Método

         Yo recomendaría leer “Ulises” una primera vez para situarnos en la historia. Ver qué es lo que pasa y acercarnos al conflicto sentimental de Bloom y finalmente cómo lo ve y vive Molly, su esposa.  Es a partir de las palabras finales de ésta que toda la obra adquiere su sentido más profundo. Es entonces cuando hay que volver a leer la novela, pero no como una historia, sino detenerse en cada frase para saber qué es lo que pasa en el interior del personaje y como la relación entre un hombre y una mujer no responde sólo a una atracción, pasión o el deseo de estar con el otro, sino también a una historia personal y a una mentalidad determinada que, cuando son compartidas en pareja, provocan reacciones en el cuerpo y en la conciencia de los personajes. Bloom lee la carta de su hija dos veces, lo cual nos da una pista, porque quiere saber qué pasa dentro de ella. “La belleza de la música hay que escucharla dos veces” (11), piensa Bloom.

          Imaginemos que leyéramos “p”, “a”, “n”, es decir que deletreásemos la palabra “pan”. Nos costaría mucho leer y enterarnos, porque leemos palabras, no letras. Y pronunciamos sílabas unidas en un significado de la palabra. Tampoco leemos palabras sueltas, sino dentro de una frase que es lo que hace que tengan un sentido. Las frases forman un texto, que generalmente la literatura construye mediante frases. La novela de Joyce lo que comunica es un texto completo que es el que hay que leer. Igual que vemos la palabra de un golpe y la significamos y la relacionamos en una frase, es necesario ver el texto en su conjunto para significar en él las frases de “Ulises”. 

         En las novelas, generalmente, los personajes tienen una determinada psicología, lo que aporta Joyce es hacer que la misma psicología se convierte en un personaje. Joyce no cuenta lo que piensan sus personajes, traduce el pensamiento de ellos, el cual es una amalgama de corporalidad, conciencia, sensaciones, percepciones, sentimientos, emociones. Lo traduce a lenguaje, pues éste forma parte de nuestro pensamiento. De alguna manera retrata el pensamiento, lo desnuda del lenguaje, y hace hablar a sus personajes desde el pensamiento, lo que nos hace percibir directamente algo que no entendemos y tenemos que pensar para poder asimilar qué quiere trasmitir el autor. Es lo que el filósofo y psicólogo William James llama monólogos interiores. Joyce no comunica lo que sucede a sus personajes desde la conciencia, lo cual selecciona qué parte de lo que se piensa se elige.  Recoge las expresiones directamente del pensamiento. Como dice Wittgensteinentre el pensamiento y la realidad existe un isomorfismo que no podemos explicar ni conocer, sólo ver cómo se muestra“. Esto es lo que precisamente hace Joyce en la novela “Ulises”. Es muy importante tener en cuenta esto, ya que la realidad concreta es una selección de percepciones entre muchas que nos rodean. Joyce escribe desde dentro del personaje en donde las imágenes y los conceptos están unidos, se separan a través de la conciencia y con el lenguaje se muestran separados. Qué sucede en la mente es lo que narra Joyce porque se introduce en ella. No para entenderla ni explicar nada, sino para mostrarla. Únicamente de esta manera podemos captar qué se dice Molly a sí misma en sus pensamientos a lo largo del último capítulo.  

         La manera de contar lo que pasa a Bloom, dentro y fuera de él es pensar y escribir al mismo tiempo. No escribe lo que piensa y lo coloca ordenadamente, sino que la escritura sigue el rastro del pensar que fluye y se traduce a lenguaje, lo cual es diferente a expresarse mediante el lenguaje. En el capítulo “Lestrigones” (8) aparece escrito: “… el fluir del lenguaje es lo que es. Los pensamientos“. El autor observa lo que hace a través de los personajes que crea. La palabra deja de ser una transmisora del pensamiento y se convierte en un espejo. Fusiona ambos procesos y sólo desde este punto de vista se puede entender su manera de narrar. Lo que puede parecer un desorden en la forma de redactar es al contrario la materia prima de lo que luego el lenguaje ordena.  El pensamiento y el lenguaje recorren unidos la novela, no va seguido uno del otro, según una secuencia lógica en el tiempo ni sobre un tema concreto, sino que suceden a la vez, por eso es una lectura sugestiva que incita a  pensar. En el capítulo “Telémaco” (1) escribe “pensar es el pensar del pensar“, lo cual indica ese otro nivel del lenguaje que el pensamiento que pensamos tiene una base que Joyce va a buscar en su novela.  No basta ver qué dicen las palabras, sino que sugieren, porque hay que leer “Ulises” con el pensamiento. Joyce no cuenta lo que pasa a sus personajes, sino que  se va sabiendo a medida que transcurre el viaje (interior) de Bloom.  La novela se plantea en forma de adivinanza cuyo paso siguiente hay que descubrir a medida que se va leyendo.  

         Cuando Bloom se pone el camisón, para meterse en la cama lo describe de esta manera tan minuciosa: “cogió de debajo del cabezal en la cabecera de la cama un largo camisón de dormir blanco doblado, metió la cabeza y los brazos en los orificios propios del camisón de dormir, desplazó la almohada de la cabecera a los pies de la cama, preparó las sábanas como corresponde y se metió en la cama” (17). No cuenta lo que pasa, sino cómo sucede, paso a paso, para retratar cada momento que forma parte de otros momentos. 

         Cuando Molly está dormida en la cama la relata así: “la presencia de una forma humana, femenina, de ella“. Y ve huellas de otra persona: “el vestigio de una forma humana, masculina, no de él, algunas migajas ….”. En la realidad primero son las percepciones y luego la conciencia de las mismas. La literatura ofrece, por regla general, lo contrario: una descripción de hechos que hace que tomemos conciencia de los sucesos que se narran para luego  concebirlos en una percepción imaginaria. Joyce respeta  el orden de la secuencia real,  nos lleva  hacia dentro de sus personajes. A lo largo del relato, por ejemplo, no dice sonrió, sino que explica esa mueca en la que casi lo hace, sin llegar a hacerlo, en una expresión irónica de uno mismo.  Pregunta (17) “Si hubiera sonreído ¿por qué habría sonreído?”.  Ofrece una ambigüedad no resuelta. No cuenta lo que pasó, lo que sucede, sino que describe lo que ve o lo que percibe interiormente. El lector capta una percepción que luego ha de explicársela en relación al resto de la novela. Lo normal es que el autor diga “ha sonreído” y el lector se imagine la mueca. Joyce nos hace verla, para que el lector la perciba y se diga: “ha sonreído”. Dicha sonrisa entonces no es sólo un gesto sino la huella de toda una historia que lleva consigo el personaje. 

         Más que una redacción la novela “Ulises” es una secuencia de frases que se van colocando según salen en la mente de los personajes. Adquieren forma literaria sólo en su conjunto. Muchas frases se relacionan con otras que aparecen muchas páginas más adelante. Es comparable al arte impresionista en el que no se pintan trazos ni se dan pinceladas, sino que se colocan puntos que hacen ver el conjunto del cuadro desde una determinada perspectiva. Perspectiva también necesaria para la lectura de “Ulises”, en donde Joyce da forma escrita al subconsciente en muchas ocasiones, similar a lo que Dalí hace con su técnica pictórica, que define él mismo como hiperrrealismo onírico. Lo cual Joyce desarrolla completamente en el capítulo “Circe” (15) en forma de guión de teatro. A lo largo de la novela Joyce usa diversos estilos según aflore el inconsciente que actúa en la mente o la conciencia que pasa por ella. Sin embargo dentro de esta diversidad de maneras de contar el proceso psicológico de sus personajes toda la narración adquiere una unidad. Una vez que el lector se sumerge en el texto, una vez ha adquirido su visión del conjunto de la novela, no encuentra extraño estos cambios. 

         Joyce hace una comedia dentro de una tragedia, para acercarse a lo que los seres humanos viven interiormente, cada uno con su propia escenificación. Traslada la tragedia a lo cotidiano. Al mismo tiempo mezcla muchas situaciones también  cotidianas que nada tienen que ver unas con otras, pero que en la realidad se viven de manera mezclada. La sexualidad y la muerte nos acompañan en nuestra vida diaria, a cada paso, aunque las dejemos a un lado forman parte de nuestra mente. A Molly y Bloom se les murió un hijo a los 11 días de nacer. Lo cual aparece  sucesivamente  en los pensamientos de Bloom y de Molly.  Hecho que determina la sexualidad entre ambos sin consumar, lo cual reconocen ambos. Nada más comenzar la novela, antes de que aparezca Bloom, se cuenta que Mulligan trabaja en hacer disecciones en cadáveres. Un compañero suyo deja la medicina y se va al ejército (muerte también) aclarando que se ve con la pelirroja Kily, definiendo a las pelirrojas “retozonas como cabras“. Se preguntan luego este doctor y su amigo Stephen por una “escuela de putas“, sin venir a cuento, a modo de impacto, pero que se relaciona con el conjunto de la obra, ya que Stephen va a coincidir con Bloom en un bar en el que se ejerce la prostitución. Por eso es difícil abordar la obra en una primera lectura, pues requiere una segunda para ver cada parte, por mínima que sea en relación a todas las demás en su conjunto. El final no tiene sentido en sí mismo, más bien en relación con todo lo anterior que se ha narrado y viceversa, pero no sucede de manera lineal cuando algo pasa después de otro hecho, sino que todo lo que ocurre y se piensa está unido, forma parte de un todo, fuera del cual pierde su sentido. En “Lotófagos” (5) Bloom había salido del funeral y vio una mujer, se fija en las medias de seda cuando ella  sube a un tranvía.   

         Otra mezcla que sucede a lo largo de la obra es usar palabras y expresiones soeces con frases de un altísimo nivel poético, inventando un lenguaje rítmico que evoca impactos sensuales en el lector, como cuando Stephen piensa y luego dice ” boca el beso de su boca”. Mezcla lo sexual, a veces chabacano, con la exquisitez de un romanticismo tremendamente sensible, “hembra pendonga“, “cachito de amor” o en relación a Molly, Bloom piensa “está cerca su carne cálida de cama“. Esta unidad es lo llamativo de “Ulises”, lo que hace que sea una novela especial. Cada parte da forma al todo que narra. Contado simplemente perdería su fuerza, lo mismo que explicado, por eso es necesario dejar que actúe el impacto del lenguaje de esta novela. 

         Bloom va a un velatorio por un amigo que ha muerto. Deja viuda y a cinco hijos (18). Se acuerda de su propio padre, que se suicidó. Al poco tiempo siente la fascinación y se excita al ver a una chica, que se deja mirar dejando que mire y que vea lo más íntimo de su desnudez vestida. Al mismo tiempo que todo esto sucede Bloom lleva una carta que ha recibido de una mujer con la que se intercambia correspondencia sin conocerla personalmente. Y al mismo tiempo pocas horas después, besa las nalgas de Molly. Todo se concentra en menos de un día. La psicología humana funciona de esta manera. Joyce lo expresa y su obra sirve como ejemplo de algo que Thomas S. Eliot, que leyó el manuscrito de esta novela, escribió sobre los artistas: “Cuando la mente del poeta está perfectamente equipada para su trabajo, amalgama constantemente experiencias inconexas. La experiencia del hombre ordinario es caótica, irregular, fragmentaria. Se enamora o lee Spinoza, y estas dos experiencias no tienen ninguna relación entre sí, ni el ruido de la máquina de escribir con el olor de la cocina. En la mente del poeta estas experiencias forman siempre nuevas totalidades“. Lo cual Joyce va a llevar a sus últimas consecuencias con dos aspectos básicos del ser humano, la sexualidad y la muerte. 

         Para hacer visible esta naturaleza interior de la mente Joyce usa un metalenguaje, inventando palabras y expresiones que funcionan sobre el lenguaje que usa, desarrollando lo que puede entenderse como una metanovela. Se trata de una novela sobre una novela, una historia dentro de otra y así sucesivamente como si fuera un juego de espejos, en las que una imagen aparece muchas veces reflejada y cada imagen se ve colocada de manera diferente. Escribe Joyce en esta novela “el alma es la forma de las formas“. Samuel Beckett, seguidor, admirador y amigo de Joyce, define esta manera de narrar como la escritura que no versa sobre nada, porque es algo en sí misma. El lenguaje en sí mismo es pensamiento. Por eso las elucubraciones de Stephen, escritor, acaban desembocando en “teje, tejedor del viento“. Al escribir se piensa el lenguaje, pero al dejar que la palabra salga, que caiga, por decirlo de algún modo, lleva con ella el pensamiento previo a ser pensado, pero no lo diluye en una abstracción filosófica incomprensible, sino que lo formula en secuencias, de manera que nos permite ver el pensamiento apesgado a la vida cotidiana, en la que se mezclan constantemente sentimientos, percepciones, recuerdos, ideas. Algo que nos ocurre aunque no nos demos cuenta de ello, pues el trajín diario de nuestra vida nos hace seleccionar  lo útil para cada momento y, por utilidad también, dejar a un lado todo lo demás, lo olvidamos sin olvidar, sólo que no lo prestamos atención aunque nos azuce, lo cual es lo que descubrimos en la lectura de “Ulises”. 

         Durante el ocio del tiempo libre necesitamos actividades, ir de un lado a otro, o por las noches beber alcohol antes que dejar que toda esa carga de pensamientos-recuerdos-ideas-sentimientos-percepciones se asomen a nuestra conciencia. Si nos fijamos bien le ocurre a cada cual, pero sin pararnos a pensar sobre ello. Joyce nos lo deja ver pues es como si pusiera lo que nos pasa en la mente a cámara lenta. Cuando alguien habla con otra persona le atiende, le escucha, pero al mismo tiempo ve pasar a una chica y se siente atraído por el movimiento de su cadera, el color del pantalón le recuerda a una chica del colegio, que a la vez le hace pensar en un compañero del equipo de fútbol a quien ella le gustaba y le viene el recuerdo de que este chico llevaba unas gafas que le hacen pensar en las que rompió a su hermano jugando a la pelota y esto le lleva a visualizar a un profesor de hace años que le quitó una pelota cuando jugaba en el recreo y así indefinidamente, de manera interminable. Los pensamientos pasan como ráfagas entre los dos grandes pilares de la mente la muerte y la sexualidad. Cuestiones éstas con las que carga el hombre moderno y sobre las que tiene que decidir, sin afrontarlo, deja que estén ahí, vagando por la mente. 

         En este contexto es en el que hay que sumergirse para aprovechar y entender lo que escribió Joyce. De otra manera parece algo absurdo, sin sentido, anacrónico que se acaba dejando a las pocas páginas. Evidentemente “Ulises” no es un libro de consumo que se lee de cualquier manera atendiendo al desenlace. Requiere atención y saborear las frases. Hace falta cierta disposición y tiempo, algo que la dinámica social no suele permitir. 

         No creo que sea una novela escrita en clave, sino más bien que a Joyce le salió así. A posteriori se quieren buscar significaciones, cuando en realidad es el resultado de escribir. Fue fiel a eso que percibió en su pensamiento, lo escribió sin ordenar, sin querer explicar nada. No diseñó un estilo. Tampoco pretendió otra cosa que escribir lo que escribió. Que luego se pueda entender que eleva la vida cotidiana a la categoría de mito es una interpretación, nada más. 

         Otra característica de esta obra, “Ulises”, es que se dan muchas cosas por supuestas, porque los personajes las saben y no necesitan contar. Para suplir esta carencia Joyce va dejando pistas de muchas cosas que forman parte de la manera de ser de  los personajes y de su historia. Lo mismo que Bloom escribe y recibe cartas de alguien desconocida, el autor se comunica con un receptor desconocido al que le quiere contar algo. El otro personaje, Molly, echa las cartas de tarot para adivinar su futuro. El autor usa el método de la adivinanza para contar muchas cosas.  De hecho toda la novela es una adivinanza, ¿qué pasará al día siguiente?. ¿Cuánto tiempo seguirán juntos? Como dijo el profesor de literatura, ya jubilado, que participó en la tertulia sobre esta obra, Joaquín Colín “lo importante es saber qué pasará al día siguiente, y eso hay que imaginarlo“. Más bien hay que adivinarlo, pues el enunciado de tal adivinanza está escrito, es la novela.