El beso de Proust

De  “El mundo de guermantes”:

Los labios , hechos para llevar al paladar el sabor de aquello que les tienta, han de contentarse, sin comprender su error y sin confesar su decepción, con vagar por la superficie y tropezarse con el cercado de la mejilla impenetrable y deseada. Por lo demás, en ese momento, al contacto mismo de la carne, los labios, aun en la hipótesis de llegaran a ser más expertos y a estar mejor dotados, no podría sin duda gustar en mayor medida el sabor que la naturaleza les impide actualmente aprehender, porque en esa zona desolada en que no puede hallar su alimento, están solos, ya que la mirada, y luego el olfato, los han abandonado desde mucho. Primero, a medida que mi boca empezó a acercarse a las mejillas que las miradas le habían propuesto que besase, esas miradas, al desplazarse, vieron unas mejillas nuevas, el cuello, visto más de cerca y como con una lupa, mostró en el grosor de su grano una robustez que modificó el carácter del rostro”.


En “La prisionera“: “por mi lengua pasaba su vida…  hacía una muequecita que ella misma transformaba en besos”.

Hay un texto en “La prisionera” característico de Proust: “Palpitamos al veros reaparecer, en la velocidad vertiginosa de la luz. Esa velocidad la ignoraríamos acaso y todo nos parecería inmóvil, si una atracción sexual no nos impulsara hacia vosotras, gotas de oro siempre diferentes y que rebasan siempre nuestra espera. Cada vez, una muchacha se parece tan poco a lo que era la vez anterior…

… muchas veces un amor no es más que la asociación de una imagen de muchacha, con las palpitaciones de corazón inseparable de una espera interminable, vana y de un engaño en que la señorita nos ha hecho caer”.

He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir…

… sólo oía sus labios expirando en sus labios… aquel rumor divino me parecía que, condenada en él, estaba toda la persona, toda la vida de la encantadora cautiva, allí tendida bajo mis ojos… a este placer de verla dormir le ponía fin otro placer: el de verla despertarse.

“En cuento abría los ojos sonriendo, me ofrecía su boca, y antes de que dijera nada, gustaba yo su frescor, sedante como el de un jardín todavía silencioso antes de salir el sol”; “Por mi lengua pasaba su vida… hacía una muequecita que ella misma trasformaba en beso”.

Creo que lo complementa muy bien, en la sensación de un beso, el poema de Pedro Salinas, en “La voz a ti debida”. Que tiene relación con Proust en tanto fue uno de los traductores al castellano de la obra “En busca del tiempo perdido”:

Ayer te besé en los labios

Te besé en los labios. Densos,

rojos. Fue un beso tan corto

que duró más que un relámpago,

que un milagro más.

El tiempo

después de dártelo

no lo quise para nada

ya, para nada

lo había querido antes.

Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

-¿adónde se me ha escapado?-

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

Porque ya no es una carne

ni una boca lo que beso,

que se escapa, que me huye.

No.

Te estoy besando más lejos.

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