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El rescate del reloj

Una vez estaba un niño a la orilla del río. Le llaman Papipín porque le gusta mucho la papilla, incluso ahora que es mayor. A sus cuatro añitos quiere tomar la comida de su hermana, quien todavía no ha cumplido un año. Se pone muy contento cuando su mamá le deja arrebañar lo que sobra.

El juego favorito de Papipín es tirar piedras al agua. Le gusta ver como chocan en medio de la corriente. Se pasa horas con su diversión.

Si le acompañan los amigos hacen un puente de piedra, en la parte en que su abuela hace mucho mucho tiempo, cuando él aún no había nacido, lavaba la ropa. Nunca logran que llegue de un lado as otro. Cuando quieren atravesarlo hasta donde llega, alguno siempre se cae.

La pandilla de su primo mayor sí que lo hacen entero, pero luego lo rompen para que ellos, los peques, no pasen.

Papipín quiere imitar a su primo en hacer ranas, y ver como botan las piedras sobre el agua. Y llegar al otro lado del agua con una de ellas. Tampoco lo consigue.

Estaba venga a tirar piedras y piedras. Para no tenerse que agachar una y otra vez metió un puñado en el bolsillo.

¡No se dio cuenta de que en él había metido el reloj de su madre! Se lo dejó, para que viese que tiene que volver a casa cuando la manilla pequeña está en el nueve y la grande en el doce.

No se hubiera acordado de mirarlo, porque se le va el santo al cielo. Su mamá siempre le tiene que ir a buscar y se gana una buena regañina.

Pero en esta ocasión iba a ser peor. Sin querer tiró el reloj al río. Creyó que era una piedra. En el momento de soltarlo supo el fallo que cometió. ¡Oh! .

Ni corto ni perezoso se quito la ropa y en calzones se lanzó al agua para sacar el reloj. Justo cuando lo fue a coger un pez se comió el aparatito que marca las horas.

No se lo pudo poner en el brazo porque se le caía y le molestaba para practicar su deporte.

Al salir del agua se puso a llorar.

Se acercó a él el pirata Malvadín, quien aventuras hace sin fin. Tiene fama de ser malo, pero es más bueno que un pan recién salido del horno o que un chicle con cromos.

– ¿Qué te ocurre? – preguntó el pirata Malvadín. Papipín contó lo sucedido. – ¡Ya sé!

Fueron al puente y se pusieron a pescar peces, con la caña que el abuelo del pirata Malvadín le había regalado.
– ¿Y qué hacemos con los peces? – preguntó Papipín.

Se lo regalaremos a los vecinos para que merienden

Dicho y hecho. Fueron por las casas repartiendo peces. Algunos vecinos les regañaron, porque no está permitido, pero como a todos les gusta se quedaron con la pesca que les daban los dos niños.

Alguna señora se preguntó “¿qué estará tramando el pirata Malvadí?”. Ya saben que hace de las suyas. Pero también saben que en el fondo es un buenín.

Con tanto ajetreo Papipín se olvidó del reloj. Con su amigo fueron a jugar al parque de los columpios con los demás niños. Cuando oyeron a la señora Perica despotricar y gritar como una descosida, el pirata Malvadín corrió hacia ella y tras él , más despacio porque es dos años más pequeño, Papipín.

– ¡Dentro de mi pez había un reloj!. Otra de las tuyas, pirata Malvadín.- Exclamó la señora, geniudamente.

– ¡Ay! Doña Perica que alegría me da.

– ¡Ah! Tú querías que me atragantara. Bastante espinas tienen los peces como para que metas un reloj.

– No señora, no. De verdad de la buena que no.

– ¡Pues querías que me acusaran de haberlo robado! Te he pillado.

– No doña Perica. Es que a Papipín se le cayó al río y un pez lo tragó.-

– Es verdad- Dijo Papipín, quien llegó veloz al lugar de la disputa.

La señora Perica devolvió el reloj a Papipín. Advirtiéndoles que nunca más le regalaran ningún pez. Papipín se puso más contento que unas pascuas y regaló un globo a su amigo.

Se formó un follón cuando el pirata Malvadín explotó el globo a la salida de misa de ocho. Asustó a las abuelas, pero gracias a su acción se salvaron de que la cigüeña cagara sobre una de ellas y ensuciara su vestido. ¡Otra aventura sin fin!.

Como no era la hora de volver a casa Papipín continuó tirando piedrecitas al río. Y cuando atardecía su madre le tuvo que llamar desde el puente a grito pelado.

-¿Es que no has mirado la hora qué es? – Dijo su madre.

– ¡Ah! – Y salió corriendo porque lo dejó en el suelo ¡y se le olvidó!

Su mamá no le regañó mucho porque se había parado el reloj.

– ¡Qué habrás hecho para que se pare el reloj!

Papipín contó lo sucedido. Su padre se quedó con la boca abierta y tuvieron que cerrársela con un martillo. Y su madre le dijo la consigna de cada noche: “un vaso de leche, el pijama y a la cama”. Además añadió: “Y date prisa no sea que te coma yo a ti”.

Papipín obedeció, porque si tuviera que salvarle el pirata Malvadín ¿qué haría?.

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