El final de “En busca del tiempo perdido”

“… puesto que aquel momento antiguo estaba aún en mí, que pudiera todavía volver hasta él con sólo descender más profundamente en mí. Y porque así contienen las horas del pasado, pueden los cuerpos humanos causar tanto daño a quienes los aman, porque guardan tantos recuerdos de alegrías  y de deseos ya borrados para ellos, pero tan crueles para el que contempla y prolonga en el orden del tiempo el cuerpo querido del que está celoso, celoso hasta desear su destrucción. Pues después de la muerte, el Tiempo se retira del cuerpo, y los recuerdos tan indiferentes, tan empalidecidos, se borran en la que ya no existe y pronto se borrarán de aquel a quien aún torturan, pero en el cual acabarán por perecer cuando deje de sustentarlo el deseo de un cuerpo vivo.

Me producía un sentimiento de fatiga y de miedo percibir que todo aquel tiempo tan largo no sólo había sido vivido, pensando, segregado por mí sin una sola interrupción, sentir que era mi vida, que era yo mismo, sino también que tenía que mantenerlo cada minuto amarrado a mí., que me sostenía, encaramado yo a su cima vertiginosa, que no podía moverme sin moverlo. La fecha en que yo oía el sonido de la campanilla del jardín de Combray, tan distante y sin embargo interior, era un punto de referencia en esta dimensión enorme que yo no me conocía. me daba vértigo ver tantos años debajo de mí, aunque en mí, como si yo tuviera leguas de estatura.

Acababa de comprender al duque de Guermantes, que mirándole, sentado en una silla, me impresionó por lo poco que había envejecido, aunque tenía debajo de sus pies tantos años más que yo, al levantarse e intentar mantenerse en pie vaciló sobre unas piernas temblorosas como las de esos viejos arzobispos sobre los cuales lo único sólido es la cruz de metal y hacia los que se precipitan unos seminaristas grandullones, y avanzó, no sin temblar como una hoja, sobre la cima poco practicable de ochenta y tres años, como si  los hombres fueran encaramados en unos zancos vivos que crecen continuamente, que a veces llegan a ser más altos que campanarios, que acaban por hacerle la marcha difícil y peligrosa y de los que de pronto se derrumban.  ¿Sería quizá éste el motivo de que la figura de los hombres de cierta edad fuera, para los ojos del más ignorante, tan imposible de confundir con la de un joven y sólo se viera a través de la seriedad de una especie de nube?.

Me daba miedo  que mis zancos fueran ya tan altos bajo mis pasos, me parecía que no iba a conservar  la fuerza suficiente para mantener mucho tiempo unido a mí aquel pasado que descendía ya tan lejos. Si me diese siquiera tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubiera de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse ¡tantos días!”.

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