El viaje

                           Una mañana de Agosto paseé por un parque muy bonito.  Oí mis pasos al caminar, el sonido de los chorros de agua, inmerso en unos pequeños lagos con sus nenúfares y peces de color. Miré las plantas colocadas cada una en su lugar, como si de un  puzzle de armonías, colores y formas se tratara. 

                        Vi a un jardinero que con su escoba dio formas curvas a la arena de un camino. Me acerqué a él para preguntarle el porqué de esas curvas y formas. Quiere dar a entender que dentro de un camino hay muchos otros caminos y  maneras diferentes de recorrerlos.  

                        Descubrí que el agua mana de las fuentes se beba o no se beba. Que los gorriones salen y entran del nido con o sin mirada que rescate su belleza. Comprendí que puedo ser yo mismo en mí mismo. Y que las palabras de la Historia transcurren se lean o no. 

                        Me senté en un sillón de madera de los que hay en ese jardín.  Pensé sobre qué es la belleza. Antes de ser jardín aquél fue un lugar abandonado, con una laguna, convertida al final en charco, y vegetación desordenada. Tuvo mucho encanto incrustado en la ciudad. Pero el jardín tan colocado y pocholé también es bonito. Alguien lo diseñó y generó belleza, con las farolas azules, los bambúes, las palmeritas, los abedules, el césped cortado.  

                        Cuando estuve ensimismado en mi pensamiento, hubo pasado un tiempo y empezó a pasar gente de prisa y corriendo, a sonar los motores y las bocinas de los autos. Ya abrían las tiendas y oficinas, comenzaba la vida de la ciudad. Yo había llegado del pueblo y me paré allá con el fin de esperar a que fuera la hora de hacer unas gestiones para ir de vacaciones al Caribe. 

            No volví a ver al jardinero. Las líneas curvas que hizo sobre la arena fueron hoyadas. Antes de que desaparecieran seguí un recorrido de ellas. Me choqué con un señor. Volví a sentarme para ver como pasa la gente. Al día siguiente fui a otro jardín, y al otro a una plaza, y me aficioné a ver las calles. Cierro los ojos y siento la brisa caribeña, el mar azulado acariciado por el sol y el barullo rítmico del otro lado del mar.  Y respiro profundamente.