Pompas con burbujas

.

Este cuento lo escribí en un barco, en un barco de papel.

(Dedicado a Olga, la del kiosco de la calle Escurial en León)
.

Mi suerte fue tal que al casarme con Nadia Frankeneli me convertí, años después, en heredero de una complicada y sustanciosa herencia de los zares, cuyo capital estuvo guardado y custodiado en un banco de Londres. Todo aconteció durante los días de la perestroika en Rusia. Coincidió el mismo mes y año en que me hice poseedor de esa gran fortuna. Decidí, no obstante, quedarme en la ciudad donde llevaba viviendo catorce años.

.

Nadia y yo decidimos hacer una empresa original. Consistió en dedicar nuestros esfuerzos e inversión empresarial en hacer realidad los sueños de las personas. Cuando estudié en la ciudad de Orly, una de mis aficiones fue escribir cartas de amor para mis compañeros y amigos, los cuales no se atrevían a poner metáforas ni versos a sus sentimientos. Cuando era más pequeño jugaba a las canicas y me dejaba ganar con aquellos que siempre perdían. En mis años de estudiante de la universidad participé en la tuna. De aquella, con Moly y Manu, formábamos el grupo de “Los mosqueteros”, dedicados a rondar a las chicas con canciones en las que declarábamos los mensajes que algún estudiante y profesores, nos encargó, con el aliciente de una propinilla.

.

A Nadia le conocí en un pub, una noche de parranda. Le oí decir a una amiga que ella sólo se casaría con un príncipe. Nunca antes la había visto, pero me acerqué y le dije “hola”. No me hizo ni caso. Miró para otro lado. Pero desde entonces soñé con ella, no pude evitar que su imagen fuera recurrente en mi memoria visual. Decidí ir a buscarla a la escuela de artes y oficios, único dato que el camarero supo darme. Fui vestido de príncipe. Todo el mundo se rió de mí. Creyeron que era un loco. A más de uno se lo oí decir. Nadia no paró de reírse al verme, por lo que supe que me reconoció. No hablamos nada, pero ella me abrazó. Le dije que si quería ser mi princesa azul. Dijo que sí y cuatro años después nos casamos. Nos fuimos a vivir a Flazureria, en donde montamos una cooperativa junto a algunos amigos. Se llamó “Sueñolandia”.

.

Nadie se dedicó a hacer muñecos de trapo que luego vendíamos en el rastro y en puestos callejeros. También chapas de artesanía, piedras pintadas y marionetas hechas con latas y pinzas. Participó también un grupo de teatro. Diana la parte del guiñol. Elías fue su director. Hicimos una revista de poesía, cuentos y reflexión social. Conseguimos un local para intercambiar libros y revistas de segunda mano.

.

En nuestro Club o Sociedad de Sueños anónimos, entró a formar parte Olga, la kiosquera. Nos dejaba leer las revistas y los periódicos sin pagar nada. Convertimos su local en un punto de encuentro entre “la gente” de nuestro mundillo.

.

Al recibir la noticia de la fortuna que heredamos por vía familiar de Nadia, al principio nadie se lo creyó. Pensaron nuestros amigos que se trataba de una broma, una fantasía, ¡otra más! ¡Un sueño convertido en realidad!, se mofaron. Pero cuando vieron los certificados oficiales fliparon. Se nos ocurrió hacer una agencia para llevar a cabo los sueños de las personas. La primera actuación iba a ser cuando la fecha de los Reyes Magos. Recibiríamos las cartas de las niñas y niños de la ciudad, vistiéndonos de las magnas majestades. Sin que los padres se enterasen de que iba a ser de verdad. Dejaríamos en cada puerta el regalo que hubieran pedido. Un año lo habíamos realizado dejando postales y cuartillas con el dibujo de lo que pidieron. Si pedían un avión de juguete, lo hacíamos de cartulina, si querían un tesoro: una caja de zapatos llena de piedras. Si una muñeca de la tele: un chupachús. Desde lo de la herencia iba a ser tal cual.

.

Antes de comenzar a funcionar con esta empresa hicimos un ensayo con el sueño de Olga: ver a Miguel Bosé y que hablara con él. Olga es una especie de Momo del barrio, de celestina y casamentera y hada madrina que encuentra soluciones para todo y para todos. Hizo que yo coleccionara póster, recortes de fotos de artistas que salen en las revistas porque ella me las regalaba. Fue una especie de banco para la bohemia de la ciudad. “Banco” en los dos sentidos. Vendía revistas pornográficas, helados, bollos, prensa, sellos, tabaco, caramelos, chocolatinas, gominolas, muñequitos y si alguien necesitaba un pañal el domingo cuando las tiendas estaban cerradas, ella tenía uno debajo del mostrador. La policía secreta compraba allá los cigarros de contrabando, lo mismo que los pequeños traficantes de droga sus chinas y papellinas. Conocíamos aquel kiosco con el nombre de “El barco”, y una expresión muy comentada fue “el kiosco de Olga es la leche”.

Recuperar Riaño oh oh.

Conseguimos que fuera al kiosco Miguel Bosé. De la manera mas simple. Le escribimos contándole nuestras intenciones y a los pocos días nos llamó y dijo “sí”. El día que vino avisamos a todos los personajes del barrio. Iba a ser un encuentro memorable. Le dijimos a Velasco, el dueño del bar “El cardo”, que pusiera a enfriar varias botellas de champán. Como a todos los demás pedimos que guardaran el secreto. Él siempre discutía con Olga, ¡todos los días!, por cualquier cuestión por nimia que fuese se convertía en un campo de batalla dialéctico. Se quejaba de que los periódicos llegaban tarde, se queja de que Olga abre cuando le da la gana. Discutían sobre cuál negocio de ambos iba peor y cuál da más trabajo. ¿Champán para Olga?, dijo. “¡Ni hablar!, que se conforme con sidra”. No creyó que fuera cierto que iba a ir Miguel Bosé. Pero el día “X” apareció con el champán más caro del mercado local y los gastos corrieron por su cuenta. El señor del pelo blanco, la señora de la peluca, los niños del colegio cercano, los de las tiendas de alrededor, el peluquero, los repartidores de prensa, policías locales, mendigos y drogatas, su hermana y dos sobrinas suyas se juntaron en la esquina, sin que Olga sospechara nada ni supiera la sorpresa que iba a tener.

.

Miguel Bosé entró y, justo al entrar, los de la banda del barrio empezaron a tocar un pasodoble, al estilo de las charangas que, como ellos, recorren las calles los días de fiesta. Los del platillo y el bombo habían ensayado para la ocasión, para dar la nota en el momento justo. Olga salió a la puerta de su guarida, como también se llamó el local, acompañada de Miguel Bosé. Todos los que esperaban escondidos salieron. Se llegaron ajuntar doscientas personas, pues la sorpresa había corrido de boca en boca. “¡No me lo puedo creer!”, exclamaba Olga, y decía estar emocionadííííísima. Con lágrimas en los ojos se puso a llorar cuando Velasco llenaba las copas de cristal con champán, ¡del caro! ¡Pues claro!, decía rimando Velasco con su alma de poeta que afloró. Durante media hora el barrio estuvo de fiesta, de manera improvisaba, y no pocos cantaban imitando a Miguel Bosé, que no paró de reír. No paró de repetir “sois maravillosos, sois maravillosos”. Olga le contestó tomándose una confianza inusitada que el maravilloso es él y más por haber ido, que nunca va a olvidar qule día. Por la tarde, cuando ya se hubo ido el famoso y guapo cantante, Olga no paró de decir lo elegante que es, lo emocionada que estuvo. Se hizo una foto junto a él. Dijo que la pondría en un marco encima del estante de las gominolas.

.

Al día siguiente la hermana de Olga nos llamó. Había muerto. Dijo que su hermana Olga había fallecido. Todos entristecimos. El barrio entero se vistió de luto. Yo me sentí culpable, ¿murió de la emoción? Tal vez estalló de felicidad. Fue aquel encuentro lo que más deseó en su vida. A su entierro todos fuimos con cierto fondo de alegría y satisfacción, pues durante media hora había sido inmensamente feliz. No es lo mismo morir que llegar al finiquito con los sueños realizados. A mí durante los entierros me entra la risa, incluso en el de mis seres más allegados. No lo puedo remediar. Lo disimulo. A veces por eso parece que lloro tanto.

.

En la iglesia, durante el funeral, estuve al lado de Velasco. No supe qué decirle. Se me ocurrió acercarme a su oído para susurrarle “Velasco, ¡joder!, ¿qué tenía el champán?”. Velasco se puso a llorar como una Magdalena y le dijo a Dany, el repartidor de periódicos, lo mismo que yo le pregunté, corriéndose la voz de tal forma que se contagió el llanto de unos a otros. Hasta el sacerdote se puso a llorar cuando dijo que para los católicos la muerte es una fiesta, que es nacer en el seno de Dios, que no muere, sino que se va para esperarnos y llegar al encuentro en la plenitud.

.

Yo llevaba bombones, los que había prometido a Olga cuando me dio unos versos que aún guardo en mi escritorio: “no arranques las flores, el viento no sabe leer”. Le dije que a su entierro llevaría bombones en lugar de flores. Nunca pensé que sería tan pronto. Lo dije sin pensar. Ella hubiera llevado al mío flores de papel.

.

Estando en el cementerio Velasco estaba muy afectado. Se rascaba el bigote de mejicano de manera compulsiva. Hay quien dice que nació con ese bigote ya puesto. Se acercó a mí y me dijo: “¡Joder!, Martoreni, ¿qué iba a tener el champán?. Burbujas, coño, ¡burbujas!”. Me entró la llantina y le dije, como pude a Nadia que el champán con el que brindamos el día anterior tenía burbujas. Nadia lloró. Volvió a correr la voz y otra vez todo el mundo no paró de llorar expresiva y estrepitosamente tapándonos el rostro como si de plañideras de Nápoles se tratara.

.

No puedo olvidar todo aquello que sucedió. Fue por eso por lo que Nadia y yo decidimos venir a Rusia, para vivir de las rentas. Actualmente nos dedicamos a gestionar el palacio de un tío abuelo de Nadia, que sirve como museo de iconos.

.

.

.

Licencia Creative Commons
Pompas con burbujas por Ramiro Pinto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://wp.me/PQt0c-2yf.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en www.ramiropinto.es.