La flor de Proust y Joyce.

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Hay una comparación entre la novela de Joyce, “Ulises” con la obra de Proust, “En busca del tiempo perdido“, que profundizando en ambas y otras muchas obras de autores de diferentes épocas y culturas, se descubre una metáfora universal. Una coincidencia casual que se refiere a la imagen literaria de desflorar, que se usa en aquella época en que éste y otros autores escribieron y que aún sigue hoy en el lenguaje, en cuanto a la penetración del pene en la vagina, cual el abrir de una flor. El protagonista de la novela de Proust, que también desarrolla la historia contando lo que piensa el personaje, aunque ordenadamente, cuenta lo que recuerda y dice que las mujeres que estuvieron relacionadas con Albertina en el pasado les daba él algo de más real, “más realidad que a las flores nuevas“. Lo cual completa en relación a esta metáfora un poco más adelante de su narración: “En los días claros París me parecía ciertamente todo florido de todas las muchachitas, no que yo deseaba, sino que hundían sus raíces en la oscuridad del deseo y de las noches desconocidas de Albertina“.

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Para la crítica literaria y traductora Amparo Azcona afirma: “la importancia de las flores en el sistema proustiano y su relación con la mujer”. En el primero tomo “Por el camino de Swann”, Odette dice tener miedo de desflorar su cariño por Swann. Y también que cuando pasa una mala noche “no hay catleyas”, una orquídea americana. En el tomo “Sodoma y Gomorra” Poust vuelve a usar la flor como imagen sensual: “las jóvenes casadas por un azar inicia el insecto a visitar el pistilo ofrecido y desdeñado… la de la flor macho cuyos estambres se habían apartado espontáneamente para que el insecto pudiera recibirlos mejor la flor hembra arquearía coquetamente sus estilos para que le penetrara mejor“. Cuando el narrador de esta obra, en el tomo “El mundo de Guermantes”, va a besar a Albertina pensó que “iba a besar a aquella rosa carnal“. Y en el mismo al referirse a una mujer que ve descotada en una fiesta dice: “su carne aparecía por los dos lados de una sinuosa mimosa o bajo los anchos pétalos de una rosa“.

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En “Sodoma y Gomorra” el protagonista de la novela de Proust es testigo de una relación homosexual: “tomaba una postura con la coquetería que hubiera podido tener la orquídea ante el moscardón casualmente aparecido”. Compara a los homosexuales con flores hermafroditas y cuenta como los gestos de los dos personajes que ve son como los que describe Darwin que hacen las flores a los insectos. Curiosamente la palabra “orquídea” viene de orchis, que significa testículo, por la forma de sus dos tubérculos, tallos bajo tierra, aunque sus pétalos sean metáfora de la corola de la mujer.

 

 

La metáfora de la flor podemos observarla también en algunos dramas de William Sakespeare. En “Romeo y Julieta” leemos “no hace flor más linda la primavera de Verona”. Muerta Julieta la define como flor que deshojó inadvertidamente la Parca; hoyó la rosa de sus labios, yace tronchada como la flor. París la define como la flormás hermosa que salió de la mano de Dios. En el drama “Cimbelina” habla del tiránico soplo que mató la flor en el capullo para describir el amor entre Póstumo e Imógenes. En el caso de Shakespeare la flor es símbolo de inocencia, refiere a la belleza del rostro. Podemos decir que en este dramaturgo la flor significa su aroma, un placer que no se ve, se nota, se siente, se huele. En la última obra que escribió, “La tempestad”, Próspero consiente en que su hija Miranda se case con Fernando, rey heredero de Nápoles e hijo de su enemigo para recuperar el reinado. Advierte a su futuro yerno que si rompe el nudo virginal de su hija antes de la sagrada ceremonia, el lecho nupcial en lugar de cubrirse con flores lo será de malas hierbas.

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En el capítulo “Lotófagos” (5) de la obra “Ulises” de James  Joyce, cuando lee la carta que le envía la desconocida Martha, Bloom traduce para sí lo que lee, “querido hombreflor”. Su seudónimo es “Flower”, “flor”. “Bloom” quiere decir “florido”, que según el capítulo “Eumeo” (16) es un apodo. En la carta va dentro una flor prensada. Se dice: “El lenguaje de las flores nadie lo puede oír”. Bloom se imagina bañándose con una mujer cuando ve una mezquita con sus baños. Vio, imaginándolo, la maraña de oscuros rizos de esa mujer que imagina, de su mata flotando… “lánguida flor flotante”. Genera una imagen en la que une lo imaginado con lo recordado, con lo visto en el pasado y que quiere volver a ver en el futuro. Enseña ese devenir de la vida en el que todo es deseo, “en el fluir de la vida rastreamos es más querido queeeee todo”. Rompe en ésta y otras expresiones, la gramática de la frase, para no explicar nada, ni contar algo, sino con el fin de provocar una intuición en el lector. Una reacción que sea capaz de crear imágenes en quien lea la novela. En el siguiente capítulo las flores tienen una relación con la muerte, las del cementerio: “deberían ser flores del sueño” y cuenta que en China en los cementerios crecen adormideras gigantes de las que sale el mejor opio. La metáfora de la flor acompaña toda la novela, símbolo de sexualidad y muerte. 

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Cuando pasea por el cementerio ve guirnaldas de papel bronce. Piensa en lo que cuestan, pero prefiere las flores naturales, son más poéticas: “Lo otro es más bien aburrido, nunca se marchita. No expresa nada. Siempreviva“. En un recuerdo del capítulo “Lestrigones” ( 8) expresa Bloom: “flores eran sus ojos“.

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Cuando Bloom pregunta en una carta a la mujer desconocida si no es feliz en su casa con una interrogación ambigua, por una parte se hace a él la pregunta, por otra a quien va a escribir, a Martha, y responde él mismo: “flor para consolarme y un alfiler para evitar el desamor“. Y específica: “quiere decir algo, el lenguaje de las flo“, lo cual nos deja ver que las palabras tienen un significado como metáfora, la imagen de la flor transita a lo largo de todo “el viaje” de Bloom. No termina la palabra “flores”, se queda en “flo”. La camarera Lenehan es “rosa de Castilla“. Cuando se va Boylan del bar Bloom suspira “sobre las silenciosas flores azuladas“. La flor es un símbolo. La chica a la que mira, Gerty (13) al marcharse Bloom mira su “dulce rostro de rosa“. En “Circe” (15) Bloom pregunta “¿Qué ópera florida es como un árbol de Gibraltar?” Y se contesta él mismo: “la rosa de Castilla“. A Molly la conoció en Gibraltar, ella es de allí. A las prostitutas las considera “últimas rosas de verano” (12).

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En otra parte de “Circe” (15) Bloom cuenta su primera experiencia con una chica, cuando “las flores que brotan en primavera“. Cuando en la escenificación del subconsciente aparece Boylan, lo hace con una flor roja en la boca. La flor simboliza la mujer. Y Bloom, florido, Flower, influenciado por ellas, las flores.

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Cuando Molly divaga en la noche (18) recuerda que la primera vez que la besaron excitó a quien le besaba estrujando todas las flores que le llevó en su pecho. Y dice en su pensamiento “hay una flor que brota“. Cuando Molly critica la actitud de su marido (18) le llama “el insigne sabio Don Poldo de la Flora“. El color que Molly se imagina para una bata corta con la que le viera Stephen, si se hubiera quedado, es de color “flor de melocotón“, que recuerda vio en Walpole y hasta recuerda su precio.

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En otro momento Molly recuerda (18) cuando Bloom le regaló un delantal de flores, que ella se puso dos veces. Se propone por la mañana comprar algunas flores “para poner por la casa“, por si su marido trajera a Stephen. Se pondrá, piensa, una rosa blanca. Se dice a sí misma que le encantan las flores y que le gustaría tener toda la casa llena de rosas.

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Cuando recuerda el día que Bloom se declaró a ella, le dijo que ella es “una flor de la montaña“, “sí, que somos flores todas, el cuerpo de mujer, sí“. La metáfora de la flor adquiere en ese momento de la narración toda su intensidad y su máximo despliegue, a un ritmo que va in crescendo, muy parecido musicalmente al bolero de Ravel. Molly piensa al respecto “fue la única verdad que dijo en todo su vida“.

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Otra obra en la que podemos ver el simbolismo de la flor, como virginidad de la mujer, símbolo la flor que se abre es “La tesis de Nacy”, de Ramón Juan Sender. Juega con el significado simbólico y el sentido directo de la palabra “flor”. Es muy interesante ver el simbolismo de la flor en esta novela en la que se refiere a las gitanas que van con una flor en el pelo. Curro, el novio gitano de Nancy, una estudiante estadounidense, da una flor a una niña que Nancy le había colocado en el ojal. Una chica que se tiró aun pozo para matarse sobrevivió. Un día saca de su caja de recuerdos una flor seca, la “flor criminal”, porque su novio no apareció, se fue con otra.

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Curro mataría a quien se pusiera al lado de su novia estadounidense, pero no quiere ir a América porque supo que tuvo otros novios allá. Al saber esto, que Nancy le cuenta con naturalidad, se iba a enfrentar a Quin, otro gitano, más intelectual y poeta, pero cuando se van a enfrentar le dice: “No me mato con nadie por una hembra que cuando la conocía estaba sin su flor“. También afirma que no se casará con ella, “quiero a Nancy, pero no para madre de mis chavales“. Nancy escuchó aquella conversación y no entendió la metáfora. Se colocó una flor en el pelo, pensando que eso serviría, al interpretarlo como unja costumbre, “aquí (en España) no debe ir una mujer sin su flor”. Más tarde Curro se pelea con Quin porque éste lleva la flor de Nancy en la solapa. Y dice ” la flor que da Dios no tiene precio”. Todo un símbolo que encaja con el significado en cuento a la flor metáfora sexual de la mujer. Tolstoi en su obra “Ana Karerine” usa la flor como símbolo de belleza prístina, sin más: Kitty destacaba como una flor en un matorral de ortigas”. En otro momento se refiere a Vanenka, cuando está en un balneario describiéndola de esta manera: “daba la impresión de una flor que conservando intactos sus pétalos estuviera marchita y sin aroma”.

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Para el profesor de lenguas clásica, Juan Manuel Rodríguez Tobal, la poeta Safo de Lesbos (s. VII aC.) representa en estos versos que cito a continuación la pérdida de la virginidad, con la imagen/metáfora de la flor: “Igual que el jacinto en el monte/ los hombres pastores lo pisan / dejando en el suelo sangrienta la flor“. El año 50 d.C. el joven poeta Cayo V. Catulo, apasionado por de Lesbia, con quien se relaciona estando casada, escribe unos versos en el mismo sentido, también con la metáfora en flor:

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Ya marido podrás venir

en la cama está tu mujer

y reluce su boca en flor

cual blanco soleo,

o cual rojiza amapola.

No ha de existir jamás

más hermosa mujer que tú

que contempla el amanecer

al nacer del océano

como suele brotar la flor

del jacinto en el buen jardín

tan ameno del gran señor.

Más espera, y ya se va

este día. Sal novia

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Así una discípula de Safo, Nóside de Lócride, escribe sobre el año 560 aC.: “Nada es más dulce que el Amor. Todo otro  placer / viene después. hasta la miel ha quitado de la boca. / Lo dice Nóside. A quien Cipir no amó / y no sabe cómo son sus rosas florecidas”.

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En sus cartas de amor, Aristéneto, s. III dC., escribe: Eros no es de naturaleza proclive a visitar un cuerpo marchito y desflorado, mas donde abunden las flores y desprendan su aroma allá se quedará a vivir… Una rosa incluso si no se coge marchita”.

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Catulo cuando Clodia, la mujer que despertó su pasión quedó viuda no quiso relacionarse con él, lo cual lloró en un poema de lamento y flor: “… que no piense en mi amor / que por su culpa ha muerto / como la floral borde de un prado / cuando el arado al pasar lo ha tocado“… En este mismo siglo IV el poeta latino Magno Ausonio refiere, según estudio de José Manuel Pedrosa, en el poema “El nacimiento de las rosas” una metáfora similar: “corta la rosa doncella mientras que está fresca la flor y fresca tu juventud, pero no olvides que así se desliza también la vida”.

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“Parsifal”, la última obra de ópera de Richard Wagner, en el jardín mágico de Kligsor, las muchachas flor quieren cautivar a Parsifal para que no cumpla su cometido y atraídas por él. escuchamos decir en las canciones: “Por ti  nos colma el placer, no rechaces a estas flores… si no puedes amarnos marchitaremos y moriremos… ven caballero para dejarme florecer para ti, deja que me abra para ti“, lo que es un juego de amor, una imagen de sensualidad siendo la flor una metáfora como arquetipo que se reitera en toda época y cultura. “¿Sois flores?”, pregunta Parsifal; “Somos espíritus perfumados”, responden.  Concluye el coro de ellas: “deja que las flores se abran para las mariposas”.

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En su obra “El estudiante de Salamanca”, José  de Espronceda usa la misma metáfora de la flor en el mismo sentido de lo que venimos analizando: “… el viento de las pasiones / ha alborotado tu alma”; “… ¡pobre Elvira! / ¡Triste amante abandonada! /Esas hojas de esas flores / que distraída tú arrancas… el viento las arrebata / donde fueron tus amores, / tu ilusión, tu esperanza, deshojadas y marchitas, / ¡pobres flores de tu alma… que se disipó  / tu pureza virginal...”.

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Otro autor ruso, Iván Turguénev, usa la flor como metáfora a lo largo de la novela “Aguas primaverales”, en las que Sanin ve una cruz y una flor seca, acordándose de Gemma después de treinta años. Cuando tuvo veintidós años se enamoró de ella, de quien acepta una flor que ha cortado con sus dedos, ella le dio o una rosa que llevó prendida y cuando Sanin va a participar en u duelo le manda una flor a ella, cuyo “cuello esbelto es como el tallo de una gran flor“.

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En la novela de Benito Pérez Galdós, “Fortunata y Jacinta”  también hay una referencia a la flor que llevan las mujeres en la cabeza, cuando viajan a Andalucía, “la que no lleva flor se pone cualquier hoja verde”. Juanito le cuenta a su esposa, Jacinta, sobre su vida pícara y libertina de su vida pasada, “estaba mirando todos los días como mira el burro la flor, sin atreverse a comérsela.; ¡yo me comí el cardo!”, en relación a una relación que tuvo con otra mujer, Fortunata.

Regenta.

En la obra de Leopoldo Alas Clarín, “La Regenta”, hay otra referencia en este sentido muy clara, cuando el Magistral, don Fermo, habla con Ana Ozores, la Regenta, considera que la tiene dominada, entregada a su causa de la fe, al leer Ana las obras de santa Teresa y sentir un fervor místico que le hace pensar al Magistral que la tiene ganada. Al marcharse contento coge el botón de un rosal y se lo mete en la boca, “sintió un placer de niño  con el contacto fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal” que se había metido en la boca y “mordido con apetito extraño, con una voluptuosidad refinada que que él no se daba cuenta”. Llegó luego a dar una catequesis a un grupo de niñas de entre ocho y catorce años, algunas con precoces turgencias que sin disimulo dejan ver sus inocentes trajes, por un desarrollo temprano, “mirando estos capullos de cuerpo, don Fermo recordaba el botón de rosa que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asoma a los labios todavía”.

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Una metáfora que Clarín refuerza más adelante, cuando la regenta sufre ataques místicos: como si un árbol empezara a echar flores y más flores y gastando en esto toda su savia y se quedara delgado y cada vez más florido, después se secaban las raíces, el ronco, las ramas y las flores, sin embargo, cada vez más hermosas, esa era la enfermedad de Anita.

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En un poema de Alfonsina Storni en el que alude a cuando un grupo de desalmados la violaron en grupo dice:

Los ojos me vendaron.
Las flores que llevaba
Las tiraron al barro.

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En la obra “Amadís de Gaula” de Garci Rodríguez de Montalvo leemos que Oriana es  flor del mundo. Obra del año 1508. No cabe lugar a dudas el sentido que de a la flor, pues más allá de la belleza el mismo Amadís es fruto de un relación del rey Perión con quien luego sería reina, Helien que en vicio y placer pasaron diez días folgando todas las noches. Una obra que plantea que “espada que sólo saca de la vaina el caballero que más que ninguno amare… los que no sacan la espada son herejes del amor”.

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El franciscano convertido al Islam, del s. XIV, Anselm Rurmeda escribe sobre la infidelidad con la metáfora de la flor: “Y la blancura rosa / en el brazo de la esposa / guerreará sin descanso / contra las rojas“.

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Anecdótico es, pero muy revelador, lo que cuenta en la novela de Gary Jennings, “Azteca” el personaje Mixtili (Nube Oscura) ante unas frailes escribanos que toman nota de la vida y costumbre de este mexicano, el año 1529, que por orden del rey Carlos V. Recogen su historia para saber de sus costumbres, creencias y forma de vivir antes de que llegasen los españoles. La diosa Xochiquétzel lo es del amor y de las flores al mismo tiempo. Así mismo cuando se descubría a un varón y a una mujer en relaciones adúlteras se les ahorcaba a ambos, pero con una soga disfrazada de guirnalda de flores. Curiosa coincidencia con la metáfora que estudiamos. La misma novela recoge lo que cuenta el mexicano a la comisión que preside el obispo de la sede de México, Fray Juan de Zamárraga, que de manera explícita coincidiendo con esta tesis que venimos exponiendo: “Su tepili (la vagina de su hermana) estaba abierto por sí mismo, desdoblándose como una flor, destacando sus pétalos rojizos suaves…”; “Con una de sus pequeñas manos , sostenía trémulamente mi tepule (pene) apuntándolo hacia ella y con la otra parecía tratar de abrir lo más posible los pétalos de su tepili flor“. En aquella lengua anterior a la conquista seducir a una mujer se decía “la acaricio con flores“. Al clótoris se llamó “pequeña perla rosa”.

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En otro párrafo de la novela  de Jennings leemos cuando Muñeca de Jade le hace ver al protagonista, Nube Oscura, sus deseos sexuales y éste se lo recrimina: “¿Por qué tengo que despreciar mis estímulos y mi belleza en flor mientras que espero a su conveniencia o a su capacidad? Se refiere a la de su marido, rey de su pueblo, que es mucho mayor  que ella, de quince años, y él con mujer y concubinas. Mixtli insiste en que ella procede de familia noble y real, bisnieta del venerado Montezuma, que nació de una virgen, cuenta: “Su padre tiró una gema dentro del jardín de su amada y ella lo tomó y se lo puso en su flor y en ese momento concibió a Montezuma, antes de que ella jamás se hubiera casado o acoplado con su padre”.

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Otro autor como Juan Ramón Jímenez también desarrolla la metáfora de la flor en un sentido similar al que estamos viendo. En su obra poética “Jardines lejanos” (1904) escribe “cómo estaban los rosales  / a la lumbre de la luna / y encontré rosas carnales. / Quise ver el lago y una / mujer huyó hacia la umbría / todo era aroma de senos / primaverales…”.  En otro poema dice “y ¿te gustan más los labios / o las rosas?. ¿Qué te importa? / la rosa me sabe a beso / el beso a beso y a rosa”. Y todavía en otro refuerza esta imagen: “¿A quién quiero la sonrisa / de sus labios en flor?”.

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Un ejemplo clarísimo de la metáfora de la flor en el sentido que venimos hablando lo leemos en “La Gitanilla” de Miguel de Cervantes: “Una sola joya tengo que estimo más que a la vida, que es mi entereza y virginidad… que en fin será vendida, y si puede ser comprada será de muy poca estima, ni me la han de llevar trazas ni embelecos, antes prefiero irme con ella a la sepultura y quizá al cielo. Flor es la de la virginidad…. cortada la rosa del rosal ¡con que brevedad y facilidad se marchita! éste la toca, aquel la huele y finalmente entre las manos rústicas se deshace”.

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En el Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda hay un cuento en el que una monja tiene floreras, flores de seda para la virgen, que da a un benefactor del convento que se la lleva a una monja de otro convento, hermana de ella, la priora. Gregorio desea cada vez más llevar las flores y se enamora de la monja priora. También ésta de él, a pesar “de lo imposible que lo tenemos las religiosas”. Cada vez son más frecuentes las visitas, hasta que “apretaba la pasión amorosa” entre doña Luisa y don Gregorio. Ella le pide  que entre a alguna parte secreta “adonde podamos gozar ambos sin zozobras del dulce fruto de nuestros amores”. Fueron ciegos amantes, hasta que acaban arrepentidos y un milagro de la Virgen hace que vuelvan a la fe y penitencia. Pero todo comenzó con nas flores de seda…

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Más adelante Sancho, que en esta versión es más pillo, dice a quien le acompaña de camino a la corte con don Quijote, Bárbara, quien es una Princesa para el caballero andante, le dice “vuestra majestad según está de colorada, reyna de cuantas amapolas hay, no sólo en los trigos de mi lugar, pero aún en los de toda la mancha, y poniéndose tras esto a gatas como solía“. Le dice que suba sobre él tan gentil carga de abadejo (prostituta) Ella le promete regalar una mocita  para que se divierta en dos siestas.

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En la novela de caballería, “Filorante”, una parte de “Clarisel de las flores”, tal y como recoge José Manuel Lucía Megías en el ensayo “De los libros de caballería manuscritos al Quijote”, unos versos significativos de lo que venimos comentando: “Los fuegos de mi deseo / las vivas fuentes secaron / mas clara luz me dejaron / con que yo señor os veo… No s¡es de amor el mal que siento / , no, debe ser otro dolor que pase de mal de amor. / Este peligroso mal / de los amores que viene / porque el remedio que tiene / le hace ser más mortal… / No miréis tanto pastor / la belleza de este prado / que suele estar emboscado / el amor entre las flores, / oílo hoy a mis mayores / que a estrellas un zagal / que es amor y hace el mal“.

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O en la novela “Flor de caballerías“de Francisco Barahona, como en la referencia anterior nos remontamos al s. XVI, podemos leer algo significativo, que tiene mucho que ver con el erotismo, nada enmascarado, en este tipo de novelas, contrariamente a lo que pueda parecer, por lo que se cuenta de ellas y no por lo que se ha leído de las mismas, como: “No faltaba el regalado de Venus, la yerba en la que el hermoso Narciso fue convertido, la de Daphne, la flor de la fruta en la que está encerrada la carne del desdichado Adonais, la flor producida de la sangre de la cipria rosa y entre los rojos claveles, los blancos jazmínes, las matiÇadas aÇucenas, las moradas violetas, los amarillos alhelíes, los pequeños claveles, los vistosos mirabeles mezclados con las blancas rosas hacían tan agradeble matiz a la vista, y en este sentido alegraba tanto a los demás, al tacto con tocar su delicadeza, al oler con su fragancia, y al oír por un deleitoso son. Que meneadas de un fresco zéfiro hacían. Y porque a la sombra d’esta rama vido un rico lecho se acercó más, donde lo dexaremos…”. texto que se precede de un contexto muy a tono: El príncipe de Tracia vido muchas doncellas que parecían estar durmiendo, pero estaban encantadas y no curando de ellas salió por una puerta un deleitoso jardín”. En la misma hay otro pasaje en el que cuando Rosildarán llega a la florida mata, debajo de ella estaba un rico lecho recubierto de brocado (tela de seda entretejida con oro o plata). “Sobre él estaba recostada una doncella cuya extraña hermosura su corazón rindió”. Era la princesa Belrosarda (Bella rosada o Rosada bella) que estaba en una galera que hizo el conde Andastro de Mongrana, para que ella estuviera forzado de su amor y virtud. E hizo un encantamiento para que se acercara un caballero que le acercara a ella a Francia. Ella alaga que la mirase “de espacio”. No faltan los guiños sensuales, al comentar que en compañía de tan atrevido caballero no irá segura. A él “se le caen las alas del corazón”. Ella dice: “caballero, por no cometer pecado y padecer castigo se han de huir las ocasiones” le manda ir a una fuente en la que están las doncellas que la sirven. Muy alegre Rosildán cumplió el mandato. Se sentó con ellas y se quitó el yelmo. Llegando al final de esta obra encontramos otra metáfora relacionada con la flor cuando Belinflor vio bajar por una escalera a un doncel de once años, “de tan grave y hermoso rostro que ser señor del mundo representaba”. Vestía con un pequeño tafetán  blanco con unas flores de oro y muchas rosas grandes en la propia toca. Llaman al chico el Doncel de la Hermosa Flor, “codiciaba al Doncel de la Flor”, con quien espera gozar de su compañía.

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Que elegantes los versos de Pablo Neruda que aluden a esto que comentamos: “Quiero hacer contigo / lo que hace la primavera al cerezo“. Jaime Gil de Biedma en el poema “Días de Pagsanján” escribe una metáfora floral desde el paradigma de la homosexualidad masculina: “bajo los árboles en flor / – relucientes mojados, / cuando a la noche nos bañamos – / los cuerpos de los dos“. El escritor mexicano, Premio Cervantes el año 2016, Fernando del Pozo, escribe un poema en el que vemos la flor como metáfora libidinosa: “La rosa es una rosa es una rosa / tu rosa es una boca es una boca /La rosa roja y rosa me provoca / se me antoja una boca temblorosa… / la rosa que quema lo que toca / y tu rosa de la boca se desboca / licor de boca roja y llamarada…”.

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En diversas obras de El Bosco (1450 – 1514) aparecen imágenes de varones y mujeres desnudos  a los que se les ve el culo con una flor sobre el mismo o un ramillete sujetado en el ano, para simbolizar la sodomía, homosexual o heterosexual, a modo de advertencia del pecado. La flor indica la actividad sexual de esta manera. Y no es que se copien unos a otros, sino que es una imagen, la flor, que forma parte del imaginario colectivo.

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Un poema inédito de Federico García Lorca, que publica la revista “Álora”, nº 32, año 2016, (Málaga) La flor aparece de lleno como simbolismo de lo que venimos comentando, sin que en ningún caso sea una referencia copiada, sino la metáfora que aparece en el subconsciente de la sexualidad-amor, y que en el caso de este poeta se desvanece, como le sucede a Gil de Biedma ante la flor. “Romanza Lírica” (18 – VIII – 1936) de García Lorca:

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“Por los valles del alma
un pastor Paseaba
Rubio como los trigos
Bueno como las hadas.
Con sus manos de viento
Pasiones arrancaba
Con sus ojos de nieve
Pensamientos helaba.
Se encontró una dea vieja
Vestida de palabras
Que una flor en sus manos
Encendida llevaba.
“¿De quién es esa flor?”
El pastor preguntara.
“De quién es esa flor?”
La viaja contestara:
“Es la flor de los mundos,
Es la flor de las aguas”,
“¡Dadme la flor que quieren
Mis labios aspirarla!”
“No que tú eres la nieve!
No que tu eres la escarcha!”
El pastor bruscamente
La flor le arrancara,
Y al tocarla en sus manos
Se deshojó cansada.
Que era el pastor Olvido
Y la flor era brasa
De un amor que vivía
en los valles del alma.
Mi amor quedase muerto
En una madrugada
Al par que las estrellas
Morían por el alba”.

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Hay dos claros ejemplos sobre la metáfora “flor” que no dejan lugar a dudas, de una escritora y de un escritor. De la doctora en medicina Amparo Poch de Gascón, en la flor de la vida cuando murió el otro al que nos referimos: Ramón Mª. de Valle Inclán. La primera fue fundadora con Lucía Sánchez Saornil y Mercedes Camaposada el colectivo de ideario anarquista “Mujeres Libres”. Escribió el poema “Elogio del amor libre” en el que un verso dice “Mi corazón es una rosa de carne”, advirtiendo finalmente que está harta de la “mujer virtud”. Valle Inclán escribió poemas que usan esta misma metáfora en el mismo sentido, algunos de cuyos versos fueron retirados, pero se logran recopilar años más tarde:

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“Tú engañaste a mi corazón
con sofismas de Zenón
¡Rosa llena de alegorías antiguas!
¡Divina y carnal!
Flor de Herodías
y del Grial”.


(Herodías fue la madre de Salomé, quien llevada por el deseo no correspondido ambas exigieron la cabeza de san Juan Bautista.)

Rosa evocadora del harén
Rosas divinas, casta lujuriosas
senos de Eva
¡Carne del Edén!

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En el libro “Pálpito de luna nueva” de Alicia López Martínez, en el que la flor no deja lugar a dudas se refiere, dentro de la metáfora, a la sexualidad propia de la mujer en sí misma, elegantemente expresado, formando parte de este inconsciente colectivo que mana en la literatura: “Permite que las olas hagan juego con las rocas / que el sol desnude, uno a uno, los pétalos de la rosa frágil de los vientos. / Las olas son seres libres y se escapan / a hurtadillas / de las manos… Y en un instante inmortal deja que su piel se adhiera / a la miel de unos labios tibios de amor sin ti”.

colette-aux-seins-nus-1906.

La novela “Dúo” de Colette es una muestra clara sobre la metáfora de la flor en relación con la sexualidad femenina. Bajo la mano del marido “una carpeta de cuero repetía el color de las flores y su reflejo al alcanzar el rostro de Alice, turbaba el gris verdoso de sus pupilas”. Aparentemente nada que ver con lo que planteamos, pero resulta que en esa carpeta están las cartas que su esposa recibió de un amante esporádico, de sus relaciones sexuales con él. Por lo que no cabe duda. Se trata de una prueba literaria más, que no tiene por que ser elegida tal metáfora a conciencia, pero se repite y reitera. hablan en una habitación cubierta sus paredes de “papel floreado“. La infidelidad fue pasajera, con un socio del marido, mientras que éste estuvo de viaje tras años atrás. Lo descubre cuando llevan diez de relación de pareja. Cuando ella se lo cuenta, al ser descubierta por las cartas, “ese nizardo le traía flores”. En una de las cartas aquellas, cayó una flor amarilla de un árbol ornamental, la catalpa. En ella se hace referencia a la relación sexual entre el amante y la esposa de Michel. 

En otra obra de Colette, “El trigo en ciernes”, la flor vuelve a ser símbolo de la sexualidad, insistiendo en ser una imagen universal de la literatura que aparece espontáneamente, a modo de metáfora, sin que sea a propósito, al menos la mayor parte de las veces. Phlippe descubre su sexualidad en la eclosión de la adolescencia, con su amiga de la infancia Vinca, pero no lo consuma con ella. Se siente atraído. Pero se va a cruzar en su relación una mujer adulta, mayor que él, la Dama de blanco, cuya casa tiene un jardín. La puerta estaba abierta “con un paseo de hortensias rosas apopléticas” que llevan a ella. Tras su primer encuentro piensa dejar unas flores a la puerta de la casa de esta amante. Coge la flor, azules y malvas, de los cardos de arena, que hay cerca de la playa. Arrojó un ramo de ellos al jardín. Es significativa esta metáfora pues esta flor pincha sin dejar de ser bella y atractiva, reflejando esa relación sexual que le “pincha”, le place y duele a la vez. La amante, la Dama de Blanco, se pincha con uno de ellos. A él le atrae sexualmente, pero no siente nada por ella. Lo mismo ella. Van a mantener relaciones sexuales placenteras, en las que la flor del cardo refleja tal cual esa unión. Cuando inicia su primera relación sexual con aquella amante en casa de ésta “muebles y flores parecían perder su equilibrio”. Por la mañana temprano “el primer soplo precursor de la aurora hizo rodar algunos pétalos por el paseo”. Al cabo de los días las flores están secas. Las llama “Los ojos de Vinca”, porque se siente mirado por ella al unirse carnalmente con la señora. “El amor envuelve a la flor muerta”. La amante se va y Vinca ya no va a ser suya. ¿Puede una metáfora ser más exacta? Cuando imaginó la casa de ella le vino la imagen de unos “geranios prisioneros”. Cuando queda a solas con Vinca ve el reflejo del sol en el mar como un pétalo que baila en la cresta de las olas. La compara como “la flor de una de gata” y con el trigo verde aplastado, la adolescencia de ambos. Al despedirse acaban haciendo el amor, el la penetra después de besarse y acariciar sus cuerpos, causándola dolor, “la he dado un poco de dolor y un poco de placer, es lo único que le he dado”. A la mañana siguiente ella riega en el balcón una fucsia púrpura.

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79276-004-b767a2d0En otro momento “en lo alto del desorden vegetal, centelleante de lluvia, engalanado por flores…”; Alice recuerda lo hermoso que era todo hace dos días, antes de conocer su marido las cartas que la delatan. Las guardó sin dar importancia. El trasfondo de todas las conversaciones desde que las leyó el marido son las “flores”: “Una alameda casi borrada descendía hasta lo más sombrío del bosque, hasta la fresa silvestre en flor…”. Todo se trastoca en la relación de la pareja. Se repite la imagen del jarrón:  Recipiente de las flores (la pasión.) Al final de la novela cuando el desenlace se convierte en tragedia, el marido se va a suicidar lanzándose por una pendiente, por culpa de aquello que descubrió, vuelve la metáfora de las flores que lo cubren todo, le salpica: “Al pasar, el jazminero amarillo y el rosal de mayo, le derramaron en la nuca una lluvia de gotitas, tan fría…”.

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En su obra “Dúo”, esta autora, vuelve a la metáfora de la flor. Dos amigos de la infancia se hacen adolescentes, los impulsos sexuales afloran en sus cuerpos. El chico mantiene una relación con una mujer mayor, quiere saber de sexo. Lo cual deteriora la relación delos dos jóvenes amigos, con un tinte de dramatismo. “Él (Philippe) se calló y Vinca subió el prado de mar florido de escabiosas” (flor silvestre.) Cuando se acerca por primera vez a casa de la Dama de Blanco atraviesa un paseo de hortensias rosas apopléticas (¿sin vida?) Tras mantener la primera relación piensa dejar a su puerta flores, pero ¿qué flores?, se pregunta. Y continúa la narración, en la que explica que en agosto se desfloran las madreselvas salvajes y las Dorothy-Perkins. Que es lo que le ha pasado a él, con la señora. Se siente mal al traicionar a Vinca, con la que podía casarse, o no, a la que deseaba y le gustaba, pero no habían mantenido ningún tipo de contacto sexual. Cogió unos cardos de las arenas, de flores azules y malvas, que “merecían llamarse el espejo de los ojos de Vinca“.  ¡Que metáfora!, que quizá surgiera a la escritora sin reparar en que simboliza la flor en relación a la sexualidad, pero que le hace daño. “Cardos azules…, los vi en un jarrón de cobre en casa de Madame Dalleray”. Arrojó al jardín de ella u ramo de cardos. “Las flores parecían perder el equilibrio”, para describir que la boca y las manos de la señora le hicieron perder su vida tranquila en el pueblo bretón en el que veranea. Cuando vuelve de madrugada vio rodar unos pétalos. No para de pensar en su amiga, como si su deseo por ella se lo llevara el viento.  Una pasión que le hace dudar, la de la señora, que no desea, pero que le atree al despertar su sexualidad y satisfacer sus impulsos, pero luego, una vez satisfecho, piensa, no está a gusto. Los cardos se convierten en flores secas. “El amor envuelve a la flor muerta, al la-una-de-gato-sus-propiedades-y-posibles-usos-en-casos-de-cancer-y-hiv-2pájaro herido…”. La flor no deja de aparecer como imagen literaria. Se siente atrapado en la relación con la señora y habla de “geranios prisioneros”. Cuando discute con su amiga joven, Vinca, la compara con la flor de uña de gata rosa y de trigo verde aplastado. Como si hubiera pisoteado se amor risueño, naciente. Y al final, de manera borrosa, difusa, que da lugar a  interpretar a cada cual qué pudo suceder, Phlippe imagina Vinca, o tal vez la viera, en su balcón lleno de flores. Y regó cuidadosamente una fucsia (¿su deseo?) Como si quisiera renacer, pero ¿dónde? La flor también acompaña en este relato la sexualidad.

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Y una metáfora de la flor seca, en el libro “La locura del cielo” de Carlos Aurtenetxe:
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“Como muere un recuerdo
un nombre una pequeña flor
ya no viene al caso
seca escribe las páginas de un libro
de un amor
y fuiste tú y nadie al mismo tiempo
sin saber por qué”.
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O en otro poema, “El sueño itinerante”:
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“Esa rosa blanca
virginal
de la que algún espíritu condenado de la
locura del cielo
robó de ella
el color de la sangre mira como es
la rosa de la muerte

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Y otro poema del mismo autor referido a la flor olvidada en el tiempo… “La rosa anónima”:

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Serás acaso la rosa seca que alguien
depositó
entre las páginas de un libro
hace ya mucho amor entre las páginas
cenicientas
del olvido
“.

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La metáfora de la flor por excelencia puede que sea el libro de Charles Baudelaire, “Los flores del mal”. El título original fue “Las lesbianas”. tal vez el “mal” sea lo inalcanzable, lo que asocia con la muerte, al ser muchos poemas escatológicos, pero la muerte de la sexualidad, quizá por culpa de la bebida. Va dejando rastro entre los versos y la flor como elemento poético delator:

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Veo el agua que brota / en millones de flores“, que luego se hacen lluvia de incesante llorar. reafirma que el Amor y la fe son voluptuosos o castos. No tuvo fe y quizá tampoco amor. Buscó ambos sentimientos, desesperándose, tal vez. “Contemplaban los cielos el soberbio esqueleto /como una flor a punto de brotar… / cuando la fui a escribir y el mantillo del campo / enmudezca tu cuerpo entre tus huesos…/ que consumo la forma y la esencia de estos amores míos que son polvos”. “… hará que en poesía nuestro amor se convierta / y se eleve hacia Dios dando flores extrañas”. “He buscado en amores ese sueño de olvidos / no obstante  el amor es un lecho espinoso para dar de beber a rameras crueles”; “… sepulta mi cabeza dolorida, y allí / respirar cual aroma de una flor marchitada / todo el mismo suavísimo de mis nuestros amores”; “… para ahogar mi rencor beberé sin dudarlo  / el nepente de olvido y la buena cicuta en las rosas gallardas / y me rematen un pecho  que jamás corazón ha tenido cautivo”.; “… las ropas que llevas / hacen surgir en mentes de poetas / la imagen de una danza de las flores... / y aquella primavera y verdes /  humillaban de un modo el corazón / que quise castigar en una flor / de la naturaleza la insolencia”; “… quien se acerque al tesoro que hay en ella / y castigar tu corazón alegre mi veneno”.

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El poeta Paul Valery dedica a su amante un poema titulado “A la profunda rosa”, donde la metáfora se descubre tal cual sobre lo que venimos aludiendo:

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Umbría y honda rosa, fragante gruta en sombra,
oh Rosa de placer, cuyo placer es llanto,
rosa húmeda a la espera de una caricia errante
por sus bordes de cáliz donde la carne es flor,

con tu agua deliciosa, oh blanda Rosa, embriaga,
hasta el divino exceso de la dicha animal,
a un corazón que huyendo de la horrible aventura
de vivir, el veneno de su extraño mal bebe…

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Y la referencia a una flor inalcanzable, que trasmite el sueño, de un lado y otro del pensamiento del poeta y la poetizada, lo vemos con la magistral pluma de Rubén Dario, el poema, Margarita, está linda la mar”  que escribe en las aspas de un abanico a una niña, el día que le fueron a hacer un homenaje en la ciudad de León de Nicaragua:

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
….
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad»
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….

(La estrella que es una  flor de luz, metáfora de la quimera en flor)

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice:

«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

….

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Uno de los poemas de Jorge Guillén en los que aparece la metáfora de la flor dice:

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¡Hermosura delicada / junto al filo de la nada! /Huele el mundo verdadero /la flor azul del romero. / ¿De tal lejanía es dueña / la malva sobre la peña. / Vibra sin cesar el grillo. A su paciencia me humillo. / ¡Cuánto gozo a la flor deja / Preciosamente la abeja! / Y se zambulle, se obstina / La abeja ¡Calor de mina! / El grillo ahora acelera /Su canto. ¿Más primavera? / Se pierde quien se lo pierde. / ¡Qué mío el campo tan verde! / Cielo insondable a la vista: / Amor es quien te conquista. / ¿No merezco tal mañana? / Mi corazón se la gana. / Claridad, potebcia suma: / Mi alma en ti se consuma”.

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En su obra “Al otro lado de los cocodrilos”, María Jesús Silva escribe usa la metáfora flor de la misma manera, sin elegirla, sino que sale como imagen colectiva de la literatura descubriendo, descubriéndose el lugar donde se origina la vida, quizá el centro sobre el cual gira: “… a compases muy cortos adentraba en las cavidades del cuerpo y gritaba todo lo que nunca diría. Mi boca de lana buscaba la respuesta sin pregunta. A veces los dientes tropezaban en el saliente de un cerro y dormía un rato, invisible, agarrado a la flor. Después susurraba algo como “amor”…“.

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El poeta Francisco Pérez Herrero en su libro “Del amor y del paisaje” tiene unas metáforas en consonancia:

Tu cuerpo florido se hizo rosa y aromas,
mientras los celos míos se quedaban dormidos
sobre el pecho crecido de tus blancas palomas
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*
“Una flor se abre en tus labios
de su carita de cielo”.
y
“Unas mariposas verdes
juegan en las flores blancas
que van brotando en la senda
al paso de la zagala”.

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Otro poeta, hijo adoptivo de León, Gaspar Moisés Gómez, en su obra “Y mañana tampoco” escribe:

“… ese fornicio
llega a la casa de las meretrices
más íntimas y bellas,
y allí lo dedicamos
pétalo a pétalo,
hasta integrarlo en tu lento
lenguaje: la rosa. 

Quiero decir la rosa tuya,
la corporal y alada
deshojada el el lecho
más primaveral“.

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En la novela “La librería”, Penelope Fitzgerald, deja caer unos versos  que parafrasean la última estrofa del poema “Yasmin” de james Eloy Flecker, como reflejo de una sociedad rural muy cerrada y reprimida, siendo la flor metáfora gráfica: “Vuelca tu amor en todo su esplendor, pues una / noche u otra noche / vendrá el Jardinero de blanco y las flores recogidas / son flores fallecidas“.

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De una manera muy metafórica en la obra “La importancia de llamarse Ernesto”, Óscar Wilde maneja la flor como imagen indirecta del deseo. Archibaldo le pide a Celcilia, de quien está prendado, una flor: “¿Podría darme antes una flor para el ojal? Es condición indispensable de mi apetito la flor en el ojal”. La prefiere rosada, dice, porque Cecilia le parece una rosa rosada.

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Para esta colección de citas y referencias literarias en torno a la flor y su simbolismo erótico también la de Hermann Hesse en su obra “El juego de abalorios”, el cuento “El hindu”: Tan pronto como se tendía junto a ella en el lecho, todo era olvidado, toda contrariedad se volvía nada; le atraía la sonrisa  y era dulce acariciar sus miembros esbeltos, y de esta forma florecía con mil sombras, perfumes y flores, el jardín del placer en el cuerpo joven de la esposa”.

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En la novela de Jean-Paul Sartre, “Los caminos de la libertad!, en el tomo I “La edad de la razón” leemos que la pareja protagonista desarrollaban ambos en el vacío sus gráciles existencias, Marcela y Mateo. En este caso la referencia a la flor es la genitalidad masculina: “Marcela no se había movido, miraba siempre el vientre de Mateo y esa flor culpable que reposaba blandamente sobre sus muslos, con un impertinente aire de inocencia”.En otro momento Marcela se había pintado de azul los párpados; “Llevaba una flor en los cabellos… Estaba desnuda bajo su bata, él vio sus hermosos senos y sintió en su boca un sabor de azúcar”. Ella estaba embarazada, pensaban abortar. Cuando Mateo comenta el tema ella ve que no la quiere, no cómo ella quiere que le amen. Se desencanta. Se acabó ese momento senxual: “Se había quitado la flor que llevaba en los cabellos”.

Otra vez la flor se repite en el segundo tomo, “El aplazamiento”, cuando dos parejas (Zezette y Germain, Lola y Boris) se encuentran en la noche y hacen el amor en un ambiente prebélico, cuando el miedo, la tristeza forma una cortina que cubre todo, pero la vida cotidiana, afectada, sigue. Escribe Sartre en torno a esta metáfora que describe el ambiente en el que vana  hacer el amor: “En todas partes, en el aire, apenas o casi no escuchaba, trataba de abrirse una flor oscura: Si la luna se vuelve verde, interpretada por el jazz…”.

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Karl Marx durante su juventud escribió poemas cargados de pasión, como en el titulado “Armonia”:

“¿Conoces esa mágica y dulce imagen
en la que las almas fluyen entre sí
y se derraman en un melódico,
suave y agradable aliento?
Se encienden entonces en una rosa púrpura
y buscan refugio, tímidas, en algún tierno musgo”.

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En Joyce y Proust la flor es imagen viva y atrayente de la parte sexual de la mujer. En la obra de Sakespeare no, Julieta le da el alma a Romeo, pero Odette a Marcel en la obra de Proust “la flor” es sexualidad, “si no me llevas no hay catleya“, no hay sexo. Y Molly quiere sentirse penetrada para sentirse flor. De esta manera la imagen florida evoluciona en la literatura a través de estos autores de la belleza, al estética a la sensualidad más tangible como imagen del sexo. Algo que a Romeo y a Julieta les atrae, se quieren, buscan el beso y más, estar juntos, poseerse, pero dentro de una sensación más ampliar la que tienen que luchar. El amor moderno, que narran Joyce y Proust, viene dado por unas circunstancias.

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La historia de esos amores que narran Joyce y Proust autores son quizá la caída del amor al cuerpo, como si faltara el alma, la inspiración que buscan y acaban siempre desembocando en el cuerpo del otro y desde él sienten, buscan el amor, y todo lo demás. En su obra “Finnegans WakeJoyce escribe a su manera críptica “santipasmado, por sus efluvios nocturnos, de amplio espectro, sabe mariposear de su propia mano toda vanesa de flore en flore… esto enriquece nuestra litaraturidad“, la esencia de la literatura. Y en la misma obra escribe: “floripates de florecillas que florvolotean en sus falmígeras flores”. Vemos la flor como ese fuego, lo flamígero, de la pasión humana cuyo símbolo literario es flor. En la misma Joyce obra escribe “esa flor del pecado que gira como un girasol” y “como flor vestida de rocío“.

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El sexto tomo de “En busca del tiempo perdido”, “La Fugitiva”, ahonda Proust en la flor como metáfora, describe a una desconocida como flor oscura. “Incorporaba aquellas mujeres a mi pasado, les daba más realidad que a las flores nuevas”. “París me parecía ciertamente todo florido de todas las muchachas, no que yo deseaba, sino que hundían sus raíces en la oscuridad del deseo“. “Amaba como un salvaje, o hasta como una flor, pues no tenía la libertad de moverme“. En “El tiempo recobrado” llama a las jóvenes parisinas “la flor de la elegancia”. Y a su Albertina, olvidada, pero siempre recordando el olvido, “la flor misteriosa“. También dice en torno a esta metáfora “una muchacha, Albertina, que al principio fue el horizonte del mar, una flor que mis ojos querían cada día ir a mirar, pero una flor pensante“.

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La autora de este cuadro comentó que puede verse una flor, al mismo tiempo que la vagina de una mujer sobre sus muslos. Una imagen de la metáfora en que coinciden Joyce y Proust.

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El segundo tomo de la novela de Proust se titula “A la sombra de las muchachas en flor“. La metáfora de la flor la usa también Joyce para unir el paisaje interno y el de fuera, el que recuerda Molly de su juventud: “las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una flor de la Montaña, sí cuando me ponía la rosa en el pelo, como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja“. Joyce mantiene esta metáfora en su realidad afectiva y sexual con su pareja, Nora Bernacle, a quien el 2 de diciembre de 1909 escribe una carta en la que dice: “Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Sí, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre. ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia¡. Como ves, tengo todavía algo de poeta“.

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El paisaje se hace recuerdo en “Ulises”, se diluye en ella en forma de pasado, presente, futuro. Literatura y realidad, todo se funde. Cuando Bloom está en el momento álgido de su recuerdo, cuando ella rememora cuándo conoció a Bloom, cuando se dio a él y él la preguntó si ella quería (que él la poseyera), a lo que respondió “sí mi flor de la montaña” y le estrechó a “sus pechos todo perfume”. Es la flor una metáfora: Los pétalos que se abren para él, ser florido, Bloom.

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La Pícara Justina, el personaje de la obra que lleva su nombre, atribuida a Francisco López de Úbeda, podemos leer, según estudia José Manuel Pedrosa, profesor de la universidad de Alcalá de Henares: Los antiguos pintaron sobre la cabeza de la primera mujer un almendro, cuyas flores son las más Tempranas. Documenta diversas referencias similares en su trabajo “La pastora Marcela, la Pícara Justina, la necia Mergelina: voces, cuerpos y heroísmo femeninos en el Barroco“. También este profesor recoge pasajes eróticos de las novelas “picarescas”, como en su análisis “Los zapatos rotos del Lazarillo de Tormes”, donde recoge los poemas “La flor de enamorados” que trata sobre una joven que pasea por un rosal al ir a coger una rosa se clavó una espina que le llegó al corazón y un joven trata de curar el mal… En su estudio “Colige, virgo, rosas… y otras flores cortadas” analiza que la metáfora “cortar la rosa” en la poesía folclórica de muchas épocas y lugares diferentes tiene el sentido de la pérdida de la virginidad y de darse a los placeres de la carne.

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El año 1473 se recupera, después de haber sido prohibida y quemada en la plaza pública, la obra de Boncompagno de Signa (1175 – 1240) que escribió en Italia el libro “Rota Veneris” (“La rueda de Venus o tratado del amor carnal”, libro muy difundido en Salamanca, en su entorno universitario, sobre el año 1490, que trata sobre cómo se ha de dirigir un hombre a una mujer para acceder a su deseo de poseerla o de entablar amistad y de cómo la mujer debe responder según sean sus circunstancias y apetencias. En especial en la relación epistolar. En relación a la metáfora que analizamos leemos que mientras que medita entre los árboles en flor recuerda: Con los medio dulces besos me llevó a su habitación, cuyo suelo se cubría de flores y manzanas por doquier dándome a entender que estábamos en un paraíso de delicias”. Observemos que también el suelo tiene manzanas, la fruta de la tentación según la Biblia. En otro pasaje describe un sueño: “… en sueños me lleva a un jardín florido… me acaricia los costados y los pechos… nos gozamos largo tiempo con toda clase de abrazos y conversaciones amorosas“. Lo cual viene precedido de otra referencia clara: “Os he enviado un ramo de violetas, pues las flores y la fruta se aprestan para alabar las excelencias de vuestra amistad y pido que llegue el asunto y entre en mi huerto...”.

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La novela “Lulu” de Mircea Cartarescu sigue el hilo conductor de la flor como metáfora de la historia psicológica que cuenta, en la que un amigo de un campamento de verano se disfraza de chica y le persigue tras una fiesta. Con los años aquello se convierte en una obsesión que afecta a su sexualidad hasta que “desaparece”, palabra ésta con la que termina la novela. La flor como metáfora “florece” en la novela permanentemente, para ofrecer una imagen de lo que le sucede internamente, unas veces al pensar en aquella experiencia, otra vez como simbolismo de sus sueños, que le hacen volver a su pasado. No deja ligar a la duda del sentido de la “flor”: “Como si la imagen de Lulu fluyera en perfume de esperma de marta cibelina, en flores exóticas, marchitas y sospechosas”. Sobre una compañera cuenta a un amigo que  acabará en la cama y se la imagina “como si estuviera retirando con delicadeza los pétalos de una rosa en busca de los estambres”. ·Las historias de amor circundarían la batalla final como guirnaldas rococó formando un arquetipo místico”.

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No para en todo el texto de aparecer referencias florales sobre su herida sexual:  “Descubrí un valle lleno de flores, el paraíso… aromático valle que describía para mí la geografía sombría de la adolescencia”. “recordé esos versos de Donne (poeta metafísico inglés, s. XVI) en los que dos enamorados duermen juntos, cogidos de la mano, en un valle florido… Caminábamos durante un rato contemplando las flores. Las corolas se esforzaban  por cerrarse sobre nuestras cabezas… El sol casi incendiaba los pétalos multicolores del mar de flores… hundidos hasta el pecho en las flores temblorosas… Los cuerpos enredados en mi imaginación”. Sueña con una mujer que viste con medias de flores, acurrucado en la cama escucha los gemidos de una vecina. En sus sueños le persiguen las arañas, que le arañan como “flores oxidadas”. Más adelante volverá la araña con sus patas peludas de ganchos terroríficos, pero de “colores floridos”. Como si fuera un deseo al que teme, que no quiere, pero que le persigue, primero en una experiencia juvenil y luego en su mente. “Flores carnosas como vulvas, con olor a carroña, atraían insectos reptantes”   La piel de una mujer con la que se relacionó: “su piel como sépalos de flor”. (El sépalo es una hoja verso que forma parte del cáliz en las flores heteroclamídeas.)

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Sus compañeros del campamento, a los que contempla jugando al balón los define como “la piel del mundo”, “creada para arder en incendios catastróficos, eran la flor de la hierba destinada a alimentar un horno”. Con Clara dejaban las charlas y “se revolcaban entre las flores”. Una belleza irreal, dice. “En aquel valle el pensamiento se transformaba en Eros y Eros en pensamiento“. El protagonista lee un libro y vuelve a nuestra metáfora: “La autora trata de los preludios amorosos, los adolescentes que se dedican una primera mirada tímida, luego él le ofrece una flor. Siguen diez páginas sobre el lenguaje de las flores, con abundantes citas de Goethe…. La doctora sólo había catado el velo y la flor en sus glamurosas ensoñaciones”. En otro sueño, pues entremezcla recuerdos, ensoñaciones, rememora éstos, y reflexiones, vuelve al valle de las flores  y “hundido entre las flores descendió hasta el centro del valle”, donde vio a una pareja desuda mirándose a los ojos, con las manos entrelazadas. Recuerda al verlo que en un centro del hipotálamo “hay un centro de placer, un jardín paradisíaco  donde la luz del orgasmo pierde todo calor animal y se transforma en algo espiritual y cristalino”. la asociación entre la flor y la sexualidad queda fuera de toda duda, ya que lo va indicando el mismo autor, a parte de que se repita insistentemente. El centro del valle de las flores lo asocia al centro de placer. Puede que no lo haga deliberadamente, pero el resultado es lo que estamos viendo. “Dos jóvenes desnudos mirándose a los ojos en el valle lleno de flores” (lleno de deseos.) “Qué disponible era la carne de mi paisaje”, dice, “mientras que mi cerebro secretaba el esperma de los sueños”.

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La experiencia sexual que recuerda le es desagradable, algo le obsesiona y lo va a ir descubriendo, pero se acompaña de la flor como imagen para entender qué sucede en su pensamiento: “Flores de hielo”, cuyo rastro borra la ventisca. “El tiempo se concentraba en la pelvis, allí donde ardía el segundo chakra, la flor secreta de la sexualidad”. Define el travestismo carnavalesco de su amigo: “Melena dorada hasta la cintura, senos redondos de mujer  sobre un pecho musculoso, anchas caderas que abrigan  entre sus curvas el sexo viril… y una rosa entre los dedos, con pétalos de luz de oro“. Llega al final: “Ser hombre y mujer al mismo tiempo y hacer el amor consigo mismo en la soledad animal de su palacio cerebral. Ahí en el centro del cerebro (recordemos el centro del valle de flores) estaba el sexo verdadero, el corazón de la rosa de pétalos laberínticos“. Y es en esta imagen en la que encuentra la salida.

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La flor en la literatura es una imagen que forma parte del inconsciente colectivo, que no copia un escritor a otro, sino que surge como paradigma de un símbolo sexual. Por ejemplo Eduardo Galeano en su “Libro de los abrazos” cuenta que una mujer recibía flores de un señor cada día, y las tiraba por la ventana, hasta que un día subió el señor a su casa y dejaron de caer las flores al suelo… ella abrió la puerta.

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Recoge Pedrosa referencias a la rosa, del poema “Tempranillo” de Luis de Góngora: “… hubo quien a pie enjuto / cogió flor y dejó fruto…”. Sobre el personaje de García Lorca, la granadina Doña Rosita la soltera, que por no disfrutar los amores de primavera llora cuando llega el invierno: “Cuando se abre en la mañana / roja como la sangre está / … y cuando llega la noche / se comienza a deshojar...”. recoge el profesor del poema de Pedro Padillo: “Quien entrase a ver las rosas / señora, en vuestro rosal… / Quien entrase a ver las rosas / o se osase aventurar… / que vergel tan vicioso / si estuviera bien cuidado…”. “Pero los ramos son alegres” de Blas de Otero: “… el día que yo nací / mi madre cortó una rosa y me la puso delante / Trébole de la casada y faldellín de color / para la niña que luego llorará su sola flor…”. De la tradición oral Pedrosa recoge canciones con referencias a esta metáfora flor, que para muestra un botón: “¿Cuál es la niña / que coge las flores / y no tiene amores? / Cogía la niña / la rosa florida; / el hortelanico / prenda le pedía. /Si no tiene amores”. Y la famosa canción: “… que temprano coges niña / la flor de la maravilla. / Tengo que subir al árbol, / tengo que cortar la flor. / Se la daré a mi morena / que la ponga en el balcón...”. Del canciones del valle de Jerte recoge muchas, entra otras una parte de una canción popular que viene al caso de lo que tratamos: “A cruzar el río voy; / si me mojo, que me moje / voy a cortar una flor antes de que otro la deshoje … dime quien la desojó / la rosa de tu rosal…”.

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Un Mayo de Frías, en Albarracín, Teruel, cantos en relación a las fiestas en honor a la primavera, asociadas a la fecundidad de la tierra dice:

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… Mayo mes de flores

tú eres el consuelo

de los labradores. vamos a cantarte

todas tus canciones

para que galanes

cumplan con doncellas.

Sólo falta el mayo

                                 que te las adorne“. (Con tus flores)

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José Manuel Pedraza en su trabajo “Arrojar frutos, piedras y amores” insiste en el simbolismo erótico de la flor, con el ejemplo de una parte del relato “Judas en flor” de la escritora norteamericana Khaterine Anne Porter: Lupe aconseja al oído “si le arroja una pequeño flor catará una o dos canciones más y se irá”. Laura arrojó la flor, él cantó la última canción y se fue con la flor metida en el sombrero.

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En otro estudio de José Manuel PedrosaLa guirnalda de rosas: tradición y simbolismo en el romancero español y sefardí” recoge otras muchas referencias de canciones, poemas y cuentos tradicionales, o novelas de caballería en las que las damas dan una guirnalda de flores a los caballeros en señal de esperarles para después de la batalla. Pienso que no es una metáfora que se copie ni se trasmita por mimetismo de una época a otra, sino que es una imagen sugerente a la que llegan los autores, que viene de la misma observación como imagen paradigma o arquetipo del sexo femenino que anhela el varón, que hace bello y hermosura. De ahí que quizá venga la costumbre de regalar flores a la mujer que se ama o desea. O el ramo de ellas que lanzan las novias el día de su boda…

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De la misma manera del folclore leonés el grupo Tarna ha recopilado canciones tradicionales, para dar a las mismas un toque folk, no pocas con letras también en consonancia con lo que estamos tratando:

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Jota de a cuatro de Pola de Gordón

Yo la vi y ella me miraba
y en la mano llevaba una jarra
yo la vi y ella me miró
y en la mano llevaba una flor
para regar los claveles
que tenía en la ventana.
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Canto de casorios de Vilecha

Florezca la flor
florezca la manzana
de aquel alto señor
y vuelvo a cantar
que la novia se lleva
la flor de este lugar
y vuelvo a decir
que la novia se lleva
la flor de por aquí.
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Panderada de Pontedo

Las rosas en el rosal floridas y fomosas
a cortalas quixoren entrar cuatro guapas mozas
a cortalas quixoren entrar pero nun pudieron
acortalas quixoren entrar mozos foresteros.

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Baile pa arriba de la Cepeda

Que como llueve,
como ha llovido
que hasta los naranjales
han florecido.

Que como llueve
mío amor se moja
quien fuera un arbolito
cargado de hojas.
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Un amigo que quiere mantener el anonimato, me remite copia de una parte de la carta que escribió su amante mientras que en su ausencia le recordaba, precisamente porque, según me escribe, corrobora esto que expongo en este estudio, cuando quien escribe la carta no es una lectora de literatura: “Florece mi vulva como una flor exótica, llamativa, inmensa. Se esponja, se estremece ante el placer entrevisto y añorado… Deseo sentirte entre mis piernas; las abro a la espera de tu presencia…”.

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La novela de Óscar Wilde, “El retrato de Dorian Gray” merece un estudio a parte porque la metáfora de la flor es recurrente, en el sentido que la estudiamos, y se convierte en el hilo conductor de la historia sentimental con alusiones muy claras. El protagonista, Dorian Gray va a tener un rostro siempre joven, seductor y atractivo. Por una parte se desarrolla el enamoramiento por otra el placer que se extiende aunque no se hace implícito sino a medida que avanza la trama. Por un lado el erotismo de su belleza, por otro la atracción sutil y difuminada que le ejerce al pintor que le hace el retrato, Basil. Y las aventuras amorosas que mantiene. En todo momento aparece la flor como señal, a modo de referente. Cuando Lord Herry, que va a ejercer una influencia decisiva sobre él en todos los aspectos de la vida sale al jardín “encontró a Doris Gray con el rostro hundido  en las grandes flores del lilo vertiendo febrilmente su perfume fresco como si se tratase de vino”. La belleza de este joven eterno va a emborrachar a muchas personas. “El tiempo tiene celos de usted y lucha contra sus lirios y sus rosas”, le dice.

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Para Henry detrás de todas las cosas exquisitas hay algo trágico, lo que va a suponer un fatalismo en todo lo que acontecerá después. Y la flor como perenne metáfora: “Semejante belleza está destinada a marchitarse”. Algo que no sucederá. Cuando ve por tercera vez a la actriz de la que se ha enamorado le lanzó una flores y ella le miró. “Al menos imaginé que lo había hecho”. Con ella está enamorado, no muestra su pasión. 009dgr_rachel_hurd-wood_003Pero sueña. Maduró “produciendo flores de fuego escarlata”, de esta manera  “el alma le había salido al mundo, y el Deseo había acudido  a reunirse con ella por el camino”. “Los pesares despiertan nuestro sentido de belleza y cuyas heridas son como rosas rojas”. “El cielo era como una rosa marchita”. La referencia a la flor va a ser constante.

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Sibyl, la actriz de la que se enamora Dorian esconde su rostro en un momento dado en el regazo de la marchita mujer, su madre. Cuando habla de su Príncipe Azul  una rosa se agitaba en su sangre, encendiendo las mejillas. La describe con sus “labios florales”. Ella, hubo un tiempo en que recibió muchos ramos de flores. Era deseada. Las que le envía Dorian son muy bonitas. Es a quien desea, a quien quiere. “Que parece un jardinero paseando con una rosa”. Sibyl se estremeció como un narciso blanco. En otro momento, antes de salir al escenario el rostro de ella “un ligero arrebol como la sombra de una rosa en un espejo de plata”. Cuando él la desprecia, la deja, se echa a sus pies “quedándose allí como una flor pisoteada”. La flor es el eje sobre el que transcurre como imagen literaria la novela, en todas las relaciones del protagonista. “El aire se llenó con el perfume de las flores”, cuando ella camina con su belleza. Dorian se quita la flor que lleva en el ojal de la chaqueta. Luego pensaba en ella; “Los pájaros que cantaban en el jardín empapado de rocío parecían hablar de ella a las flores”. Cuando piensa que es el culpable de la muerte de Sibyl, se culpa en cuanto es como haberla cortado la cabeza, pero “no por ello las rosas son menos hermosas”. Se propone sembrar de amapolas el jardín. Harry cuenta que llevó luto con flores violetas por una historia de amor que no acababa de morir.

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Para Dorian hay algo trágico en una amistad cercana al amor. Algo que va a desencadenar una pasión oculta que es lo que a su amigo el pintor le permitió hacer el retrato de Dorian, que envejecía mientras que su rostro no. Hay una atracción unilateral, que hará que Dorian le acabe matando La flor como imagen del placer y la atracción nos va a dar pistas de cómo trascurre interiormente esa relación, porque quien influye en Dorian es su otro amigo Harry: “Había en él metáforas tan monstruosas como orquídeas”. Otra flor la lanza a un sacerdote “con su tiesa casulla floreada”, teniendo en sus manos el pan celeste para el diario sacrificio de la misa. Los monaguillos lanzan al aire flores doradas. Lo cual causa en Dorian “una sutil fascinación”. Sin entender lo metafórico es difícil entender algo tan anacrónico, fuera de contexto, a no ser que haya un significado literario que guardan las palabras que utiliza. “Sabía que los sentidos, no menos que el alma, tenía misterios espirituales que revelar”.

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Dorian lleva una bata de seda color carmesí con flores de seis pétalos, junto a representaciones de la vida de la Virgen. Pensemos que el número 6 es el que simboliza a la Bestia: 666. En la capucha de la misma estaba bordado un corazón del que surgen flores blancas. Cuando Dorian habla con Basil, el pintor le echa en cara que le hiciera dire271108orquideasentirse orgulloso de su belleza, que el pintor no sólo admiró, sino que le inspiró. Dorian se quita la flor del ojal, otra vez, y la  aplasta. Cuando le mata, al quedarse solo, pintaba en un papel flores, detalles arquitectónicos y rostros. Hay todo un simbolismo psicológico, pero también literario, con sus claves. Ya al comienzo de la novela Basil, su amigo pintor, comenta: “Trata a las mujeres como si fueran una flor que se pone en el ojal, una condecoración que deleita su vanidad, un adorno para un día de verano”.

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Cuando va a ver a una duquesa lleva en el ojal un ramillete de violetas de Parma. Con ella pensaba sobre todo en las flores; “ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal”. Preguntó el nombre de la especie ésta a un jardinero. Gladys le pregunta si la fealdad es una de los siete pecados capitales, entonces le inquiere “qué sucede con la metáfora de la orquídea?”. Podemos ver la literalidad de la flor como imagen, que la utiliza adrede, conscientemente. Dorian afirma que siempre ha buscado el placer y añade “permítame traerle unas orquídeas”. La duquesa dice que no ha dicho el color de su vestido, que habrá de elegir de acuerdo con sus flores. Cuando se enamora de Hetty, una muchacha de un pueblo, por su parecido a Sibyl, sobre esta “muchacha de pueblo” ; “las flores de los manzanos caían sobre el pelo”. “Vio su rostro en la ventana como un ramillete de jazmines”.

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  • La palabra “orquídea” viene del griego “testículo“. Las orquídeas imitan al insecto hembra de la especie que las poliniza, para que éste haga el amor con ellas, y como no encuentra el orificio para depositar su espermatóforo logra polinizar más la flor y expandirla como especie. Pero además emiten un olor similar al de las hembras para atraer al insecto macho.

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