– ¿Qué? – Preguntó Amadís , quien no paró de trotar.


– Que quiero ir en un caballo yo sola. Así voy incomoda. –


– Queda muy poco – dijo el caballero mientras que galopaban.


– Me da lo mismo.- Y se puso a mover las piernas. El caballero tuvo miedo de que se cayera.


– Es mejor ir los dos en uno. Es más bonito y romántico – dijo Amadís.


– ¿Qué? –  Preguntó la princesa.-


– Que es más bonito ir en un solo caballo. –


–  ¿Qué? – Entonces Amadís dijo “sooo” y el caballo se detuvo.


– ¡Que es más bonito y más romántico ir en un solo caballo! – Gritó


– Pero es que voy muy incomoda.-


A pesar de esa pequeña discusión se querían mucho. Regresaron al castillo de los padres de la princesa y se volvieron marchar cada uno montado en un caballo. El rey y la reina les regañaron pues habían despertado a todo el mundo que dormía allá. Ya no llegaron a cenar al castillo de los padres de él, pero sí a desayunar. Luego durmieron mucho rato pues estaban cansados y medio dormidos de tanto cabalgar bajo las estrellas, pero les gustó porque es muy romántico montar a caballo bajo el cielo estrellado.  Los padres de Amadís les dijeron que aprendieran a bailar e hicieron una bella demostración ante ellos. El caballero y la princesa aplaudieron y prometieron aprender a bailar. Se besaron y el rey y la reina les declararon marido y mujer. La princesa y el caballero mandaron hacer un castillo para irse a vivir solos. Se convirtieron en  el rey y la reina de su castillo. Tuvieron un hijo que fue caballero, Esplandián,  y una hija que fue princesa (lo cual no lo cuenta la historia de verdad) .  Se llaman Ramirín y Elsita. El hijo se casó al cabo de los años con una princesa y la hija con un caballero.  Y así continuaron los cuentos de caballeros y princesas.


Elsita se durmió. A la mañana siguiente  se reía a carcajada de que la princesa fuera un poco sorda y dijera “quéeee“. Le inquietó que se hubieran casado dos veces, una en cada castillo. Le dije que es mejor y que en los cuentos lo que se cuenta es lo que vale.


Luego Elsita me hacer reír a mí, contándome chistes  que leyó en un libro en el que hay  seiscientos. Elige los mejores para contarme:


Una foca que se perdió iba con un hombre.


– ¿Por qué no la llevas a un zoo? – dijo un amigo.


La he llevado al cine, y al parque de atracciones y se aburre, así que no creo que se divierta allí.


Y otro: Un perro lobo le dijo a un osos hormiguero. Mi padre es un perro y mi madre una loba, ¿y tú?.


Pero lo que más gracia me hace y con lo que nos reímos los dos es cuando le digo algo y me dice ¿Quéeee?, o se lo digo yo a ella, en ese tono cómplice de saber el mismo cuento.  Nos acordamos del Caballero de la Verde Espada y de su amada Oriana y nos reímos. Como Ramirín no se sabe el cuento dice que hacemos el tonto.


“¿Sabes cuál es mi nombre de pila? Alcalina. Y si quieres otro chiste: “Duracell” Este chiste me lo contó Luismi,  un padre de una niña  del colegio de ellos. Elsa y Ramirín creen que me lo he inventado yo.  Se rieron poco, pues no sabían qué es eso de nombre de pila. Ya les expliqué que es el que se pone al bautizarse, pero que quien no se bautiza no tiene nombre de pila. ¿Y por qué es de cuando se bautiza? Porque se echa el agua del bautizo sobre la cabeza del niño, encima de una pila, la pila bautismal. A veces los chistes sirven para explicar el significado de algunas palabras y algunas segundas intenciones que da el idioma a ciertas expresiones. Igualmente los cuentos cuentan cosas, con lo que se enseñan valores y a saber estar en los sitios. Y a sonreír. Al fin y al cabo lo que estudian y seguirán estudiando sobre el cuerpo humano, la geografía, la palabras son cuentos y hace falta que se interesen por ello. Contarles cosas hace que se interesen por saber y saber más. Es muy importante contar cosas y no tanto ordenador.


Y les escribo este cuento de cosas de reír, a Elsita y Ramirín, para que se acuerden siempre de que les gustaba escuchar cuentos y cuanto más de risa mejor. Basta que lo recuerden para que esbocen una sonrisa. Pues hay un cuento de este cuento que empieza así: Érase una vez que mis hijos Ramirín y Elsita, me pidieron  que les hiciese un libro de chistes, no sólo de chistes, sino también sobre cosas de reír…….

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