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Un viaje que no se ve

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Ir y volver cada día convierte viajar, cerca de una hora y otra de vuelta, en un reloj que acompasa el latido de cada vida que gira.

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El reto de no perder la hora de salida, ahuyentar el retraso, que aun queriendo no correr hay que hacerlo, porque por un minuto se pierden veinte a la espera del siguiente. Que no le toque parar al tren en el cruce de vías, de que las manillas coincidan con el momento justo, que no pocas veces exige una carrerita cuando las puertas pitan.

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En tal rutina rutilante de la jornada es posible sumergirse en los rostros de cada día, las mismas caras, siempre en los mismos asientos. Ver lo que en “El tiempo recobrado” cuenta Proust, sobre pintar a las personas sumergidas en el tiempo y plasmarlo en tal lienzo para encontrar su ser, y no en el espacio, aunque parezcan monstruos porque podemos engrandecer a nuestro antojo lo que cada uno somos.

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Es así que creamos un idioma particular en nuestra forma de ver cuando al ir y volver cada día como de costumbre. Es una manera de comunicación con la mirada, cuando fugaces los ojos se contemplan y escapan. Un idioma cada vez más enjaulado y que menos gente habla, como el esperanto o el latín, al encerrar el horizonte en pantallitas en las que se teclea.

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Otras veces adormilamos lo que vemos en los libros, como si viéramos el mar a través de un cuadro Y sentimos su aroma, escuchamos el oleaje. Decimos del paisaje del horizonte, del amanecer o atardecida, que parecen un cuadro y no al revés. Han cambiado los sentidos entre tantos edificios, que atravesamos por los raíles, en sus entrañas abriendo un paso con una maraña de caminos fijados que encarrilan el horizonte.

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Aún queda ese lenguaje. Son los rostros, la manera de sentarse, el sitio asiduo con el que marcamos la territorialidad. El conserje que se baja en la misma estación para hacer trasbordo y se coloca cerca de donde yo me sitúo para ir a otro andén lo más rápidamente posible. Estrategia en cuanto saber donde parará la puerta y entrar de los primeros para coger asiento. Las escaleras mecánicas para ir a la vía correspondiente, “paso, paso”, cual “Galgo de Atocha”. Aquél es conserje porque un día le vi con un manojo de llaves y desde entonces supe…

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El señor que continuaba cuando yo me bajaba. Estirado. Calvo, pero peinado, lo que queda para ello, con gomina, trajeado con corbata, a veces de color rojo, la chaqueta grisácea o azul marina. Un funcionario, hasta que un día dejé de verlo. Pudiera estar enfermo, pero nunca más: se jubiló. Los últimos meses iba pensativo, cada vez más ensimismado.

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Padrenuestros, que se persigna al levantarse del asiento, que encuentra siempre libre milagrosamente, y se estira la falda y con mucho aspaviento se pone el abrigo, o la chaqueta o coloca el bolso. El juego de las adivinanzas sobre a qué lado se abre la puerta. Una joven que va con su padre se felicitan o burlan según lo adivinen o no. Con gestos se dicen “has fallado”, o se vanaglorian, “¿ves?”. Ese señor nos mira a todas las personas que le rodeamos y toma notas. Será escritor. Su hija estudia, porque repasa los apuntes. Ella se enfada si él se mete el dedo en la nariz, lo que discretamente hace.

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La funcionaria, que tres veces a la semana, va con otra compañera, vestidas pulcramente, maquilladas, aunque alguna vez, una de ellas cuando va sola, se pinta los labios, empolva la cara y los ojos. A mí me pone nervioso, porque un frenazo la puede ocasionar un disgusto y no sólo estético. Pero en el lenguaje del silencio es mejor no decir nada. Mirar, escapar de los ojos, volver a reincidir. Ella siempre lleva unas botas tipo Peter Pan, de colores diferentes, discretos. Cruza las piernas y la mueve que parece que quisiera dar una patadita a alguien. Por la manera de estirar los labios, por lo que a veces cuenta a la amiga que va a su lado, son dependientas de tienda de ropa.

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El de orejas de soplillo, que debe de ir a fichar al paro cada jornada. Los rumanos que parece que están en su país con el pensamiento. Un negro que se siente satisfecho de haber llegado a seguir viajando sin ser nómada. La caribeña que se siente mirada y orgullosa. El cubano y otro dominicano que se retienen de ponerse a bailar. La señora que iba con un carrito con un niño pequeño, que ya no lleva, porque debe de quedar en una guardería. “Ya estará hecho un mozo”. “Sí, sí”, porque le ayudé alguna vez a bajar.

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Sin conversación, a no ser en el andén dos días a la semana, antes de coger el tren con la Negrita Dominga que cantó Rubén Darío, sí sé quién es, Isabel. Un día fatigado para no perder la hora de salida, entré con dificultad para respirar y me dejó su asiento, que parece lo tiene reservado. Se queja de que el escalón de entrada quede tan alto del andén: “hay que hacer piruetas para subir”. ¡Ay! Una parrafada y consejos de respirar, para luego saludar en la hora silenciosa de madrugada. En la soledad de las estaciones a la espera. Y desde entonces los buenos días, ¿qué tal?, el tiempo. Alguna cuestión cotidiana, o trágicas como la muerte de un vecino, de repente. Y que es una suerte madrugar, porque eso es que puedes vivir aunque siempre ajustados. Y cuando va a llegar el tren cada uno a su lugar, “cada mochuelo a su olivo”, porque cada cual tiene su sitio y más puede comprometer. Es un lenguaje tácito y táctico.

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Los que van siempre parejos, espías o de los servicios secretos, porque llevan barba y uno gafas oscuras. Un gordito con cara de enfado que nunca se sienta, seguro que es camarero, o cocinero, pero de los de huevo frito con chorizo. Las mulatas que irán de camareras. Las que trabajan en casas o limpiando oficinas. Quienes van a algún lugar en el reloj de sus vidas.

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Miro también por la ventana y el paisaje cambia de luz, con la lluvia. Aviones al alcance de la mano. Una chumbera. Coches atascados. Campos, naves en ruinas. Oficinas con las ventanas encendidas en edificios alargados. En una hay uno demasiado temprano que, pienso, puede estar robando información, un día tras otro. ¡Tan madrugador! ¿Llamar a la policía?, pero nunca lo hago.

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Cuando veo de vuelta en el extremo del andén los raíles que se cruzan en la estación del trasbordo, me parece complicadísimo coordinar tanto cruce de trenes. Y la tela de araña que forman los cables, fríos, grises, metálicos, tan cortantes a la vista y con un nombre tan bonito: candelaria. Y sonrío a la espera a que llegué mi tren y regreso a mi sitio, ¡mío!, al menos en el momento en que lo es.

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Al subir otra vez, a la espera de volver al día siguiente, convertidos todos en el día anterior, antes o después, viajo doblemente, según la mirada, la cual hay que traducir porque viajar es invisible.

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