La historia de dos sillones

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(Dedicado a Psicoterapia Zen)
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Es la historia de dos sillones que tengo en mi casa. O asientos con un respaldo hasta la mitad de la espalda, con el hueco de redecilla, la base acolchada forrada de terciopelo. Las tengo colocadas una al lado de la otra, porque esta posición es parte de su historia.

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Estaban ambas en la consulta de un psiquiatra. Una frente a otra. En medio, entre ellas, una mesa de madera color castaño, barnizada y pulcra, lujosa, llena de adornos, de papeles y libros de consulta y un tarro de porcelana con bolígrafos y un abrecartas de marfil en forma de colmillo plano y un elefante tras otro, cada vez más pequeños, en relieve.

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Habían pasado varias semanas y el psiquiatra no me entendía, tergiversaba todo lo que yo dije y lo daba nombre de enfermedades y me recetaba inexorablemente las pastillas correspondientes. Lo que hablamos ¿qué más da?, nada tiene que ver con la historia de las butacas.

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El problema es que no vemos lo mismo usted y yo -, dije en una de las sesiones de la terapia.

¿Qué quiere decir?, ¿cómo que no vemos lo mismo?. Usted no está ciego -, comentó el psiquiatra.

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Yo me callé. No dije nada. Me quedé mirándole fijamente a los ojos y se dio cuenta de lo que le había dicho. Seguimos hablando, yo respondía a sus preguntas. Pero él no veía lo que yo, ni yo lo que él. Sin embargo cuando llegué al despacho para la consulta siguiente ¡cuál fue mi sorpresa! que los dos sillones elegantes de madera estuvieron colocados uno al lado del otro. La mesa grande que nos separaba arrinconada a un lado, con una silla clásica a su vera. Siempre me había preguntado que ¿para qué esa mesa tan grande?, ¿para impresionar? Había sido una barrera insalvable. Lo único que le vi escribir alguna vez fueron las recetas.

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El psiquiatra estaba sonriente, sin su típica cara de preocupación condescendiente. Fue la primera vez que no me recibió con una pregunta, sino “¡ya ve!”, exclamó. Me dijo que pensó lo que le dije la vez anterior que me atendió.

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Efectivamente -, dijo – No veíamos lo mismo. Usted frente a mí era un paciente y yo su doctor. Le tenía que tratar y comprender según mis estudios, sin criterio alguno. Me importaban mis conocimientos, pero no a usted -. Me invitó con un gesto protocolario a que me sentara a su lado. Sentí una sensación muy diferente a otras veces, como si fuéramos en un barco, como si pudiéramos hablar de tú a tú. Y percibí el cariño de él. Alguna vez fui yo quien le preguntó. Y así en sucesivas consultas posteriores. Dejó de recetar medicamentos para mi enfermedad, lo cual esponjó mi cerebro y mi soliloquio reproductor. Dejé de ser para él una enfermedad, sino yo. Fue a mí a quien me habló entonces. Y él para mí fue una persona, que me ayudó a comprender muchas cosas que pensaba y que no supe ordenar.

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Pasó algo más de un año y me dio de alta, pero me dijo que fuera a verle alguna vez, para charlar, en otro horario, fuera de consulta. Ya no una vez a la semana, sino de vez en cuando. Me había enseñado que hay que adaptar nuestros sueños, nuestras realidades interiores, lo que sentirnos, lo que empezamos a pensar sin saber exactamente qué, a mi vida, a lo que me rodea, a los demás. Colocarlo adecuadamente. ¿Estrategia?, pregunté. Llámalo como quieras, contestó. Dijo que la sociedad es un escenario y hay que hacer el papel que nos asigna, pero que poco a poco podemos escribir el guión de nuestra vida, pero no es preciso matar el niño que llevamos dentro, ni el alma de poetas, ni ser normales, sino vivir la normalidad lo más normal posible, pero interiormente bullir vida y hacer que salga en forma de arte, de palabras, de gestos, de sonrisas a otras personas. Confesó que se había dado cuenta de que había matado muchos mundos interiores a lo largo de su ejercicio médico como psiquiatra.

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Cuando fui a verle, de tarde en tarde, hablábamos en los sillones, colocados uno al lado del otro. Me dijo que aquel cambió transformó su punto de vista, que los demás pacientes también lo habían notado, que al estar uno al lado del otro ven lo mismo y se pueden comprender mejor, porque la labor terapéutica es también hacerse entender. Ya no tenía que curar, sino colocar la peculiaridad de cada cual en su mundo. Me dijo que se dio cuenta de que él había renunciado a un a parte de su vida, que impidió que vivieran en él sentimientos que le atravesaban y sorprendían y el mundo que había construido se derrumbaba, ¡qué curioso!, exclamó. Hasta su prestigio como psiquiatra importante le pareció banal y quiere exponer su descubrimiento en un Congreso internacional, pero teme que le llamen heterodoxo. Ahora las empresas farmacéuticas no le pagan los desplazamientos ni le condecoran.

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Se había separado de su mujer, y por ende de sus hijos, al poco de dejar yo de ir a la consulta. Le quedó el dinero suficiente para alquilar un pequeño apartamento y correr con los gastos del despacho. Seguía yendo con el traje, elegantemente vestido, pero sin corbata. Antes de quitársela la llevó con el nudo aflojado y el botón de arriba de la camisa desabrochado.

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El psiquiatra no entendía, según me contó, la forma en que en poco tiempo se invirtieron los papeles en su familia y en su quehacer laboral. No dialogamos mi mujer y yo. Se dan demasiadas cosas por supuestas. Que pudiera su mujer sentirse traicionada por pasear él con una chica más joven le pareció increíble. No fue una paciente. ¡Es negar la amistad entre un hombre y una mujer!, se quejó amargamente. ¡Me niego!, dijo, y asumió que pagó las consecuencias de ser consecuente, sin saber lo que le esperaba.

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¿Sabes lo que ocurre a las personas que vienen a mi consulta?, siguió hablando. Que son más sincera que el resto de personas que no tienen problemas. Para mí que algo enamorado estaba de aquella chica, pero él dijo que no, no exactamente, pueda haber algo, y de amor, sin ser exactamente amor, admiración, atracción, tampoco. Me dijo que lo había pensado mucho y que lo que sintió fue fascinación, algo que le hizo sentir sensaciones nuevas, que se sentía muy a gusto paseando y hablando con ella, recogiendo sus gestos. Acariciarle una mejilla, lanzarle un beso al aire sería la máxima expresión de acercamiento, por lo cerca que estaban profundamente. A él le recordaban muchas reflexiones de ella, muchas cosas que hizo, a él cuando fue joven, lo cual le rejuveneció. Pero este sentimiento no está clasificado, en algún tratado como delirio sentimental asexualizado, con su pastilla correspondiente para poder superarlo.

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Su mujer no pudo asumir que la quisiera más, más que antes desde que se relacionó con aquella “paciente”: la chica con la que paseo y hablo, porque nunca la nombró. Pero sí describió su mirada, su musical voz, su inocencia y a la vez conocedora del terreno donde pisa. Si te aplastan el alma, si lo enjaulan quienes viven contigo, es lógico que duela, y lo que hay que hacer no es anestesiar la mente, ni la vida, sino enseñar a esquivar, saber ser frágil, saber evaporarse de lo cotidiano cuando sea necesario.

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Pareció, aquel psiquiatra mío, un revolucionario: ¡hay que dejar que fluyan los sentimientos!, insistió. Si no lo hacen se pudren y envenenan la vida. Y llamó veneno ponzoñoso a las ideologías, a las creencias, a las teorías científicas que no patean las calles. Los sentimientos no se pueden encerrar en una relación, es algo que lo acababa de aprender, se había dado cuenta hacía muy poco tiempo, precisamente para enriquecer más la relación de pareja. Me había contado algo y a aquella chica también, según deduje, sobre sus problemas como psiquiatra, porque entendió que no puede escuchar a los pacientes, ni a la juventud, ni ser sincero sincere porque la sociedad exige ocultar el ser interior. Lograr la comunicación profunda es enriquecedor y terapéutico. ¡Es vivir!, decía. Pero, se preguntó, ¿quién trata a los psiquiatras?. Los curas al menos tuvieron a Dios. Y el nuestro, explicó, llegó a decir que nos amáramos los unos a los otros, incluso amar al enemigo. Claro, especificó después, que lo crucificaron.

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Una vez me habló como si estuviera dando un mitin, para hacer un llamamiento a la revolución de los sentimientos, el auténtico cáncer de la sociedad moderna son los sentimientos definidos de antemano, impedir que broten y no dejar saborearlos. Y la literatura adormilada mientras tanto. ¿Quién puede justificar no ir al trabajo por culpa de una noche de pasión?, ¡quién puede faltar a una recepción porque se ha quedado prendado de una mirada? Mientras tanto los poeta dando volteretas en los salones y en los bares.

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Del resto de lo que sucedió me enteré por la prensa. Yo había dejado de ir a visitarle. Las últimas veces en Navidad, pero le vi fatigado, hasta que el despacho se cerró. Aún le quedaban varios años para jubilarse. No supe donde vivía.

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El psiquiatra loco”, le llamaron los periodistas. Hubo finalizado el libro en que se había empeñado. Me habló sobre ese ensayo de manera muy somera. Se quejó de que sus compañeros lo despreciaran, de que se empecinasen en mantener la autoridad y el tratamiento químico, o el que hiciera falta para hacer que curan a los pacientes. Una alteración de conducta podía deberse a la falta de vitamina B12. Pero él decía si no puede ser que la alteración de la conducta del ánimo sea lo que provoque la baja cantidad de esta vitamina. Que la terapia comprensiva y adaptativa consciente preserva el valor inmenso de lo catalogado como locura, que es estar mejor que ser anodino, que la rutina o el confort, pero no, sus colegas decían que hay que extirpar el foco que da lugar a las depresiones, al desdoblamiento de la personalidad, bombardear con medicamentos la zona dañada e inyectar serotonina… ¿para dañar más a la mente y que no se note? Pero los potentados del saber psiquiátrico defendieron desde la ciencia que es una sustancia natural que hay que dar al paciente para que equilibre sus funciones nerviosas y hormonales.

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Salió en los periódicos su caso, le catalogaron como el autor de un libro hereje: “Tratado de la normalidad”, pues se dio cuenta de que lo que hay que curar es la normalidad, la cual ha destruido demasiado. Lo encerraron en un psiquiátrico en el cual un psiquiatra sabio y joven acudía una vez a la semana y se sentaba frente a él con una mesa de por medio.

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No volví a saber nada de aquel psiquiatra en muchos años… hasta que un día recibí la llamada de un notario. Tuve que ir a firmar unos papeles y recoger aquellos dos sillones de mi psiquiatra me dejó de herencia en su testamento.

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Mis hijos son ahora pequeños, pero cuando pasen los años les contaré la historia de aquellas dos butacas, o sillones. Y trataré siempre de estar a su lado. Las personas cuando pasean se sitúan al lado, no andan una enfrente de la otra. Me siento todos los días en ellas y recuerdo lo que hablamos…

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Licencia Creative Commons
La historia de dos sillones por Ramiro Pinto Cañón se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en www.ramiropinto.es.

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