Frente a las novelas de Estado o comerciales, de empresa, o de protesta y denuncia, casi todas de diseño tipo Harry Potter o series de Nardia o el Señor de los Anillos que visten los mitos de cuento y están bien, pero hace falta un contrapeso de la literatura de acción interior como son las novelas de caballería: de lucha, sexualidad, amor a la libertad, del amor en todas sus vertientes y la defensa de uno mismo frente al mundo. Observemos que según un informe de los monjes dominicos cuando las primeras conquistas en el Nuevo Mundo se ejecutó a muchos nativos por traición, pero destacan el caso de la india Anacaona, que al iguial que a otras, ahorcaron en el territorio de La Española  las autoridades españolas de allá por querer a muchos indios y hacer con ellos muchas suciedades libidinosas.

La crónica de Gomara, favorable a Cortés y apologética del mismo dice inocentemente que “fue muy dado a mujeres”, lo que también Bernal recalca como valor favorable, remarcando que “demasiado”, pero observando que es celoso en su casa, pero no así en las ajenas. Pero otros comentaristas van a ver en este aspecto algo reprobable, lo cual fue una guerra interna a muerte dentro de la iglesia católica. Por ejemplo, recoge Juan Miralles en su biografía sobre Hernán Cortés, que un arcipreste que acompaña a los conquistadores da como receta de vida confortable “haber mantenencia y ayuntamiento con fembra placentera”, según crónicas sobre aquel entonces. 

El dominico Las Casas describe a Cortés, extrapolable  otros soldados en este sentido, como “vicioso”. Bernardino Vázquez de Tapia le acusa de “amasar una inmensa fortuna y llevar una vida disoluta y promiscua”. En él se concentro la imagen de los conquistadores y van a ser la visión de lo depravado, de la codicia y de la sexualidad como pecado. Este aspecto no lo olvidemos porque volveremos sobre tal asunto al analizar el Quixote de Avellaneda. Tampoco es baladí que el protagonista de la obra de Cervantes sea un casto caballero, que tampoco lo fueron los personajes de las novelas caballerescas.

Friedrich Engels, en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, alude a las novelas de caballería, como aquello que hizo que la sociedad descubriera el amor sexual, siendo un paso más con respecto al deseo sexual. Ofrece un dato documental que viene a cuento, pues se estaba dando un cambio de mentalidad en el ámbito de la sexualidad. Poco más de veinte años de que se editase “Amadís de Gaula” Fernando el Católico (año 1486) publica una ley para el reino de Aragón por la cual los señores no podrán pasar la primera noche con la mujer que haya tomado un campesino, ni durante la noche de bodas  ni después de que se hubiere acostado una mujer pasar la pierna por encima de la cama o de ella en señal de señorío, no servirse de las hijas o los hijos de los campesinos contra la voluntad, con y sin pago. Una auténtica revolución.

Ya en la literatura de las novelas de caballería se defendieron los amores recíprocos, y se atacaron los malos tratos y los abusos. Algo tan importante parece que no se relaciona con la literatura, cuando es algo esencial para analizar el contexto. Los estudios sobre la obra de Cervantes quedan difuminados en la abstracción y en elucubraciones manidas y simples cuyos análisis se reiteran y repiten cada vez más hiperbólicos, como si se compitiera a ver quién alaba más la escritura de este autor, sin entrar en el fondo.

Nuño de Guzmán, que fue enviado como gobernador de Panauco (1525) es calificado por Bartolomé de Las Casas como “gran tirano”, y ciertamente implantó su poder mediante el terror, se caracterizó por el lujo y los placeres a los que se dio, con mujeres “muy lanzadas” venidas de España, en escandalosas francachelas, a pesar de estar casado en Guadalajara de España, siendo a su esposa a la que dejó su riqueza en el testamento, sin hijos reconocidos. También con doncellas indias. Hizo el primer faro en la costa de México y el primer camino para que pudiesen rodar carros de Mésico a Veracruz. El obispo Zumárraga se enfrenta a él y lo excomulga junto a varios de sus acólitos, aunque al cabo de un tiempo hubo de levantarles tal castigo. No es baladí este tipo de asuntos, que son el meollo de lo que venimos diciendo.

En la obra “Historia de la iglesia en la América Española; Desde el Descubrimiento hasta comienzos del s. XIX; México, América central y Antillas”, sus autores: León Lopetegui  y Félix  Zubillaga (Biblioteca de autores cristianos, 1965) recogen el asunto de la sexualidad como algo que interfirió en la expansión de la doctrina católica y  la evangelización. la Iglesia hubo de velar  en el nuevo mundo y proceder con censuras matrimonios clandestinos prohibidos por derecho, y quienes vivieron amancebados “maridablemente” sin recibir la bendición de la iglesia, lo que han de combatir para evitar el escándalo. Y a ello van a dedicar su labor pastoral, lo que les obliga a atacar los malos ejemplos de los conquistadores y algunos miembros del clero.

El obispo Urasnga, en Cuba, 1552,  advierte de cómo la sensualidad se desborda sin freno en la medida que mientras que evangelizan a los indígenas de allá, los que vienen de España pierden el respeto a la ley, a la fe religiosa y a los principios morales. Lo cual fue tema primordial. Manuel Rojas, que inspecciona por mandato real Trinidad, Santo Espítitu y Puerto Príncipe, escribe al emperador (1537): “En todas las tres villas había personas amancebadas y abarraganadas con sus propias naborías (indias de servicio) algunas de ellas , y otras con sus esclavas… con tanta paz y sosiego como si estuviera la ley en bendición”.

Zubilla y Lopotegui advierten: “El clero no siempre factor de moralidad, contribuye a veces a promover conflictos y aun escándalos”. Esto no va a pasar de largo en la metrópoli y una parte de la iglesia católica va a tomar cartas en el asunto muy seriamente, entonces y en años posteriores. ¿Cómo van a implantar una moral y creencia, si quienes la profesan, implantan la cruz y matan por ella no cumplen sus preceptos? Van a misa, rezan, dan limosnas.

La sexualidad se va a convertir en el campo de batalla de la fe. El año 1595 los araucanos, en Chile, denuncian que habían introducido la doctrina cristiana como cebo para tomarles las hijas y hacer otros agravios, lo que les obliga a rebelarse. Lo cuenta Antonio de Egaña en su obra “Historia de la iglesia en la América española; Hemisferio Sur” (Editorial católica, 1966). El obispo de Concepción, Francisco de Loyola, 1580, se enfrenta a la poligamia indígena, para lo cual convocó una junta de indios, a la que no acudieron los adultos. Los jóvenes advierten que sus padres no van a ceder en esto. Pretenden llegar a un acuerdo: contraer matrimonio con una y que las demás queden como sirvientas, pero vieron que esto como mal menos fue una celada que les hace persistir en costumbres paganas. De esta manera ya desde el comienzo de la conquista se hubo de denostar a los conquistadores. Y por ende actuar sobre el sexto mandamiento de la ley de Dios.

El rechazo de quienes forman el Poder establecido a las novelas de caballería, no es por una razón concreta, siendo la sexualidad manifiesta que subyace en ellas y la homosexualidad lo que impulsa a acabar con ellas, sino por un conjunto de  diversos factores que conforman un tipo de mentalidad, que se quiere cambiar y sustituir por otra manera de pensar, de sentir y de vivir, sustituyendo dicha manera de entender el mundo por otra forma emergente. Aparece una nueva realidad. Como cuenta Sartre: la lucha entre diferentes  mentalidades es el motor de la Historia.

La mentalidad de los conquistadores es una consecuencia de los libros de caballería y de su época, de transición de un modelo de sociedad a otro, de una mentalidad a otra. Cuando el hecho casual de encontrar el Nuevo Mundo adquiere su cenit, que se va a eliminar de raíz. Ganaron los territorios de las tierras descubiertas, pero perdieron la batalla intelectual. El Quijote de Avellaneda fue la ultima respuesta, fallida, pues la obra de Cervantes va a contar con un despliegue de propaganda para su novela, lo que no quita su genialidad, a su favor impresionante, que dura hasta nuestros días, conformando lo que el historiador Emilio Sola (2016) califica de “industria cultural” que convierte la figura de don Quijote en una especie de “mascota del Estado”.

Como analiza Martín de Riquer, en su ensayo “Para leer Cervantes”, Los libros de caballería no son aptos par convertirse en de mozos, doncellas y dueñas, pero sobre todo porque la lascivia triunfa, mientras que en novelas  como “La Celestina” se condena esta conducta. Apunta que el año 1597 la iglesia católica celebra un Sínodo en santiago de Compostela en el que se pretende poner freno al desmán de los libros “torpes” de caballería porque hay quienes creen que lo que cuentan es verdad. Algo que no es así, pues fueron tenidos por obras de ficción. Pero hizo falta una excusa, sin revelar la verdadera causa.

Fue tal la necesidad de evangelizar que los obispos indianos quisieron ordenar sacerdotes mestizos, lo que el Papa Gregorio XIII concedió (Eñaga, 1966), pero Felipe II lo prohíbe el año 1581. Los obispos encontraban pocos candidatos entre los españoles y la necesidad de más clero fue inminente, a parte de la cercanía de quienes fueran nativos. Se denuncio reiteradamente el divorcio entre el derecho y el hecho. De esta manera se vio que el blanco era necesario para cristianizar y al mismo tiempo una dificultad. Una auténtica locura que va a recoger Miguel de Cervantes medio siglo después, en la medida que se comenta y propaga esta inquietud, y se va a reír de semejante contradicción, desde dentro de la mentalidad de sus protagonistas: la caballeresca. Para estructurar una nueva sociedad sobre el cristianismo fue necesario acabar con lo que lo impedía desde dentro, y nada mejor que ridiculizarlo, tras otros muchos intentos con amenazas de excomunión, castigos y afrentas.

Quien percibió este cambio de punto de punto de vista de la existencia, de una transformación significativa a partir de la obra de Cervantes fue Lord Byron, quien afirma que Cervantes ahuyentando con una sonrisa la caballería… España ha podido tener pocos héroes desde entonces. Lo caballeresco conservaba su encanto, la obra de don Quijote ha hecho tanto daño  que toda su gloria literaria fue comprada muy cara, el precio de la ruina de un país. El propio Martín de Riquer que recoge esta cita admite que la desaparición de las novelas de caballería provocan una ruptura literaria española con una de las manifestaciones más fascinantes de la novelística imaginativa e ideal.

El año 1493, el canónigo de la catedral de Toledo, Alonso Ortiz,  escribió en forma de diálogo con la reina Isabel la Católica el ensayo “Sobre la educación de Juan de Aragón”, por encargo de ésta. Se ha publicado esta obra de mano del profesor de Turín, Giovanni M. Bestini, el año 1983. El autor que estudió teología en la universidad de Salamanca, analiza muchos temas, fijándose de manera especial en el debate que se mantuvo en el interior de la iglesia sobre la sexualidad. Recoge citas de san Agustín, según las cuales el pecado original lo produjo la concupiscencia, que el hombre trasmitió a su descendencia.

Plantea las dos disyuntivas sobre la sexualidad: amansar las pasiones, porque no se pueden dominar o extirpar el origen de todo pecado. Opta por la segunda y analiza que “no es la carne la que hace el pecado, sino que es el alma pecadora la que hace a la carne corruptible”. Achaca como obras de la carne la fornicación, la lujuria, la envidia, herejías, etc. Afirma que el pecado lleva a la concupiscencia, es decir es consecuencia de pecar.

Es difícil entender este discurso cuando el soberano Fernado el Católico tuvo diversas amantes, de manera que en las crónicas de la época, hechas por Hernando del Pulgar, se dice de él que “amaba mucho a la Reyna su mujer, pero dábase a otras mujeres”. Alonso Ortiz, defensor a ultranza de la Inquisición, explica cómo la ley del pecado consiste en la rebelión de la carne, siendo ésta el arma del demonio, de tal manera que enseña que el hombre tiene que luchar con las armas de los sacramentos y las potencias del alma: “Luchar contra las tormentas corpóreas con el escudo de la fe”. El gozo sólo reside en Dios, no en el que caduca y es corruptible, de manera que salir del camino lleva a abismos oscuros.

No es sólo un debate interno de la iglesia católica, sino una lucha intestina llevada hasta sus últimas consecuencias, lo cual va a tener una repercusión social de primer orden y va a afectar a la literatura, al arte, a la cultura en general. Téngase en cuenta que un año antes de haber escrito este ensayo Alonso Ortiz fue elegido Papa Alejandro VI, Rodrigo Borjia, con varios hijos reconocidos a su cargo.  A uno de los cuales, César, le hizo ser cardenal con dieciséis años.

La cuestión vino de lejos, lo que es importante analizar de cara a nuestro estudio porque la obra de Cervantes, como cualquier otra no surge de repente fruto de una inspiración pura y diamantina, sino que es el producto de una experiencia personal y el saber propio del autor en un contexto histórico determinado y en un ámbito de religiosidad que determina la mentalidad de la época en la que escribe. En en siglo XII se quemó en la plaza pública y fue prohibida la obra de Boncompagno de Signa, “Rota veneris”, “Tratado del amor carnal o rueda de Venus”. Obra que se recuperó en Italia el año 1473 y en Salamanca, en el ambiente universitario se divulgo el año 1490.

Según estudia el catedrático de literatura española e historia en la universidad de California, Antonio Cortijo Ocaña, el autor italiano define dos tipos de amantes: laicos, que pueden ser caballeros o soldados y mercaderes, campesinos y demás, y clérigo. Para Boncompagno en las cartas con propósito amoroso a una mujer  no hay que indicar las dignidades ni el título de ellas. Sin embargo cuenta: “Los clásicos que repetidamente azotan una y otra vez el yunque de su naturaleza con un martillo y no pueden retener con facilidad el flujo de sus riñones, debieran poner en la salutación alguna señal”.

Esta confrontación interna de la iglesia, que se desparrama en la sociedad, va a llegar con toda su intensidad al Nuevo Mundo. El jesuita José de Acosta, teólogo formado en la universidad de Alcalá de Henares y misionero en Perú escribe desde Lima el año 1576: “Es empeño dificilísimo reeducar los instintos naturales y que se vayan trasformando en hábitos nuevos, pues chocan fuertemente  con la sensibilidad y las pasiones”. Acusa a los conquistadores y a una parte del clero de llevar una vida escandalizadora: “·dejémonos de tanto acusar la infidelidad de los bárbaros y su perversidad de costumbres (sexuales) y reconozcamos alguna vez nuestra propia negligencia”. También el padre Jerónimo Ruiz del Portillo en una carta a quien luego fuera santo, Francisco de Borja, le manifiesta (1568): “La deshonestidad eclesiástica y religiosa es tan común que casi no la tienen por mala, tomando a los pobres indios sus mujeres e hijas las que las habían de adoctrinar”. Con este panorama Acosta insiste en que no basta recitar de memoria las oraciones y creó la escuela Española de la Paz.

En una sociedad que se fundamenta en el miedo, controlar a las personas por el miedo ¿cómo va a caber aquello que estimule el valor personal, como las novelas de caballería? Miedo desde la propia religión, luego miedos colectivos y personales para buscar cobijo en el Estado. Cualquier signo de valor ha de ser dentro de una organización, no individual. En este pulso ganó la sociedad del soldado frente a un mundo caballeresco que se acabó con él. La obra “Don Quijote de la Mancha” fue el colofón, su final definitivo tras un largo proceso.

La sociedad soldadesca desemboca en la modernidad en el funcionariado, el consumo de masas, la moda, el trabajador-soldado industrial. Que podrá ser muy útil, pero ha de ser cuestionado y sobre todo ver que ha sido fruto de un pulso a muerte y no una evolución “lógica”. Podemos abrir la mente a que haya otras formas de sociedad y de vivir. Tal es el contrapunto que aportan las novelas de caballería, abren las puertas a otras realidades.

Unos años después (1628) de este arrebato por la castidad la iglesia católica se enfrento a un problema de prolifetación de contactos sexuales entre personas consagradas a Dios, bajo el amparo de dos herejías: la de los “ilumininistas” y los “alumbrados”. Como comenta el historiador inglés R. Trevor Davies: “La disciplina conventual se había relajado inevitablemente, quebrántandose la clausura”. Se explicó sobre la base de posesiones diabólicas, y demás. El fenómeno de la magia y la hechicería se expandió más que nunca. Los aquelarres fueron la excusa para el fornicio.