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La mandarina del MUSAC

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(Publicado en la revista Camparredonda Nº 14 – año 2013)

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Una de esas tardes de verano, que no sabes muy bien que hacer, decidí dar un paseo hasta el museo de arte contemporáneo, el MUSAC. En sus paredes las teclas de colores dan música a la vista, con los rayos de luz se refleja la luminosidad, de manera que parece un cuadro urbano. Como si fuera un invernadero de calles cerradas y espacios modelados, a modo de cajas que se colocan una seguida a la otra.

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Al entrar me llamó la atención un extintor. No supe si es arte o utensilio. Las sillas de los vigilantes forman parte de las exposiciones, al hacer que la mirada se levante y flote por la sala. Un chico iba despistado, con una mochila, y  una chica con gafas paseaba absorta. Vigilantes disfrazados. Un grupo de turistas que escuchaban, embelesados, la explicación de un guía que da lo mismo que hablara  en aquel lugar o en cualquier otro en el que hubiera luz y espacio, pues teorizó sobre   las impresiones que forman las imágenes de volúmenes que se crean en nuestro cerebro.

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Unos árboles blancos, arrancados y pintados, colocados uno tras otro, rodeados de pareces blancas. El cuadro de payasos con una mirada penetrante y bocetos de los mismos. Unas salas con vídeos que se repiten y son secuencias de alguien que se asoma a una ventana y lo vuelve a hacer una y otra vez. Fotografías  de ciudades y una película hecha desde un coche sin parar. Todo convertido en arte porque estaba en aquel lugar y se pagó como tal. Lo mismo de no haberse pagado o no estar en aquel lugar tal vez no fuera arte.  Mis fotos y vídeos no se cotizan y la rama que tengo colgada en la pared pintada de azul no vale nada, una original ocurrencia. ¿Y si la pintara de blanco? No valdría mucho más.

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Supe desde las primeras veces que fui a aquel museo que hay que andar con cuidado. Una vez dejé mi gabardina en lo que creí que es un perchero. Resultó ser el cuerno de un unicornio onírico, cuyos ramales parecían más una cornamenta de ciervo, pero el artista representó con escayola la vara del mágico animal  con caminos cornamentales y la vendió por 13.000 euros. Cuando quise coger otra vez mi gabardina no me dejaron. No creyeron que fuese mía.

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– ¡Es mi gabardina! -, les dije. De nada sirvió. Los vigilantes uniformados dijeron que aquella tela es parte de la obra. La había puesto yo allí. Pero nada, allí quedó convertida, para los explicadores del arte, en un velo de Maya, bandera de ilusiones que cubre los sueños, protegiendo la vara-cuadro y vistiendo el arte. Había comprado la gabardina en las rebajas, y en una revista de arte leí, al cabo del tiempo, que aquella obra con el velogabardina, está valorada en 61.123 euros. ¡Que precisión a la hora de poner el precio!. No pude recuperar mi gabardina, por lo que compré otra igual por 73 euros. Gracias a esta experiencia me fui vacunando para entender el arte contemporáneo.

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Otra vez me tropecé con un espacio trasparente, colocado en un pedestal. Estuvo formado por lo que parecieron cristales. No se rompieron al caer aquellos trozos, de manera que comprobé que son de metraquilado. Los guardianes de la sala se asustaron, pero como no había nadie y no habían custodiado bien la obra de arte, entre los tres colocamos las piezas como pudimos. No quedó exactamente igual, pero los visitantes que admiraron aquella composición lo hicieron con la misma emoción que si fuera la forma original. Ni siquiera el artista se dio cuenta, él que se jactaba de haber esculpido la forma pura en el aire, gracias a la imaginación de colocar las piezas, en el lugar cósmico y en el tramo del infinito exacto. ¡Si supiera lo rápido que hicimos aquella colocación! y no por inspiración, sino para que nadie nos viera.

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Para colocación mi primo Luis. Le hicieron el encargo de llevar a este museo cincuenta macetas con flores y plantas. Una vez que quedó integrado al espacio artístico fui a  ver la exposición. Aquellos tiestos estaban entre cortinas transparentes colgadas de unas cuerdas. La relación de las macetas y las finas telas  blancas forman sombras lumínicas del aire de los bosques, que son la oscuridad que ilumina el arte. La relación entre los tiestos y las cortinas forma parte del movimiento de la constelación del sistema solar. Los tiestos y las cortinas conforman un equilibrio cósmico porque precisamente están colocadas según fórmulas pitagóricas. Y sólo de esa manera se pueden ver y percibir su efecto.

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Fui con mi primo otra vez y hablamos con el responsable de la exposición. Los tiestos no se habían movido de como los había dejado colocados mi primo. Nos invitó a  escuchar la explicación de la guía. A solas le dijimos a ésta que esa posición cósmica que da valor a esa obra, 123.000 euros, fue ideada por mi primo, y que algo le podrían dar. Le pagaron por su trabajo 120 euros. No, fue la respuesta. Según los críticos del arte sólo las colocó, lo cual es el trabajo que se le pagó. Quien dio la posición de cada una fue el azar, en un efecto de una probabilidad entre infinitas maneras de colocarse, siendo puntos del universo. Las medidas pitagóricas quedan así fluctuantes. Lo que se valora es el punto de vista, para valorar el arte. Y esos tiestos que vi quietos se mueven, con el movimiento de rotación de la tierra y en el de traslación alrededor del sol. “!Ah!”, dijimos mi primo y yo al unísono.

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En otra ocasión intervine en una obra  valorada en 237.010 euros. Coincidió con una composición maestra del arte contemporáneo: “Vivir sin trabajar”, como frase hecha con bombillas se valora en el mercado del arte 31.000 euros. ¿Quién lo paga? Dinero público y así se fabrican a los artistas. El que cobra lo es y el que no pues nada, un simple mortal. Aquella obra de 237.010 euros fue un rollo de papel higiénico en una pared con un cuadro de Stalin. La composición estaba iluminada por dos focos. Pasaron por la sala algunas personas que miraron en silencio. Alguno suspiró. Mientras que dejaban sus ojos clavados en la obra de arte, anduvieron a cámara lenta. La idea lo vale. Pero yo pensé que faltaba algo, más gráfico, más contundente. Y no se me ocurrió otra cosa que poner con un rotulador en el extremo de papel “kk”. ¿No dicen que el arte es interactivo?. Me salió y me expresé. Al salir no tuve escapatoria. Me habían pillado. Las cámaras de vigilancia gravaron mi fechoría. No valió que les dijese que fue sin querer. O más que sin querer fue un impulso artístico. Me pidieron la documentación y comenzó un juicio en el que me piden una indemnización de 200.000 euros. Me pareció exagerado y desproporcionado. Estuve dispuesto a donar al museo diez rollos de papel higiénico. Lo aceptaron, pero el juicio siguió su marcha. En el intervalo a la sentencia, previsiblemente condenatoria, aquella pieza de arte visual se iba a vender en la sede de las obras de arte, a 305.007 euros. Se había revalorizado. Cuando pedí ese incremento porque corresponde a lo que yo realicé, retiraron la denuncia y yo no tuve ganas de meterme en líos. Moralmente tengo mucho dinero en forma de arte, pero materialmente nada.

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Aquella tarde de verano los espacios iluminados eran sorprendidos con la recreación de vistas de grandes ciudades fotografiadas desde el cielo. También unas formas irregulares, que sobre plataformas parecen esculturas de cemento abstractas, en forma de troncos y ramas redondeadas. Alguien se había dejado un bolso en la sala, o tal vez fuera una obra de arte o parte de una obra en concreto, todo dependería de cuanto fuese su valor monetario.  Un poco más adelante de aquella serie de esculturas informes, se veían cuatro mandarinas en el suelo. De lejos parecieron manchas, o salpicaduras de pintura.  Constaté que fueron mandarina, al menos en su forma, color y apariencia. Al acercarme, sí ¡mandarinas mandarinas!. Esculpidas y que parecen de verdad. Cogí una y era mandarina de las que se comen.  No es que no hubiera escarmentado, es que las vi tan apetitosas que me puse a pelar una y me puse comerla. Un sabor riquísimo. Jugosa. Dejé la monda en el suelo, dispersa, como si fuera una estela del universo materializada en el huevo de la serpiente del Paraíso en cuyo interior está la manzana prohibida, que no se ve porque se la comieron Adán y Eva. ¡Qué idea!, !Qué arte!. Me sentí orgulloso de mí mismo. Pensé en acudir al despacho de la dirección, pero si la monda de una mandarina es una obra de arte, sobre todo tal y como las coloqué, ¿qué sería la mandarina entera?.

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Pensativo y yendo hacia la salida, un tanto absorto pues me sentí artista de verdad, oí  que el autor de aquella obra se había desprendido de su alimentación para ofrecérsela al arte, igual que el cordero que Abraham sacrificó, o incluso cuando estuvo a punto de sacrificar a su hijo. ¡Todo por el arte!. La esposa del autor le llevó aquellas cuatro mandarinas, para que repusiera fuerzas su marido. Pero éste no quiso, prefirió tomar un café y un bollo en la cafetería.

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– ¿Y qué hago con las mandarinas? -, me enteré que le dijo su mujer.

– Déjales ahí -, le contestó él, mientras que señaló al suelo, el lugar exacto en el que ella las dejó, pues el arte exige de mucha precisión. Ahí, y no en otro lugar. Y allí se quedaron, hasta que yo cogí una. La pele y la comí.

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En aquel momento en que me dirigí a la salida entraba un grupo de medio centenar de orientales. Admiraron a la entrada, en el suelo, unas gafas y unas manchas muy pequeñas rojas. Rodearon aquella imagen, que yo no vi al entrar, y cuchicheaban entre ellos mientras que sacaban fotos sin parar. Lo único que pude traducir fue un ¡Oh!. Y yo me dije, O. Sí, sí: O. Pero esa O creció, ¡ooooooh!, ¡oooooooh!, vaya lamento, vaya chasco. Una señora de la limpieza recogió la pieza ocular y limpio las manchas de sangre. Un niño se había caído.

– Pasamos de la alquimia de la realidad a la alquimia del arte -, dijo la guía tan campante y todos la siguieron. ¡Aaaaah!, fue un suspiro de quienes la escucharon, pues se dieron cuenta de que habían sido testigos de un proceso alquímico. Si esas gafas se hubieran colocado  en aquel mismo sitio y al artista le sangrase la nariz, hubiera sido una obra de arte. Bueno, le hubieran dicho que lo quitara, que se lo llevase de allí, pero al valorarse su posición e impacto visual en euros, la persona sería artista por un proceso alquímico, ciertamente.

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Una chica me hizo la señal de que esperase. Lo hizo con disimulo, pero nerviosa. Llegaron el chico de la mochila y la chica de gafas y me señalaron. No tuve duda ¡la mandarina!. Cuatro guardas jurados me rodearon.

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– ¡Yo no he hecho nada, nada. Nada malo! -. Traté de defenderme. Fue inútil. Me cogieron y me esposaron. – ¡Quiero hablar con mi abogado! – , grité. No fue posible, entre otras razones porque no tengo un abogado a mi servicio. Pero fue una manera de decir que estaban abusando de sus competencias. Un jefe de la policía local llegó y con una sonrisa me dijo que no me preocupara. Entonces sí que me preocupé. Me llevaron a una sala. Sólo había una bandeja plateada. Y el director del museo dijo “ahí”, señalando la bandeja.

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No entendí nada. La chica que me dijo que esperase, me aleccionó diciendo que llegado el momento lo comprendería. Me senté en el suelo sintiéndome observado. Todos estaban contra la pared de la puerta, de pie. Unos con los brazos cruzados, otros atrás. Yo me miraba la mano. Había tenido en ella 20.000 euros y los había comido. Mi valor fue ese. Mi valor monetario y quizá artístico. Pero se desmoronó mi sueño cuando el director del museo me comunicó que la multa por comer la mandarina es de 25.000 euros. Me entraron ganas de llorar. Aguanté el llanto como pude.

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– No pueden encerrarme aquí, es ilegal. – Hablaron entre ellos, cuchichearon más bien. Se dieron cuenta que no estaban actuando correctamente. La multa lleva unos trámites y yo no me negué a pagarla. Pensaba declararme insolvente. Me dejaron salir, pero cual fue mi sorpresa que me siguieron todos. El director llevaba la bandeja plateada en sus manos. No me dejaron entrar en ningún bar.

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Cuando llegué a casa, ¡hogar dulce hogar!, pero no tan dulce. Ellos entraron conmigo. No les había invitado, pero por la fuerza ocuparon mis aposentos. Los guardas jurados bloquearon el baño. Quise entrar, pero el director, por fin, habló. Me ofreció la bandeja.

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– Queremos recuperar la mandarina. Es una obra de arte. Y el arte es transformación.- Efectivamente, llegado el momento lo entendí todo, clara y diáfanamente.  Y por mí mismo deduje que tenían que estar  ellos presentes para ver que fuera auténtica la transformación. Llegué a sentirme orgullosos, emocionado de sacar de dentro de mí una obra de arte. Les pedí un poquito de discreción. Me puse algo nervioso. Se apartaron y miraron de reojo el nacimiento de una nueva pieza de arte contemporánea.

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Me concentré en mi creación. ¡Es mía!. Mi mirada lo dijo todo. Antes de que saliera del todo aquel arte el director me hizo una oferta tentadora: 307.000 euros. No me pude negar. Aquella nueva obra nació como nace un resplandor, igual que un torrentío, a cámara lenta. Fue lo que fue. Y me llenó de felicidad saber que iba a disponer de 307.000 euros para mí, que los había ganado, aunque me descontasen  los 25.000 euros de la multa.

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Me había convertido en un artista. Pensé que si yo he creado lo que creé, la multa se la tendría que pagar al árbol de donde salió la mandarina, que es quien la hizo brotar de él. Pero me callé, no dije nada por si me quitaban lo que me ofrecieron. ¡Y me lo pagaron! El director sacó un fajo de billetes de cien y de quinientos euros, contó la cantidad y me dio lo estipulado. De su cartera sacó cinco euros y dos más con una moneda de su monedero.

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En el momento que me levanté todos me aplaudieron emocionados. La chica de las gafas tenía ya el discurso preparado. “¡La metamórfosis!”, dijo. “¿Kafka?” pregunté, pues aquello me pareció kafkiano. No, no. Kamka, la “m” de mandarina abre un nuevo concepto del arte, explicó la chica. Efectivamente fue una metamorfosis. Yo con lo que me dieron sería capaz hasta de hacer otra. No debía, pues el arte  lo es cuando es una pieza única. Y yo, un hombre vulgar y corriente, convertido en un artista. Esto si que es metamorfosis, kamkiana, claro.

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Todos miraban mi obra en la bandeja sostenida en su mano por el director. Un puntito en la parte alta, una curva, el color, lo informe de los contornos, una espiral convertida en una diminuta montañita de aroma inquieto.  No se podía tocar, para no estropearla y mantener su aspecto original. “Es maravillosa”, coincidieron todos. ¡Y yo soy el autor!. ¡La mandarina del Musac!, al menos el alfa y el omega de aquel proceso artístico empiezan por la misma letra. ¿Casualidad?. El dinero que recibí me abrió las puertas de la mente. Había creado el equilibrio entre la naturaleza y la biohumanaturaleza. Aquella idea fue bien recibida por los responsables del museo y se puso en los folletos explicativos.  No había que decir qué es, cada cual debería dejar volar su imaginación.

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“La metamorfosis de Kamka”, fue el título de la colección. Una colección en la sólo hay una mandarina metamorfoseada, la mandarina del MUSAC.  No me gustó pues no alude al autor. Pero la protagonista es la mandarina y es la que a mí me hizo rico y artista. Lo que gracias a ella gané bien merece un esfuerzo de humildad. No obstante aparezco en foto del folleto.

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Es una obra impresionante. ¿Quién iba a pensar que una mandarina pudiera ser esculpida biológicamente. ¿Y las demás mandarinas? No, las otras no, esas se defecan, se convierten en detritus. Más aún, a medida que se propagó la obra de arte mandarinesca, de color marrón, con forma montañosa mal definida, se revalorizaba. Los técnicos del museo consiguieron perpetuar aquella escultura del destino biológico mediante substancias químicas. Las demás mandarinas dejaron de llamarse por su nombre y fueron “esa fruta”. Cuando en  la frutería alguien dice, “dame de esa fruta”, ya saben a cual se refiere, sin que haga falta que la señale.

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Llamó tanto la atención aquel proceso de transformación metamórfico, que se convirtió en el centro del museo. Y tiene una explicación, fue algo portentoso, ciertamente, que entiende todo aquel que asiste a mis explicaciones, gracias al proceso creativo interior que se convierte en pensamiento. Me di cuenta que mandarina empieza por la letra m. Y también la palabra metamorfosis. ¡Y la palabra museo!. ¿Y el autor? No había una eme que se pudiera asociar a mí. Hasta que caí en la cuenta: ¡madre!. Yo fui la madre de la mandarina, estuvo en mi vientre y yo parí aquella esculbiologitura. Algo completamente nuevo y contemporáneo en la historia de la humanidad.

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Una réplica de la mandarina del Musac se convirtió en un souvenir. Los visitantes la compraron como pin que llevan en la solapa. Se hicieron esculturas que se colocaron como seña de identidad de la ciudad. Fue algo arrollador. Los ecologistas protestaron con manifestaciones porque se iba a llenar la ciudad de moscas, pero no fue así. Desaparecieron todas, quizá por la substancia química. Entonces protestaron porque no quedó ni una, pero cuando ellos defienden el equilibrio natural. Pero, ¿para que está el arte?. ¿No dicen que imita a la naturaleza?. Y se fabricaron moscas, que se intercalaron con la mandarina del MUSAC por toda la ciudad, como proceso de democratización del arte. Fue un arroyo de creatividad. Ya no hubieron murallas romanas, ni medievales, sino mandarinescas. Y hasta en una fuente se unen las dos piezas, la mandarina del MUSAC y la mosca de la mandarina.

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Me han llamado de Nueva York para llevar allá la exposición, pero les dije que no, les mandé a la m, pues tiene que ser en Miami, que empieza por la letra m. Cuando vuelva me nombrarán el mandarín de la ciudad. Todo gracias a la M, que se ha convertido en la conciencia del arte, en la mentalidad de la ciudad. Muchas merecidas y maravillosas mandarinas. El mandarín del museo.

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