Una sensación en forma de fuente

Nunca me he atrevido a divulgar una sensación que tuve hace varios años. No lo hubiera hecho jamás, pero alguien leyó en alto cerca de mí, en un parque,  una recopilación de cuentos ingleses, escritos a mediados del s. XX. Ha sido entonces cuando he visto reconocida mi pequeña historia, sin que necesariamente tenga que ser considerada un delirio. Si hay espíritus y metamorfosis ¿por qué no la mía? Al menos una transformación literaria.

Acababa de llegar a mi casa del trabajo. Soy oficinista, sin mucha historia curricular. No sé muy bien en qué consistía mi labor. Me limitaba a cumplir con mi tarea: colocar una columna de números y a su lado otra con los nombres y apellidos correspondientes. Luego la revisaba y un mes tras otro  vivía con ese mi destino laboral, que por otra parte es muy necesario, ya que por tal empleo me pagaban puntualmente mi correspondiente salario. En mi habitación me vestí cómodo, con las babuchas y el pijama. En esa situación de relajación los conductos urinarios se aflojan y las ganas de hacer pis afloran. Fui, como es menester, al servicio.

No recuerdo ninguna excepción digna de mención aquel día, con respecto a los demás. Mis tablas de cuadrículas, la lectura del periódico y los comentarios obscenos de los compañeros de trabajo sobre algún programa de televisión.  Nada especial. Todo era igual de anodino que siempre, mirara al pasado al presente o al futuro. Hasta que empecé a desahogar mi necesidad fisiológica de mingitorio.

Durante los primeros segundos hacer pis fue normal. Cuando pasé del minuto era una meada larguísima,  pero al cabo de diez sin parar era excepcional, apta para un libro de récord. Nadie lo creería, pues fue casual y, por ende, no pude grabarlo en una cinta de vídeo. Hubo ratos en que cerré los ojos para concentrarme en el gustirrinín que da al salir por la uretra, pero seguía y seguía.

Del color amarillo claro, brillante, pasó a un tono más oscuro. Luego marrón, lo que me comenzó a preocupar. El pánico sucedió cuando el color fue rojo, y luego verde, y más oscuro. Me quedé atónito. ¿Qué me pasa? me pregunté, pues era evidente que un fenómeno paranormal me estaba sucediendo. No tuve explicación para aquello que experimenté en mi propia piel. Pero el caso es que quise gritar y no pude. Tampoco mover los pies, para marcharme de allí y pedir socorro, aunque fuera ir corriendo echando el chorrito. Sentí miedo, lo reconozco.

El tiempo es una fuente que nos transforma

¿Qué estoy echando?, me planteé con gran preocupación.  Intuitivamente supe que me estaba vaciando. Había oído hablar del vacío existencial, del vacío interior, pero lo mío era físico. No podía hacer nada. En los momentos de terror se actúa de manera emocional, sin sentido, en busca de un milagro. Quise recordar algún verso, por si eso paralizara mi derramamiento. No recordé ninguno. Me di cuenta que no había leído ni un solo poema en toda mi vida.  Entonces ¿a cuento de qué me dio por pensar que eso me salvaría.?  Tampoco había leído otros libros en prosa o de teatro. Nada de nada. Nunca me había acordado de ello, pero en ese momento lo eché en falta. No sé porqué.

Me fui vaciando. Fui consciente de ello. Pero llegó un momento en que no me sentí, pero me percibía encerrado. Fue una sensación extraña. Han pasado muchos años, durante los cuales no he parado de pensar.

No noto un gran cambio respecto a mi vida anterior. Todo lo que veo es como si lo viera a través de un sueño.

 He descubierto que me convertí en una roca. Debo ser un monolito colocado en el centro de una fuente. Percibo la mirada de muchas personas, pero de pasada. Ninguna se fija especialmente en mí. Vivo dentro de ella. Creo que soy una roca. Un pedrusco con un espejo incrustado y una breve inscripción que dice “mira”. Yo, si alguien se asoma, me escondo.

Puedo conseguir que quien pase cerca de mi yo-fuente y escriba lo hará contando mi historia. Cuando oí a un señor leer los cuentos de autores ingleses, a varios eruditos jóvenes, cerca de mí,  me animé a contar lo que me ha pasado. Quien lo escribe piensa que es una invención suya, que es creación literaria, e incluso jugará con las palabras haciendo creer al lector amable que soy parte de su trama, ja, ja, ja.

¿Y tú, lector? Seguro que no sabes qué roca soy, ni en qué fuente me han colocado.  Porque te dirás a tí mismo que es un truco, una bobada, una tontería, una mentira o locura en forma de cuento, ja, ja, ja.

Todos, alguna vez, hemos sido una fuente.