La flor amarilla

Eduardo pasea por el campo. Observa las formas de la naturaleza: curvas. Siempre son curvas. La cuadratura no existe en lo campestre. Rocas, troncos, montes, hojas, animales, todo tiene forma redondeada, cilíndrica, ovoide, circular.

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Mientras que pasea, Eduardo bautiza los árboles que encuentra con su mirada desde el camino. A un prado, lindado por un muro irregular, hecho de piedras redondas, lo llama “el recinto de la ilusión“, porque parece de un cuento de hadas. Allí habitaría una bruja que acabaría convirtiéndose en una ninfa buena. En él están el árbol mágico, que emerge de la tierra desparramado en ramas y muchos troncos que se confunden mutuamente.

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Con formas cambiantes  a la misma mirada, las hojas parecen mecerse aunque el aire esté quieto. Desordenadas ellas, le cubren el tronco y hay que acercarse, colocarse bajo su copa,  para ver un estallido de la corteza en mil formas, que no se oye, sin movimiento, perennemente quieto.

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Otro es el árbol de la tranquilidad. Sereno, bien formado, de grueso tronco y copa maciza. El árbol de la vida tiene un tronco dividido en dos partes, que representa la dualidad, dolor y placer; luces y sombras, el yin y el yan. Culmina su extremo de arriba en una misma cumbre de hojas, alargadas, dentadas, que hacen de Tao. Un camino dentro de otro y de otro y de otro, y otros en él,  y mirar es también caminar.

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Más árboles que están dispersos forman formas de paisaje formados en la mirada. Y a cada una un nombre. El de la sabiduría por majestuoso. Su saber reside en el silencio que impregna el aire. Susurro de quienes escuchan sus pisadas, en forma de pensamientos. Pensar que todas las ramas buscan el sol y admitir que se trata de una lección de los árboles es una enseñanza silenciosa que se descubre al pasear. Oh, el paisaje como metáfora que impacta las mente. Las hojas secas caen, en su momento, cuando ya no sirvan. Se hacen abono, tierra, tiempo después.

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Respirar es el latido del paisaje. Eduardo toma notas de sus reflexiones figurativas. Piensa escribir un libro, “Diálogo con los árboles”. Deja el cuaderno de notas. Se acerca a un árbol para abrazarle. Juega con su sombra, igual que cuando fue niño a pisar la suya.

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El verdor de las praderas se ve salteado por puntos amarillos, que en la vista se hacen flores. Las hay blancas y puntos que vuelan  zigzagueando y telillas finas de color que vagabundean por los pies del cielo, cerca de tocar la tierra.  Moscas y mariposas.

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Eduardo se fija en una flor amarilla, de fino tallo, verde, con pétalos en dos circunferencias una dentro de la otra, cuyos bordes son dentellados. Cuenta veintiún estambres amarillos. Se acerca a ella. La quiere arrancar, pero no lo hace. Deja que siga su ciclo cuando recuerda lo que le dijo Olga una vez: “No cortes las flores, el viento no sabe leer“. Se aproxima a ella y le da un beso. Luego se aleja despacio, como si no quisiera molestarla.  Sigue su camino, pero lleva la flor en su recuerdo.

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Desde aquel día Eduardo se fija más en las flores silvestres y también en quienes sienten, piensan,  viven en las orillas de la vida. ¡Hay tantas flores amarillas que pisamos a nuestro paso!. Y volvió a su hogar con el cuaderno de notas.

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