Al otro lado del espejo

UN JOVEN: ¿Sí? ¿Sí? ¿hay alguien ahí? Parece que no estoy. No puede ser, algo raro me pasa. Por favor ¿alguien sabe dónde estoy? Veo mis manos, siento mi cuerpo, hablo conmigo mismo y pienso. Sí, sí ¡estoy pensando! Es evidente que tengo que estar en algún lugar. Sin embargo no estoy. No estoy ahí, donde tengo que estar. Ese es mi lugar. Pero no lo veo, ni veo quien soy. Veamos, todo comenzó hace unos años. Gané un concurso de la tele. Fui el hombre más feliz del mundo. Empecé a verme en carteles, la foto de mi rostro con mi nombre estuvo por toda la ciudad. Encendía el televisor y ahí estuve moviendo mi cintura. En la radio mi voz fue bandera de la moda artística. Poco a poco me fui viendo cada vez más y más, más engrandecido, más conocido por la gente. Fui yo y más, y mucho más. Hubo un momento, lo recuerdo dentro de una nebulosa, que cada vez fui más más, más y más, pero menos yo. Mi padre, antes de morir, me dejó, como parte de su herencia, un consejo, a la vez que una inmensa fortuna. Me dijo: “vende el negocio y sé tú mismo”. Me quedé sorprendido, pero es ahora cuando entiendo aquellas palabras. Mi padre se convirtió en un producto más de su empresa. Su manera de hablar, de querer, de vivir y de todo su quehacer en la vida fue su forma de ser por su negocio, para su negocio y desde él. Se había convertido en el negocio. Pero que más da. Mi tío Aniceto fue un asalariado. Funcionario, para más inri y para su gloria de vida tranquila y segura. Fue él quien quiso hacer las oposiciones y las aprobó, fue él quien deseo un empleo fijo y que dependiera de la Administración. Fue él quien quiso ser feliz a su manera. Desde los cincuenta años no dejó de echar pestes sobre su vida. Que si la monotonía, que si el aburrimiento, pero no contento con su manera de vivir, culpó al mundo de sus desdichas de ánimo. Los políticos fueron todos unos corruptos, sus compañero de trabajo unos vagos, la sociedad un desastre que va a la deriva. Pero lo más significativo fue cuando me dijo: “Si un señor te mandase levantarte a las siete de la mañana, si te metiera en un espacio de dos por dos metros cuadrados y te hiciera dar vueltas con ese lugar a cuestas, si te dijera que perdieras el tiempo y que para disimular te pusieses a mover papeles y fueras a tomar un café de once a once u media, y a qué hora tienes que comer, cuándo tienes que divertirte y, encima, no puedes comer esto o aquello y te manda una forma concreta de vestir ¿qué harías?” Yo le dije, inocentemente, que le mandaría a la mierda, que hacer eso sería ser un esclavo. “Pues eso mismo me sucede a mí con el horario de mi trabajo y quiero mandarlo a la mierda”. Murió trágicamente. Nadie sabe cómo una corriente de aire pudo haberle arrastrado hasta el balcón y luego lanzarle al vacío. Él era fuerte, pudo haberse agarrado a la barandilla ¡En fin! Son cosas de la vida. La misma que hizo que yo me dedicase a la canción. Los primeros años fueron durísimos. Arruiné mi fortuna editando mis discos. En las galas: lo comido por lo servido. Logré tener un público que se sintió a gusto con mis canciones, se emocionó escuchándome, pero no pude decir que era cantante, ya que apenas me conocieron en alguna sala de fiestas y sólo unas pocas personas. Quienes me oyeron, aunque aplaudieran con ganas, no supieron quien era yo como artista. Harto de no triunfar participé en una concurso, para despedir a ese sueño de cantante ilusionado. Decidí presentarme a un programa de la tele con una canción sin letra, o sea mediante palabras inconexas a cada cual más tonta, con un ritmo pegadizo y ridículo y haciendo una puesta en escena de lo más pija y estrambótica. Había decidido tomar el pelo al telespectador y a los miembros del jurado. Me quise reír de todos ellos ¡Gané! Sí, gané. En el primer segundo de tener noticia de mi victoria pensé que fue una broma, una venganza de las víctimas de mi ironía. Duró un segundo, pues seguidamente no tuve tiempo de pensar en nada. Sonreí, queriendo reírme de mí mismo y esa cara se perpetuó durante el resto del tiempo. Salté a la fama y volé llevado por un mundo de muelles y nubes que me empujaron de un espectáculo a otro. Entrevistas en las televisiones, en las radios y prensa del corazón. Todo fue muy de prisa y funcioné automáticamente. Me convertí en mi propia imagen. Dije lo que tuve que decir para seguir flotando en esa dimensión sobrehumana. Canté como tuve que cantar, y me olvidé de mi anterior repertorio y todo fue rodando sin parar y desconociendo adonde iba. Fui el sueño de un sueño que soñó en soñar y soñado se quedó. Al afeitarme mi cara siguió sonriendo, no pude quitarme esa mueca de labios estirados. Hablé con todo el mundo como si me hicieran una entrevista permanentemente. No tuve tiempo sino para mi espectáculo, porque siempre alguien me vistió, me colocaba e indicaba a donde tenía que mirar en cada momento. Un día me desperté y no hubo nadie que me dijera adonde tenía que ir, ni en qué lugar tuve que actuar. Nadie me sirvió el café, ni me abrió la puerta del coche. El chófer se fue con otro. Y no supe donde estuve. En la televisión salió otro cantante con mi misma sonrisa, pero con otra cara y una canción tan estúpida como la mía. Me asomé al balcón, con mi sonrisa a cuestas y no se formó un tumulto, ni oí gritos ni algarabía. Canté y bailé sin recibir aplausos y dos transeúntes se rieron de mí. Mi miraron como si fuera un loco. No pude entristecerme porque mi sonrisa siguió pegada a mi cara ¿Habré muerto? me pregunté. Quise llamar a alguien, pero no tuve a quién y tampoco sé hacerlo, sólo sé cantar y bailar al ritmo de la idiotez. Mis antiguas canciones no me salen. Miro al espejo y no hay nadie al otro lado ¡Ya sé, ya sé! ¡Tengo que romper el espejo para salir de esta situación! Sí, y llamar a esa chica de melena oscura y ondulada que vende periódicos en la Plaza del Grano. Mis labios ya se mueven y hablan sin necesidad de sonreír. Sé que hay una fuente al final de la calle Matasiete y un río, allá donde el faro, por donde se puede pasear en primavera y ver las pocas amapolas que quedan. Me imagino rodeado de gente, los focos enfocándome, las cadenas de televisión del mundo entero grabándome y yo… ¿Y yo? ¿Hay alguien allá, al otro lado? ¿Hay alguien con quien tomar un vaso de vino y charlar?.

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