Los que hablan están locos

He llegado al convencimiento de que no merece la pena hablar. Las palabras mienten. Alguien ha dicho que se inventaron precisamente para mentir. Son las responsables de que muchas cosas se olviden, porque con ellas reducimos la vida a mero lenguaje.

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No hay nada, absolutamente nada, que merezca la pena en la comunicación que no pueda decirse con gestos. De las palabras rutinarias sobran más de la mitad. Estas razones hicieron que tomase la trascendente decisión de no hablar. Desde entonces me hago pasar por una persona muda y sorda.

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Mediante gestos y señas he explicado a los familiares más cercanos y a algunos amigos que me quedé mudo por causa de un accidente. Si les contara los fundamentos profundos y reales que me llevan a no hablar me tomarían por un radical, un extravagante o por un loco. Todo el mundo quiere hablar su lengua e imponerla a los demás. Incluso se llega a matar porque las palabras sean de una manera o de otra, ¡y yo decido callarme de por vida! Una auténtica locura para este mundo de habladores y políticos charlatanes. Me pueden llamar antidemocrático porque no he pedido un referéndum para tal fin, pero es algo muy personal. Y hasta cierto punto yo diría que filosófico, pues como finaliza su obra Wittgenstein, Tractatus Logicus Fhilosophcus, “de lo que no se puede hablar mejor es callarse”. Aunque también es contradictorio, como el mimo Wittgenstein se desdice en sus obra siguientes y póstumas: “Investigaciones filosóficas” y “Los cuadernos azul y marrón”.

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Nunca he leído con prisa, ni he comprado libros que estén de moda en el mercado editorial. Cuando sé que hay alguno interesante dejo que pase un tiempo. En primer lugar por respeto a quien escribe, pues su obra no es para ser consumida en el fulgor de lo inmediato ni para ser la más vendida. Hoy en lugar de librerías hay presentaciones de libros. Se hacen a veces sin autor y sin libro, alguien anuncia una presentación de uno que dice que va a ser una revelación, habla el presentador y los asistentes, después de escuchar a quien habla, compran una piruleta y se van.

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En segundo lugar, leo con el objetivo de hacer realidad en mis pensamientos los sueños y las historias que el autor cuenta. Leo despacio y, cuando llego al final, vuelvo a empezar. De esta manera relaciono las ideas y las frases con la totalidad de lo que escribe el autor y descubro lo que, de manera consciente o inconsciente, quiere contar. Me doy cuenta de que lo que ha escrito es un símbolo, nada más.

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Leer es un arte. Nunca tuve tiempo para hacerlo detenidamente, pues mis ocupaciones me impidieron dedicar un rato pleno para leer. No hablar me ha liberado de las prisas, de perder la vida en ratos convencionales que aburren a cualquiera. Se cae en ellos por obligación social. Callarme, sin decir nada, me ha situado en otro mundo, en otra dimensión. Estoy en una realidad más nítida. Recorro la vida más pausadamente. No hablo, pero miro, escucho, paseo, a veces escribo.

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me doy cuenta empíricamente de que la gente me mira y se fija más al relacionarse conmigo. Se sitúan más cerca de mí. Los gestos tienen un significado maravilloso por ellos mismos. Me he dado cuenta de que al hablar las gesticulaciones de nuestra cara y el movimiento de nuestras manos son una aspecto de la comunicación que se pierde como riqueza cultural y de compartir. Incluso en el amor. Hablamos demasiado y demasiado poco, pues cuando hablamos el silencio es una manera de decir poco. Cuando no hablo ese silencio se engrandece, se llena de sí y tiene cierta musicalidad interior.

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Me percato de pequeños detalles que antes, cuando hablé, ni siquiera me había fijado. Mi mente es ahora más grande, con una mayor capacidad de atención. No es que quiera hacer una apología irreflexiva del silencio, pero nunca antes me había detenido a mirar la parte alta de los edificios, sus azoteas, estatuas que hay en algunos rascacielos y antiguos palacetes y hasta obras de arte grabadas o pintadas en azulejos. Quienes hablan no reparan en esa otra ciudad de las alturas, que se ve al pararse y mirar.

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En mi mudez he colocado existencialmente mi libertad. Pues hablamos porque nos han enseñado a hablar y porque hay que hablar. Nadie se lo cuestiona. Pero podemos elegir entre hacerlo o no. Se hace por inercia. Por eso yo al planteármelo he elegido no hablar. Dicho de esta manera nadie lo entendería.

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He dejado de ir de un lugar a otro con el único fin de hablar con la gente. Ahora paseo y me fijo en el rostro de las personas que se cruzan conmigo: su cara, la textura de su piel, la forma de los labios y los movimientos de sus comisuras labiales, el movimiento de los ojos. Hay gente que arruga el mentón de una manera muy bonita. Observo como los demás hablan con los demás y compruebo que el movimiento de las manos es muy importante para lo que se quiere comunicar.

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Curiosamente he aprendido este lenguaje y la mayor parte de las veces nada tiene que ver con lo que se habla. Las palabras ocultan lo más profundo del ser de cada uno. La esencia de los seres humanos se asoma al exterior a través de los gestos, que se suelen hacer involuntariamente. Sin embargo las palabras se dicen a conciencia, casi siempre.

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El lenguaje ha creado una realidad. ¡Una de tantas! A pesar de lo cual se considera que es la única, la única real y posible. La admitimos como real porque nos hemos encerrado en las palabras. El silencio es más hondo, más suave.

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Aunque también me haga el sordo oigo perfectamente, lo cual me crea un problema: creo que todos los que hablan están locos. Tengo miedo de estarlo yo también. O, peor aún, que sólo lo esté yo. ¿Me considerarán un majara? Escribo algunas ideas que pululan por mi mente cuando reflexiono. Escribir se hace en silencio. Consiste en labrar un gesto, aunque sea con palabras.

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Hay mentiras que son obvias, como aquellas que dicen los políticos y economistas. Existen porque tienen un universo propio: la prensa. Hay otras más abstractas y, por lo tanto, más creíbles a pesar de ser falsedades más que evidentes: la religión. Con esto no quiero decir que sean mentira, pero si una es la verdad absoluta no puede ser también la otra. Por lo que quiero decir que excepto una religión las demás son mentira. El problema es saber cuál. Pero en lugar de callarse y pensar, la gente se pone a discutir o a matar a los enemigos.

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Creer es usar las palabras para pensar, de manera que no se encajan unas palabras con otras, sino que se admiten ya ordenadas. Según la fe que sea, tendrán un orden u otro, pero siempre definido por quienes colocan las palabras de las creencias. Luego se adapta a ese ordenamiento la conducta y entonces uno siente la fe. Lo mismo ocurre en la vida cotidiana, en el amor, en la enseñanza de las escuelas. Se pierden los gestos y por lo tanto la comunicación verdadera. Es una pena.

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Los niños cuando no saben algo encogen los hombros, curvan los labios hacia abajo. Hasta que les obligan a decir “no lo sé” y a preguntar, o sea a usar las palabras. Nacemos sin saber hablar. Lloramos, sonreímos, movemos las manitas, gritamos cuando nos duele la barriga. Sin haberlo elegido nos enseñan a hablar. A partir de ese momento el mundo se vuelve un único mundo, el de los que hablan.

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Se sabe que cuando monjes y frailes meditan dejan de creer en lo que dicen las palabras sobre Dios. Los retiros espirituales se basan en no hablar. Para no divulgar lo que descubre el eremita no hablar se impone, por eso se inventó el voto de silencio. Los que saben no dicen nada, pero tras las celosías suceden auténticos debates metafísicos que nadie conoce si no es a través del gesto. Ya lo dijo Lao Tse: “Quienes saben no hablan. Quienes hablan no saben“. A los místicos se les lleva a monasterios de clausura, sobre todo a las mujeres que han descubierto la nada del lenguaje. Los creyentes vulgares están sujetos a las palabras que usan, entre otros usos, para creer. Los budistas se van al Tibet y hablan lo menos posible. Para hablar están los chinos que ya saben qué tienen que decir: lo que dijo Mao Tse Tung, aunque luego no se le haga caso y hablan para decir lo contrario y vender. Por eso pueden ser comunistas y capitalistas a la vez, porque las palabras no tienen ningún significado. Lo inventamos. Es como las cotizaciones en la Bolsa.

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La mayor parte de las guerras y de los conflictos que han sucedido y que siguen ocurriendo a lo largo de la Historia, son por culpa de las palabras. Que si esto es mío, que si aquello me lo has quitado. Que si hay que imponer la democracia. Que si la ley de Dios, que si la tierra para quien la trabaje, que si yo digo o tú dices. Y para eso se han inventado los discursos y, más tarde, los titulares de prensa. Los cuales da lo mismo que sean verdad o mentira, son la realidad de la palabra. Por esta razón hay guerras humanitarias y matanzas que se denominan daños colaterales, pelillos a la mar. Que si una bandera acá, que si otra allá, o Alá. ¡Mítines! ¡anuncios! ¡proclamas! campañas de un lado y de otro. Lo que se habla se acaba defendiendo por las armas. Éstas no dicen nada, pero matan. Aunque la pólvora está en las palabras. Las ideologías se diferencian unas de otras por la sintaxis de sus apreciaciones. Dependen del lugar en que uno nazca, o del nombre de su nación, o nacionalidad o lugar de nacer, pues incluso las palabras entre sí no se ponen de acuerdo. El enemigo es quien coloque las palabras de otra manera. Y el más enemigo quien invierta el orden. ¿Qué más da?, las palabras no tienen vida, pero nos dominan.

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Las palabras definen y crean las clases sociales, las diferencias políticas de las razas. Y hasta la palabra “hegemonía” hace que se eliminen a las demás. Las palabras ocupan el tiempo de las personas y absorben sus pensamientos. Las feministas son expertas en este tipo de ajustes. Todo debe terminar en “a” y con eso el mundo cambiará. Los ecologistas hacen malabarismo con las palabras. Con sus discursos aparentes cogen el truco de ordenar palabras y construyen el hecho de tener razón, sólo que para cumplir con lo que dicen hay que poner a las personas a un lado, si se puede fuera del mundo, al menos del mundanal ruido. Ya lo decía mi padre: “cada cual cuenta la feria según le va”.

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Tengo la sensación de que todo lo que se habla es un ruido, el cual impide que se miren unos seres humanos a otros. El ruido frena y deforma el sentimiento de las personas. Gracias a no hablar he logrado verlo. Tiene la forma de un muro oscuro y sucio. Hace que la gente no piense por sí misma, o lo que es lo mismo, que se dé cabezazos contra ese muro que los que hablan no ven.

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Llegar a este tipo de conclusiones es muy duro ¡muy duro! Hace que me plantee una teoría absurda, pero posible. Al menos hipotéticamente, pues el uso de las palabras lo permite hacer. Gracias a que no hablo no me toman por un loco de remate. Si no hablo pueden pensar que estoy un poco loco, pero si hablara me considerarían demente total. Se trata de que los coches y las máquinas, en general, hablan entre ellas, aunque a los humanos no nos lo parezca. Lo hacen los animales con los gestos, las plantas con su aroma, lo cual se ha demostrado recientemente en las islas del archipiélago sur de Indonesia. Lo que a los oídos humanos son estruendos, ruidos de tecleo, del motor, es algo significativo para los objetos inanimados.

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He observado pequeños utensilios, grandes máquinas, camiones y coches, bicis, motos, grúas, ordenadores, microondas, batidoras, cafeteras y he visto algo. Por favor, si sigue leyendo no puede hablar de ello. Se trata de un mensaje que sólo entenderán quienes voluntariamente deciden no hablar nunca más. No se puede contar, sólo ver con los ojos de aquellos que no decimos nada: son las máquinas las que usan a los hombres. Sobre todo a los que hablan, porque quienes no hablamos estamos más quietecitos. Nos hacen creer que somos nosotros quienes las usamos. Me explico, es como si las cuerdas vocales creyeran que son ellas las que se mueven a su antojo y que incluso mueven al resto del cuerpo humano.

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Cuando conectamos el motor de una máquina ella, previamente, ha conectado nuestra voluntad. Es así. Me gustaría hablar de este tema tan apasionante, pero corro el peligro de que nadie lo quiera escuchar, o de que no se lo crean de antemano. Lo que descubro al no hablar lo tengo que callar, pues los que hablan consideran que lo que digo es algo raro, extravagante, ¡una locura! o una sandez.

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Lo que fue un experimento, en un principio, no hablar, ahora lo tengo que mantener para guardar el secreto de lo que he descubierto. No conviene discutir sobre estos asuntos. Mucha gente sufriría al saberlo y al contárselo a los demás se matarían unos a otros. Permaneceré en silencio porque quienes hablan ya no me entienden. Y, la verdad, yo también cada vez menos a ellos.

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Creo que se han vuelto locos, ¡locos de remate! Los pobres siguen hablando entre ellos, discuten y se pelean. Hacen guerras por tonterías o por mentiras y cuando hacen la paz la siembran de falsedades. Todo por tonterías que dicen unos y otros. Diagnostican lo que es la vida. Están presos de las palabras, pero también de las máquinas. Las hacen funcionar como autómatas. Por eso los teóricos que piensan y hablan poco han visto lo de “la máquina del Estado”. Las máquinas actúan y los seres humanos que hablan dan las palabras a lo que ellas hacen y a lo que hacen hacer a los humanos, creyendo éstos que es decisión suya.

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Sólo el silencio nos permitirá volver a la normalidad. Pero las máquinas no nos dejan. La televisión, la radio, los ordenadores son máquinas que usan la voz y las palabras de las mujeres y de los hombres. Las han robado para ellas. Las personas que me escuchasen decir esto dirían “mira, mira lo que dice ese” y los que hablan saldrían a la calle para insultarme.

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Los peores de entre quienes hablan son los parlanchines, aquellos que hablan demasiado. Se vuelven agresivos y totalitarios. Muchos lo hacen en jaulas cuadradas que todo el mundo tiene en sus casas y a otros se les lleva a hablar en representación de la sociedad por medio de los votos. Como no soy de los suyos, porque me callo, me han encerrado para que hable. No me dejan salir, pero me resisto y me río de ellos. Me dan unas pastillas, que he aprendido a silenciar su efecto en mi cuerpo. Quieren que hable. Y yo no digo nada.

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No quiero mentir ni ser como los habladores. Pero estoy en un callejón sin salida. Como siga descubriendo paradojas acabaré perdiendo la razón. Debería de hablar un poco, al menos con esos que van vestidos con una bata blanca. Me miran y ponen un gesto de extrañeza. Me dicen “diga algo, hombre”. Yo me callo y gesticulo lo menos posible. Ellos me hacen caso y se van en silencio, sin decir nada de nada. A veces uno me pone la mano en el hombro. Habla poco.

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Tal vez la locura sea la condición humana y por eso hay que hablar. Según este planteamiento tendré que volver a decir algo, para elegir la locura más normal. Hablaré sin decir nada de lo que sé. Hablar por hablar. ¿Qué tal está usted?, qué buen tiempo hace… sobre quién ha ganado la liga, o la caza de patos tras las elecciones. Los que hablan no hablan y quienes callan tampoco.

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Como diría Wittgenstein, de lo que no podemos hablar, mejor es callarnos. Pero luego se contradijo a sí mismo. Como diría Miguel Ángel, profesor de filosofía, que dice que dijo Sócrates “sólo sé que no sé nada”. Me callo.

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