Hace unos pocos años sucedió algo que tiene que ver con otro algo de cuarenta y algún año antes. O, si se prefiere: Érase una vez.

Fui con mis hermanos, mi padre y mi madre a un restaurante chino, cuando éstos eran algo exótico y poco común. Estaba muy cerca de casa, en una calle adyacente a la de nuestra casa, a la que hoy han cambiado el nombre, por eso será mejor no quererse acordar.

Un matrimonio oriental regía aquel local adornado con farolillos rojos, pinturas de dragones y paisajes muy bonitos en las paredes, todo lleno de adornos: jarrones, flecos rojos colgados, cuadros pálidos con alguna garza y paisajes y de letras dibujadas con palotes. Él era el cocinero, que se asomaba por una ventanilla para ver los gestos de los comensales tras probar su quehacer culinario. En una mesa estábamos mis padres y los cinco hermanos, cuatro y una chica. La mujer que regentaba el local servía los platos o los bol o cuencos. Y el pan de arroz, que estaba caliente después de haber frito la masa.

Aquella mujer joven nos aconsejó algunos platos que luego se convirtieron en una tradición familiar: Arroz tres delicias, cerdo agridulce, los consabidos rollitos de primavera a modo de aperitivo, sopa de aleta de tiburón, pato con piña, y piña o plátano fritos (rebozados) de postre. Y también helado. A mi padre le servía un licor al terminar. Y antes de empezar a comer le ponía delante el plato que ella pronunciaba con una sonrisa: “Familia Feliz.” Una mezcla de gambas, calamares, trozos de carne (pollo y ternera), apio, zanahoria y judías verdes. Lo puso en la mesa y dijo el nombre del plato muy bien pronunciado. Y diciendo “regalo de la casa”. Mi padre lo contó ufano después a todo el que se cruzaba con él. Como era de aperitivo, todos metíamos el tenedor para picar. Con la costumbre de hacerlo con los platos de los demás: “Déjame probar”; “Si me das te doy del mío.”

Al finalizar la comida ella nos regalaba caramelos y a mi padre aquella primera vez un muñequito de gato pequeño de la suerte que mueve el brazo como saludo. Cuando salíamos del restaurante, igual que hacía con los demás que iban a comer, se colocaba al lado de la puerta y flexionaba la espalda y el cuello como despedida. Al entrar sólo inclinaba la cabeza una vez. Luego nosotros le imitábamos en la calle, creyendo de esa manera ser algo chinos.

Desde entonces, cómo mínimo una vez al mes íbamos a comer los domingos. ¡Vamos al chino!, era la consigna. Como decía mi madre “y no es caro.” Se convirtió en una tradición familiar.

Fueron pasando los años. Ella y él formaron una familia: Un niño y una niña, en un tiempo de tres años. Pasados varios otro chinito. Usada esta palabra cariñosamente. Cuando fueron creciendo, de pequeños se acercaban para enseñarnos cosas. O fueron los encargados de darnos en Navidad el calendario enrollado con dibujos chinos que eran muy originales, hechos con trocitos de bambú o de madera muy fina, supe más adelante que son de caña. Mi madre cada año lo colgaba de la pared en el cuarto de la plancha.

También palos chinos para comer con ellos. Solamente un hermano aprendió a usarlos. A mí me enseñó una amiga de nombre también de tradición familiar. Pero en otro restaurante y en otra historia. Mi madre le pidió a la mujer del restaurante chino que no nos regalara más palillos de esos porque acababan sueltos por toda la casa. El licor que servía a mi padre en un vasito de porcelana se extendió a los demás a medida que nos hicimos mayores y me regaló un cuenquito de cuando le dije que eran muy bonitos, “una pocholé”. “¿Qué es pocholé?” y señalé ese recipiente que aún guardo de recuerdo.

Y fueron pasando los años y mis hermanos y yo nos emparejamos y nos fuimos a vivir fuera de casa, incluso de la capital del reino dos de nosotros. Cuando íbamos a visitar a nuestros padres: ¡Al chino!, como algo especial y tradicional de la familia. Y nunca faltaba antes de empezar a comer el plato de Familia Feliz, que ya tenían preparado los anfitriones, porque mis padres para no tener que esperar siempre encargaban la mesa el día antes. Ella siempre nos recibía con elegancia y alegría. Y él al asomarse nos saludaba con la mano y moviendo la cabeza.

Y siguieron pasando los días, los meses, los años, los lustros e íbamos con nuestros respectivos hijos. Los de ellos ya servían alguna vez las mesas. El mayor nos ofrecía su mano para darle un apretón como saludo de los nuestros, occidentales. Y cuando nos juntábamos todos los hijos y nietos llenábamos un ala del restaurante.

Fue una tradición ir al chino, a la que se incorporó la sopa wantán (guantón) de pasta informe arrebujada, que ella nos dijo “nubes celestes”. Y platos de setas y de bambú. Un arroz frito al que se echaba un caldo por encima para comer. Pato frito. Tallarines (chinos) con verdura. Como siempre todo partidito en trozos.

Y los años volaron. Mi padre iba en silla de ruedas y comía orgulloso su plato Feliz rodeado de sus hijos, nueras y la nietada. Y pasó medio siglo, aproximadamente, sí. ¡Se dice pronto! La nueva generación cantaba una canción con la letra, nada más, del nombre del restaurante: “Tachi Tachi Tachi ¡Tachilín!” (bis), con música que creyeron china 8de las películas) y daban pasos cortitos y apresurados con las manos unidas delante del pecho. Era su manera de celebrarlo.

Un día que fui a visitar a mis padres al ir a reservar la mesa, estaba cerrado. ¡Qué raro! Y la siguiente vez. Siempre que pasábamos delante de su fachada mi padre decía “¿te acuerdas?” Yo sonreía, “¿cómo no?”

Pasaron los meses, tres o cuatro y al ir con mi padre de paseo llevándole en la silla de ruedas vimos que la trapa estaba levantada y la puerta entre abierta. Mi padre dijo que lo estarían vaciando para poner otro negocio. Yo iba a entrar cuando mi padre gritó que no molestase, que a qué iba a entrar. Pero me metí en el local dejando a mi padre gruñendo y refunfuñando.

Simplemente quería verles, como lleva varios meses cerrado-, dije. Oh, sí, sí, dijeron ellos sonrientes. Solté aquella frase para evitar emocionarme. Les vi, yo diría que como siempre, pero muy ancianos. Parecido a la última vez. Sin embargo sucede que al entrar recordaba sus caras de jóvenes, de después, todas juntas. Él estaba de pie con los brazos cruzados. Ella sentada apoyada su cabeza en una mano con el codo del brazo sobre la mesa. Llevaba colocado un pañuelo sobre su cabeza, parecido al que siempre tuvo el cocinero, su marido. Parecía que nos estuvieran esperando. Me acordé de la escena de la película “Merlín” y del libro de Wall Disney que cuenta esta peli. Cuando cae Arturo del tejado y el mago en lugar de sorprenderse dijo que le estaba esperando. O cuando me vine a vivir a León, mi tía Polo, tía abuela, casi me regañó porque me hubiera retrasado: “Ya era hora de que alguno de la familia viniera”. Por hache o por be todos sus sobrinos, incluido mi padre, se fueron de la ciudad, y ella llamó a tal ausencia “la diáspora”.

Fui a buscar a mi padre para que saludara a los dos dueños del restaurante chino.

Le dije a mi hijo “tienen que estar ahí, tienen que estar ahí.”- Parecía no sorprenderse tampoco mi padre, que también tenía el rostro arrugado, los gestos clavados y congelados en el rostro. Los hijos de ellos ya supimos que trabajan fuera en empresas muy grandes. Que van y vienen, pero sobre todo van, van y se van. Ella se levantó con esfuerzo y se inclinó moviendo la cabeza. Me dio apuro verles así. Y sin saber qué más decir. Pero mi padre soltó que estarán cerrando y que no queríamos molestar. Y manifestó lo feliz que fue cuando iba con la familia a comer.

No, no-, dijo ella. ¿No qué?, pensé yo. –Está abierto.- Luego discutiría con mi padre si añadió o no “para ustedes”. Yo no lo oí. “Entonces podemos venir a comer el domingo”, que era el día siguiente, propuso mi padre con cierta euforia y atrevimiento. Ella dijo “mesa reservada”. “¿Cuántos?”, preguntó él. Mi padre dijo que echara yo la cuenta, invitando a mi hermano pequeño, su mujer e hijos. Luego nueve. “Nueve” repitió ella, y “muy bien”. Noté que a él le brillaron los ojos humedecidos. Pedí con un gesto de la mano que ella no se moviera, cuando hizo intención de acompañarnos a la puerta. Cuando se lo contamos a mi madre se llevó una sorpresa. Ella pensaba que con tanta competencia ya no abrirían. En la misma calle había dos restaurantes chinos y otro tailandés. Cuando comenzamos a ir eran solo ellos y en toda la gran ciudad no habría más de treinta. Pero pasó el tiempo.

Con la puntualidad que caracteriza a mi madre a las dos en punto estábamos sentados en la mesa. Él, el cocinero, pasó ante nosotros y nos saludó inclinando la cabeza y moviéndola. Bajó un poquito la trapa y puso una silla delante de la puerta. Fui el único que se dio cuenta. Mi madre estaba preocupada por lo desolado del restaurante, ¡siempre tan lleno! Dijo que cómo había estado cerrado tanto tiempo, quizá, no sé. Ella se acercó muy despacio a la mesa y nos saludó, nos dio la bienvenida y “gracias por venir.” Mi padre, ufano, dijo que es un honor, un recuerdo y ¡una tradición!

Los nietos querían pedir lo más raro que hubiera. Ella se acercó sin papel para apuntar. Los pequeños decían nombres de platos, pero ella dijo con voz muy baja que rollitos de primavera, sopa wantan y dos de aletas de tiburón. Y platos para picar. Estiró una sonrisa como si lo hicieran unos dedos invisibles, porque la palabra “picar” lo aprendió de nosotros. Y pan chino, uno para cada dos. De postre sorpresa. “Y si buenos: regalo.” Mi madre pensó que no les habría dado tiempo a hacer la compra. Comentó a mi padre que qué pena que ese año no tenía el calendario. Mi padre estaba serio. Y yo. Los pequeños canturreaban y celebraban volver al chino.

Muy despacio ella se acercó a la mesa con el plato de Familia Feliz. Muy despacio. Lo colocó delante de mi padre que pletórico y orgulloso sonrió y dio las gracias. Ella se concentró en su faena de servir la mesa. El cocinero, su marido, se asomaba alguna vez. Todo bien. Agua, vino y gaseosa. Todo como siempre.

Llevó ella la botella de agua, muy despacio. Luego la de vino. Después la de gaseosa. Un plato con un pan, luego otro, otro, otro después. Otro. Sin hablar ni gesticular iba sirviendo a cada cual lo suyo, bol a bol, plato a plato. Los jóvenes de la mesa decían que iban a dar las uvas, que. Pero mi padre hizo un movimiento seco de manos cortante, como el gesto final de un director de orquesta. Se miraron unos a otros y el nieto mayor dijo con cierta ironía “paciencia china”. Reinó el silencio y las risitas. Agasajamos los platos. Yo le decía, como siempre, que felicite al cocinero. Él se asomó para saludar, forzando una sonrisa. Y ella despacio, despacio, despacio. Con pasos muy cortos y la mirada en un extraño horizonte y la sonrisa momificada. Despacio, despacio. Sí, muy despacio.

Mi padre, medio en bromas, medio aleccionadoramente, cuando ella iba a la cocina, a la puerta con un ventanuco donde cogía los platos, dijo que no teníamos prisa. De postre helados y litchis en almíbar y plátano frito. Me pareció que ella caminara al monte de Narayama, o alguno similar, y el sabor de cada condimento me supo a su balada.

La cuenta. Mi padre dejó la propina de siempre. Los caramelos a los niños. A mí un vasito de porcelana donde bebí el licor con el que nos agasajó. El calendario para mi madre. A mi hermano un cenicero con el dibujo de un dragón rojo. Fue llevando uno a uno. Y a mi padre un muñeco pequeño de buda sonriente. Fue la única vez que habló como despedida: “Familia feliz”. Y esbozó una mueca de satisfacción. Aguardamos un rato, sentados, a que ella llegara a la puerta, donde nos quiso despedir saludando con su ritual inclinación y moviendo repetidamente la cabeza. Sin decir nada, con una sonrisa tardía, que estiraba en su rostro. Su marido a la puerta de la cocina con los labios de Gioconda, parecía una estatua de orgullo y humildad como dos olas que chocan y forman una enorme, así su gesto y prestancia.

A las siete y dieciocho minutos salimos del restaurante. Mi padre, medio en bromas, dijo que los grandes banquetes son así, duran ¡horas!

El miércoles en la puerta del restaurante una esquela, en caracteres chinos. Lo supe porque había al lado un dibujo con una especie de pagoda funeraria con un papel pequeño blanco y otro amarillo y una foto de ella de cuando su mediana edad. 已经死了已经死了…

Mi madre rezó por ella. Nosotros, todos, la recordamos. Y también aquel día, despacio muy despacio, sin prisa para llevar cada plato en los que sirvió todos los tiempos vividos y era el camino su Tao.

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