El palo

Hay días en los que salgo a pasear con mi bastón. No lo necesito, pero lo llevo en mi mano para hacer un homenaje a la sencillez y recordar una importante lección que aprendí una vez que recorrí los senderos de Picos de Europa, a la vuelta del refugio de Arios. Vi el reflejo de las rocas sobre el agua del lago Enol. También la cara de las vacas paciendo su lentitud. Observé cómo sus pisadas exprimen los segundos que más que pasar, uno tras otro, flotan. Todo formó parte de un paisaje en el cual mi vista se expandía y se convirtió en mirada.

Toda la estética y complacencia con la que disfruté aquel momento se vino a bajo, se derrumbó debido a una torcedura de tobillo que, finalmente, me provocó un esguince. Al principio del accidente seguí caminando, pero cuando me senté a descansar y reparé en cómo estaba la articulación del pie, ya no me pude levantar.

Cada vez que apoyé el pie fue un dolor insoportable. Ya no hubo paisaje, ni cielo azul al que mirar. Todo fue mal estar y pesadumbre. Me había alejado de la ruta transitada por los excursionistas. Peligro de supervivencia no tuve, pues al gritar alguien me encontraría, antes o después. Mi problema fue el tremendo dolor que traspasó el foco inicial. Se alargaba a la pierna entera, llegó al hombro y sentí sensación de fiebre en todo el cuerpo. No pude ir a la pata coja más que lo que fue dar unos saltitos. Además sufrí porque mis vacaciones se habían roto con aquel percance. Enumeré las cosas que ya no podría hacer los días venideros.

Tuve ganas de llorar y con la excusa del dolor así lo hice ¡Ay, horror! La angustia se apoderó de mí, pues me dio por pensar que debe ser tremendo recibir un balazo en la guerra, o quedar herido en la intemperie con frío y sin esperanza de encontrar a nadie. O sufrir el dolor de una enfermedad incurable y no tener nada con qué calmarlo. Cuándo no hubo anestesia ¿cómo se solucionaron los dolores de muelas? me pregunté. Alguna vez discutí con mis compañeros de trabajo sobre qué dolor es peor: el de muelas, el de cabeza, el de la espalda o cualquier otro.

Llegué a la conclusión que el peor es el del pie, sin lugar a dudas, sobre todo porque fue el que me dolió en ese momento. Inmerso en la oscuridad del pensamiento y de las sensaciones vi un palo grueso, que en vertical mide algo más que hasta mi cadera. Me acerqué como pude a él, lo cogí y lo usé para no apoyar en el suelo el pie dolorido. Percibí un gran alivio. Haberlo encontrado y tenerlo entre mis manos me dio una gran alegría. No me curaba el pie, pero amortiguó mi dolor y permitió que me acercarse al camino por el que suelen ir los excursionistas.

Dos hombres que pasaron por esa ruta me ayudaron a bajar hasta el chiringuito que está a orillas del lago. Llevé conmigo el palo.

Hice con él un bastón rudo y tosco. Le di una capa de barniz, después de pulir toda su figura. Un simple palo me ayudó a caminar y me hizo feliz cuando estuve inmerso en el dolor ¡Buscamos tantas cosas para ser felices! las compramos, las añoramos, las deseamos intensamente, lo cual es porque amortigua un dolor que llevamos dentro, sin saberlo ver porque está vacío.

Andar es algo tan maravilloso, que al darme cuenta de ello he aprendido a disfrutar de la vida y a pensar. Simplemente llevando a mi lado un bastón, que no ya no me hace falta. Cuando miro a mi alrededor veo tantas cosas sencillas que parecen invisibles, porque nadie las mira. Me pregunto si no hará falta que los seres humanos llevemos un bastón siempre de la mano, porque vamos ciegos por la vida. Por tal motivo voy a dejar mi trabajo para vender palos, palos de ciego.