VII.- El inicio de una nueva historia

¿Es el fin de la Historia que declara Francis Fukuyama? Más bien de una etapa. Finalizó el imperio romano, como finalizó la Edad Media, como finalizó la revolución industrial, la civilización egipcia y otras muchas. Estamos a las puertas de un nuevo salto. Hacen falta los instrumentos para darlo, porque el impulso está inmerso en el paso del tiempo que nos aboca a un cambio con todo su contenido de conocimientos, ritmos acelerados de consumo, publicidad y producción y nuevos espacios virtuales. Por mucho que la Renta Básica pueda parecer el final de un proceso histórico, el punto máximo al que puede llegar la economía y la cultura de un pueblo, no es más que el comienzo de una etapa que está por hacer y en la que es posible poner en juego la felicidad y la inteligencia del ser humano.


Cuando finalizo este libro he visitado la exposición de las maravillas de la España medieval, en la Colegiata de san Isidoro de León. Me ha causado un profundo impacto ver algo que más o menos sabía, pero verlo parece que impresiona más y causa un golpe emocional que me ha hecho pensar mucho sobre la evolución de los tiempos. Sobre todo para ver que estamos inmersos, los ciudadanos y ciudadana de hoy, en el camino hacia el futuro que nos dejará atrás y seremos vistos de la misma manera que nosotros , varones y mujeres de hoy, miramos y vemos a los de nuestro pasado.


En la Edad media el monarca fue el punto angular sobre el que se construyó el modelo de sociedad de entonces, pero la mentalidad de ese modelo, producto de la evolución de la Historia, llevó a esa valoración del rey como vicario de Dios. Se creyó como auténtica realidad, no como metáfora. En torno a esa concepción se desarrollaron las ceremonias, los símbolos, los emblemas reales. También las guerras con los soldados de Cristo a la cabeza. Las reliquias fueron el soporte material de los más profundos ideales de aquel entonces. Tal fue la estima que se las tuvo que fueron custodiadas por los poderosos de la sociedad. En la exposición me llamaron la atención algunas de gran valor, pero que hoy nadie lo valoraría, de no ser por su sentido histórico. Poseen un valor material evidente, pero el que tuvo fue por lo que representaba, como el peine de la Virgen, que había peinado unos cabellos de ella. Las reliquias se custodiaron y se crearon templos y fortalezas para preservar su integridad. Pues bien, vi durante el evento unos certificados que indicaban la validez de tales piezas sagradas pues se dio una auténtica especulación económica con semejantes piezas, pajas del pesebre donde nació el niño Jesús, plumas del Espíritu Santo, etc. No se trataba de gente inculta, sino de una mentalidad que no se veía a sí misma, hasta que decidió cambiar o al revés, se propuso una transformación cuando pusieron los ojos sobre sí. Mucho tiempo después se descubrió que muchas de las reliquias auténticas fueron tan falsas como las falsas.


Las reliquias fueron fuente de Poder y de Verdad. No pude por menos que pensar si no habremos caído en un esquema diferente, pero similar, y no lo vemos porque no nos miramos. Y de esa ceguera, de la que trata Saramago en su tratado sobre la misma, nos impide cambiar. O a lo mejor es que por no cambiar no necesitamos ni mirarnos a nosotros mismos, ni ver.

Hay cuadros que apenas representan nada, que vistos sin el “talento” de los creyentes en el dinero no valdrían ni para envolver una barra de pan, y sin embargo se cotizan por millones de pesetas. Trajes ridículos que por exponerlos en pasarelas se cotizan en mercados de valores y se pagan las actuaciones en cientos de millones de pesetas y a sus portadoras auténticas fortunas. En juegos deportivos se gastan miles de millones de pesetas, se construyen estadios y se modifican espacios urbanos para dar cobijo y “capillaje” a la irracionalidad del espectáculo. Industrias que envenenan a las personas y que se paga por ello mediante un sofisticado sistema de publicidad. Medios de transporte que se convierten en lo contrario de para lo que son adquiridos, pero se desfiguran en símbolos de Poder, de prestigio y de éxito, sin considerar para nada valores más profundos, más humanos.

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Todo esto, y mucho más, que parece anecdótico arrastra la economía, la política, la cultura. Es una mentalidad que da cuerpo a un soporte material que es nuestro mundo, el cual es custodiado como si fuera algo absoluto, cuando no es más que una página de la Historia que se pasa para dar lugar a otra que tenemos que empezar a escribir. Con esta intención, ser una letra de esa nueva realidad que hoy parece tan imposible y tan distante y tan llena de sangre, he elaborado, después de ocho años de estudios y debates, este tratado sobre la Renta Básica. Vale.

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