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La sábana de Manuela

Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás. A no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos. Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por momentos difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí en mí la gana de escribir“.

<Las inquietudes de Shanti Andía> de Pío Baroja (1911)

No te hice mucho caso el primer día que te vi. Fue un encuentro fortuito, de pasada. Sin embargo tu presencia, tu ser, tu manera de ser, ha dejado, después, con el paso tormentoso del tiempo, una huella tan honda, tan profunda ¡tan llena de vida! que derramo el recuerdo. Caminé hacia ti y luego contigo. Al comienzo, cuando la existencia tuya y mía chocaron fue sin querer. Luego fue un deseo y siempre una lucha contra la ventisca que nubló lo que había sido mi vida. La realidad se transformó en una guerra que nos había envuelto, hasta que nuestros corazones se fundieron uno con el otro, igual que en el cuento, el del soldadito de plomo y la bailarina.

Javier y yo decidimos hacer una excursión a la playa de Colunga, durante un fin de semana, sin ton ni son. A lo tonto. Impulsados por el capricho de su tía Lorenza y la curiosidad de mezclarnos con el vulgo aceptamos ese inusual viaje Nuestra elevada posición económica y el ritmo de vida inimaginable fuera de aquel ambiente de pasillos, inversiones y doradas familias es un sueño para la gente corriente. Cuando se nace en un ambiente rico todo lo que rodea esa vida se ve normal, que tiene que ser así y no puede serlo de otra manera. No se piensa más allá de los problemas cotidianos. Esa vida y riqueza vienen dadas. No preocupa nada más, porque tampoco se entiende de otra manera. En ese contexto e intenté divertir lo más posible, ser feliz. Lo fui. Creí serlo, total y absolutamente, porque no había tenido otra visión de las cosas. Ni tan siquiera pensé que pudiera haber algo más allá de mi mundo. Los otros, la otra gente, la que está abajo, se ven como un paisaje sobre el que emana la vida de verdad, la que se rodea de riqueza. Ésta es un barco y la gente que no va en él son el río. Se piensa que en esa corriente continua de gente todos son iguales, como gotas de agua, y que existen para sostener la embarcación y llevarla en su ruta. En esas aguas se pesca, se lava y se defeca, pero no se tiene en cuenta que cada gota de agua es una vida, una historia llena de pasiones e intríngulis.

Había leído ¿cómo no?, noticias de prensa sobre catástrofes en otros países, cifras y estadísticas sobre el paro, malos tratos a mujeres, de gente que se droga, pero esa realidad conocida la vi como si fuera una imagen cinematográfica. Nada tuvo que ver conmigo. Mi realidad fue para mí la única tangible y desde esa atalaya miré el resto de las cosas. Supongo que a cada cual le sucederá algo parecido, unos desde un torreón, otros desde el suelo y no pocos desde cuevas. Incluso hay quien no ve nada esté donde esté y cree que el mundo es como él se lo imagina.

A los veintiún años comencé a salir con Javi, sin compromiso de pareja en un principio. Nuestros amigos dieron por hecho que éramos novios, y nosotros, casi desde el comienzo de salir en la pandilla, también. De esta manera surgió nuestra relación. Durante casi media década fuimos una pareja envidiable. Al cabo de ese tiempo las familias de ambos acordaron que nos casáramos. Todo ese tiempo era necesario para los preparativos formales del acontecimiento, para que no faltase ningún detalle.

Fui dichosa. Tuve todo lo que se puede tener y lo saboreé en la medida en que aprendí y acepté a disfrutar de la vida. Algo que no es fácil, porque en aquel ambiente de ambigú surgen problemas de la nada, lo más nimio y tonto puede transformarse en una catástrofe que obstaculiza ser feliz. Que si se estropea un sillón de piel, que si el peinado no hace juego con los zapatos. Si es un problema de dinero se entiende que tiene arreglo, pero hasta que se arregla es un problemón, que llega a fatigar a las personas de aquellos ambientes. Por eso se entiende que es muy difícil ser rico, una carga que se acepta con gusto. A veces molesta no saber aprovechar todo lo que se tiene y se invierte mucho en dar una imagen ante los demás. Falsa, en muchas ocasiones, para deslumbrar y estar por encima de los otros al dar a entender cosas que no son.

La mayoría de las veces ese “todo” está vacío hasta que explota la burbuja de vivir ricachonamente. Y cuando desaparece no hay nada dentro, sobre todo dentro de la persona. Sin embargo, se entiende en la sustancialidad de esa forma de vivir, que la vida es así. Y que no hay que dar más vueltas al asunto de lo qué es o no la vida. Y ese fue mi camino hasta que apareciste tú.

Mi primera historia sentimental, antes de salir con Javier, se redujo a una relación de pareja sexual. Quise llenarla de sentimiento. Llenar de amor aquella temprana experiencia para enarbolar los ideales afectivos, sin logra tal objetivo. No sé el porqué. Todo sucedió de manera muy apresurada, al principio y al final. A ti nunca te interesó profundizar en mi pasado ni mi futuro. Fui nada más que yo, yo contigo. Algo tan impresionante que sólo tú has podido crear. Para recomponer mi encuentro contigo he necesitado tomar carrerilla en el pensamiento y remontarme al origen de mi historia de amores.

De mi primera experiencia he tenido en la mente pensamientos y recuerdos dando vueltas. Se convirtieron en bruma cuando tu me acariciaste, cuando tú me miraste, cuando tú sonreías. Diste presente a mi vida, sólo presente.

Desde muy pequeña, me ha contado mi madre, pensé en novios: príncipes y reyes que venían a secuestrarme para que fuera con ellos. A eso jugué con las muñecas, con las amigas. Mis hermanos me pegaban por querer convertirlos en novios de mis juegos. A los cinco años decía que me iba a casar con el príncipe de Caperucita Roja, el de la Bella Durmiente, el de Cenicienta. Soñé con ellos uniformados impecablemente. Me iba con alguno y desaparecía en el horizonte que une los sueños y la realidad.

Mis padres me mimaron más que nadie en el mundo puede serlo. Me colmaron con todo tipo de detalles y me convirtieron en la reina de la casa. Lo seguí siendo hasta que todo se derrumbó a mis pies. tengo la sensación de haber vivido un sueño, de haber existido dentro de un sueño, en carne y hueso. ese mundo desapareció por arte de magia. No ha quedado de él nada material, nada tangible que me permita ahora comprobar que es algo más que un recuerdo.

Al pasar de los años los juegos se hicieron más imaginarios. Fantaseé con los chicos amigos de mis hermanos y, hasta alguna vez, con ellos y un primo también haciéndoles mis novios. Siempre de lejos, elaborando historias secretas que nunca asomaron al mundo real, ni siquiera me atreví a pensarlo fuera de los estados de ensueños. El prometido más de verdad que tuve fue mi padre. Fue mi ídolo y le adoré como tal. Cuando me cogía en brazos era la niña más feliz del universo me subía a sus piernas y me resistía a bajarme. Me pareció una montaña humana llena de cariño, de bondad y de regalos.

A los catorce años, el emparejamiento siguió siendo un juego, pero más cercano a los chicos de la pandilla y del veraneo. Jugueteos sentimentales y amoríos de juguete, pasajeros, que nunca pasaron del cruce de miradas fugaces y cómplices, o de notas enviadas con malicia para crear malos entendidos. Me gustó, al igual que a mis amigas, ser atractiva para recabar la atención de los chavales. Era un acercamiento desafiante, pues nunca dejé que se acercaran ellos. A lo más para conversar, pero siempre cortados mutuamente. Tuve fama de orgullosa, pero me ponía muy nerviosa aunque fuera para comentar los temas de los exámenes o de los personajes de las series de televisión. Las manos me sudaban. Hasta esa edad siempre esquivé cualquier acercamiento comprometido, por más que los chicos mayores, de dieciséis y diecisiete años, intentasen invitarme a salir con ellos.

Una vez dos chicos de la urbanización El Monte, en el que veranean mis padres, pidieron a mi amiga Sandra y a mí, que les enseñáramos las bragas. Sólo querían verlas, nos aseguraron. Mi amiga tendría que bajarse un poco los pantalones y yo subir la falda del vestido. Nos negamos. Insistieron en que sólo un segundo y sin hacer guarrerías. Manolo dijo que él se masturbaba imaginando eso que nos solicitaban y que quería verlo en verdad. Se pusieron pesados, por haberles dado cuartelillo y dar al palique sobre esa propuesta. Para cortar por lo sano, Sandra y yo comenzamos a insultarles, les llamamos “cerdos” y “asquerosos”. Se fueron a toda pastilla. No me atreví a contárselo a nadie. Me llegué a sentir culpable de que nos propusieran tal obscenidad. Estuve dos días llorando por aquello, cada vez que me quedaba sola en mi cuarto. . Llegué a pensar que aquella experiencia abominable fue culpa mía al atraer dicha situación por haberme masturbado en alguna ocasión. Hacía un año que me bajó la regla y en mis pensamientos deseé la unión carnal y a la vez lo repudié. Pero en esa lucha interior la imaginación se acompañó de frotes y movimientos contra el colchón y correrme me relajaba. Sólo con dos amigas hablé sobre “eso” de los chicos que se mete en lo “nuestro”.

Al cabo de una semana se me pasó aquel berrinche. Llegué a la conclusión de que era una tontería tomar ese asunto tan a mal, sobre todo después de haberles echo salir corriendo. Di vueltas a la cabeza sobre aquel suceso durante un tiempo. Pensé que es algo que hacen algunas chicas mayores en secreto para atraer a sus novios. No entendía que gusto podían sentir los chicos con ver la muda de las chicas y sus piernas. Y menos cómo se atrevieron a pedírnoslo sin estar casados con nosotras. No me entraba en la cabeza la pretensión de querer mirar lo que no deben.

Por otra parte, reflexioné, que si me querían ver es porque soy atractiva ¿Por qué no se conforman con ver mi cara? me pregunté. Me consideraba muy linda. Algo que reforzó mi entorno social. Me siento guapa, bella. Sé que lo soy. Rubia, piel suave y blanquecina ligeramente tostada, a modo de fino barniz. Esbelta, facciones prototipo de modelo de la tele. Pude haber sido modelo, pero no me atrajo tal idea, sobre todo porque estaba mal vista dicha profesión en el seno de mi familia.. Una modelo se considera una guapa tonta, si no puta o algo parecido. Y si gana una fortuna ese dinero carece de prosapia. No quise ser una cara guapa, sin más. Estudié y me abrí un camino profesional que hizo que me sintiera orgullosa y ser la pupila de mi padre. Y el pilar de lo que iba a ser una gran riqueza moderna.

Hasta los catorce años me había mirado y remirado con inocencia al espejo. Me gustó hacer gestos con la cara para buscar el semblante más perfecto. Luego lo quise trasladar a la vida cotidiana y ¡no me extraña que tuviera fama de niña tonta y engreída! ¡Cómo me río ahora al rememorar aquellas poses de sansirolé!

También me regodeé mirándome el cuerpo entero con varios vestidos puestos. De pequeña fue uno de mis juegos favoritos. Me probaba seis y hasta diez conjuntos de vestir en un día. Era una coqueta redomada, como decía mi madre. Para mi padre: la ratita presumida. Y a mí me gustó serlo.

Para verme el cuerpo entero tenía que ir a la habitación de mis padres. Allí habría la puerta del armario ropero, que tiene un espejo que ocupa toda ella entera. Levaba mis vestidos y me los quitaba y ponía. Hasta esa edad no me detuve a verme mientras me cambiaba. Me vi de pasada, pero eran los vestidos los que hicieron que me sintiera bella.

La solicitud de Manolo y su amigo fue recurrente en mi recuerdo, a modo de curiosidad en mis pensamientos. Con el tiempo asimilé ese deseo. Más que como una guarrada lo empecé a ver como una tontería. Luego les seguí viendo de más mayores y hemos tomado café juntos, sin acordarnos abiertamente de aquella chiquillada pretérita. Manolo me contó que otro amigo suyo estaba colado por mí. Yo le conocí en el parque. Le llamábamos “Correcaminos”. Se pasaba las horas corriendo sin parar. sacaba pecho y parecía que alguien le iba a pillar. Me enteré que lo hacía porque yo le gustaba y él quería demostrar su atractivo, pues era el más rápido de su clase. Manolo fue un gran comercial que ha trabajado en una de las mejores empresas de productos dietéticos. Correcaminos murió en un accidente de moto.

Recién cumplidos los catorce años quise verme las bragas puestas. Fue simple curiosidad, sin el mayor atisbo de morbo. Quise saber que emoción hay en aquella mirada indiscreta y qué se ve. A mí ni me gustaba ni apeteció ver a un chico los calzoncillos. Incluso pensé que da asco, pues los que veía en la ropa sucia de mis hermanos y mi padre iban muchas veces con palomino.

Lo de mirarme las bragas fue un pensamiento reiterativo. Hasta que un día cerré, por primera vez, la puerta del baño con cerrojo. Me subí, descalza, a una silla. Ver mis piernas desnudas hizo que mi piel se estremeciese. Me levanté el vestido despacio, muy lentamente. Con miedo. No, con miedo no. Con nerviosismo. Lo hice con cuidado aunque supiese que no había nadie en casa. Tuve la sensación de que si hacía ruido alguien me podría oír. Sigilosamente seguí elevando la parte inferior del vestido. Me detuve en mirar los muslos. Con una mano los acaricié. Sonreí al verlos, de la misma manera que si hubiera visto unos oseznos o cualquier otra cría de alguna especie animal, en una madriguera.

Terminé por levantarme del todo la parte baja del vestido y vi las bragas cubridoras de mis partes más íntimas. Hasta entonces había visto esta prenda como ropa interior. Con ellas puestas y de aquella manera descubrí su valor picaruelo. Nunca me había preguntado por qué se ocultan bajo la ropa. Era lo normal, era así, por ser así. En ese momento descubrí que se pueden enseñar por qué gusta verlas, pero a los esposos. Sucedió que no me imaginaba a mi madre enseñándoselas a mi padre.

Ante el descubrimiento de las bragas como parte de mí, como algo mío, me giré con cuidado, guiada por un afán indagador, miré a mi parte trasera. Me gustó la forma de mi pompi, pero enseguida comencé a sacarme defectos, sobre todo teniendo en cuenta lo que yo creía que era el gusto de los demás, de los chicos, sin alguien en concreto que fuera quien marcase el patrón de mi belleza. Los mofletes de las nalgas sobresalían al borde de la muda. Los vi un poco gruesos. Los muslos un poco regordetes y blanquecinos. Tengo dos lunares en la parte superior del derecho, sin haberme percatado hasta entonces. Nunca me había preocupado por tales detalles, pero luego sí. Llegué a pensar que pudiera ser que por culpa de esos puntos oscuros mi futuro marido me dejara de querer. Mi madre tenía varios en el cuello y en la cara uno, al lado izquierdo de la barbilla, y mi padre la quería. Me pregunté ¿por qué se quieren los mayores? No recuerdo que cuentos me inventé, pero siempre tuve que buscar alguna respuesta, las más de las veces fabuladas. No hay por qué ni para qué. Surgen sentimientos, que luego se siguen o no. En determinados momentos llamamos amor a una relación. A mantener un compromiso de vivir juntos. Hice una pregunta de niña, que al cabo de los años veo que no hay respuestas, sino simplemente los mayores dejamos de hacernos preguntas.

La segunda vez que me asomé a mi cuerpo, a través del mismo espejo me bajé un poco la braga y vi los pelos superiores del pubis. Ya les había descubierto, pero no visto de frente, dentro de la totalidad de mi imagen. Me causó una honda emoción. Rasqué con suavidad esa zona y me regodeé frotando esa parte debajo de las bragas. Me bajé las bragas hasta las rodillas. Me asombré de verme desnudita. Me di la vuelta para ver las posaderas desnudas. Me di prisa en cubrirme otra vez para no ser impúdica. Me justifiqué con que sólo fue una pillería, que hice para descubrir algo nuevo en mí. Repetí la acción rápidamente, en menos de lo que canta un gallo. Esa imagen fugaz me excitó sobremanera.

Bajé de la silla de un salto. Abrí la puerta y grité para saber si había alguien en casa. Al no contestar nadie, me quité las bragas, y con ellas en las manos salí corriendo a mi cuarto. Me metí en la cama y no paré de mover las piernas, de abrir y cerrar los muslos. Sentía algo nuevo, que me agradaba, como si el chocho quisiera gritar. Me empujaba una sensación de gustirrinín, cuando el vestido y la sábana rozaron la piel del pubis e interior de los muslos. También en las nalgas y entre medias de ambas jugueteó un nuevo regusto que llenaba de corrientes el cuerpo. Al recordar aquellas sensaciones visualizo en la piel una imagen similar al fuego que recorre una queimada cuando se deja de remover. Las meigas despertaron mi cuerpo. Me agité con fuerza y con unas ganas exorbitantes para frotar todo el pubis sobre el colchón, hasta que llegué al latido del placer. Quedé estupefacta. Me hubiera gustado gritar como Tarzán, y creo que lo hice en silencio, gritó mi cuerpo y el eco de ese clamor perduró horas, días. Igual que la humedad permanece tras la lluvia ese primer orgasmo caló en todo mi cuerpo, aunque luego ya, nunca me volví a acordar de él, hasta ahora mismo. Cuando me pregunté qué es lo que había hecho me sentía dichosa de descubrir semejante sentido del tacto extendido en el cuerpo. Elucubré sobre si sería o no pecado, pues comprendí que eso es lo que las monjas nos dijeron sobre no caer en la tentación. La imagen que me vino a la cabeza, sobre lo que me sucedió, fue la de un angelito que revoloteó entre mis faldas y con sus alas de pluma y algodón acarició mi culito y todo su alrededor para terminar dándome un beso en el epicentro de donde surgió esa onda de espasmos que hicieron sonreír la zona de la vulva.

Durante muchos meses siempre que escarbé para buscar el placer lo hice tapada. Por vergüenza, por miedo a que alguien inexistente pudiera verme. Al lograr crear las pulsaciones de goce me quedaba relajada. Mi ánimo se agitaba al padecer un enorme sentimiento de culpa. Ante las ganas me decía que sería un juego y que nada malo tenía. Pero después me angustió pensar en que fuera un error, una cuestión moral deplorable y lo que es peor, ser una tonta que con lo guapa que soy no tener a nadie con quien abrazarme. ¡Pero cómo podía querer estar desnuda con alguien con lo jovencita que era!. estos pensamientos me inquietaron cuando estaba a solas. No se los planteé a nadie. Con el tiempo la culpabilidad se transformó en una sensación vacía, de indiferencia. Recoger el placer en mi cuerpo fue cuestión de apetencia, pero al mismo tiempo me permitió adentrarme en mí, pensar y decidir por mí misma. Me hice muy criticona. Mis padres se exasperaron con mis expresiones geniudas.

En la parroquia del barrio me había confesado siempre una vez al mes desde que hice la primera comunión. Nunca he renunciado totalmente de mi fe, pero desde entonces traté de adaptarla a mi vida. Dejé de practicar por aquella época el sacramento que perdona los pecados. No dejé de ir a misa, pues fue un acto familiar, al que ya estaba acostumbrada. Me aterró la idea de que Dios lo viera todo ¿hasta lo impúdico? Pero a la vez es amor y pensé que a nadie puede importar lo que yo hiciera ¿Se lo tenía que contar a un sacerdote? No. Esta respuesta me llevó mucho tiempo de incertidumbre, de desasosiego y reflexiones. Nunca le hubiera dicho nada sobre “eso”, pero lo que desencadenó mi desazón fue que una vez él me preguntó “¿haces eso?”. El corazón me empezó a latir de prisa. respiré aceleradamente. Con esfuerzo, le pregunté “¿qué es eso?”. “Pecar en la cama”, me dijo escuetamente. “No sé, creo que no”, le dije. “¿Crees?” , insistió. “No me toco nada, le comenté cortada y atrapada en algo que yo no comprendía. “Luego, alguna vez pecas”, concluyó. “No sé”, dije. “Ceder a la tentación es pecar y el pecado lleva a la perdición”, me sermoneó. Recé de carrerilla lo que me mandó. No me atreví a consultar con nadie. Me encontré sola, por primera vez en mi vida ¿Él porque sabe que se hace eso?”, me pregunté una y otra vez. Lo que quiere decir que es algo que se hace, reflexioné, pero nadie habla sobre ese tema ¿Qué es pecar? ¿qué siente mi cuerpo? Por aquel entonces no supe nada de ambas cosas. Ahora no mucho más, pero puedo distanciarme de aquellas inquietudes. A la entrada de la pubertad fue un peso que me tuvo aplastada varias semanas.

Mi cabeza se convirtió en un laberinto de pensamientos y emociones. hacia afuera todo transcurrió agradablemente. Yo me exasperé más de la cuenta, me irritaba por todo, pero nada más. Aparentemente estaba de lleno en lo que mi madre llamaba “la edad del pavo”. Con mis amigas las conversaciones sobre este “tema” fueron de manera indirecta, sobre comentarios generales, y algunas cosas que se decían en forma de bulos. Quedó un rincón en mi alma que siempre se mantuvo cerrado.

Dadas las circunstancias en las que hoy me encuentro necesito consuelo espiritual y me planteo volver a confesarme porque me siento perdida, desorientada. No sé si he sido honesta conmigo misma o si he pecado gravemente, pero no hubiera habido otra salida porque me he encontrado lanzada a vivir. Pude haber renunciado a mi vida y a ti, pero no lo hice ¿Estoy loca?

La enajenación no la reconoce quien la padece, por eso necesito contar todo, para verme a mí misma. Comencé como quien escribe una nota en una isla desierta, para lanzarla al inmenso océano de soledades infinitas y hacer una señal de auxilio. Al leer las pocas líneas que llevo escritas descubro que me busco y quiero saber qué ha ocurrido en mi vida. No es suficiente el recuerdo. Tú eres el alfa y el omega de mi nuevo corazón, por eso te escribo a ti, con la intención, también, de encontrar un hueco por el cual volver al mundo o darme fuerzas para ir contigo.

¿Es escribir una confesión demasiado larga, por las muchas que no hice? No me atrevería a que nadie leyera ni una solo línea sobre la desnudez de mi alma. ¿ O sí? Tal vez lo necesite para ser alguien ante los demás y que sepan mi historia, aunque no me conozcan para comunicar el otro lado de las palabras.

Tomé como una derrota cada vez que me entretuve en hacer cosas impías. Me gustaron en el momento, mas luego me venían a la cabeza las palabras de nuestra maestra de enseñanzas espirituales. Sor Ángeles. Nunca nos habló dialogando. Se limitó a soltar sus peroratas, pero con fuerza y convencimiento: “Sed fuertes, sed fuertes y no os dejéis arrastrar por la tentación” y “Dios os pone a prueba el alma para vencer al cuerpo, al mundo y al demonio”. Cuando la escuchaba quedó convencidísimo. Hice siempre un acto de constricción para no volver a masturbarme, pero luego al estar a solas con mi cuerpo en pleno fervor volví a caer. Supe que lo que hacía es una masturbación, por pura intuición. No había oído esa palabra hasta que Tere me preguntó “¿tú te masturbas?”. Le dije “creo que sí”. Pues sabía a lo que ella se refería. No me atreví a decir sí o no a secas. Parecíamos tontas, pero fuimos así.

Cuando pasaron dos años dejé de ir a misa todos los domingos Cuando iba con mis padres o a actos del colegio sí. No por nada en especial. No consideré un gran problema mis preocupaciones de conciencia. Como es algo que no se ve, me ha acompañado, sin transcender en dramatizaciones externas. A partir de los dieciséis años no me volví a plantear dudas sobre el tema. Por un lado viví mi cuerpo y por otro fui católica, a mi manera. Pero lo seguí siendo porque no ahondé en pensar sobre las profundas contradicciones en las que estuve. Como decía mi madre, que fue bastante liberal, “un desliz afianza la fe, si se corrige a tiempo”. Para ella corregir a tiempo es que nadie se enterase, no dar pábulo de lo que se hace en un momento determinado. Las amigas mayores del colegio, las más atrevidas, discutían entre ellas sobre besar o no a los novios y se me grabó lo que dijo Pili, “que se coman los humanos lo que se van a comer los gusanos”. Con esa frase por la noche me imaginaba un chico desnudo encima de mi que me besaba en la boca y juntábamos su pene y mi vulva, a la vez que frotaba el clítoris con el dedo, hasta que su imagen desaparecía con el estallido del orgasmo. Las palabras sobre la parte sexual del cuerpo las aprendí de un libro que saqué de una biblioteca pública, por consejo de una amiga, sobre la biología humana y la fisiología sexual.

Creo que la mentalidad familiar de callar y no ver, o de no querer ver, es lo que hizo que durante mucho tiempo me tapara cuando me regodeaba con juegos de autosatisfacción. Siendo mayores, a falta de un año para la selectividad, mi madre pasó algunas noches para taparme, y lo mismo a mis dos hermanos. Cuando protesté por tratarme como a una cría me dijo que es para enseñarme a no dejar ni una rendija para el frío, cuando mi casa siempre tuvo calefacción. En verano tuvo esa misma costumbre, sólo que sin manta y quitándonos el edredón.

Con lo que leí y las cosas que oía a las mayores pensé que para tener hijos los hombres y las mujeres duermen juntos y se desnudan. Un médico nos dio la lección sobre las relaciones sexuales en el colegio. Fue escueto al decir que los espermatozoides pasan a dentro de la mujer y fecundan el óvulo ¿Pero cómo pasan? Llegué a pensar que cuando una pareja se casa el cura hace un pasillo invisible entre los dos para que pasen. Claro que con tales pensamientos imaginaba que quien se casara conmigo se pondría a mi lado y me vería las bragas y luego sin ellas. Pensé que no me atrevería, pero simulaba que estuviera cerca y le enseñaba debajo de las sábanas mis encantos y él no perdía vista, lo que me excitaba. Sentía recosquilleo en la parte superior de las piernas y me rascaba el bajo vientre, y sobre el pubis. Unos tirones de satisfacción me impulsaban a mover las caderas. Buscaba rozarme con el camisón y la sábana, cada vez con más ímpetu y rapidez. Una corriente de placer se estiraba en esa zona como una goma, que finalmente se rompe para convertirse en un rebujo que bota dentro de la piel, en el pubis, dándome golpes de gustazo. Mi garganta gritaba sin voz. Había respirado por la boca, quedando secos los labios. Entonces me imaginaba junto a un chico, besándole. Y sacaba la lengua y frotaba con ella los labios, para hacerlo más real. No supe quien era la imagen del chico. Fue una imagen, nada más.

Las primeras veces que me masturbé pensé que podría quedarme embarazada. Sabía que no pues no había ningún chico cerca. Sentía la angustia de la misma manera que si el riesgo fuera real. Supongo que para justificarla me abordaron pensamientos que demuestran la falta de información que tuve sobre la sexualidad, lo cual parece que sabemos de manera espontánea. Creí que podía haber semillitas porque mis hermanos algunas veces saltaban sobre mí cama, o si mi padre estornudaba y se caía alguna y como el polvo podría llegar a cualquier parte. Laura, una compañera de clase me dijo que eso es imposible, pues para que suceda el chico y la chica tienen que unirse, hacer “eso”, “follar” “¿Y eso gusta?”, le pregunté. “Pues claro, me dijo ella, pero para hacerlo hay que casarse”, dijo.

Llegué a la conclusión de que no pecaba pues lo hacía sola, sin nadie, y que nunca estaría con un chico para follar sin casarme. Algo tan importante para mí, permaneció oculto. Si cogiera los recuerdos de aquella época vería fotos con la familia, juguetes, películas en las que salgo sonriendo. Las monjas dirían que fui muy estudiosa y obediente. Pero sobre lo que ocupó mi pensamiento nada de nada. Ni rastro. Y si no es porque ahora lo escribo para mí misma, también hubiera desaparecido. Deduje que lo mismo que hacía yo lo harían las demás chicas, pero no comenté nada a nadie. Seguí callada y sin escuchar nada al respecto. Luego deduje que también los chicos. Y que, al ser una cosa que gusta, los chicos quieren estar con las chicas. Y que disfrutan mirando para luego imaginar escenas, como hacía yo con sombras principescas.

Aguanté sin correrme varios días seguidos, porque quise ser fuerte y no quería tener cargo de conciencia, porque pensé que alguna monja del colegio lo podría notar ¿Si no lo sabían porque nos daban tantas advertencias? pensé. Pero la tentación acabó floreciendo y aguantar me daba cierta condescendencia, al pensar que por una vez no iba a pasar nada ¡me daba tanto gusto! Poco a poco fui saboreando ese placer, que me relajaba y hacía dormir muy bien. Por la mañana ni me acordaba y dejó de atormentarme. Fue una aventura secreta. Empecé a ponerme encima de la almohada cara abajo para frotarme contra ella, o bien la colocaba encima de mí y abría y cerraba las piernas hasta que una ovación de placer se hiciera tacto en la vagina. Hasta que pasaron dos años no usé el dedo metódicamente para hacer vibrar al clítoris, pues pensé que se tenía que hacer “sin querer” y que si tocaba con las manos podía coger alguna enfermedad por culpa de microbios. Había oído, de pasada, hablar sobre que se moría gente por ir con putas. Pensé que eran señoras que robaban, pero supe entonces que son las que hacen “eso” con los hombres.

Pasó mucho tiempo, hasta que me atreví a posar completamente desnuda ante el espejo. Faltaba muy poco para que cumpliera los dieciséis años. La imagen de mi piel blancuzca y los vellos del pubis al aire, y mis senos visibles, me hicieron sentir una especie de flotación. Una corriente de escalofrío recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies.

Un día, de repente me dio por pensar que me había convertido en una puta. Me sentí fatal. Traté de arrepentirme y volver de lleno a la fe. Tomé como reto personal dejar de hacer “eso”. Cuando me miraba al espejo desnuda llegué a hacer posturas provocativas. Deseé atraer y seducir a todo el mundo, aunque no hiciera luego nada en la realidad, mi pensamiento se llenó de deseos lascivos. Dejé de masturbarme durante días, semanas. Pero no llegué al mes. Una fuerza arrebatadora me hizo saltar al mundo del deseo. Comencé a pensar en que un chico rico y apuesto bajaba de su moto super super, para abrazarme. Nos besábamos. Nuestros vestidos se deshicieron y veía en esa imagen mi cuerpo y el de la fantasía desnudos. Mis manos me acariciaban como si fueran las suyas. Rocé mis pezones y los pellizqué, como si él lo hiciera con sus dedos, y me estremecí. Sentí como si todas las ganas de mear se concentrasen en el clítoris, éste se encendió y me daba pinchazos de placer. Me di la vuelta y apoyada en los codos seguí toqueteando los dos pezones y me agité contra el colchón con fuerza y rapidez, hasta notar la contracción y extensión rítmica durante muchos segundos en las paredes de mi oquedad. Exclamé “¡ay!” y tras estar en silencio unos pocos segundos lo repetí suspirando y muy piano.

En la etapa púber descubrí la naturaleza de mi cuerpo, no sin sorpresa y extrañamiento. Me costó asimilar esas sensaciones que palpé en toda la zona vaginal. Todavía hoy me parece la sexualidad un enigma lleno de misterios. A esa edad tuve miedo, el cual me acompañó a modo de meandro a lo largo de mi vida. Descubro, al mirar con la palabra, que las sensaciones humanas son invadidas por múltiples imágenes y conceptos que hacen que nuestra vida se nos escape, huya y se convierta en falsa moneda. Aceptamos que sea así, porque creemos que es el mejor de los mundos, el único posible porque ignoramos nuestra verdadera esencia ¡Y pensar que mi trabajo y negocio ha consistido en aprovechar ese vacío! ante nada, para nada y por nada. Que se soluciona comprando cosas para considerar que eso nos llena.

Tú besaste mi alma.

A la edad de quince años fui amiga de Guillermo. Fui con él al cine una vez. El grupo de amigos, durante el veraneo, nos empujó para que fuéramos novios. Yo no quise, ¿para qué? me preguntaba. Me vi demasiado joven para salir con nadie. . Además este chico estaba muy lejos de los sueños que penetraban en mi mente y lo que allí sucedía no lo podría aflorar nunca, al menos eso pensé.

Los sábados íbamos a la discoteca en pandilla. Me gustó, desde el primer momento, bailar con la música estridente. Me dejaba llevar y mi ánimo se enaltecía. Esa manera de estar en la pista permite estar con todos sin comprometerse con nadie. Cuando la música fue lenta rechacé bailar con una pareja. Algunas amigas aprovechaban a juntarse con quien fuera su amigo especial. A mí me aterró. No me vi preparada y tuve muchos temores, que no se concretaron en nada. Vi como varias compañera se abrazaban y besaban. Yo hablé con Guillermo. Me gustó su conversación y que me diera soltura en comentar cosas intranscendentes, pues no quería que hubiera silencios entre los dos. me aterraba y no fijé nunca la mirada en sus ojos. Quise mantenerme distante. Cuando me acercaba la mano o me rozaba su brazo al andar juntos me incomodaba y puse una barrera cortante para no ir a más. Una vez que me abrazó por el hombro, le dije que era un atrevido, un insolente, pues lo tomé igual que si me hubiera llamado “puta”. Nunca más volví a hablar con él.

Marga me contó como se hace el morreo y decía que es algo que gusta, y que si se cierran los ojos es igual con quien se haga. Quiso que me estrenara con ella, pues a su vez lo aprendió en la práctica con una prima suya. A mí me pareció horroroso. Yo luego soñé con esas cosas que escuchaba, pero al saltar a la realidad corría en sentido contrario. Estuve desorientada y volví a aferrarme a la fe, a asistir a misa los domingos, pero sin confesar pues no me atreví a hablar de todo aquello.

Mis pensamientos dieron vueltas sin rumbo. Cuando lo pensaba mirando lo que había pensado supe que era todo una tontería, que me liaba a lo bobo, porque me producía una angustia palpable. Por una parte no quise bailar agarrada. Por otra pensaba en ello mientras que me masturbaba. . Cuando me frotaba movía la lengua para explorar y saborear la humedad de la boca, y su suavidad en las encías, los dientes, los labios por dentro. Y cuando se acercaba el chico del sueño a besarme estallaba en un abrir y cerrar del tic tac de la vagina.

Busqué el placer y al mismo tiempo lo rechacé. Soñé con alguien que compartiera mi vida y mi cuerpo desnudo y tuve miedo de encontrarlo. Recién llegada a la mayoría de edad tuve más dudas que nunca, pero daba a los demás la apariencia de ser decidida, de estar segura de mí misma y de tener las ideas claras. Los chicos me consideraban guay y vieron mi inaccesibilidad a causa de mi belleza, muy por encima de la media. Fui consciente de esta cualidad, y supe que podría elegir al chico que yo quisiera.

Me sentí atraída por un amor de ensueño, irreal e inexistente, pero me dejé atrapar por la curiosidad y por las prisas, debido a que quise vivir todo lo que hay que vivir en un par de horas. Las revistas de corazón, de las que fui lectora asidua, y los chismorreos de mi ambiente fueron mi única referencia, en cuyo batiburrillo forjé mi ideal. Las artistas de la farándula televisiva se juntaban y separaban como si fueran las atracciones de la feria mundana. Pero ¿qué había entre medias? Los consultorios sexuales de las revistas de música y de moda me enseñaron esas cosas y otras más raras sobre las preguntas que hacían otras lectoras. De leer aquella sección me creí una experta en el asunto de la sexualidad. Cogí confianza en mí misma y perdí el miedo a desear a un hombre.

Terminé los estudios de bachiller y COU con unas notas estupendas. Rompí la imagen de ser guapa es igual a ser tonta. Mi ideal fue ser rica por mí misma. Lo era, y bastante, por situación familiar, pero quise más. Me matriculé en periodismo para hacer la especialidad de publicidad y marketing. Mi deseo inicial fue ser directora de una revista de cotilleos y artistas. Me sentí la mujer más feliz y con más fortaleza interior del mundo. Pero al acostarme me sentía sola. No por estarlo, sino por no desear a alguien concreto y que ese mismo ser me deseara a mí por encima de todo y de todas las demás mujeres.

Cuando finalicé los exámenes de selectividad me sentí dueña de mí misma. Me sentí liberada de una tensión que acumulé durante años, en cuanto a la inseguridad sobre mi futuro y por mi afán de querer ser la mejor. Iniciaba otra etapa de mi vida y me propuse ser nueva, dejar de ser una jovencita y ser ya una mujer. Mis padres me parecieron pesados con sus consejos y monsergas agobiantes. Discutí con ellos. Fue una manera de afirmar mi personalidad naciente. Tuvieron razón sobre que les llevé la contraria por sistema. No lo pude evitar. Me doy cuenta que es una forma de ser al comienzo de la juventud. Mi actitud contestataria surgió impulsivamente, sin poderlo remediar, por más que alguna vez traté de evitarlo. “No discutas, no discutas”, me repetía al acostarme. A la mañana siguiente ¡otra vez al ataque!.

Tomé la determinación de echarme un novio. La idea me surgió porque sí, caprichosamente. Consideré que ya era hora. Que muchas amigas tenían uno y yo siendo más guapa ¿por qué no? No pensé en nadie en concreto. Craso error fue no esperar a encontrar a alguien con quien surgiera el afecto mutuo y poco a poco. Pero la vida no se vive en el recuerdo, sino cuando laten sus momentos.

Varias amigas hablaban de su experiencia de salir con chicos. No quise ser la típica tonta. Al grupo más íntimo les hice creer que tuve una aventura amorosa , con un vecino de un chalet cercano, durante el verano anterior a las pruebas de acceso a la Universidad. Me sentí muy mal por contar esa mentira, pero no pude resistir la idea de que me vieran como una reprimida.

Durante una fiesta que organizamos las compañeras, para celebrar el aprobado de la selectividad, en la sala Pierrot, conocí a Jerónimo. Alto, esbelto, de complexión atlética, ojos azules. Simpático y agradable en la conversación. Una delicia y un trofeo de chaval codiciado por cualquier chica. Para mí fue el prototipo de ideal de belleza masculina.

Con el tiempo he aprendido que cualquier virtud se convierte en defecto cuando una relación encierra, al menos a uno de la pareja. Cuando se basa en condiciones y se limita a ser una pose. La belleza de Jerónimo hizo que él mismo se redujera a ella. Caí en esa trampa, que no parece ta, precisamente porque tuve su misma presunción. Consideré la atracción física como lo fundamental de una relación de pareja. Lo que es un reclamo yo lo convertí en algo esencial. No fui capaz de entenderlo de otra manera.. Conseguir emparejarme con él fue como un trofeo ante las amigas. Con mi belleza y ánimo a cuestas pensé que me iba a comer el mundo.

Mi relación con Jerónimo no surgió de un apasionamiento amoroso. Más bien una estrategia de relacionarme con un chico. Pensó, por aquel entonces, que el flechazo era del hombre hacia la mujer y , que ésta, aprovecha semejante circunstancias para hacer suyo al varón, en el estricto sentido de la palabra.

Lo que me atrajo especialmente de él fue oír hablar sobre sus encantos físicos a otras chicas. Comprobé que todas le deseaban y era admirado por su fuerza. Los chicos contaban proezas de su habilidad y fuerza como karateca. Consideré que era mi oportunidad para hacerme valer y triunfar en el terreno afectivo. De esa manera había merecido la pena esperar y era una victoria, no sólo en cuanto a mí, sino de cara a las demás amigas.

Charló con varias compañeras de clase y amigas del colegio. Con disimulo miré a mi objetivo. Estaba de espaldas. Varios de los que estaban con él cruzaron sus miradas conmigo, lo que disimulé que me pasaron desapercibidas. Hice como que vagabundeaba con la vista. Observé que me señalaron y que hablaban de mí. Hicieron algún comentario, lo cual entraba dentro de mis planes. El gancho estaba echado. Él me miró para verme. Yo no me inmuté. Como que no iba conmigo las sutilezas de los ojos.

Estuve segura de mí misma. Supe que le iba a conquistar. Diseñé una estrategia para hacer que se inquietara por mí. Me acerqué, al dar una vuelta con dos amigas, adonde él estuvo, rodeado de sus amigos. Lo hice intuitivamente, no como algo premeditado. Fui consciente de mi acercamiento pero idealicé lo que fue una caza de quien pensé que iba a ser mi príncipe azul, a quien fabriqué, ingenuamente, a la medida de mi vanidad.

Pasamos delante de ellos, para pedir unas consumiciones. Crucé una mirada con él. Luego me reí haciendo que Tere me había contado algo gracioso. Me di cuenta de que después no dejó de mirarme. Yo, entonces, guardé mi mirada en el baúl de la espera. Deduje que eso era el flechazo. Nunca lo había vivido, excepto la obsesión secreta por un profesor de matemáticas. Ya casi no me acordaba de él. Pensé en él para imaginar escenas románticas y dar cara a la nube principesca que me impulsaba en el placer solitario . Me comía a besos y me regalaba caricias que yo imaginaba. Yo no quería, porque luego me daba vergüenza estar frente a él. Incluso a veces lloré al pensar que no me quería y que no me hacía caso, cuando yo no tuve nada que ver con él ¡Que líos se monta la cabeza, cuando el corazón se asoma a ella! Con aquellas fantasías y la vuelta a la realidad, mi cerebro se comprimía, de manera que, esas contracciones y dilataciones del pensamiento, se convirtieron en frecuentes dolores de cabeza. Desaparecieron cuando dejé de obsesionarme con esa imagen. El médico dijo que son dolores propios de la pubertad, por los cambios fisiológicos que sufrimos las mujeres. Pero ¿y nuestra alma? Es como si no existiese. Mis padres me daban vitaminas, para fortalecer mi cuerpo. Me vieron muy delicada de salud. Lo interpretaron a su manera, asociando aquellos dolores con el hecho de comer menos, que pensaban lo hacía para no engordar. Cierto que me preocupé mucho de cuidar mi figura, pero nadie se preguntó qué es lo que pensaba. Nunca hablé sobre los cambios que sufre la mente en esa etapa de la vida. Es como si no existiera. Me fastidió mucho que nadie comprendiera mi corazón. Yo misma me perdí en el laberinto de las emociones.

Para salir de mi zozobra me volqué en los estudios. Cuando iba a comenzar una nueva etapa, a las puertas de la universidad, quise ser una mujer nueva. Cuando aquel chico de la discoteca me miró exageré mi coquetería. Fingí indiferencia. Moví el cabello con cierto nerviosismo y humedecía los labios sabiendo que me miraba. Fue cuestión de esperar. Lo que yo creí algo propio, mi táctica particular veo que es un ritual colectivo, compartido por la especie humana y que se desarrolla variando los decorados.

Estando en la barra él me mandó una sonrisa, que yo devolví amablemente. Se acercó a mí , nos saludamos y nos presentamos y así fue como nos conocimos. Estallé de alegría al comprobar que mi artificio funcionó. No lo exteriorice, pero me sentí radiante. Las amigas se abrieron paso y me guiñaron el ojo en señal de complicidad. Con los dedos hicieron , desde lejos, la señal de victoria. Había logrado mi trofeo. En realidad, para mí, hubo toda una aventura en busca de mis sentimientos y de fabricar el amor en el corazón. En ese sentido fui sincera conmigo misma, porque entendí que es así como funcionan las relaciones.

Tras darnos los consabidos besos-encuentros de mejilla a mejilla, me quedé aterrada ¿Y ahora qué? pensé. El mismo interrogante me acompañó el resto de mis relaciones afectivas, hasta llegar a ti. Porque tu has sido una respuesta: tú y yo, nada más. Siempre hubo algo añadido que rodeo mis enlaces de pareja. Algo que nunca he sabido, hasta ahora que miro mi historia como un cuento que ha pasado. La conexión es amor cuando está desnuda. Pero qué difícil es desnudar el alma.

Hola, me llamo Jerónimo ¿y tú?

Hola… – iba a decir mi nombre pero preferí juguetear. Necesitaba darme tiempo. Al oír su voz se disiparon mis temores. y nerviosismo. Las corrientes de emoción recorrieron mi cuerpo, sobre todo en el pecho, en donde se entrecruzaron. El corazón me palpitó de prisa. Fue como el motor de una canoa, parada en la orilla de un lago de remanso. Quedamos envueltos en el tumulto y el torbellino de música a tope. – Pero no hablo con desconocidos – le dije medio en bromas, queriendo ser graciosa y original. Sabía que mi sonrisa era uno de mis puntos fuertes y la saqué a relucir. Una de mis aficiones había sido mirarme al espejo y estudiar mi imagen. Esa fue mi manera de ser para triunfar como relaciones públicas en el mundo de los negocios. Como publicista mamé en mi experiencia saber dar una imagen y actuar con una táctica ¿Fue todo una farsa que yo monté? No, en absoluto. Fui sincera. Fui leal a mí misma y a mi mundo. Actué como creí que debía de hacerlo. No pensé siquiera que pudieran haber otras posibilidades. No había visto más allá de la frontera de mi realidad. Realidad de la que me consideré una reina. Me educaron para ser atractiva y triunfar en el mundo moderno.

– ¡E! tú ¿Conoces a esta chica? – preguntó a una chica que bailaba suelta cerca de nosotros. No le oyó y se fue. Se acercó Lucy, que estuvo pendiente de nosotros y salió al quite. Creyó que queríamos algo.

– ¿Conoces a esta chica?

, – contesto ella, a voz en grito para que le oyera. .

Preséntamela – Lucy se percató del tono bromista del requerimiento. – Si no, no me habla – dijo a voces “confidencialmente”.

Es mi amiga. Se llama Manuela – Luego me miró a mí – Aquí un chico que quiere bailar contigo – me dio un beso en la mejilla y se fue.

Bailé con Jerónimo un rato, hasta que con gestos le hice ver que estuve cansada. Salimos de la pista. Para hacerlo me asió la mano. Me invitó a tomar otro refresco. Fuimos a ver a los de su pandilla. No nos conocíamos ni hacía un minuto y tuve la sensación de haber estado con él toda la vida. Tal sensación la asocié a lo que es el amor. Fui construyéndolo sobre piezas sueltas que coloqué a mi manera. Mis fantasías, añoranzas y deseos se acumularon en aquel momento. Di por hecho un idilio. Si el ligue salía bien , como parecía, pasaríamos a ser pareja, novios, a lo que yo concluí que el paso siguiente iba a ser la boda. Era lo que había que hacer. Yo creí que son las pautas lógicas de una pareja. Y después madre y más tarde abuela.

Presenté a mi nueva adquisición a mis amigas, como un amigo con el que había congeniado. En aquel momento me pareció normal. Ahora que veo ese acontecimiento de mi vida me doy cuanta de que en realidad fue una exhibición de mi triunfo. El también se prestó a ese juego, mutuo, de presunción. me separe del grupo con el que fui. Las amigas se hicieron guiños cómplices. Milagros sacó la lengua cuando yo la miré , y la movió, dando a entender lo sabroso que era mi reciente adquisición.

Charlé con Jerónimo. La atracción fue mutua, pero tuvimos que establecer los ritmos de acercamiento. El quiso acercarse a la primera de cambio. Yo fui más cauta. Seguí el consejo de mi madre: “a los chicos hay que ponerles el freno y al novio un horario”. Cuando me hizo este comentario le pregunté ¿y al marido?”. “La comida caliente”, me contestó. Cuando pensé en esas palabras, pensé que tendrían una doble intención. Pero de momento, en aquellas circunstancias en las que me estrené al mundo concreto de los sentimientos supe que tenía que frenar. La conversación fue intranscendente. Yo procuré improvisar e hice comentarios sin demasiada seguridad. Me atusaba el pelo con los dedos, como un signo de nerviosismo. Él me hizo un par de carantoñas sobre la nariz y me pellizcó un moflete. Capté su mensaje. No respondí a su acercamiento, pero sin inquietarme. Me preocupó mucho que mi presencia se devaluara por parecer hosca y antipática. Quise analizar sobre la marcha lo que yo decía, mis gestos para controlarlos mejor, pero sólo conseguí aturullarme. Necesitaba tiempo para asimilar mi nueva situación. Había dado un paso que me llevaba por un camino del que no iba a poder salir así como así. Tenía que calcular cada zancada que diera en mi nueva andadura. Me había metido en una historia en la que lo único que sabía es que él era un chico y yo una chica. esta percepción la sentí , pero no acerté a dar palabras a lo que transcurrió por dentro de mí. Cuento el sentimiento, pero que en ese momento no tuve palabras para reflexionar sobre ello. sabía que entre los dos tenía que ocurrir algo, para eso di el paso de entablar una relación con él. Al mismo tiempo estuve queriendo construir una nube de ensueño.

Fui consciente de que estuve educada como una niña pija, lo cual es un arma para poder alejarse de aquel con quien no quieres establecer ningún acercamiento. Se convierte en una manera de ser. Me preocupó no ser una chica tonta. Creí estar preparada en educación sexual por el mero hecho de haber hablado algo, someramente, con Nati y María Antonia. Mediante algunas novelas, consejos de revistas del corazón y películas de cine, adquirí cierta intuición. Pensé que el desarrollo del amor va unido a la relación sexual y que aparece de manera espontánea. Y quizá sea de esta manera, menos cuando los sentimientos se piensan demasiado.

Supe de manera directa, y lo incorporé en mi conducta, que para mantener el tipo y triunfar en la intimidad y en el entorno, fuera del estudio, o trabajo, hay que representar un papel. saberlo interpretar y dirigir ¿Falsedad? No, es adecuación a la realidad que se vive. Esta manera de comportarme fue mi gran invento, el secreto que me hizo triunfar. Algo que jamás podría decir a nadie, ni siquiera a mí misma. Si no es porque estoy escribiendo ni lo hubiera reconocido. No tengo que justificar nada de lo sucedido en el transcurso de mi vida, ni quiero dar sentido a mi pasado. Simplemente ocurrió. Quiero verlo a través de la palabra.

Jerónimo se mostró cariñoso desde el primer día. Entendí que eso es el amor. Mi esquema fue que después del amor viene el sexo. No al revés pues yo era recatada y de familia bien, a la vez que moderna, lo que me permitió cierta licencia. Los consejos y normas familiares siempre fueron relativos. Lo importante fue no dar pábulo de nada. Muchos aprendizajes se transmiten de forma indirecta, parece que se contagia de padres a hijos, porque está en el ambiente, sobre todo en lo de las relaciones de pareja. Yo ya pensaba en una boda por todo lo alto y en tener hijos cuando nos casáramos. Me imaginé las fotos de la celebración colocadas en el aparador del salón Hasta entonces, sospeché que el sexo tiene que ser indirecto, sin llegar hasta el final. Lo de los anticonceptivos y esas cosas no me pareció natural.

Le dije a Jerónimo que tiene nombre de indio. Él se rió. Sobre el mío dijo que no había conocido a ninguna otra chica que se llamara Manuela. Me hizo sentir única. Aproveché para saber si había estado con otras. Era un tema que tenía importancia para mí. No lo pensé antes ni me importó, pero ya en el primer contacto sí.

Con otros nombres conocerás a muchas – le dije.

Pero como tú ninguna – Me sentí halagada. Me deshice por adentro y le sonreí como una tonta. Colocó su mano sobre el pantalón en la parte de mi muslo derecho, cerca de la rodilla. Mi piel se electrizó. En mi cabeza una voz gritaba “¡frena! ¡frena! ¡frena!”.

Me sentí atrapada en mis propios pasos. Lo noté cuando no habían pasado dos horas de estar con él. Pensé que era el miedo lo que me hizo sentir esas ganas de salir corriendo. Supuse que es lo normal. Me había encerrado en mis propios sentimientos. O quizá tendría que decir en mi sentimentalismo. Al mismo tiempo tuve deseos de echarme a sus brazos y quedar acurrucada sobre su pecho. Después despertar y comprobar que había sido un sueño, como me sucedió hasta entonces.

No podía quitarle la mano que movía con suavidad. Yo le cogía un dedo y con suavidad quise alejarle de tanto roce, pero no se dio por enterado. Me gustaba a la vez que lo percibí como una intromisión en mi cuerpo. Coloqué mis dedos sobre el envés de los suyos para impedir que a lo, tonto a lo tonto, siguiera subiendo su posición. Nuestra conversación fue por un lado mientras que nuestras manos por otro. Tuve que estar pendiente de las dos maneras de comunicarse conmigo, y usar la simpatía y la elegancia y el tacto al mismo tiempo. Mi afectuosidad dio vueltas. Mi existencia se colocó en un remolino en el que traté de mantenerme a flote.

Había aprendido, en el ambiente familiar, que una de las cosas más importantes para relacionarse con los demás es saber estar. Mi padre valoró mucho semejante cualidad. Por tal motivo, cuando estuve con Jerónimo por primera vez, me levante con gracia. No dejé de conversar. Igual que él, como quien no quiere la cosa. Cada vez que se acercó a mi cadera o se aproximó demasiado, o con sus brazos rozó mis pechos, sin querer, al menos ostentosamente, yo, con un ligero meneo, me apartaba, esquivé sus intenciones y mantuve las distancias.

Interpreté su prisa y juegos de mano a modo de un cortejo, consecuencia de mi atractivo físico, que hacía que me deseara irresistiblemente. Me gustó mirarle cuando hacía sus guiños y simpáticos gestos que respondí con sonrisas cómplices. También que acercase sus labios a mi oreja para susurrarme piropos. Me produjeron gustosas cosquillas al rozar el lóbulo.

En aquel rato, acompañada por Jerónimo, me hubiera gustado que se silenciase la música de la discoteca, que tantas personas como nos rodeaban se convirtiesen en estatuas, para quedar a solas con él, cogidos de la mano y mirándonos sin parar, respirar y luego seguir hablando. Yo quise contarle qué sentía, mis temores, mi no saber que es eso de amarse para siempre. Pero no me salió, es como si fuera únicamente ese tipo de planteamientos un idioma del pensamiento. Algo tan cursi es implanteable en una situación en la que hay que hacerse la fuerte, la experimentada y mundana que conoce el mundo mejor que nadie. En todo este batiburrillo de pensamientos, en la sombra, me percaté de que sonaba la música lenta. Tanto Jerónimo como yo simulamos no darnos cuenta, distraídos por la conversación trivial que mantuvimos, pero que por ambas partes fue una estrategia para colocar nuestras condiciones ante el otro respectivamente. Esa relación de tira y afloja que sin embargo no parece tal, la aprendí para aplicar en la estrategia del mercado publicitario y abrir nuevos mercados dejando claras las condiciones de un producto, y saber manejar variables que directamente no se pueden controlar.

Siempre soñé con bailar con un chico abrazada a él, y besarnos en los labios, con la lengua. Sin embargo cuando alguna vez me lo propusieron lo rechacé por sistema. Tuve que esperar a tener una pareja de verdad. Ya la tuve. Sabía que es una táctica para achucharnos a las chicas, y nosotros ponernos melosas y dejar que surja entre ambos un muerde, un besito en el cuello y luego ligar. No quise caer en una situación tan vulgar, tan sabida. Preferí algo más romántico, algo que llevase al amor, a una relación sólida y duradera. Suele ser un deseo común. Cuando suena la música lenta salen muchas chicas de la pista. Los chicos van tras nosotras y si una dice que no buscan a otra y así hasta quedarse con un palmo en las narices, por regla general. Es un juego que ya sabemos pero que continúa y sigue de unas hornadas de jóvenes a otros.

Crucé la mirada con él. Su rostro esculpido me enterneció. Nuestras manos volvieron a chocar. Lo consideré un flechazo, que yo misma había provocado. En ese momento éramos el uno para el otro y yo pensé que sería hasta que la muerte nos separe. Me pareció muy correcto, al no insistir en que saliéramos a bailar agarrados. Para mí fue una prueba de que lo nuestro era algo más que un ligue de discoteca. Su prudencia la interpreté más allá de una cordialidad. Derroché simpatía y di por hecho que saldríamos juntos, aunque él fuera cinco años mayor que yo.

Que estuviera junto a mí y que le gustase me apasionó sobre manera. Sus palabras cariñosas me emocionaron. Quedé prendada de él. Por las conversaciones que había tenido con las amigas tuve claro que no debía dejarme llevar por las impresiones del primer momento. Es mejor esperar, antes que convertirse en una hembra de consumo para satisfacer a un chaval y luego nada, una relación de usar y tirar. Algo que empezó a ponerse de moda y varias chicas de la pandilla lo tomaron como una manera de divertirse. Colocándome fuera de mi intenté dominar la situación. Tenía que llevar las riendas, pero con cierto equilibrio. Me comí demasiado el coco. No quería ser excesivamente recatada, pues , ya pensando en el futuro, sabía que muchos maridos van de putas para hacer lo que no practican con la esposa. Todas estas ideas resplandecían en cuestión de segundos en mi pensamiento, sin detenerme a reflexionar sobre nada, eran chispas que aparecen y desaparecen de la mente.

Escuché en mi pensamiento, casi literalmente, el consejo que nos había repetido en más de una ocasión sor Mariflor, sobre un acontecimiento histórico, que no sé si sería cierto o no: “Acaso no puso a comer en su mesa y en su plato el Cid al caballero montañés Martín Pelaez, a quien enseñó a ser valiente?” Aplicaba ella a esta frase su lección moral: “Pues, vosotras hijas mías, si vais al baile, si os corteja un chico sentadle a vuestra vera, pero enseñarle modales, a ser decente, educado y así podréis casaos con un caballero”. Tal consejo me dio fuerzas en aquella situación.

Miré de reojo a las parejas que bailaban con sus cuerpos apretados y algunas saboreaban sus bocas unidas. Pensé que alguna vez haría lo mismo con Jerónimo, a quien tuve al lado. Me desdoblé de manera que respondía y dialogaba con él. Por otra parte pensaba para mí sola. Hacia afuera viví aquel momento como uno de los más maravillosos de mi vida. hacia dentro fui un carro de dudas y temores.

Pasó un rato y quedamos en silencio, frente a frente. Viéndole a él me veía a mí con cara de boda. Agarró mi mano y acarició su envés. Me pareció la huella que deja el amor más grande del mundo. Me sentí dichosa. ¿Por qué no terminó todo en ese momento? Sentí un estado de flotación que me hizo ser arenilla cósmica.

– ¿Bailamos? – Preguntó de sopetón mi príncipe azul. Mi garganta se congestionó. No pude responder de inmediato. Era algo que deseaba con todas mis fuerzas y , con las mismas, lo rechazaba. Estaba preparada para darle largas, para decir que estaba muy a gusto hablando con él, y que prefería seguir jugando con sus miradas ¿Y si decía que no y lo echaba todo a perder?

La nube de silencio, de acercamiento y encuentro, de frases cruzadas y entrecortadas se vacío de aire, se hizo lluvia. Encontré su mano recorriendo mi muslo sobre el pantalón. Me incomodé, pero aguanté el tipo. Sentí indiferencia, para no rechazar su intromisión. Separé mis gestos y aptitudes de mi corazón. De haber continuado mi impulso era de levantarme e irme. Para que ninguna otra chica le hubiera contentado habría sacado un pistola y le hubiera matado vaciando el cargador en su cuerpo. Y luego mataría a cada hombre con quien me cruzase. ¡Qué tontería! pero es lo que pensé fugazmente, algo que ahora crece al mirar ese tiempo por el recuerdo a modo de microscopio del alma ¡ Hay tantas cosas que no se cuentan y permanecen olvidadas en el recuerdo!

– ¿Por qué no? – dije, pero de inmediato me arrepentí – ¿por qué no otro día? ¿vale? – y le hice un gesto de carantoña.

Mis padres me enseñaron a ser elegante, a comportarme con corrección, lo que implica no molestar a nadie. A cambio de mi negativa, que fue más bien un aplazamiento, dejé que me acariciara la pierna, pero apoyé el brazo en la pierna para que no pasara a la ingle no más allá. Quise impedir una posible razia, porque para salir de ella tendría que violentar mi respuesta.

Sus manos dejaron de parecerme esculturadas y de algodón. Se convirtieron en pesadas y sobonas. Pero me sentí comprometida con él. Pensé que es así como transcurre el amor y que yo no estaba preparada. Siempre me gustó ir a la discoteca con la pandilla, bailar, escuchar música, cotillear sobre la gente. Desde esa experiencia vi esos lugares vacíos, llenos de luces y música nada más. Fui yo la responsable de engatusar a mi príncipe azul y caí en mi propia emboscada. Quise convertir mi sueño en realidad. Me sentí responsable y lo que fueron horas me parecieron siglos, quizás todos aquellos de la experiencia femenina a lo largo de miles de años, que se concentran en cada una de nosotras, las mujeres. Y también la experiencia colectiva de mi mundo, pues no quise convertirme en una escéptica del sentimiento. Quería ser más que las amigas que iban de un novio a otro.

Jerónimo me llevó en la parte de atrás de su moto, hasta mi casa. Por tal motivo di por hecho que ya éramos novios. Me comprometida con él de por vida. Es algo que me pareció que tiene que ser así. Al ir abrazada a él creí unirme físicamente. Sentí como si ya hubiera hecho el amor con él. Su moto me deslumbró y él me ofreció seguridad por su fortaleza. Pensé que era aceptable en mi nivel social. Me sentí gozosa. Vislumbré mi situación como la imagen de una película en la que me imaginé como un símbolo de amor y libertad. Apoyé y apreté mi mejilla contra su espalda, sobre la chupa negra que llevó puesta.

Quise llevar los sueños a mi vida, pero sucedió al revés, la vida invadió mis sueños, trasladé la realidad a mis fantasías y tejí una tela de araña que hizo que me enredase en un lazo afectivo, lo cual, en su momento, no supe interpretar. Creí que la belleza es lo más importante y no supe ver que en una relación de pareja circulan otros muchos factores. tal manera de entender las cosas formó parte de mi visión del mundo. Más adelante mi trabajo consistió en hacer valorar las cosas específicamente por su imagen.

¿El amor es ciego? Ahora comprendo que no. Lo que sí lo es el deseo de amar. También la soledad profunda, la que se instala en una oscuridad tal que quiere compartir su ser con otro ser humano, y no ve más que una luz en esa relación sin fijarse en aquello que ilumina. Amar es una decisión. He aprendido que tiene que ver más con la sinceridad y con la voluntad que con la pasión, la cual surge como un estallido en forma de encanto y de convivencia, si ésta se acuerda llevar a cabo. En el camino de vivir hay demasiados espejismos y horizontes que engañan al corazón.

Cuando me apeé de la moto nos dimos un par de besos protocolarios, mejilla con mejilla. Tuve la impresión de que fue el final de un ligue de una tarde de fiesta. Él reaccionó y me pidió mi número de teléfono. Me entraron las prisas por marchar. No estuve segura de nada. No quise que mis padres sospechasen nada, de momento. Fue una aventura romántica que la visualicé con la imagen de un globo lleno de gas que en ese momento se puso a subir en el aire porque yo solté el hilo con el que se sujeta. Quedé con él para vernos en el mismo lugar y a la misma hora. Aceptó contento y yo le respondí con una sonrisa esplendorosa.

Cuando me iba a ir, antes de alejarme agarró mi brazo. Me acercó a él con fuerza y decisión y me besó en los labios. Durante unos segundos los saboreó, y los dientes. No me atreví a más. Pensé que de esta manera quedó sellado un pacto de afecto y relación duradera, o sea formal, pero a la vez moderna, pues los besos y toqueteos formarían parte de estar juntos.

Fui corriendo a entrar en el portal de mi casa. Su lengua me envenenó de él. Sentí su beso presente en cada momento, y esa sensación recorrió mi cuerpo entero. No paré de pensar en su rostro, en su silueta atlética, en su voz, el tacto de sus manos, su beso, su beso ¡su beso! Mis labios se inflaron y mi lengua se excitó queriendo recorrer sus huellas en los dientes y en cada milímetro de labio por donde la suya había pasado. Sentí necesidad de estar con él.

Al acompañarme supo donde vivía. Me asomé durante toda la semana a la venta para ver si merodeaba por los alrededores. Creí que lo haría a escondidas. Yo supe el nombre del gimnasio de artes marciales en el que trabaja como entrenador de karate y del cual es el dueño, a medias con un primo suyo. Pude averiguar la dirección con sólo mirar las páginas amarillas y presentarme para darle una sorpresa. Miré las señas, y soñaba con correr hacia él, saltar y ser recogida con un fuerte abrazo y volver a besarnos, pero con más intensidad. Nuestros vestidos se disolvían y desnudos gozábamos el uno del otro. Dejé volar a los sueños y preferí esperar. Pensé que si descubría que estaba loca por él perdería curiosidad y atracción por mí. Desde entonces seguí una línea de conducta siempre orientada por una estrategia, previamente diseñada.

Con el tiempo me di cuenta que había convertido el afecto en una táctica. Confundí amar y ser amada con una relación de pareja. Pero incluso todo lo que se aprende y lo que uno cree que sabe se puede derrumbar para volver a empezar de cero. Cuando en lugar de comenzar corrigiendo lo que provocó la caída, se continua sucede un derrumbe permanente en el vacío.

Pasaron seis días y siete noches. Él estaba en la barra, en el mismo lugar en que le vi por primera vez. Se encontraba solo. Su aspecto fue radiante. Yo me había perfumado y pintado los labios con brillo muy delicado y con sabor a fresa. Me maquillé en la peluquería. Él acudió a la cita con corbata y trajeado, informal y elegante a la vez, muy a lo Máximo Dutti. Yo fui acompañada de dos amigas que al comprobar que él no estaba con nadie se fueron por su cuenta. Me sentí sola ante el peligro. Me saludó dando la impresión de que nos conociéramos de toda la vida. Entendí que el destino nos unió y ya éramos el uno para el otro. Si mi belleza es deslumbrante, él además de apuesto es ejemplar. No bebe alcohol, no fuma, deportista. Dueño de un negocio que mueve dinero y con perspectiva de crecer. Agradable al trato y de buena presencia social. Cualidades todas éstas, que fueron para mí muy importantes en aquel momento.

Al acercarse el momento de estar con él me entró la preocupación de saber de qué hablar. No teníamos muchos temas en común para mantener una conversación fluida. Me propuse llevar la iniciativa y no estar frente a él como una pavitonta. Por experiencia con las amigas supe que hablar de nosotros puede resultar empalagoso. La intimidad apega mucho para la amistad, pero en una relación de pareja puede aburrir, y más en un lugar de diversión. Yo ya no le consideré un amigo o futura relación. Al ser puntual a la cita lo vi como mi novio, sin haberlo hablado ni saber nada especialmente de él, fuera de lo visible. Esa fue la manera que tuve de entender el amor.

Le propuse bailar en la pista, como cuando nos conocimos. Pasé un rato inmensamente dichoso. la música me hizo danzar y navegar en aguas gondoladas por dentro. El juego de luces que se encendían y apagaban impregnaron aquel momento de magia. Floté en el ritmo del sonido de notas y canciones. Sus miradas se convirtieron en relámpagos que detonaron sobre mi piel y en mis ojos se hicieron fuego. Bailar con él fue igual que navegar sobre el parque Guell.

Agotada le agarré las manos para salir de la cancha donde bailamos y, así, descansar un poco. Él me empujó hacia su cuerpo y nos fundimos en un abrazo. Sentí mis latidos y noté los suyos. Fue la sensación de estar agarrada en el caballito de los tío vivos de las ferias, en los cuales me encantaba montar de niña, sobre todo en el que sube y baja. Mi padre me contó que se llama “tío vivo” porque en las ferias un forzudo cobraba una perrina por coger a varios niños y niñas y corría con ellos dando vueltas en un recinto. Su padre, o sea mi abuelo, me dijo que él había montado en ese tío vivo.

Jerónimo me agarró por la cintura. Respondí de manera automática, con la inercia de que tenía que ser así. Rodeé con mi brazo su cadera. Me asaltó una incertidumbre que no me atreví a planteársela a él, ni a mí. Pensé que fue miedo e inexperiencia, que son sensaciones que tenía que superar. ¡No le había dado permiso para que me agarrase, ni para estar tan juntos! Me pareció que íbamos demasiado aprisa. Luego todo se precipitó y fue rodando sin que yo pudiera controlar nada de nuestra relación, más que dejándome llevar.

Asumí que el mundo de los jóvenes, al que yo comencé a pertenecer, es así y que tenía que aprender y seguir las reglas. No nos hizo falta una declaración de amor para ser una pareja. Pero fui yo quien creó esa circunstancia ¿A quién podía echar la culpa? Y no pude quejarme de nada. Él se mostró delicado, entre ambos surgió una sintonía maravillosa, al menos aparentemente, pero yo estuve inmersa en ese mundo de la apariencia. La cual fue la esencia de ese mi mundo. La indolencia de mi ambiente era tal que todo vale, porque no hay nada establecido, no se habla, sino que se asumen pautas. Eso es lo que me sucedió. Aunque ahora lo veo así, en esa coyuntura comprendí que es necesario ese trance. No hay normas, no hay pactos, más que lo tácitamente establecido y que funciona según los estados de ánimo ¿Que la relación dura una semana? Es un riesgo.

Coqueteamos mutuamente y nos congratulamos de volver a estar juntos. Cuando sonó la música lenta el murmullo de las chicas solas en la pista, que salen de ella fue un tumulto. Mientras los chicos practicaban los prolegómenos pertinentes en la cacería de pareja. Yo estaba “colocada”, lo que me hizo sentir comprometida. Nuestra relación estaba por hacer y dimos por hecho que ya podíamos unirnos. Controlé mis nervios y disimulé mi preocupación, que por otra parte fueron ráfagas de pensamiento que no acerté a parar para pensar al respecto.

Había preparado aquel encuentro como una asignatura más. Me empeñé en ser perfecta y sacar la mejor nota, como en selectividad. Calculé cualquier contratiempo, pero esa actitud me encerró en complacer a mi pareja, para dar el aspecto de ser felices. Debía mantener el equilibrio entre las normas de mi familia y la creación de un ambiente íntimo agradable y de confianza, aunque fuera superficialmente. Para mía salir con él, bailar , ir al cine y hacernos un par de carantoñas hubiera sido suficiente. Ir presentándonos respectivamente a nuestras familias, y iniciar un camino que nos llevase a la boda. El noviazgo tendría que durar cinco años, para que yo pudiese terminar la carrera. Pensé, incluso, que luego tendíamos que esperar otros tres para tener un hijo con el fin de poder dirigir un negocio y dejarlo previamente preparado, hasta tener dos vástagos, la parejita. Tuve todo calculado, previsto. Me pareció un ideal.

Había ensayado varias frases, para diferentes situaciones. Lo hice en voz alta cambiando las entonaciones, para que cualquier negativa a sus proposiciones de bailar agarrados o besarme otra vez en la boca, resultase un aplazamiento, con el fin de que fuera más profunda y madura nuestra intimidad.

Todas mis previsiones se vinieron a bajo. Jerónimo me agarró las manos, me llevó a bailar sin solicitármelo ni mediar ni una palabra. Me desbarató los planes, sin que supiera que hubiera trazado todo un plan para nuestro segundo encuentro. El dio por hecho que era así como se establece un compromiso de pareja y yo le seguí. Me hice la remolona con una sonrisa. Espetó “¡vamos!” Me limité a simular que iba con agrado. Yo también di por hecho que salir con una pareja es así.

Mientras que me acerqué a la pista , internamente, sentí que iba forzada, pero sólo interiormente. Me rebelé en mis pensamientos, pero lo traduje como miedo, un recelo que tenía que superar: “¡Si no hemos hablado nada de bailar agarrados! ¡No he dicho que quiero bailar apretado uno contra otro! ¡No me has preguntado nada!” Me encontré envuelta en sus brazos. Igual que una pelele le rodeé con los míos para apretar nuestros cuerpos.

Escuché sus palabras cariñosas. Me parecieron manidas, pero me sentí halagada. Fueron demasiado grandilocuentes y falsetas, pero fueron las que dijo y pudo ser una mera interpretación mía. Quise dejar que pasara algo de tiempo. ¿Y si no congeniábamos? No quería fracasar en una primera experiencia. ¿Solución? Dejarme llevar.

Permanecí quieta a pesar de estar bailando. Estática, impávida, a pesar de escuchar palabras cariñosas y ver que Jerónimo se comunicaba con gestos alegres. Esperaba que pasara el tiempo sin saber adonde me llevaría ¿Y si no congeniábamos? Me sentí una robot que baila. Sin embargo no hubo nada que me obligase o me forzara a hacer algo que no quisiera. Bastaba que dijese “hasta aquí hemos llegado, no me apetece seguir”, para romper con todo aquello. Pero no me salió, ni siquiera del estado de prepensamiento. Al otro lado, en el mundo de fuera estaba dichosa, me gustó seguirle los pasos durante el baile. La música romántica y las letras de las canciones melosas me empujaron afectivamente a él definitivamente. Su presencia caló en mi ser. Ver su rostro sonriente ante mí, sentir sus manos buscando mi cuerpo, sus caricias en la cara, en la nariz, en los cabellos deshicieron mis pensamientos y disolvió las nubes negras de mi corazón. Aquella tarde-noche de baile fue como el baño María que se hace a la miel para que quede líquida, así yo me hice moldeable a él.

No quise ser cursi, ni una lanzada ¿Pero dónde está el equilibrio? Con el paso del tiempo me doy cuanta que el error fue no ser yo misma. Elucubré y al mismo tiempo actué al ritmo que me marcaban unas costumbres, unas ideas, una mentalidad. Porque Jerónimo no me arrastró a nada. Fui yo quien se dejó llevar, pero sin que él me llevase. Reconozco que si no nos equivocamos no hay posibilidad de corregir y, de esta manera, adquirir conocimientos y experiencia. Cuando se trata de la vida cada tropezón, los devaneos y zozobras hacen sufrir mucho.

El primer falló fue permanecer en un ambiente en el que no hay opciones para elegir. O se baila o no. Para eso se va a una discoteca. ¿Bailar agarrados? El problema fue seguir los pasos de él como una pavisosa, sin tener claro qué quería, o al menos en qué plazos.

– ¿Me quieres? – me dijo repentinamente.

– ¿Qué? – le respondí. No acerté a asimilar semejante pregunta tan pronto. Y estaba deseando que me la hiciera. Sonreí, mientras tanto pensé que apenas nos conocíamos, que podía saber que me gustaba mucho, pero la pregunta clave era que adónde quería llegar, tanto él como yo. Sentí angustia. El ritmo del latido de mi corazón se aceleró. ¿Es esto lo que es el amor? me pregunté. Como no sabía nada al respecto creí que sí, que era eso que vivía. – Sí, sí – Contesté finalmente.

Me besó con ternura y mimo. Distanció un beso de otro. ¿Qué más pude pedir? se cumplía el deseo con el que tanto soñé. La música me embelesó. Quedé convencida de que así es el comienzo del amor. Me sentí ya entregada a él. había pasado muy poco tiempo, pero interiormente había pasado a otra dimensión en la que los pasos de Cronos tienen otra medida.

Tuve la sensación de estar bailando con él en una dehesa sin nadie cerca de nosotros, también en medio de unas vías del tren en una estación abandonada. Días después, mientras que dormía soñé, que un tren nos arroyó a los dos. Me desperté sobresaltada. No relacioné aquel sueño con lo que pensé, ni me acordé. Ahora que lo recuerdo en conjunto sí. Otro sueño, que se repitió más de una vez, fue que llovía. Mientras, yo estaba tumbada. Cada gota era un beso de Jerónimo.

Por lograr su carió y aceptar su manera de lo que supuse que es amar, le di mi afecto incondicionalmente. Lo que ahora pienso en su momento fluyó al igual que el agua lo hace en una fuente. No dosifiqué mi corazón, ni fui precavida. Entregué todo mi amor para construir mi ideal. Me dejé llevar para no poner trabas a la pasión. Todo fue una ilusión, fugaces escenas de una realidad distorsionada por el deseo abstracto, que se concreta a medias tintas.

Respecto a mis amigas me había quedado rezagada en las relaciones de pareja. Me consideré una chica decidida y quise caminar por mí misma y ser la mejor. Esa confluencia de deseos, de circunstancias, de anhelos y vanidad, se amontonaron en mi decisión de besarle los labios. Lo hice repentinamente, sin pensar, pero al mirar hacia el pasado veo mucho más que lo que simplemente sucedió. El rápidamente enlazó nuestras lenguas y jugó con ellas. Sentí algo que nunca había sentido, no supe el qué, pero se derramó por todo el cuerpo. Me gustó más de lo que había imaginado. Sin embargo no tuve claro ese paso. Me vi forzada y engañada, pero por mí misma. Lo acepté. Más aún, busqué tal situación ¡la hice yo! Había soñado con esa escena ¿qué más podía pedir?

Jerónimo fue encantador, la pareja ideal y valorada por las demás chicas como guay. Traté de convencerme de que me encontraba en la mejor situación posible. Noté algo que faltaba, que no supe lo que era ¿Indecisión, tal vez? ¿dar demasiada transcendencia a un instante trivial? De todo un poco. No obstante la experiencia sólo se adquiere viviendo cada paso.

Durante mi primer beso ¡oh mi primer beso! ¡qué emoción! dudé sobre si me estaba convirtiendo en una puta, en una amante o en una futura esposa ¡Qué esquema más simple! pero fue el que tuve. Me sentí culpable de no haber dicho “no, hasta aquí y punto”. Pero ya no había retorno. Por otra parte estuve necesitada de afianzar y sellar mi relación con él. No me sentí apasionada, ni loca de amor. Más bien lanzada como en una montaña rusa, llena de sobresaltos y que no se detiene hasta que llega al final.

Seguidamente volvimos a bailar. Los dos nos mostramos muy contentos. Pero por dentro, comenzaron a surgirme dudas ¿Saldría con otras chicas a la vez? ¿por qué no me lo pregunté antes? me dije. Como nuestra relación surgió como surgió, por las buenas, no me atreví a comentarle nada. Me motivé a ser fuerte y hacer de tripas corazón. Decidí conquistar su corazón fuera como fuera y fuese cual fuese su circunstancia, que apenas conocía. Quise llorar, pero aguanté. Hacia afuera seguía bailando y sonriendo. Yo y solamente yo me había metido en aquel embrollo y mi belleza fue también mi trampa. Fue una intuición, quizá caprichosa, pues hasta ese momento la relación fue a las mil maravillas. Pero no era eso lo que fluía dentro de mí, sino mi actitud, por dejarme llevar con algo tan etéreo y nada tangible como es hacer lo que se tiene que hacer.

Pude haberme ido, largarme con cualquier excusa, decir que me dolía la cabeza. O no haber acudido a la cita. Pasada la incertidumbre del primer baile agarrada a él quise que el tiempo se parase. Luego, al estar cara a cara, hablando con él quise que pasara rápidamente. Las pausas entre las palabras se hicieron interminables. En una de esas pausas noté que Jerónimo movía las manos sobre mi espalda. Bajó más y me rozó el trasero y volvió a la espalda. Lo repitió dos veces. Yo quieta como una estatua. Le propuse andar por la sala. Nos asimos la mano. Al pasar entre un barullo de gente me apretó la nalga izquierda. No me di por aludida. Tuve la sensación de ser un melón del mercado, al que se palpa para saber si está o no apto para comer. Se me ocurrió darle un bofetón, pero me reí de mí misma. Me conformé con tal situación con una sonrisa tontorrona, porque todo aquello formaba parte de ese ambiente. La nebulosa de pensamientos y sentimientos que allí se destilan no se ven. Formé una parte más de ese paisaje. Todo paisaje lo es cuando se pinta o se toma su imagen. Por tal motivo es ahora cuando lo veo. En su momento no. Lo viví, nada más.

Mi visión del mundo fue muy limitada. Tuve la idea de que el mundo familiar en el que me crié era la norma general, que todo el mundo vive de una manera parecida. Indirectamente tuve noticias de situaciones escandalosas, criminales, pero siempre pensé que era algo excepcional, ajeno a mi mundo. En mi cabeza no entraba otra forma de vivir que no fuese la que yo mamé desde que nací. Al salir fuera de mi entorno, ante los primeros pasos, juzgué que mi relación con Jerónimo es la habitual, pero en mí caso más extraordinaria por la belleza de ambos. Mi objetivo fue estudiar una carrera y buscar un trabajo que me permitiese un alto nivel de vida, como mínimo el de mis padres, lo cual ya puso un listón demasiado alto. Luego casarme y tener un par de hijos, con un equipo de sirvientas que tuvieran la casa de punta en blanco y atendidos los peques en todo, igual que a mí. Esta base profunda de mi existencia es lo que me hizo seguir hacia a delante en mi relación. Yo lo decidí, pero me sentí empujada, sin embargo no me di cuenta hasta mucho después que he pensado en ello.

Sospeché que las dudas internas que me asolaron fueron fruto de la inexperiencia. Todo lo que me rodeaba tuvo la misma escenificación que yo representaba. Muchas parejas de nuestro alrededor se morreaban. Me vi abocada a hacer lo mismo. Hacer lo otro, así denominé lo que es hacer el amor, sería más complicado pues no se ve. Mi obsesión fue no quedarme embarazada. Mis padres se llevarían un disgusto, por otra parte vería truncada mi carrera profesional, por entonces ni siquiera esbozada. Pero también es que no conocía suficientemente a mi pareja. La mente hace juegos extraños y nos atrapa en ellos.

– ¿Sabes que eres fantástica? – me dijo de sopetón.

Gracias – No me dio tiempo a decir más, porque rodeo mi cuello con su brazo. Percibí, pero sin clasificarlo en palabras que me permitieran comprender en ese momento qué me sucedía, que cada palabra, cada gesto, cada acercamiento, fue una táctica para lograr un objetivo, poseerme. La meta era follar conmigo. Pensé que si cedía en parte podría tomar la iniciativa y reconducir la situación .

Me quedé enredada con su contacto. Me sujetó cariñosamente, no con mala intención. Este tipo de encuentros funciona así. Cada uno interpretó su papel. Cuando mi madre quiso imponer alguna pauta, o algún criterio, no daba lugar a discutir el asunto. “La vida es así”, decía. Esa expresión quedó grabada en mi mente y ante mi primera relación de pareja, como la vida es así, así tenía que ser y no me quedó más remedio que pasar por el aro. Lo asumí con fuerza de voluntad, con vocación de triunfo y mediante una disciplina autoimpuesta, en la que me eduqué y que me ha dado fuerza para tomar mis decisiones. Mantener la belleza a flor de piel, caer bien a los demás exige tesón. Y yo lo tuve. Lo que ocurre es que la vida tiene un impulso muy superior a cualquier precepto individual.

Jerónimo se puso a besarme la cara de manera intermitente. Las palabras sobraron ¡Yo quería hablar! pero tampoco lo hice. Intentó tocarme el cuerpo. Le paré con las manos. Apoyó una sobre mi muslo y con la otra cogió abrazada mi cintura. Comenzó a saborear mi cuello, como si mamara de él. Le pedí que no me dejara marca, pues ya me lo había advertido una amiga. Me dijo que no me preocupase.

Jerónimo me encantó. Me gustaba. Sobre todo porque era admirado y deseado por las demás chicas. En su momento no lo reconocí, aunque sí lo notara anímicamente. La vanidad es un templo psicológico que nos encierra por dentro. No quise quedarme atrás en lo que entendí “ser moderna”. Acaricié sus cabellos con mis manos para simular una escena de pasión, que yo creí tal. Me besó en la boca. Mutuamente nos saboreamos. Cerré los ojos. Conseguí lo que vi hacer a muchas parejas. Al recordar aquel momento lo visualizó. Necesito mirar al pasado, paso a paso, para saber donde estoy.

Aquel primer beso me conmovió. Su sensación volvió íntegramente después, durante días, a modo de un bumerán, que me devolvía el recuerdo de él. Sentí luego su beso más allá de su presencia. Se había impregnado en mí y su boca se hizo piel de la mía, su beso fue saliva de mi lengua. Fue una alucinación, que se hizo real, durante y tras bersarnos.

Estuve nerviosa al no saber adónde nos llevarían aquellos roces en los labios y movimientos de lengua. Me tocó los pechos sobre la ropa, las nalgas y hasta se frotó el paquete con mi pubis. Me pareció tosca y grosera aquella situación, pero la acepté con gusto. Cuando me quiso levantar la blusa y bajar la bragueta del pantalón le dije que no, que todavía no. Comprendió que había ido muy rápido. Yo quería que fuera algo duradero y no una aventura de conquista y adiós. Empecé a hablar sobre mis proyectos como futura diseñadora de mercadotecnia. Él me escuchó atentamente. Luego bailamos y volvió a intentar intimar. Comencé entonces a hacerle preguntas concretas. Su único tema de interés fueron las artes marciales y sus entrenamientos y fechas para competir. Su profesión me pareció muy vistosa. Vi su vida como una aventura y le propuse, en bromas, que fuera mi guardaespaldas. Mi familia vería esa relación un poco chocante y extravagante, pero y yo era recibida en la imagen familiar como una chica insólita, muy creativa y a la vez sensata.

No presenté a mi pareja en el ámbito de mi parentela. No me encontré segura de mí misma. Quise dar tiempo al tiempo. A las amigas sí, y bien que presumí de novio macizo ante ellas. De él conocí a un hermano suyo y a su grupo de amigos más cercano.

Jerónimo no me preguntó si queríamos que nos besáramos. No se lo recrimino, pues en verdad, es algo que esta en el ambiente. Invadió mi cuerpo, mi ser, mi inocencia, porque dejé todas las puertas y ventanas abiertas. No pudo ser de otro modo. Reflexionar sobre aquellos inicios al amor, hace que componga mi vida como un rompecabezas.

Quise reorientar nuestro encuentro. Hubiera querido hablar, hablar y hablar, sobre las sensaciones al habernos dado nuestro primer beso, sobre las miradas primeras que nos cruzamos. Sobre nuestros gustos, nuestros sueños, sobre nada. Yo me divertí, cuando estuve a solas con él, en que nos decíamos tonterías y nos reíamos haciéndonos burla uno al otro. Cualquier conversación que inicié se convirtió en un monólogo. Jerónimo disimulaba su interés escuchando, pero estando en otra cosa. Lo mismo me sucedió a mí al recibir sus besos y caricias. Me sentí dichosa de que me besara, contradictoriamente a mis pensamientos. Por ser tan atractivo estuve emocionada de que me desease y ser su antojo. Creí que era la manera de empezar un amor eterno entre los dos.

Lo demás de nuestra relación se precipitó de la misma manera que una piedra cuando es lanzada y luego cae con la fuerza de su peso. Parece fácil decir sí, decir no, o querer una cosa u otra. Los sentimientos suelen estar dominados por lo que rodea a cada persona. Por mí misma aprendí muchas nociones útiles para lo que sería más tarde mi profesión, como especialista en maniobrar en las emociones de los demás, para dirigir sus deseos e influir en la voluntad de los seres humanos, mediante la publicidad.

Hubiera querido ver a diario a mi Jerónimo. Y digo “mi Jerónimo” porque fue él y, también, el que yo me imaginé, el que construí en mi interior. No pudo ser, debido a que preparó los campeonatos de verano, como karateka de primera fila. Entrenó horas y horas, y luego da clase de este deporte. Era el dueño del gimnasio y se empezó a expandir como negocio. Dirigía una selección de élite, para los campeonatos olímpicos. Quedarme relegada a un segundo plano me dolió, pero a la vez me daba la oportunidad de dedicarme intensamente a mi preparación profesional. Afectivamente hubo un distanciamiento infranqueable desde el comienzo de nuestra relación.

De cara a mis amigas el idilio fue ideal. Consideraban mi conquista un logro de película. Yo me manifesté siempre con júbilo, en relación a mi emparejamiento, en parte por mi temperamento optimista por naturaleza. Fui tomada como modelo de suerte en la vida y de mujer feliz. La verdad es que no tuve nada de qué quejarme. A pesar de lo cual tuve la impresión de que me faltó algo. No supe qué, pero algo. O tal vez fuera que todo lo que me rodeó, todo oropel y terciopelo que mimó mi vida no me servía.

Detecté claramente la separación entre mi mundo hacia afuera y otro, igualmente mío, interior. Disgregación que esbocé desde niña. y que se desarrolló más durante la etapa de adolescencia. Conseguí los caprichos más nimios y los más antojadizos. Bastó con proponérmelo. A pesar de este privilegio mi felicidad tuvo un agujero, por el cual escapó siempre. No fui capaz nunca de apresar el bienestar completo. Y para quien no lo tiene no menoscaba especialmente su grado óptimo de sentirse bien, pero para quien lo tiene y no lo acapara le crea zozobra e inquietud.

El edificio externo de mi ser fue el de una persona radiante, dicharachera, espléndida en toda la amplitud de su sentido. Por dentro fui una cachorra asustada que miró atónita la imagen grandiosa de sí misma.

Cuando vi la película de Peter Pan, le dije a mi padre que yo era como el protagonista. Le hizo mucha gracia, pero pensó que se refería a Wendy. No supo interpretar a qué me refería. Quedó como una anécdota más de mi infancia. Me identifiqué con la escena en que la sombra de Peter Pan va por un lado y el personaje por otro. Lo mismo me ocurría a mí. Cuando comencé mi relación con Jerónimo me acordé de aquella escena.

En una de las primeras citas con Jerónimo, creo que fue la tercera, se llenaron mis sentimientos y emociones de quimeras y romanticismo. Decidí dar una oportunidad para que estallase el amor entre nosotros, de manera que me hiciera sentir plena y gozosa, sin vericuetos interiores ni inseguridades y descontentos invisibles. Paciencia que me llevó a un arrebato emocional y semejante paciencia se repitió durante el transcurso de las siguientes citas.

Logré que quedáramos fuera del ambiente discotequero, en un intento de formalizar nuestra relación, o sea hacerla más entre él y yo, y no fruto de un ambiente demasiado superfluo y disperso. Quise relacionarme con él sobre la base de profundizar uno en el otro. Paseamos por el parque de Miguel Andría. Jerónimo se mostró zalamero y muy obsesionado con los intríngulis de su mundo deportivo. Las escenas románticas se siguieron una a otra, en diversos encuentros: perseguirme primero él a mí. Luego yo a él, con cualquier excusa. Ser balanceada en sus brazos, ser cogida en su regazo, carantoñas y caricias de besos. Para mí fueron escenas, que culminaban en un beso obsceno, lo que acepté a modo de trueque. En absoluto mal intencionado. Las reglas no escritas fueron esas. He descubierto, al cabo de los años, que no recogí los frutos de aquel amor porque en mi corazón creció un esforrocino de mis sentimientos. No supe construir aquel amor de otra manera.

Habíamos salido nueve veces cuando me invitó a cenar, en un restaurante cerca de la plaza de Bilbao. Fue una velada tranquila y cariñosa. El me escuchó mientras que acariciaba mis manos. Le hablé sobre mis sueños de cuando fui muy niña, de mis proyectos profesionales. Hasta le dije que quería que fueran compatibles con nuestra vida familiar. Como le conté tantas cosas no me di cuenta de que no se detuvo en ese asunto que nos incumbía a ambos. Lo dejó pasar. Ha sido luego, cuando lo he pensado, que caigo en ello.

Tras la cena fuimos a un apartamento de un amigo suyo. Tal como me propuso la idea, pensé que me iba a presentar a otros amigos con sus respectivas parejas. Aunque en realidad fue una interpretación mía, para nada él comentó nada parecido, y más que darlo a entender lo entendí yo de esa manera. Al pasar me vi en una encerrona. Me enfadé por dentro, pero me contuve ¿Fue una historia de amor que no sabía entender? me pregunté. Me quedé como una boba, pasmada, quieta, a verlas venir.

Hizo el amago de desabrocharme la camisa. Retrocedí.

Me encanta follar y quiero que te encante hacerlo conmigo – Tal expresión me alteró, me pareció horripilante, de mal gusto. Sincera, sí, puso las cartas boca arriba, pero a mí me dejó descolocada. Le hubiera dado un tortazo tras de mandarle a la mierda. Pero sus palabras fueron una bomba que cayó dentro de mi cabeza. Me quedé desorientada. Había estrenado recientemente mi mayoría de edad y tuve el deseo de transgredir las puertas del amor. Me lo imaginaba de otra manera, pero no conocí otro punto de referencia para poder comparar. Tuve en mis manos realizar las fantasías sexuales en las que soñé habitualmente. También la oportunidad de saciar mi curiosidad sobre qué ocurre al pasar el umbral de lo visible. Supe, o más bien intuí, que de rechazar la relación que me ofrecía me iba a ser muy difícil iniciar otra, al menos en mucho tiempo. Me hice un chantaje a mí misma. Es cierto que no lo pensé tal cual lo escribo. Fue una sensación que aglutina lo que indico ahora, pero que pasó por mi cabeza como un rayo fugaz. Tales conjeturas que reflexiono fueron más bien un trasfondo cuyo significado tardé en comprender y en ordenar. Fueron sensaciones a las que ahora doy forma de palabras. Estuve prendada de Jerónimo y quise mantener la relación con él.

– Prefiero esperar – me acerqué a él y le miré a la boca, no me atreví a mira hacia sus ojos – a conocernos mejor. – No estaba preparada para afrontar una relación sexual, ¿pero cuándo lo iba a estar? Necesitaba más confianza, más aproximación a él, y que surgiera, como en las películas, en las cuales el amor brota de por sí. Yo quise ser toda para él.

– Eres una tía de puta madre. No te quiero perder por nada del mundo – me dijo, al mismo tiempo que me arrulló en sus brazos.

– Otro día – dije como una tonta. Estuve cautiva de sus gestos, de su fortaleza y seguridad en sí mismo. Yo tampoco quise perderle. De cara a los demás, mutuamente revalorizábamos nuestra belleza ¿Para qué sirve la belleza si no es para elegir a la persona con la que quieres estar? Tal fue mi soberbia y vanidad.

Me besó. Sentí que su cuerpo flotó sobre el mío. Me sentí molesta, pero interpreté que era fruto de mi inexperiencia en esos lides amorosos.

Otro día me invitó al cine. Anduvimos desde la puerta del sol hasta llegar a él, asidos de la mano. Nos besamos en la cola en la que esperábamos a sacar las entradas. Nos morreamos dentro de la sala. Parecía que esta actitud fue algo acordado. Me dejé llevar por la inercia de que las relaciones son así. Di por supuesto que éramos novios, y besuquearnos forma parte de ese trato. Él siempre me presentó como una amiga, y yo por su nombre, sin más apelativos.

Mi madre solía decir que hay que andar con cuidado con los alquileres de pisos y de locales, pues tras lo uno lo otro, pues tras dar un contrato a un inquilino, luego adquiere unos derechos. A mí me sucedió algo similar, en relación a mi cuestión sentimental. La siguiente vez fuimos en coche a un descampado para ver atardecer. Un paisaje muy bonito. Vi otros coches parados y me percaté que me llevó a un picadero. Para mí fue humillante, me sentí encerrada y asistí resignada al matadero. No me quedaba otra salida. Lo cual lo viví bajo el halo de la libertad de ser joven, de hacer lo que yo quería, de la libertad sexual.

Después de besarnos me tocó los pechos como si fueran plastelina. Me dejé llevar. Que sea lo que Dios quiera, me dije y a la vez me propuse disfrutar del momento. Sus manos llegaron a la piel de mi abdomen. Luego a los pelos del pubis. Una corriente de aire frío penetró en todo mi cuerpo. Y se hizo soplo en mi vagina y ese aire subía de temperatura con los besos. No por ello dejé de sentirme una pieza del coche que él ponía en marcha. Colocó el asiento y me ubicó para colocarse encima de mía para comerme a besos y caricias. Noté su miembro viril duro sobre la ropa. No supe qué hacer y le abracé para intentar coger ese momento, para hacerlo mío y también para mí. Moví las manos por hacer algo.

No sentí frenesí ni mis emociones de desenfrenaron. Me observé demasiado. Su ansiedad me produjo repulsión y sin embargo mantuve el tipo, como si afrontase un reto, una prueba que tenía que superar. Olí su perfume, que llegó al fondo de mi olfato. Su aroma lo sentí muy especial y recorrió mi carne en forma de un placer sutil. Levantó mi blusa. Con un gesto indicó que me quitase el sujetador, lo que hice como una autómata, de la misma manera que si me hubiera dado una orden.

Cuando sentí mi piel rozada por el aire, a su lado, con sus ojos contemplando mis pechos noté una corriente de gustirrinín que recorrió mi piel y destelló en torno al clítoris. Le sentí como si diera saltitos. Acto seguido me bajó el pantalón con cierta dificultad y haciendo contorsiones para moverse en ese espacio tan ajustado. Le ayudé a bajar las bragas. Acarició el pubis con la faz de sus dedos. Me gustó.

– ¿Somos novios? – le pregunté en un último intento de aclararme y dejar que siguiera adelante, cuando ya estuvo todo en el asador.

Soy lo que tu quieras – dijo mientras que se bajó los pantalones y el calzoncillo hasta la mitad del muslo. Sin un compromiso firme nuestra relación iba a llegar a lo que yo concebí como lo más hondo. No quise ver su desapego sentimental, aunque lo percibí. Truqué la realidad de nuestra relación por la fuerza de mi deseo, de amar a un hombre y ser deseada por él.

Me entregué a los acontecimientos. Me sentí ridícula por mi pregunta, que me salió sin pensar. No tomé ninguna precaución para evitar un posible embarazo. No pensé que fuera tan rápido. Me hubiera gustado hacerlo en una cama y hablar sobre cómo hacerlo, sobre qué pensábamos ambos de esas cosas.

Me quedé más tranquila cuando vi que se colocó un preservativo, sin hacer el más mínimo comentario, ni él ni yo. Lo hizo con suma facilidad, como si tuviera bastante practica en colocárselo. Aquella situación parecía cotidiana, para ambos, aunque para mí no lo fuera. Tuve la sensación de haberlo hecho más veces con él y me pareció que llevábamos años saliendo juntos.

Mientras se colocó el profiláctico cerré los ojos. Quedé a la espera. Me vino a la cabeza la imagen del practicante cuando se coloca y prepara la jeringuilla antes dar el pinchazo. No me atreví a decir que tuviese cuidado, ni tampoco que era mi primera experiencia. Probablemente no lo importaba, ni yo le hube comentado nada antes. Había soñado que la primera vez sería una emoción muy especial. Fue un cúmulo de sensaciones contradictorias. Deberían borrarse los recuerdos cada cierto tiempo, porque cada historia que vivimos, rememora la anterior. Se solapan y no hay un presente puro ni concreto.

Me sentí orgullosa de mi primera experiencia, debido a la belleza de mi pareja, lo cual fue un lujo. Mi sensación fue placentera, sin llegar a estallar de gusto. A medida que pasaron los días, su relación fue más mecánica, cordial y simpática, pero sin llenarme. No paré de dar vueltas a aquella primera vez. Transcurrieron las semanas y pensar sobre aquel momento me lo hizo ver más y más desagradable. Llegué a pensar que me comporté como una furcia, como una imbécil, como no sé qué. Ese fue mi problema. Tomé yo la decisión por mí misma y concienzudamente.

Lo que menos me hubiera imaginado es despedirme de mi virginidad en una automóvil, y arrastrada por mi pareja. El acoplamiento me incomodó por la postura tan forzada, sin embargo sus caricias fueron dulces, tiernas. Creí en ellas. Me culpé de la falta de pasión. Una amiga me comentó en cierta ocasión que cuando se ama las caricias y los besos suenan con la música de las películas de amor. Lo único que yo escuché fue el ensalivamiento de nuestras bocas y el roce de nuestros cuerpos y con el asiento y los choques con la puerta y la barra del cambio de marchas.

Hice ver a Jerónimo que aquella experiencia fue maravillosa, de esa manera oculté mi inseguridad. De todas formas, debo indicar que lo fue, pero faltó la ensoñación del momento, flotar, embelesarnos. Aterricé en la realidad. De todas maneras, creo que, pasado el tiempo, lo que faltó fue autenticidad por mi parte y no puedo culpar a nadie, ni siquiera a mí misma. Deseé que aquel momento terminara cuanto antes, a la vez que se convirtió en una canto de tacto y besos. Recibí, en definitiva, un placer consumado como si fuera un gesto protocolario. Cuando me coloqué la muda y mientras que me vestía, tuve la sensación de haber estado en el servicio haciendo una necesidad fisiológica, en lugar de en un nido de amor. Nada de esto aparecería en mi relato si no contara esos momentos íntimos que son la frontera entre nuestro mundo de fuera y otro interior, en los cuales vivimos las personas. Sin embargo nos olvidamos del segundo y cuando acudimos a él y nos dejamos llevar por sus criterios desembocamos en la locura. ¿Quizá la desnudez del ser sea el equilibrio?

Desde aquella primera experiencia las carantoñas de Jerónimo me parecieron falsas, eran moneda invertida en ratos de placer. Probablemente no fue así por su parte. Yo lo percibí así. Me aterré porque me situé en una posición personal de fracaso en mi existencia, que sin embargo de cara a las amigas y mirada de afuera se trató de un éxito de conquista y de relación. Yo me sentía liberada, realizada, satisfecha, pero el poso que queda por dentro se pudría. Algo que hasta que no me he parado a pensar ni siquiera reparé en tal percepción. Me esforcé para triunfar. Salir de esa situación me lo exigía, y fue en ese gozne de mi vida en el que se formó mi impulso de vencer. Primero en los estudios, luego profesionalmente. El éxito, y que éste fuera reconocido, fue una obsesión durante muchos años.

En las profundidades de mi ser sentí un fracaso, que no reconocí como tal, sino como que me faltaba algo. Con el fin de esconder esta sensación hice ver a mi pareja que estuve encantada. Llegué a convencerme a mí misma. Cada noche divagué analizando lo maravillosa que era mi situación. Lo terrible del caso fue que no pude hablar con nadie de ello, tal fue mi soledad, acompañada de gente de la familia, de amigas y amigos. Pero tampoco conmigo. Lo que cuento con palabras, no tuvo, en su momento, un lenguaje preciso. Una chica tan guapa como yo, tan bien situada socialmente, tan emprendedora no podía tener problemas de esa índole ¡Dios mío!

Los dientes separados de los dos incisivos superiores de Jerónimo me atrajeron especialmente. Fueron el foco sobre el que irradió su belleza para mí. Lo que aparentemente es un defecto es su sello de personalidad. Hace de su sonrisa una mueca simpática. En el rito de acercamiento su boca me encandiló. Cuando fuimos el uno para el otro, se abrió el coto y yo fui suya y él mío. En el mejor sentido de una relación. Sin embargo interpreté esa circunstancia como una manera de ceder mi cuerpo para sus juegos sensuales. Mantuve la atracción hacia él, en parte, como un ejercicio de mi fuerza de voluntad.

No sé porqué, un día, me pregunté si a él no le ocurriría lo mismo que a mí. Al no hablar mas que de cuestiones superfluas entre nosotros, aunque fueran íntimas, no lo pude saber. Mi tragedia fue no hablar sobre nuestros sentimientos. No porque él no quisiera ni yo tampoco, sino que no surgió. No me salió, ni con él, ni cuando quise reflexionar yo sola. Mis pensamientos de excusa fueron ahuyentadores de los demás. Cuando estaba junto a él una fuerza superior a mí me suplantó la personalidad para adaptarme a él, para ser lo que yo había ingeniado ser desde un principio con él. Mi yo de dentro cada vez se separó más de mi yo de fuera.

El resultado de aquella relación fue quedar una vez y otra, de manera salteada, sin proyecto, sin sentido ni ensoñación. hacer el amor fue un acto corporal, sin alma. Me dejé llevar y quise ser como él, moderna. Disfruté de follar. Hicimos polvos técnicamente muy buenos. Experimentamos posturas que él propuso y solamente una vez llevé yo la iniciativa. Nuestra relación sexual fue una especie de gimnasia, lo cual coincidió con su mentalidad deportiva y vanidosa, en parte coincidente con la mía.

Quedar ambos para vernos fue sinónimo de saciar nuestro apetito sexual. Nos ocurrió como el comer. Ya no se hace con hambre, sino porque es la hora y se hace mecánicamente. Si no se cumple con el horario parece que falta algo. No viví tal situación como un vacío, más bien como una inercia, que pensé que es lo normal.

Nuestros encuentros fueron en el apartamento de un amigo suyo y en el piso de sus padres, cuando no estaban. En dos ocasiones retozamos y nos satisficimos en el gimnasio cuando no hubo nadie. Para él hacer el amor fue un ejercicio más, que le relajó y resolvía su necesidad fisiológica. Yo fui un trofeo en su parcela afectiva. Lo viví de esa manera sin saber reaccionar.

Jerónimo dirigió mis primeros pasos en la sexualidad. Creo que caí en la pornografía cerrada a la pareja, no por lo que hiciéramos o dejásemos de hacer, sino por el mimetismo que él quiso satisfacer de sus miradas a ese tipo de revistas, sin más. Nunca imaginé lamer el miembro de un hombre. Cuando tragué su semen me dio asco y volví a hacerlo hasta que llegó a no importarme. Me satisfizo satisfacerle. Él también trató de saciarme a mí. desde que tuve esas experiencias me volví arisca y comencé a preparar la retirada, sin planteármelo, pero desde la distancia veo que fue así.

Los celos me jugaron una mala pasada, pero fueron premonitorios. Después de estar saliendo muchos meses juntos, lo que supuso, más que nada, una ración sexual establecida por ambos, evitó que nos viéramos los viernes con la excusa de no trasnochar y estar preparado y mentalizado para las competiciones del Sábado. Durante un mes simplemente no nos vimos esos días. El siguiente fue las vacaciones de verano y yo tenía que ir los fines de semana al chalet con mis padres. Para que Jerónimo no se cabrease los Sábados iba y venía a la sierra. Hice creer a mis progenitores que iba de fiesta con las amigas.

Durante aquellos viajes me dije a mí misma que parecía una puta que iba a cumplir un servicio. Sentía unas ganas enormes de frenar y dar media vuelta. Nunca lo hice ¿Qué me dominó para no hacerlo? No tuve a quien echar la culpa de semejante relación. Que sin embargo se tradujo externamente como amable, cariñosa, cordial y hasta maravillosa. No sé que me empujo a seguir y seguir ¿Una experiencia tan necesaria como inevitable? No lo sé. Llegué a pensar que no me importaría sufrir un accidente, pero si fuera rápido y mortal, sin quedar herida. Tal posibilidad me dio pánico.

Experimenté una doble sensación. Por una parte respiré libertad y soltura para desnudarme y palpar el cuerpo de un hombre, dándome todo tipo de caprichos placeriegos. Esa libertad la percibí como algo impuesto, sin nadie que me lo exigiese, ¡ni yo misma de manera clara! Tal vez me liberé de mi pasado y me sometí a mi relación de pareja ¡a mi relación de pareja! no a mi pareja. Es diferente. Creo que la mentalidad con que pensé y actué no se miró a sí misma. Lo que pensamos es algo que damos por supuesto como propio, y no pensamos sobre lo que pensamos.

Junto a Jerónimo su aliento me pareció tierno, la frescura de su piel fue a la par de su fortaleza y rasgos de belleza masculina. Sus caricias tuvieron un precio: mi culo, mis tetas. Sus camelos y palabras desembocaron en el coito. Lo valoré como lo mejor que puede suceder, pues no había tenido ninguna otra experiencia con la que comparar nuestra relación, ni tampoco tuve parámetros para saber qué quería yo.

Rechacé por dos veces su propuesta de penetración anal. Fue algo que no me atrajo lo más mínimo, y ceder me haría sentir un juguete suyo, ya del todo. La conquista había terminado y durante la convivencia tuve más capacidad de decisión propia. Incluso alguna vez no cedí a sus deseos de acostarnos, pues me dolía la cabeza o no me apetecía, pero simulé tener molestias gástricas. Noté su enfado, pero se le pasaba en cuanto mantuvimos otra relación satisfactoria para él. Satisfacción que yo compartí siempre, aunque por mi parte no culminase en alguna ocasión. Un par de veces me humilló delante de sus amigos, mediante comentarios jocosos sobre las niñas guapas que se desgastan de tanto mirarse. Lo dijo en general, y a modo de chascarrillo, pero me di por aludida. Cuando me mezcló con su pandilla comenzó la crisis entre él y yo, digamos la crisis de pareja, no la mía interior que había empezado con el principio mismo de la relación. Aguanté porque no vi, ni quise ver, la tela de araña que había tejido yo misma a mi alrededor. Para salir de aquella situación necesitaba una excusa, que no encontré, pues su comportamiento normal fue correcto.

Me convertí en una mujer fría y calculadora. Empece a plantearme la retirada. Tres veces accedí a mantener relaciones sexuales sin que me apeteciera nada. Lo hice para contentarle y no darle coartadas para que me dejase, ni crear tiranteces. Con lo fácil que hubiera sido decirle que ya no quería seguir ¿Fácil? No, ni fácil ni difícil, no fue posible. Podría haber tensado la situación, pero era un trance que me daba miedo, no por ninguna consecuencia, sino porque no me lo imaginaba y no quise. Me regodeé planteándome un final. Dejé de engañarme con la idea de que se podría arreglar con el tiempo, cuando nos acostumbrásemos más el uno al otro, cuando yo cediera más y más, hasta no tener para darle sexo. Me culpé a mí misma y me sentí derrotada. Pensé que no supe funcionar en la cama. En alguna ocasión fingí tener orgasmos, para azuzar su vanidad y hacerle más mía. Lo pase mal por no decir “no”, “basta” y “estoy harta” o, finalmente, “vete a la mierda”. Mi temor fue que me preguntase ¿por qué? No sabía responder a esta pregunta en mis elucubraciones. Tal introspección me ayudó a conocer los mecanismos del pensamiento y de la conducta humana que luego iba a desarrollar en mi trabajo. Lo curioso es que de cara a los demás me veían más silenciosa, o menos simpática, pero mi incertidumbre y zozobra sentimental no se vio.

No discutimos ni nos enfadamos. El silencio labró un distanciamiento cada vez más grande. Mis esquemas se rompieron. Siempre pensé que la intimidad y el amor van de la mano. Comprobé que mis sentimientos y el acto sexual se separaron. Me esforcé por mantener mis principios y me obligué a sentir amor por él. Mi corazón se hizo añicos. Únicamente yo lo he sabido, siendo la envidia del mundo por ser guapa, atractiva, rica, inteligente. Mi soledad fue una nube que se hizo niebla dentro de mí. Porque tampoco supe cómo viven las demás mujeres por dentro su relación, ni cómo es la relación de otras parejas por dentro.

Comprendo que tuvimos una concepción del cariño que van en sentidos contrarios, y cuando se juntan lo que hacen es chocarse. Creo que se puede generalizar explicando que hay una visión de los afectos femenina y otra masculina. No sé si es por una causa natural o por cultura y costumbre social. Mi pareja entendió que quedar es para follar. Yo accedí, porque entendí que se folla para querer más a una persona. Ni una cosa ni otra. O ambos ejercicios del alma y el cuerpo van juntos y se desarrollan unidos o fracasa, aunque se eternice la convivencia. Intentar esa fusión hace que el comienzo de las relaciones sean apasionadas.

Una idea peregrina que se me pasó por la cabeza fue ponerle los cuernos, para acabar de una vez por todas. Me alegraba malévolamente, en mis pensamientos, de que aquello le hiciera daño. No más que lo que yo ya comencé a sufrir por continuar con él ¿Cómo se me podían ocurrir tales cosas? pensé, pues yo jamás haría algo así. Me regodeé en idear tal posibilidad. Pensé en algún amigo suyo que me había mirado con cierta lascivia. O algún amigo de la antigua pandilla, con la que dejé de salir, desde que lo hice con Jerónimo. O un ligue esporádico. Elegí para tal pretensión, en la imaginación, a alguien maduro y comprensivo, con el fin de que me diera alguna clase sobre amar y el tacto del amor. Al ser una estrategia pensada fríamente, la desestimé con la misma frialdad, pues desembocaría en un crimen pasional. Tuve la certeza de que la reacción de Jerónimo hubiera sido muy violenta, incluso contra mí. Bromeé conmigo misma diciéndome que no era forma de acabar así.

Tal elucubración hizo que me diera por pensar en que él podría serme infiel. Algo que no se me ocurrió antes ni remotamente. Fui engreída e ignorante en el mundo de los sentimientos. Di por hecho que al ser yo el prototipo de belleza y de chica ideal para cualquiera era imposible que otra rivalizase conmigo. De todas las muchachas que merodeaban entre sus amistades ninguna podía compararse a mí en belleza, situación familiar ni en nada ¡Que simple fui!

A partir de plantearme tal posibilidad los celos me carcomieron por dentro. Pensé, de manera infundada, en principio, que hacía el amor con otras chicas. Que cuando yo no cedía a sus innovaciones se iba con otras mujeres a saciar su apetito y curiosidad sexual. Hubo noches que no pude dormir. Por más que razoné y me diera todo tipo de explicaciones me angustié con esos pensamientos. Cuando estuve a su lado desaparecían todas las sospechas. Mi corazón se calmaba y navegaba en la bonanza. Me hubiera gustado expresarle mis dudas, mis inquietudes, pero nada. Mis planes para preguntarle si me quería de verdad se vieron truncados por la inercia de nuestra relación. Llegué a quererle plantear que fuéramos a un psicólogo de parejas parea reforzar nuestra amistad y confianza. A él no parecía importarle nada, más que quedar conmigo, sus entrenamientos y competiciones. Sus historias deportivas, las cosas de la moto, cuatro carantoñas desvanecían mis sensaciones sobre estar con él y tras un beso otro beso y el idilio culminaba yéndonos a follar. La última vez la recuerdo como ordeñar la ubre de un salido. Para mí su pene se convirtió en un grifo. Cuando usó preservativo tuve la impresión de que fuera una jeringuilla, a pesar del gusto que sentí incluso en el último periodo de nuestra convivencia. Para no hundirme psicológicamente me convencí de que no sólo él me ayuntaba a mí, sino que yo también tenía que ser activa y saqué partido a la sexualidad, pero fue como masturbarme con alguien que tenía al lado.

Aprendí a pensar fríamente para desembarazarme de la situación en la que me había metido. Analicé la experiencia pasada con él y recordé momentos agradables con él, pero supe que no era cuestión de esperar. Caí del guindo y me propuse dar el finiquito, pero no encontré salida alguna. Como por otra parte pensé que tal huida era por culpa de los celos que me carcomieron, decidí comprobar mis sospechas, y si no había nada darle una oportunidad y dejar que transcurriera nuestra convivencia, suponiendo que de esa manera sucede en las demás parejas.

Empecé a indagar pormenorizando comentarios que hizo irónicamente sobre las prostitutas delante de sus amigotes. Se vanagloriaban los demás de sus hazañas y tomaduras de pelo a otras chicas. Jerónimo estando yo no hacía comentario alguno, pero reía las gracias de sus compañeros. Lo cual me dio que pensar. Nunca me di por aludida, pero al rebobinar até cabos sueltos. Uno de ellos, Tomás, contaba cosas de chulo de barrio sobre una amiga y otra amiga, a las que trataba de barraganas suyas. Yo jamás lo pensé de Jerónimo, hasta que me hice una situación de lugar y vi que son del mismo ambiente. Forman grupo y corrillo en la que se desprecia a la pareja de los demás. Es una manera de mantener las distancias, pero también de humillación. La mujer, en tales ambientes, es del macho al que pertenece, y le pertenece a él literalmente. Y como cualquier otra propiedad no puede pertenecer a otro, pero el amo sí puede tener otras fincas. Nadie se puede meter en el terreno del otro, o lo hace a riesgo de pagar por hacerlo, como cualquier ladrón. Me di cuenta que ya no podía, ni siquiera, ir a tomar un café con otro chico. Es como entienden el amor ¿Amor? No lo sé.

Analicé que Jerónimo es igual que sus amigos, algo obvio que debí suponer, pero no, no lo quise ver. Más bien le hice especial. No tengo la certeza de que pagase a otra mujer por joderla analmente, pero estoy segura. Una vez uno de ellos comentó que ir de putas, pero pensar en la pareja no es poner los cuernos y que pagar por hacerlo es una escapada, no una traición. Yo lo oí, pero no estaba en la conversación. Jerónimo rápidamente se zafaba de tales comentarios para estar conmigo. Pero luego siempre estaba con ellos. Es su ambiente.

No me gustó que la primera vez que le dije que no podíamos hacer el amor, debido a que me bajó la regla, pusiera cara de asco y que me exigiese usar la boca para satisfacerle. Los pensamientos se acumularon en mi mente. Faltaban pocos meses para cumplir el primer aniversario de salir juntos. No quería llegar a esa fecha, para no sellar nada con él. Decidí terminar fuera como fuera. Me armé de valor, e incluso me planteé que si no daba ese paso me suicidaría. Lo pensé en serio. No pude más, especialmente cuando era vista nuestra relación como modélica y envidiable. En el balcón de mi casa me puse heroica recordé la frase de la protagonista en la película “Lo que el viento se llevó”, que más de una vez vi con mi madre: “A Dios pongo por testigo que nunca más volveré a ver a Jerónimo”, me dije.

Me fue imposible decirle que ya no le quería, que me había equivocado. Este mensaje fue un disco rayado que quedó bloqueado más allá de mi garganta. Nuestra relación era el prototipo de pareja feliz, novios a largo plazo, sin concretar un proyecto de vida. Era cuestión de aceptarlo de esa manera, sin pensar más o sin hacer caso a lo que se piensa. Debido a tal tesitura que experimenté no supe qué hacer ni cómo hacer algo. Necesité una excusa, pero había que encontrarla. Decidí confirmar mis sospechas, respecto a su fidelidad. No fue difícil. Un viernes cogí el coche de mi hermano Álvaro. Esperé a que Jerónimo saliera del gimnasio. Se trasladó en un automóvil con un grupo de amigos, y en otro coche iban también otros. No pude creerlo, que entrara a aquel antro, teniéndome a mí. La rabia que sentí fue satisfacción interiormente. Supe que fue el final de nuestra relación. Reí y lloré al mismo tiempo.

No quise dejar ninguna escapatoria a Jerónimo. Adquirí la fuerza de una leona. Por acto reflejo fui a una cabina de teléfono. Llamé a información. Después al puticlub. Pregunté si necesitaban chicas. La mujer que contestó se mostró extrañada. Me dijo que tenían suficientes chicas, pero que dejase mi teléfono y me llamarían para hacer una entrevista. Quise preguntar por Jerónimo, pero no me atreví.

Mi corazón se congeló. Pensé esperarle a la salida ¿Llamar otra vez y preguntar por él para mandarle a la mierda? pensé. En realidad era la excusa que estuve buscando. Comprendí de manera automática mi relación con él. Se ama a sí mismo, pero a mí me ocurrió otro tanto. Aprendí a no culpar a nadie. Tampoco a mí misma. En un segundo adquirí una visión práctica de la vida y me fortalecí.

Jerónimo me llamó, como de costumbre, el sábado al mediodía. Llegó de una competición y quiso que quedaramos por la tarde. No estuve para él, lo cual se lo hice saber a Mari, la sirvienta. Mi madre se interesó por el desplante a aquel muchacho. Para ella no fue más que un amigo especial con el que quedé para ir al cine y a bailar en la discoteca. Mi versión familiar fue que quise evitar alargar una relación que no iba a llegar al noviazgo ni a nada. Llamó durante toda la tarde. También hasta diez veces los días siguientes. El Miércoles cogí el teléfono por sorpresa. Noté que se quedó cortado.

– ¿Qué pasa? ¿Te has olvidado de mí? ¿Sabes que he quedado finalista para el campeonato nacional?. Te he dedicado el triunfo a ti. ¿Cuándo nos vemos?

No quiero volver a verte – Le dije impávida

¿Qué? – Le noté aturdido totalmente.

Que hemos terminado – Se enfadó, pero moderó su tono de voz.

– ¿Qué dices? ¿Por qué? ¿Qué te he hecho? ¿Qué quieres?

Nada. Haberlo pensado el viernes. Lo sé todo. – Estoy segura de que supuso que sabía más de lo que dije. Vi sus ojos llenos de lágrimas a través de su voz. Me pareció patética su actuación. Yo quedé satisfecha. Creo que fue en ese momento cuando me hice a mi misma.

Te juro que no, que no ¿Quién te ha ido con el cuento? ¡Dímelo que le mato! Te lo aclararé todo. te juro que haré lo que tú quieras. Te quiero. Por favor deja que te vea ahora mismo. Dime que me quieres.

No, no te quiero. – La distancia del teléfono me envalentonó. En ese momento le odie. El se sintió dolido en su orgullo. De todas formas, a pesar de lo que ocurrió él me quiso a su manera. Al oír mis palabras con tanta seguridad y aplomo se encolerizó. Gritó de manera amenazante. Explicó que no me iba a dejar salir con otro. Que yo era de él. Me dio pena y rabia escuchar su ira. Colgué y descolgué seguidamente para evitar que diera la lata.

Al día siguiente me paró en la calle cerca de mi casa. No me asustó ni tuve miedo.

Si quieres volvemos a empezar de cero. No va a volver a suceder nada.- Di la callada por respuesta. Había terminado todo entre nosotros. Tuve la sensación de que nunca existió. Me resultó extraño verle tan violento. Se puso a insultarme en voz alta. Me zafé de su mano, con la que agarró mi brazo. Paré un taxi que pasó y me fui alegre y dichosa de volver a ser yo misma. La escena llegó a oídos de mi padre. Pasado un año supe por mi madre que Jerónimo volvió a llamar. Mi padre le amenazó con llevarle a los tribunales y cerrar todos sus negocios si volvía a acercarse a mí o si volvía a molestar llamando. Nunca más supe de él, excepto a través de la prensa, cuando ha ganado varios campeonatos importantes de karate. Fue medalla de bronce en las Olimpiadas. Nuestra relación terminó y también desapareció. Percibí como que nunca fue real. Es ahora al recordarla cuando se convierte en pasado. Fue y es una curiosa sensación que no sé a qué se debe.

Terminó un episodio de mi vida, sin haber comenzado a vivir ¡Vivir! que largo camino. Pienso que aunque hubiera recorrido todos los años de mi vida nunca hubiera vivido de no conocerte a ti. Eres mi vida, vida mía.

¿Qué es el amor? ¿Qué hacer el amor? ¿Qué es convivir? Los deseos se buscan, las quimeras se sueñan. Vivimos dentro de espejismos y las realidades se convierten en cuentos. El tiempo se acelera y aplasta cualquier pensamiento. La vida empuja y arrastra a nuestra existencia. Somos vorágine, cuando se calma muere para convertirse en otro ser ¿Adónde nos lleva la vida? ¿Al amor? ¿O a infinitas quimeras y melodías que llamamos amor? ¿O es entelequia enloquecedora de quien cree en ella, lo mismo que el fanatismo hace real su delirio? La vida es vivir.

Dejé pasar el tiempo. Me volqué en los estudios de mi carrera universitaria. Fui una hija ejemplar para mis padres. Buena amiga de mis amigas. Mostré cortesía y agrado con los compañeros de clase y con las chicas y chicos de la pandilla que formamos en la Facultad. Estuve muy a gusto y me lo pasé muy bien. No eché de menos tener una pareja. Salí escaldada y había quedado escarmentada. No tuve prisa en buscar un novio. Me planteé que es mejor dejar que surja una relación. Reconocí que con Jerónimo el error había sido imponerme tener un novio y no haber esperado que surgiera un proceso de sentimiento gradual, de amistad, de cariño. Todo se redujo a una atracción y mantener ésta como sustitutivo del amor. En el ambiente en el que me moví no hubo ningún chico que me llamase, especialmente, la atención. Nadie que me hiciera tilín, aunque sí hubo varios con los que congenié muy bien. Comprendí que puede haber amistad, incluso salir con un chaval sin necesidad de nada más.

Durante las vacaciones del segundo año de carrera mantuve una aventura fugaz. Fui con Mayte y Rosa a pasar un fin de semana a Santander. Por la noche fuimos a una discoteca. Allá me topé con un mozo que en apariencia es algo mayor que yo. Me propuso tomar algo con él y acepté sin pensar, a lo tonto. Me descolgué de las amigas y sus primos, para charlar. Coincidimos en que nos gusta más escuchar la música que bailar. Nos inundamos de aquel ambiente. A él le gustaba escribir poesías. Me dijo que ganó dos concursos y que le iban a publicar un libro de versos. Gran lector, mantuvimos una conversación culta con toques de romanticismo. Me sentí muy cómoda con él. Le dije que mi nombre es Alicia, porque no quise dar un paso más allá de la mera conversación. Me inventé una historia sobre mí, absolutamente falsa.

Me alegró y enorgulleció que admirase mi belleza, hasta el punto de quererme convertir en una musa. No me tomé demasiado en serio esa categoría literaria con la que me invistió. Me acarició la mejilla con deseo inocente, con suavidad y ternura. Sentí su mirada como un pincel que da forma a los rasgos de quien le mira. Besome la mano y una chispa de beso en los labios iluminó nuestras sonrisas. Me tembló la barbilla. Cada respiración me llenó de luz. Tuve ganas de bailar y de correr, lo cual se lo hice saber en una conversación que duró horas y horas. Hablamos de nuestros sueños, de la infancia perdida, de futuros castillos en el aire que ambos diseñábamos a nuestra manera. Fui sincera, dentro de una historia en forma de escondite. Tal ocultamiento me permitió sacar lo mejor de mí con simpatía, espontaneidad y alegría. Y, sobre todo, con seguridad en mí misma.

Anduvimos cerca del mar ceñidos en la noche. La tenue luz de las farolas y el resplandor de la lejanía, el sonido de las olas y el aire embelesaron unos pasos imprecisos. Nos asimos las manos. Me abrazó y le besé. Corrimos unos tras el otro para ser pirata y princesa, marinero y lozana, poeta y horizonte. Compartimos los latidos del corazón. Nos respiramos, al hacer de inspirar y espirar un oleaje.

Cuando me dijo que yo era maravillosa que me quería y que me amaba le creí y me creí a mí misma. Y fue algo maravilloso en aquel momento. Fui auténtica,, aunque fuera con una careta y quisiese que aquello no saliera del instante en que estuvimos poéticamente unidos. Supe, y creo que así hubiera sido, que de alargar lo que fue una coyuntura sentimental, habría desaparecido. ¿O tal vez no? Yo había tomado la decisión de antemano y, quizá por eso, fue un instante tan delicado y bonito. Saboreé ese episodio de querer con todo mi alma.

El habló con palabras de muros infinitos, de versos eternos que nos atasen a los dos, de océanos sin fin y besos sin final. le dije que prefería que aquel encuentro fuera un sueño. Él tomó tal expresión como una metáfora, pero fue lo que le quise decir realmente.

Llegamos al recoveco de un gran paseo marítimo. Se oía el choque del agua con las rocas del acantilado. Emanó de nosotros una nube de éter. El aire se hizo cristal fundido a nuestra piel. Para Dámaso fue un encuentro con su destino y tocó la eternidad del corazón humano. Para mí fue aquel encuentro una chispa muy bella, pero chiribita sin más, un juego de juventud, una ola sin mar.

Mi cuerpo llevaba dos años dormid sexualmente, aunque creo que no había despertado del todo. Muy de cuando en cuando un atisbo de tentación saciada, mediante una frotación rápida a las que no di importancia, me hicieron sentir el latido de mi genitalidad. Superé mi sentimiento de culpa respecto a mi primera relación sentimental. Leí varios libros sobre educación sexual, para formarme y saber sobre ese tema, pues se convirtió en eso, en un tema. Supe lo del punto G y determinadas prácticas sin que me llamasen la atención.

Cuando Dámaso acarició mi rostro vi que sus ojos chocaron con mi mirada. Me sentí llena. Su delicadeza, su arte amatorio que brotó del momento fue un instante de belleza viva y palpable que hizo que nos sumergiéramos en el placer.

Cogió mi cara como quien recoge el agua de una fuente, para beber mis besos, y le acaricié sus mejillas con mis labios, y mi lengua reptó por su paladar. Mi cuerpo se erizó. Mi piel se inflamó y sus besos en mi cuello fueron gotas de un mar de deseo y anhelo que nos envolvió. Le abracé y apreté su cuerpo contra el mío. Y nos agitamos uno contra el otro, fuimos ola contra ola. Fuimos sirena y velero, resplandor y luna, arena y espuma, versos y llanto de Kalil Gibrán, a quien leí, casualmente, muchos años después. Aquel poeta libanés es el único ser que comprende mi corazón.

Con exquisitez y ternura Dámaso me susurró si podía. Fui suya y necesité fundirme con él y con aquel momento, porque miles de corrientes de luz zigzaguearon en mi carne. Le acaricié el pene y los testículos sobre el pantalón. Masajeé sus partes. Sentí su retorcimiento, que fue también el mío. Nos movimos en una danza ritual de pareja. Me desabroché el pantalón. Él me adoró. Siguió bajando el telón que cubre la desnudez. Se arrodilló y besó mi pubis, leyó placer en mi piel. El roce del aire arrancó mis suspiros, él fue aire dentro del aire. Sus besos y lamidos intensificaron el goce. Moví la cintura para cavar más y más placer en su boca. Sus roces lentos y rápidos, de labio y lengua, transformaron mi piel púbica en agua antes de hervir. Vi las estrellas y al cerrar los ojos también.

Tiré de sus pelos para que se levantarse. le ayudé a bajarse los pantalones y la muda. Quiso penetrarme, pero no acertó. Le besé la nariz y con la mano coloqué su miembro en la oquedad. Le dije que cuando fuera a echarlo saliera. Él dijo sólo que sí. Su mástil navegó dentro de la cueva de mar con suavidad. Apoyada sobre un muro me emocioné al ver una lágrima recorriendo su faz. Agitó, agitó, agitó su pelvis llegando la tempestad. La ola de su piel chocó en el bergantín de mis deseos. Un grito salió de mis adentros y se hizo noche con la noche, brisa con la brisa. Noté el goteo de su semen sobre mi vello pubiano.

Acarició mis muslos, mis nalgas, después del estallido, y eso me gustó. Sonreí a la vida. . Sus besos gotearon mi cara. Su tacto tuvo brillo como estrellas de labios. Su aliento sembraba aromas, y un amor infecundo se hizo suave. Esculpió un poema de versos inconclusos sobre mi piel, como pasos de gato. Al tiempo que me vistió desnudó mi piel satisfecha. Seguimos paseando con silencio. Al rato recitó un poema mirándome a la cara. Y seguimos. Me acompañó al hotel en que estuve hospedada. Amanecía y quedó para comer conmigo. Le besé sin dar ninguna respuesta.

Mis amigas no habían llegado todavía. Ellas tuvieron una aventura. Yo un sueño que abandoné con remordimiento. No las conté nada. A la una del mediodía me levanté con pereza para marcharme a la estación antes de que él llegase. Dejé una nota en la, para mis amigas. Puse que recibí una llamada urgente, no grave, de parte de mi familia. Me encontré en recepción con un ramo de flores para mí, una nota con un poema escrito y una cita. Me fui. Sin huir me marché dejando las flores. Ni tan siquiera miré nunca atrás. Ni rememoré aquel momento, por respeto a Dámaso. Ahora recuerdo aquel encuentro con la belleza de la distancia y me parece un hecho incierto ¿Por qué no me paré en aquel momento? No me planteé nada. Pienso que no fue mi parada. No puedo justificar mi ausencia. Alargar algo maravilloso es perderlo. Evité la agonía de una sonrisa que se hizo eterna porque no cambia el gesto. me pregunto si no fue consumir un trozo de amor en forma de aventura, igual que se toma una Coca Cola. Nunca más he sabido de Dámaso. Me he hecho muchas hipótesis sobre sus sentimientos. Quiero llorar y no me sale el llanto. Fue un trozo de placer que se tragó el mar en aquel rincón. Cuando he comenzado a leer libros me recuerdan a él. Veo en los versos su mirada y las palabras son lágrimas cuando se van.

Pasaron dos años, durante los cuales me dediqué a estudiar con empeño. Salí a cenar con amigos y amigas en pandilla. Fui al cine y a conciertos, pero nada a discotecas. Tuve aversión a tales ambientes. En los bares nocturnos hicimos reuniones de camaradería. Esquivé halagos e hice resbalar acercamientos Quise estar sola y hacerme fuerte. Navegué en el seno de mi familia con ocupaciones rutinarias. Fue una etapa feliz, en cuanto a ausencia de problemas y desgracias.

En las navidades de cuando cursé cuarto de carrera fui a cenar con mis hermanos y amigos y amigas suyos. Vestí de fiesta. Estuve radiante, para mí y para los demás. Fuimos veintidós comensales. Uno de ellos fue Javier. No me fijé especialmente en él. La primera impresión fue de ser un chico simpático y dicharachero. De imagen: una buena planta. El típico guapetón, pero sin ser un bombón. Le catalogué como hice con los demás, sin imaginar que me acercaba a otro puerto de mi vivir. Estuve al otro lado de la mesa, de donde él se sentó, dos posiciones a la izquierda. Cruzamos algún comentario, bromas jocosas, cotilleos de cierta ironía respecto a algunos personajes de la vida pública. Cuando Irene me presentó a quienes no conocía me indicó que Javier es hermano de una amiga de quien fue la novia de mi hermano.

El comentario respecto a Javier fue que es muy rico y que iba a serlo mucho más. Noté cierta celestinidad en las palabras de Irene, pero en un ambiente propicio de chanza. Durante los postres los chicos de mi alrededor comentaron con él algunos asuntos sobre negocios, de manera muy escueta y como si hablaran en clave, sobre cosas conocidas por ellos. Mi hermano fue abogado de un gabinete que trabajaba en la empresa de Javier, pero por libre. Preparaban una expansión del negocio, para lo que iban a invertir en una estructura de exportación que les hiciese completar su mercado nacional y convertirse, de esa manera, en una multinacional. Metí baza en la conversación, con alguna pregunta y sobre generalidades, como que hay que mantener un criterio de estabilidad financiera, o que hay que diversificar los riesgos. Javier se lució esbozando lo que es un análisis de creación de valores al reforzar el valor de la inversión de capital mediante el accionariado en Bolsa.

Me quedaba aquél y otro año de carrera. Iba a realizar un master sobre periodismo económico y la especialidad de mercadotecnia. Preparé una tesis sobre la estrategia de inversiones publicitarias, por su importancia para crear mercados y fuente de generación de empleos. Me basé en la idea de que la comunicación social de un producto es una imagen que hay que producir, como si se tratara de una industria más. En la sociedad industrial no puede haber productividad eficiente sin una estrategia de mercado global, pero la oferta debe guiarse por una oferta de deseo, es decir de la productividad de demanda y extender ésta lo más posible, lo que lleva la rentabilidad al terreno de la demanda eficiente. Tal estudio fue pionero en España y extrañó que fuera una innovación teórica propuesta por una mujer. Algo comenté de este trabajo en la cena de amigos en la que conocí por primera vez a Javier. Por entonces esta teoría la tuve simplemente esbozada, pero sentí pasión por defenderla y estudiarla. El grupito que me rodeó en la mesa aplaudió mis palabras técnicas,un poco por cachondeo. Me sentí muy orgullosa.

Después de la cena fuimos andando a un pub para tomar una copa. Hasta llegar a él Javier entabló conversación conmigo. Me preguntó por lo que había contado, un poco de pasada le conté mi proyecto de crear una gran empresa de marketing. La novedad sería no ser una mera gestora de campañas de publicidad de diversos productos, sino que el objetivo sería diseñar estrategias de mercado. Diversificar la producción de imágenes de un producto y generalizar la información social en diversos ámbitos, lo cual sería esencial a la hora de convertir la imagen de los productos en un valor cotizable en Bolsa. Quedó prendado, y yo de mí misma también, al comprobar lo segura que me mostró. Directamente me ofreció trabajar con su empresa. Para él el problema de España fue el que las ideas geniales quedaban guardadas, olvidadas y se desprecian a la espera de comprar las mismas o parecidas cuando vienen del extranjero. Me empujó, desde el primer momento, al éxito. Los amigos y amigas nos echaron en cara que habláramos de negocios en una noche festiva. Cambiamos de tema y nos dispersamos entre los demás.

Al despedirnos quedamos en volvernos a reunir en las navidades del año siguiente. Javier, antes de salir del Pub, se acercó a mí.

Me gustaría, en serio, continuar la conversación de negocios. Mi propuesta es firme Te veo con mucha decisión y talento. Segura de ti misma.

Gracias – le dije – Iré a verte, cuando termine la carrera. Le pediré a mi hermano la dirección de tu empresa.

También – Se mostró indeciso

– ¿Qué?

Que eres muy atractiva, muy guapa.

Gracias. – La verdad es que no me esperé ese piropo. Sonreí radiante y recuerdo una alegría inmensa, sin plantearme nada. Había aprendido que debo dejar que las cosas surjan por sí mismas, que los sentimientos tienen un camino que a veces desconocemos y hay que dejar que sientan sinceramente.

– ¿Te importa que te llame y que hablemos de negocios, de nosotros, de todo un poco? – Se reía y yo con él.

. – Fue mi escueta respuesta. Le dicté el número de teléfono, que apuntó en un posa vasos de aquel pub.

Percibí de manera directa, sin un argumento concreto, sin pensar, que nos emparejaríamos. Me cayó bien. Yo a él también. Pero no di más importancia a nuestro trato inicial. No quise volver a salir escaldada ante una nueva relación de pareja. Supe, por comentarios, que sus padres, los dos, son farmacéuticos. Él estudió para farmacéutico pero se propuso hacer una empresa de medicinas, productos fitosanitarios y dietéticos. Su objetivo fue pasar de familia millonaria a ser multimillonario. Supo que a partir de la liberalización del mercado de medicamentos se podría hacer un gran negocio. Tenía muchos pájaros en la cabeza, pero también una fortuna a sus espaldas, por lo que pudo emprender esa aventura como hombre de negocios. Fue educado conmigo en sus primeros encuentros y no parecía que se obsesionase con saciar su apetito de chica de manera inmediata y abrupta. En un somero análisis pensé que era un buen partido Formal, apuesto, al menos de buena presencia. Le coloqué como un posible candidato, y hasta entonces el único. Me propuse no perderle de vista, pues tomé conciencia de que el tiempo transcurre con más prisa que nuestra vida y se me podía pasar el arroz. Por aquel entonces asumí que mi belleza es un capital con el que se puede invertir para conseguir una buena pareja, y lo de buena incluye posición económica.

Mi último año de carrera lo dediqué al proyecto de fin de curso y a la tesis de contabilidad y estrategia de mercados financieros, desde el punto de visa de la información. Fui consciente de que ésta es un producto más, incluso comprobé que la información política y social también. Tener las ideas claras me permitió apuntar a una meta importante. Me convertí en una ejecutiva de éxito. La empresa de Javier se apuntó al convenio con la universidad, por indicación mía. Elaboré un trabajo, que luego lo aprobó la junta de accionista de la que Javier fue el Director General. Luego pasó a ser Presidente de la gerencia. Trata sobre ampliar la inversión a productos de parafarmacias. Desdoblar la estrategia empresarial en una línea de productos clásicos que inciden en el capital financiero de la empresa, mediante su cotización en Bolsa, y otra parte del capital en la extensión del mercado, en competencia con nosotros mismos, para lo cual se necesita una red de empresas. Incluí editoriales para hacer revistas sobre salud, tiendas especializadas, teniendo en común el capital aunque cada empresa fuera diferente. Lo que las uniría también sería la empresa de imagen, la cual iba a ser yo su gerente principal.

Empezaba en la sociedad mercantil una etapa de venta al por mayor de pastillas para el dolor de cabeza, jarabes para el catarro, productos para aliviar el dolor, picores, cremas para las hemorroides, aparatos para medir la tensión, polvos para evitar la sudoración, pastas dentífricas, sustancias para levantar el ánimo y la lívido. Todo impulsado con anuncios por televisión, radio y prensa, como decíamos en el argot: “por tierra, mar y aire”. Estudié estadísticas sobre la población de pacientes y analicé el porcentaje de hipocondríacos, a quienes se enfoca una parte de la venta de estos productos. Comprobé, con un equipo de sociología, que cada vez se rinde más culto a la salud y al cuerpo. En una segunda fase iba a ampliar el mercado a productos de belleza. La variedad que diseñé de productos fueron para la salud, desde termómetros digitales a papillas con vitaminas y otras mercancías que luego surgen sobre la marcha.

Javier y yo nos convertimos en los directivos más jóvenes del grupo empresarial de la primera multinacional farmacéutica española. No tardó en estudiarse la fusión con otra empresa del ramo alemana. Actualmente cotiza en Bolsa. Llegamos a analizar seriamente formar un emporio con la fusión a varias empresas coaligadas en un trust de Estados Unidos para entrar en el índice bursátil Jones.

Javier y yo nos hicimos novios por afinidad, por coincidir en proyectos. La vida fue un imán que atrajo nuestros destinos. Sin decir nada el uno al otro, para sorprenderme él a mí y yo a él, cuando fuimos medio novios, salió un reportaje sobre cinco personas jóvenes emprendedoras. Una de ellas fue él y otra, de la Universidad, yo. Lo celebramos yendo a cenar juntos. Luego asistimos a una representación de teatro. La obra fue Pepinete. Me dio mucho qué pensar aquel drama, de un autor poco conocido, pero que aportó grandes innovaciones en el pensamiento del teatro contemporáneo, según leí en el folleto que dieron al entrar en la sala. Mientras duró el espectáculo empecé a pensar sobre el sentido de la vida, sobre ser de una u otra manera, pero se evaporó al salir. El torbellino de los negocios en puertas, del final de carrera se convirtieron en mi pasión, en mi vida entera y asumí la responsabilidad de llevar a cabo mis sueños porque me sentí fuerte. Javier me dio estabilidad, no sólo en el negocio, sino personalmente en el ámbito afectivo. El triunfo en la vida de los negocios iba a ser total y abrumador.

También toqué el cielo en mi vida afectiva y emocional. Encajé perfectamente con Javier y cada vez le quise más. No nos cupo la menor duda: estuvimos hecho el uno para el otro. Nuestra relación fue un foco permanente de felicidad, para ambos, y para nuestras respectivas familias.

Comencé a verme con Javier desde el día que quedamos. Repetíamos, siempre que pudimos. generalmente los fines de semana, pues él viajaba mucho. Lo cual a mí me permitió disponer de un horario muy amplio para completar los estudios y los proyectos. Nos veíamos los fines de semana. No obstante él me llamaba todos los días. En las conversaciones tonteé con él. Me salieron bromas espontáneamente, hablé con fluidez, sin necesidad de pensar qué decir. Congeniamos a las mil maravillas. Aunque no tuviéramos nada que decirnos nos decíamos cosas.

Una vez que me llamó desde Singapur le dije:

Seguro que por allá ligas mucho

Sólo por teléfono. Al menos lo intento, pero no sé si lo consigo

Tonto, adivínalo – le dije tímida y a la vez contenta –

No, dilo tú

Te quiero – Y colgó.

Al día siguiente me llamó diciendo que se había cortado la línea. Le dije que no le oí decirme adiós. Volvimos a jugar con las palabras. Terminó diciendo lo mismo. Le pedí que me lo dijera a la cara. Le reté a que lo hiciera.

Durante la espera del reencuentro me masturbé en dos ocasiones al acostarme. Una vez pensé que estaba sobre mía haciendo el amor. Otra vez lo mismo en un coche de lujo. Las descargas de placer colmaron mi ansiedad. No estuve nerviosa en la antesala del encuentro. Entre él y yo se formó un clima de confianza muy majo.

Una de las veces que pensé en él me había acostado desnuda. Me regodeé rozándome con las sábanas. No tuve el ímpetu de cuando adolescente. Tampoco daba ya vueltas sobre mi autosatisfacción. Lo tomé como un trago de goce sin más transcendencia. Lo que sí tuve claro fue que nuestra relación tenía que ir despacio, y dar tiempo a que sucediera el encuentro físico. Estuve dispuesta a marcar mi propio ritmo, sobre todo para no estrellar nuestra unión en una pasión fugaz, o hacer de la misma un espejismo. No hizo falta ninguna estratagema, ni discutir, ni aclarar nada. Ni dobles sentidos. Tuvimos una misma visión del tema, supongo que fruto de una educación similar, al vivir en ambientes parecidos.

Cuando nos vimos me saludó diciendo: “te quiero”. Me asió las dos manos y me besó fugazmente en los labios. Le brindé una sonrisa y le dije que yo a él también. Anduvimos, asidos de la mano, como si nos conociéramos de toda la vida. Me dio la impresión de ser amiga de él desde la infancia. Se lo hice saber y el me confirmó que le pasaba lo mismo. Le comenté de que fuéramos amigos y esperar a ser novios, con la implicación que eso tiene de futuro matrimonio, porque quise dar tiempo al tiempo y consolidar nuestro cariño, para que fuera amor. Me quedó un poco cursi, pero él me comprendió perfectamente y asintió en todo lo que le dije. Comentó que si no éramos novios, al menos medio novios. Fue el ideal de persona. Ni haciéndole a medida hubiera encontrado alguien mejor que él.

Hablé de negocios con mi padre y le conté lo de mi acercamiento a Javier. Se puso muy contento, pero me avisó sobre ir con cuidado: “vista larga y paso corto”. Le conocían muy bien, pues es de familia importante en el mundo de los negocios y él había despuntado públicamente.

– No pierdas a ese muchacho por nada del mundo – me dijo – Tú no necesitas dinero, pero él es una persona que te conviene al cien por cien. No creas que en el mundo hay muchos hombres para ti. Lo que más quiero en el mundo es que seas feliz –

Mi padre acordó, de acuerdo con mi madre y mis dos hermanos hacer un depósito del capital familiar para establecer mi empresa y , en caso de que fuera una realidad la unión conyugal con Javier, participar con fuerza y paritariamente, con la otra parte del capital. Al menos en el sector que a mí me incumbió, ya que en el conjunto financiero de la familia de él era imposible.

Cuando terminé la carrera había montado ya mi empresa. Contraté a compañeros de Facultad y amigos de la familia como asesores financieros Comencé con siete empleados, dados de alta y cuatro años después conté con seiscientos nueve asalariados directos y un cuadro de doce directivos y catorce comerciales y ejecutivos.

Con Javier comencé relacionándome como amiga suya. Una amistad que creció, creció y creció hasta convertirse en amor. Un amor apacible, cariñoso. Es seis años mayor que yo, lo que no fue óbice para congeniar perfectamente. Fuimos al cine, a cenar junto con amigos, de su parte y de la mía, creándose una simbiosis de amistad colectiva muy bonita.

Los domingos por la mañana comencé a asistir a misa para acompañarle. Me presentó a sus padres, de manera cordial, como amiga. Tomábamos el vermut, gambas a la gabardina y aceitunas rellenas rodeados de conocidos y amigos. Volví a misa por inercia. Javier es creyente, pero a su manera, sin exagerar ni aspavientos de fe. Fue una manera de tener un tiempo fijo de encuentro, una costumbre más social que religiosa, pero también con este aspecto. Trasmitía bondad, lo cual contrasta con la manera de ser de los negocios de alto nivel, en los que hay que ser un tiburón financiero, irremisiblemente ambicioso, no tener perjuicios ni condicionantes morales. Aprendí a que tales cualidades en la empresa son poses, una interpretación, una herramienta lo mismo que el pico para cavar una zanja, por parte de un albañil.

A la salida de misa, durante el aperitivo o los saludos domingueros, se contacta con mucha gente del ambiente. Se tantea a los conocidos, sobre alguna confidencialidad que pudiera ser útil, sobre todo el decir: “habla con…”. Algo tan importante o más que una buena gráfica o un estudio de contabilidad. Funciona el favor por favor, hoy por ti mañana por mí pero todos tienen claro que las parcelas de cada cual están muy limitadas a uno mismo.

Cuando habían pasado cuatro meses ya nos asíamos la mano en público. Empezamos a pasear abrazados. Nuestro compromiso se afianzó. Volvíamos de asistir a un concierto cuando nos quedamos mirando un escaparate de cuadros. Uno de ellos fue un ángel con un arco. Sin mediar palabra me besó la mejilla. Yo a él los labios y nuestras bocas se saborearon dejando que aquel Cupido fuera testigo. Al día siguiente recibí en casa el cuadro como un regalo muy especial. Lloré de alegría. Fue todo un detalle. Le pedí a la sirvienta que hablara con Juan, el mayordomo, para colgarlo en mi cuarto, a la cabecera de mi cama. Yo antes de recibir el suyo, le envíe también un regalo: una ensaimada de cabello de ángel. ¡Qué gracia me hizo aquella coincidencia! Me sentí su alma gemela, supe que éramos la media naranja el uno para el otro. Él la comió con sus padres, pero me guardó un trozo. Me dijo que yo era la dulzura de su vida. Me emocionó oír tales palabras, de manera sencilla y llana. Quise llorar y mis ojos se llenaron de lágrimas de alegría. ¡Qué cariñoso! ¡Qué delicado! Sinceramente estallaba de alegría. Se mostró elegante, con un saber estar exquisito y galano.

Tuve amagos de miedo al comienzo del idilio, en tanto y cuanto pudiera terminar, pero no me imaginé cómo. Temí que fuera algo tan perfecto, tan bonito, que no pudiera ser verdad. A su vez me consideré merecedora de tal dicha y más, pues ser bella, rica e inteligente me hacía merecedora de tal don, pensé siempre y en todo momento. Por su manera de ser y la mía consideré que seríamos capaces de enfrentarnos a cualquier dificultad del tipo que fuera. Teníamos voluntad de triunfo, no sólo para el mundo de los negocios, sino que tal actitud empapó lo más íntimo de nuestra existencia. Estábamos convencidos de estar hechos de madera de triunfadores. Recuerdo la definición de bienestar que aprendí en un curso sobre dirección de empresa: buen negocio, buena familia. Cumplí todos los requisitos para que me tocase aquella lotería.

Un domingo de Abril, llevamos a sus dos sobrinos al parque de Atracciones. Lo pasamos estupendamente. Cada niño y niña que pasaba en un cochecito le dábamos un nombre. Mientras los sobrinos montaban en los juegos y artefactos que se mueven a toda velocidad, tonteamos. Con aquel juego le dije que si él fuera un bebe, yo le llamaría “poto poto“. El me llamó a mí “piti piti” y tal fue el mote cariñoso que nos quedó para nuestra intimidad ¡Qué tontería!, pero que bonito. ¡Qué escenarios de encanto fabrica el amor. Me consideré envuelta en una niebla de emociones. Los besos en la mejilla y, fugazmente, en los labios saltaron por doquier.

Tras dejar a sus sobrinos en casa y cenar con los padres de éstos, fuimos en coche hasta la plazoleta. Desde allá me acompañó andando. En los soportales de aquélla nos besamos en la boca, saboreando profundamente nuestras lenguas saltarinas, que pincelaban retazos de gusto. Parecíamos dos niños que comen un helado. Me sorprendió, y, al mismo tiempo, me agradó, que no fuera avaro ni ansioso de caricias más íntimas. Demostró ser todo un caballero No me propuso nada más. Sirvió de terreno común que nos entregó el uno al otro. Yo estuve entregada en cuerpo y alma a él, pero respetó los tiempos. Dejó que evolucionara nuestra relación para que todo llegue a su debido momento. No fue por mojigatería, sino debido a una forma de ser. Tuvimos tal confianza que hablamos del asunto y yo aproveché para dejar calara mi postura sentimental, o mí estrategia de pareja, con la mejor de las intenciones y de acuerdo a unos objetivos que iban a facilitar que nuestro encuentro fuera perenne.

– ¿Quieres que un día jugueteemos juntos? – me dijo.

Ya jugueteamos

Pero más

Sí, pero quiero esperar a terminar la carrera. Más que nada para darnos tiempo, para conocernos mejor. Te amo mucho y no quiero que nos precipitemos – No quise, pues fue un temor latente que tuve, en cuanto que una relación sexual agotase nuestra atracción mutua.

Vale. Yo no hago el amor con estudiantes – Se lo tomó a broma y se rió a carcajadas. A mí el corazón me dio un respingo. Duró un segundo. Me pregunté si me comparaba con otras. No quise entrar en ese terreno, pues no quería abordar ni reconocer mi historia. – En serio, prefiero ir despacio yo también. Eres el amor de mi vida y te quiero para siempre. Y deseo que seas la madre de mis hijos – ¡Qué felicidad escuchar aquellas palabras! Me acurruqué en sus brazos.

No quiero que pienses que soy una niña tonta. Te quiero en todos los sentidos – Quedamos un rato en silencio. Nuestros latidos palpitaban al compás. Mimosamente le comenté una sospecha que me asaltaba el pensamiento – ¿No irás a mis espaldas con otras ?-

Javier me aseguró que jamás me traicionaría. Que eso es algo que él vería fatal, sobre todo por una cuestión de principios que le inculcaron desde pequeño. Coincidimos en esa visión de la vida. Me dijo que desde que me conoció sólo había pensado en mí. Me confesó, un poco a lo bruto y sin esperar yo esas expresiones, que se había masturbado en varias ocasiones pensando en mí. Me puse colorada, me aturdí. Por una parte abría un espacio íntimo y recóndito de confianza entre los dos. ¿Y antes de conocerme? Esta pregunta se asomó a mi mente. No podría reprocharle nada, pero me ofusque sin razón alguna. Se lo pregunté sin dar más importancia al asunto. Dijo que mantuvo relaciones con amistades de paso, superfluas y con chicas de alterne. Alquilaba servicios completos de ir a reuniones, cenas de negocios con chicas contratadas para la ocasión, con cama incluida. Es una prestación al uso en tales ambientes, que no se dice ni se comenta, pero que se sabe. Me pareció una actitud cínica en alguien tan respetuoso y cordial, y a quien comencé a querer. Supe que debía aceptar su pasado y el mío. Sin pedirle explicación alguna me dijo que esas experiencias son una necesidad para esperar sin prisas y con esperanza, a fin de encontrar la mujer que más le conviene. Para él yo fui la mujer ideal.

Me dejé abrazar. En ese arrebozo él no me preguntó directamente sobre mí vida anterior a conocerle. Hizo comentarios indirectos, sobre que siendo tan guapa podía elegir a quien yo quisiera y que habría ligado mucho. Sus palabras pasaban por mis pensamientos como ramillas que navegan sobre el agua de un río.

Otro día, tomamos café. Me asió la mano y acarició los dedos con sus yemas. Le oí decir con voz melosa “te quiero”. Apoyé mi faz en su mano y él acarició mi cabello con la otra. Me agazapé, ñoña, en su regazo. En aquel remanso sonó a modo de un trueno, cuando me preguntó si había salido con otros. Supe que se podría romper el idilio si le contaba la verdad ¿Qué más daba? Sin embargo que complicada es la mente humana. Parece como si los sentimientos asaltasen el pensamiento y que quisieran que sólo ellos existieran en la vida. Precisamente yo que he trabajado en empujar las emociones de la gente para convertirles en clientes de un producto, sé que pueden ser utilizados, sé cómo se pueden remover, pero nada más ¿Cuál es el fondo de un sentimiento? ¿Por qué altera nuestra conciencia? En aquel momento reaccioné fríamente. Opté por contarle la verdad, pero a mi manera. O, mejor, a la de él y a la mía. En verdad mi mundo sentimental anterior había volatilizado. Incluso rememorando aquellos años es un recuerdo impersonal. Tengo la sensación de que fue algo ajeno a mí ¿Por qué tal vacío? No lo sé. Le dije a Javier que tuve amigos de pandilla. Algunos paseos, bailes, pero nada serio con ninguno. Me di cuenta que deseaba saber si me había acostado con alguien anteriormente. Bastó con que hiciera un murmullo y moviera las cejas. Use un circunloquio de explicaciones pueriles para aseverar que no. Le dije que él era la persona a la que esperaba para entregarme a él. Que era mí príncipe azul.

Tuve remordimiento y miedo a que, casualmente, aparecieran en mi vida Dámaso o Jerónimo, y que Javier, por ende, acabara sabiendo que hubo otros hombres en mi vida. Caí en una crisis de ansiedad que hizo que fuera a un psiquiatra amigo de la familia. Padecí taquicardias, insomnio, agitación respiratoria y falta de vitalidad. Llegaba al final de mis estudios, tenía que asumir responsabilidades empresariales y comenzaba una relación sentimental con visos de matrimonio. Todo se juntó. Además asumía la responsabilidad de triunfar y agradar a todo el mundo, algo que ser bella y de buena familia impone. El profesional de la mente achacó a todo esto mi crisis de ánimo. Me recetó unas medicinas, para anular los síntomas y mantuve varias conversaciones con él. Seguí la corriente de su tratamiento. También a mi familia y a Javier. Todos resumieron que lo que me ocurrió, por aquel entonces, fue debido al estrés. Bien supe yo que fue mi conflicto interior. Aprendí a dirigir mis pensamientos y a saber estar con el estado de ánimo propicio para cada momento. Lo cual no eliminó mi cariño, ni mi amor por Javier y mis ilusiones de triunfar en el mundo de los negocios. Mi carácter fue un instrumento para todo ello.

En las sesiones con el psiquiatra aprendí a verme desde fuera. Supe dirigir mejor mi comportamiento y valorar las cosas desde mí misma. Al aplicarlo en mi trabajo profesional me fue de maravilla. Me interese por estudiar cosas de psicología, para saber impulsar mejor al equipo de trabajo y conocer los impulsos de los clientes y cómo abordarles y colocar en sus preferencias la imagen de los productos de mi competencia. Recluí mi problema sentimental, conmigo misma y mi historia pasada, en mi memoria oculta y me despreocupé. Saqué una lección que fue el eje de mi trabajo: los resortes emocionales son el fundamento de las decisiones de los seres humanos. Creemos que pensamos sobre los criterios de nuestra voluntad, y es ésta la que nos piensa la conciencia. Algo de esto había estudiado en los cursos de publicista, pero no había dado con el quid de la cuestión. Llegar al fondo, o a lo que yo creí que fue el fondo, de mis miedos, pasiones, esperanzas, en definitiva de mí misma, me permitió dar un paso más y logré llegar más al fondo del consumidor.

La empresa que yo dirigí estuvo a nombre de mi padre Formó parte del grupo empresarial de otros de la familia mediante una red de accionariado, que se fusionó con algunas empresas de la familia de Javier. Él fue director de un grupo y yo ejecutiva gerente del grupo de empresas de publicidad. El capital fue más bien una cuestión familiar que manejaban abogados y gestorías. Supe que había ramificaciones inmobiliarias. No dispuse de sueldo, sino de una tarjeta para sacar dinero y hacer compras a mi consideración.

Durante mis visitas al psiquiatra, mi familia me cuido y protegió, con más esmero, si cabe, que siempre. Mi mamá insistió, como si de una letanía se tratase, que debía aprender a ser fuerte. Yo no supe muy bien que quería decir aquello de ser fuerte. ¿En el mundo de rosas en el que vivimos para qué queremos ser fuerte? Efectivamente, hace falta mucha fuerza. Y, en especial, fuerza psicológica. En la vida familiar y en el mundo empresarial. Aprendí la lección. Ante cualquier problema siempre busqué una respuesta rápida y contundente. Me apodaron “la dama de acero”, la Margaret Tatcher de los negocios. Me sentí orgullosos de que me llamaran de esa manera. Me lo comentó una vez Javier. Después salió esa referencia en un suplemento de negocios y economía de un periódico. Mi táctica fue marcarme unos objetivos y los tenía que cumplir en el marco previsto y hacer, que los demás, se enrolasen en el mismo ritmo. Si había que cambiar de distribuidora se hacía. Lo mismo si había que invertir más en una nueva campaña, o si había que despedir a un equipo de comerciales. Los objetivos son los objetivos. En nuestra compañía se gana mucho y bien, pero hay que sudarlo y el empeño de un equipo es imparable. Logré que compañeros de trabajo y los empleados a mi cargo se obsesionaran con mis metas. Ahora lo pienso y me pregunto a cuanta gente he dañado con esa manera de entender el trabajo. Sin embargo es tomado como ejemplo y casi como una acción patriótica. Javier y yo recibimos felicitaciones, personalmente, de dos ministros. Asistimos como asesores empresariales en tres misiones diplomáticas que llevó acabo el Ministerio de Asuntos Exteriores: México, Argel y Polonia ¿A cuántas familias he arruinado como consecuencia ajena a la dinámica del mercado? Me pareció normal en su momento. No me lo planteé. Y si alguna vez lo pensé, deduje que es necesario para el bien común. Jamás tuve conciencia de actuar con maldad. Más bien al contrario. Mis referencias fueron los beneficios y la expansión del mercado. Fuera de estos criterios no se ve nada más. No se ve. El éxito me abstrajo de cualquier otro pensamiento. Formé parte de una máquina que funciona a su manera y para seguir su ritmo hay que continuar sin dudar y ser una pieza más del mercado global. Inmersa en esa burbuja fui feliz. Creí ser feliz y, como lo creí, lo fui.

Mi vida no pudo ser de otra manera. Cualquier otra posibilidad hubiera sido lo mismo que pensar ahora en irme a vivir a otro planeta. Tan absurdo que no cabe en la mente. Luego he sabido que hay otros mundos y están en éste. Es así porque es así, pensé. Mi criterio fue que los demás son los demás y yo soy yo ¿Egoísmo? para nada Fue mi manera de ver las cosas. Y no es que me arrepienta ni me culpe, es que se pueden ver de otra forma. Ayudé a compañeras que se empeñaron en defender alguna causa ecologista y de Ayuda a países pobres. Promocioné la publicidad solidaria, lo cual nos dio grandes beneficios y una importante ampliación de clientela poblacional. He dado fortunas a asociaciones benéficas y no digamos a la parroquia. Gratuitamente diseñé una campaña para salvar las ballenas. Mi conciencia siempre estuvo más que tranquila. Guapa, rica, inteligente y además benefactora, dando en mi ambiente una imagen de bondad, casi mítica. No podía quejarme de nada y nadie hacerlo de mí ¿Y la gente que quedó en el camino? Es el sistema que funciona de esa manera y a unos les va bien y a otros peor.

La belleza es una imagen. Sirve para atraer la atención de alguien o ser la admiración de muchos. Su conquista es un trofeo. Para que tuviera una función en la intimidad me propuse ser sexy. Quise que nuestro amor no se apalancara, sino que renaciera cada día y estuviera despierto en cada momento. Estuve atormentada, en momentos de zig zag por los que pasa la vida, ante la idea de que al cabo de los años estuviéramos juntos por estar, de no ser capaces de irnos cada uno por su lado, por no tener adonde ir. No quería caer en juegos de infidelidades y o de aventuras fugaces para sobrevivir al hastío. Sólo con pensar tal posibilidad sentí angustia. Mi deseo fue conquistar a Javier para siempre. Entre él y yo hubo un pacto tácito inquebrantable. Mi aspiración fue hacer que mi pareja se sintiera feliz. Lo intenté con afán de perfección, sin dejar cabos sueltos. Supe que la manera más inmediata y palpable es establecer una comunicación de placer. La cordialidad, la seducción, la imagen social fue parte de tal exigencia. Nuestro horizonte fue ser un trozo sólido de felicidad, uno de los más grandes del mundo.

Fuimos una pareja en un halo de utopía, anhelo de millones de sueños de amor. Pero la perfección resiste todo menos a sí misma. Tuvimos el Paraíso a la vuelta de la esquina, con manzana incluida. Sin pecado original, ni estar Dios por medio, sin ángeles ni demonios. Sólo el amor, pero el amor es algo extraño. Nunca hasta ahora me he parado a recordar con exactitud. Los pensamientos vuelan y revolotean en nuestra mente. Los sentimientos estallan y desaparecen. La palabra…. la palabra es un remanso de clareza en donde se refleja lo que no se ve.

¡Cuántas veces me he preguntado qué ocurrió! Sé lo que pasó, pero ¿qué sucedió dentro e mí? cada caricia tuya fue una metáfora, cada placer mutuo un poema. S no lo viera a través de la palabra ¡qué burdo sería el mundo! ¡Ay! cada vez enmudecemos más, y más. Hasta que estalle el verbo humano y nos haga ser hombres y mujeres por dentro.

Se agolpan los recuerdos en mis pensamientos. Necesito verlos. Mirar al pasado para poder respirar el presente. Quiero saber quien soy ahora mismo. Mirar es la desnudez de la palabra y ésta desnuda al amor.

La imagen de un recuerdo son un conjunto de grúas en un puerto de mar. También un arroyo en sus diversas fases del recorrido. Un lago, un oleaje, el batir de las alas de un aguilucho, de un gorrión. El salto de una ardilla, las pinceladas de un pintor, la batuta en movimiento en las manos de un director de orquesta. Recordar el amor no es sino la desnudez de esos momentos en los que la piel se une al aire y a otra piel.

Me preparé a conciencia para apropiarme de la felicidad, como algo a lo que consideré que tuve derecho, incluso la obligación de serlo. Jamás pensé que fuera un espejismo porque fue tan tangible que se personalizó en mí. Fue un instinto juvenil, y nunca pensé más allá de lo que me rodeó.

Para cumplir con la misión de ser atractiva me uniformé debidamente, antes de mantener ninguna relación íntima con Javier. Compré ropa interior de diseño y calidad sensual en varias boutiques. Superar la vergüenza de hacerlo me dio una fuerza tremenda, incluso fuerza en el deseo sexual. No pude encargárselo a nadie. Acudí a varias tiendas del centro de la ciudad. Tuve miedo de que supieran quien soy. Hice un ejercicio de mentalización para hacerme pasar por una prostituta de lujo, sin decírselo a nadie, sino interpretándolo. Llevar esas prendas en el bolso me produjo cierto cosquilleo. Me imaginé con ellas puestas delante de Javier.

Cogí un taxi. Fui absorta en mis pensamientos. El taxista me indicó dos veces si tenía baja la tensión. Le dije que mi padre estaba muy enfermo. Se me ocurrió aquello para justificar estar en Babia, lo hice por un absurdo acto reflejo, de querer justificar todo. No le iba a contar sobre lo que pensaba, pero ¿para qué contar mentirijillas? cuando no le volvería a ver ni él sabía quien soy yo. Las apariencias me dominaron sobre manera.

Al llegar a mi casa fui directamente a mi cuarto para esconder lo que compré. Tuve la impresión de que me podrían pillar con aquellas prendas. A nadie le importó qué guardaba y qué no. Bajé para decir a mi madre que me dolía la cabeza, que me tumbaría en la cama para descansar y que no quería que nadie me molestase. Visto con el paso del tiempo da la impresión de que no paré de dar pistas de ocultar algo. Cerré con cerrojo, con sigilo para que no se notara. Me probé cada una de las mudas que había adquirido. Hice movimientos sexys que nunca antes hice. Miré obscenamente al espejo. Vi mi imagen y la visión de mi cuerpo estalló dentro de mí. Sentí la piel tersa. Se estiró en toda la zona del pubis. Cada vez que me quedaba desnuda fue un éxtasis de placer diluido. Moverme, por ligero que fuera el movimiento era un apretón de gusto. No pude más y con unas bragas rosas y un sostén a juego me lancé sobre la cama y me froté contra el edredón. Con la tela de la cama rocé los pezones. Los labios vaginales chocaban con fuerza contra el ajuar. Me moví compulsivamente. Me tembló el labio vaginal y más adentro noté el latido de placer como si fuese el tic tac de un reloj que expulsa pellizcos rítmicos de aire. Percibí húmeda toda mi corporeidad. Grité silenciosamente. Respiré profundamente. Quedé como una rama de sauce en invierno mecida por el viento.

Por la noche hablé por el teléfono con Javier. Me hubiera gustado contarle las compras que hice, y que se preparase para una sorpresa la próxima vez que nos viéramos. No me atreví. El recato y evitar no ir demasiado de prisa pusieron freno a mi ardor de chiquilla enamorada. Para mí Javier fue lo más grande que podría pasarme en la vida, lo consideré un príncipe azul moderno. Buen plante, agradable y con el mundo en sus manos. Había sentido atracción por él, luego pasión, amor, cariño, amistad, compañerismo y luego admiración. He necesitado comprender su papel en mi historia. Toda luz produce una sombra. No sé lo que pasó exactamente. He tenido que parar, unas horas, unos días, con el fin de verme en el espejo de la palabra, cuya imagen es etérea y sólida al mismo tiempo, recoge en su visión lo de dentro y lo de fuera.

Una vez me despedí en el coche de él. Nuestros labios se unieron fugazmente. Agarró mi mano sin dejarme salir. Nuestros labios chocaron y las lenguas jugaron con jugosas caricias. Nos sonreímos mutuamente y con un besazo explosivo nos dijimos adiós. Quedé electrizada, penetrada de su aroma invisible. Sellamos, sin decir nada, nuestros corazones. El siguiente paso fue presentarnos en sociedad como novios. Íbamos a celebrar por todo lo alto nuestra petición de mano.

Logré hacer realidad mi ideal, en todos los sentidos de la vida y de mi vida. Cuando terminé la carrera trabajé como directora ejecutiva en la empresa de mercadotecnia que había creado. Mis primeras campañas fueron para los productos de los laboratorios que dirige Javier.

Al finalizar los estudios Javier me colmó de regalos. Su padre me colocó en el consorcio de inversiones de la compañía, con un lote de acciones. Tuvo la precaución de ponerlas a mi nombre de manera que pudiera disponer de ellas, pero sin perder su familia la titularidad. Este detalle lo supe más adelante, pero no di a este detalle la más mínima importancia, debido a que en los negocios se funciona así. Mi familia invirtió una parte de su capital en el mismo conjunto de empresa. Su valor se triplicó en poco tiempo, gracias a la política de fusiones y de diversificación de productos, dentro de un marco único de capitalización bursátil.

El día que leí la tesis doctoral fue una celebración por todo lo alto. Mis padres me regalaron un juego de pendientes, collar y pulsera de oro blanco y brillantes. Javier me invitó a pasar un fin de semana en París. Fue algo que me dio mucha ilusión. Yo había estado varias veces, con mi amiga Belén e Isabel. También con mis hermanos. Pero ir con Javier lo tomé como un gesto romántico y como el comienzo de una vida en pareja y familiar. Me hice cómplice de su plan. yo dejé de ser una estudiante. Él hubo cumplido su palabra de no comprometerse conmigo hasta que finalizara mis estudios. Hasta entonces hube mantenido un romance con él de roces, picardías mediante la palabra y gestos, caricias, pellizcos.

Algo que nos sació cortésmente fue que él me tocase el culo y rozase los pechos, mientras que yo le sacaba espinillas de su nariz y en la frente, sobre todo en el entrecejo. Mantuvimos una sexualidad contenida, que se resolvió, sin decirnos nada, pero suponiéndolo, con masturbaciones solitarias. . Por su manera de ser, por su fidelidad a la empresa y al trabajo, sé con todo seguridad que no fue de putas ni tuvo ningún devaneo con otras.

Poco antes de partir para París mantuvimos dos relaciones de contacto sexual transitorias. París iba a ser nuestro nido de amor, la puerta que nos abría el uno al otro. Fue necesario, debido a nuestra circunstancia y ambiente, que su fueran abriendo las compuertas de la carne poco a poco, sin prisas y con cautela. Controlamos el deseo y la pasión, al mismo tiempo que la espera adquiría cierto morbo. Lo viví como un proceso bello y seguro para afianzar nuestra relación. Entregarme significaba compartir mi vida con él, por entero y para siempre, sin límites. Lo cual, además, iba a tener una proyección social de cierto relieve, por lo que nuestro enlace tenía que ser muy decidido, sin dejar ningún cabo suelto. Fui consciente de esa situación.

Durante aquellos días quedé con Javier y sus amigos a tomar unas copas. Comenzamos las rondas de cervezas a las nueve. Yo moderé la bebida, tomando refrescos y sólo un par de cañas. A las doce se despidieron quienes tenían obligaciones conyugales y, aunque, al día siguiente había que ir al tajo la noche se estiraba en un ambiente jovial y bromista. Fui la única fémina del grupo. A medida que avanzó la velada los que quedaron se desinhibieron más y más en el fragor etílico. A partir de las tres de la madrugada es la hora de ir de putas, y por lo que pude entender hay otras reuniones en las que culminan con orgías. Sobre este tema no oí nunca nada más ni supe nada, pero sobre lo primero comprobé que se trata de una rutina. Nunca lo vi como una depravación moral ni falta de escrúpulos. Se trata de algo que debe quedar a parte, y sobre todo, en una pareja no se debe saber nada de ese tema. Pienso que invitarme a pasar aquella velada con él fue una manera de decirme lo que dejaba atrás, pero de manera implícita, sin comunicármelo con palabras. Es una especie de terapia en ambientes de tensión empresarial. La responsabilidad de los negocios exige un desahogo rápido y contundente. Al mismo tiempo se da un sentido de placer palpable al dinero que se gana. Se gana mucho porque una parte es para ese gasto añadido, que amortigua el estrés. Nunca le pregunté nada a Javier al respecto. Son situaciones que se dan por supuestas. No se confirman ni se desmienten. Quedan en el aire. Son aire. Aire que se respira en ciertos ambientes.

Una norma de aquel mundillo es beber sin perder el control. Se consume lo suficiente para estar a tono, se hace gradualmente y he visto como hay personas que aguantan tranquilamente hasta ocho y nueve cubatas sin pasar al grado de borrachera. Se alterna para relajar el cerebro y abrir las compuertas del atrevimiento moderado. Algunos esnifan coca, pero esporádicamente. Es el momento en que los equipos de empresa se agrupan en una camaradería de apoyo mutuo, bajo un código no escrito.

En aquel estado de alegría sin freno, pero no desenfrenada, Javier me acercó , poco antes de las tres, a casa en su coche. Antes de despedirnos nos besamos y manoseamos con ansia. Sus manos electrizaron mi cuerpo, que flotaba entre dormido y despierto. Apreté sus cabellos y cuello y recorrí su espalda con mis manos. Me sentí orgullosa y emocionada por ser deseada. Me vi como las actrices sexys, pero sin serlo. Javier me apartó para arrancar el coche sin decir nada. Yo tampoco hablé. Estábamos descamisados. Condujo a gran velocidad. Sentí que arriesgaba nuestras vidas, sin embargo estuve a gusto y contenta. Ese tipo de riesgo forma parte de ser del mundo empresarial, es una especie de prueba que el hombre de negocios se pone, a lo tonto, pues el desprecio a todo es lo que permite pujar por ganancias que conllevan un alto riesgo financiero. Conozco dos casos, de empresas rivales, que tras una operación fallida en sus respectivas inversiones se suicidaron yendo a gran velocidad y salirse de la carretera. Lo de este tipo de accidentes se sabe, pero nadie dice nada al respecto.

Aparcó en las inmediaciones de un campo de fútbol. Nos sonreímos y continuamos nuestros lametones de boca. Terminé de desabrocharme la camisa para ofrecerme a él. Nos dimos el uno al otro, frotando nuestra piel semidesnuda. Él me tocó los senos tras quitarme el sujetador. Me besó sus contornos y con gran habilidad desabrochó mis pantalones. Con su dedo llegó al pubis y frotó, pero no en el lugar exacto. Le ayudé a ponerse en donde da placer a desbordar. Gemí. Nunca había sentido tanto gusto. Quedé desvanecida en una inconsciencia consciente, fruto del embeleso y de haber bebido hasta llegar a la raya que separa la conciencia de su otro lado. Le besé despacio. Luego le imité y froté su pene sobre el pantalón. . Lo sacó y se lo acaricié. Se lo besé suavemente con los labios, que me temblaron. Subí y bajé su piel del escroto hasta notar el calor y la viscosidad del semen. Quedé acurrucada en su pecho. Javier respiró con fatiga. Me ofreció un pañuelo de papel para que limpiara los restos de su jalea interior. Me acompañó hasta mi casa. Durante toda la noche noté el pálpito de mis labios y la piel de la mano se estiró, como la del resto de mi cuerpo. Tuve los pezones tensos.

Estuve totalmente enamorada de Javier. Fuimos pareja y un futuro matrimonio, con una buena posición económica y social ¡Qué más pude pedir a la vida! Nada. Sentí que fui merecedora de esa vida, pues siempre consideré mi belleza un don del cielo. Mi vida no podía ser de otra manera, no me hubiera cabido en la cabeza.

Compruebo que al recordar se desnuda el amor y la convivencia. Rememorar el pasado es vivir lo vivido viéndolo. Las biografías y novelas mienten al ocultar los átomos, las moléculas que forman las historias que cuentan. Cuando se reduce una narración a los hechos convierten lo que cuentan en una pieza visual, sin analizar la esencia de la cual forman parte los entresijos de todo lo que sucede. El erotismo hace visible la parte de las historias que no se ven, pero también del amor y del acto amoroso. Se ilumina a través de la palabra, a modo de llama que se enciende al fondo de una cueva. Por tal razón necesito contar esas partículas de mi recuerdo, para construirme y vivir desde el presente.

El mismo día que el conserje de mi planta colocó en mi despacho el diploma de mi carrera y la orla, con las fotos de mis compañeras y compañeros, Javier me envió un sobre en forma de corazón, rojo, con postales de París, indicando los lugares que iríamos a visitar. En cada uno de ellos me prometió un beso. Al final la imagen de la torre Eiffel y una nota en su reverso: “te amo”. Fue un día muy agitado. Recibí el informe fiscal sobre la denuncia que nos hizo una asociación ecologistas, los ecologetas que llamábamos en la empresa. Nos acusaron de camuflar la publicidad de un producto para la salud de la piel mediante un reportaje científico. Reuní a los dos de los abogados del gabinete, para regular la figura jurídica del publi-reportaje, ya que nuestra filosofía no era sólo influir en la conducta de comprar, sino informar sobre nuestros productos, los cuales tienen una base científica en su proceso de producción. Los ecologistas querían que se vendieran y comercializasen como medicamentos, pero no lo son estrictamente. Mi objetivo fue la venta masiva y nos jugábamos muchos millones de pesetas. No debía transcender ese percance judicial y, al menos deberíamos estar preparados, en caso de que sucediera. En quince días de promoción logramos vender más de dos millones de envases con ampollas de aceite de coco para fortalecer el cabello y darle brillo. Para la empresa el problema no fue la asociación de consumidores, sino la competencia. Un pequeño error, un paso en falso puede suponer el inicio del declive de un emporio como era el nuestro. Tuve que ir a ganar de manera contundente y , de paso, dar un aviso a navegantes. Di instrucciones precisas a los abogados y formé un grupo específico para relacionarse con los medios de comunicación. La parte más importante de una inversión en el mercado actual es la imagen. Lo cual no consiste sólo en una campaña publicitaria, sino comentarios favorables, la publicidad invisible, en forma de información, comentario o apariencia. También todo aquello que refuerza una campaña. La pelea entre los teléfonos móviles es una batalla de anuncios, más que de productos y de tarifas que va lo comido por lo servido. Fui consciente de ese poder que tuve y de mi valía para pelear en ese mundo. Estuve tan convencida de mi capacidad y de mi trabajo que no reparé en nada, ni escatimé medios.

Únicamente en casos límites debía comunicarme con Javier, sobre todo ante imprevistos peligrosos. Él se ofreció desde el principio de la andadura empresarial, pero no fue para echarme un capote, sino para extremar precauciones. Su cometido, en circunstancias complejas, es mover las fichas de la política. Hay una cadena de relaciones en las altas finanzas, que posibilitan un encuentro, una cena para llegar a acuerdos concretos. Por encima de él estaba su padre, para lograr una intervención del Estado. Una actuación de esta índole no se nota de cara a la gente. Son hilos muy finos. Admiré la prepotencia de este señor. Me hizo gracia que los empresarios de alto nivel llamasen “chachas” a los políticos de turno. Personajes de la vida pública están al servicio de los intereses de las grandes compañías, pero de la manera más normal ¡Cómo se mofan de ellos! Los partidos diferentes, con logotipos distintos se conocen en el mundo empresarial como “estrategias específicas”. A los banqueros les llaman “padrinos”. En realidad la sociedad entera depende del trabajo que desempeñamos los directivos de empresa, pues somos quienes creamos riqueza, lo cual genera beneficios, permite organizar la sociedad, lo cual cuesta un pastón, y da cobertura al empleo. Ahora veo cierto cinismo en ese análisis, pero no falto de razón, en parte. Creo que más que ideas hay posiciones diferentes con respecto a la realidad. Depende de la perspectiva desde donde alguien esté situado.

Los eventos deportivos, culturales, o actos oficiales son encuentros para charlar de manera informal sobre asuntos que luego adquieren gran trascendencia. Existe una serie de rituales de regalos, presentaciones de amigos o amigos de amigos, para lograr acuerdos o informaciones que sirven para apoyar el establecimiento de un negocio, la ampliación del mismo, o hacer una inversión acertada en un determinado momento. A los partidos pequeños es difícil comprar, porque tienen ideales y viven en un mundo imaginario del que es difícil sacarles. Pero sí es fácil manejarlos. Por eso suelen dar sustos y hasta sorpresas de gran calado. Javier tuvo un equipo de tres personas encargados de controlar este terreno. Uno de ellos periodista de revistas sobre la naturaleza y la dieta saludable. La estrategia consiste en filtrar información de la competencia. Si entran al trapo el siguiente paso es ampliar sus denuncias, hasta que se llega a un acuerdo con la otra parte, con el fin de evitar que los negocios se pisen unos a otros, en ese momento la acción de ecologistas y movimientos sociales se da por terminada. Basta con que sus protestas o medidas y denuncias no encuentren eco en la prensa, para que tengan que buscar otro anzuelo y se complazcan con lamentos existenciales sobre lo mal que va el mundo y lo malos que son quienes gobiernan o lo cabrones que son quienes manejan el dinero. No lo saben bien, pero no es más que una interpretación teatral de la realidad. No obstante siempre hay un miedo latente en el mundo de los negocios. El secretario de Javier, Paco, comentaba frecuentemente que anduviéramos con cuidado al manejar información y grupos que afectase a la opinión pública, pues se pueden dar situaciones que queden fuera de control. También que los grupos marginales en un momento determinado pueden entrar en un proceso de resonancia y quedar fuera de control. Repetía la frase de la serie de Kun-fu, de cuando éramos pequeños: “cuidado con el gusano porque puede convertirse en dragón”. Javier se reía, pero fue precavido en todo momento. Por mi parte tuve tanta confianza en mí misma que no temía que nada fuera imparable. Pensé que con la voluntad todo se puede conseguir.

En este contexto que cuento tuve una jornada saturada de problemas, a los que debía dar una solución precisa. Decidir una pauta, dar una orden es de tal responsabilidad que agota. Esto es algo que quienes no participan en esas esferas no entienden. Encauzados unos asuntos y solucionados otros dejé los bártulos y fui a buscar a Javier a su despacho, que está en el otro edificio. Fui por un pasillo interior que los comunica. Comprobé, sorprendida, que iba a toda velocidad, como si fuera a entregar un informe urgente. Me sentí ridícula. No quería ver a un ejecutivo, sino a mi novio. En ese mundo es muy difícil establecer una frontera. Con el dedo pulgar y el índice unidos apreté, sucesivamente y haciendo círculos, el entrecejo. Siguió las pautas de un curso de relajación que vi en un vídeo que ofrece la empresa para lograr estar en un estado de calma y relajación, necesario para nuestro bienestar. El resultado fue estupendo. Entre tanto me preparé mentalmente para darle las gracias por su regalo y me imaginé ser su gatita que se abalanza sobre él.

Anduve despacio y me reí en alto al verme como la marisabidilla de los cursillos de como ser feliz. Pasaba del ajetreo empresarial al limbo del amor durante ese trayecto. Imaginé que andaba descalza. Luego esa idea la usé para diseñar un espacio publicitario sobre la marca de un coche. Sin proponérmelo, de manera espontanea, se desbocó mi fantasía sexual. La boca se llenó de saliva. me imaginé entrando desnuda al despacho, tras haber dejado caer mi vestido. Imaginé excitada la mirada de sorpresa y deseosa de Javier. Pensé en darle una sorpresa. Ir al servicio y allí quitarme las bragas, para estar sin ellas, sin que él lo supiera, en un principio. Pero desperté de aquella ensoñación, pues podría dar una mala imagen, de chavacana, y dar al traste con nuestra relación de noviazgo serio. hay un protocolo que hay que representar. Pero mi fantasía siguió funcionando al margen de mi situación real. Pensé en como él también se desnudaría y con toda la piel al descubierto gateábamos el uno hacia el otro para encontrarnos en medio de la sala, sobre la alfombra. Nos besábamos goteando los labios del uno al otro. Inmersa en aquel pensamiento luctuoso, fue la primera vez en mi vida en que se me ocurrió una poesía, que todavía hoy acierto a recordar:

Soy tu gatita parda

con su batita de seda

y los labios de cristal.

La que te quiere y desea“.

No es que sea un poema excelso, pero tiene su pequeña historia. Los creativos, quienes se dedican a la publicidad, como yo en aquella época, más que crear lo que hacen es usar la creatividad de los artistas. . Convierten el arte en un instrumento para dirigirlo a un objetivo empresarial y hacerlo útil para ganar dinero: una bella canción, una melodía pegadiza, una frase ingeniosa, una interpretación impactante. Se usa aquello que mueve el alma, como Caballo de Troya, para una vez se tocan las fibras emocionales de la persona , introducir un deseo o empujar la voluntad hacia el camino que desea quien maneja el cotarro de la imagen. . Hoy me parece algo extraño, ajeno a mí, pero ha sido no hace mucho mi trabajo, mi pasión, mi vida, mi fortuna. Ahora lo veo como una intromisión el la psicología de las personas, incluso como una invasión más dura que otra de tipo militar, pues con armas psicológicas se domina a la población. Cuando he visto de cerca a la gente es cuando he comprobado lo atado que están a las normas de un mercado invisible, que no ven, pero que mueve el mundo.

Hoy me río al recordar una campaña para vender un descongestionador nasal. La primera idea fue la de un fontanero desatascando una tubería. Pero tal imagen es vulgar y tosca. Los creativos de la empresa buscaron frases solemnes, para dar una imagen de hombre culto a quien lo usa. hay que convertir en importante tener mocos en la nariz y no hacer ver que se es un mocoso. El cliente quiere ser halagado, tal es la norma básica de la comunicación publicitaria. Finalmente acepté una frase que, según informes, la dijo un filósofo complicado y no muy popular. La frase es buena para los objetivos que nos pusimos, y con eso basta. Nadie se va a parar a pensar en más profundidades: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, y luego aparecía un joven sonándose la nariz, ampliándose en el fondo un paisaje paradisiaco y una chica a lo lejos deja caer su pañuelo. Esa misma frase hoy me hace pensar.

Al acercarme más al despacho de Javier me excitaba. Nunca me había pasado una situación así. Las imágenes se agolpaban y me extrañé de que se me ocurriesen ideas como besarle sin decirle nada y arrodillarme ante él para quitarle los pantalones con ansiedad y lamer sus genitales, para luego postrada en el suelo recibir sus embestidas rodeado él por mis piernas. Sentí un deseo irrefrenable. Me rasqué la entrepierna, con el fin de calmar el ánimo de aquella zona. Tuve ganas de meterme el dedo en la cavidad del sexo y tener el miembro viril de Javier dentro, muy dentro. Anduve sola por aquellos pasillos, y con alguno que me crucé era a velocidad de oficina. Sin embargo tuve miedo de que alguien pudiera descubrir qué era lo que yo pensaba. Sentí ganas de gritar “¡quiero follar!” Creo que se junto un fervor sexual y un encantamiento por me novio. Mientras que escribo río porque llegué a no saber si había gritado aquello o no. Al llegar al ascensor me puse muy seria y circunspecta Coincidí con dos empleados. Mi fuerza y deseo sexual fue total en aquellos momentos, pero un simple gesto de insinuación, el guiño del ojo de cualquiera de ellos hubiera hecho que le matase con mis propias manos Mi deseo era exclusivo para Javier y limitado a mis pensamientos.

Al llegar a la antesala del despacho hablé con algunos colaboradores y amigos sobre la marcha de las cotizaciones de la Bolsa. Fueron observaciones de pasada y sobre las noticias de los diarios. Adquirí una pose seria y pedante para disimular mis pensamientos obscenos ¿A quien le importaban? ¿Quién lo iba a suponer? La mente cabalga por su cuenta, pero yo supe domar al caballo. Aprendí algo muy útil para mi profesión: los mensajes publicitarios que se emiten deben adelantarse al deseo del consumidor y han de crear un espacio en su pensamiento para poder, de esa manera, dirigir su conducta. Sobre esta base diseñé dos campañas de anuncios televisivos.

Llamé a la puerta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí la humedad de mi vagina y percibí el roce de las braguitas. Abrí la puerta. Javier se levantó del sillón. El sonido del cuero del sillón , los muebles, los adornos y cuadros daban al ambiente un halo de importancia que, para mis ojos, hicieron bello y grandioso a Javier. Nuestras sonrisas se entrecruzaron. No sé cual serían mis gestos, ni qué le pude transmitir, pues no hubo complicidad previa. Apretó un botón y los cerrojos de las tres puertas se cerraron. El chasquido de ese sonido me estremeció, fue como el trueno de un relámpago que atravesó mi piel de arriba abajo. Sentí un recosquilleo en el ano, cuyo anillo cerré con fuerza. Nunca me había sucedido algo similar. Luego manejando una tecla del cuadro de luces de su mesa, dejó la habitación a media luz, casi en penumbra, envueltos en una bruma azulada. Supe que era el preludio de una aventura entre los dos.

Nos acercamos mutuamente, hasta asirnos las manos. Sentí sus dedos. El aire que nos cubrió se convertía en una caricia. Nuestros labios se mezclaron y respiré su cercanía. Su aroma se destilaba en jugo de su boca. Acurruqué, después, mi faz, mi gesto y yo misma sobre su hombro. Él besó mi cuello, siendo sus labios goteo de dulzura y y entre ellos una lengua de gato que afiló mi deseo. Le besé y di mordisquitos de pitimini.

Le miré y me miró a los ojos.

Gracias, gracias por todo – dije.

Gracias a ti. Gracias por ser tan maravillosa

Tengo ganas de estar contigo en París – comenté

– Y yo de estar muy dentro de ti. Y ser todo tuyo -.

Me apreté sobre su pecho. Nos abrazamos con fuerza. Nuestras respiraciones se fundieron. El aliento mutuo se hizo nube, y cielo, y cayeron copos de besos y caricias. Inesperadamente me levantó la falda del vestido. Me conmovió. Sentí como si los poros se engrandecieran, como si tuviera mil anos recosquilleantes repartidos por el cuerpo y en la vagina un foco de luz en forma de tacto. Le besé con fuerza para darle a entender que podía seguir, que llegara hasta el final de mi placer. Deseé ser tenida por Javier, un deseo compartido por ambos, que impulsó aquel encuentro. El amor, el amor puro desinhibió nuestros movimientos. Aquella unión sellaba nuestra relación de parea definitivamente.

Sin un sentimiento que hizo de brisa, de viento, aquella relación estaría al borde de la ordinariez, y de las poses y actitudes más soeces. Pero adquieren belleza en la inocencia de la nave que se deja llevar y sus navegantes sólo miran el horizonte. Le iba a pedir que me follase, pero antes de decir nada él se agachó y me besó el triángulo vaginal sobre las bragas Sentí el vibrar de su deseo. Ni él ni yo quisimos echar un polvo vulgar, como si fuera una relación rápida entre empleados. Nuestra mentalidad nos hizo sentir superiores al resto del mundo, y tal se explaya en toda circunstancia. Se levantó y unió su bulto genital a mi blanda y humedal zona del sexo. Se frotó y yo le seguí, contorneando mis caderas. Nos mirábamos el rostro. Gusto, ansiedad, estiramiento de la piel, sobre todo alrededor del pubis, y casi al unísono estallamos y compartimos una misma respiración agitada y profunda. Nos quedamos abrazados. Los besos de distanciaron, como las gotas durante el deshielo invernal. Una caricia lenta y pausada, para salpicar el placer más allá del orgasmo y desparramar el momento de gusto por la piel.

Fue un rato impetuoso. Agité mi cuerpo con él. El quiso que la satisfacción fuera mutua. Su trato fue con exquisitez, mimo y ternura, antes, durante y después. Dijo, una vez más, que me quería como mujer, como esposa, como amante, como puta, como amiga, como compañera, como todo. La emoción brotó nuevamente de mí al oír sus palabras. Sellamos un compromiso fuerte de pareja. Por eso no quiso adelantar acontecimientos. Goteé sobre su piel besitos de amor y cariño. Teníamos que entrar en nuestros cuerpos poco a poco. Follar el uno con el otro tenía que ser parte de un ritual y una ceremonia que consolida la pareja que va a formar una familia, y tal fue nuestra decisión consabida de antemano, simplemente por la coincidencia en la manera de pensar, en las expectativas comunes de nuestra existencia y una mentalidad afín. Mi madre decía que sólo puede funcionar lo que une a cada oveja con su pareja.

Aquel juego de compartir una masturbación en común fue una muestra de respeto y a la vez de entrega. Después se hizo visible nuestro compromiso de pareja. Ya nos besábamos al encontrarnos e íbamos de la mano dentro del edificio. Fuera del trabajo nuestro amor fue viento en popa toda vela, sin tormentas ni oleaje a la vista.

Mientras me coloqué el vestido y él se arreglaba le dije que nos veríamos en París, de manera que aceptaba la invitación. Él con un tono pícaro, me dijo “nos veremos en pelotas, mi amor” y ambos nos reímos a carcajada limpia. Comimos en un restaurante de las inmediaciones de la empresa. Intercambiamos puntos de vista sobre la estrategia de inversión del capital que se incrementaba por los beneficios de las nuevas inversiones. Yo fui más ambiciosa y vi el riesgo como una oportunidad. Él fue más cauto. Le gustaba tantear antes de sumergirse en nuevas rumbos. Le preocupó cualquier atajo para ampliar el capital. Recordaba el refrán de su padre “no hay atajo sin trabajo”. Yo me basaba en la fórmula de que para ganar hay que perder, o por lo menos arriesgarse a perder. Cualquier paso hay que estudiarlo, trabajar sobre él, pero precisamente asumir cierto riesgo es lo que permite a una empresa salir del pelotón. Ahora me pregunto ¿y para qué? No hay respuesta. Es una fuerza que te lleva y estás en ella y sigues avanzando, porque inmerso en ese mundo la vida es eso, es así y no puede ser de otra manera, no se concibe de ningún otro modo. La combinación de ambos criterios logró un equilibrio dinámico que propició un crecimiento de la empresa sin necesidad de hacer pelotazos. Fuimos ejemplo en la economía española. Nuestra base fue la calidad profesional y la internacionalización de los equipos de abogados, economistas y agentes de Bolsa. Introducimos una innovación organizativa sin precedentes en nuestro país.

Javier cogió las riendas del negocio poco antes de conocernos. Sus decisiones eran tenidas en cuenta como de primer orden en el Consejo de dirección. Yo fui directiva para asuntos técnicos con voz en el Consejo, pero sin voto. Cada uno ocupa su sitio y lugar en esa institución y en la gran sala Javier y yo fuimos profesionales, sin saludarnos afectivamente ni hacernos ningún tipo de guiño. Lo cual esta previsto en las normas de funcionamiento. También hay leyes no escritas que se intuyen y se aprenden sobre la marcha. De esta manera no volví nunca más al despacho de Javier. Tampoco él al mío. Fue una experiencia maravillosa, pero luego tuve la sensación de que en otros rincones del edificio todo el mundo daba rienda suelta a sus pasiones. Nos juntábamos en la planta baja de su edificio para ir a comer, casi todos los días, junto a otros compañeros. Era lo que Javier llamó ser bosque fuera del horario y acero en el trabajo. Para él y para mí trabajar de aquella manera fue una aventura y algo consustancial a nuestra forma de vida. Llega un momento en que la historia del negocio es un destino . Abrir nuevos mercados, ampliar los fondos de capital y diseñar estrategias de venta formó parte de nuestra existencia, tanto como respirar. Lo vimos natural, porque no pudo ser de otra manera, pues no se ve ni se piensa de otra forma que no fuera la realidad en la que estuvimos inmersos. la verdad es que si uno se para a pensarlo no tienes sentido, pero es el sentido de la vida y del mundo cuando se está dentro de este trajín. Seguir y seguir sin plantearse nada, más que continuar, es una acción que no puede parar. Si lo hace se derrumba, la empresa y cada persona que forma parte de ella. Varios socios no aguantaron el ritmo y cayeron en deterioros psicológicos. De ahí la importancia de ser fuertes anímicamente en esos ambientes. La realidad es un número, con unos objetivos que cumplir, pero tiene sus compensaciones, pues se gana mucho dinero y lo que se compran son parcelas de paraísos transitorios y una vida de lujo cuya satisfacción es, principalmente, que está restringida a unos pocos. El resto es la chusma. Yo así lo sentí, pero sin ningún desprecio, sino tan sólo es que lo creí de esa manera porque no lo pude ver de otro modo.

En París… ¡Oh, París! ¡París, París! ¡Oh la la, lala, lalá. Con Javier fue el París-París que soñé. C´est la vie, que dirían los franceses. Tuvimos prevista una visita a París la nuit. Al llegar a la suite del hotel, Javier me abordó con ansiedad. Roció de besos mi cara. Sus manos recorrieron mi cuerpo vestido, rozándome las partes íntimas sin ningún pudor.

Despacio – le dije – Somos el uno para el otro. No me desgastes. – Sonreí. Le besé cariñosamente la mejilla. Besito a besito llegué a sus labios.

Te deseo tanto – Y me miró con su sonrisa bonachona, marcándosele los hoyitos en sus mofletes. Acarició mi mejilla izquierda y sus dedos recorrieron mis cabellos medio largos. Encendió mi piel que se estiró y llenó de burbujitas haciendo de mi cuerpo champán – Te quiero. Te quiero mucho – Oírle tales palabras, allí me deshicieron. Quise ser querida así. Fue vivir un sueño. me acurruqué en sus brazos y noté sus latidos. Escuché las respiraciones de ambos

Lo dejamos para luego, para cuando volvamos de ver París – Besó y besó y besó despacio mi ser de cuerpo y alma. Noté su pene abultado – Y estaremos juntos toda la noche y mañana y siempre –

No me aguanto – Besó mi boca saboreando cada milímetro de ella.

Ahora un aperitivo ¡qué tenemos que ver París ! y nos esperan los guías

Yo sólo te quiero ver a ti – dijo mimosamente. Sentí sus caricias como un trozo de poesía sólida. Sus palabras me rozaron por dentro. Le vi y le quise como el hombre más guapo e interesante del mundo. Zafé sus brazos y de manera intuitiva, sin pensarlo, fui a encerrarme en el cuarto de baño. Me quité los pantalones y salí andando con garbo y provocativamente. Lucí las piernas ante él y para él. Nos acercamos hasta chocar las yemas de los dedos.

Sólo un poquito – No sé muy bien qué quise decir. Como muchos otros pedazos de vida rodó por sí mismo. Dejé que el momento llevara mi situación. Por una parten deseé ser poseída por él. Por otra un temor nebluzco se convirtió en brisa de mis emociones. Recordar convierte la vida en un paisaje. En este caso escribir es una mirada.

Nos abrazamos para acariciarnos los cuerpos con los cuerpos. Sus dedos hicieron de sus roces cuerdas de guitarra que sonaron en mi interior. Mi alma bailó a su son. Quedé postrada sobre la cama. Eleve una pierna. Bañé mi corporeidad con su mirada deleitosa. Acarició cada tramo de mi piel, sentado a mi vera, de un extremo del cuerpo al otro. me besó un pie. Noté un pellizco de energía en el clítoris, rozado por la tela de braguita. Cerré los ojos. Besó el pubis por encima de la muda, azul fucsia. Nuestras manos se enlazaron. Entrecruzamos los dedos. Javier se desabrochó el pantalón. Metió su mano derecha dentro de los calzoncillos y se masturbó mientras que con la otra tocó mis labios vaginales y palpó esa zona. Yo le acaricié el muslo, al meter por dentro de la tela de su pantalón la mano. Gimió de placer. Bebimos los besos el uno del otro. Tragué su saliva como si fuera un helado de gelatina transparente que se derrite al calor del fuego lento. Estuve a gusto. las ganas de estallar se evaporaron por todo el cuerpo y se traspasó al ambiente formando una niebla de amor y placer entre él y yo. Sentí estar inmersa en una nube de caricia sin necesidad de que lloviese sobre mi cuerpo. Cada vez más espeso ese ambiente. Se veía venir la tormenta. Pero no llegó. Sólo su aroma, de humedad y viento. Sentí la hojarasca que se mueve. El relámpago. El sonido lejano de un cielo que retumba.

Javier se quedó recostado en la cama. Mientras, yo me fui a duchar. Vestí, posteriormente, de traje largo, de gala negro, con mis mejores joyas. Adorné mi talle como una reina. Dado el valor de lo que llevé contratamos una agencia de seguridad privada, que hicieron de discretos guardaespaldas. Al salir vestida y maquillada. Javier me miró con asombro. Hizo un silbido de admiración.

Siempre estás bellísima, pero ahora todavía más – dijo.

Gracias- le contesté, con una amplía sonrisa. Estuvo tan emocionado con sólo verme que se le saltaban las lágrimas. Esa actitud me llenó de entusiasmo.

Tú eres París. Eres el mundo entero. Eres maravillosa… Te amo – No sabía qué decir. Besó efusivamente mis manos. Fugazmente los labios para no estropear el maquillaje. Le acaricié con las uñas la espalda, sobre su camisa, sentado sobre la cama. Su respiración, apoyada su cara en mi vientre hizo sentirme mar y él ola.

– ¡Javier! ¡Despierta! que vamos a llegar tarde – Se adormiló, y yo casi. Me entró un de pronto maternal. Miró el reloj. Fue apresuradamente a cambiarse de traje.

Eres un sueño – dijo asomando la cabeza por la puerta del cuarto de baño. Envío un beso con la punta de sus dedos, con sigilo. Le recogí para impregnar con él mis manos.

Me asomé al balcón. Coloqué al mantón sobre mis hombros. Miré las estrellas. Las vi igualadas a las luces pequeñas que se son apretadas por la ciudad. La ciudad de la Torre Eiffel, capital de la gradieur France, cupo en la palma de las manos. Respiré profundamente. Soñé despierta con agarrar de la mano a Javier y saltar desde el balcón para volar como Peter Pan , y andar por aire hasta llegar al cielo. Realmente creí estar allí. Tal fue mi felicidad. Una noche de ensueño que no hizo más que empezar.

– ¡París nos espera! – gritó Javier exuberante. Guapo, radiante, vestido de etiqueta. Sujetó mi mano con suavidad y elegancia, como si sujetara un pañuelo de seda. Me sentí colgada a él. Salimos al balcón. Tuve la impresión de que adivinó mi pensamiento. Me invitó a bailar al son de las estrellas. Dimos unos pasos de vals. Conseguimos valsar sin otra música que la de estar juntos.

Íbamos a salir de la suite, cuando tiró de mi brazo con cierta brusquedad. Su sonrisa pillina le delató. Me encantaba ver sus comisuras marcadas sobre los extremos de los labios, bajo el moflete. Los hoyitos en el centro de la cara son una característica de su cara, que llama la atención y le hace tener un atractivo sui generis. Decía que se los hizo su madre de tanto besarle y apretarle los mofletes diciendo “que niño más rico”. Ironizaba sobre esa frase para decir que no le quedó más remedio que ser un hombre rico profesional.

Le besé la boca, con dulzura primero y luego con ansiedad. Su lengua y perfume me placieron, de manera que el placer se hizo carne en mi cuerpo. Apreté mi cuerpo contra él. Paró el jugueteo. Miró mi semblante con cierta gravedad.

Estamos en París – me dijo.

¡No me digas! – Supe por donde iban los tiros, pero no exactamente. Le volví a besar los labios, despacio. Con la lengua recorrí la silueta de ellos. Levantó la parte baja de mi vestido sin que me ruborizase. Sus manos manosearon mis muslos, formando una unidad con ellos.

París la nuit – me susurro al oído. Se arrodilló ante mí para bajarme las bragas. Cuando la tela del vestido bajó su roce concentró un placer de aire en el clítoris. Al levantarse otra vez me subió el vestido, noté su dedo en la puerta de la vagina, húmeda y caliente. Sensación que le comuniqué con la lengua sobre la suya. Besó y lamió un poco el dedo que se acercó a mi sexo. Luego me lo ofreció a mí y se lo chupeteé con deleite Tuve unas ganas enormes de ser penetrada por él. Todo mi cuerpo buscó el orgasmo. Un beso sonoro en los labios cambio de rumbo. Exclamó “¡París!. Lazó mis bragas negras a la cama, pero quedaron caídas en el suelo. Allí nos esperarían. Me dio un azotito y salimos.

Sentirme desnuda bajo el vestido me dio una sensación nueva, parecida a estar rodeada de un suave soplo permanente. Fui confidente de Javier, al compartir un secretito de pareja. Sus manos se escapaban para pellizcarme el trasero y rozarlo sobre el vestido. Me sentí dichosa de ser su puta, su amante, a la vez que futura esposa y la madre de sus futuros hijos.

Nos esperaba el chófer-guía. Junto a su coche, estaba otro, a cierta distancia, que se encargó de nuestra seguridad de manera discreta. Nos sentamos en la parte de atrás. Hicimos el recorrido ritual de aquella fantástica ciudad. Recordaba todo lo que veía, pero con Javier adquiría una intensidad especial. Mi felicidad se hizo luz que irradió en mi piel. Se desparramaba haciendo de mi ser una nube que flotó en esos momentos.

Más que un trozo de tiempo fue un espacio en una nueva dimensión, absolutamente sólida y con parámetros medible en una geometría cuyas dimensiones fueran los sentimientos. Sentí en Javier el roce de la grandeza de Francia. El mito de París, como ciudad excelente, es ser la capital del amor. Sólo allá se dice “amour”, con los labios fruncidos y las vocales nacidas de la garganta. La lengua francesa, forma parte del glamour de su nación. París es un beso de luz. La misma ciudad con otro nombre no sería la misma. Un impulso de romanticismo hizo falta para hacer triunfar la revolución de la razón, de la ilustración, y tuvo que ser en Francia, sólo en Francia. Allá se inventó el regalo de flores y bombones. Lo demás, en otros lugares, incluida España, apta por su propia lengua para la conquista del mundo.

Dimos un paseo nocturno bajo la Torre Eiffel, también por Mont Maitre y ante le Sacre Coeur. Vimos el arco del Triunfo al recorrer los Campos Eliseos. La fachada del Louvre. Recorrimos en coche el boulevard de los italianos, el de Montparnasse, la avenue de l´Opera. Durante aquel trayecto recordé mis paseos, de hacía tres años, por el barrio latino y Saint Germain. Mi visita al centro Pompidou. Los Inválidos, con su escalinata y el lugar donde se encuentra enterrado Napoleón. Bonaparte. En la primera parada el chófer nos obsequió con una bandeja de canapés y tartaletas de hojaldre y con una copa de champagne puramente francés. Terminamos la tourné con un recorrido por el Sena, a la una de la madrugada, en el bateaum bus. Respiré aire y amor. Javier me besó con caricias y sonrisas. Nos apretábamos los cuerpos como si quisiéramos fundirnos en uno. Solos en popa, le coloque una mano sobre mi seno derecho. Me masajeó con lujuria. Ofrecí a Javier mi sexualidad y amor de por vida. Noté que se me puso terso el pezón. y se estiraba el clítoris y se rozaba con el vestido, convirtiendo la piel en bengala. Besé su mano e inspiré su tacto con una respiración profunda.

Cenamos en el restaurant Loraine, rodeados de velas encendidas. Los demás clientes parecían parte del decorado. Un murmullo de fondo ambientó nuestra velada y, desde luego, nunca mejor dicho lo de velada. Los camareros fueron meticulosos y serviciales. Brindamos desde el principio y durante la comida, hasta el final, con champagne, sin excedernos. Saboreamos una docena de ostras entre risas y juegos de palabras obscenos. Alguna vez se nos fue la conversación al terreno profesional. Llega un momento en que los negocios se meten tanto en la cabeza que siempre queda algo pendiente. Como nos pasó a los dos no tuvo importancia. Recogíamos velas para volver a nosotros mismos.

Nuestras manos hablaron entre ellas y el choque de nuestras miradas se convirtieron en caricias y musicalidad, sin necesidad de tacto y oído. Nuestras palabras jugaron entre sí y el silencio empujó nuestros gestos. Fue aquella cena el preludio, largo, lento y protocolario, de un momento especial para ambos, poseernos definitivamente. Así de deseosa lo viví.

El chófer nos dejó en la puerta del hotel. Subimos por la escalera para recorrer su majestuosidad. Hasta el primer piso es una réplica de la escalinata del Titanic y la segunda parte, hasta nuestra instancia, la del palacio de verano Petrodvorets, Pedro el Grande, de San Petersburgo, que da al los jardines, incluida la estatua dorada de Sansón abriendo las fauces de un león. A la puerta de la suite estaba un conserje para ofrecernos, en una bandeja de plata, dos bombones con sabor a orange. “Bonne nuit“, nos dijo escueta y solemnemente aquel maitre. Tomamos aquella delicaté antes de entrar.

Toda aquella parafernalia formó parte del escenario de nuestra noche de amor. Cada detalle llegó por sí mismo. Me sentí una actriz, que hace su papel, y de tanto desearlo pareció estar ensayado al milímetro. Decidí dejarme llevar, adormilada por lo tarde que era y el efecto suave del chamagne. Estuve decidida a hacerle enloquecer y para ello quise dar sabor sexual a mi belleza, sabiendo unir pasión y magia. Había leído y pensado mucho sobre la capacidad sensual de amar. Me sentí segura de mí misma. Y mi relación con él fue de tal confianza que no hubo temor ni situaciones prefabricadas. En aquella época pensé que si la Real Academia de la lengua tuviera que definir la palabra felicidad, tendría que señalar mi sentimiento de aquel entonces. Pero una misma palabra puede tener muchos significados y diferentes significaciones, aunque tales no los conocí hasta pasado un tiempo.

Javier me cogió en brazos para entrar en volandas a la habitación. Antes de que diera el primer paso nos besamos. Estuve apunto de llorar de emoción. Por dentro fui un torbellino de pasión. Había tomado ciertas precauciones, pues no hablamos de tener descendencia. Quedar embarazada antes de tiempo podría suponer un descalabro familiar de primer orden para ambas partes. Tomé anticonceptivos. Durante la cena se lo hice saber, sin más comentario que no había problemas de que hubiera alguna consecuencia. Él me dijo que soy perfecta. y que él también había pensado en ello, pero que si no hacía falta mejor.

Pasó con suavidad. Vimos las bragas en el suelo y pasó sobre ellas. Hasta llegar a la cama me besó los hombros, las mejillas, el cuello. Apagó las luces. Se encendieron de manera automática al abrir la puerta. Sólo una pequeña lamparilla de la mesita destiló luz, difuminada por toda la habitación. Nuestros cuerpos se convirtieron en sombras. El tacto de sus manos y las mías se diluyó en el aire.

Había dejado caer el mantón. Echada sobre la cama el ambiente se hizo desnudez. Javier me levantó el vestido. Dejó al aire mi sexo. Mientras lo miraba se desabrochó la camisa, el pantalón y deshevilló el cinturón. Parecía una estatua a mi vera. Su ropa cayó a sus pies. El sonido me estremeció.

– te quiero, te deseo, te amo – Sus palabras se convirtieron en besos en el aire. Coloqué mi mano sobre su pene erecto, caluroso y movedizo. Moví su piel y sentí la humedad de una baba genital. Se puso sobre mí. Clavó su miembro a la entrada de mi oquedad. Noté la suave fricción de su pene que azuzó mi deseo. Tuve la sensación de querer hablar por la vagina. Sacó la vara de carne con ternura. Nos besamos. Sus manos dieron vueltas sobre mis nalgas. Sus dedos fueron peces. A veces un tiburón que dio pellizcos y apretones a mis glúteos. Uno de sus dedos se colocó, como pececillo de colores, en torno a mi ano y luego fue delfín en él y en el otro agujerito, al entrar y salir su yema.

Quise estallar, pero cuando estuve apunto, frenaba la caída de una catarata de gusto que estaba por venir. Incrementaba el deseo deseado. Mi apetito sexual adquirió vida. Javier recorrió con su yema húmeda mi rostro Con la lengua se la rocé un par de veces. Me ayudó a quitar el vestido. Una avalancha de besos y mordisqueos acuchillaron mis nalgas. Quedé sorprendida, descolocada, cuando su lengua jugueteó en mi ano y vagina que él abría con los dedos. Noté como si toda esa zona diera un salto, para caer en algo inesperado, en un nuevo gustillo y placer que floreció en mi piel. Di una vuelta sobre mí. Le contemplé totalmente desnudo. Besó el velo del pubis y lamió el clítoris con suavidad. Fue como si arrancase el placer a cachos. Moví al cintura. Antes de decirle con deseo y ansia “fóllame” me dio la vuelta y me penetró, estando yo de cara a la cama. Su pirindola llenó mi cavidad vaginal, noté los golpes de la embestida sobre el trasero. Cada golpe llenaba el conducto al útero de piedras de placer que caían. Comencé a moverme frotando el clítoris sobre la colcha. Sentí un saco lleno de cantos rodados que caían todas juntas, unas detrás de otras, hasta llegar a un río turbulento, cuya corriente de placer llega a todo el cuerpo, al pensamiento, al corazón. Él se quedó quieto, un instante. Me colocó al borde del precipicio de un rascacielos de gusto, en un ten con ten, de me caigo, no me caigo. Iba a saltar, pero con voz agitada le dije que quería verle la cara follándome. Salió de mí espontáneamente ese querer. Me coloqué de cara a él. Abrí las piernas, con las rodillas dobladas y su polla viril continuó la faena. Vergueó con fuerza mis adentros. Sentí lo mismo que cuando despega un avión, ya situado en la pista. Despacio, más de prisa, más, más y más, hasta que despega. Estallé. También él. Nuestras respiraciones se hicieron aire. Gemí y le dije “te amo”. “Yo también”, respondió él. Jamás había imaginado algo así. Sus huevos golpearon como besos de azotes, la parte de atrás de la entrada vaginal. Las piedras que cayeron se convirtieron en cascada. Cada pedrada era un golpe de placer en forma de latido carnal. Lo que me hizo gemir fue sentir dolor pero en forma de placer.

Quedó sobre mí, igual que una mancha de tinta que se une al papel. Nuestros cuerpos se adormecieron. Nos cobijamos bajo las sábanas a la brisa de sus dedos y mis dedos que buscaban caricias, entre susurros de palabras volátiles que revolotearon entre ambos hasta convertirse en sueños.

Tuve la sensación de haber sido siempre suya. De haber estado con él desde el infinito. Todo lo que no hubiera tenido que ver con él fue como que había desaparecido. Al recordar ahora aquellos momentos descubro mi vida, porque para verla hay que desnudar cada momento. Sólo así puedo mirar la luz de las sensaciones interiores y saber qué ha ocurrido, pues a ciencia cierta una bruma obnubila pasado, presente y futuro.

El placer con Javier se hizo amor, no algo efímero que emana de una función biológica. Fue un encuentro con mi destino soñado. La realidad fue tal cual yo más hubiera podido idealizar. Mi autoplacer había sido hasta entonces algo lésbico, pues me gusté a mí misma. Fue con Javier cuando me entregué a otra persona, no sólo compartí con él mi intimidad, tal como hice con mi anterior relación. Sentirme penetrada no fue una invasión, aunque fuera consentida. Así traduce mi recuerdo lo anterior. percibí que su pito era el mío. Disfruté dándole placer. Su genitalidad formó una unidad con la mía. Consideré que era una unión férrea, segura, envuelta en una vida de oro, con diamantes incrustados, y por lo tanto indestructible. Desde entonces nuestros juegos de orgasmos fueron piedras preciosas de inmenso resplandor, cuya luz fue amor. Sí: amor.

Al volver de nuestra escapada de amor a París, comenzamos a planificar nuestro futuro y prepararnos para una vida matrimonial. Nos dimos diez meses para ir al altar. Javier bromeó con la cifra “diez” y me llamaba “chica 10”. Yo me puse contenta siempre que me halagó. Por acostumbrada que estuviera escuchárselo a él me llenó de alegría. En Navidad hicimos oficial el anuncio de boda. Decidimos tener tres descendientes, niñas o niños, lo que saliera. No quisimos quedarnos en la parejita, sobre todo porque medios económicos no nos faltaban, pero tampoco queríamos demasiados agobios. Mi propósito fue compaginar el trabajo y la responsabilidad empresarial con la vida familiar. Por eso tendríamos la descendencia lo más seguida posible, para retomar después mi puesto a plena dedicación lo antes posible.

Continuaría en el Consejo de Dirección. Pero todo fueron previsiones. Formar parte de ese mundo crea un halo de grandeza y superioridad, que da fuerza en sí mismo. Es excitante. Tal es la definición exacta, incluso en un sentido físico. Es vivir en el Olimpo de las finanzas. Dinero llama a dinero. En las reuniones de negocios hay que concentrase al máximo, pues una decisión mal tomada puede llevar a un fracaso empresarial. Es difícil en niveles altos pues cualquier paso es consultado y se trabaja en equipo, previendo cualquier contrapie. Pero puede suceder. Una regla de oro es no mezclar las cuestiones emocionales ni dejarse llevar por los sentimientos. hay momentos en que sabes que emprender una iniciativa conlleva la eliminación de una zona ecológica, o que afecta negativamente a miles de personas. Pero si se tiene que hacer hay que hacerlo, por encima de todo. Visto desde fuera es cruel. Dentro de ese sistema, es necesario, y cumplir exige fortaleza de ánimo. A pesar de ello y siendo yo una ejecutiva ejemplar, en las reuniones me asaltaban escenas obscenas. Nunca hablé sobre estas fantasías sexuales ni siquiera con Javier, ni en bromas. Hubiera provocado desconfianza entre él y yo, lo mismo que si él me hubiera comentado algo parecido a mí. En realidad las reuniones son la puesta en escena de lo que se ha guisado en los pasillos, en llamadas telefónicas o en cenas y comidas de negocios. Las reuniones son protocolarias y aburridas, aunque siempre hay cierta tensión por si surge alguna sorpresa, que nunca llega. En ese tiempo de escuchar informes, balances, memorias económicas, mostraba atención, pero fue un gesto, muchas veces, mientras que mi pensamiento volaba a lugares recónditos de la psicología humana, en los cuales me encontraba imaginariamente haciendo el amor con un conserje, un directivo o con un delegado. También con el presidente. Las fantasías me causaban recosquilleo. Luego fuera de las reuniones no me acordaba, pero en ellas, por más que intenté controlar que me surgieran tales fantasías me resultó inevitable preguntarme como cada uno de los que estaban presentes harían el amor con sus respectivas parejas o con los servicios de prostitución adiestrada y de lujo. Luego les imaginaba a uno de ellos o varios practicando conmigo las posturas más viciosas. Fue un simple devaneo erótico, muy de fondo, pues no dejé nunca de prestar atención a los asuntos que tratamos. Lo que nunca se me ocurrió en esos contubernios fue pensar en Javier, aunque fuera de allá no pensara más que en él.

La relación entre Javier y yo fue in crescendo desde aquella estancia en París. Nuestra relación fue espuma que se esparce. Los orgasmos inundaron cada poro de nuestros cuerpos. Formaron parte de nuestra grandeza personal y profesional. Para una persona rica es inconcebible no tener todo a raudales, de manera inconmensurable. También el placer. Tal es la razón de la separación a la vejez viruelas de muchos ricachones, para unirse y aparecer al lado de una jovencita. Es el sentido de la riqueza. El mundo de los negocios nos marcó una frontera estricta, en la que aplicamos una severa disciplina. Para la empresa somos máquinas, un engranaje de la gran maquinaria que es la empresa.

Entre las fantasías que tuve por aquel entonces, recuerdo la de andar desnuda , con zapatos de tacón, sobre la mesa de reuniones del Consejo. Admirada y deseada por todos los presentes. Incluso por las otras seis mujeres que lo forman. Estuve excitada al pensar que iba con unas y con otros, elegidos al azar, y Javier me miraba y yo a él, poniéndole los dientes largos. Cuando me acostaba, al pensar en aquellas escenas me bajaba las bragas entre las sábanas y me frotaba el clítoris y a veces metí la punta de un dedo en la vagina. Fueron orgasmos en forma de cañonazos sucesivos, cuya munición estallaba dentro de toda la zona genital, tras lo cual temblaba todo el cuerpo. En no pocas ocasiones grité en silencio. La garganta tragaba el gusto en forma de tacto que se traga. También me froté los pezones con una mano, mientras con la otra me agitaba el punto de excitación. Algo que nunca hice.

A los varones de mis fantasías les clasifiqué en tres categorías. Aquellos que eran follados por mí. Basta hacerles una insinuación para convertirles en peleles a los que usaba para satisfacer mi placer. Quienes al verme toman la iniciativa y me bajaban las bragas y subían las piernas, o me ponía de espaldas a ellos, para arremeter con su polla bravucona hasta satisfacerse de mí. Por último aquellos que son fieles a su pareja, o quieren serlo, y no ceden. Yo me contornaba en esas imágenes semioníricas. Asomaba una nalga fuera de la braga, me rozaba el pecho, mover la lengua y los labios, hasta que ninguno aguantó y saltaban salidos cubriendo con su lengua mi cuerpo y dando furiosas embestidas. Busqué un sentido sobre el porqué de imaginarme a aquellos tipos, y me di cuenta de que los primeros coincidieron con los que se relacionan con los trabajadores de la empresa. Los segundos con otros ejecutivos y los del tercer grupo con los políticos.

Aquellas escenas se me ocurrieron solamente desde que participé en aquellas reuniones. El lujo da aire de superioridad, es un aire que se respira en los ambientes en los que se maneja dinero. Da la sensación de que hay algo oculto. Lo percibí, pero nunca supe qué fue. Ahora me doy cuanta que eso que aparece escondido son los pensamientos. Son cuevas recónditas que nada tienen que ver con la superficie. Nadie, jamás, se imaginaría cuáles fueron mis pensamientos en relación a ese mundo. Son la parte etérea de algo más sensible. La sensación de poder es también sensación de placer. Y éste busca más, y más. Y se quiere palpar, hacer sensible y material. La clave es el trípode que sostiene los fundamentos de nuestra sociedad: sexo, dinero y poder. Aunar los tres es el sumum. Es en estos momentos que escribo es cuando encajo algunas piezas, que no podría demostrar, pero están ahí. Relaciones con menores, prostitución violenta, crímenes sexuales… Se disimula con que son fantasías, bulos, leyendas urbanas… Se trata de algo que nadie puede imaginar. Que nadie quiere mirar, y mucho menos ver. El poder es algo que, de manera consustancial, nunca está quieto. Es por esencia poder sobre otro. Por eso las empresas compiten y se expanden. Pero más allá de la economía funciona por la forma de ser de la psicología de personas que movilizan esos engranajes.

Igual que a mí me saltó un proceso imaginativo en ebullición, a otros seres humanos de ese mundo les ocurre lo mismo. Y para ciertas personalidades no hay frontera entre su interior y lo de afuera. Las orgías se presentan como fiestas privadas. Son decorados, de cuyas acciones no hay responsables, sino una camarilla de desconocidos, a los que alguien paga. Quien quiere el poder absoluto, simplemente sobre su empresa, o una parcela de determinadas acciones, acaba participando, para relacionarse con los poderosos, lo que se llama “codearse”. Exige llegar a la humillación absoluta. En esos contubernios tratan de mover influencias. La crueldad de los mandamás de la economía y ciertas parcelas de Poder se fabrica, lo mismo que a un buen vendedor mediante cursillos de oratoria y autoestima y empatía. Para ser influenciados en la esfera del poder tienen que ser condicionados. No violados, sino que se les exige desinhibirse. Lo cual conlleva renunciar a uno mismo. El individuo es la empresa. Pero no sólo, como me ocurrió a mí, por inercia, sino como contenido vital y conocimiento de causa.

Todo sucede en un ambiente de complicidad e irónico, de cierto cachondeo morboso. Yo nunca he participado, pues fui una protegida de Javier, por ser su pareja. Pero me advirtió que la despedida de soltera iba a ser algo especial. Y que hay una boda interna, para ambientes selectos, que sería nuestra segunda boda, después del viaje de novios. A la cual nadie de la familia iba a asistir. Tan sólo me dijo, que no temiera, que son rituales que unen a gente importante. Por eso lo que escribo es una intuición. Pero se añade a esto que una vez, tras un acto sexual esplendoroso entre ambos, hablamos de nuestras cosas más íntimas. Yo le dije que tuve un novio con el que me besé y que me obligaba a hacer cosas que no quise. Al notar sus palpitaciones, reconduje ese cuento y dije que fue masturbarle un par de veces. Eso le tranquilizó. Su historia fue que en determinadas fiestas se pone uno ciego. Aludió al incienso y a música frenética. En una de ellas se baila desnudo en grupo. Se salpican de sangre de un corazón de cordero, o vete tú a saber de qué es, dijo. Así como que te dan por el culo y no te enteras. Comentó que ya no tenía que volver a ellas, que entró en el círculo y haría de anfitrión, que es ver lo que ocurre, la danza del poder, o el baile de los machos, desde una cabina o habitación colindante. Luego se rió a carcajada y comentó que fue mentira aquello que me había contado, que lo hizo para asustarme y darse importancia colocándose un halo de misterio. Fue una broma macabra. Nunca más hablamos de esa historieta lúgubre que me contó.

Ahora no sé si será cierta o no aquella historia. Pienso que fue una bobada. Pero lo que sí compruebo, por mí misma, es que esos cuentos existen en la mente humana. Si contó aquello y no viene de la realidad, sí de un pensamiento, cuya parafernalia brota de los ambientes de lujo. De hecho muchos anuncios llevan una marca con huellas diabólicas y sexuales, que es lo que los técnicos de publicidad llaman “ideología interna del mensaje“, o “la firma del poder”. Yo hice tres campañas bajo esa “moda”, pues el equipo consideró que es una provocación y que empuja a ciertos colectivos de liderazgo social a usar los productos que nuestras campañas lanzasen al mercado de masas. Por otra parte si se extrapolan estas fantasías de poder, digamos que son fantasías, se pueden comprender las guerras y la violencia del terror, como una especie de ritual, de ceremonia de sangre y fuego a nivel social, que emprenden los poderosos y quienes quieren serlo como despliegue y manifestación de su poderío, pasado, presente o futuro.

Al mirar, aquella vez, a Javier un tanto confusa, por lo que, al parecer, inventó, comentó mimosamente: “No seas tonta. Si fuera sólo poquito verdad, esta tontería que te he contado, para disimular tendría que vestirme con sotana, o casarme con una beata reconocida. Y tú no lo eres, ¿verdad?” Nos besamos con suavidad los labios y lamimos mutuamente nuestras lenguas, como cuando una niña lo hace en un cristal, hasta quedar adormilada con mi cara sobre su brazo.

El sueño que viví y disfruté en París puso el listón de la relación entre Javier y yo muy alto. A pesar de lo cual se hizo más y más y más. Como cuando el agua cae sobre el champú. Nuestros momentos de encuentro fueron pompas, burbujas de encanto. Chorros de lujo y cariño. Creí que cualquier obstáculo que tuviera sería superable. Debería ahorrar felicidad para tiempos de problemas. No imaginé ninguno en aquellos momentos, pues Javier es guapo, rico y buena persona. Aunque desde fuera de aquel ambiente pudiera no parecerlo desde dentro sí. Colmó mi estancia y mi vida con él de flores, de detalles cariñosos, cartas de amor, llamadas inesperadas llenas de ternura.

A diario estuvimos muy atareados. La riqueza ocupa un tiempo, que es la vida y el ser, casi por completo, de quién es rico. Recopilar informes. Relacionarse con la fauna variopinta de la farándula empresarial y política. Todos parecen, a simple vista muy parecidos, pero cada uno tiene su peculiaridad De cada cual hay que aprovechar su característica, y de todos la vanidad. Del trepa la competitividad. Del ambicioso, trasladar su fuerza de egoísmo al trabajo. Del intelectual las ideas. De quien se cree imprescindible hacer que se lo crea firmemente. Orientar todas estas fuerzas psicológicas y ordenarlas dentro de un proyecto es la labor de un líder. A su vez éste es usado y estudiado por la dirección, la cual está sujeta a la Empresa (con mayúscula), cuyos objetivos marcan el camino.

Pagar bien a un ejecutivo no es un coste salarial, es una inversión humana, que bien se puede parecer a exigir que venda su alma y su vida al diablo, en forma del dios dinero. Quien siembra recoge. Mi padre se sintió muy orgulloso de mí. Repetía insistentemente que lo importante en la educación a los hijos es sembrar en ellos buenos principios. Tal fue, para él su secreto de triunfar en los negocios, lo cual, en su ambiente, es sinónimo de triunfar en la vida. Una vez le pregunté qué quiere decir, concretamente, “tener buenos principios”. Pues repetía dicha frase, pero sin explicar claramente cuáles son. Que le interrogase sobre aquello le pareció un atrevimiento. Lo debió de tomar con segundas intenciones, pero lo asumió como una manifestación de mi rebeldía juvenil, la cual, sinceramente, apenas brotó en mí sino como aceptadora del mundo que me tocó vivir.

Ser como eres, eso es tener buenos principios Ni más ni menos. Entender esto es muy complicado. Una lista de buenos consejos es muy fácil. Lo difícil es que salgan de dentro de ti – Sentí orgullo de que me dijese aquellas palabras, pero no me aportó nada en esos momentos. Lo consideré como un poco de faramalla, de la que mi padre hizo gala siempre para hacer de su altanería un acto de elegancia. Años después he sabido lo que quiere decir ser una misma. he tenido que posicionarme en la vida. Cuando se decide elegir un camino es cuando los seres humanos nos paramos a pensar. En esta tesitura comprobé que en verdad no elegimos lo que pensamos, ni lo que sentimos, ni casi lo que hacemos o lo que queremos. Qué me hace pensar lo que pienso, porqué quiero lo que quiero. Al final son preguntas infinitas que llevan a un laberinto interminable del cual es difícil salir. Quise ser bella, quise triunfar, quise casarme, tener hijos y ser una rica emprendedora. Quise disfrutar y no hacer mal a nadie Quise tener dinero ¡mucho dinero! El conjunto de todos estos deseos, pensé que eran buenos principios.

Mi relación con los demás fue casi perfecta. Atenta, desenfadada y dispuesta a ayudar o aconsejar en lo que de mí dependiera. Tuve la idea de que los demás son una inversión para la vida. También la relación de pareja. Tal criterio puede parecer frío, pero funciona. Javier fue una buena inversión, al que tenía que atender y corresponder, para evitar infidelidades y rupturas en la intimidad, que no se ven, pero se detectan. Algo que flota en los ambientes de riqueza y poderío. Llevé los criterios de inversión a rajatabla, tanto en la empresa como en la intimidad.

“La vida es un frenesí, la vida es color de rosas”. La letra de esta canción pareció el himno de mi existencia. Fue el ritmo de mi cotidianidad. El pálpito de mi relación con Javier ¿Pude pedir más a la vida? No hubo fin de semana que no viajásemos hasta volver el Domingo de madrugada. De hotel en hotel y de lujo en lujo. Al máximo, lo cual lo vi tan normal. Era imposible que lo pudiera siquiera imaginar de otra manera. Ir y venir en avión fue para mí como coger un taxi. o como acercarme a la esquina. Mamé tanto el lujo que fue mi visión de la vida. Londres, Estambul, Roma, otra vez París, Oslo, Nueva York, Tokio, Barcelona, Sevilla, Buenos Aires.

A veces Javier y yo hicimos viajes con otras parejas. No pocas tuvieron algún punto de encuentro con los negocios, especialmente cuando nos acompañó el hermano de Javier, Alfredo, con su esposa. Contactos con futuros ministros, o con delegados de departamentos ministeriales son encuentros que hay que hacer en la distancia, fuera de ningún ojo avizor. Y son necesarios. Yo nunca me preocupé de esta clave, pues no fue mi cometido. Sin embargo sí me las apañé con asesores y grupos técnicos. Uno de mis proyectos fue hacer una multinacional de la industria de la imagen, para con los años invertir en una especie de Hollywood europeo La imagen de un estilo de vida vende una forma de ser y por lo tanto de consumir. Fabricar imágenes que se vendan a sí mismas es la esencia de la publicidad, y al mismo tiempo lo que más la oculta como tal. Javier me animó en ese empeño.

El recuerdo se acompaña de una emoción o varias, pero recordar no es un sentimiento. Los hechos transcurren y se ven. El sentimiento permanece siempre, cambia de forma, es más grande o más pequeña su intensidad, pero queda incrustado en recuerdo. A través de la palabra estoy despertando ese aire que llevo dentro, el ánima, el alma, el pensamiento, el ser. No sé.

Supe de manera indirecta que Javier tuvo un apartamento, en la zona más lujosa de la ciudad. Un amigo suyo se refirió a él como “el picadero”. Javier nunca me llevó a él, ni me dijo nada al respecto. Supe que lo vendió y adquirió en propiedad temporal, por veinte años, la suite del hotel Plassiere, a la que llamamos “nuestro nidito de amor”. No vivimos juntos, sino en nuestras respectivas familias, en una relación abierta y de convivencia íntima. Hasta el día de la boda no podíamos ser más que una pareja de enamorados.

Nuestras familias se vieron los domingos a la salida de misa. Javier y yo coincidimos un par de veces con ellos a tomar el vermut. Ir a misa fue un rito social. Sin embargo a mí me causó cierta contradicción con el hecho de mantener relaciones sexuales con mi novio, y luego casarnos por la iglesia. Creí como costumbre, y como costumbre creí a medias. Todo sucede sobre la marcha, sin pararme a pensar. Jamás hablé de esto con nadie. Si se lo hubiera comentado a Javier, me habrá hecho una carantoña y me diría que no me comiera el tarro. Para mi madre el matrimonio es un sacramento, pero que se hace cuando se tiene que hacer. Fue muy liberal en ese sentido. La religión funciona como una bambalinas de fondo, que no puede faltar, pero que se deja de lado cuando hace falta. Sirve para marcar unas normas, para exigir una conducta. Es como la ley. Para los ricos está ahí, pero no se encuentran atados a ella. Aunque si alguno se pasa más de la cuenta se le puede caer el pelo, con esa misma ley y con ese mismo ten con ten.

Mi madre y mi tía Puri, que se mete en todo, se encargaron de los preparativos para la boda. Ya estuvieron en contacto con la madre de Javier, con el fin de acordar los criterios del protocolo y la parafernalia nupcial. Mi decisión fue opinar sobre dos o tres opciones que me propusieron. En ese sentido estuve desprepocupada. Lo harían como se debe hacer. No quise descentrarme de mi trabajo.

Participar en una boda por la iglesia fue un protocolo, pero conlleva algo más. Me afectó anímicamente, durante unos días. Una tarde a la semana asistí a los cursos prematrimoniales, con don Patricio. Javier pasó de asistir. No le pareció interesante. Estaba a favor del rito religioso, es creyente, pero no le gusta dar pábulo. Donó una buena cantidad de dinero y le perdonaron su ausencia. Yo no fui en grupo. En realidad quise ir dos veces para plantear mi zozobra interior, que no fue mucha, pero quise resolver mis dudas, en cuanto a ser católica practicante, al menos de cara a la unión matrimonial y al mismo tiempo mantener relaciones prematrimoniales. Fue algo sabido familiarmente, supuesto al menos, pero sin lugar a dudas. A nadie le preocupó. Pude escapar huyendo de la fe y renunciar a creer. Pienso que ya no creía, pero la creencia cuelga en la conciencia. De hecho todos los días di gracias a Dios por vivir como vivía y ser enteramente feliz.

Don Patricio fue muy comprensivo y sumamente aleccionador. Comentó que el deseo de la carne es tentación, pero no así el amor. Resolvió mi dilema con un a frase de san Agustín: “ama y haz lo que quieras”. Para él la sexualidad sin amor acaba en desgracia y en la falta de respeto a uno mismo y a los demás. El amor sin sexo es mística y misterio. En sus monólogos discursivos me explicó que una cosa es el sexo con amor, que es sólido, pero frágil, y otra el amor con sexo, lo cual es imperecedero. En el sacramento matrimonial se opta por amar. Cuando le dije que había mantenido alguna relación íntima con Javier, previa, pues, al matrimonio, fue un tanto cínico, pero sabiamente. Planteó que si estábamos preparados y dispuestos a amarnos para siempre esperar puede ser un sacrificio, pero no era esencial. Quedé un tanto perpleja, pero al mismo tiempo engrandeció mi relación con Javier. Tuve la certeza de que el nuestro iba a ser un amor eterno. Brotó el amor entre los dos como algo primordial. Don patricio, no obstante, no me dio carta blanca, sino que me recetó moderación, lo que el ritmo de trabajo hizo inevitable. En realidad no me dijo nada en concreto. Dejó que interpretase sus palabras, para adaptarlas a mi conveniencia. Con Javier no me atreví a hablar nada de esto. Tampoco él se interesó por lo que me contaron en esas sesiones de preparación. Fue un síntoma más de su carácter práctico. Ambos fuimos creyentes. En Dios, en la iglesia católica, apostólica. y romana. Indudablemente. Indudablemente porque no pensamos en más. En el fondo los pilares de nuestra relación fueron la sexualidad y el dinero, ahora bien amándonos, llenos de amor el uno hacia el otro.

Cuando estuvimos juntos nuestros cuerpos quisieron ser uno. Nuestros labios se regaban mutuamente Los miércoles cenábamos juntos y pasábamos el rato cuchicheando palabras con indirectas de nuestras pillerías. Nuestras manos jugueteaban. Hicimos confidencias eróticas. Nos sinceramos, pero sin hablar del pasado, para no despertar sospechas salvajes que pudiéramos no controlar. Fue un pacto tácito, no hablado. No fue algo premeditado El presente absorbió nuestra relación.

Verle me proporcionó la sensación de estar desnuda. Fue algo muy especial. Desnudarme con él y ante él fue siempre emocionante. Sentir su cuerpo y la presión de sus brazos me apasionó. También escuchar su respiración y sentir sus latidos. . Gotear mi mano sobre su piel destiló placer en ambos. Mi cuerpo fue alambique de felicidad, cuyo licor bebimos en nuestra fogosa unión, hasta estallar ¡tantas veces!

En no pocas ocasiones me quedé en el preámbulo al orgasmo, porque saboreé el gusto sin más. Esa sensación de excitación se incrustó en mi cuerpo. Él siempre quiso terminar porque decía que yo le llenaba, le derretía por dentro. Le ordeñé placer con las manos, con la boca. Su semen fue un jugo que me gustó. Una vez se lo llevé a su boca y lo tragó mezclado con mi saliva. Recorrí con besos su pene. Una noche no hubo punto de su cuerpo y el mío que no hubiera recibido un beso. De una parte a otra de la corporeidad de ambos, los besos fueron música de cámara, con notas que se entrelazan a través de los acordes. El tiempo se hizo roce, el roce deleite, el deleite desnudez y escultura de caricia y aliento.

¡Cómo me gustó sentirme penetrada por él suavemente! Y no escribo sólo para recordar por recordar. Sin mirar por dentro el amor no se puede entender. Arremetiendo sobre mí se movió con rapidez y su cara gesticuló quietud, encendida con la lengua y la palabra. Levanté las piernas para abrazarle con ellas. Se apretó contra mí y su piel fue un toque de arpa, yo música convertida en tacto.

Cuando me tumbaba desnuda me sentí caer como hoja de otoño sobre el musgo. Me lamió el clítoris, la vagina y sus labios, con incursiones al ano. Literalmente vi las estrellas. Sus dedos pellizcaron como campanillas mis pezones. Un aroma de tacto se hizo tacto, la sensibilidad fue nube de la que lloviznó brillantes estrellitas, sin poder resistir el vuelo del gusto que batió sus alas hasta estallar, cazado en un disparo de dolor en forma de placer. Para, luego, una barca recoger la nube, el sollozo placedor, el aire agargantado. Su miembro fue remo de un tranquilo mar, cuyo oleaje salpicó magma de su ser.

Dos veces me buscó, Javier, el punto G. Algo que conocíamos de leídas, cada uno por nuestra cuenta. Lo imaginábamos como el summum de placer. Yo fui más escéptica. Entre nosotros no dejó de ser un juego, una excusa erótica más. Desnuda, erguida de rodillas, con los muslos un poco abiertos, Javier me besó la boca que parecía un sorbete de sandia, con sonido de jugosidad. Introdujo, mientras tanto, la falange del dedo índice en el orificio vaginal. Golpeó rítmicamente la pared delantera y giró el dedo en ambas direcciones. Noté cómo las paredes de la vagina se hacían elásticas. En la zona de la entrada se abultó a modo de una burbuja esponjosa. Me rozó el pezón con sus labios y lengua. Toda la vagina se convirtió en un arco tenso a punto de disparar un placer del que se llenó. Su dedo me pareció una bola de luz que votaba en un corto espacio. Solté un quejido de placer y seguí quejándome de gusto a medida que agitó el dedo de dentro a afuera justo a la entrada del orificio de la vagina. El aro sólido de goma se convirtió en una pelota de goma sólida que votó dentro de mi carne genital. Cada bote dio lugar a un espasmo que se extendió por toda la zona aquella. El pubis se impregnó de placer y luego todo el cuerpo se cubrió de polvillo de brillantina cuyos destellos fueron pinchacitos de placidez y relajo. ¿El punto G? No lo sé. Fue un placer intenso que absorbí al cabo de un rato de caricias y arrumacos. Luego chupé su pene, su bolsa y busqué todo el placer alrededor de aquella zona hasta que derramó su semen en mi boca. El sonido de garganta que emitió me trasmitió alegría. Deseaba que sintiera tanto placer como yo de él. Su placer fue mi placer.

La otra vez su lengua fue látigo que coleó sobre el clítoris. Estuve tumbada en la cama, despatarrada. Expresé mi desnudez a tutiplén, para mi goce y su regodeo y excitación. Se había corrido ya con el preservativo, dentro de mí. Yo estuve a punto y le pedí que siguiera zumbando dentro.

No quiero que te corras quiero que explotes de placer – me dijo.

Besó los bordes labiados de la vagina con suavidad. También los pelos del pubis y la entrepierna. Al mismo tiempo masajeó mi vientre y besó y jugueteó con sus labios el ombligo. Royó mi piel mientras que en ella se cristalizó un gustirrinín penetrante. El cristal de placer se desquebrajaba cuando comenzó a chuparme el clítoris y lo convirtió en un punto de luz intensa, una luz de tacto. Su tacto de luz irradió el resto de mi cuerpo. Movió su dedo dentro del orificio vaginal, entraba y salía y luego en el ano, de manera que mi piel latía espasmos de gusto estando apunto, estando apunto, estando a punto. Pasó su lengua por el ano y agitó el dedo dentro de la vagina. Estuve apunto de estallar. Gemí. Se paró en seco. Desalojó el dedo del orificio anal para acto seguido volverlo a meter profundamente en la vagina. Lo giró lentamente de un lado a otro y con su lengua batió el clítoris de manera que parecía mil caballos pateando de placer ese punto, que explotó como una bomba que despedazó toda la ingle y la zona vaginal, por dentro y por fuera, en trozos de placer. La yeguada cabalgó sobre mi cuerpo como si fuera sobre una nube. Su dedo fue una estaca de luz, que las paredes de mi vagina apretaron, como si quisieran abrazar esa vara que emitió tanto placer. El punto G se convirtió en una barca que se difuminó en el horizonte. las manos de Javier parecían gigantes que surcan las aguas cuando me acarició después. Mis cabellos entre sus dedos cascada. Su respiración y la mía fueron una y nuestros cuerpos amor.

El aroma de Javier se impregnó en mi nariz. Lo tuve presente en cada momento, como si de una tela fina se tratara. Fue como si desde la primera vez estuviese derretido, enteramente, sobre mí. Piel de mi piel, abrazo sumergido en cada porobrisa entre vellos cutáneos. Un cariño gigante, un amor eterno, placer infinito, y el tiempo fumando caladas de momentos apasionados. Su roce luz y perla, oro y caricia, mirada y poder. El sueño del mundo moderno se plasmó en mí: orgasmo, dinero, fe a la medida, cobijo familiar. Fui una Barbie de felicidad, con sentido de la realidad y confianza en mí misma. . Aprendí a saborear el presente y preparar el futuro metódicamente.

Jamás hubiera pensado en que me pararía a recordar los momentos íntimos de mi pasado. Lo ya ocurrido es presente porque lo llevamos dentro. En el pensamiento todo se amontona y embarulla, pero en la mano, al escribir, se acaricia el pensamiento, se coloca, se hace visible con la palabra. Es algo que descubro al atender a los destellos del ayer. Es en el recuerdo donde mana lo que da sentido al momento posterior. En cada párrafo recordado hay un barniz de emociones y sentimientos que se evaporan al calor de la lejanía. El arte, en sí, especialmente el arte de vivir, allende las masas y avatares del destino, hace que el recuerdo sea agua y fluya. Al menos una parte, cuando desemboca en la palabra, que recoge gotas de sueños, ideas, pensares, melancolías, experiencias evaporadas en forma de recuerdo.

Toda meta tiene su propio camino. La corriente de un río lo es sin saber de donde viene. Y la cascada es cascada porque un desnivel aparece. Pero ¿quién diseña el río de la vida? El río es río porque lo es, no por quien lo haya hecho, ni tiene un porqué ni un para qué. Es por lo que tengo que seguir navegando para llegar aquí mismo, a la palabra escrita, que desaparece para ser leída y convertirse en una imagen que luego se respira, y luego se siente, y luego se piensa, y luego no sé, no sé. Tal vez sea mejor no seguir, pero necesito zambullirme en el río del recuerdo para llegar a ti, para no ahogarme en el olvido y vivir. Seguiré viviendo, lo sé. Plûtot la vie.

Viví un mundo ideal, idílico, idealizado también, pero construido por átomos de la realidad misma. Y no sólo lo fue únicamente por fuera, en las apariencias, como sucede en muchos casos, sino por dentro. Logré esculpir la vivencia del placer y de la comunicación. Hice de la satisfacción emocional algo palpable y sólido. Soy consciente de que aquello que no se ve, la mayoría de las veces se inventa ¿Cuántas películas ocultan la realidad de lo que cuentan por no desnudar la imagen? La falsedad se hace carne, cuerpo y mente, como antaño hicieron los mitos y leyendas. hemos sido empujadas, las personas, a fuera de nosotras mismas. Yo necesito volver a mi interior. Recordar desde dentro para prensarte en mi ser y vivir.

Ciertamente hay dos mundos, cuya frontera esté en nuestra mente. Dentro y fuera son dimensiones de nuestro ser que forman mundos diferentes. Javier y yo creamos un mundo propio de encuentro. Es necesario que recalque esta situación para entender todo lo demás. Compartimos otro mundo común en los negocios. Cuando leía sus notas en los mensajes del móvil, en el messenger y recados que me traían las secretarias en sobres cerrados me trasladaba a la otra dimensión. El paso del tiempo se balanceó y una neblina espesa adornó nuestras vidas con destellos de luces de colores.

Cuando una secretaria me molestaba o algún colaborador interrumpía mis lecturas amorosas, me ponía agresiva y seria, como si se tratara de algo referente al trabajo. Supe que es un error, pero la actitud agresiva dinamiza la labor de equipo y estimula el liderazgo. Premié el empeño y la entrega de los trabajadores y trabajadoras a mi cargo, con viajes o dietas específicas. Supe representar mi papel de ejecutiva, hasta el punto de creer que era yo esa imagen de mí misma. Me había preparado para no poder ser otra cosa. Pensar en Javier, en horario laboral, me llevó a recordar escenas, posturas y reminiscencias de nuestra relación sexual. Sin embargo, nunca me masturbé en el trabajo. Me hubiera parecido un auténtico sacrilegio. Por la noche, sola en mi cama, imaginaba que me masturbaba en la oficina y acompañaba mi entresueño, frotándome sobre la cama hasta culminar la excitación con un orgasmo, el cual se lo dedicaba a Javier, enviándole una sonrisa. Nunca se lo conté. Una vez imaginé que me bajaba los pantalones de pie, apoyada contra la puerta. Llegaba de despedirme de Javier, que me acarició con disimulo el chochito sobre la bragueta. Con las bragas a medio bajar me frotaba el clítoris, lo que yo hacía tumbada en la cama. Me corría justo en el momento en que, dentro del sueño, llamaban por teléfono. Pensaba que era él quien llamaba.

Las fantasías sexuales son imágenes que vivimos por dentro. Se hacen reales en el orgasmo. El acto sexual une dos realidades, la de dentro y la de fuera. Se comparte en cuerpo y las gustosa búsqueda de sensaciones y roces. Sin visualizar esta vivencia ¿cómo podría explicar mi historia? Vista desde fuera carece de sentido. Desde dentro también. De todas formas no hay que buscar un porqué a aquello que no responde a tal, ni un para qué a lo que no encaja en semejante pregunta.

Otra vez imaginé que recostada en el sillón del despacho me subía el vestido. Me quitaba las bragas que tiraba sobre la mesa. Me abría las piernas colocadas sobre las braceras y me acariciaba el puntito de placer. Luego lo manoseaba con la palma de la mano y movía un dedo dentro de la vagina. Imaginé que Javier me miraba, escondido tras las cortinas, hasta que no podía más y salía desnudo para chuparme el clítoris. Mientras tanto yo me agitaba sobre la cama, con el camisón azul, sin nada puesto debajo. Me colocaba en el suelo, cara a la alfombra y Javier me la metía por detrás. Yo sentía su polla imaginaria por dentro. Se incendiaba mi cuerpo entero, hasta que una fogarada apagaba la luz del cuerpo y todo se oscurece hasta quedar dormida.

Por la mañana ponía el despertador a las cinco y media de la madrugada. Remoloneaba media hora justa, con un segundo toque de atención a las seis. Cuando me había masturbado de noche, me dormía inmediatamente. De mañana pensaba : “¡Anda que si alguien supiera que hago esas cosas!”, cuando es de suponer “¿Y qué?”, me respondía. Es una conducta universal que se oculta por pudor. El mundo de tales experiencias de autosatisfacción es la intimidad, fuera de esa parcela desaparece, como si a un pez se le saca del agua. Consiste en un secreto compartido por todos, pero es invisible. La palabra recoge sus huellas, cuando se cuenta, para mostrar un camino interior. Se cuenta en silencio. Unir esa intimidad, con la pareja, para hacer visible ambos mundos interiores, es la magia del amor. Lo viví sin pensar en ello. Diez minutos dedicaba a pensar sobre esas cosas de mi interior. Luego empezaba a planificar la jornada, a recopilar mentalmente los asuntos pendientes. Cuando sonaba, por segunda vez, el despertador, saltaba de la cama como un soldado dispuesto al combate.

He llegado a la conclusión de que el placer es el cuerpo del amor. Amé a Javier en cuerpo y alma. Pero más allá los mares hay un infinito, en el cual el cuerpo y el alma son un mismos ser. Hasta ser ese llegué como si de una caída, fuera de la atmósfera, se tratara y todavía floto sin rumbo. Porque los soles y las estrellas se difuminan en el bing bang de un amor que ha estallado.

Una vez compartí con Javier ver un vídeo porno. Es algo que no me atraía, que me incomodaba. Pero accedí tomándomelo como un juego. Fue un recoveco más en nuestra relación íntima. La excitación de él me contagió. Estuvimos sentados en un sillón doble. Yo tenía un pie apoyado en el suelo. La otra pierna sobre una suya. Mi cabeza estaba colocada sobre su brazo izquierdo. Me besó el cuello. Nos desnudamos completamente. Luego mirábamos los dos las escenas, un tanto grotescas, vistas como espectadores, mientras que él me frotaba el clítoris. Mi zona genital se abrió como los pétalos de una flor blanca al amanecer. Tal fue la sensación que tuve, porque sentí que hasta los poros de la piel se abrieron para absorber un placer que flotaba en el ambiente. La blancura de la flor se extendía por doquier mi piel, y el sol quemaba la entrepierna.

Dos chinitas pequeñas, o mujeres orientales, aparecieron en la pantalla completamente depiladas. Se desnudaron una a la otra. Se besaron ambas, hasta que entró un joven, alto, apuesto y musculoso. Le morrearon de arriba abajo. Verlo no me excitaría, pero al estar desnuda y animada, junto a Javier, me regodeó la curiosidad de mirar. Tumbado el maromo penetraba a una, sentada sobre él. A la otra le chupaba todo el chochito, mientras que ambas se tocaban los pezones y ponían caras de asombroso placer. Me hizo gracia tanta espectacularidad de sonoros gemidos. Cuando se inclinaron las dos y se besaban mientras una era follada y la otra lamida, me entró un regodeo, que el placer que fabricaron con la imagen me golpeó, como si se comunicaran conmigo a través de la mano de Javier, que siguió frotando y mordisqueándome. Mis pezones se enervaron y me los toqué. Javier comenzó a chuparme uno de ellos, con mordisquitos de dientes. Mi clítoris se estiró como cuando se tensa un arco. Metió un dedo en la vagina, y lo movía lentamente, mientras seguía pellizcando placer con sus labios y lengua el pezón. Saqué la lengua, queriendo beber a las chinitas. Javier me besó , cruzamos lametazos, dejando que la saliva babease. Comenzó a mover rápidamente el dedito, a la vez que su puño frotó el puntito de excitación. Por encima. El placer se hacía sólido, liquido, amontonándose como en un embalse. Cuando las dos chinas gritaron de placer, no pude contenerme y me corrí, grité en alto, me uní a ellas, como nunca lo había hecho, tal que me hubiera desinhibido. Sentí un estallido dentro de mi vagina. Noté el dedo de Javier dentro. En el pecho cada latido fue un beso interior. . El clítoris se hizo sol de una luz intensa en forma de placer, tuve la sensación de que fue un dolor muy agudo, pero a la inversa. Me sentí como una guarra, pero a gusto, por la confianza que me daba Javier. Él se recostó en el sofá y , colocada entre sus piernas, le lamí el pene y toqué los huevos con la yema de los dedos, mientras que miraba las escenas, y no tardó ni medio minuto en salpicarme con su semen, que yo recogí para beberlo. Quedamos como atontados. Apagó el vídeo, nos recostamos, goteando besos. Luego fuimos a comer algo a un Vip. Allí gesticulamos cariñitos y él me llamaba cochina, y yo a él guarro, sin que nadie se enterara.

Nuestros juegos eróticos unieron nuestros corazones. Sus orgasmos eran míos y los míos suyos, más allá de la metáfora. Yo sentía placer y gusto cuando él estallaba. Fue como si la riqueza de la que gozábamos se convirtiera en sexo y creciera más y más, como de una inversión se tratara. El amor entre ambos se hizo paisaje, pintado de aire y en él nos cobijábamos unidos uno en el otro.

Aquel año no pudimos coger vacaciones largas. Es algo impensable para ejecutivos , sobre todo al estar pendientes de las cotizaciones de la Bolsa y colocar varios negocios en función a las fluctuaciones de los valores del mercado financiero. Tuvimos que estar al pie del cañón, para promocionar en campañas rápidas, pero eficaces y contundentes, las marcas y productos que adquiríamos, de su revalorización y puesta en venta posteriormente dependía el éxito de futuras inversiones. Los fines de semana viajamos con nuestro amor a cuestas y siempre con alguna reunión de negocios por medio, pero más de diplomacia financiera que otra cosa.

Cuando estuve con Javier en Buenos Aires, nos reunimos con socios de allá y, también, con otros de Singapur y de Suiza. En estas reuniones no se cierran negocios, más bien, se abren cauces para estudiar la fusión de empresas y agrupamiento de acciones, así como la estrategia combinada de inversiones de capitales para diversificar la estrategia, por un lado, y asegurar una estabilidad a la apuesta financiera, con el fin de obtener beneficios constantes y hacer que el flujo bursátil afecte a los pequeños inversores nada más. La fusión inversora fue algo que comenzó por aquel entonces, y es algo que , para que funcione, debe mantenerse en secreto, o al menos en una discreta actuación que no se pueda demostrar que funciona como modulador de los mercados financieros. Aunque en las altas finanzas todo el mundo ya sabe que funciona de esta manera. Lo que importa es aprovechar los ciclos de expansión económica de un conjunto de empresas o de una nación, en un determinado momento. Si se coloca bien el capital se asegura el beneficio creciente durante la etapa de estabilidad, y sobre todo: las decisiones políticas dependerán de los mercados financieros. Javier se especializó en las rutas de innovación, para rastrear nuevos mercados, de manera que apostaban a inversiones emergentes, con modelos asentados. El éxito depende de encontrar el equilibrio entre el riesgo y la seguridad para lograr un ahorro que represente un incremento constante de beneficios.

En otras reuniones nos entrevistamos con los enlaces. Son personas de la diplomacia financiera, que se ponen en contacto con los políticos. A éstos les veíamos como chiquillos blandos que se obsesionan con crear puestos de trabajo. Lo cual frena el desarrollo económico, pues éste consiste en la eficiencia de las nuevas tecnologías. Teníamos que ofrecer, por un lado, campañas de imagen de su labor política, lo que hizo mi gabinete, aunque yo sólo coordiné. Mi especialidad fue la mercadotecnia comercial, pero el esquema es muy similar. Recuerdo que una vez hicimos la campaña a dos partidos distintos que litigaron en la misma contienda para conseguir el gobierno. Por otro lado amenazábamos sobre las repercusiones de quitar el capital, lo que produciría un efecto en cadena, suficiente para que un país pueda irse a la ruina. En esto la banca judía es contundente. Por aquel entonces supimos que el capital norteamericano fue quien aplastó a Argentina, hasta que lograron que el estado levantara el secreto sobre los nazis que se refugiaron allá. Al parecer, comentaron socios nuestros de allá, es necesario dicha documentación, no tanto para seguir persiguiendo a criminales de guerra, como para atender a la financiación del nuevo terrorismo que se veía venir, con la creación de redes de los antiguos nazis, de financiación. Un diplomático de aquéllos, del que Javier comentó después, que es un agente secreto de la CIA, explicó que la extrema derecha americana y a nivel mundial pretende potenciar un terrorismo global contra la democracia y el liberalismo económico, para lo que se asocian secretamente desde corrientes internas y esotéricas. Oí decir que con grupos antijudíos, islámicos, comunistas y nacionalistas de diversos lugares del planeta. Es algo que nunca me interesó. Ahora tampoco, a pesar de los pesares.

Nuestro lema fue una frase que mi padre repetía con frecuencia, como consejo: “gana y lo demás se dará por añadidura”. Apliqué esta idea a mi vida afectiva. Vi como, por añadidura, florecieron nuevas sensaciones y un mundo de color se entrelazó entre Javier y yo. Nuestro amor recorrió una buena parte del mundo. Ya por entonces, se puso de moda la palabra “globalización”. Me pareció una discusión idiota, pues el mundo es uno en sí mismo, es algo global, para quienes viajan y para quienes invierten. El crecimiento empresarial tiende a ocupar un mercado mundial y abastacerse del mismo, de materias primas y de mano de obra. Todo el globo terráqueo está conectado en el mismo momento mediante internet. Es más fácil ir a Tokio y más rápido que acercarse a la Alpujarra. Es impepinable y revelarse contra eso, los antiglobalización, me pareció una locura, pues sus manifestantes no ven la realidad. Siempre pensé que su violencia y gritos son debido al resentimiento de no ser ricos. Ahora lo entiendo de otra manera, con otro punto de vista.

Javier dijo que nosotros habíamos globalizado nuestro amor, pues fuimos de una capital a otra y en cada una nos dimos muestras de cariño y pasión. Ocupamos un lugar en el mundo privilegiado. Según Javier lo mismo que hay gente que le gusta el boxeo, unos para practicarlo y otros para verlo, hay gente para todo, unos montan broncas callejeras, otros son terroristas, unos pobres y otros ricos. Cada cual juega su papel y tiene que cumplir con el suyo. Por eso justifica que la policía dé caña a los manifestantes que salen en la tele, o que el Ejército intervenga cuando un gobierno no quiera colaborar con el enriquecimiento de quienes creamos riqueza. Nuestro papel fue divertirnos, gozar y ganar dinero. Estábamos dentro de una burbuja. Vimos el mundo desde la altura, como se ve desde un avión. Desde allá todo son puntitos y referencias numéricas. Ahora sé que dentro de cada átomo de la vida hay un mundo por descubrir lleno de tensiones, de alegrías y tristezas.

En el recuerdo hay algo de magia, porque las escenas aparecen y desaparecen. Me asombra pensar que la misma vida de cada persona es efímera. A mí mi forma de vivir me pareció eterna. La vejez algo lejano. Ahora me doy cuenta de que cuando se ve el avión desde abajo también es un mero punto, aunque lleve dentro miles de mundos e historias.

Si hubiera escrito mi biografía en aquellos tiempos se hubiera titulado: “La historia de una triunfadora”. Todo lo que habría recordado y apuntado sería entorno al mundo de los negocios, alguna pincelada sentimental y nada más. Mi referencia hubiera sido mi mundo de fuera. Mi amor por Javier se hubiera reducido a unos renglones y una foto, o dos. De haber continuado aquella vida una sería la de la boda. Otra la de los dos juntos en el viaje de novios, en la escotilla de un barco, por ejemplo. Sin embargo eso que no se ve, que está dentro, es lo que aflora en mi mente, para escribir ahora. Es lo que recuerdo porque forma parte de mi ser. Nada de lo que escribo y recuerdo hubiera asomado la más mínima letra en mi biografía empresarial. Me ocurre lo mismo con las ciudades. Me vienen a la cabeza , con una nitidez tremenda los juegos eróticos que en cada lugar realicé, las pasiones que viví. Las fotos de los monumentos, las calles, se meten en un cajón y allá quedan. Sin embargo es lo que normalmente se cuenta.

Estuve en Roma, una retahíla de esculturas, monumentos, historias e historietas, pero ¿qué fue para mí esa ciudad? Una escena inolvidable que en otras circunstancias se habría convertido en nebulosa del recuerdo, humo de un horizonte de la juventud perdida. Incluso, en su momento, se amontonaron fotos y postales en una caja de madera. Al escribir se reviven las emociones, el contacto y la palabra se hace comunicación perenne. Es ahora cuando flotan las imágenes y levitan en sí.

Llegamos al hotel, en la capital de Italia, después de pasear por las calles entre besos y abrazos. habíamos comido un helado de tres sabores, fresa, nata y chocolate, molto rico. Nos gastamos bromitas insinuantes, mientras que nuestras lenguas se convertían en tentaciones. Estuvimos eufóricos, pues habíamos cerrado un acuerdo de inversión de capital que nos abrió las puertas al mundo económico de los medios de comunicación, lo que de cara a mi empresa de publicidad haría de caja de resonancia. Por eso le insistí tanto a Javier sobre esa apuesta, que era estratégica, aunque al principio fuera cara y sin resultados inmediatos. La incursión en las empresas multimedia se saturaron. En ellas éramos una más y se da poco juego. Un periódico y una cadena de televisión permiten asumir un riesgo y si se da el salto correctamente se gana. Javier comunicó esta idea a sus socios, uno de los cuales estuvo ese mismo día en Munich, para vender una marca de productos fitosanitarios aplicados a la agricultura, pues la implantación de semillas transgénicas iba muy despacio en nuestro país. Tras establecer los contactos oportunos apagó el teléfono.

Al llegar a la habitación, antes de cenar, corrí como una gacela hacia la cama. “A ver quien se mete primero en la cama“, se suponía que desnudos, le dije. Él me siguió y cubiertos con la colcha nos besamos, nos amamos. “Tú eres mi heladito“, le dije. “Tú mi calentita“, me respondió. Nos mimamos y convertimos el abrazo en una caricia. El roce del edredón y el sonido de la tela acompañó nuestros roces. El placer se hizo brisa, avivadora del deseo. Cuando Javier fue a por un preservativo tiré el edredón que hace de colcha al suelo. Me abrí de piernas.

– ¿Es que aquí no folla nadie? – le metí prisa y animé.

Prepárate – me contestó. Se colocó sobre mí y colocó su verga forrada, dentro de mi vagina. Comenzó a cabalgar sobre mí, con un ritmo cada vez más rápido – Guarra, que eres una guarra – dijo.

Y tú un cerdo

Golfa

Cabrón, cabronazo

Puta. Estoy follando a la puta más puta de las putas

Tigre, follador, follador … – ya no podía casi respirar ni hablar. Se me atragantaba el aire – Te quiero– Y comencé a gemir. Mi pensamiento quedó cubierto de una tela imaginaria blanca. Luego la misma me cubrió toda entera. Mi piel se convirtió en una bandera agitada al viento, pero sin viento. Sólo el suspiro de Javier. Pasó un rato y le dije – Bello italiano – El a mí “bela, bela“.

A la mañana siguiente, antes de desayunar, Javier me cubrió con su cuerpo y se frotó sobre mi pubis. Se corrió encima de mí. Mi placer no estalló. Nos besamos y respiramos al unísono. A los dos se nos abrió, aún más, el apetito.

Al volver a París recordamos nuestra primera vez. A Javier le gustaba que le contase qué había sentido yo en alguna de nuestras relaciones, de las que se acordaba con todo detalle. Volvimos al mismo hotel. No fue la misma habitación, pero sí parecida.

Cuando en un ronroneo de una conversación mimosa, me comentó que me había desvirgado, lo dijo de pasada, empecé a sentir palpitaciones. También un amago de dolor de cabeza. Mi respiración se hizo densa. Pero la conversación no fue más allá. No dije nada, cerré los ojos y lancé besitos al aire. Sus caricias deshicieron aquella sensación de preocupación y cierta culpabilidad. Para mí las experiencias anteriores, antiguas relaciones habían desaparecido completamente. Él fue, en ese momento, un principio y un final.

Respirar París me excitó. Su leyenda como ciudad, sus impresiones románticas y expectativas de libertad, como símbolo, dan un halo de sensualidad que estar allá es ser París. Estar en lo más alto de la torre Eiffel con Javier hizo que sintiera escalofríos, pues me pareció un trozo de sueño. Quise ser allí mismo su París, su francesa, su ciudad de la mujeres de labios carnosos, de las chicas de palabras de besos.

Inmersos en la cama, cubiertos totalmente, de la cabeza a los pies, en una bandera de placer, le recorrí la cara beso a beso. Sus manos recorrían mi cuerpo entero. De ellas salió un calor suave y electrizante. Sus dedos y palmas patinaron sobre mi piel. Hicieron pillinas incursiones al agujero del ano y el chocho. Mientras tanto le besé el velo del pubis, con mis labios rozándole besé su ombligo, para luego lamer sus pezones. Mis golpes de lengua hicieron de badajo de una campanilla que hacía sonar y retumbar placer. Sus roces impulsaron relámpagos de tacto que desembocaban en la vagina, como rayos que caen en un mismo lugar hasta que prende. Le besé los brazos hasta desembocar en la yema de cada dedo, las cuales chupé y relamí. Él hizo lo mismo tras recoger la saliva de sus dedos. Luego introdujo cada dedo en la vagina y los chupó con deleite. Poco después me los dio a succionar a mí. Nos respiramos mutuamente.

Besé su vientre, su pubis, las piernas, los pies y él hizo un recorrido parecido, pero a la inversa llenándome de mordisquitos por donde pudo. En las nalgas apretó para llenarme de deseo carnal. Sus dentelladas fueron burbujas. Con los labios acaricié sus tobillos y pies. Noté el recosquilleo de sus murmullos. El sonido de su boca vibró en mi piel. Sentí, leí, un seis que dibujó en mi espalda. Luego un nueve. Le empecé a morder la pierna.

Una bocanada de aire fresco entró en mis pulmones cuando él retiró las sábanas. Nuestra desnudez se desnudó, más si cabe. Llegué a su pene con mi boca para saborearlo, besarlo, frotarlo con el paladar y barnizar de saliva. Succioné y agité mi lengua contra su pene me sentí entregada a él y suya, al colocar toda mi intimidad ante su cara. Fue un gesto de máxima entrega y confianza. Me percaté de sus ansias. Su lengua, sus labios recorrieron toda esa zona, desde las vulvas, al clítoris, pasando por la entrada de la vagina y el ano. En éste se deleitó con besos y latigazos de la punta de su lengua. Capté su gustazo y mi piel se tensó adquiriendo más y más ganas de estallar. Primero lo hizo él. Al notar su semen en mi boca y acelerar el movimiento de su lengua no pude más y latí de gusto. Noté como si las luces de un coche se convirtieran en tacto y se encienden y apagan de manera intermitente. El clítoris y la entrada de la vagina fueron el foco de esa luz, pero iluminó todo mi cuerpo. Cada poso de la piel gritó “¡ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!” y transformé un profundo suspiro en una burbuja de sueño y dormir ¡París! ¡¡Ay, parís! Y sin embargo es un recuerdo, un recuerdo que ya no duerme. Se fue.

¿Qué sensación es el paso del tiempo? Habían pasado varias semanas de la vez anterior que estuvimos en París. Poco más de tres meses me parecieron siglos, un tiempo infinito y a la vez tuve la impresión de continuar el mismo momento que dejamos en esa ciudad fascinante. Al escribir pensando en aquello es como si no existiera el tiempo, como que se ha pasado sin pasar.

En Tokio y Estambul me llegó la regla. Este hecho durante ambos viajes me desasosegó. En Londres un fuerte dolor de cabeza no me dejó disfrutar de mi estancia con Javier. En la capital nipona le toqué, antes de dormir, la bolsa del escroto, el interior de los muslos y entre las nalgas mientras que él se movía la piel del pene de abajo arriba y viceversa. Me sentí a gusto dándole placer. Se corrió con un chillido. Le masajeé después la cara, el cuelo cabelludo y dormimos siendo hilos de un sueño.

En Estambul me sentó mal la comida. Javier tampoco estuvo muy animado. Recorrimos la ciudad, comimos en un restaurante típico y acabamos tomando medicamentos para el estómago, para la jaqueca, para la tensión. Prometimos volver para disfrutar del espectáculo de la danza del vientre. Apenas vimos unos minutos del espectáculo y nos tuvimos que retirar por indisposición. Quedé impresionada de las contorsiones de las bailarinas. Días después, en nuestro nido imité irónicamente esos movimientos de plástico que nos llevó a juntarnos en una abrazo de carcajada.

De vuelta, en nuestro rincón de amor, cumplí la promesa de bailar la danza serpenteante mientras que follábamos. Penetró su miembro en mi cavidad colocado sobre mí. Le dije que no moviera la cintura y que se quedase quieto, para ser yo quien le follase a él. Me llamó folladora y quedó como una estatua, con los ojos cerrados, concentrándose en percibir el sabor del sexo. Pareció hipnotizado. Me gustó ver los gestos de bobito de su cara, como si algo le doliera en forma de placer. Mi interioridad genital se convirtió en un volcán, en cuya lava hay clavado un palo. La tierra, en forma de cuerpo, empezó a crujir. Moví el vientre como una ola. Agité mi cintura sujetándole en sus muslos posados a mi alrededor, de cuyo arrodillamiento emergía su cuerpo. Batí la cintura buscando rozar por dentro de mí cada rincón jugoso. Gemimos a la par. Agotados, como si hubiéramos nadado mil largos de piscina, él se recostó sobre mi cuello, Compartimos la fatiga del placer y al cabo de una hora nos fuimos ¿Pudor familiar respeto a las costumbres y normas? El caso es que en nuestro rincón nunca nos quedamos por la noche, para ir cada uno a su casa. Fuera, en los hoteles dormíamos juntos, pero en nuestra convivencia familiar éramos novios. Lo asumí, pues lo vi normal. La pereza me apoltronó a la hora de marchar, pero la norma es la norma, y lo es más cuando no está escrita. Nunca concebí aquel apartamento como un picadero, más bien un refugio para aislarnos del mundo y entregarnos el uno al otro como muestra de amor.

En la ciudad del Támesis, vomité en el aeropuerto. Apenas recuerdo un paseo del hotel al Parlamento y de allí de vuelta a casa, tras haber pasado el fin de semana en la cama. Javier logró colocar dos valores financieros en inversiones de seguros y en la industria de la moda respectivamente. Aunque Gran Bretaña es un país reacio a la unidad europea y no forma parte del sistema monetario, son un puente necesario para la expansión a los Estados Unidos. A pesar de esa tendencia los directivos de la empresa de comunicación London & Look, vinieron a verme a España para crear una cadena europea, junto a otras empresas de Italia, Grecia, Francia y Alemania. Una misma programación, un noticiario común con noticias de Europa para todo el viejo continente. Entrevistas en el mismo espacio de tiempo, con traducción simultánea. Me chocó cuando uno de ellos expuso que dos horas las dedicarían a enseñar esperanto, para que cada europeo tuviera su propia lengua y otra común. Su objetivo era conformar una audiencia europea. Las películas serían subtituladas. Estudié la propuesta a fondo. Vi que era razonable, con cierta lógica, pero desde el punto de vista de una inversión era arriesgado. Quedó como un proyecto, para mí utópico, ya que de llevarse acabo el capital invertido dependería de decisiones políticas, que podrían llevar al traste el proceso de unidad. Hasta que no se consolidase no era conveniente, por lo que dependía mucho de la firma de la Constitución europea, hacia lo que se presionó desde la posición financiera.

Para cualquier proyecto se necesita una base publicitaria y comercial. Por lo que mi sector se hizo imprescindible. Una buena campaña es una buena inversión, fue el lema de Javier, para quien yo fui su musa financiera, además de serlo en el ámbito sentimental y sexual. Decía que de haber salido adelante la idea de una cadena europea de televisión, yo hubiera sido la reina del euro. Rica e influyente. El entorno de Javier, más relacionado con la política, le insistió para que apostara en ello, para lograr una mentalidad global, que permitiera un mercado único mundial con el tiempo, pero el dinero no es para fabricar sueños, sino que, más bien, estos se convierten en riqueza si la gente se los cree. Es curioso, que la industria automovilística francesa y alemana estuvieron de acuerdo en hacer una TVEU, televisión europea. Su mercado lo necesita. Pero la Fiat, de Italia, no. Muchos emporios opinaron que ni sí ni no. Como diría mi padre, esperar y ver.

Los recuerdos se suceden, creo que sin un orden cronológico estricto. Se juntan y amontonan. Al escribir sobre ellos flotan en el pensamiento. La mano los dibuja con palabras, para hacerlos visibles en la oquedad del pasado. Escribir es recorrer por dentro lo que dentro de cada cual hay. Leer es mirar el paisaje que no se ve. Es el tacto de la mirada. Cuando la mirada coge, toca, palpa, eso es lo que ahora siento, porque necesito seguir adelante frente a mi vida. Y me siento dichosa. Tengo que seguir cabalgando a donde el recuerdo me llama, para ser real.

En Oslo estuve en un cuento. A veces pienso que lo soñé. Que fuera un sueño de un sueño que se sueña. Ese sueño es la realidad que luego duerme. Estuvimos en una piscina de invierno, soleada a través de gruesas paredes de cristal por luces de neón, a la vez que nevaba. Me llamó mucho la atención. Javier y yo no dejamos de mirar asombrados aquel entorno. Me hizo saber que le gustaría hacer el amor en ese lugar y momento. Y a mí derretirme en sus brazos, le hice saber. Nadamos buscándonos y siguiéndonos. Nos lanzamos besitos. Deseé parar la vida, congelar ese momento para permanecer siempre en él. Tuve ganas de llorar como expresión de belleza de aquel instante. Al ver caer la nieve, los copos blancos y calientes en la mirada se hicieron lágrimas. Me lancé al agua, para no desmayarme de plenitud. Jugué con Javier.

Durante la comida se nos ocurrió una idea, casi al unísono. Nos la adivinamos mutuamente, sin palabras.

– ¿Sabes?

-¿Qué?

– ¿Eh? – mirando la nevada que sobre nos caía y con un gesto pícaro.

Pero en un sitio que nadie nos pueda ver

La mirada, los gestos, el sonsoniquete de las palabras, los puntos suspensivos echados al aire, se hicieron cómplices de nuestro plan. En una calle que sale de los aledaños de la plaza del Storting, cerca del Parlamento noruego, nos desnudamos dentro del coche que habíamos alquilado. Nevaba a todo meter. Era un lugar solitario. La piel blanca y suave de la tapicería del vehículo acarició el ambiente. Sabíamos que no podíamos estar mucho tiempo encerrados, por riesgo de quedarnos sin oxígeno, pues teníamos encendida la calefacción a tope y el motor encendido, al run run. Los cristales forrados de vaho. La ropa en los asientos traseros. Javier se colocó semi inclinado hacia atrás, después de hacer varias contorsiones. Yo sobre él. Acoplé una postura para encajar su pene y me moví encajando mi ondulación de caderas con la suya. Cerré los ojos y me imaginé dentro de una bola de cristal que al moverse se llena de nieve. Javier me había regalado hacía unas semanas una de Walt Disney, con la figurita de Cenicienta. Yo a él otra, del gato con botas. Siempre que pasé cerca de esa bola de nieve la moví. Miré a Cenicienta mientras su sonrisa quedó envuelta de una nevada de pitiminí.

Clavada en Javier en forma de placer, se diluyó mi goce y cada copo se amontonó en un orgasmo a la espera. Hasta que como un alud que se cae, una espuma de nieve se hizo cuerpo en mí. Javier finalizó después. Las gotas de la nevada daban, después, notas de música de piano, una melodía que se escucha con el tacto y se oye dentro de la piel. Al poco rato nos vestimos haciendo piruetas y escuchamos música. Como pudimos llegamos al hotel. Cenamos con un notario y el hijo de un famoso cirujano, que recorrían la costa de los fiordos en trineo Son amigos de Javier. Nos hablaron sobre un lugar en el que se hacen orgías por encargo, en las que se elige el tema: satanismo, ambiente nazi, de maricas, sado, en una escenografía de cárcel y otras parafernalias. También sobre hoteles en los que se intercambian parejas. En uno de ellos coincidieron con un personajes de moda y su mujer. Ni Javier ni yo quisimos asomarnos a esas historias ni por curiosidad. Escuchamos con asombro. Nos recomendaron ir a la sauna típica del lugar. Fuimos a la mañana siguiente. Unos especialistas nos dieron masajes.

Durante la siesta le rocé con mi cabellera su cuerpo desnudo. Con mis labios y lengua recorrí su figura. Se corrió en mi boca. Luego yo me froté sobre la cama, mientras que él me apretó ambas nalgas y las abrió y cerró dejando que pasara una corriente de soplo de placer en la hendidura que separa ambas. Comenzó a hurgar el borde de la vagina y el ano. No pude más. Palpité de gusto. Sentí como unas manos invisibles apretaban intermitentemente esa zona de placer, como si babease chorros de gusto que se evaporan en la relajación del final de una sinfonía. Y me dormí.

En Buenos Aires apenas estuvimos unas horas. Nos reunimos con varios negociantes y un Almirante. No sé que pintó en aquel almuerzo, que tuvimos en el mismo aeropuerto. Después de la comida fuimos al hotel y a las seis de la madrugada ya estábamos de vuelta. Con el cambio horario dormimos en el avión. El lunes estuvimos al pie del cañón, en nuestros respectivos despachos a las doce.

En el hotel de la tierra de la Pampa, salí del cuarto de baño sin otras prendas que una media negra en cada pierna y su liga correspondiente. Una corbata negra y nada más. Cuando me vio Javier sonrió. Se me ocurrió darle esa sorpresa, para compartir unidos el lecho de la siesta y celebrar un suculento negocio, del que ni yo misma pude saber nada. Javier apalabró un aval y confesó que él preferían no indagar nada. Cumplió su cometido y punto.

Di unos pasos y coloqué el pie derecho sobre una silla. Mostré una actitud desafiante. Me planté convirtiéndome en una capa que se agita con rapidez para enviscar al toro. Javier se puso serio. Noté como las aletas de la nariz se estiraban. Se quitó la ropa a un ritmo pausado, pero decidido. Anduvo con el miembro erguido, dando pasos lentos y seguros. Rememorar aquella escena se convierte en una metáfora del recuerdo.

Al irse a unir a mí, estiré un brazo para frenar su embestida y hacerle beber el aroma de mi sexo. De rodillas me lamió, jugó con el jugo que destilaron mis entrañas, cargadas como estuvieron de deseo. Mis párpados se convirtieron en persianas que se bajan para ver la luz de una fuente de piel, que se convierte en una llama de aire. Le agarré del pelo con fuerza y estiré hacia arriba. Sin cambiar de posición me folló y me folló. Me penetro con su dedo el ano, sintiendo en mis algas el puño, imán de un placer inesperado. Lo votó en los gluteos. Mi garganta se hizo viento y en forma de vocales se alborotó. Me corrí por la garganta y a la vez todo el chocho fue un puño comprimido que se descomprime una y otra vez, y el ano, convertido en boca de pez, respiró el tacto de la pasión. . Sentí que se movió como saltos de un gorrioncito. Noté su semen escurrir entre mis muslos. Después me bañé escuchamos un tango.

En Barcelona vimos bailar una Sardana y recorrimos la ruta de Gaudí. Para no caer en el rollo de lo típico fuimos a comer a un restaurante chino. A media tarde Javier quedó con unos socios. Yo preferí ir a descansar al hotel. Le esperé desnuda, con un collar de perlas colgando entre mis senos. De esa manera, sola ante mí misma tuve ganas de masturbarme espontáneamente. Coloqué en la muñeca de la mano derecha una pulsera de brillantes. En la otra un brazalete de oro que me hubo regalado su familia. También un anillo de oro blanco y otra pulsera de esmeraldas y platino en el tobillo. Me tumbé en la cama, hasta quedar adormecida. Sentí relajada toda mi carnalidad, sintiendo cada una de las respiraciones. Cada sonido lejano parecieron notas de música en el silencio. me despertó un beso de Javier, al que siguieron otro y otro y otro. Al verle volví a soñar. la frontera entre la realidad y los sueños cada vez fue más difusa. El sonido de sus prendas de vestir, camisa, pantalón, cayeron sobre mi cuerpo. Su perfume se convirtió en una caricia interior. Sus roces con las yemas de los dedos imantaban mi piel para ser atraída por la suya, un flujo de energía unió ambas. Preparaba lo que luego llamó “polvo catalán“. Vestido se colocó sobre mí y sus genitales, cubiertos, se frotaron contra mi pubis. Escuchar el sonido del choque de perlas me estremeció. Se quitó su reloj de oro y lo colocó sobre mi vientre. Con sus embestidas y roces me convertí en un muelle que se estira y encoge. Javier quedó tendido sobre mí sudoroso. Yo me agité contra él, para estallar. Mis poros se convirtieron en burbujas. Dentro de mi vagina fue como si un tren que acelera cada vez más, se descarrilara y una explosión impregnase las paredes vaginales. Luego una espuma invisible se desparramó en el entorno del pubis. Coloqué el reloj en la mesita y acaricié a Javier sobre su camisa arrugada. Fue como si el sonido de un arpa se convirtiera en tacto.

En Sevilla. Un calor de cuarenta y dos grados. Paseamos por el parque de María Luisa. Habíamos bebido unas cañas de cerveza. Me sentí un poco turulata, pero bien de ánimo, a pesar del calor tan sofocante. De buenas a primera me levanté la falda descubriendo la desnudez del ombligo para bajo. Empecé a zapatear. Me había colocado antes de salir un moño andaluz, apretado por detrás de la cabeza. Y los labios pintados con notoriedad. Era la hora de la siesta y el parque estuvo desierto. Si alguna persona hubiera, el mundo quedó vacío, siendo toda yo para Javier y para mí. Estuvimos en una plazoleta pequeña, sombreada por arbustos. De techo las ramas de altos árboles. Javier se atrevió a bailar conmigo, cosa rara, si no fuera por ese tono de las cañas. Luego se apoyó en un banco y me miró mientras que bailé para él. Su mirada cayó sobre todo mi cuerpo. Se bajó el telón y nos fuimos de la mano, sin decirnos nada. El vestido, aireado por el andar tocó mi piel con sensación de guitarra. Cada paso una palma. Al llegar al hotel un cante hondo, sin palabras, se incrusto en mi piel. Me quedé en el borde de la puerta. Con el aire convertido en cristal de niebla respirábamos los dos. Javier se sentó en una silla con la verga fuera. Se había desnudado de cintura para abajo. El silencio dijo ven. Una bandada de pájaros aleteó entorno nuestro de manera invisible, pero sí sensible. Me senté sobre el dejando su pilila afuera. Le llené la cara de color carmesí. Él sacó su lengua tal que estuviera sediento. Me aposenté con su miembro dentro de mí y a saltos de tartana destartalada gritamos el uno para el otro, en bajito. Noté el estallido de mil chispas de fuegos artificiales en mi vagina. Respiré, desinflada, todo el aire de placer que tuve. Él apoyó sus manos en mi cadera y yo en sus hombros. Jadeantes salpicamos besos al aire. El sonido de guitarra no se oyó, más estuvo presente, sentido, en forma de taconeo dando vueltas a nuestro alrededor, inmersa la música flamenca en nuestra piel.

En New York estuvimos tres días. Fueron agotadores. Vimos muy poco la ciudad de los rascacielos. Javier estuvo muy cabreado porque sus planes se vieron truncados , al no contar con ninguna corporación de USA que apoyase la idea de dar una gran zancada en el mundo financiero: la fusión de un banco comercial estadounidense con dos europeos. Sería la manera de articular un proceso de establecer una moneda única a nivel mundial. Los asesores y responsables de la negociación de allá le hicieron ver que económicamente es posible y deseable, pero políticamente no. Para Javier se trató su empeño en adelantar el futuro, y lograr que el capital europeo llevara la iniciativa de este proceso tan enorme. No entendió que, precisamente, los yanquis tuvieran remilgos con la política, cuando siempre que quisieron se la saltaron a la torera. Comprobó que nunca habrá una relación de Norteamérica con Europa sin pasar por Gran Bretaña. Desistió de su propuesta, ya que comprobó que un capital prioritario fuera del marco estadounidense desestabilizaría la economía mundial. Se había construido de esa manera el mundo financiero pues, además de agrupar a los grandes capitales made in USA, es la potencia mundial desde el punto de vista militar y tecnológico. Ni Japón ni Europa podrían competir sin enfrentarse finalmente. Por eso el despegue de China se veía como un gran peligro, pues le faltaba el capital. Por otra parte el tema de la banca israelí está muy pendiente en EE.UU., cosa que fue difícil de entender, pero a cada paso que dio Javier se encontró con asesores y estrategas manifiestamente judíos.

Javier aprendió una lección que iba aplicar: Vence quien es fuerte por él mismo. Entendió desde entonces que las fusiones consisten en devorar empresas inferiores. Primero negociando y , de no ceder, compitiendo con ellas hasta hundirlas. Supo que los americanos quieren dominar el mundo, para formar los Estados Unidos del Mundo. Mientras tanto él se prepararía para ser fuerte entre los fuertes. Su determinación por el triunfo me dio seguridad y me excitaba existencialmente. Sin embargo. yo siempre fui precavida, al temer que esa arrogancia y prepotencia haga caer a quienes son víctimas de su propia ambición y el exceso llevará al derrumbamiento, como lo fue la torre de Babel. Lorenzo el asesor y amigo de Javier pronosticó que los Estados Unidos de América acabarían en una guerra civil incontrolada, sin bandas, de todos contra todos. Por mi parte me percaté de que es una nación sin historia, sin profundidad ni mesura, algo que pertenece a África, Europa y Asia. Estados Unidos es un país que crece como un adolescente. Piensa que su poder es infinito y que basta con querer algo para comerse al mundo, hasta que se dé cuenta de que bastante hay con luchar para que el mundo nos deje vivir en paz. Su euforia es cuestión de tiempo.

A pesar de una perspectiva idílica parodiada en sermones por parte de varios consejeros reconozco que la plenitud de la primera potencia mundial me enardeció, me cautivó y sedujo y me hizo suya, sin necesidad de ser convencida, con sus formas de hablar artificiosas. Mi cielo fue el país del dinero por antonomasia, hasta que ese mundo se esfumó de mis adentros. Consideré que USA funciona y con ello el mundo entero. Me enamoré de su ímpetu y fortaleza. Cuando recorrimos las calles de New York comprobé que EE.UU. es EE.UU., y lo es porque es un país que lo es por sí mismo. No caben más definiciones.

La habitación del hotel en el que nos instalamos está en una planta ochenta y dos. Fue como estar en el aire literalmente. Sólo con pensar en esa situación da escalofríos y emoción. Una pared es toda ella un ventanal de cristal. Vi las torres gemelas, emergían en la mirada como si saltaran sobre los demás edificios. En conjunto dan la sensación de que crecen. El día que las he visto caer me conmoví. Un año antes pudo pillarme a mí. Pero entendí lo que pasó, pues habían caído igualmente en mi interior. Una: mi vida afectiva. La otra: mi vida social. Unas circunstancias insólitas aparecieron, como de la nada, cuyos protagonistas fuiste tú en mi caso y un grupo de desconocidos, liderados por un sansironé, que cometieron el mayor atentado de la modernidad, quizá contra la misma esencia de la modernidad ¿Qué pasó en mi caso? No lo sé, pero trato de averiguarlo. Necesito ver los hechos en su conjunto.

Desde lo alto de la suite vi las calles que se dibujan con regla. Es una visión de aspecto mágico. Toda la ciudad es una borrachera arquitectónica, con su alegría, su danza financiera y creatividad, para lo bueno y para lo malo. Es imponente, y como toda borrachera tiene su vómito y resaca ¡Ay!

Estuve de pie mirando la ciudad en todo su esplendor, casi pegada al cristal de la ventana. Una sonrisa se asomó a mi cara y se expandía por todo mi cuerpo. Desde la altura es muy difícil no creerse uno mismo ser si no Dios, sí un diosecillo de lo mundano. Surgen soliloquios inesperados. En aquel momento reparé que había dejado de ir a misa los domingos, a no ser que no viajara para encontrar a algún miembro de la familia y tomar el vermut. No sé porqué me vino a la cabeza esa reflexión. Me sentí superior a quienes van, pues pensé que al estar agraciada por Dios pude estar en contacto directo con él. Si me había elegido es porque se fijó en mí. Me alegró pensar que ante él me casaría en un fasto de grandes dimensiones. Decidí ampliar mis donaciones a la iglesia y aprovechar para desgravar mediante fundaciones que yo misma había fundado para tal fin y otras acciones benéficas. Mi asesor me indicó que debíamos asociar la caridad a la construcción de templos u hospitales, a cuenta de desviar partidas financieras que permiten hacer ajustes presupuestarios. Son las llamadas inversiones de fuga. Casi mezclado con aquel pensamiento me imaginé caer, caer, caer infinitamente. Ha sido, luego, una sensación que me ha acompañado siempre. Me apeteció tirar varios billetes para verlos voltear y girar yendo de un lado para el otro en círculos que forman una espiral y cintas en estelas de su dejarse llevar por el aire.

Estuve absorta con mis pensamientos de quimera, mientras que transformé el vértigo en un intento de reflexión, cuando noté las manos de Javier sobre mi vientre. Con habilidad llegaron a tocar mi piel, recorrieron mis senos. Besó mi cuello, los hombros. Mordisqueó el lobulillo de mi oreja y con la punta de su lengua recorrió el perfil de la misma. Tuve la sensación de caer sobre sus brazos y de ser mecida por él. Sentí el bulto de su polla, que azucé con suavidad, moviendo el trasero sin que apenas se notara. Saboreé la yema de sus dedos y lamí su boca mientras que torcí la cabeza todo lo que pude en busca de un goce común. Nuestros labios apenas se rozaron, mas no nuestras lenguas que se blandieron una contra la otra.

Me bajó el pantalón a la vez que las bragas. Me pareció que descendieron para abajo, para abajo, para abajo, para abajo. Mientras que él se preparó yo me junté al cristal de la ventana. Sentí la misma sensación que cuando el azúcar quemado se echa sobre un helado, se endurece y resquebraja. Mi piel se llenó de arañazos de gusto. La verga plastificada penetró un poco en mi ano.

Que den por el culo a los americanos – dijo.

Haz el amor con New York – fue mi contestación, pues en ese momento, en ese lugar me sentí parte de la ciudad, un átomo y al mismo tiempo un ave que sobre vuela esa ciudad y cubre con su mirada el paisaje que es. Saqué con suavidad su cola enfundada y la coloqué a la entrada de mi vagina, ofreciéndosela con muchas ganas. Surgió mi deseo como la espuma del detergente cuando cae un chorro de agua sobre él. Quise absorber su miembro viril y pegarlo a mis paredes vaginales. Apretó con fuerza y se mantuvo oprimiendo mi cuerpo desde adentro a fuera. Una vez, otra vez. Semejante a un desatascador que fuera abriendo paso a un placer que quería correr, como lo hace un río cuyas aguas chocan una y otra vez contra un muro de piedra, hasta que lo derriba y queda en calma. Se abrieron las compuertas de mi placer en forma de saltos rápidos en una cama elástica, con un salto final en forma de vuelo. Lamí el cristal queriéndolo hacer a toda la gran ciudad. Absorbí la altura en la que estuve hasta hacerse palpable. Mi cuerpo se hizo gelatina.

Recuperé el vigor con la ducha que nos dimos juntos Javier y yo. Nos cubrimos de jabón uno al otro. Pocas horas después dije adiós a la estatua de la libertad desde el avión. Besé la palma de la mano de Javier para que guardase ese beso y así lo hizo cerrando sus dedos. New York es un sueño hecho realidad y una realidad que solamente se puede ver, percibir y tocar soñando en ella. Cuando sucedió lo de las torres vi la imagen de aquel beso hecho mil pedazos.

Fuimos a ir a Ciudad de México, pero tres días antes se anuló el viaje pues el directivo que nos iba a atender fue secuestrado. Javier reforzó la seguridad en la empresa y en su vida familiar. Mi padre contrató una seguridad general, no personalizada. Siempre pensé que lo mejor es ser discreta, no llamar la atención, sobre todo cuando se sale fuera del ambiente de lujo, el cual está muy delimitado, lo que implica que hay en su misma forma de organizarse un control férreo.

La tía Lorenza y su hija Maruja, Maruchita, familiares de Javier, de ochenta y dos años y cuarenta y nueve respectivamente, no pudieron ir a un viaje de fin de semana que tenían proyectado hacer. Viuda una y sombra de su madre la otra, son las pobres de la familia. No les falta de nada, pero teatralizan su situación lo que pueden y son muy especiales. La tía Lorenza es hermana del padre de Javier. Rivaliza con su cuñada de manera caricaturesca. Asisten a todas las fiestas familiares y siempre picotean cotilleos, chismes y comentarios de todas partes y con cierta mala fondinguilla. Yo para ellas fui una jovenzuela, muy atrevida al viajar tanto con Javier sin haber pasado antes por el altar. Me echaron la culpa de que tuviera que viajar tanto su sobrinito, y que faltara frecuentemente a las reuniones de familia. La opinión de tía Lorenza y su hija como calco, opinan como lo más progre de sus ideas que la iglesia católica pierde autoridad y creen necesaria una nueva Inquisición para acabar con los pecados que llevan a la perdición al mundo. Consideran la riqueza de su familia una gracia de Dios y su humilde posición una prueba ferviente para fortalecer su fe. Asocian la miseria y el hambre con una maldad que debe ser castigada, precisamente con ser pobre. Para ellas mi belleza fue sospechosa, una trampa de Satanás, que sólo el sacramento matrimonial podría vencer. Muchas de sus sentencias fueron tomadas a chanza en su misma familia.

Desde que murió el marido de la tía Lorenza , cinco años antes de que yo las conociera, superan su zozobra con viajes de fin de semana en una peña, de un barrio humilde, cerca del que ellas viven. Dedicó su vida a cuidar a su esposo y perdió la orientación existencial al morir éste. Ahora el sentido de la vida de su hija es cuidar de ella. El médico las recetó viajar para que salieran de la rutina obsesiva de ir al cementerio a diario, o ir sólo a Lurdes, Fátima y Torreciudad. Dejaron éstos para una vez al año con la parroquia. La peña del barrio les dio la oportunidad de salir y de batirse con el vulgo. Lo cual hicieron como fortalecimiento de sus convicciones, en forma de un pulso con todos los que iban a con ellas a los viajes. Evidentemente hubo cierto orgullo en esas rutas que asumieron por prescripción facultativa.

Resulta necesario hacer una composición de lugar para entender qué es lo que sucedió. Una serie de casualidades se encadenaron sin tener porqué relacionarse, de no ser por una forma muy especial de la manera de ser de todas las personas con las que coincidimos Javier y yo, en las circunstancias en las que nos vimos abocados. Fue una situación tan complicada que al recordar sobre la marcha se escapan los detalles, como si la vida siguiera y dejara atrás la misma vida.

Quieta, parada, sosegada ante otro final necesito hacer de la palabra un microscopio que me permita ver los recovecos de lo que sucedió. No porque tenga un sentido. Las cosas de la vida no tienen porqué tenerlo. Quiero, simplemente, ver. Sin juzgar, sin valorar nada. Recapitular parte de esa historia es vivirla, pues escribir forma parte de la misma.

La madre de Javier me llamó personalmente, lo que nunca había hecho, para convencerme de que ya que no íbamos a México fuéramos a la excursión de la tía Lorenza y la sobrina, pues ya sabíamos como eran. No pudieron ir por ponerse algo enferma ella, pero se ponía peor, al pensar que se perdía el billete que habían sacado. Teniendo un sobrino que perdió otro viaje, para la misma fecha, se sentiría halagada si íbamos nosotros por ellas dos. Insistieron por demás porque fue su oportunidad de demostrar que se codea con gente de un alto nivel económico y social, lo cual a ambas iba a engrandecer en sus relaciones aristocráticas con quienes viajan con ella. Javier no había querido ir. A mí me daba lo mismo. Nadie nos iba a reconocer y tampoco sobresaldríamos. Fue un típico lío de doña Lorenza que no supo hacer nada sin enredar a todo el mundo. Fue la cabezonería de un orgullo, trasnochado y anacrónico, por salirse con la suya y hacer que los demás hicieran lo que a ella se le antoja. Ningún otro familiar estuvo disponible.

La tía Lorenza y su hijita iban de pobres ostentosas y vanidosas. Pasa lo que dice el refrán: “hambre que espera hartura, no es hambre pura”. Consideré que era una locura participar en esa excursión de fin de semana a Colunga, un pueblo de Asturias. No lo pensé por desprecio, aunque estuviera latente, sino porque era con gentes que llevan a cuestas otras vidas. Con nosotros no era una cuestión de distanciamiento, sino de un abismo. Por condescender con la madre de Javier convencí a Javier. Un fin de semana no iba a ninguna parte y se lo planteé como una curiosidad. Casi como si fuéramos a un zoológico humano. Sería como ver de cerca a nuestros clientes, quienes compran nuestros productos. Pensé que se puede aprender algo conviviendo con ellos, sus conductas, su manera de reaccionar, en lugar de analizarlo por referencias en estudios psicológicos y de ciencias sociales.

Luego Javier me contó que su madre vendió nuestro convencimiento a la tía y sobrina, como una heroicidad exagerada nuestra y una muestra de humildad. Nos pidió que no desentonáramos ni llamásemos la atención. Nada de hacer ostentación de nuestra riqueza, pues podría traernos problemas. La madre de Javier tuvo miedo pues esa gente, pensó, es muy pedigüeña.

La noche antes de ir a esa excursión tuve dos sensaciones. Una me recordó a cuando de niña pensé que los juguetes viven de noche, cuando nadie los ve. Mi impresión fue que las personas con las que iba a ir son juguetes, cifras con las que juega la empresa y a las que iba a ver el rostro. No tuve ningún remordimiento, pues entendí el mundo de esa manera y no fui capaz de verlo de otra en aquel momento. Mi esquema es que hay dos partes en el mundo, los que mandan porque triunfan económicamente y quienes obedecen o son clientes o espectadores, y obedecen las pautas que marcan los primeros. Cada cual tiene su papel en esa manera de comprender la vida.

La otra sensación fue entender que esa excursión era como asistir a un laboratorio de seres humanos. Que me toparía con personas exóticos y raros para mí. Ya lo era la tía Lorenza y su hija. Cuando llamé por teléfono a Javier para despedirme antes de acostarme, le conté esta segunda interpretación. Dijo: “hay que comer de todo en esta vida“. Reí. Me comentó que su tía le insistió desde su “lecho de muerte” que lleváramos bocadillos para las paradas. Soltamos juntos una carcajada. Mi madre me advirtió que anduviera con cuidado y sentenció que adonde fueres haz lo que vieres. También que hiciera oídos sordos a los comentarios que pudiera oír. Presupuso que son gente grosera y zafia. No estuvo contenta con la idea de que fuéramos, pero se resignó. Le pareció bastante absurdo. Mi padre me advirtió que no discutiéramos con nadie, pues la gente que va a excursiones de cuatro cuartos no tiene nada que perder. Me lo pusieron tan negro que pensé que iba a ir en un barco de piratas malvados.

Al día siguiente, a las seis y media, Javier me fue a buscar en un taxi. Llegamos diez minutos antes de la hora de salir. Los dos fuimos vestidos con pantalones vaqueros, él con una camisa de cuadros y una chaqueta de punto y yo con un jersey de lana fina. Llevamos equipaje de playa, pero el tiempo no acompañó mucho y las noticias del tiempo en el Telediario no fueron tampoco muy halagüeñas.

Me entraron ganas de reír al verme rodeada de ese tipo de personas, cuya pinta a primera vista era la de chusma, pero no quise despreciarles. Me vino esa palabra a la cabeza, pero la rechacé. Me parecieron gente simple, simplona, sin ambiciones, que se dedican a trabajar para sobrevivir y poco más. A pesar de lo cual me dieron la sensación de ser personas muy sanas, sin recovecos. Javier me pareció rarísimo vestido de aquella manera, tan vulgar, pero no perdió su encanto. A mí me vi disfrazada más que vestida. Todos los que esperaban se apiñaron en torno al autobús, que llegó casi a la vez que nos.

Desde el momento en que llegamos Javier y yo, fui consciente de ser objeto de todas las miradas y gestos que se comunicaban entre aquellas personas. “¿Quienes son?” se preguntaban. Noté en las miradas una mezcla de asombro y de admiración por mi belleza, la cual no pude disfrazar de manera alguna, y eso que fui sin apenas maquillaje, sin arreglarme el peinado ni nada que llamase la atención. Fue evidente que éramos el foco de atención por ser nuevos. También nuestra presencia rezuma otro estilo, otra forma de estar que nos hacía diferentes a los ojos de los demás. Es algo que se palpa.

A Javier aquello le pareció un circo. No obstante, como decía en ocasiones en que había que mantener una decisión “a lo hecho, pecho“. Habló con alguien que parecía el organizador o cabecilla de aquella excursión. Debo decir que me causó más emoción y alerta que todos los viajes que había hecho a lo largo del mundo ¿Presentimiento de algo? en absoluto. Javier comentó con el marimandón, como le conocimos entre nosotros, que íbamos sustituyendo a su tía Lorenza y a Maruja. Le enseñó los vales. No le quedó más remedio que contarle qué había sucedido.

– ¡Ah! Doña Lorenza y su querida hijita. – Dijo aquel señor con aspavientos y con una expresión un tanto exagerada. Se interesó por su salud y ya lo divulgo a los cuatro vientos elevando la voz sobre lo que oyó contar a Javier.

Al sentarnos en el asiento que nos correspondió Javier me susurro: “una y no más, santo Tomás“. Yo me estaba partiendo de risa. Se dio cuenta, al igual que yo, que su tía va de pobre, pero que se hace llamar “doña”. Con lo de “hijita” tuvimos que apretar los dientes, para no estallar una risotada.

Íbamos en la cuarta fila. Sentí asfixiarme y estar encerrada, incomoda. Era demasiado poco espacio y con tanta gente desconocida a mi alrededor. Me parecieron ordinarios, vulgares. Uno llevaba una bota de vino y soltaba cada dos por tres frases obscenas. Y los demás, a coro, reían la gracia. Un par de señoras chisearon, mientras que indicaban que se comedieran, pues había gente nueva, lo que iba por nosotros dos. La mayoría parecía que viajan para sacar a pasear su aburrimiento. Un par de familias variopintas aprovecharon para acercarse al mar el fin de semana. Dos niños no pararon de dar la lata, desde que pusieron el culo en el asiento. Observé que la mayoría, por no decir todos, especialmente los más mayores, tienen los dientes deformados y unas bocas mal dibujadas. En aquel momento no me paré a pensar que cada una de las personas que allí estuvieron tienen una historia tras ellas, su historia, lo mismo que Javier y yo. Cuando ahora lo pienso me parece increíble ser tan corta, pero estuve cerrada a esa parte del pensamiento. Estuve en otro mundo, sin ser consciente de ello. Siempre pensé que mi vida había sido la normal y la de los demás un acompañamiento que pulula a las afueras del mundo real, el mío.

Unos asientos más atrás dos señores discutieron sobre los partidos de fútbol de la jornada. Se porfiaron sobre quién iba a ganar y quién no tenía nada qué hacer. Era una barahúnda informal que parecía una troup.

Esperamos con los demás, a que llegasen cuatro excursionistas que faltaban. Pasó casi cuarto de hora, cuando llegaron en un taxi dos de ellos. Al salir hicieron como que corrían. Al subir pidieron disculpas ostentosamente. De los abucheos de todos se pasó a los aplausos cuando saludaron a todos en general. “¡Más vale tarde que nunca!”, gritó un hombre bajito y con el pelo blanco. Fue un ambiente festivo sencillo y diáfano. Menos nosotros todos os conocíais. Javier y yo parecíamos, cada vez más, ajenos a aquel ambiente, que por una parte nos llamó la atención y por otra nos sacaba de los nervios. Javier se puso muy nervioso, pues comprobó que no iba a poder usar el teléfono móvil , ni el ordenador que llevaba en la maleta, para hacer el seguimiento de alguna decisión importante. Aceptó mi idea de tomar aquella experiencia como una prueba de que ni él es imprescindible ni puede depender de su negocio. Además habría momentos en los que podría establecer algún contacto.

Casi era mejor no ir, buscar una excusa … – dijo pausadamente, pero irritado.

Como quieras, pero parece que huimos de ellos. Tomémoslo con calma, pero como tú quieras. – Le dije. Sabía que él estaba pendiente de unos ajustes de valores de varias empresas francesas ubicadas en Madagascar y de una red de exportación de cacahuetes en Liberia, lo que se negociaba en Barcelona y Franfurkt. Javier intervenía para ampliar la red a Sudamérica, de ahí la importancia de reunirse con los de México, pero no pudo ser y la salida fue contactar con los operarios de Chile. Todo estaba en marcha, pero a Javier no le gustaba esperar noticias, sino meterse en ellas. Los países menos desarrollados permiten ampliar los mercados de todo tipo, laborales, inversores y de competitividad de aperturas de demandas variables. Su importancia estriba en que los capitales globales tienen que tomar contacto con capitales locales y concretos, con el fin de ampliar la materialidad del negocio y evitar la volatización de los beneficios en forma de cifras virtuales, que requieren de mecanismos productivos que les hagan tangibles a la hora de valorar las inversiones. De otra manera se produce una sobre oferta de capital y pierde su valor, lo que significa pérdidas en el juego de la Bolsa. Los países más pobres tienen dificultades en seguir este ritmo, pues el ahorro no tiene forma de capital, pero no les queda más remedio que seguir esa vía de progreso, para satisfacer la demanda media de sus poblaciones. Javier decidió marcharse, pero el autocar arrancó, pero sin ponerse en marcha, pues faltaban otros dos.

Vamos a volar, Javier – dije cariñosamente a su oído – Regálate este fin de semana – Tuve la sensación de ser Blancanieves rodeada de los siete enanitos y Javier era el príncipe encantado. Ahora pido disculpas por haber sentido aquello y de esa manera y con esas expresiones. No pudo ser de otra forma, dada mi manera de pensar y de vivir. Una higuera da higos y un manzano manzanas. Yo fui lo que fui, pero las personas pueden cambiar, sin embargo sólo cuando esto se concibe se produce algún tipo de transformación, no antes. Desde la distancia de aquellos días me asombra que no me pregúntase quien sería la bruja y qué la manzana envenenada ¿Pero cómo reflexionar en un mundo en el que dos más dos son cuatro? Sin embargo he aprendido que dos más dos pueden ser diez u once u otro número, depende en qué base se cuente. Algo que aprendí en BUP, pero nunca di importancia a ese tema, hasta que he necesitado explicarme mi vida. Ese ejemplo me ha permitido abrir los ojos al horizonte. Porque también dos más dos puede ser un beso, un paseo, una mirada.

Javier llamó desde el móvil y sin preámbulos ni saludos le dijo a Eduardo que delegaba en él todas las decisiones al respecto de lo que hubiera durante aquel fin de semana. Se dio cuenta que en el estado de alteración en el que se encontraba no podía mantener un criterio sensato ni pensar serenamente.

Una señora pasó por el pasillo para colocarse en su sitio. Con dos dedos apretó a Javier en un moflete y le llamó “guapetón”, sin cortarse un pelo y sin reparo a que le oyesen los otros compañeros de viaje. Se montó una algarabía entre los viajeros, algunos de los cuales me piropearon a mí. “¡Lo que nos faltaba!” pensé. Javier se puso colorado como un tomate, con gesto hierático y temí que estallase, que decidiera salir escopetado. Contuve la respiración. Sonreí como pude. Pareció que nos tomaron el pelo, pero es la manera de ser de esas gentes. Un grupito empezó a decir con cierta musicalidad que saludásemos. “¡Tierra, trágame!” me dije. Levanté la mano discretamente, para salir de aquel apuro. Javier se amurugó y miró fijamente por la ventana. Estábamos atrapados, en una situación totalmente absurda e inexplicable. Recordar esos días me produce una sonrisa amable, serena, triste y alegre a la vez. Una señora hizo el comentario en alto de que “el guapetón” es muy tímido. Otra le contestó que no nos conocían y que ya haríamos amistades con ellos. Yo no supe a qué atender y sonreí como una papanata, queriendo agradar y estar a su altura, pero sin saberme desenvolver.

Los de los asientos de atrás comenzaron a corear: “que salga ya que el público se va” varias veces. El organizador hizo gestos desde la parte delantera, junto al conductor. Hizo gestos de preocupación, más teatreros y circunstanciales que veraces. Advirtió que estaban a punto de llegar y que si en cinco minutos no llegaban saldrían sin ellos. Me di cuenta que era todo un ritual con comedia incluida. Todos fueron cómplices de todos, pues formaban como una tribu. Era en parte alegría infantil, espontaneidad y, por otra, sin substancia. “¿Cómo se nos ha ocurrido venir?” fue una pregunta que se repitió dentro de mí. No quise decir nada, para no echar más leña al fuego. Javier era una olla a presión. Verle tan serio me hizo mucha gracia, pero contenida y disimulada. Me entraron ganas de aplaudir rítmicamente, a mí también, al igual que los demás. Me quedé quieta, pues sería la gota que colmara el vaso. Estuve temblando ante la actitud de Javier, pues temí que montase algún numerito. Le apreté los dedos con los míos. Él cerró el puño. Miré al reloj, para hacer ver a quien teníamos al otro lado del pasillo que Javier estaba preocupado por el retraso, ya de veinte minutos.

Es normal. Siempre se retrasan. – Dijo la señora colindante a nuestros asientos. El señor es muy mayor y el chaval es así – Hizo un gesto de despreocupación y como que es un poco tontito – No se asusten. Acá somos así de festivos. Doña Lorenza ya les habrá contado. Ella es muy seria, pero buena persona. Un poco estirada. No sé como nos aguanta. ¿No será nada su enfermedad? – Había corrido el rumor como la espuma. Estábamos fichados. El ambiente nos empezó a envolver. Le contesté con un “sí, sí, nada, nada“, sin querer dar al palique. Sinceramente, estuve desorientada. Tuve ganas de gritar para preguntar ¿qué es todo esto? ¿dónde estoy? ¡A Javier le empezó a doler la cabeza!

Mi sensación de asombro fluyó por los cinco sentidos. Por los ojos, la piel. Hasta el olor fue sui generis, olía a “eso”, a algo, a pueblo sin tierra alrededor y sin ganado. Todavía me sale ese pensamiento reflejo, igual que sale el agua de un grifo. O mejor, de una botella, pues ésta vierte lo que se echa en ella previamente, y yo me había llenado de perjuicios y desprecio a la gente llana. El mosto se hace vino, el vino vinagre y tal transformación depende del tiempo y de las condiciones ambientales. El cambio está en su naturaleza misma, pero hay algo externo que lo hace cambiar y la substancia no lo sabe. Así es el destino o el azar, porque nada tiene una finalidad, pero hay algo que empuja a la vida de cada cual sin que tenga un sentido ni deba tenerlo.

Un silbido multitudinario se hizo ensordecedor. Se produjo un tumulto. Unos se levantaron y todos gritaban y profirieron insultos hacia los que llegaban en ese momento. Todos a coro cantaron “tardones, tardones“. Mi vecina de asiento me debió de ver pálida. Estaba asustada y me agarré del brazo de Javier, quien cerró los ojos, como si se sumergiera en una pesadilla. La señora de al lado me indicó que estuviera tranquila, que aquella algarabía forma parte del ambiente festivo.

Aunque oigas barbaridades les queremos mucho. Son muy simpáticos. Ya verás – me dijo con una sonrisa complaciente. Yo me dije: “¡Pues vaya manera de recibirles! claro que han pasado casi cuarenta minutos. No sé como no les han dejado aquí “.

Para Javier fueron cuarenta minutos de suplicio. Para mí también, pero me pregunté porqué tenían que serlo, al fin y al cabo iba a ser una experiencia más en la vida y dos días pasan volando. Aquel ambiente me absorbía, no sé cómo., pero al mismo tiempo lo rechazaba visceralmente.

Entraste tú primero y detrás tu anciano padre. Se le vio apesadumbrado, exageró los gestos en forma de broma y te señaló a ti como máximo responsable de aquella tardanza. Tu saludaste triunfal como si los vituperios fueran aclamaciones. Estabas alegre de formar aquella algarada, la cual me di cuenta es un ritual del grupo.

Nada más verte no te vi a ti. Vi la imagen de un chico alto, esbelto y con pose espigada, rubio y pelo liso, nariz corva y sobresaliente. Tu sonrisa era la luz de tu rostro. Tu padre te seguía. Un hombre menudo y tímido, con el pelo en su sitio y todo canoso. Le vi mucho salero, por los gestos que hizo.

Lo mismo que yo pensé me dijo Javier al oído: “Lo que faltaba“. Me reí y le dije ¿No estaremos en la excursión de un manicomio?. Javier se rió: “Sí”. Al cabo de unos segundos apostilló: “A la tía Lorenza y su hijita Marujita les falta un hervor, pero nos la han liado bien“. Le besé. Nos callamos y miramos al asiento de delante cuando tú comenzaste a discutir con todo el mundo que allá se encontraba. Decías que eran falsas las acusaciones de que os hubierais retrasado una hora, “treinta y siete minutos exactos“, dijiste. Desviaste el tema sobre la tardanza, que bastante fue, a si era verdad o mentira lo que dijeron algunos de una hora. Primero te excusabas debido a que se te olvidó la toalla y tuviste que volver. Luego te volviste desafiante: “¿Y qué, y qué? ¿Qué pasa, qué pasa?” Tu voz tartaja y con frases simples me dieron la imagen de una persona corta “¡Un chifla!” me dijo Javier, con cierto cabreo y estoicismo a la vez. Como consideró que allí todos lo eran, aclaró que “chifla chifla“, o sea un poco más que los demás.

Te miré perpleja. Fuiste con tu padre a los asientos de atrás, mientras saludaste a los demás compañeros, de manera espectacular. Abrazabas a unos, dabas un apretón de mano a otros. Pasaste de largo sin percatarte de los nuevos viajeros. Javier estaba desorientado: “Esto es increíble. Llega tarde, que le tenían que haber dejado, y ahora le aclaman como un héroe. No hay quien lo entienda“. “Calma, esta gente es así“, le dije muy discretamente. Levantaste los brazos antes de sentarte y gritaste: “No pasa nada, no pasa nada“. Una señora te recriminó que siempre eras el mismo tardón. Pero la recordaste una vez que él llegó pronto y otro se retrasó, uno que iba delante. Y cuando ella se perdió en las calles de Cuenca y él no. Todos se rieron. Una voz dijo “¡No cambies!” y todos se rieron.

Cuando el autobús se puso a andar todos aplaudieron y ovacionaron al conductor y al organizador. Un corrillo se puso a cantar lo de “para ser conductor de primera”. A mí aquel ambiente me empezó a hacer gracia. Parecía un basilisco, pero emanaba buen humor. Es lo contrario del ambiente de trabajo, en donde reina el orden, la aparente concordia, pero se respira el cabreo, la ansiedad, la desconfianza, envuelta en buenas palabras y gestos de cortesía y expresiones moderadas. De todas formas, en aquel momento, cuando el autobús empezó a rodar pensé “que Dios nos pille confesados“. Le pregunté a Javier “¿Adónde vamos?” “Vete tú a saber me contestó” y nos reímos , por no llorar, sigilosamente.

Quien estuvo a mi vera, al otro lado del pasillo, se presentó cortésmente. Se llama Flor. Viajaba con su amiga Anita. Las dos, maestras jubiladas. Javier se hizo el dormido. Aquella señora me comentó que ese joven que llegó el último es un buen chico, que no tuviera miedo ¡La cara que me debió de ver! Pero no por quienes os retrasasteis, sino por todo lo que era aquel lugar y con aquellas gentes. Indicó, con susurro de voz, que parecías un poco subnormal, pero que no lo eras, no llegabas a eso. Oyó que eres autista, pero no en un grado extremo. Por lo que supe después tu “falta de hervor” fue tener rasgos autistas, sin llegar a padecer dicha enfermedad de lleno. Te había conocido desde pequeño, cuando gritabas mucho y no había quien te aguantase, pero te habías educado mucho y llegaste a ser muy simpático. Contó, también, que tu madre murió hacía veinte años. Su tono y la elevación de las cejas indicaron que fue algo diferente, pero que contaba la versión “oficial”. Que tu padre era un librero jubilado y que se mantiene con la renta de haber vendido el local de la cuesta de Moyano. O sea que me contó tu vida y casi la suya. Que formabais una peña que os reunís en determinadas fiestas del barrio y desde hacía veintisiete años viajáis por toda la geografía española y Portugal ¡Y yo que le podía contar! No se me ocurrió nada, así que dije que no conocía el lugar al que íbamos. Ella ya había estado una vez hace varios años. Preguntó por doña Lorenza, por su hija Marujita, pero se respondía ella misma, por lo que yo me limité a decir sí, sí y sí. Complaciente, pero sin más profundidades. Javier me pisó un par de veces, como seña de que no la diera cuerda, pues pensó lo mismo que yo, que su intención fue sonsacar. Bostecé y gesticulé estar un poco mareada. “Claro, no tendrás costumbre de viajar”, me dijo. Asentí y seguí su consejo de dormir un poco, para que el viaje se me hiciera más corto.

Pensé que es gente vulgar, pero maja. Son un libro abierto, frente al laberinto en que el otro lado convierte la vida. Los pensamientos son igual de simples, pero en otra dirección y los sentimientos exactamente iguales, aunque pueda parecer increíble. Esa gente vulgar, pensé entonces, tienen su vida, al fin y al cabo, y son los clientes de nuestros productos. Son ellos quienes nos hacen ricos. Desde las ideas de los marginalistas, que estudié, para establecer una estrategia de mercados de imagen, se comprueba que el desarrollo de la economía moderna se basa en agrandar el margen de la demanda, para ganar de muchas personas un poco y concentrar el ahorro en forma de capital. Mi padre siempre bromeó diciendo algo que es cierto: “Pobre es quien da una peseta diaria a un rico”. Con el cambio del euro en lugar de una peseta decía que un céntimo. Yo le enmendé en alguna ocasión, para sugerir que los publicistas hacemos que den un euro y qué además estén satisfechos. Nadie se da cuenta de semejante realidad. Es algo que no se nota. Sólo en España de manera imperceptibe ganamos, en el primer segundo del día, siete mil trescientos euros al mes. Ochenta y siete millones de euros al año, simplemente por el funcionamiento de la economía, y nadie protesta, ni se percata de ello. Para mí fue algo positivo, no sólo porque me beneficiase, sino debido a que gracias a ese remanente se estimula el consumo e incentiva a participar a todo el mundo en el desarrollo, personal y colectivo. Además, crece la economía. Lo cual es cierto, pero, ahora me doy cuenta, que a medias. Si esta cantidad se multiplica a nivel mundial … ¡la globalización! Unos compran y otros venden, es cuestión de mercado. Conocer este mecanismo llevaría a la sociedad a replentearse las bases del trabajo y de la economía.

Estaba adormilada sobre el hombro de Javier entresoñando y medio pensando elucubraciones sin mucho sentido.

– ¡Eh! ¡Eh!. – Abrí los ojos y me sobresalté al verte sonriente frente a mí. La señora Flor, se hizo la dormida, pues pudo haber impedido que me despertases, pero se hizo la longuis, como respuesta a mi disimulo anterior. Comprobé que parecen tontos los que allí iban, pero no lo son. Y que yo, por lista estaba sola. Miré a Javier, para ver si te saludaba. Se hizo el hurón. Te presentaste – Me llamo Jorge, pero todos me llaman Pacito. Hola – extendiste la mano y nos saludamos, apretándonoslas mutuamente

Yo Manuela. Me gusta que me llamen Manuela – Lo dije cortante para que me dejaras en paz. No estuve de humor.

A mí me gusta que me llamen Pacito, porque siempre me han llamado así. Mi padre se llama igual que yo, pero todos le llaman señor Bermejo. Es su primer apellido. –

– ¿Se apellida “señor“? – me quise hacer la graciosa.

No “Bermejo”. Y así se llamó su librería: “Librería Bermejo” –

Muy bien. Encantada de conocerte – Se me acabó la conversación. Y no estaba interesada en más.

Perdona que os haya despertado. Bueno a ti. El no abre los ojos. Como sois nuevos he querido saludaros para dar la bienvenida.

Ahora si nos dejas tranquilos te lo agradeceremos, ¿eh? – Dijo Javier sin levantar la mirada. Flor y otra señora, sentada detrás de mí, te hicieron una señal para que te fueras a sentar a tu sitio y que no molestases.

Con mucha diplomacia y más con gestos que con palabras, le recriminé a Javier que hubiera sido tan antipático. A mí me caíste bien, simplemente. Fue como cuando alguien tira una piedra al agua a lo tonto. Cae y llega al fondo. Quizá fue eso lo que pasó. No lo sé.

Necesito recorrer esa madeja de hechos entrecruzados, entre unos visibles y otros que no lo son, para saber que es lo que sucedió en mi vida. Apenas puedo interpretar nada de lo ocurrido después de aquel viaje. Con las palabras doy pasos en un laberinto, con el único fin de encontrar una salida.

Antes de llegar al destino hicimos varias paradas. Una de ellas para comer. El viaje se hizo eterno. Es curioso que para ir al otro lado del mundo se emplea menos tiempo que para acercarse a una distancia cien veces más pequeña. Además de pesadez tuve sensación de mareo. Me atormenté cuando empecé a pensar que la gente que me rodeaba se tiraba pedos disimuladamente. Llegue a sentir verdadero asco, náuseas. Traté de adormecerme pensando en una próxima campaña publicitaria. Dejé escapar un pum por desidia. Sentí preocupación de que alguien lo oliese y descubriera su origen y que, encima, me llamara la atención. Pasado unos minutos me tranquilicé, pues nadie dijo nada. No faltó quien eructo en alto. Debió ser una gracia con la que encontró respuesta, de unos que abuchearon y le llamaron cerdo y guarro y otros que aplaudieron. Todos se rieron, menos Javier y yo, que estuvimos atónitos.

En la primera parada me miraste cuando bajé del autobús. Pusiste cara de tonto. Sin darme cuenta te imité. Sentí una corriente de aire en forma de luz que recorrió mis adentros. Sentí una sonrisa en todo mi cuerpo, pero fue un juego que sofoqué. Lo que ahora tiene sentido, en su momento fue una caricia cariñosa en la distancia, sin más.

Te chocaste, más tarde, con una estatua del bar-tienda de carretera en el que habíamos entrado. Alguien te llamó la atención y te reprendió para que cogieras algunas cosas que tiraste de un estante.

Es que la estoy mirando ¡Qué chica más bonita! – dijiste. Reí y varios que te oyeron también. me sonrojé. Javier no oyó nada, pues estaba absorto en su cabreo de estar en aquellos lares. Te vio luego recoger las cosas y exclamó “¡Vaya jilipollas!”.

Tuve ganas de ir al servicio, pero aguanté, pues me dio asco entrar en el mismo aseo que aquella gente. A los pocos minutos hice de tripas corazón y sin apoyarme en nada hice mis necesidades menores. No dije nada a Javier, pues bastante tuvo para él. Preferí no hablar nada, para que no elevase su tono de voz al contestarme y salpicase a alguien su indiscreción e incontinencia verbal. Tuvo el gesto de la jaqueca, pero sin dolor de cabeza.

Tras la primera parada en el autobús únicamente tuve ganas de dormir, para ver si despertaba de aquella pesadilla. Tuve sensaciones contradictorias, pero me desagradó ya que no controlaba yo las circunstancias, que es a lo que estuve acostumbrada. Cuando cerré los ojos te volví a ver en mi imaginación y me reí ¿Me estaba empezando a enamorar? Sinceramente no. Hubo algo que es lo que trato de ver y analizar. En ese momento me preocupó la invasión de mi fantasía por tu imagen. Lo tomé como un virus informático, pero en el cerebro. Así de fría y de calculadora fui. Consideré también que fue parte de la desestabilización emocional que sufrí durante aquella excursión.

Comimos en León. El organizador nos dio dos horas para pasear por la ciudad, a la que llamó “la bella desconocida”. Se formaron varios grupos para recorrer algunas calles y la ruta de los monumentos. Javier y yo fuimos solos. La ciudad es pequeña y nos topamos en varios sitios con gente del autobús. Nos dio la impresión de no poder escapar. A pesar de estar hartos nos dio la risa de encontrarnos en semejante historieta. No nos dimos cuenta que estábamos entre gente sencilla y campechana. Al cruzarse con nosotros trataron de mostrase agradables, de saludarnos con cierta euforia. Fuimos nosotros los que estuvimos bordes. Porque, además, nos sentimos agredidos, sin serlo. Estábamos en otra realidad, no sólo económica, sino humana.

Los labios de Javier y los míos botaron entre ellos circulando por entre las fuentecillas de la plaza del Hostal San Marcos. Allí nos sucedió algo que a él le sentó fatal. Yo lo tomé como una broma más del destino de aquella excursioncita. El camarero del bar de aquel Hostal nos dijo que estábamos invitados. Javier puso una mirada de ira, que temí montase alguna escena colérica. Yo saludé al responsable de aquella galantería. Fue el organizador del cotarro. Le sonreí y salí con Javier a los jardines, tratando de disimular su mal humor.

Pero qué se creen éstos. Maricones de mierda – dijo Javier con los dientes apretados.

Intenta ser amables con ellos. Tienen buena intención y sentimientos, muy primarios, pero sienten como tú y como yo. Somos nosotros los que estamos como pez fuera del agua.

Sí, fuera de bolos ¡Qué manera de perder un fin de semana a lo tonto! No lo soporto. Mi tía Lorenza se va a acordar – Quedó pensativo. Luego murmuro – No invitarla a nuestra boda sería excesivo, pero dejarla en el último lugar de la lista – Se rió malévolamente.

Javier, va a ser un gran fin de semana – Le dije mientras que le guiñé un ojo. Me acerqué a su oreja con los labios – Te voy a besar los huevos hasta que te corras – Sonrió y me apretó una nalga –

De la mano recorrimos el Camino de Santiago que hay en la fachada del Hostal, en forma de rosetones. Quedaban unos minutos para partir y continuar la ruta.

– ¿Y si nos quedamos en este lugar y que zurzan a esta bazofia y a la tía Lorenzita de los huevos – No me dio tiempo a contestar. Venía la señora Flor con paso acelerado hacia donde estábamos Javier y yo. Quiso que le hiciéramos una foto, junto a su compañera de excursión, al lado de una cruz que tiene en su base la escultura de un peregrino, que más bien parece al pescador del anuncio Pescanova. Javier se dio la vuelta groseramente y siguió viendo los medallones con las manos en los bolsillos. Luego sacó el teléfono móvil y se pudo a hablar desde el centro de la plaza. Me esforcé en contrarrestar aquel desplante. Sin querer los compañeros de viaje nos hicieron sentir encerrados. No tenía importancia de no habérsela dado, pero nos irritó esa actitud de tenernos que hacer la pantomima. Posiblemente no fue esa la intención de nadie de los que viajó, que actuaron espontáneamente. En nuestro ambiente nunca hubo relaciones claras y diáfanas. Se caracteriza por las segundas intenciones. Mucho menos se muestran los sentimientos. Vivimos en corazas, lo cual si es pantomima, y no la de aquellas gentes sencillas y amables.

Hice las fotos a las dos señoras. En agradecimiento insistieron en hacerme otra a mí junto a mi “esposo”. Le aclaré que éramos novios, lo cual se me escapó, pues de inmediato me di cuenta que íbamos a ser la comidilla de su círculo de conversación. Comprobé que eso es lo que pretendía la tía Lorenza, hacernos sentir mal por dormir juntos sin estar casados. A nadie le importaba, pero hablar sobre ello a escondidas es un deporte psicológico en determinados ambientes. Por eso dan tanto juego las revistas de corazón. Cada uno hace luego lo que quiere, pero siempre hay una ventana abierta al exterior con el fin de parodiar el absurdo ¡Anda no iban a picar a la tía Lorenza y a su Marujita con este cuento! Flor insistió en hacerme la foto con mi pareja. Accedí ante tal insistencia. Llamé a Javier, que anduvo a lo suyo. Le hice señas de que viniera. Me comunicó con gesticulaciones que todavía faltaban diez minutos para salir. El autobús salía de cerca de allá, frente a un edificio muy grande que hay de cristal y mármol. En esos momentos tú saltabas entre las fuentecillas y pisabas los recuadros con agua. Me hizo gracia verte como un niño.

La señora Flor gritó a Javier para que no hiciera el pazguato. A su alrededor se formó un remolino de gente de la excursión animándole a que posase en la foto conmigo. Todo con buena intención, pero yo me dije “¡tierra, trágame!”. Javier siguió dando vueltas con el móvil a la oreja. A la señora Flor y a su compañera les justifiqué tal actitud, en que estaba muy pendiente de la salud de su tía. Lo entendieron y se apiadaron de él, viéndole desde ese momento muy majo. Pero a su alrededor varios le picaban diciendo que no dejase sola a una mujer tan guapa, y con algunas palabras un poco bastas.

Sonreí a diestro y siniestro. Tú fuiste a avisar a Javier ¡que dejara de hablar por el teléfono móvil y viniera a hacerse la foto conmigo! ¡Mama mía! Te contestó con un manotazo. Se percató de lo inoportuno que fue y, con gestos dijo que esperásemos a todos, que iría cuando terminase de hablar. Su cara de hierático mostró para mí su cabreo macabeo. Para los demás era su frialdad y preocupación por la enfermedad de su tía.

Al acercarse a mí fue recibido con una ovación. A mí me entró la risa, no lo pude evitar. Él actuó como una estatua de cera. La señora Flor le preguntó por la salud de doña Lorenza y Maruchita, pues dio por sentado que Javier habló para preguntar por ellas. “Bien”, contestó escuetamente.

Posamos uno al lado de otro. Fuimos el centro de atención de toda la excursión, que se concentró en torno a nosotros, incluso el conductor también. Me moría de vergüenza. Javier tuvo una cara de buldog que no se tuvo con ella. La responsabilidad de hacer la foto recayó en el organizador. Puestos ya, el corrillo comenzó a gritar y medio canturrear que nos abrazásemos. Luego corearon a Javier que se riera. Él forzó la risa para salir de lance. No dispararon aún la foto. Tu padre, con mal genio, te regañó para que te quitases de atrás de nosotros. Por fin la hicieron. El organizador quedó en dársela a doña Lorenza. Javier no dijo ni mu. Fue algo entrañable y gracioso. Pero en ese momento Javier y yo lo vivimos como una invasión de nuestra vida y manera de ser. Con todo me hizo cierta gracia. A Javier no.

Seguimos la ruta. Los de la parte de atrás cantaron. Tú parecías el director de aquella orquesta de voces estrambótica. Javier y yo fuimos encerrados en nuestra bola de cristal, hasta que se rompió cuando otro grupito empezó a corear “que canten los nuevos, que canten los nuevos”. Le di con el codo a Javier. Sin discreción alguna Javier me dijo que les mandase a la mierda. Corrieron los cuchicheos de manera que todos supieron claramente que Javier estaba enfadado. Le catalogaron de geniudo-mal-genio. Yo no sé si para contrarrestar esa imagen, si que un impulso sin sentido, no sé que me empujó a ponerme de rodillas en el asiento. Miré para atrás y cante: “que canten los de atrás, que canten los de atrás que lo hacen muy bien”. Rápidamente me senté atronada por la ovación de todos. Hasta la señora Flor se emocionó visiblemente. Se la saltaron las lágrimas. Javier me dio un manotazo en los gemelos de la pierna izquierda. Tú señalaste a tu padre para que cantara él también. El guía de la excursión se acercó adonde estaba y me dio un caramelo con una actitud protocolaria y cariñosa. Otro para Javier. Alguien gritó que le diera un beso. Se lo di a la cocorota de Javier. Pero dijeron que no, que a don Antonio. Y así lo hice en agradecimiento a los caramelos que me dio ¡Vaya tumulto! gritos de algarabía, silbidos y pataleos. El conductor pidió calma por el micrófono. Dijo que si a él no le daban un beso dejaba el volante. Una señora se acercó y le besó el moflete. Otra vez el bullicio escandaloso

En aquella jauría burlesca ti imitaste a Javier. Reflejaste su mal humor, sin atisbar nada de nuestro mundo. Con la mano Javier me hizo un gesto de que cortase el tema y no siguiera el juego a esa gente. Así lo hice. Cerré los ojos para no saber más. El ambiente se fue calmando. Para mí erais gente en su sentido despreciativo. Sin embargo tu pose, tu cara se infiltraron en mi imaginación. Te veía haciendo el tonto en una ensoñación despierta. La exclamación que hice para mis adentros fue: “pobre payaso“. De manera despectiva, pero sin ira, con cierto cariño.

Durante la cena nos colocamos en una mesa muy apartada del resto del grupo. Pensamos haber ido a otro sitio a cenar, pero Colunga es un pueblo pequeño. Javier no tuvo ganas de nada. Habíamos llegado a media tarde y no salimos de la habitación. Se tumbó en la cama con la excusa de dolerle la cabeza. Yo también y me adormilé. Pareció enfadado, pero no lo estuvo. Simplemente era cabreo lo que sintió. Yo me lo tomé con más sentido del humor.

Me dijo que al día siguiente no esperábamos a salir después de comer, que a primera hora cogíamos un taxi y nos íbamos. Que por él lo haría en ese momento, pero no quería dar más pábulo al asunto. Le pedí que lo viera como una experiencia curiosa y que tenía su gracia. Fue incapaz de soportar aquel ambiente, superior a sus fuerzas. En cuanto a mí, me sentí incómoda, y más con el estado de ánimo de Javier, que ya no pasaba una. Y le afectó somáticamente. Sin embargo percibí una nueva sensación dentro de mí. Una especie de cosquilleo existencial que se tradujo en saltitos de hilaridad y absurdo.

En un paréntesis de mi pensamiento, cuando viajaba en el autobús, pensé que todo aquello no tenía sentido. Sin embargo me pregunté ¿qué tiene que tener sentido en la vida? Esta pregunta fue una rebelión de mi pensamiento, pues para mí vivir fue seguir las pautas de la lógica de la vida y estuve absolutamente convencida de que todo mi ser y mis circunstancias formaron parte de un destino. Ser rica, que funcionasen los negocios que emprendí, triunfar en mi vida afectiva con el emparejamiento a Javier tal fue mi sentido de la vida. Sentí como si una carretera por la que circulase se convirtiese en nebulosa. Tuve la impresión de llevar viajando en aquel autocar años y años y que aquel viaje era la vida misma. No di importancia a aquellos pensamientos. Sin embargo al recordar saltan sobre mí esos pensamientos y afloran. Fueron devaneos de palabras mentales que surgen con la zozobra. Sin embargo ese pequeño rincón del pensamiento adquiere vida propia cuando miro hacia atrás.

La cena me pareció grasosa y destartalada. Me dio sensación de estar servida en una vajilla sucia y la comida como si hubiera sido elaborada con las manos de alguien sin lavárselas. Imaginé que cada rincón del salón estaba lleno de cucarachas. Al estar en una mesa solos, fuimos más vulnerables a la mirada de los demás. Javier pidió otro vino, no le gustó el que pusieron, de mesa y peleón. Ninguno de los que le ofreció, tres o cuatro, satisfizo a Javier. A mí me daba lo mismo. Para echar un cable a Javier le dije al camarero que fuese a algún sitio a buscarlo. Se lo tomó a broma. Incluso dio una palmada a Javier sobre el hombro, por la ocurrencia de su pareja. Creyó que estábamos de cachondeo.

Casi estuvimos a dieta. Pensamos coger algo para picar en la nevera de la habitación del hotel. Cuando nos dimos cuenta de que ya habíamos visto que no tenía. Pensar aquello fue la fuerza de la costumbre. La cena no había terminado, ni siquiera se habían servido los segundos platos, cuando la gente se exaltó contando chistes e historietas entre todos. Los de una mesa saludaba a los de la otra, como si se vieran después de hace mucho tiempo. La señora Flor nos invitó a participar en el jolgorio. Le indiqué por gestos que a mí me dolía la cabeza y a Javier la tripa. No fue una mentirijilla del todo. Sin ser dolor yo sí tuve sensación de padecer el dolor.

No sabíamos como librarnos de aquel ambiente. Habíamos pensado en no bajar, pero temimos montasen un escándalo en el hotel. Bastaba con levantarnos y volver a nuestros aposentos, pero estábamos encerrados entre las miradas y la atención del grupo. Es increíble la fuerza que tienen las miradas colectivas.

De postre nos sirvieron unas natillas caseras muy ricas, pero no pasé de la primera cucharada. Tuve asco del cuenco de duralex. . El mantel de papel, la cucharilla con rallajos. Sólo de pensar que las personas del grupo lo usaron en otro viaje o similares a ellos me repugnó, sin yo querer que me pasara eso. Fue superior a mis fuerzas y a mi razón. Pienso que debería pedir perdón al mundo por haber tenido esos prejuicios, pero en verdad me perdono a mí misma, pues perdonar es una manera de comprender.

Estuvimos a punto de levantarnos, cuando llegaste tú y te plantaste entre ambos. Todos miraron de reojo, a ver la que se iba a montar. Te miré y nuestros ojos chispearon. Un cruce de iris fugaz, lleno de preguntas sin hacer. Interrogantes vacíos. Javier no dejó de mirar a un punto fijo de la mesa.

– ¿Que tal la cena? A mí las excursiones al mar me encantan. Y me abren el apetito – Soltaste una risotada, tras hablar de manera tartaja. Más que tartamudo parecía que te tropezabas con las palabras.

Bien, muy bien. Gracias – No supe que más decir, ni quise seguir la conversación.

– ¿Sabes – Hubo un silencio sepulcral entre tú y yo, rodeado del barullo de la gente y el silencio gélido de Javier – Eres muy bonita – Tus palabras fueron un rayo en la tormenta de nuestra posición social, y un rayo de luz entre tú y yo, que no supe ni quise ver. Sonreí. Javier no te miraba. Movió un dedo sobre la mesa, de manera rítmica.

Gracias – Dije escuetamente.

Tienes mucha suerte de tener una mujer tan guapa. – Dijiste a Javier. Siguió golpeando con el dedo la mesa. No levantó la mirada ni dijo nada.

Eres muy amable – A pesar de contestarte, ambos te tomamos por un tonto.

– ¡El amor es algo maravilloso! – Dijiste cerrando los ojos con fuerza y apretando las manos.

Javier tocó una tecla del móvil con disimulo, para que sonara una llamada. “Sí, sí, sí”. Hizo como que habló y se levantó. Yo le seguí. Por fin nos íbamos. Pero nos pasó como en el anuncio de Jordi Dans, el destino de aquel momento no se daba por vencido. Al marcharnos todo el grupo comenzó a corear “que se besen, que se besen”. Dieron palmas. Cuanto más colorada me puse más fuerza hacían con sus manos y voces. Nadie se cortó un pelo. Javier miraba a la puerta con las dos manos en los bolsillos. Yo saludé al respetable como si me convirtiera en la princesa de los tuertos del mar del norte. Tuve la impresión de estar rodeada de piratas borrachones y simpáticos. Javier se fue. Yo lancé un beso al grupo, lo cual fue respondido con una gran ovación. Tu cogiste aquel beso entre tus manos como si hubiérase convertido en una mariposa. Pósate aquel trozo etéreo de aire junto a tu corazón. Mi sonrisa cayó como una hoja de otoño y me fui.

En la habitación Javier se tumbó sin decir nada. Estuvo a cien. Estrené un camisón de seda. Pensé que le levantaría el ánimo. Ni él ni yo soportábamos la humedad de la colcha y la sábana. No paré de criticar aquel lugar. Javier parecía ido.

Les mato, les mato, les mato a todos – dijo Javier entre los labios, ensimismado – Que ganas de tener una metralleta y ta ta ta ta tatá tatá tatá

Qué bruto. Sabrían que habías sido tú y ¡puf! años de cárcel, a lo tonto – dije.

Mejor – Y sonrió con cara irónica de perverso. Me senté a su lado para acariciarle la cara, el cuelo cabelludo. Él me rozó la entrepierna y chocaba sus dedos con el pubis.

Es mejor envenenarlos – dije – Unas gotitas de cianuro y … – Nos reímos a carcajada limpia. Aproveché para hacerle cosquillas.

En verdad lo que dijimos fue una broma, pero fue nuestra concepción del mundo y nuestra relación con la otra sociedad. Ese despotismo de nuestro pensamiento es consustancial y propio de la élite económica. Jamás lo reconocerá nadie, pero es la que hace de base de los grandes negocios. Por eso se contamina el aire, el agua, la vida en general, no importa que las antenas emitan ondas electromagnéticas o que se emitan substancias tóxicas. Si fallece alguien es cosa del progreso. Los ricos tienen sus refugios fuera del mundanal ruido. No es por maldad, no que no les importe el mal ajeno. No lo ven. Cuando se hace visible se trata de tapar, porque no se quiere ver. Es cuando se conoce y no es posible mirar para otro lado cuando se despierta la conciencia de quienes negocias con el dinero. Recuerdo que cuando me llegó el encargo de hacer una campaña publicitaria, para contrarrestar otra por las repercusiones mediambientales de ciertos productos farmacéuticos, puse como condición hacer algo que evite se siguiera contaminando una zona de gran valor ecológico. No fue suficiente lo que se hizo, pero la publicidad puede darlo importancia, lo que no hace son milagros. Se creó desde entonces un gabinete de estudio y se invirtió en una empresa de estudios ambientales. Lo que no se pretendió nunca, ni es posible, es anular la producción industrial. Se pararía el mundo ¿Qué mundo? me pregunto hoy. Ese hilo del pensamiento forma parte del recuerdo, pues éste no es pasado, es el puente que une una orilla del tiempo con otra.

Le di un beso a Javier. Apagué la luz. Bajó mis bragas de color rosa dejando desnudas mis nalgas y me volcó sobre la cama. Se colocó sobre mí y sació su pulsamiento sexual. Yo estuve a gusto, pero no llegué a latir. Fue un desahogo. El sonido de los besos nos relajaron. Durante aquella noche Javier se levantó dos veces con retortijones. Yo estuve mareada. Eso que apenas probamos bocado de la cena. Tomé un par de aspirinas. Nos tranquilizó haber tomado la decisión de irnos. Pensamos hacerlo de madrugada, pero teníamos que esperar para dar el aviso, pues serían capaces de irnos a buscar y montar el numerito para encontrarnos, al pensar que nos hubiera ocurrido algo. El plan fue desayunar, llamar al taxi y marcharnos a galope. Con decírselo al organizador cuando llegase el taxi nos bastaba. Pero, como dice el refrán, “el hombre propone y Dios dispone“.

Después de una mala noche, con angustia e inquietud, nos levantamos con celeridad ante la esperanza de salir de aquel túnel de la montaña mágica en la que nos habíamos metido ¡Volver! Hogar, dulce hogar. Pero ya nada fue lo mismo. ¿Qué sucedió? No lo sé. Sinceramente no lo sé. Es difícil pensar sobre los acontecimientos posteriores.

Tomamos un café con leche que parecía aguachirle, con un croissant duro y seco. Y eso que tenía mejor pinta que las magdalenas. Javier eligió una galletas. Pudimos haber desayunado en el camino, pero teníamos que dar la noticia al organizador. Lo que más me preocupó fue lo enfadado que vi a Javier, consigo mismo y con todo lo que le rodeó. No hubo una razón concreta por la que justificar un enojo semejante. Fue un sentimiento, por nuestra manera de ser y de existir. Nuestro mundo chocó con el de aquellas gentes. El rechazó afloró espontáneamente, sin que pudiéramos controlarlo. Ahora que lo pienso detenidamente observo que es algo muy profundo. No es fácil reconocerlo y, mucho menos, entender su peso emocional. En parte transpira culpabilidad escondida. Es mejor no mirar cara a cara ese paisaje de nuestra personalidad. Mirar implica una búsqueda implacable y su encuentro con esa parte sólo es posible cuando se desnuda de mundo la persona.

Javier con su actitud mohína me indicó que llegaba el encargado, “el jefe”, como le llamabais. Le hice una seña, como cuando se llama a un camarero. Atendió mi llamamiento sonrientemente y yo a él le devolví el mismo gesto de cordialidad. Me indicó que esperase, que estaba muy ocupado, pero que en seguida vendría. Tu padre creyó que el gesto de llamar a alguien se refirió a él. Vino hacia nosotros y tú detrás de él. Se sentó en nuestra mesa y tú a otro lado de la mesa, entre tu padre y Javier.

Todos me llaman Bermejo. Creo que ya lo saben. Para servirles en lo que haga falta – dijo con su sonrisa desdentada. Me quedé atónita. Javier estaba a punto de estallar. Os servisteis café y leche. También bollería que estaba colocada en el plato, al centro de la mesa. Tu padre se guardó un paquete de dos bizcochos en el bolsillo. Guiñó el ojo – Yo a media mañana siempre tomo un tente en pie – dijo.

– ¿Sois felices? – dijiste tú de sopetón. Sin venir a cuento y con una sonrisa muy emotiva. Tu interrogante cayó como una bomba en mí. ¿Alguien lo puede poner en duda? me dije para mis adentros. Claro que soy feliz, muy feliz, respondí para mis adentros, por un acto reflejo.

La felicidad no es una meta. Es un estado de ánimo – sentenció tu padre – Yo he pasado momentos muy malos en mi vida. A pesar de todo hay ocasiones en las que me siento el hombre más feliz del mundo – ¿Qué sabrá usted? fue mi pensamiento espontáneo. También observé el poco espíritu que tenía que tener para conformarse con vivir como vive.

Yo de pequeño creí que mi mamá se había muerto. Luego supe que se fue. Hemos vivido solos mi padree y yo. Cuando venimos al mar disfrutamos.

Siento que soy un marinero ¡un pirata! Qué le voy a hacer. Me imagino que tengo un barco. En la vida todo da muchas vueltas ¡y quién sabe si algún día lo tendré! – comentó tu padre.

No nos interesa sus vidas ¿saben? – Dijo Javier malhumorado. Quedé perpleja, por esa rotundidad y mala educación. Además sabía el trasfondo de esas palabras: desprecio.

Tu sonrisa fue un terremoto en las entrañas de mi alma, sin que supiera localizar ni interpretar en ese momento.

Qué calentito está el café. Por las mañanas sienta bien tomar algo caliente. Nada como el café. – Javier te interrumpió.

Te voy a decir una cosa – Le cortaste en seco.

– ¿Quiere más café? – me preguntaste. No diste tiempo a decirte que no. Cogiste la jarra y te pusiste a cantar en alto: “Yo te dará, te dará niña hermosa. Te daré una cosa, una cosa que yo sólo sé: !café!” Me serviste. Javier fue a decirte “eres un…”, pero no pudo terminar pues los compañeros de excursión que, en su mayor parte, estaban entrando en el comedor comenzaron a aplaudir. Javier fijó la vista en su taza.

Cuando viajamos somos una gran familia. A muchos de los que vienen les conozco desde hace más de veinte años – Dijo tu padre. Javier le cruzó una mirada que más pareció una puñalada. La gente se acercó y cuando hizo un corro a nuestro alrededor cantó: “Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo sólo sé: ¡café!”. Tu voz sobresalió de entre las demás, al menos así me lo pareció a mí. Tuve ganas de reír como nunca, pero sólo sonreí, aunque por dentro me dije: “tierra trágame“.

Bailaste con la jarra de café y me mirabas. Respiré tu mirar. No fue un flechazo, ni siquiera me paré a definir algo que podría llamarse un gracioso sentimiento exótico. Nada más. Unos y otros de los allí presentes se colocaron el brazo sobre el hombro y se movieron rítmicamente mientras que tararearon la canción. A un extremo estabas tú con tu jarra de café. Tu risa fue destello de luz. No te vi especialmente hermoso. Eras un bruto sin pulir, pero refinado de alma. Creo que más que verte te imaginé.

Me hubiera gustado unirme al grupo y cantar con todos. Os escuché atónita. De reojo me fijé en Javier. Quise indicarle que se diera un baño de jolgorio y de inocencia pueblerina. Estuvo de piedra. Todo lo que pensé despectivamente, incluso en ese momento, ahora lo veo de otra manera, lleno de cariño. En esos instantes fue como ver en un circo hacer gracias y dar volteretas a los monos. Para mí fuisteis unos simpáticos bufones. Pero palpe un gran calor humano.

Echaste más café a mi taza, para interpretar la canción. No había bebido antes y se derramó. Unos te abuchearon, otros te regañaron. Tu padre dijo que siempre tenías que montar alguna de las tuyas. Sólo te enfadó que una señora te llamase “cabezón”. Traté de quitar importancia al hecho de derramar. La escena me pareció como si se hubiera preparado para acorralarnos a Javier y a mí.

Tu padre se subió a una silla e hizo de director de orquesta. Pidió silencio con las manos. Todo el mundo quedó mutis por el foro. Él mismo inicio una canción que los demás continuaron: “Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón. Hoy te traigo ….”. Terminaron de cantarla entre aplausos. Yo también aplaudí. Javier siguió quieto, impávido. Sus respiraciones fueron espesas. Me sentí como una hoja caída en la corriente de un río, pero no me dejé arrastrar, ni ser hoja caída.

– ¡Basta ya! ¡Es que no pueden dejar de hacer el jilipollas! – Javier estalló. Convirtió aquel trocito de mañana en un nubarrón. La tormenta de sus palabras acabó con la luz del alba, pero aún sin luz el amanecer continúa su ritmo. Todos los presentes quedaron cortados. Cada uno fue a su sitio y se sentó, sin que ninguno supiera qué hacer ni qué decir. Yo tampoco. Únicamente se quedó el organizador, como queriendo responsabilizarse de todo. Con cara de circunstancias. Su gesto lo dijo todo: quiso disculparse. Se sintió herido , pero no por lo que soltó Javier, sino porque su gente hubiera resultado molesta. No entendieron a que vino esa reacción. A él se dirigió Javier – Por favor, déjenos en paz. Y dígaselo a los demás. Mi novia y yo nos vamos a marchar ¿Vale? eso es lo que le quise decir cuando le llamé – Sacó el móvil y llamó a un taxi. Agarró mi mano y se abrió paso para ir a la salida sin fijarse por donde pasaba.

De la misma manera que una rana salta a la charca cuando pasa una persona, la señora Flor comentó en alto: “Muy mal debe estar su tía“. Todos quedaron complacidos con aquella explicación. Sirvió para darnos una coartada y a ellos mismos para dar un sentido al malhumor de Javier.

Lo primero es lo primero – apostilló su compañera Anita.

Nuestra reacción fue indecorosa y de muy mala educación. Nos estaban dando una lección, no demasiado sin querer. Corrieron un tupido velo sobre nuestra conducta. Continuaron pareciéndome simples simplones. Pero he descubierto después que en la sencillez está la profundidad humana. Quise excusar nuestra conducta y seguí la pista que la señora Flor me dio. Antes de salir por la puerta del comedor me paré. Javier dio unos pasos para llegar a la sala de recepción.

Su tía Lorenza está muy mal. Estar aquí pasándolo tan bien y ella tan mal, le ha puesto muy nervioso. Es mejor que vayamos con ella. – Todo el mundo supo que fue un cuento, pero lo dieron por cierto.

– ¡Cuidad también de Marujita! – Dijo la señora Anita.

Sí, sí – respondí. Te vi compungido. Lloraste.

Es una pena que os tengáis que marchar – me sorprendieron tus palabras. No nos conocíamos, fuimos antipáticos a tope ¿cuál era la pena?

Ha surgido de esta manera – Es lo único que supe decir. Aunque tampoco tenía que dar explicación alguna.

Eres más bonita que el sol y la luna juntos ¡Eres “la niña hermosa” de la canción del café! ¡Más bella que todas las olas del mar juntas! – Te sentiste orgulloso de tus palabras, sin saber que al otro lado de ellas no hay orillas. Sentime halagada. Te vi como a se ve a un niño que dice infantiladas. No me di cuenta de que mi corazón se inundaba sin querer.

Gracias – Fui escueta. Quise decir adiós y marcharme, cuando en ese mismo instante se oyó la voz de una mujer.

– ¡Pacito es muy sensible!

– ¡Un romántico! – dijo otro señor.

Es un poeta – apostilló una mujer de mediana edad que iba acompañada por un niño pequeño. Quedé rodeada, a la vez que acompañada. Fue, para mí, una charlotada, pero a la vez una situación ¡tan tierna y tan bonita! que al recordar aquel momento tengo ganas de llorar.

Vamos, Pacito, recita un poema, de esos que tu sabes. Esta chica se lo merece – te animó tu padre. Tú, ni corto ni perezoso, no necesitaste mucha insistencia, cerraste los ojos y quedaste con plante de poeta. Un silencio sepulcral se instaló en el comedor.

– “Entre una flor y el infinito

elijo la flor

pues su belleza es infinita.

Si tuviera que elegir

entre un segundo y la eternidad

elijo haberte visto un segundo

porque tu belleza es eterna“.

Todos te aplaudieron. Yo también. Sonreí al mirarte. Me hubiera gustado acercarme a ti y darte un beso. Quedé absorta, creyendo que yo formaba parte de vuestra historia. Tuve la sensación de vivir ese momento durante toda mi vida. Desperté al comprobar que quería salir de aquel atolladero. Javier estaba esperando y estaría que trina, pensé.

Bueno, gracias por todo. Ya nos vamos – Me quedé muda de corazón. Mis latidos me preguntaron ¿y por qué tienes que irte de esa manera? Me pareció una forma vil e innoble de huir, sobre todo como desprecio a vosotros y al resto del mundo que no vive en nuestra burbuja de cristal – Las circunstancias así lo exigen – Más que mentir, me oculté a mí misma.

Espero que la excursión, al menos hasta llegar aquí, haya sido de su agrado. Quedo a su entera disposición y también a la de su novio. – Esta última palabra la dijo con cierto deje. Luego se dirigió a los demás muy circunspecto, como jefe y mando máximo del evento – Podéis ir a la playa de La Francesa. Hay paseos muy bonitos y una ruta de huellas de dinosaurios. La comida es donde cada uno quiera. A las cinco quedamos para volver, en la plaza del mirador. Se oyeron rumores. Quien no esté que se quede en la puerta del camping que os iremos a buscar a la playa – Varios aplaudieron y vitorearon al organizador que se mostró muy complacido. Elevó el tono de voz y de forma protocolaria dijo dirigiéndose a mí – Mas como hasta esa hora tenemos el tiempo libre pongo el autobús a vuestra disposición. Si queréis os acerca a Gijón o a Oviedo y allá cogéis un tren – La algarabía fue mayúscula. El jefe de aquella tribu se convirtió en un héroe.

No se preocupen, Javier ha llamado ya a un taxi – Un murmullo de exclamaciones se oyó desordenadamente.

– ¡Esto no puede ser! Unos chicos tan jóvenes y responsables no pueden quedar solos y desamparados. Debemos colaborar todos – Propuso una colecta. Cogió un gorro playero y lo pasó uno por uno. No supe qué hacer, qué decir. Ese gesto colectivo hizo que una emoción absolutamente increíble brotase en mi corazón. Noté que se comenzó a derretir mi pasado, mi existencia. Sin embargo aquella actitud de esta gente me pareció absurda en el pensamiento. Pero la duda es la sombra intrínseca de la certeza y en esa zozobra rápida, sin palabras, aunque ahora se las doy, flotó una pregunta: ¿qué es lo que da sentido al sentido de las cosas y de la vida?

El guía cogió las monedas y billetes recaudados para ofrecérmelo. Con tanta bondad no pude negarme a coger ese dinero. Probablemente alguno se quedara sin tomar el café de la tarde, por tal motivo lo recibí con un gran cargo de conciencia. La inercia de la mente hizo que estallasen relámpagos de pensamientos, como “pero ¿qué se creen estos imbéciles?” ; “no saben quien soy yo” y clichés por el estilo.

Un bocinazo significó que el taxi había llegado. Era el fin de aquella historia, anecdótica e incoherente con mi vida. Una imagen comparativa podría ser la de una manifestación de enanos delante de un palacio, a la que se asoma una princesa y ve que la pancarta pone “no pedimos nada“. Una sonrisa sería lo más sólido de aquella escena.

Dije adiós a todos en general. Te busqué con la mirada, más no te vi. Una tremenda emoción embargó mi ser, pues supe que tu mirada me rodeó. En aquel momento fueron sensaciones sin palabras. es ahora cuando doy forma de letras a ese viento que sopla el alma del corazón.

Muchas gracias por todo, por la compañía, por su solidaridad. Gracias, gracias de corazón. Gracias por ser como sois. es una pena que nos tengamos que marchar – Otra vez el claxon volvió a sonar con varios bocinazos. Imaginé a Javier impaciente. Sin embargo tuve la sensación fugaz de verle lejano a mí. Al caminar hacia el taxi fui despacio. Sentí vértigo, como si anduviera al borde de un acantilado, pero en ese momento no supe qué me pasó, es ahora al recordar cuando veo, compruebo mis sensaciones vividas. Pensé que había sido la alteración de las muestras de cariño y de inocencia. Tuve ganas de llorar. Tuve pena de aquel grupo de gente tan noble a la que despreciamos. No había comprendido nada y quise huir de ellos y de ti. La atracción que me causasteis fue al mismo tiempo malestar ¡Menos mal que ya terminaba todo! pensé. Ya, ya.

– ¡Musa! ¡musa! – oí tus gritos, tu voz. Di la vuelta cuando, con la mano, tuve sujeta la puerta para abrirla. Sonreí. Tuve sensaciones invisibles que aún hoy no las sé definir ¿Por qué me volví? Viniste corriendo y yo te esperé. Oí decir a Javier “¡Vámonos de esta puta mierda!” El grupo te siguió, unos andando y otros a medio correr. Probablemente para evitar que cometieras ninguna tontería o hicieras algo inoportuno.

Te he escrito una poesía. Es para ti – Me la diste en un papel arrugado. Javier abrió la puerta, queriendo salvarme de aquella situación. Me cogió del brazo y me metió en el coche bruscamente. Me quitó el papel, lo rompió y tiró los pedazos por la ventana. “¡Vamos!” Dio la orden al taxista de arrancar.

– ¿Te volveré a ver alguna vez? gritaste mientras nos fuimos. Eras una sonrisa que se hizo aire en ese momento. Lanzaste un beso hacia mí. “¡Pare!” gritó Javier. A continuación salió del coche hecho un basilisco. Yo también por la otra puerta, para evitar que te hiciera nada. Había perdido la paciencia. Te puso la mano en el cuello.

No molestes más, ni a mí ni a ella ¿Vale? – Fue como si el mundo fuera de cristal y se rompiera en mil pedazos. Tu rostro se derritió en el aire. Mi barbilla tembló.

Por favor, Javier, déjale en paz – Javier se metió en el vehículo. Dio un portazo. No pude articular palabra para pedir perdón a todos los que estuvisteis allá. Te di un beso. Como empujada por una corriente de luz y estrellas saqué del bolsillo del pantalón una tarjeta – Si necesitas algo esta es la dirección de mi trabajo. Me llamas – Sonreí al infinito Pues dije algo que de no haberlo hecho siempre me hubiera sentido mal, pero sin querer nada contigo, sino quedar bien conmigo misma.

– ¿Y si no necesito nada? – dijiste. No era momento de filosofar, ni de hablar. Javier dijo escuetamente “Entra, ya nos vamos”.

Cuídate – fue mi única palabra. Me introduje en el taxi. Los demás, que permanecieron en silencio sepulcral, se apiñaron en torno a ti. Os mire y una lágrima brotó de dentro de mí cuando os oí cantar: “Adiós con el corazón, que con el alma no puedo. Tú serás el pájaro Pinto ….”

Lloré, pero fue fugaz. Con Javier desperté. Me arrimé a él, le puse una mano en su pierna paraz tranquilizarnos y la apartó. Quedé helada. Estaba cabreado. Tomé ese gesto como una ofensa, pero no quise enfangarme en una disputa. Preferí mantener el silencio. Dejar que pasara el chaparrón. No sólo quise mantenerle a mi lado, sino que le amé. Juro que le amé, con toda mi alma y como más no se puede amar. Y le comprendo. Hoy sé que el amor tiene mil formas, que hay infinitas maneras de amar y no siempre están unidas unas a otras.

Durante el viaje de vuelta casi no hablamos Javier y yo. Fue nuestra primera desavenencia y discusión a través del silencio. Le eché en cara que hubiera tenido una actitud tan antipática y agresiva. Él a mí que diera carrete a esos chiflados. Sobre todo que hubiese prestado oídos a un majara como tú. Te consideró un loco peligroso, que al ser una persona incontrolada podías montar cualquier pirulada en el momento y lugar más inesperado. Me advirtió de lo difícil que iba a ser quitarse de encima a “un memo como ese”, que no tienen nada qué hacer. En forma de soliloquio dijo, en voz alta, que no se te ocurriera acercarte adonde él estuviera. Me aterró oír esas palabras, sobre todo por la carga emocional y de rabia con que las comentó. No tuve oportunidad de avisarte, pero pensé que nunca más volvería a verte. Aquel fin de semana creí que sería una estrella fugaz, sin pensar que un meteorito puede caer sobre un planeta y cambiarle de arriba a bajo.

Quise quitar hierro al asunto y no dar importancia a lo que sucedió en el viaje a la playa de Colunga. No podíamos enzarzarnos en una chiquillada, más teniendo en cuenta que la boda estaba a la vista y nuestras sendas familias enredadas al respecto. Sobre todo no quise tirar por la borda una historia de amor que me hizo feliz, que era mía y en la que mi corazón estuvo predispuesto a navegar en esa dirección. Para Javier aquel viaje fue una bobada, pero le alteró sobremanera. Una cadena de despropósitos, un viento de la vida, no sé, no sé que fue lo que me llevó.

En el taxi, durante el viaje de vuelta, Javier justificó su silencio a un fuerte dolor de cabeza. Yo me adormilé. Cuando faltó poco para llegar me bajó la regla. Paramos en un bar de ruta y me arreglé. Lloré sin saber porqué. Noté palpablemente que mi alma también tuvo la menstruación. Sentí dolores muy dentro de mí. Fue un llanto muy profundo, sola, en un bar de carretera. Deseé desaparecer en ese momento para siempre. Fue inimaginable, indescriptible lo que sufrí en unos minutos, sin saber nada, sin pensar en nada. Fue porque sí, en ese preciso instante. Me lavé la cara y como que no pasó nada. Mi profesor de estrategia comercial en la Facultad explicó varias veces, como consejo magistral, que nunca desesperemos en los negocios. Su lema es “pase lo que pase no pasa nada“. A Javier le bastó con que le dijera: ” he tenido eso” nada más.

Me dejó a la puerta de casa. Se despidió con un beso de compromiso. Sonrió con cierta pesadez. Dijo: “Descansa, ya nos veremos“. Percibí que algo se había roto entre nosotros ¿El idilio, para aterrizar en una realidad diferente? ¿Hubo una grieta entre nosotros o en cada uno? En verdad no hubo un motivo o un porqué para que se alterase nuestra relación. Pero hay fuerzas ocultas que actúan en el alma. Las mismas o muy parecidas a las que yo manejé para vender productos, a través de la publicidad, jugaron conmigo. En su momento no detecté nada, pero supe que algo me ocurrió. Interpreté que fue una crisis de pareja banal y pasajera. Probablemente hubiera sido eso de no haberte cruzado en mi camino. Hiciste desaparecer un amor y ¡de repente! de la nada, surgió como de una chistera y mágicamente otro mundo, otra vida, otro amor.

¿Cómo?

Lloro.

No fue tan de repente, aunque lo recuerde así. El recuerdo junta los momentos, cuando son cadenas de sucesos, separadas, a veces por tiempos adimensionales. Fueron días, semanas de infierno y desolación. Todavía su recuerdo me hace temblar. Me tirita el mentón.

Me cuesta escribir. Mi pensamiento se ofusca.

Lloro más.

Necesito navegar por mi pasado, recorrer mi vida para llegar a mí misma. Requiero hacer de la palabra un mapa que dibuje el rastro de mis pasos. Quiero ser entendida y mimada por la mirada de quien siga estas huellas que voy dejando. Necesito comprenderme. Y ser comprendida. Y que el mundo se comprenda a sí mismo, cada ser humano. Todos estamos enfrente de la muerte, pero no lo queremos ver. Sólo de esta manera podremos entender la vida, cara a cara ante la muerte.

Estuvimos, Javier y yo tres días sin hablarnos y sin saber uno del otro. La crisis fue más seria de lo que yo creí en un principio. Estuve de muy mal humor e irritada en el trabajo. Lo pagaron mis subordinados. Bastante déspota fui, para apretar aún más las tuercas, sin acordarme del emblema de nuestra empresa de trabajar en equipo. Primero fui exigente conmigo misma, luego con los demás.

No llamé a Javier porque esperé que ese paso lo diera él. Establecimos un pulso en la distancia para ver quien cedía. Fue un primer paso para ver quien se sitúa un poco por encima del otro. Tal tira y afloja colocó una barrera entre ambos.

El miércoles a media mañana recibí una llamada de la secretaria de Javier. Me instó a comer con Javier con el pretexto de estudiar una campaña sobre valoraciones bursátiles de nuevas empresas que se iban incorparando al mercado de valores. Mi requerimiento fue ver de qué manera se podría aprovechar ese nuevo impulso y paso en la economía financiera a escala publicitaria. Tomé esa invitación como una ironía. Quise superar aquella crisis y hablar de nosotros antes de nada. Estuve dispuesta defender nuestro amor a capa y espada. Me aterró la posibilidad de enquistarme en esa fase y seguir adelante con nuestra relación por inercia. Acabaríamos casándonos, teniendo hijos hasta que una infidelidad, un caudal de hastío o una revuelta de discusiones acabase con todo, pero el final estaría escrito en el comienzo de esa unión. Si tuviera que ser así no me vi con fuerza ni voluntad de cambiarlo. No puede una persona sola cambiar el curso de un río, ni siquiera de nuestra propia vida. pero a veces se transforma ese cauce por sí mismo.

Fui a la cita con prisa y nerviosismo, pero segura de mí misma. Me mentalicé para mostrar mi personalidad más encantadora y volver a nuestros fueros ¡Cuál fue mi sorpresa al salir del edificio para ir al restaurante en el que habíamos quedado que te vi mirando a un lado y a otro, perdido en la acera! Igual que un pájaro con las patas pegadas al suelo, así tus ojos revolotearon de un lado a otro, batiéndose en aquel lugar sin ver nada.

– ¡Eh! Pacito – te llamé. Todo mi cuerpo sonrió. Estalló una luz hecha carne en forma de destellos, que fue alegría, sin dar importancia más que al verte.

Hola. He venido a verte. Aunque no necesito nada– Nos reímos los dos igual que dos niños que se miran mutuamente – Quiero darte esto – Me diste un papel muy especial: la cuartilla que escribiste, que Javier rompió. Colocaste trocito a trocito y los pegaste con papel celo. Sentí un terremoto por dentro.

Gracias – La leí – Es muy bonita. No fue su intención romperla. Estaba muy agitado, nervioso. No se lo tomes a mal.

– No me importa. La poesía es más que un trozo de papel – tartamudeabas más de lo que era habitual en ti – Me has inspirado porque eres muy guapa – Desarmaste mi pensamiento con tu simpleza y profundidad. Sonreí. Te besé en la mejilla Creo que fue un acto de piedad por mi parte, más que de cariño. Mi sentido amigable hacia ti brotó como el agua de un manantial. Pregunté por tu padre, don Bermejo, sobre quien me dijiste que estaba algo pachucho. Te sentiste orgulloso de ser tú quien cuidase de él.

He quedado a comer con Javier. Ven con nosotros – te invité ciegamente, con la mejor intención y creyendo que fuera del ambiente de la excursión a Javier no le importaría. Ahora estaba en su terreno. Fue una ofuscación por mi parte, que no se entiende de no analizar que al estar contigo vivía otra dimensión del tiempo y como si otra mentalidad actuara dentro de mí, siendo la misma persona. Tú ya habías comido, me comentaste, pero insistí para que vinieras a tomar un café ¿Cómo fue posible semejante insistencia? Lo visualizo como si yo fuera una actriz que sube al escenario a recitar un poema de amor, y sale de él en donde discute con el empresario sobre que le suba el sueldo, y al entrar en escena sigue con sus versos de amor y fantasía. Ese cambio de papeles es lo que me ocurrió, pero sin suceder a propósito. Dijiste que preferías una Coca Cola. Te enseñé la ventana en la que estuve trabajando y en la del despacho de Javier.

Estabas asombrado y orgulloso de haber llegado a base de preguntar a unos y a otros. Llegaste en metro. Guardé tu poema. Pensé que si lo veía Javier se podría molestarle, al recordarle su comportamiento.

Para mí la poesía consiste en deshacer un sentimiento. Luego se endurece en el papel en forma de palabra. Es como la cera de una vela. Cuando la llama se enciende, la cera se reblandece. Al caer esa gota se hace dura y queda pegada en el suelo, o en una bandeja – tardaste un raro en soltar esa idea. Te escuché sin contestarte nada.

Llegamos al restaurante que está entre los dos edificios de las oficinas. Javier estaba sentado de espalda a la puerta.

Hola – Le dije sonriente. En bromas elevé las dos manos y las moví a medio giro, en forma de carantoña, para indicarle que había sido una bobada ese enfado silencioso. Se medio levantó y me besó la mano protocolariamente. No me gustó esa actitud, que indicó un distanciamiento. Le besé en los labios fugazmente.

Hola – me dijo.

¿Te acuerdas? A venido a saludarnos. Es Pacito, el de la excursión – Para mí fue una forma de hacer las paces y no dar importancia a esos días desdichados por su sin sentido, lo cual repercutió en nuestras relaciones personales. A Javier le cambió el rostro. Se puso serio y respiró profundamente. Tuve la sensación de haber metido la pata. Previsible, pero mi pensamiento se había obnubilado. Tengo la sensación de que un ángel, algo externo a mí sopló sobre mi cerebro y no le dejó ver la situación en la que estuve. Lo que pasó no tiene una explicación lógica.

Extendiste la mano para saludarle. Te despreció, pues hizo como que no te veía. .

Él ya ha comido. Le he invitado a tomar un café con nosotros – Me senté.

Me voy, porque tengo que estar pronto en casa. A mi papá le gusta tomar el café conmigo. Otro día os veré. Gracias. Otro día os leo dos poesías que voy a escribir ¿vale? – dijiste, con gesto emocionado y muy contento de ofrecer tus versos.

Mira, no quiero volverte a ver en mi vida. Nunca más – te señaló, amenazante, con el dedo índice. Comprendí el mensaje y que iba en serio su rencor.

– ¡Por favor, Javier! Compórtate – le recriminé, casi sin darme cuenta. Me salió espontáneamente.

Me pareces un jilipollas – Javier se levantó. “Pero ¿qué pasa?” grité en silencio para mí – No estoy dispuesto a aguantar tus chorradas – Luego me llegó a mí el turno – Te he invitado a comer a ti, a la ejecutiva Manuela. Estamos en una comida de trabajo. Este imbécil no pinta nada aquí ¡Adiós! – Se fue. No di crédito a lo que vi, sin embargo fue una reacción lógica que yo no vi pues tuve un velo delante de mis ojos del alma. Me quedé sentada y durante un rato no reaccioné. Te miré al cabo de un ratito y te vi de pie, con cara de cervatillo asustado. Imité tu cara con un esbozo de sonrisa y te indiqué que te sentaras. Con la yema de tus dedos tocaste el envés de mi mano. Sentí algo muy especial, como si la piel se evaporase. Todavía eras una anécdota en mi vida, un apoyo para el pensamiento caritativo y de quien apiadarme. Me pareció injusto el comportamiento de Javier, pero nada más.

Tomamos un café con leche, cada uno. Yo comí dos sandwiches. Me contaste el resto de la excursión, con escenas que hiciste saltar la risa de mi cara. Todo tu rostro me pareció de luz, y tus gestos grabados en el aire.

No te dejé pagar. A cambio me hiciste prometer que un día iría a comer a tu casa. Tras el tiempo transcurrido, todavía tengo la imagen de mí misma, la mí misma de aquel entonces, de haber actuado como una idiota, de no ser que el destino o el azar me dieran la mano para llevarme por un camino diferente al mío ¿o fue el que tomé mi auténtico derrotero? ¡Cómo pudo ser posible con mi mentalidad que aceptase! ¿Qué me pasó? pero ¿no es eso el amor, todavía incipiente y oculto, y fue tramando su desenlace y tejiendo su destino? No lo sé, no lo sé, tan sólo lo sentí y ahora veo aquel sentimiento del alma. Escribiste tu dirección en una servilleta. Te pedí que no volvieras por aquel lugar. Habías comprobado que tu presencia no gustó a Javier y temí por ti. Sinceramente, no pensé que a mí me afectase mas que en un cabreo pasajero de mi pareja. Incluso creí que al salir de esa crisis nuestra relación quedaría más consolidad, madura y nos uniría más estrechamente, si cabe.

Juro que iba a decir que sería mejor que no nos volviéramos a ver. Iba a romper la servilleta, amigablemente, para no complicarnos la vida y porque nuestra amistad no daba para más, sino que sería un foco de problemas y malas interpretaciones. Una milésima de segundo antes de que fuera a plantear mi postura hablaste tú.

En mi casa te leeré poesías. A mi papá le gusta oírlas. Te enseñaré dibujos que hago y cosas de barro. Me has invitado y quiero responder a tu generosidad

Vale. Prometo que iré – No sé que fuerza empujó aquellas palabras que dije. Añadí un sostén de mi realidad, que no me dejaste acabar – Pero …

Luego sólo te recordare. No necesito verte más. Haré un palacio de palabras y versos. Con eso seré el hombre más feliz del mundo. Siento haber caído mal a tu novio

– No te preocupes. Se le pasará. Es así. Nunca le había visto tan geniudo. Se ha puesto muy nervioso fuera de su ambiente. Eres muy bueno, de verdad. Y quiero que sepas que a Javier le quiero mucho

Para mí eres un sueño, aunque vivas. Y yo seré un trovador – Tartamudeabas al hablar. Hubiera querido despedirme con un beso cariñoso en tu mejilla, pero nos dijimos “adiós”, con la voz, la mirada y las manos.

Al recordar aquel momento visualizo la imagen de un día con un bochorno tremendo, que evapora el agua. Se forma una nube, la cual es llevada por el viento. Se llena y en unos instantes una tormenta descarga la lluvia, cuyas gotas vuelven al mar.

Apunté en mi agenda de bolsillo nuestra cita. La dejé para un martes, pasadas dos semanas. Era el único hueco que me quedaba. No se lo diría a Javier, para no herir su susceptibilidad. Sería el final de una historia, la nuestra, de comienzos difusos y sin un sentido aparente. también, pensé que sería un fin sin final.

Esa misma noche llamé a Javier. Le pedí que nos viéramos para hablar de lo nuestro claramente y buscar una solución a nuestro desencuentro. Se mostró muy borde. Le supliqué que estuviéramos juntos y que, por favor, no interpretase tonterías. Pensé que cuando una rama se rompe, se puede arreglar, pero siempre será una rama rota ¿Tan frágil fue ese amor? No lo pude creer. Para mí fue tan sincero, tan maravilloso, tan infinito y profundo que no tuve palabras ni cauce para pensar en lo que podía estar pasando ¿Un mal momento? y mejor hubiera sido esperar a que pasara el tiempo.

Continué llamándole al día siguiente, por la mañana al despacho y por la tarde a su casa. No dio señales de vida. Al otro día otra vez lo mismo. Sentí profundamente ser humillada y violentada. Pero quise defender mi amor por él por encima de todo. No estuve dispuesta a casarme por inercia y hacer un simulacro de vida conyugal. Pero ¿qué hacer? ¿qué hacer? pensé.

En mi cabeza todo dio vueltas. Funcioné en el trabajo como si fuera una actividad mecánica para la que estuve adiestrada. Encima de mi mente tenía un nubarrón. Una rendija apareció en mi pensamiento, por la que entró un rayo de luz en forma de sonrisa que desembocó en ti. Te imagine. Tu mirada se hizo lluvia en mi interior. Me esforcé por no recordarte, pero tu imagen se lanzaba sobre mí y voló en cada inspiración, y al aspirar flotaba. Tu recuerdo fue vaho que no de dejó ver la realidad en la que estaba instalándome. Me veía a tu lado a orillas del mar salpicándonos. O que andábamos por la acera de la Gran Vía haciendo tonterías y jugando a cogernos entre la gente.

Llegó el viernes y seguí llamando a Javier. Metódicamente lo hice desde el día anterior cada cuarto de hora. A su casa no, para no dar pábulo de lo que ocurría entre nosotros. Tampoco quise que supiera nada mi familia. Aquella misma tarde tuve que ir a Lisboa. Saqué dos pasajes de avión. Había quedado con un equipo financiero de una sociedad bursátil que estudiaba la inclusión de la publicidad en el mercado de valores. Yo hice un estudio al respecto, como posibilidad, que ellos concretaron. La idea es hacer una sociedad mercantil peninsular, para lograr la fusión de un grupo bancario transnacional. Yo pensaba que la publicidad puede lograr dirigir el mercado de valores, por su influencia en el mercado. Iba a ser un encuentro muy técnico, pero apasionante por las expectativas que abría de cara a incrementar el negocio. El equipo de Javier dio el visto bueno, y en el expediente apareció su firma dando los parabienes del proyecto. Para mí fue una buena señal, pues era signo de que había estado atento a mi proyecto, y de alguna manera podía tener una repercusión en nuestro ámbito de pareja.

Faltaban cuatro minutos para las dos de la tarde, cuando le llamé sin dejar que se cumplieran los quince minutos entre llamada y llamada. Lo cogió él directamente. Me felicitó por el nuevo plan, que calificó de espectacular. Le invité a venir conmigo y aceptó. Hablamos como si no hubiera pasado nada. Vislumbré cierta esperanza en remontar aquel bache. Le hice un guiño erótico al dejar que me aconsejara para saber qué camisón quería que llevarse. Quiso uno que estrené con él sin nada debajo.

Tengo ganas de verte – dijo. No obstante noté cierto distanciamiento. Nuestras palabras se cortaban, pues había que empujarlas. Pudimos haber quedado para comer juntos, pero no fue así. Creo que hubo un error, por su parte, que fue comentar nuestro pequeño abismo, a sus padres. Su familia engrandeció lo que era una pausa temporal y contagiaron cierto dramatismo a Javier. Esto lo deduzco al cabo del tiempo. Sus progenitores comentaron algo con los míos. Lo que hizo que me preguntasen algo sobre mi relación con Javier. Yo eludí sus interrogantes, sin dar mayor importancia a nuestra crisis.

La segunda vez que me preguntaron al respecto levanté un poco la voz, pues me hicieron perder los nervios. Sobre todo porque no me gustó que Javier hubiera sacado nuestros asuntos fuera de nuestra intimidad. Pensaron los míos que se trataba de la tensión ante los preparativos de la boda. Todavía quedaban unas cuantas semanas, pero el acontecimiento se acercaba cada día que iba pasando.

Decidí ir a comer al bar al que solía ir Javier, para verle antes del viaje y también a sus socios, con el fin de quedar para el lunes y comentar los resultados de la reunión y mis impresiones, sobre un posible acuerdo o no. Una vez que comenzásemos manos a la obra, la maquinaria empresarial se haría imparable. pensé que le daría mucha ilusión a Javier. Le iba a pedir que me ayudase a redactar el informa técnico para presentar en la Junta de accionistas.

En el camino al bar-restaurante, crucé la pequeña franja de un paseo arbolado que hay entre una calle y otra, cuya circulación va en sentido contrario una de la otra. Oí un silbido. Miré ¡y estabas tú subido a un árbol! me empecé a reír como una descosida. Tenía que haberme ido corriendo, no ver nada, pero tuve la sensación de algo parecido a que no hubiera habido nada antes ni después de aquel momento de verte, otra vez, colocado entre varias ramas. Con el dedo índice girando al lado de mi sien te decía, en bromas, que estabas loco de remate. Te dije que bajaras y que no hicieras el tonto. Llamamos la atención a algún conductor y viandante, pero todos pasaron de largo.

Debí haberme marchado, pero despertaste risas y burbujas en mi interior. Eras una dosis de extravagancia mundana, pero con una densidad humana que caló en mí. Te colgaste de una rama y de un brinco te pusiste a mi lado con cara de mono. Yo también la puse, para seguir tu gracia, y movimos la cabeza siendo nuestra mirada un puente entre los dos. Caíste no sólo a mi lado, sino dentro de mí. Penetraste como una piedra que cae en un lago y se expanden las ondas. Te hiciste mío igual que cuando los dedos quedan untados de miel. Sentí miedo porque me percate de la zozobra de mi vida. No lo llegué a pensar, pero sí ahora que traduzco el recuerdo de los sentimientos.

Tus palabras amenazaban la bruma del destino. Tu manera simple y directa de hablar, siempre me llamó la atención. Tu voz, tartaja, salpicó mi alma. En ese momento fuimos dos monos y fue cuando fui cautivada por ti. Fue impensable, pero fue cuestión de dar forma a las sensaciones que pulularon en mi corazón. Hiciste que subiera a una alfombra mágica para volar a otro mundo de sensaciones, en el cual el otro mundo deja de existir, ni siquiera existe. Aún estaba todo por venir.

Eres muy mona – dijiste, con sonrisa picaruela.

Gracias. Y tú muy mono ¡Y nunca mejor dicho!- Me reí. Comenzaste a hacer el orangután. No sé como no me morí de vergüenza. Sin embargo se formó entre tú y yo una cápsula que no deja pasar el tiempo y que absorbe el mundo exterior. Te vi de lo más natural. Tuve la impresión de habernos conocido de toda la vida, como si fueras de esos amigos del alma, que aunque no estén siempre acompañan.

Yo Chita, tú Yeni – Dijiste. Te acaricié la mejilla izquierda. En ese momento aterricé. Mi rostro se nubló, se hizo serio, pues algo rodaba para unirnos, cuando mi historia era otra muy diferente. Supe que no podía dar ningún paso sin romper todo lo anterior que tuve en la vida. Y no estuve dispuesta a tirarlo por la borda. Fuiste un adorno extraño en mi existencia, algo que Javier no supo entender.

Te invité a comer en un Mc Donald. Hablaste sobre tus excursiones de fin de semana con “la peña”, como llamabas colectivamente a tus compañeros de viaje. También sobre los cursos de manualidades en los que te matriculaste desde hacía siete años. Fuiste un torbellino de palabras atrancadas que se esforzaban por salir de tu boca. Recitaste un poema que hizo del horizonte una bandera y del aire una metáfora de amor. Sonreí ante ti, lo que supuso mucho más que sonreír. Escuché tus palabras de tractor atascado. Tu voz dificultosa, tu tartamudez hicieron eco en mi sentido auditivo. A pesar de ese cariño incipiente nunca hubiera saltado hacia ti. Te hubiera tenido a mi lado, aunque fuera al margen de mi ambiente social. Hasta ese momento si hubiera tenido que dejarte lo hubiese hecho. Quiero decir que hasta ese momento toda nuestra relación fue un juego, un devaneo sin más transcendencia que vernos. Lo reconozco, incluso, cuando mediante la palabra hago una radiografía de nuestra relación, más aún ¡una ecografía del alma! que se ve en las tres dimensiones.

Por mi parte nada te conté de mi vida ni sobre mí. Tampoco te hizo falta. Yo te lo traduje a tu situación, al hacerte ver que era una oficinista de la empresa en la que trabajaba. Claramente te comenté que había quedado con Javier para ir de viaje con él. Te hice saber que nuestro terreno común estaba muy limitado. Y en un atajo de realismo puse las cartas sobre la mesa: “A Javier no le gusta que nos veamos. Me caes muy bien, pero prefiero que no nos volvamos a encontrar. Entiéndelo. Yo no lo entiendo, pero aceptémoslo de esta manera“. Jugué con tus dedos entre los míos. Agradecí tu comprensión y ternura. Aceptaste mi decisión igual que se acepta la noche y el día.

Quise arrancarte de cerca de mí. Había permanecido demasiado involucrada en algo que me era ajeno. Fui consciente de que de todas formas mi pensamiento estuvo pendiente de ti. Tuve la sensación de necesitar tu cercanía, tu conversación. A la vista tu piel me pareció infinita. Cuando, sin pensarlo, te acaricie la mejilla sentí ser un barco velero. Quizá por esa percepción me negué a ser náufraga. Traduzco en palabras imágenes que sucedieron y que aparecen en el recuerdo. Son sensaciones incrustadas en el corazón, que fueron pálpito en forma de impulso.

No te voy a ver nunca más. Pero te veré siempre – Sonreíste – No te voy a seguir – y tu sonrisa se hizo sonora – Me bastará con cerrar los ojos y te veré. Los abro y te sigo viendo – Cerraste y abriste los ojos acompañando tus palabras – Y si no estuvieras, también te veré cuando abra los ojos. Eres la belleza. “Si las olas no tuvieran mar/ irían al cielo / a través de tu mirada” – Aquellos versos me emocionaron. Tuve un conato de llorar. Tú mirabas al suelo. Sacabas las palabras entrecortadas de tu corazón. Tus gestos se estiraron en toda la cara – Todos los viernes de mi vida clavaré un poema, escrito en un papel, en aquel árbol del que me colgué. Serán para ti y el viento será su baúl. No hace falta que los leas.

Leeré todos. De verdad. Gracias. No te olvidaré jamás – Ibas a marchar, cuando te sujete asiendo tu mano. Te besé la mejilla que te había acariciado un poco antes. Sonreíste y vi como anduviste entre saltos, como un niño. Volviste tu rostro al cabo de unos pasos y me lanzaste un beso con un soplo. Y yo lo cogí. Lloré. Lloro.

Al llegar al bar-restaurante entré directamente a los servicios, sin fijarme en nadie. Me lavé la cara para quitarme el rímel y maquillaje con el fin de no dejar rastro de mi llanto. Sobre todo fue una lluvia de sentimiento en mi interior. Frente al espejo me fije en los ojos. Los vi hundidos, a pesar del esfuerzo que hice por sonreír. De cara a fuera la excusa de mi mala cara iba a ser el nerviosismo, el exceso de trabajo ante la incertidumbre de los nuevos mercados y el proyecto de expansión de nuestra empresa, especialmente en el sector que a mí me competió.

Al salir del cuarto de baño miré de manera general hasta ver a la pandilla de Javier, sus acólitos en la empresa y en su círculo de amistades personales. Cafés y chupitos indicaron que se trataba de una larga sobremesa. Llegué por sorpresa para todos. Mi intención no fue ir a comer, sino ver a Javier cara a cara. Supe, por mi experiencia en el mundo de los negocios, que si no se coge al toro por cuernos te acaba pillando por la espalda. Con la perspectiva del tiempo compruebo que fue a él a quien la situación le atropelló. Llega un momento en que es muy difícil separar lo personal de los negocios, especialmente en las relaciones de amistad y odio. Lo supe de toda la vida, pero nunca me imaginé que pudiera afectarme hasta tal punto. Ocurre como con los accidentes de tráfico, sabemos que suceden a diario, pero nunca imaginamos que puede acabar con la vida de uno mismo o de un familiar cercano.

Me di cuenta de que me observaban detenidamente desde que salí del cuarto de aseo. No obstante hicieron como que no me vieron. Lo cual me alertó. Me acerqué a ellos con una sonrisa, para hacer ver que no pasaba nada, ya que en teoría si pasó algo fue entre Javier y yo, y que yo supiese no había transcendido. Fue una interpretación mía. Actué, pero no forzada. Estuve acostumbrada a manifestar así mi relación con ellos. Creo que dentro de cada uno hay muchas caretas, y todas ellas verdaderas. Ocurre que en ocasiones, saltar de una a otra es un abismo.

Al estar con el grupo noté risitas. Javier no me saludó. Mi rictus se hizo hierático. Sentí palpablemente que mi corazón se aprisionó en un puño de imbecilidad, de absurdo, de manera sólida. Insistí en saludarle. Por fin dijo “hola“, como si yo fuera una de tantas. No me cupo la menor duda de que algo pasaba más grave de lo que pude imaginar. No perdí los nervios y me mantuve en mi papel con el único objetivo de salvar nuestra relación, como fuera. No sólo de cara a los demás y en nuestro compromiso social, sino entre ambos, en nuestra intimidad. Con todo en ese momento le amé profundamente. Fue mi amor un sentimiento sincero y sólido. Lo consideré un aprueba que tenía que superar y que al pasar unos días saldría más fortalecida nuestra relación. Su actitud fue un resquemor fruto de su imaginación, que se alimentó de ráfagas de realidad, de una realidad invisible y que, simplemente, no era real. Sus sospechas se fabricaron sobre la base del dominio de uno sobre otro. Competimos en ser uno para el otro, pero, al igual que cuando dos empresas se fusionan, una de las dos ejerce la hegemonía. El creyó hacerlo, por su posición dominante en los negocios, pero una fisura , mínima de acercamiento a otra historia, a otro mundo, a algo sin importancia le dio un valor simbólico, como sucede en los emporios comerciales, en los que el logotipo, la marca, las iniciales, se acaban convirtiendo en batallas de conquista del adversario, que en teoría es un nuevo colaborador. Ese fue mi mundo y no lo vi hasta que lo miré desde fuera de él.

De los que allí estaban, unos y otros gastaron bromas fugaces a mi costa. Una pedorreta quiso decir que fui al servicio a hacer mis necesidades, lo que dio lugar a una carcajada colectiva. La estrategia de humillación estuvo servida. Participé de la risa, haciendo que no iba conmigo. Por dentro me sentí podrida, al comprobar el tipo de gente a la que estuve unida y, entre los cuales, era una más. Una amiga preguntó al grupo si en ese lugar se come con las manos o con tenedor. Otro propuso que lleváramos al día siguiente una tartera. Risas y jolgorio humillante fue la atmósfera que se formó. Indudablemente Javier contó algo. Posiblemente a su manera, resumiendo de manera tosca lo que no era nada. De ser algo, fue una ligera sensibilidad hacia una persona diferente y desarmada en cuanto a nuestro poderío económico. A pesar de comprobar que Javier había tenido un comportamiento malicioso, que se hizo palpable, aguanté el chaparrón.

En el momento de pagar lo hizo Javier, con una tarjeta de la empresa. Remarcó este hecho, que no habría de venir al caso. Estuve sentada en un lateral de la mesa, lo que nunca me había sucedido. Los otros ocho no me dejaron acercarme a Javier. Noté complicidad entre ellos y muy mal ambiente hacia mí. En teoría no tuvo porqué. Supe que era el comienzo de una gran marejada, pero pensé que después de la tormenta viene la calma. La cuestión iba in crescendo. Javier pidió que el camarero le llevase un recibo para notificarlo en tesorería. Desde luego era derrapar sobre lo que son gastos personales y que además es como si alguien quiere pesar una mota de polvo en una cantera. Se trató de una manera infantil y estúpida de enviarme un mensaje de castigo.

Para mí siguió siendo un mal entendido, que esperaba tener la ocasión de aclarar, dialogando con él. Había roto contigo, aunque sin saberlo quedó un hilo invisible, pero quise no dejar la menor duda ni grieta. Nuestro juego de amistad se esfumó en el infinito, para salvar mi futuro matrimonio, cuyos cimientos, para mí, fueron de amor. Hubiera bastado que Javier dijera: “hablemos”. Todo habría quedado aclarado. Nuestra relación hubiera vuelto a ser como antes, con más precaución y tiento, pero nuestro amor volvería a su cauce. No obstante para mí fue un toque muy fuerte, que me marcó un camino severo, que acepté por amor, puramente por amor. Cumplí lo que nunca me gustó de un dicho de mi abuela: “obedecer es amar”.

Se acercó a mí Anita, una compañera de promoción a quien yo coloqué en la empresa. Vi su frialdad, a la hora de dirigirse a mí. Comprobé cierto disfrute con lo que yo estaba pasando. Iba a ser una lección que no olvidaría jamás, aunque ya no me sirviera de cara a ella. Comentó casi a mi oído que yo no iría a Lisboa. Que quien iba a ir era Carlos. Fue un golpe duro y muy bajo. Pudo habérmelo dicho Javier, o simplemente que su secretaria me llamase por teléfono. Fue algo que improvisó, pues de otra manera no es entendible ese aviso tan impropio. Lo que sí estuvo medido fue que me lo dijera esa amiga, desde ese momento asquerosa, no por cumplir con un mandato, sino por la manera gozosa de hacerlo.

Si así lo considera la empresa, será que es mejor para todos – fue mi escueta contestación. Aunque por dentro rabiara y temblase, ofrecí mi mejor cara y actitud profesional. Indudablemente fue un pulso. Lo que no pude entender es que fuera a muerte. Todos se empezaron a marchar, mientras quedé atónita. Javier hizo que fue al servicio y luego desapareció. Mi cuerpo se impregnó de terror. Es difícil de explicar algo que en verdad no tuvo sentido. Tuve ganas de llorar, pero me contuve.

Volví a mi oficina, para llamar a Javier. Fue infructuoso mi intento insistente de ponerme en contacto con él. No habíamos roto oficialmente, no hubo un planteamiento claro. No supe lo que estaba pasando. Y lo que es peor, no lo comprendí. No fui capaz de creer lo que estaba viendo.

A todo esto se juntó la conducta de mi madre que no paraba de comer bombones y de invocar a Dios cada dos por tres, cuando nunca fue creyente o, al menos que yo supiera, más que para actos oficiales o de relaciones sociales. Mis dos hermanos, Álvaro y Dámaso, pasaban de todo, no quisieron saber nada de mi situación. Comprobé que como familia fuimos una institución, pero con muy poco contacto humano más que desde las apariencias. Recordé lo que una vez comentó Mari José, una directiva encargada de la comercialización de los productos, al contar que ella conoció a su hermana gracias a un programa de televisión en el que salió. Pensé, en su momento, que se trató de una exageración. Luego comprobé que no sólo podía ser cierto, sino que lo más probable es que lo fuera. ¿En qué mundo había vivido? me pregunté. Tal disquisición me causó angustia, desasosiego, incertidumbre.

Mi padre quiso hablar conmigo, pero no supo cómo. Iniciaba un discurso familiar, sin venir a cuento. Divagaba para sí mismo. Nadie le hacía caso, excepto yo que traté de escuchar sus palabras, pero acababa con disquisiciones filosóficas y se iba por los Cerros de Úbeda. No supe qué hacer, cómo reaccionar, pues me encontré en una situación que yo misma no comprendí y que, incluso, no podía definir.

A pesar de todo me sentí fuerte. Creo que la sensación de ti perduraba en mi interior, aunque no la invocase ni la tuviera presente, pero me acompañó y dio coraje. Fue indudable que Javier había atacado por todos los frentes, tierra, mar y aire. Quiso aplastarme absolutamente, pero ¿para qué? Estuve dispuesta a ser dominada completamente por salvar nuestra relación y culminar un matrimonio que ya estuvo previsto. De la noche a la mañana todo se tambaleó por sorpresa y sin venir a cuento ¿Qué pude hacer? En principio no habíamos roto, no nos habíamos dicho nada. Mi disposición era dejar todo, mi carrera, lo que fuera con tal de volver a encauzar nuestra situación y lo quise hacer por amor. Por amor a Javier y a mí misma, a mi historia, a mi familia y por amor a mi mundo. Lo juro.

El Lunes siguiente al desagradable encuentro y anulación del viaje a Lisboa, no fui a trabajar. Pedí una excedencia especial por asuntos familiares. Quise poner orden en mi vida y coger por los cuernos el problema que me acechó y se me escapaba de las manos. Llamé a Javier. Nada. El Martes conseguí dejarle un mensaje de voz: “Javier, soy Manuela. me gustaría hablar contigo, aclarar todo. Te sigo queriendo. No sé que es lo que pasa” ¿Quiso estar por encima de mí? Ya lo estaba. Por mi parte acepté someterme de manera inconsciente. Lo hubiera asumido. Más tarde se recompondría la confianza, creí en aquellos momentos. El caso era estar juntos otra vez. Ya no fue una cuestión de orgullo, sino de vaciamiento personal. Lo entregué todo, convertí mi vida en mi destino y quise cumplir con él hasta lo imposible.

El Miércoles recibí un mensaje de una secretaria de la empresa, de parte de don Javier. No me citó a su apartamento, sino que me indicó la dirección del mismo y me citó para un encuentro, sin orden del día. Supe en ese momento que era el final de nuestra relación. A pesar de todo quise intentar recuperar nuestro amor, o al menos saber qué había ocurrido. No era consciente de que hubiera hecho nada grave, ni siquiera liviano. Aquella excursión a Colunga le sacó de sus casillas, pero supuse que sería algo pasajero. Por mi parte iba a ser sincera y pasara lo que pasara estar a su entera disposición para que abriera un cauce de encuentro entre los dos. Estuve dispuesta a irme de la empresa si convenía para seguir saliendo juntos. Todas las posibilidades estaban abierta, hasta la de separarnos y romper con todo lo que nos unió.

Ante la posibilidad de una ruptura inminente quise advertir a mi padre. Necesitarían mentalizarse.

He quedado con Javier. Creo que vamos a dejar nuestra relación –

Eso es lo de menos. Es una pena.- Me sorprendieron aquellas sus primeras palabras. Tuve la sensación que confirmaban mis sospechas de que estaban al tanto de lo ocurrido – Son cosas de las parejas, de los sentimientos. Lo que me preocupa es saber adonde vas, lo que vas a hacer. No entiendo esa locura –

No te preocupes – Contesté. Era evidente que estábamos en dos conversaciones diferentes.

¿Qué va a ser de tu vida? ¿Y de la nuestra? – No entendí bien esa actitud decadente. No nos faltaba de nada. No teníamos el más mínimo problema económico ni social. Entendía su disgusto, su bajón de forma, pero llevar tal crisis a un grado extremo me pareció excesivo, absurdo. Me dejó helada su frialdad. Sobre todo el que parasen los preparativos de la boda ¡sin contar conmigo! Yo pensé… Yo creí…. que casándonos todo se hubiera arreglado.

Todo se va a solucionar – Me fui a acercar, para poner mis manos sobre sus hombros, cuando me dejó seca.

No, no será posible, y destruirás tu vida, si te relacionas con un anormal – Quedé helada. Me resquebrajé de arriba abajo, en cuerpo y alma. Por un segundo se paró mi corazón, mi aliento, mi sangre. Un segundo en el que odié a Javier, le hubiera matado y luego a mí.

– ¿Qué dices? – me volví loca de rabia, de asco, de ver la indignidad con forma humana. Tiré las sillas, los libros de la estantería, los adornos de la sala al suelo. Hubiera lanzado a mi padre por la ventana y cogido una metralleta para matar a todo aquel que se hubiera puesto por delante y descargar la última ráfaga sobre Javier. Lloré, finalmente. Mi padre permaneció impertérrito. Desahogué mi desazón, tal vez mi locura. Comencé a saber lo que estaba ocurriendo. Antes de ir a mi habitación le dije con decisión – Eso habrá que aclararlo. Lo hablaremos, pero hubiera sido mejor preguntarme antes de dejar que me rodee tal infamia – Mi padre lloró en silencio.

Llegué al apartamento de Javier. Me había preparado para mantener la calma, estar serena, alegre y seductora. Lo planteé como una operación de reconquista y tuve la confianza de salir airosa y dejar que aquellos días hubieran sido un mal sueño de la realidad, que juega malas pasadas cuando las emociones se desorientan y salen de su lugar. Para mí aquella circunstancia fue un delirio emocional, algo que no había estudiado en los libros y que me propuse estudiar a fondo, para conocer mejor los resortes profundos del ser humano. Iba a actuar con frialdad y calculando cada palabra. Supe ¡por fin! qué fue lo que le dolió, aquello que le estrujó su corazón, su alma y vació nuestro amor. Me hubo espiado. Aún así creí que podría demostrar mi inocencia. Sin comprender que el alma crea sus propias realidades ¡Oh, el amor! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

Abrió la puerta y le abordé con un beso en la mejilla. Me mostré alegre y feliz de volver a estar con él a solas. Su recibimiento, por el contrario, fue distante, altivo y frío.

Tenemos que hablar ¿no? espero que aclaremos que pasa entre nosotros – Hice un esfuerzo por mostrarme dicharachera. Cuando dije las primeras palabras me tranquilicé – Javier, me gustaría que nuestra relación…– Me interrumpió.

Las preguntas las haces ¿tú o yo? –

Como quieras – Me dejó desconcertada. Sentí un bofetón en el alma. Comprobé que él iba a por todas y en plan de ataque. Me arrecié para responder en el mismo terreno, pero con cierta dulzura. Quise demostrarle que había dado rienda suelta a una tontería imaginara y que podíamos volver a nuestro nido de amor – Deberíamos poner las cartas boca arriba – le dije, para reconducir la conversación por las buenas.

– ¡Ahí están las cartas! ¡Puedes ponerlas boda arriba! –

Podremos ver las cartas cuando hablemos. ha habido mucho entre nosotros. Es una pena que lo echemos por la borda – Me senté en el sofá. Al coger los folios encuadernados que me señaló me quedé de piedra. Todavía ahora siento esa sensación al recordar aquel momento. Pensé: “¡qué imbécil hijo de puta”. Mantuve las composturas. Se me pasó marcharme y no volver a dirigirle la palabra, mandarle a la mierda directamente. Era un informe de un detective privado ¡Qué torticeras fotos! Tiré al suelo el informe fotocopiado. Exploté. No me pude contener. Insulté a Javier, de canalla para arriba, pero , sobre todo lo más acertado fue llamare jilipollas. Es lo que fue al querer dar realidad a su desvarío. Activé, sin querer un mecanismo que le cegó. Hoy me da pena, nada más. Ya no tengo rabia, ni odio. Los celos funcionan por sí mismos en la mente, no se les puede controlar, pero sí ignorar, saber reconocerlos y dejar que den vueltas sin que se hagan realidad el corazón humano.

Durante la discusión me cogió del brazo con fuerza y me zarandeó. Aprovechó la situación para descargar sobre mí su ira. Me pegó y me llamó puta. En ese momento ¡oh psicología humana! pensé que lo hacía porque me quería sinceramente y yo le había dado a entender algo muy grave. Llegué a sentirme culpable. Todavía mientras que estuve inmersa en el dolor físico y moral quise explicarle qué fue mi relación contigo y cómo ya habíamos llegado al punto y final, para que no se mal interpretase, y que no habíamos hecho nada ¡incluso ni pensado en absolutamente nada! Estuve dispuesta a darle todo mi ser a Javier con tal de que se calmara, porque le quise. No mediamos palabras. Me echó de su presencia con un portazo. Me fui destrozada, más en el alma que en el cuerpo. Despeinada, llorando, sin consuelo. Quise morir. Tu recuerdo fue una mano que me acarició por dentro. Todavía hoy, cuando escribo, me parece aberrante aquella escena, pero no necesito perdonarle, pues entiendo que lo hizo por amor. Puede parecer repugnante, antisocial, sobre todo a las feministas, pero ¡cuál sería su dolor para hacerme aquello? Pues él me amó. Y no fue un cariño posesivo, que puede que lo fuera, pero fue algo intenso, maravilloso ¡ejemplar! ¿Qué falla en el corazón humano? Aborrezco este pensamiento, pero es el que está grabado en mí. No puedo mentir, sobre todo si doy mi palabra al mundo.

A partir de ese momento mi vida se convirtió en una cascada, cada vez más grande hasta formar una catarata de caída imparable. Apenas el recuerdo de aquella etapa se arremolina en mi pensamiento como un torbellino.

Dejé el trabajo. No sólo no recibí una indemnización, sino que tuve que pagar una tasa por abandono, lo cual establece el contrato. Dinero que me ventilaron directamente del banco. Mi padre retiró las acciones familiares de la empresa. En una revista del corazón apareció como noticia que el gran empresario, Javier Cueza, había dejado su relación sentimental y que se le vio salir con una mulata cubana. “Un clavo se saca con otro”, supuse. Me di cuenta que fue un montaje. Sirvió de aviso a la familia y a mí para que no tocase el negocio. Iba a ir a por todas. Cuando un empresario sale en alguna de esas revistas es para decir algo a alguien. No tuve pensado entrar en ningún pleito. Me extrañó que él pensara lo contrario. Caí en la cuenta de que estaba ciego. Yo le arranqué los ojos del alma, pensé en ese momento. Pero no, en verdad, me doy cuanta ahora, establecimos una relación de poder para con todo, también en nuestro amor. Yo misma construí, sin saberlo a ciencia cierta, mi existencia sobre las bases del poder, poder sobre los demás, con otros, para tener, para ser, para todo. Cuando una pequeña fisura aparece, sucede como en un avión cuando se agrieta, o en un submarino al filtrarse una gota de agua, cambia la presión y saltan por los aires. En nuestra relación una pequeña sombra, quimera abstracta que rozó una miaja de nuestra grandeza, hizo que cambiara de dimensión toda nuestra composición del mundo.

Mis hermanos siguieron pasando de todo. No les vi por casa durante aquellos días. El hogar fue algo patético. Mi padre queriendo solucionar una realidad cuando para él no fue sino una quimera que se esfumaba por momentos. A su desesperación se unió que mi madre se convirtió a la religión de los Testigos de Jehová. Volvía a Dios por un extraño camino. Mi padre temió que una parte de su fortuna se la llevase aquella secta. Cuando se informó sobre cómo funcionan estos grupos, pensó que a mí me había atrapado un otra secta extraña y secreta. No pudo explicar lo que estaba pasando de otro modo. Fui obligada por él a hablar con un desprogramador y luego con un psiquiatra. Acepté para que mi padre pudiera seguir viviendo. Yo también quise llegar al fondo, pues llegué a pensar de mí que realmente había perdido la cabeza. Fue inexplicable. Les conté la atracción fugaz que sentí hacia ti, pero que no era ni atracción seria. les conté cómo eras. Y lo que desencadenó un mal entendido. Pero un mal entendido llama a otro y a otro y se convierten en una cadena. Diagnosticaron un deterioro persuasivo en mi personalidad. También una imaginación deliroide. Quedé pasmada. No daba crédito. Había pasado de ser una mujer con iniciativa, en empresaria emprendedora a una enferma mental, en cuestión de días. No podía ser, fue algo alucinante, pero llegué a pensar que pudo ser verdad. Dudé de mí misma. No tenía paracaídas para la caída y estaba sola.

Hablé con un sacerdote amigo de la familia. Escuche y comprobé que cada persona tiene su razón y se pueden compartir puntos de vista, pero cada cual tiene su vida y ésta cada cual la vive por él mismo. No me hubiera importado hacerme monja, pero todo sucedió tan deprisa que fue imposible parar esa rueda que no sé si será destino o azar.

Lo que he querido a mi padre ¡y lo que le quiero! es indecible. Lloro cuando pienso en lo que sufre. Se comportó como un capitán de barco que sigue remando mientras que el barco se hunde irremisiblemente. Sólo le quedó su riqueza como bandera. Pero el valor de tal era ya poco. Lo mismo que un baúl de joyas en una isla desierta.

Me hubiera quedado en mi mundo, habría sufrido la humillación perenne de Javier y los suyos de no ser porque me empujaron y a la vez unas alas de nube me acogieron en su seno. veo en el recuerdo de aquellos momentos una luz envuelta en la oscuridad. Por las noches sentí palpitaciones, sufrí desasosiego. Pensar en ti me relajó. Soñé que anduvimos volando sin ir a ningún lugar. Que jugábamos en una barca en medio del mar.

El viernes, al atardecer, a pesar de la tormenta que caía sobre mi existencia pasé por el árbol en que te vi. Sonrío porque le llamé “El Árbol de la Vida“, sin saber que su fruto iba a ser la vuelta al Paraíso. En su tronco estaba clavado un poema, del que nadie reparó ni se acercó a leerlo, al menos de las personas que pasaron por ese lugar mientras que yo me acercaba.

Quiero ser como la paloma.

Quiero ser como el gavilán.

¡Quiero ser paloma,

quiero ser gavilán!

Quiero ser como el guerrero.

Quiero ser como el trovador.

¡Quiero ser guerrero,

quiero ser trovador!

Quiero ser como el agua.

Quiero ser como el fuego.

¡Quiero ser agua,

quiero ser fuego!

Quiero querer.

Quiero no querer.

Quiero y no quiero.

Desde que te vi

sólo te quiero a ti“.

Estuvo escrito sin firma. Tal fue mi sentimiento de culpabilidad ante mí misma, ante Javier, que dejé que volara desde mi mano hasta el suelo y que desde allá siguiera su destino. Me hubiera gustado, aún entonces, habérselo enseñado a Javier, que entendiera que fue un juego de palabras, de gestos, de poses ante la existencia y que hay fragmentos del alma que juegan con la vida a vivir. Pero ¿acaso el fuego puede beber agua del mar? Tampoco del río.

El viernes siguiente no hubo poema, pero sí un clavo colocado de manera diferente. Me fijé en ese detalle. Pensé que alguien lo habría cogido. Sentí alegría de que tus palabras volasen más allá de nuestra frontera. El tercer viernes: el mismo clavo solitario. Estuve segura de que algo grave te había ocurrido. No fue una intuición, sino una certeza. Trague saliva. Tuve que sentarme en un banco para pensar, para respirar conscientemente y no dejarme llevar por el pánico, la rabia, el asco hacia la Humanidad o por el cariño impotente hacia ti.

Me puse manos a la obra. Con mi temperamento de ejecutiva, llamé a diversos hospitales. Ninguno supo nada de Jorge Rodero García ¿Por qué tenía que pasarte algo? No fui capaz de regir mis sentimientos. El mundo, mi mundo se me venía a bajo a pasos cada vez más acelerados. Mi madre se sintió culpable de no haber tenido temor de Dios y de darnos una educación de libertinaje, por culpa de la moda de la democracia. Se sintió culpable de vestir como vestía, de adorar al becerro de oro. Mi padre buscó soluciones cada vez más peregrinas. Llamó a un hipnotizador para hacerme olvidar mi pasado. Pidió cita a una clínica privada para que me operasen del cerebro, si fuera preciso y con el fin de eliminar lo que entendió como mi locura. Los caminos de ambos se separaron. Tal vez se hizo visible esa distancia del uno al otro. Estuve tan destrozada, tan mal, sobre todo por lo que ellos sufrieron que me hubiera dado lo mismo morir, o que me encerraran en un manicomio y atiborrarme de pastillas.

Al pensar en ti recobraba las fuerzas ¡sentía ganas de vivir! y de amar. Fui capaz de sentir la sonrisa en mi piel. También quise ser como la paloma, como el gavilán, y ser paloma y ser gavilán. Y como me reía, y todavía me río, al recordar esos versos tuyos: ” Quisiera yo ver

llover.

Y estar juntos

como dos juncos.

Y amar

a orillas del mar“.

Ni corta ni perezosa fui al bar en el que se reúne la peña, con la que hicimos los viajes. Quise salir de dudas. No pregunté directamente. Se deshicieron en halagos y hasta se emocionaron de verme. Rápidamente me dieron la noticia sobre el tu accidente. Me comentaron también que tu padre se puso a los dos días muy enfermo. Un señor me dijo por donde vivías, en qué zona de Alcobendas, más o menos, pero con referencias muy claras de la tienda y el bar que estaban debajo de tu casa. Fui en taxi. Durante el trayecto tuve la certeza de que no había sido un accidente la causa de tu desgracia.

Efectivamente, te dieron una paliza. Yo sabía quien fue el instigador. No quisiste asustar a tu padre ni a nadie. Dio lo mismo, le estaba llegando su hora. Cuando me viste al abrir la puerta se te saltaron las lágrimas. A mí también. Te besé la cara y me contuve de darte un fuerte abrazo. Me di cuenta de que llevabas vendado también el pecho. Te rompieron dos costillas, además de contusiones en la pierna, la cara y los brazos. Con magulladuras estuviste hecho un cristo.

Al abrirme la puerta percibí, y así lo visualizo en el recuerdo que mi caída en las cataratas de mi existencia hubo finalizado. En ese momento lo intuí, pero no lo supe. Fue una sensación extraña. Volví a notar que te conocía de toda la vida. Tuve miedo. No me planteé nada hacia ti. Incluso pensarlo me hubiera parecido absurdo, todavía en aquellos momentos. Mi preocupación por ti, al ser mal interpretada desde fuera, me preocupó. Llegué a pensar que pudiera tratarse de una alucinación intrasubjetiva, un delirio o que me estaba volviendo loca.

Los técnicos de la mente que hablaron conmigo, con una paciencia infinita, a instancias de mi padre, consideraron que tuve una perturbación emocional, que hizo que perdiera la noción de la realidad. No pude rebatirles, pues los científicos y sabios son ellos. Me sentí bloqueada para contar lo que me ocurrió, pues ciertamente no lo comprendí. Tampoco ahora. Entiendo que sucedió lo nuestro y fue así.

Un aire de mí misma me llenó. Estuve dispuesta a empezar de cero. Dejó de importarme quererte. Mi corazón sonrió. Lo sentí tal cual. Desnuda de todo lo que me rodeó y formó, me quedé sin nada, primero desde un punto de vista de existencia. Desde aquel día que te vi herido sentí deseos de abrazarte y ser una contigo. Percibí que mi piel bailaba dentro de mi cuerpo. Fue como si lloviese un nuevo mundo a mi alrededor.

Fue algo muy curioso lo que sentí. Nada más verte nuestras miradas colisionaron, se estrellaron una en la otra. La dicha voló por encima de la pena de verte como te vi. Parecías un espantajo herido, temeroso ante la agresión que sufriste. Aterrado al contemplar la agonía de tu padre, sin poder hacer nada y sin comprender qué iba a pasar. Yo estuve derretida como una vela, cuya llama no puede arder porque no queda cera. Mi mundo se derrumbó, lo que me ocasionó un sufrimiento terrible y brutal, sin que tu pudieras, siquiera, imaginar en lo más mínimo. En parte fui culpable del debacle de mi familia, pero ahora no me siento con la carga de la culpa.

Hoy sé que la capacidad de estar en silencio junto con alguien es una manera de medir el amor. Pasé la noche contigo, compartiendo la fatiga del fin de tu padre. Por la mañana llamé a la ambulancia y le hospitalizaron. Tuve que ordenar los papeles entre las cartas y cuadernos destartalados en los que tu padre guardaba los carnets, las tarjetas y demás documentos personales. Una vecina avisó a la gente que te refugiaba. Por la tarde un amigo fue a ver a tu progenitor. No fue al viaje de Colunga, pero me conoció por haber oído hablar de mí. La peña no faltó para estar contigo y con tu papá. Parecíais una tribu.

A última hora fui a casa, al comprobar que estabas bien acompañado. Al llegar mi padre me estaba esperando con una escopeta invisible, invisible pero escopeta. Mamá estuvo ausente. Lo que sucedió , literalmente, no la entró en la cabeza. Leía la Biblia, algunas frases en alto y pedía clemencia a Dios. Su obsesión por el temor a Dios fue parte del suplicio e infierno en que se convirtió mi hogar. Quedaron ellos dos solos, igual que dos árboles rodeados de una llanura seca y árida, después de que se han talado el resto de árboles. La falta de presencia de mis hermanos me causó terror. hasta entonces no me percaté de esa ausencia. Todavía hoy siento la pena de una distancia que llena la nada. Me pregunto si la riqueza tapa el vaciamiento interior y el que hay entre las personas. Ya no sólo el exceso de riqueza, sino la obsesión por querer tener más y más, como una fijación de la sociedad. Yo misma no hubiera dejado ni una migaja de todo lo que tuve si no fuera porque desapareció de mi lado, o mejor, yo del suyo.

– ¿Has pasado la noche con ese anormal? – me espetó mi padre, en cuanto estuve frente a él.

Pacito, o sea Jorge. Se llama Jorge. Tiene nombre. Sí he estado… – no me dejó continuar. Convirtió su conversación en un soliloquio. No le pude contar lo que te pasó. Tu situación. Tampoco le importaba. Aunque hubiera sabido que Javier hizo que te dieran una paliza, le hubiera dado lo mismo. Si de mi padre hubiera dependido, te habría matado.

Si yo te dijera ¡tan fresco! que me he acostado con una perra, o con una yegua, no pasaría nada ¿verdad? ¿A ti no te importaría? ¿No tratarías de hacer algo? Si tu madre se enamorase de un caballo y quisiera tener un hijo con él ¡no pasaría nada! ¿verdad? – Al oír sus palabras me tembló el alma. Fui un llanto toda yo, sin llorar ni derramar una sola lágrima – Te hemos dado, tu madre y yo, una educación, una fortuna, libertad para que seas responsables de tus actos ¿Y? Mira a tu madre. ¡Mírame a mí! –

Guardé silencio ¡Qué imagen se hicieron de ti! y de nuestra relación. Fue terrible escucharle Quise llorar pero mis ojos se entaponaron. Fueron demasiadas lágrimas que al querer salir todas juntas se colapsaron. Reconozco que a ellos les cayó una bomba sobre sus vidas, pensamientos y existencia. ¿Qué podía hacer? me dio pena infinita lo que les pasó. También un asco eterno el que tuvieran esa idea de ti y pensaran que por irte a ver mantuviera una relación contranatura. No me hubiera importado abandonarte ¿pero adónde podía volver? Mi padre no me dejó un hueco para refugiarme. Sentí la necesidad de huir, de suicidarme. En esos momentos ¡que descanso! Estuve hundida. Mi padre me mató. En su monólogo dijo: “Para mí estás muerta” me dejó claro que ya no era de la familia. Tuve la sensación de que se lo dijo a sí mismo, aunque estuviese yo allí. Divagó sobre si fue un castigo divino o una locura que, por mi culpa, afectó a la familia en lo más profundo de su ser.

Hubiera bastado con que un día te hubieran invitado a comer, con que te hubieran sonreído y escuchado, para ver que eras entrañable, y hubieras sido un amigo mío y de la familia. Te hubieran convertido en un bufón de aquel ambiente, pero ¡que importaba si hubiera habido una pizca de cariño! Eras un poeta inocente, una anécdota en mi vida, una caricia en mi existencia. Nada más. Sin más pretensiones de tu parte, ni de la mía. Pero mi mundo puso un muro para separarte del otro lado. Y se cayó sobre ellos. El otro lado nos convierte en otro lado y siempre hay otro lado cuando dos mundo o más se separan.

En cierta manera la decisión de mi padre no fue un castigo ni un destierro, porque me ofreció dinero. Todo el que quisiera. Se trató de un alejamiento ¿para olvidarse? Sin sentido. No pensó lo que hizo. Fue terrible porque me propuso un vaciado de mí, la anulación de vivir en mí misma y por mí. Me dio una oquedad, un oblito para toda la vida. Yo tampoco pensé mi respuesta. Rechacé llevarme la tarjeta familiar para gastos corrientes y disponer de dinero ¿Cuánto vale la vida? ¿ vivir? No tenía ni la menor idea fuera de mi mundo. Al salir de una burbuja ésta se rompe, desaparece. De otra manera no es posible quedar fuera de ella. Pero también sucede que si deja de ser lo que hay dentro de ella queda en el destierro.

Sin decir palabra alguna, subí a mi cuarto, cogí la calderilla de mi bolso y los ahorros que guardaba en una cajita de caoba. Lo llevé como si marchase con los bolsillos vacíos ¡siete mil noventa euros! Un fin de semana en París. Al otro lado he sabido que es una fortuna.

Todo se convirtió en nada. Llegué a tener sólo tu presencia como valor en la vida. Tu volar en mi mirada. La nada se hacía todo. Entre medias tú y yo.

Tu padre murió siete días después de haber ido a verte. Llovió, por dentro y por afuera. Estábamos solos en el mundo. Tu tenías vecindad, amigos, un ambiente de barrio. A mí no me quedó ni una sombra.

– ¿Por qué has venido a verme? – me preguntaste, cuando volví a estar contigo en el hospital.

Porque te quiero, Pacito. Porque te quiero

– ¿Quieres que yo te quiera? Te amo. Más que de aquí a la luna y al sol – Sonreí, con ganas de llorar. Tu sencillez y simpleza me cautivó.

Al día siguiente me preguntaste si me habían pegado a mí. Te dije que no, pero que me dejaron en la estacada. Me dejaste tu casa, para quedarme allí unos días. Íbamos y veníamos al hospital, para atender a tu padre y acompañarle, junto a su gente. Me presentaste en tu mundo como “la amiga Manuela”. Todos tuvieron las impresión de que fui para cuidarte en aquel trance, y se explicarían que lo hice por pena, como caridad. la señora Lorenza y su hijita, desaparecieron del mapa. Nadie supo de ellas. Oí comentar “qué buena chica, le conoció en una excursión. Ella es una potentada, muy muy rica“. Tomé aquella opinión generalizada como disfraz de mi situación real. Todos supieron que Javier se había liado con otra, una “pelandrsuca” la llamaron, pero en parte se alegraban pues dijeron es un déspota, brisco y antipático. No imaginaron, ni remotamente, mi historia con él ni contigo. Oculté mi amor hacia ti, todavía invisible, pero que comenzó a flotar entre los dos.

Entre los amigos y vecinos prepararon el sepelio. Yo no estuve avezada en tal menester. Cuando ya fue cenizas, fuimos, de madrugada, tú y yo, a depositarlas en un parque porque él quiso ser aire, me dijiste.

Herido como estuviste, por dentro y fuera, faltaste a tus clases de manualidades, tampoco fuiste al trabajo de Asprona de clasificar perchas. Cuando me hablaste de aquellos trabajos lo hiciste con orgullo, apasionado, tal cual fuera lo que para mí fue mi labor empresarial.

Pasamos muchos ratos juntos, a solas. Te miré. Me miraste. Sonreímos Nuestros labios se hicieron puentes de caminos de hadas. Pasaron unos pocos días, que a mí me parecieron quietos, estáticos, parados y al mismo tiempo indefinidos. Tuve la impresión de que fueron siglos, frente a un atrás temporal que había desaparecido, como por arte de bilibirloque.

Pacito, creo que deberíamos marcharnos. Empezar una vida nueva, lejos de aquí. Tú y yo, juntos. Me siento muy a gusto a tu lado. Yo en esta ciudad no puedo hacer nada y me siento incomoda, incluso vigilada –

Yo te cuido – me dijiste. Callaste. Mientras me serviste una taza de leche calentita. Estuve ¡tan agusto! al decirte las cosas tal cual las pensaba, también cuando no nos decíamos nada – Voy adonde tú quieras y hasta cuando quieras –

Para siempre, Pacito – Me emocionó lo que dijiste y yo quise confiar en mí misma.

– Eres muy guapa – ¡Cuántas veces me dijiste algo que siempre supe, pero que tú lograste que lo sintiera! Conseguiste que la imagen que yo tuve de mí se uniera a mí. Fui yo quien estuvo contigo y no mi belleza. Fui yo, no la hija, la novia, el ligue, ni un trofeo amandis ¡Fui yo! yo ¡yo! ¡yo! No imaginaste nunca lo que eso significó para tu Manuela.

Papeles, permisos, traslados de tarjetas sanitarias, y demás asuntos los solucioné en un plis plas. Actúe con decisión de ejecutiva. Mantuve ese temperamento, hasta que dejó de servir. Tarde en comprender que aquello que entendí como lo más útil y necesario lo es, pero relativo a unas circunstancias. Lo cual pasa con todo. Marchamos a una pequeña ciudad del norte, La Celamia, cerca de otra en la que paramos a comer el día de la excursión. Lo decidimos al azar. Las condiciones fueron que estuviera lejos y también que estuviera fuera del alcance de grandes empresas, para evitar cualquier tipo de control y también por una especie de fobia, de rechazo visceral a ese mundo y a esa manera de vivir, que se contagia en toda una población que soporte el ritmo y pujanza cotidiana de un ejército de ejecutivos.

Una maleta, una mochila y un paraguas fue tu equipaje. Un bolso grande con ropa y otro de mano fue el mío. No me llevé de casa, ni siquiera las joyas de cuando fui niña. Si yo había desaparecido de aquel mundo, pensé que él desaparecería de mí.

Mi sonrisa fue risa al escucharte. Tuvimos que buscar un lugar nuestro. De alguna manera los dos empezábamos de nuevo. Tú estabas apesadumbrado y muy descolocado sin tu padre. Y yo aparecí en tu vida, como si fuera un encuentro mágico que nos sucedió a los dos.

Antes de irnos te pedí que te despidieras de tus amigos, vecinos, gente del barrio, que fueras al bar a tomar el último mosto con la peña.

Yo no me despido. Se lo diré a la señora que limpia la escalera, la señora Juani y ella ya se encargará de decírselo a <todios>. Yo siempre seguiré con ellos y ellos conmigo

Cuando hablaste con ella vi ternura en sus besos de despedida, en sus abrazos y achuchones. Varias veces repitió lo mismo “¡Ay! Pacito, que ya eres un hombrecito”. Me aclaró que le conocía desde que nació. Le pediste que no dijera nada a nadie hasta que te hubieras ido. Ella insistió en que te cuidases, sobre todo después de tú “caída. Te recordó tus momentos en que imitabas a personajes famosos y del barrio, de los poemas que recitaste en algún viaje, a los que ella fue alguna vez. Del que recitaste en la fiesta de la paloma subido en la mesa del bar de Pablito. Y cuándo a ella la consultabas sobre si la gustaban las rimas. Quedé extrañada de que no preguntase nada sobre adónde nos íbamos a ir, y si íbamos a vivir juntos. Sobre todo por el interés concreto que muestra por cualquier detalle. Consideró normal nuestra situación. En realidad yo no habría sabido qué decirla ni cómo justificar nuestra marcha, no sé si decir “huida” o “éxodo”.

La señora Juani hizo un quiebro, cuando te mandó a por un recado, que la fueras comprar unas bayetas. Me dio, entonces, una explicación lógica de nuestra situación, la imagen que ella se hizo y el resto de quienes te rodearon, aunque no tuviaran lazos de sangre contigo. Fue una versión de lo nuestro que creyeron porque la construyeron en su mentalidad, y fue la explicación dada al resto del mundo. De tú mundo, que al contrario al mío no se perdió, ni olvidó. Quedó allá.

– ¡Ay, señorita! ¡Ay señorita! que güena es usted. El señor Bermejo ha muerto tranquilo, al saber que usted se iba a ocupar de su <quirido> hijo. ¡Es tan necesitado! A nosotros nos tienen para lo que quieran. Pero con usted tendrá de todo. Seguro que adonde le lleve le atenderán perfectamente. Es un chico muy adaptable y se hace mucho a la gente. Es muy simpático. Tiene lo que tiene, pero es un cielo. ¡Y usted un ángel! – Me dio un par de besos sonoros. Sonreí y di por cierta su versión, con el silencio. Si hubiera dicho: “señora, le quiero, voy a vivir con él y ya no tengo fortuna alguna. Me han echado de mi casa, de mi trabajo, simplemente por hablar con Pacito“. Esta última parte la hubiera parecido normal. Le hubiera dado mucha pena, pero ella habría hecho lo mismo. Además me tomaría por una persona extraña y hasta depravada. Y no sé si no hubiese tenido algún problema con la vecindad, pues no te habría dejado venir conmigo. Nadie lo entendería. Ni yo misma he llegado a entender del todo lo nuestro.

Lo real por dentro no siempre se ajusta a lo de fuera. Por eso escribir es tan importante pies saca a fuera los rincones interiores, las palabras de silencio. Si yo hubiera escrito mi historia, le habría dicho a la señora de la escalera: “He dejado todo y me voy con Pacito por que le amo. Y él viene conmigo porque me ama”. De todas formas en ese momento estuve dispuesta a ir contigo, quedarme a tu lado y ser una pareja vagabunda. Nada más. Lo cierto es que íbamos a andar por un camino incierto, sin concretar, sin hacer y que tendríamos que ir abriendo paso a paso. Tomé la decisión de salir adelante, con ganas de emprender aquella aventura, en la cual todo mi pasado se diluía en otra dimensión.

La señora Juani me agradeció que cumpliera lo que ella creyó que había prometido a tu padre en el lecho de la agonía. Que cuidara de ti al faltar él. Pensó que te llevaba a una residencia y que no quise que nadie supiera cual era, para que Pacito se hiciera al nuevo ambiente. Ella se montó aquella película, para explicarse nuestra partida. Es la versión que trasmitiría después a tu gente. Nadie te iba a seguir, pues para ellos desaparecías al irte a otro mundo, al de la riqueza en el que yo estuve hasta ese momento. Me callé para hacerme cómplice de esa versión. Tu partida conmigo había quedado solucionada.

Un comentario de ella me llamó mucho la atención, como fue decir que creyó que la gente con dinero no tiene corazón. “Van a lo suyo“, me dijo. Mi contestación fue que no todos, pero pensé que ella no lo sabía bien, ni remotamente. la dinámica financiera, la de los negocios hace que el corazón humano funcione como una máquina, que la mente se fije en unos objetivos y no quepan los sentimientos, ni nada que pueda desatender los criterios y expectativas que marca la vida económica, tanto a nivel colectivo como personal. De todas maneras, yo había sentido amor, cariño, pero ahora me doy cuenta de que era dentro de ese mundo, de las mil maneras que se puede vivir, pero si hay algo que forma parte de otro mundo, queda fuera, no encaja y es apartado. Los inmigrantes, los gitanos, los intelectuales silenciados forman un pueblo que queda a las afueras. Lo de dentro es una máquina humana, que nos hace sentir como tales, vivir maquinalmente, sin que lo sepamos y creamos, como yo lo creí que eso es la vida humana. Es en ese pequeño átomo de la vida y de la sociedad de donde manan las guerras, la miseria, el egoísmo social, es un gen colectivo, que está en la mente de quienes nacemos dentro. Yo sufrí una mutación. Sólo si la gente de dentro y de fuera es capaz de ver la vida podrá convertirse en una flor que se abre y mira al mundo con otra mirada.

Mi tic de rica me hizo sentir ridícula al otro lado. Tú me enseñaste a vivir dentro de él. Me abriste una nueva mirada al mundo.

La vida es poesía – dijiste, mientras que andabas con la maleta a cuesta y la mochila a medio colgar del mismo brazo.

– ¿Y con qué rima ahora nuestra vida? – te pregunté.

Con amor – fue tu respuesta. En ese momento toda entera me convertí en una sonrisa. Pensé que amor rima con horror, que es en lo que se convirtió el amor de mi familia, de mi pareja, de mi trabajo. No he podido dejar de pensar alguna vez sobre lo que pasó. ¿Qué ha pasado? me pregunto y no lo sé. No lo supe en su momento y ahora tampoco. Percibo algo parecido a un empujón del destino, me sacó de mi sitio y me lanzó a ti. Yo tomé la decisión, fui consciente, pero también fue la fuerza de un remolino existencial que me absorbió.

Habías ahorrado en una hucha y en un bote sesenta y tres euros. Lo que juntado al dinero de tu cartilla de ahorros alcanzó la cifra de setecientos ochenta y cuatro euros. Tu pensión mensual por invalidez fue de doscientos ochenta y cinco euros. A comprobar tan nimias cantidades comprendí que muchas personas se adaptan a vivir en condiciones humildes. Me produjo vértigo algo que se sabe, pero que si no se ve no se siente. Yo me había gastado en un fin de semana lo que tú y tu padre en un año. Una joya de las que me regalaron sin dar demasiada importancia equivale a veinte años de manutención tuya. Mi calderilla era un millón de veces más que toda tu fortuna y ahorros. Cuando lo cotejé, no me pareció ni bien ni mal, fue algo que no me cupo en la cabeza.

Recuerdo que fui contigo la primera vez en mi vida que entré en un supermercado. Le dije directamente a la chica de la caja de cobrar, una lista de cosas que quería para que me las trajera. “Qué pasa, que eres marquesa?”, me dijo ¡Qué vergüenza sentí al darme cuenta! Sí, en parte fui marquesa por mi posición económica, pero mi vida había cambiado de escenario. Tú me diste una cesta y recorrimos la planta entre los pasillos de estanterías. Me hizo gracia lo contento que te ponías cuando leías una oferta. A mí me dio por pensar que mientras que los productos estaban allá el valor de su marca estaría contizándose en la Bolsa. Sentí como si fuera rarísima buscando las cosas más baratas. Ese fue el juego que hice en el mercado de valores y capitales. Céntimo más, céntimo menos fue para ti lo que para mía había sido la imposición de un millón de euros. O la compra de acciones por mil euros más o menos. Proporcionalmente tanto valor tuvo tu labor cotidiana, como la que yo tuve en la economía abstracta. Desde las alturas financieras no se ven las cestas de la compra, los clientes son hormiguitas que luchan día a día por sobrevivir y llegar a fin de mes, algunas por tener algo a primeros de mes.

Fui a llamar desde el teléfono móvil para reservar los billetes cuando me di cuenta de que no la tenía y que no tenía la agenda, ni en ella, un teléfono para comunicar con la estación de autobuses. Tuve la fijación de ir a La Celamia en avión, o llegar a uno cercano y desde ese lugar coger un taxi. Cada paso que di en mi nueva vida chocó con una barrera de cristal. De hacer excesos tal todos los ahorros se habrían dilapidado, los cuales nos eran necesarios para vivir hasta encontrar un trabajo, instalarnos y acomodarnos.

En la estación de autobuses ensordecía. Demasiado bullicio. El olor me causó cierta repulsión al ambiente, aunque me fui acoplando a esos lugares. Tuve la impresión de que todo el mundo se tira pedos allá y que lo hacen aposta. Aprovechando el bullicio, pues todo vale. Yo tuve ganas de expulsar mis gases, y contuve la necesidad. Me acerqué al servicio y en él me despaché, al tiempo que hice como que me lavaba las manos, lo que no hice, pues los lavabos no estaban pulcros y brillantes. De todas maneras, supe que el esfuerzo que yo hice, nadie en aquel sitio lo haría para no llenar la atmósfera del lugar de mal olor. Lo que, además, se suma a los gases que salen de los tubos de escape. Y tú con tu broma de que te estirase un dedo, y en ese momento ¡toma! ¡un pun sonoro! Te llamó “guarro” y “cerdo” y te reías. Cuando ya supe el truco, no te estiré y lo hiciste tú.

Me sentía humillada, aunque no te lo dijera, al esperar las colas para sacar los billetes, para entrar en el autobús o en la caseta de información. “Yo ¿por qué tenía que esperar ninguna cola?” me pregunté a mí misma. Sonreía ante mí misma en lo más íntimo y ante las cosas más nimias, y me burlé de mí diciéndome “¿pero donde te has metido, Manuela?” pero tu también te ensimismabas con tus pensamientos. De repente me soltabas que mi nombre rima con “muela”, que el tuyo con “poquito” y muchos diminutivos, pero “¿Jorge? ¿con qué rima “Jorge“? Y me instabas a que encontrase una rima. Al no conseguirlo, me aleccionabas sobre lo difícil que es hacer poemas, sobre todo si se quiere que rimen.

Mientras que esperábamos a que saliera el autobús fui a la calle, mientras que tú guardabas los bolsos. Busqué un hotel, medianamente lujoso, pues los bares y la estación no me dieron confianza para entrar en los servicios. Sentí morir, sólo con pensar entrar en ellos. Por fin en una hotel de tres estrellas hice que esperaba a alguien. Cuando no me vieron entré a hacer mis necesidades menores y mayores. Al ir me di cuenta de que el conserje me miró como si fuera una putilla que había estado con algún cliente ¿Qué iba a pensar con las ropas que llevaba? me dieron ganas de contarle mi vida, pero ¿para qué?

Llegamos a nuestro lugar de destino. Pareció a mis ojos que la gente, los coches, el aire iban a cámara lenta. Tuve la impresión de que es una ciudad en miniatura. Cuando la recorrí por primera vez me pareció la esquina de un barrio, pero con mucho encanto. Percibí que tiene sabor, sabor a historia, a estar, a vivir. Tiene un atractivo especial. Una señora nos oyó hablar cuando te dije sobre lo desconocidos que son los puntitos que aparecen en los mapas, y que sin embargo están llenos de vida. Se metió en nuestra conversación para indicarme que en ese pueblo había estado la hija del rey y que es una hija adoptiva de la comarca. Se mostró muy orgullosa y yo le agradecí ese comentario y brinde verbalmente por la infanta y por aquel lugar. Tú te inventaste una bola, al decir a esa señora que estábamos de paso y que mirábamos un lugar para instalar un hotel de lujo. Ella te miró extrañada, y con cierta compasión, sin creerse nada de lo que dijiste ¿Qué lugar es aquél, en el que una persona se entromete en una conversación privada? Vi rara la vestimenta, literalmente paleta.

Al andar por las calles de la Celamia dijiste reiteradamente: “En este lugar vamos a vivir”. “Sí, sí”, fue mi respuesta entre risas de juguete. Dabas la impresión de estar descubriendo América. En verdad, para mí, fue algo parecido, pues descubrí un nuevo mundo. Todo partió de una mirada, que yo hubiera sepultado si unas circunstancias invisibles no hubiesen tirado de una cuerda trasparente e infinita. Tus ojos fueron la mirada de un destino que me llevó en sus brazos.

Pasamos tres días en un hotel, un poco a las afueras, cerca de un centro de formación profesional. Al estar fuera de temporada nos salió bastante barata la estancia. Yo, que jamás reparé en tales consideraciones, no me quedó más remedio que plantearme la cuestión económica, sobre todo yendo contigo que mirabas el dinero con lupa y cada gasto lo medías al milímetro.

Te encontrabas algo temeroso, pero con el ánimo jovial. Yo estuve grogui, pero decidida a salir adelante y respecto a mi relación contigo no supe, pensé en estar juntos, en vivir tranquilamente sin nada especial, pero no fue algo que me parase a pensar. Es más bien, ahora, cuando me pregunto lo que pensaba al respecto en esos momentos, porque me parece increíble aquel vuelco que dio mi vida, sin que tampoco hubiera un compromiso definido entre ambos.

Establecí un plan con el ímpetu de mi profesión. No podíamos naufragar. Pensé en alto para compartir contigo mi plan e ideas. Lo cumplimos en al pie de la letra. Incluso unos versos de aquellos días que me leíste: “vamos a vivir en nuestro amor“.

Estuviste en una nube de amor y desconcierto. Yo asumí el futuro con cierto estoicismo. Reflexioné en cuanto que pasara lo que pasara sería lo que tiene que pasar. Filosofía de vida que tu compartías. Yo siempre anduve en mi existencia por caminos rectos y perfectamente diseñados. Tú ibas por recovecos en los que se actúa de manera directa. Si querías un helado y no tenías dinero se lo pedías a quien estuviera a tu lado, sin cortarte un pelo O no lo pagabas y te escondías, o te quedabas con las ganas. Yo establecía una estrategia para lograr el dinero que hiciera falta. Para mi la vida fue el camino más largo. Movía Roma con Santiago para lograr mis objetivos. Si yo quería un helado y me faltaba dinero buscaría t un empleo d hasta debajo de las piedras para poderlo tomar. Dos destinos antagónicos se unieron en un mismo cauce.

Alguna vez me pregunté y todavía sigo indagando sobre ¿qué habría sido de ti de no habernos conocido? Supongo que te habrías dejado llevar , cuidado por el vecindario y la tribu del barrio. Hubieras sido feliz, no lo dudo. Dejándote llevar por otros mares también lo has sido ¿Y de mí? ¿Qué hubiera sido de mí? Una ejecutiva, con una familia de dos o tres hijos, ejemplo de triunfadora social y, completamente, feliz, no me cabe la menor duda. Amé a mi pareja. Hubiéramos sido afortunados y dichosos, sin lugar a dudas. Por mi parte, supongo, que igual que a tu vera, pero de otra manera. No me imaginé navegar contigo, ni naufragar en una patera de la vida. Mi nuevo rumbo me ha zambullido en los cuentos de mi infancia: la Cenicienta, Blancanieves, el gato con botas, la Princesa prometida ¡tantas aventuras que van de la cabaña al palacio! Tuve que elegir un nuevo personaje. Sin embargo, tus manos, tus gestos, tus besos, han construido un Paraíso, un castillo de magia y encanto en mi vida Convertiste mis perlas y diamantes en corazón en un oro que no tiene precio ni cotiza en Bolsa.

La realidad nos situó a su manera. El recepcionista del hotel nos ofreció dos habitaciones individuales. “Una“, le dije. “Ah, necesita cuidados. Me parece muy bien“, comentó. Sin preguntar nada y bajo supuestos nos dio una habitación con dos camas separadas. Tampoco nunca habíamos dormido juntos. Pero el caso fue que desde afuera nadie se explicaba nuestra especial amistad y unión. Nos pidió el documento nacional de identidad. Tú sacaste el tuyo. El recepcionista me pidió el mío.

Basta con enseñar uno del usuario de la habitación – Fui tajante. Tuve la sensación de que te menospreciaba.

Seguro que es usted de esas feministas o de esas asociaciones de consumidores que se quejan por todo. Pero tiene usted razón – dijo con desparpajo y riéndose de su gracia particular.

Te pareció demasiado caro. Para mí fue el límite de poder entrar. Limpio, pero sin grandes lujos. Ir a un hostal o un hotel cutre fue superior a mis fuerzas. Te expliqué el plan , en el que iba a emplear toda mi capacidad profesional. Arreglé tus papeles de desplazamiento de la Seguridad Social. Mis papeles les dejé para más adelante. Comprobé que también se ofrecían cursos y talleres de Asprona. Quedamos que te apuntarías. Sin prisa, pero sin pausa cumplimos poco a poco con la acomodación burocrática, que no es poca en los desplazamientos. Yo nunca había tenido tal experiencia. Anteriormente bastó con hacer una llamada telefónica, para resolver mis asuntos de pasaporte o cualquier otro requisito, incluso la declaración de hacienda, o tomar un café en el despacho.

Alquilé un piso, normalito, a medio amueblar y con un contrato privado, sin pasar por la cámara de la propiedad. Tuve que adelantar tres meses. Por no tener todavía nómina la dueña me miró con recelo. Estoy segura que pensó que me dedicaba a la prostitución, pero no dijo nada. Lo deduzco por su actitud hacia mí. Mientras que pagara le daba lo mismo. No regateé. Segundo piso, de la calle “Los perales”, número 19.

Hice un mapa de ruta. El segundo objetivo primordial fue encontrar trabajo. Cogí todos los periódicos locales y miré demandas de empleo. Tuve obsesión por lograrlo inmediatamente, pues recordé el refrán de mi padre: “Del montón del que se quita y no se pone / el montón se descompone”. Sentí cierta angustia con el poco dinero del que disponíamos, y sobre todo por ser una cantidad limitada. Nunca antes tuve dicha sensación ni circunstancia. Tenía que guardar un remonte para gastos imprevistos o situaciones que pudieran surgir. Para mí fue una exigencia tener unos ingresos periódicos. Me enfrentaba a gastos de luz, de agua, de alquiler, de manutención, vestir, algo que hasta entonces fue una cuestión automática, en la que nunca pensé. Estuve acostumbrada a sacar dinero de un pozo inacabable. Tú dejabas que yo hiciera. te amoldabas a cualquier situación. De momento no íbamos a tener ni teléfono ni coche, lo que supondría un ahorro. Para mí fue como vivir en una cabaña contigo.

Vivir modestamente me pareció la extrema pobreza. Sentí una desolación inmensa, quedé perdida. Entre los dos teníamos que hacer la limpieza de la casa. Yo me quejaba de que siempre que barríamos hubo polvo. Estuve asombrada de los recovecos de lo cotidiano. Hacer la comida fue tarea tuya. A mí, el sólo hecho, de tener que poner un vaso en la mesa me hizo sentir rara, extraña de mí misma. Ir a la compra a ti te parecía de lo más normal, para mí supuso una novedad que jamás me había imaginado ¡Comprar un yogur, una caja de Tetra Brik de leche! cuando siempre lo tuve puesto en la mesa, o disponía de lo que fuera en la nevera. Bastaba abrirla, para coger lo que se me antojase. O pedir algo y tenerlo lo antes posible. No me consideré caprichosa, y pienso que no lo fui. Simplemente me adapté al lujo que me rodeó. La vida cotidiana fuera ya de la pompa y suntuosidad que me cobijó antaño, me pareció una aventura insólita.

Al comenzar a buscar un puesto de trabajo descarté aquellos en los que hay que relacionarse con gente de manera directa, como camarera, cuidadora de ancianos. No por nada en especial, sino que en un principio no me apeteció. Necesité esta sola, o mejor dicho conmigo misma. Por otra parte me resultó difícil explicar mi historia, con sus mil circunstancias sutiles y tortuosas, así como mi relación contigo. Íbamos a ser pareja, lo éramos, pero sin saber que tipo de emparejamiento íbamos a establecer entre tú y yo.

Tras dos semanas de llamar a un par de empresas que funcionan en aquel lugar, me llamaron de una empresa para limpiar locales. Fui avisada unos días antes para hacer lo mismo en pisos y lo descarté. Cuando acepté es cuando me di cuenta de mi nueva realidad ¡Yo la ejecutiva emprendedora, la hija de una de las cincuenta familias más rica del país de fregona. No me lo pude creer. Pensé que estaba inmersa en un sueño. Y sin embargo sentí paz, mucha paz por dentro.

La labor para la que me contrataron fue la de hacer oficinas, baños y locales de bares y restaurantes, sucursales de bancos. Me vi obligada a hacerme autónoma, porque el modelo fue el de una subcontrata. Tú me entrenaste en la nueva casa. Mi primer reparto de trabajo fue limpiar dos colegios, un local comercial y una sucursal bancaria. Cuando me vi con la bata, la fregona y los trapos en el lugar de trabajo lloré. Vi mi existencia tirada al mundo, abandonada de mi suerte. Tu compañía y amor hicieron de aquellos momentos tristes un esfuerzo necesario para mantenernos juntos. Había roto con mi pasado. Me acordé de una novela de mi hermano, que leí cuando tuve doce años. Yo fui tu Mariana y tú mi Sandokan. La cotidianidad de vivir fue un reto en sí misma llena de emoción. Asumí mi novedoso papel de fregona sin pena ni orgullo. Asumí el dicho empresarial que dice: “si hay que hacerlo se hace”. Y esto se refiere a sea lo que sea.

Durante la entrevista para conseguir la colocación el encargado de personal se mostró extrañado de mi interés por aquel empleo. Mi estilo, belleza, algo que él resaltó, y yo lo tuve asumido ¿pidiendo ese tipo de trabajo? Me hice cargo de esa sospecha. No me cupo la menor duda de que me vio diferente a cualquier otra mujer que fuera a solicitar el puesto laboral al que yo pugné. Mi ropa fue normalita. Fui sin maquillar, pero no he podido deshacerme de poses y maneras de estar pretéritas. Aquel hombre quedó con la mosca detrás de la oreja. Supuso que tendría algún problema, inconfesable tal vez. El cumplió con su trabajo y yo con mí papel. Logré dominar la situación al descifrar cuál fue su juego de rol de entrada, algo para lo que fui entrenada en mi trabajo de ejecutiva. Indagó con cierta desfachatez, con hipótesis sobre mi vida, a través de interrogarme sobre mi experiencia en el trabajo que iba a desempeñar. Vi que medio en burla buscó algo sobre mí. Que si era rusa, o rumana, cuando claramente se ve que no. Escondí un propósito que no fue sino cierta curiosidad personal. Yo no entre en su juego. Mis respuesta fueron escuetas, para no entrar al trapo.

En un principio ni vecinos ni en el trabajo nadie se metió en mi vida, directamente. La gente fue a lo suyo y “buenos días” y “adiós”. Fue la fórmula de cordialidad. Al ser una pequeña población la gente está atenta a lo que pasa en su ambiente. Queda algo, pero con los personajes de la tele se sacia esa curiosidad y cotilleo.

Nos encerramos en nuestro rincón del mundo, tú y yo. La única amiga que hice fue Josefa. La conté lo nuestro después de muchos días y semanas de confidencias. No le llegué a detallar mi pasado, más que unas pinceladas. Ella supo escuchar y quedarse con lo que podíamos compartir. Le bastó saber que mi familia no aceptó nuestra relación. Nos llamaba Romeo y Julieta. Para ella me quedé con el mote de “Julieta”, que es como me llamó.

Conocí a Josefa en su pequeño bar, “La tirolina”. Se pasó allí los días dedicada a mantener su empeño de mantener a flote su medio de vida. El nombre del bar se debe a que le gusta la actividad de lanzarse desde un puente, atada a una cuerda, simplemente para ver lo que pasa. A ella no la gustaba trabajar para nadie y necesita estar rodeada de gente. Nada mejor que estar detrás de la barra de un bar. Cafés por la mañana y después de comer. Chupitos al acercarse la noche y durante ella. Su día de descanso fueron los lunes. Ese día no se levantaba de la cama. El resto de su vida lo pasaba pegada al bar.

Acabé yendo todos los días a media mañana. Fue mi terapia mundana. A medida que entablamos conversación, acabé intimidando con ella. Somos muy diferentes, lo que nos unió más. Ella se separó de un comerciante, representante de una importante casa de ordenadores. Estuvo casada con él cinco años. Anteriormente a ese matrimonio había estado casada con un empresario de unos grandes almacenes, con quien tuvo un hijo. Pilló a su cónyuge infraganti con una secretaria en su misma casa. Llegó a un acuerdo con él. Le dejó el hijo y no quiso saber nada de él. Su sentimiento de maternidad desapareció para no dejar rastro de esa persona a la que tanto quiso y confió en él. : “Para mí fue como si hubiera caído una bomba. Todo murió en mi corazón“. Al tratar en lo superficial a Josefa se le ve alegre, jovial, dicharachera y atrevida, pero cuando se escarba mana una historia que sangra sentimientos. Aquello cambió su manera de ser y de vivir. Con el dinero de la separación puso una boutique. Se relacionó con un profesor de literatura. Se acabó separando a los pocos meses de relación por aburrimiento. El negoció no funcionó y recaló en La Celamia con un socio que fue su nueva pareja, un fotógrafo que hacia encargos para revistas. Después de dos años se fue a hacer un reportaje y no volvió. Por las buenas y sin decir nada. El comentario que me hizo Josefa fue: “la verdad es que me dio lo mismo que volviera que no”.

¡Qué Josefa!

– ¿Sabes? me gustaría ser lesbiana – me dijo en cierta ocasión.

Pero ¡no me mires a mí! – le contesté con sorna y buen humor, entre risotadas.

Decía envidiarme por mi relación contigo. “Es una relación entre tú y él, y nada más”, me dijo. Tuvo razón. Es franca como ella sola. Reconoció que ella jamás hubiera dado el paso que yo di. Le comenté que yo tampoco lo hubiera hecho, ni siquiera pensado. Que me vi empujada y tuve que saltar a ese otro mundo en el que le conocí. En bromas me hizo preguntas indiscretas, a las que no contesté más que con evasivas. Su conversación a veces tuvo segundas intenciones y un poco de morbo amistoso.

Hace aproximadamente un mes que se marchó. Dejó el bar a una agencia para que se encargara del traspaso. Me ofreció hacerme cargo con muy buenas condiciones, pero no quise. No estoy preparada para ese trabajo. Después de un periplo emocional, promiscuo, sin rumbo, se fue a Galicia con un nuevo novio. Se conocieron en el bar. Es un soldador que parece formal. Llegó a La Celamia para trabajar en el desmonte de una estructura de la azucarera. Josefa estaba acostumbrada a la seducción fácil y a entrar en el emparejamiento rápidamente. Con este chico ha querido salir de su s ligues de una noche, con chicos jóvenes que se aprovecharon de su necesidad de afecto, aunque fuera de unos minutos inventados. Tuve la impresión de que busca y rompe con los hombres como una forma de venganza.

¿De qué me sirvieron mis estudios de psicología emocional? ¿Y mis conocimientos de conducta social aplicada? Para todo y para nada. Es útil en un ambiente determinado. Fuera de tal es anecdótico. Lo mismo que un cirujano en un poblado en el que no dispone de herramientas para aplicar sus conocimientos. He aprendido hay muchos tipos de conocimiento y muchas realidades superpuestas. Un chamán tiene tantos conocimientos y validez en sus actuaciones que un gran médico, sólo que en un contexto en el que la única herramienta es la palabra y el convencimiento, para curar.

Cada mirada es un mundo y cada mundo un juego de posibilidades. Me da la sensación de que los seres humanos nos encerramos en un rincón de la vida y nos agazapamos en él para buscar un sentido al que adaptarnos y continuar el viaje de vivir. Vivir es transcurrir, en ese tránsito surgen miles de sentidos en cada paso que se da.

En una ocasión Josefa me invitó a un chupito de avellana. “Es al que invito porque nadie me lo pide”, me dijo. Me hizo saber que tampoco gusta el de fresa, a pesar de hacerlo ella, porque resulta demasiado dulzón. Los clientes dicen que sabe a jarabe. Frío esta rico, pero apenas se consume. Le deje que podía conseguir que fueran los que más se vendieran. Se rió de mí, pues se lo tomó como una fanfarronada. Insistí y apostamos un euro. La condición fue que me dejara actuar. Al día siguiente fui con dos folios que sirvieron de cartel anunciador. En uno escribí “El chupito de la suerte“, para el de avellana y en el otro “El chupito del amor“, por el de fresa. En este caso al ser de color rojo daba toda la sensación de ser un líquido apto para la pasión. Aquel día brindamos las dos con ambos y tú con mosto. Con tanto brindis nos pusimos un poco piripis. Tú no pudiste beber alcohol por las medicinas que tomabas.

Gané la apuesta. No hizo falta que se cumpliera la semana. Durante toda ella y, especialmente, durante el fin de semana, las ventas de ambos crecieron como la espuma. A Josefa le pareció increíble. Sobre todo que una idea tan simple diera resultados contantes y sonantes, pues incluso aumento la clientela. Es un truco que funciona. Joseja me dio el euro y un abrazo, con una gran sonrisa. No me preguntó nada, pero me sentí radiografiada por su manera de mirarme. Las dos teníamos un mundo a nuestras espaldas. No nos hizo falta saberlo al detalle para entrelazar nuestros momentos. Nunca había tenido una amiga como ella, alguien con la que hablar y estar a su lado, sin comentarios grandilocuentes, pero con la que he estado muy a gusto, cómoda por dentro y por fuera, al mismo tiempo. Me sentí cobijada a su lado. Sobre todo al hablar de nosotras, de nuestros sentimientos.

Conté a Josefa un secreto profesional, se creto a voces, pero que nadie escucha, y secreto pues. Una buena campaña publicitaria consigue que un zumo ligero, bajo en calorías, se llame ligh y se asocie a una imagen de belleza y dinamismo, de delgadez o de lo que se quiera, con el fin de que cueste el doble y se venda aún más porque la gente lo desea, aunque en verdad lo que quiere es la imagen fabricada por los industriales de los anuncios. Basta con añadir agua al zumo y hacer una campaña publicitaria para que el coste es más barato y el precio aumente. Y más todavía si se indica que aporta calcio y vitaminas, lo cual es obvio, pues algo ha de tener, si no es calcio, fósforo y si no magnesio ¡Dinero al bote! Ella se reía a carcajada. Ironizó imitando que lo beberían señoras gordas y hombres enfermizos para ser modelos de la tele. Nuestras risotadas se atragantaron. Agotadas amplié las anécdotas, como que si se mezclan cereales con yougourt cuesta el triple, y se vende tres veces más, que si se vende por separado y se echan los granos de avena, por ejemplo, en un producto lácteo fermentado.

A las dos semanas de estar en la nueva casa te recuperaste de tus magulladuras físicas. En el centro sanitario te quitaron la escayola de la muñeca. Hicimos los ejercicios de rehabilitación en casa. Te lo tomaste muy en serio para poder seguir trabajando en la manualidades de arcilla. Ni una referencia a lo que pasó. El silencio fue la tumba de nuestro pasado.

Mi idea fue llevar alguna de tus figuras a alguna tienda de artesanía. Una población pequeña no es muy de la venta de ese tipo de objetos, como las flores de pisapapeles, molinos, palomares o casas rústicas. Querías aprender a hacer figuras de animales y me prometiste hacer mi cara de barro, para poner ese busto encima del televisor. Recuerdo que cuando me lo dijiste recorriste con tus yemas mi rostro, como si lo dieras forma con tus dedos. Cerré los ojos y sentí estar en tus manos. Comprendí la forma de mi cara y supe, entonces, que la belleza es la dimensión que une la mirada, el tacto y el sentimiento. Percibí la dicha como una metáfora de la felicidad.

Supe, gracias a Josefa, que los domingos hay un Rastro. Solicité un permiso municipal, para colocar un puesto, con tus trabajos en arcilla y los marca páginas de papel reciclado que habías aprendido a realizar. Me preocupé de que la presentación del puesto fuera impecable, para atraer a la clientela y dar importancia a tu trabajo artesano. Compramos un horno. Tu querías que ahorráramos para dentro de un tiempo comprar otro de barro.

Nos pareció que habían pasado años desde la muerte de tu padre, cuando no fueron más que semanas. Yo recordaba mi pasado en la lejanía. El día a día y resolver la cotidianidad de vivir me absorbieron el pensamiento. Pero siempre he tenido la sombra del ayer pegada a mí. Sin embargo trato de verlo y es como el dato de un museo, una pieza que se ve expuesta y nada más ¿Qué juegos hace la mente? Al rememorar mi vida tengo la sensación de haber estado en una película de la que salí.

Habíamos vivido juntos como hermanos, lo cual nos hermanó, y nunca mejor dicho. Para el universo de afuera fuimos eso. Así nos hicieron sus miradas, su opinión abstracta y silenciada. En la intimidad, durante muchos días, dormimos juntos, sin más. Me mimabas. Yo te hacía carantoñas. Los roces de tus dedos en mi nariz arrancaron escalofríos en mi piel, sus relámpagos de tacto llegaban a los hombros ¿Cuántas veces las puntas de tus dedos han recorrido mis párpados, cejas, carrillos, cabellos, barbilla, cuello? Infinitas. Tus caricias son arroyos invisibles que recorren el aire ¿Adónde van las miradas, las palabras, las caricias? ¿Desaparecen ¿Se desvanecen en el olvido? Son átomos del recuerdo cuando el pasado es a la vez presente y futuro. Y tu lo eres todo a la vez. Tus momentos se suman unos a otros para formar una unidad. No se van, se quedan impregnados en mí ¿Por qué? ¿Cómo? No lo sé.

Nuestra unión estalló al juntarnos en una vida común. Nos amamos como un estallido permanente, de pasión, amistad y trato. El amor nos envolvió y esculpimos cada rato que estuvimos juntos.

En la habitación del hotel, nos besamos los mofletes, el cuello, como saltos de gorriones que pululan en las calles. Me acordé de las fiestas del colegio cuando jugamos a morder una manzana colgada de una cuerda, sin poderla coger. Me besaste las manos, el lado anverso y el reverso. Cada dedo. Con tal cuidado que me hiciste ser de porcelana. Cuando te dije esto me comparaste a Isabel Presley. Dijiste que yo era más bonita ¡Qué gracia tus palabras! Cuando salen, dificultosamente, de tu boca, parece que caen para quedarse flotando en el espacio.

Instalados ya en el piso tus labios besaron los míos y mis labios los tuyos ¡Cuánto rato tu palma recorrió mis huellas dactilares! Me atontabas cuando peinabas mis cabellos con tus dedos. Hiciste que mi piel se convirtiera en efervescente. Todavía ahora escucho el burbujeo de espuma en mi cuerpo. ¡Cuántas veces quedé dormida al son de tus caricias! Al principio mi cabellera, luego mi rostro y luego mis manos, y después la espalda y después de después toda yo, mi cuerpo entero y mi alma, acariciada por tu piel, por tus palabras, por tu presencia, por ti.

El día que te quitaron la escayola las enfermeras te ayudaron a mover el brazo. Compramos una pelota de goma, para hacer los ejercicios que te recomendaron ¡Qué contento estabas! con ganas de empezar a modelar tus piezas de barro y, como dijiste, acariciarme del todo. En casa el primer movimiento que hiciste me lo dedicaste. Recorriste con el envés de tus dedos, aún blanquecinos de la escayola, mi mejilla, de manera tan suave que me dio un respingo entre las piernas. Respiré profundamente, porque me emocionó tu delicadeza y estar a tu lado ha sido lo más bonito y emocionante que he sentido. Llevé tu mano de vuelta otra vez al mundo, a la otra mejilla. Nos sonreímos. Luego te acaricié yo la cara.

Se me pone dura – dijiste. Me quedé cortada. Sentí en mi cerebro el sonido de un tropel de caballos a galope. Te miré a los ojos.

Y eso ¿qué quiere decir? – pregunté.

Que me encantas. Inspiras las poesías que hago. Y verte y sentirte tan cerca y con tus caricias me pones a cien – Quedamos en silencio. Acaricié una de tus manos. Con la otra recorrías mis cabellos. Tus palabras siempre parecieron a un coche que arranca y se vuelve a calar. Y otra vez y otra. En aquella ocasión más todavía – ¿Sabes? Nunca he hecho el amor con ninguna chica. Y eso que mis amigos me llevaron alguna vez de putas. Pero nunca quise. He querido esperar a estar con una chica a la que quiera más que a todo el mundo. Me he hecho muchas pajas – No supe qué decir. Lo curioso es que me sentí a gusto y acepté tus palabras con naturalidad. Tu manera de expresar lo que pensabas formó parte de nuestra relación. Estuvimos callados. Mi corazón latió despacio. Sentí un Vals por dentro.

Me gusta como eres – Te dije rompiendo el momento callado entre ambos. Tu simpleza puso tus emociones flor de piel. Lograste unir mis pensamientos con mis emociones, ambos con mi vida.

– ¿Te quieres casar conmigo? –

Me dejaste K.O. –

Yo creí que ya lo estábamos – Te respondí. Yo lo di por supuesto y fue como estar casados, dentro de unas complejas circunstancias. Me entró la risa, pero tu insististe ¡Ay, Pacito!

Ya, pero como las parejas de verdad que se besan y esas cosas, que follan – Reí a carcajada.

Todo a su tiempo. Dejemos que surja. Tú y yo somos de verdad y nos queremos – Recuerdo aquellas palabras que me salieron de dentro ¿Qué quise decir? Al pensarlo ahora me maravilla como describí la situación real en la que estuvimos unidos.

Cuando te miro creo que sueño. Cuando me tocas se me pone dura y a la vez me entran ganas de llorar y de bailar

Dejemos que los momentos broten – Te abracé. ¿Cupo unirnos más aún? Pues me sentí todavía más unida a ti. En aquel apretón de nuestros cuerpos me di cuenta de que mi pasado había pasado, dejó de existir dentro y fuera de mí.

Me senté sobre mis tobillos, y tú te colocaste a mi lado, sobre el suelo. Apoyado sobre una mano y con la otra sujetando mi barbilla. Nuestras bocas se fundieron en una. Aquel besó sonó a jugo. Se convirtió en un remolino que absorbió el uno en el otro. Acaricié tu brazo y luego masajeé tu pene sobre el pantalón del chándal.

– ¿ Ves como está dura? – dijiste.

Seguí con las caricias juguetonas, mientras escuché tu respiración, que se agitaba. “Qué gusto, ¡qué gusto!” dijiste. De vez en cuando. Con tu mano buena cogiste la mía para moverla con más rapidez. Apretaste y convertiste mi mano en una vibración. Noté el latido de tu miembro. Expulsaste aire con la garganta. En el cuello se marcó una vena. Parecías fatigado. Nos tumbamos en el suelo. Hiciste un masaje sobre mi espalda por encima del suéter. Nos dormimos en una balsa de sueño. Desde entonces nos arrolló una corriente de amor palpable y juguetón que nos arrastró sin parar. Cada segundo contigo da vueltas en mi cabeza. Resulta difícil ordenar cronológicamente nuestra existencia en común.

Sobrevivir al derrumbe de mi mundo fue una experiencia necesaria para probar sorbo a sorbo nuestro amor. Al principio de vivir juntos me obsesionó la idea de pasar hambre. Tuve la sensación de que sin millones en el bolsillo no es posible vivir y que en cualquier momento puede faltar dinero. Tú me contaste que tu padre llegó a estar más de tres meses sin pagar el alquiler. Para mí situaciones como ésas fueron inconcebibles.

En La Celamia organicé la dieta, para estar bien alimentados y contar con el dinero necesario. Mi idea fue que sin planificar lo que se hace no es posible salir adelante. Tu fuiste el cocinero jefe. Me enseñaste a hacer algunos platos. Para mí fue extrañísimo entrar en una cocina para guisar o, simplemente, poner los vasos y cubiertos en la mesa. Sentí incomodidad al hacer tales tareas. La compra siempre la hicimos juntos. Ir al supermercado fue uno de nuestros paseos rutinarios.

Para desayunar el esquema diario fue café, yogur y fruta. A mí siempre me gustó tomar el café con mucha leche, muy dulce y en vaso. Desde un día que te di un beso en tu boca sabor café, no me gustó echar azúcar y lo tomé con menos leche desde entonces. Todos los días brindamos con la taza. Se convirtió en un rito de saludo al nuevo día. Hicimos del desayuno una ceremonia entre tú y yo. Tú decías la frase de la canción del cantante Joan Manuel Serrat: “Hoy puede ser un gran día, dale una oportunidad“. Luego gritabas: “Una oportunidad! ¡Una sola oportunidad! Te pido una sola oportunidad para hoy!”. Imitabas a un actor en el personaje escocés de la película cuyo título tú llamaste “Brevagear“. Te gustó saber la traducción de ese nombre: “Corazón valiente”. Lo que te hizo meterte aún más en su papel. Mientras que gritabas esas palabras hacías que montabas a caballo y gesticulabas como si me llamaras al heroísmo del día a día. Contaste que habías visto esa película más de diez veces. Solo, con tu padre, con vecinos. Habíamos quedado en cogerla en vídeo para que yo también la viera ¿Cuántas cosas pendientes sembramos para el futuro?

Un día partiste una fresa a lo ancho. Otra a lo largo. Hiciste que viera ambos trozos. Te miré con respingo. “Malo“, te dije. “Tía buena“, fue tu respuesta. Chupaste con la punta de la lengua el trozo redondeado, cuyo hueco parece un ano. Luego lo mismo con la mitad alargada, el hueco que simula una vagina. Cuando aquello ya lo habías probado en mi cuerpo. Hice lo mismo con las otras dos mitades. Comimos en común esos trozos, y un par de fresas más para batirlas en nuestras bocas. Me tumbé en la alfombra. Desabroché el botón y bajé la cremallera. Tu me bajaste el pantalón despacio, poco a poco, a la vez que las bragas. Miré el reloj y dejé caer el brazo. Cerré los ojos. Con los calzoncillos puestos te colocaste encima de mí y nos frotamos. Primero te saciaste tú. Luego yo, que seguí excavando para sacar el placer de mi cuerpo. Al terminar me ayudaste a levantar. Me vestí con rapidez, para no llegar tarde al trabajo. Desde la ventana me lanzaste un beso, como siempre, y una fresa, que comí después de cogerla del suelo. Casi se me sale de la boca por ir a toda prisa y no poder contener la risotada.

Un par de días más tarde, te sorprendí al esperarte desnuda y postrada de espaldas sobre la cama. Había colocado un fresón al final de la espalda, donde nace el surco que se forma al unirse las dos nalgas. Sentí tu presencia cuando entraste. Oí como te quitabas la ropa. Despacio. Sentí el roce de tu mirada. Estuve quieta, alegre de ser capaz de estar así ante ti y ante mí. Comencé a hervir por dentro. Besaste mi pie derecho. Y seguidamente el otro. Les sujetaste como si de una flor de loto se tratase. Con la lengua recorriste una pierna y luego otra hasta llegar al pliegue en donde el muslo se une al pompi. Con la punta de la nariz recorriste el surco del trasero hasta llegar a la fresa. Luego hiciste lo mismo con la lengua. Mordiste un glúteo y otro. Empecé a reptar contra la colcha. Colocaste la fresa ajustada al ano y la comiste mientras que te masturbabas con la mano sin parar de lamer el orificio anal, el cual se empezó a contraer y dilatar a la par que estallé de gusto. El orgasmo se extendió por delante y por detrás. Luego restregaste tu semen por el culito con las manos, me tapaste y dormimos.

El esquema de la cena consistía en una sopa de sobre, que tanto nos gustó. Para mí fue algo nuevo, que se convirtió en un absoluto manjar. Me pregunté como se podría solicitar en un restaurante Vip o en algún hotel chip aquellas sopas Maggi o Estarlux o de otras marcas que cogías cuando regalaban algo o estaban de oferta. Después tomábamos una ensalada. Tú las preparabas de lechuga y tomate. Cuando te comenté que parecían muy sosas, introdujiste aceitunas. Con el tiempo te hiciste un experto mezclando colores, sabores y aromas con nuevos ingredientes y condimentos: granada, maíz, trocitos de manzana o remolacha, coliflor cruda, zanahoria rayada, pasas, aguacate. Esta fruta decías que tenía el tacto del interior de mi vagina. A mí me supo a la parte inferior de tu lengua. Las aderezaste con orégano, pimienta, mahonesa, alioli, vinagre de manzana, aceites de varios tipos y de mezclas de sabores. Fuiste un cocinilla espectacular. Cada cena, comida o desayuno en común fue un acto social entre los dos. Hicimos de lo simple algo grandioso y comprobé la grandeza del día a día. Algo que cuando estás en las alturas, lo que se cree que son las “alturas” de la vida económica y social, pasa desapercibido.

Una noche hiciste una ensalada de aguacates y pimientos rojos asados, de esos carnosos de Fresno de la Vega. Preparaste antes un sobre de Sopistar, como llamamos a esos polvos de hacer un caldo instantáneo. A la ensalada le echaste un chorrito de aceite macerado en ajo, que me dijiste te enseñó a hacer tu padre. Aquel menú fue el preámbulo de entrelazar nuestros cuerpos. Primero un beso, luego un nudo de mis labios con tu polla y tu boca con mis labios vaginales, removiéndose tu lengua por el pubis y y haciendo malabares y diminutos fuegos artificiales en el clítoris. Deslizaste la lengua por mi genitalidad entera, como si patinara en un hielo ardiente. Succionabas los pliegues de piel y estirabas con los labios los pelitos juguetonamente, o juerguetonamente, como yo te decía. Se calentaba nuestro placer. Yo insistía en el glande para darte saltitos de placer, el cual comenzaba a hervir, tililando nuestra piel. Hasta que saltan los borbotones, el cuerpo se convierte en un festejo, festín y fiesta en la que yo recogí tus gotas salteadas de esperma. Mi chocho latió, siendo mi clítoris un puchymbol golpeado por puñetazos de gusto. Tu muslo fue luego mi almohada, hasta más de media noche. Sentí tu mano convertida en brisa sobre mis nalgas y piernas. Todavía noto la tensura en los extremos de mis dedos. Tu saliva sigue siendo sangre de mi piel, licor y ambrosía de mi boca.

El almuerzo de cada día lo diseñé con cierto aire científico. Más o menos cumplimos el plan gastronómico. Al principio te pareció extraña mi obsesión por la buena alimentación. Tuve el temor de morir de hambre, o de mal nutrirme, en la situación precaria en la que comenzamos a vivir. Luego fuiste tú quien se lo tomó tan en serio que parecías miembro de un tribunal de oposiciones para hacer comidas.

En honor a tu padre los lunes comimos cocido. Continuamos la tradición. Yo nunca lo había probado. La legumbre está mal vista entre las personas de la alta sociedad, pues crean flatulencia. Por otra parte son comidas pesadas, que para el trabajo rápido no vienen bien. Tuve que acostumbrar a mi estómago a la nueva dieta. Observé que en aquel medio pueblo y medio ciudad, venden los garbanzos por sacos. También las alubias, una de cuyas especies son con denominación de origen de allá. Compré un mandil para ti, y luego quisiste un gorro de cocinero, de color blancos y alto. Me partí de risa al verte. Cuando comí mi primer cocido me dijiste que estaba hecho a la antigua usanza, sin usar la olla, sino en cazuela y con paciencia, hecho a puchero en fuego lento ¡Cómo me gustó! Para variar unas veces lo hiciste con carne de vaca y otras con oreja de cerdo. Siempre el chorizo blandito. Una vez hicimos turismo y tomamos la sopa al final, como los maragatos, que, me contaste, lo hacían para comer primero lo sólido y si tenían que salir a defender su mercancía que les quitaran lo bailado, pues sólo les habría faltado el caldo con fideos. El madrileño fue con un baile y música de chotis. Procuré comer poco garbanzo, pues se me hizo muy pesado. Las berzas las dejé siempre para la cena y condimentadas con vinagre oscuro.

Comí más. El nuevo trabajo me abrió el apetito. Al mismo tiempo tuve ansia, pues el miedo a pasar hambre, aun siendo irracional, me hizo comer con cierta voracidad. También por estar más desenfadada. He engordado siete kilos ¡Siete! como si hubiera sido un recorrido iniciático. Concibo la belleza de una manera más íntima, más especial. Mi belleza ha salido de tus manos, de tus besos. Siento que soy masbella y al mismo tiempo tú belleza, belleza-de-ti. Tengo la sensación de que respirar se ha convertido en la orquesta de mi vida. Me pellizcabas para sacar de mi cintura los michelines, que nunca antes tuve. Dejé de tomar pastillas antigrasas, ni me hice liposucciones. Seguí depilando mis piernas y el sobaco, pero sin cremas ni envoltorios de salón. Y seguí siendo bella, aunque de otra manera. Contigo empecé a ser yo en cuerpo y alma. Y ambas realidades se unieron, se funden y tu amor fue su molde.

Un día me empezaste a hacer cosquillas de vuelta de la jornada laboral vespertina. Tuve un horario muy disperso, en el que se pierde mucho tiempo en ir de un lugar a otro, o con tiempos muertos, en los que no se hace nada, pero no merece la pena ir a casa para volver al rato a otro lugar. Y no se contabiliza en el salario. Al depender de la renovación del contrato a los seis meses, y tuve suerte, no me quedó más remedio que tragar. Mi vena de empresaria me hizo comprender que para que un negocio funcione y mantenga los puestos de trabajo es necesario que dé beneficios a los que lo montan. Mis neuronas sufrieron un movimiento sísmico mental, al llenarme de ira y comprobar que es mi trabajo el que rinde, para que se lucren con él y con el de mis compañeras, en derroches y lujos de los jefes. Cuando lo pensé, tragué saliva y callé.

Debo decir que cuando fui ejecutiva no descansé ni de día ni de noche, pues estuve pendiente de los movimientos bursátiles, de las nuevas medidas a emprender. Me acostumbré a tal actividad. Llegué a necesitar esa tensión para vivir. Descubrí en mi nueva vida descansar a pierna suelta, a entender lo que decías con frecuencia: “mañana será otro día“. Establecí una frontera entre el trabajo y yo, dejé de formar una unidad entre mi actividad laboral y mi ser. Ya no fue estar en otro mundo y en otra dimensión, sino fijarme en tus manos y en las mías. Recuerdo cuando me dijiste si había oído decir: “te conozco como la palma de mis manos”. Te preguntaste ¿quién las conoce? Tú me recorriste con tu dedo índice cada línea, como si fuera un mapa. Aprendí a mirar las mías ¡Me ha gustado tanto besar tu palma! y que cogieras mis besos. Ver tus dedos entre los míos me ha causado emoción. Percibir esta imagen de nuestra relación es muy importante para explicar el amor.

Aquella vez que me hiciste cosquillas no paré de reír y de gritar “¡para, para!”. Manoseaste la grasilla de mi abdomen.

Te voy a comer – dijiste.

– ¡Salido, que eres un salido! – respondí.

Y tu una entrada – me asiste la mano y corrimos como lo hacen los chinos en las obras de teatro de niñas y niñitos, hasta llegar a la cama. Me despojé de la muda y el pantalón a la vez, a la misma velocidad que tú tus prendas, de pie. Subiste mi blusa y la camiseta para mordisquear, inclinado, mi vientre. me quité al mismo tiempo el sostén, y pasaste a mordisquear mis pezones, besar los senos, como si fuera el helado en la boca de un niño.

Al acordarme de aquella escena, ve vienen a la cabeza los versos que he leído hace unos días de Robert Frost: << Cuando contemplo los abedules doblados hacia uno y otro lado

a través de las filas de otros árboles más rectos y oscuros,

se me antoja pensar que algún muchacho los ha hecho balancearse.

Pero el balanceo no los dobla para que queden hacia abajo;

la tempestad de nieve lo hace ……

….La tierra es el lugar propio para amar,

y no sé adonde se iría que fuera mejor.

Me gustaría ir a trepar de nuevo un abedul,

y trepar sobre las ramas negras de un tronco de blanca nieve

hacia el firmamento hasta que el árbol no pudiera más resistir,

sino que inclinara su copa y me colocara abajo de nuevo.

Sería bueno tanto ir como regresar.

Cosas peores podría hacer uno que ser balanceador de abedules“. >>

Cuando tus besos llegaban al costado me hicieron reír. Me despendolé y te abracé con las piernas colgadas de tu cuello. Te había quitado la camisa. Agarré con mis manos tu cabeza, hasta que levanté los brazos, sujeta por ti, me dejaste caer sobre la cama. Mis pechos, cuello, los pezones, el pubis quedaron a merced de tu mirada. Amelaste mi piel y tu tacto llegó a mi cuerpo con sabor a dulzura. Soplaste sobre los pelos que bordean la vagina. Tu respiración salió y entro por tu nariz que husmeó la juntura de mis extremidades con el cuerpo. Besuqueaste mi zona genital hasta con la lengua convertir el clítoris en una campanilla de gusto y placer. Primero despacio. Luego deprisa. Luego parabas. Luego seguías. Y yo te pedía que siguieras. Estuve a punto de estallar, pero parecería que no llegaba se salto que bota y bota sobre los labios vaginales y las paredes internas. Pero introdujiste el dedo lentamente, en la parte externa del orificio del chocho. Lo moviste despacio y la lengua rápida. Y aceleraste el dedo. Y fue hasta dentro. Y grité. Y grité, con lo contrario de un gran dolor. Hasta mi voz gutural fue parte de ese orgasmo, un orgasmo al que luego balanceaste al meter tu miembro dentro de la vagina para follarme despacito y te corriste de gusto mientras que yo te acariciaba la cara. Otra noche más de boda y a buenas noches, como se despide la Pícara Justina.

Una oficina de las que me toca limpiar está cerca de la Biblioteca Municipal. He cogido la costumbre de leer de uno tres libros cada semana. Les saco al azar, sin orden ni concierto, para dejar que el destino me lleve a conocer otros mundos interiores que han vivido en este mundo y dejado huella. Uno de los que leí primero fue ese de la Pícara Justina. Llamó mi atención el título. Se trata de un personaje de la provincia de León. La mayoría de los autores que he leído fueron hasta ese momento desconocidos para mí. Algunos de oídas. He viajado, estudié, pero nunca me acerqué a los libros por placer. Me doy cuenta que al recorrer el mundo he visto postales hechas realidad, nada más. Leer permite descubrir el ser de las cosas, de los lugares, de los demás y de mí. Los libros son una holografía que dan volumen al pensamiento, le añaden una dimensión. Permiten viajar con la mirada, no al leer, sino al mirar desde la palabra.

Me he comenzado a percatar de la belleza de algunos balcones y ventanas de este lugar. En los soportales de la plaza. Más allá de su forma, tienen una historia, unas gentes a su alrededor y yo soy parte de esas gentes. Cada átomo de una población tiene su andadura, y cada historia tiene dentro de sí otras varias, que se enlazan unas con otras para ser estelas del tiempo.

Te dije que me hice amiga de madame Bovary. No sabías quien es. Pensaste que fue una manera de llamar a Josefa. No te dio por leer, pues para ti mirar es dar un paso tras otro. Cada uno tiene una manera de recorrer el mundo. El libro de la novela de este personaje femenino, es el único que he comprado después de leerlo entero. No lo tuvieron en ninguna librería de acá. Tampoco en las de Benavente, adonde fuimos una mañana que libré. Otra fuimos a Astorga y por fin lo conseguí.

Planeamos coger dentro de otro año unas vacaciones para andar contigo en un paseo sin retorno. Hablamos de dar la vuelta al mundo. Más que un deseo fue desear ese deseo, lo cual nos hizo soñar despiertos. Te cantaba la canción que recordaba de cuando mi niñez: “Quiero dar la vuelta al mundo / montado en un burrito / ¡ito!”. Decidimos hacer el Camino de Santiago alguna vez. Lo teníamos al lado. Nuestro plan fue ir a Mansilla de las Mulas, tierra de Justina Díez, llegar al final y luego a Finisterre. Tú pensabas en el final. Al saber el significado de la palabra, todavía más. A mí el comienzo. Me gustará pasear por esas callejuelas de Mansilla, paladear el aire que respiró ese personaje coqueto y pizpireto.

Me dijiste una vez que cuando estuviéramos a la orilla del “final de la terra“, me volverías a pedir la mano para volverte a casar otra vez conmigo. Yo te decía que nos casábamos siempre. Y tú te reías. Te arrodillabas asiéndome la mano y la besabas. Nos abrazábamos, como si fuera testigo el mar, y yo me mecía en tus brazos, en ti, viento de amor.

Los martes: pescado. Congelado unas veces, truchas y sardinas me hicieron descubrir nuevos sabores. Me he acostumbrado a una comida que me resultó al principio demasiado empalagosa. Tú te ponías las botas con todo, fuera el plato que fuera. Poco a poco fui acostumbrándome a saborear los alimentos acompañados de tus comentarios culinarios. Alababas tus frituras. Te llamé “aromatinero“, en lugar de cocinero, pues el olor a comida llegaba al portal después de recorrer toda la escalera. Decías que era para abrirme el apetito.

Entre los dos limpiamos la casa e hicimos las labores. Descubrí contigo lo concreto de vivir. Si tuviera que dar un consejo hoy a un alto ejecutivo o a un político de turno le recomendaría que se hiciera siempre su cama, como mínimo, para tocar la realidad y pensar desde ella. Nuestro trabajo en común hizo de la casa un hogar y de nuestra relación una unidad con cada uno de los dos. Tan importante como tus besos, como nuestros pasos en común.

La primera vez que nos unimos genitalmente fue durante una velada poética. Un Sábado por la tarde. Dijiste que fuese a dar un paseo, mientras que tú preparabas un recital de tus poemas. pensé que ibas a aprender alguna de tus composiciones, en un repaso de última hora, y a que colocarías las sillas, para ti y para mí, de una manera especial. Me diste dos horas. Fui a tomar un café en el bar Novelty. Aunque ya conocía a Josefa, no hice aún migas con ella.

Al volver llamé a la puerta. Advertiste que, aunque abrieras la puerta, no entrase. Que contara hasta treinta. Empecé a contar, pero al llegar a nueve se me fue el santo al cielo, sobre todo al pensar que si me veía algún vecino ¡qué pensaría! Siempre tuve la impresión de que la vecina de enfrente nos jipiaba por la mirilla. Hice como que limpié alrededor del timbre, con el pañuelo. Calculé grosso modo el tiempo que me solicitaste de espera. Entré. El saloncito estaba iluminado por velas encendidas. Desde el aparador vi el resplandor movedizo.

En la mesa tu cuadernos de apuntes y anotaciones. La silla al lado y una butaca enfrente. Dos velas en la mesa.

Siéntate en la butaca y no digas nada hasta que termine – gritaste desde nuestro cuarto. Tras un breve rato en silencio otra advertencia – No aplaudas tampoco. Bueno, al final, si quieres, sí. Pero sin compromiso – Te noté tenso por los atascos de tu voz.

Tardaste en salir a escena. Aproveché para a gritar “que empiece ya, que el público se va“. Con voz entre cortada y más tartamuda que lo habitual dijiste: “Estoy preparado, pero me tengo que concentrar. Silencio, por favor“. Esperaba verte envuelto en una sábana vestido de Cicerón, con hojas de laurel sobre la cabeza, o con traje y corbata.

– ¡Cierra los ojos y no los abras hasta que cuentes veinte! – Así lo hice.

Al abrir los ojos mis párpados se quedaron parados. Estabas desnudo, en pie con el cuaderno sobre ambas manos. Contuve la risa y me tapé la boca y luego las manos. Vencida la sorpresa de contemplarte preste atención para recibir tus versos. Leíste el título : “Un sueño que duerme”. Te sentaste en la silla. Hiciste una introducción muy reflexiva, llena de razón incomprendida y emoción. Estuviste muy nervioso. Yo mentalmente te animé a que no te cortaras y siguieras con tus palabras, desnudas como tú lo estuviste, para construir en ese momento tu sueño de arte, tu rincón de marfil y terciopelo.

La poesía desnuda el alma con el lenguaje desnudo. Quita los ropajes del sentimiento – Las palabras te salieron sin leer. No parecieron aprendidas de memoria. Tal vez rumiadas durante miles de años – Por esto que digo, siempre he pensado que la poesía hay que leerla, o recitarla, , o leerla, o lo que sea – tragaste saliva – desnudo. Si no, no es poesía. Es pose. La poesía es desnudez. pero no todo lo que se desnuda es poesía A veces es lo contrario. Pero sí lo es aquello que se desvela desde la palabra y el sentimiento. En la poesía no caben uniformes, ni joyas, ni oro. La palabra desnuda ante la vida desnuda y el ser humano en pelotas. – Supe lo que es que miren a una persona y que ojos ajenos la desnuden con ansia y avaricia sexual. Pero tu mirada me hizo persona y, fue en ese momento, cuando me di cuenta. Contigo fui una persona personificada – Te leo mis poemas como declaración de amor – continuaste – cada letra, cada palabra, cada verso, cada poema, cada segundo de vida te lo dedico a ti, mi amada. – Abriste un paréntesis en tu oratoria grandilocuente – Te advierto que si fuera famoso y me llamasen para un recital importante, también leería mis creación desnudo, que no te siente mal. En la televisión, no, porque la tele mata los versos. La poesía es de voz a oído, directamente, de alma a alma. Cada palabra hay que colocarla en el oído de quien escucha y el lector ha de recibir la escritura en sus ojos. Esto es lo que quiero hacer. Gracias por compartir mi sueño – Tragaste saliva. Te perdiste en tu discurso.

Te pusiste en pie para leer tu obra poética. Aquella escenografía fue una obra de arte, que se unió a tus poemas. Arte, sí, arte en sí, sin famosura ni barroquismo esotérico.

Me sentí emocionada como nunca. Una emoción con peso y forma, que se hizo vestido de mi ser. El efecto de mirarte en una erupción de poemas descongeló mi alma. Te convertiste en un líquido que produce olas por mis adentros y burbujea en mis entrañas. Cada metáfora que leíste o recitaste me empujó interiormente sin que me cayera. Tus poemas fueron nuestros poemas, pues me sentí tuya, a través de rimas simples y diáfanas. Tus palabras son historia de ti mismo, exageración de sangre y cielo, de locura y razón de ser. Te recordé subido en el árbol en que te vi. También rodeado de tu gente. Quise llorar. En los ojos palpé las lágrimas. Allí quedaron. Quise aplaudirte y abrazarte. Tu voz avivó el fuego de infinito que sucumbía en tu pose ¡Qué amor tan grande!

Al cabo de un rato te sentaste en el suelo. Seguí absorta. A la luz de las llamas, entre las sombras de penumbra perecías un hombre primitivo, pero también un ángel. Tuve la sensación cierta de flotar. Como si me desdoblase soñé despierta en irme contigo cabalgando sobre tus palabras a lo largo del horizonte. Nunca, hasta llegar a La Celamia vi atardeceres rosados. Quizá les haya en cualquier lugar, pero no me fijé anteriormente. El colorido siguiente, rojizo, se asemeja al resplandor de las llamas. La saliva se hizo magma en mi garganta.

Finalmente dejaste el cuaderno en el suelo, bajo la mesa. Mirabas fijamente al suelo. Yo quedé convertida en una estatua.

Y los laberintos entrelazados

buscan solos el infinito

para ver, sólo para ver“.

Claro que hubieron otros versos, sui generis tuyos.

Si vas a Celamia

y no te llamas Amalia

pero sí ves a Manuela

que no te saquen la muela

porque no es dolor sino placer

que si eres buen poeta su piel has de pacer“.

Envuelta de silencio me desnudé, sin preámbulo ni cortejo. No hubo aplauso ni algarabía. Me quité la ropa muy despacio. No sabía de romances ni sonetos, ni de ripios ni cosas de esas que usan los literatos, pero sentí el aroma de la poesía, y su roce, y su vuelo junto al humo de las velas. Vi tu pene erguido sin la mirada obscena. Eras parte del paisaje que pintaron nuestros gestos, nuestros pasos, nuestra quietud. Me acerqué a ti. Parecías un indio siux a la espera de ser coronado con sus plumas guerreras. Con cierta torpeza me coloqué sobre ti, sentada e introduje tu miembro en mi oquedad viscosa. Nuestras piernas formaron un ocho. Nuestros brazos se enlazaron. Te balanceaste suavemente. Nos besamos, como un goteo que no se hace lluvia. Cerraste los ojos. Moviste las caderas hasta jadear y acelerar tu respiración. Los latidos también. Permanecimos un rato más el uno en el otro. No me corrí. Mi explosión se diluyó en una luz tenue que recorre un camino en penumbra y sinuoso. Esa luz se escurrió por la piel sin caer en ningún recipiente. Me sentí fuerte y plácida. Fue un orgasmo de aire, en el humo de la sala. Ayudaste a que me levantara. Apagamos las velas, asidos de la mano, soplando juntos cada llama. Nos fuimos a oscuras a la cama. Dormí recogida en tu seno, arropada con tu brazo.

Al día siguiente diste vueltas y vueltas sobre un versos del repertorio. Trataste de explicármelo. Yo no lo di importancia. Aquel recital todavía me causa impacto al recordarlo. En tu disertación te dirigías al mundo entero, y allí estaba yo, sintiendo de manera sólida nuestro amor.

Insististe en explicar lo que dicen los versos: ” Te vi bella

tú que eres bella

porque te hago bella.

La poesía es un manantial

de belleza celestial“.

Quiero que sepas que tú eres bella sin que yo te haga bella. Bueno sí, pero en tu caso eres bella por ti misma, pero hay una belleza, dentro de la belleza que existe, como la tuya, que la hace la poesía. O sea que es belleza desde la poesía – Tardaste en decir cuatro frases más de cinco minutos, azarado, queriendo decir algo que yo sabía, aunque no tuviera palabras para decirlo Te dije “lo sé, sé lo que me quieres decir“, pero insististe – Imagínate que a un señor le gustan sólo las mujeres negras Tú para él no serías bella, pero con la poesía sí ¿Te das cuenta del valor de lo poético? – Me di por enterada y tú quedaste muy contento de haberte hecho entender.

Los Miércoles tocaba huevo. Huevo frito con patatas y chorizo fritos. Me encantan. El chorizo es especialmente bueno en esta zona. Nunca había probado el pan de hogaza. Si bueno es, más con este plato. Se desmiga y parece basto, pero tiene el aroma a pan. El otro, al que yo estuve acostumbrada me pareció después de probar la hogaza, pura bollería Con el pan de pueblo, como tú lo llamabas, hacías sopas de ajo, por la noche, cuando se quedaba duro. Echabas un huevo a escalfar y a veces trocitos de jamón sofritos. Con ambas cosas una simple sopa de ajo se convierte en otra que la llamábamos sopa Castellana.

Al principio de vivir juntos tanto fritángano me causó cierto vértigo. Comí con aprensión pues me pareció que es cargar al cuerpo de excesiva grasa. Esa manera de mirarme ha ido desapareciendo poco a poco. mantengo, como forma de ser, la pose elegante hasta para comer, pero la sofisticación sólo forma parte de determinados contextos sociales. Es algo que se extiende como manera de ser. Si se pierde el apetito de comer la vida queda encerrada en demasiadas normas. Siento que he desatado un bozal que llevé puesto y que acabó sustituyendo a mi boca.

Me quisiste enseñar a freír los huevos, pero no me salía ¡Algo tan sencillo! Tú tenías un arte especial para hacerlo. Echabas el huevo en el momento exacto. A mí me quedaban en alguna parte crudos, lo cual me da asco. O si espero a que se caliente mucho el aceite se doran los bordes. A ti te gusta comerlos así, a mí no. Al sacarlos de la satén rompía la clara, o se aplastaba la yema. En ocasiones el aceite no paraba de saltar y yo me aterraba. Tú siempre decías “va, va, va”. Recuerdo que en el restaurante del casino de san Sebastián pedí una vez algo que me llamó la atención entre las especialidades que anuncia la carta: huevos a la plancha. El camarero jefe comentó que ese plato se tiene allá a gala, porque es una de las pruebas para acceder a ser cocinero en ese restaurante. Siempre tuve la idea de que la comida la tiene que hacer quien la tiene que hacer, o los cocineros de los restaurantes o las criadas de la casa. Todavía me siento rara en la cocina o quitando las cosas de la mesa.

En ocasiones esporádicas he pensado en cómo irán los valores en Bolsa , los negocios de fusión financiera, que dejé atrás. Un día, ojeando el periódico comprobé que uno de mis proyectos se hizo realidad. Telecinco salió a la Bolsa, colocada por Dresdner Bank, como accionista. La estrategia a seguir sería vender las acciones a corto plazo, lo cual ni lo sé ya ni me importa. Estaba en el bar de Josefa, cuando miré el periódico. Leí sobre las subidas y bajadas rápidas del Ibex sin inmutarme. La revalorización de determinadas empresas con los vaivenes del precio del crudo me importó un pito. Me llamó la atención el que Tavex Algodonera al cierre de aquella sesión sobre la que leí tuviera 3´17 puntos, manteniendo una pequeña subida con un volumen de venta de valores de sólo 2.000. No me cuadró, lo mismo que la bajada de los bienes de inversión e intermedios de Reno de Medici. En conjunto las previsiones de Inditex eran de una subida de ventas del 19%, a pesar de que el precio objetivo por acción de la compañía Abengoa fuera 8´34 euros y que se formase un throw back en los precios de entrada de Ferrovial, para aminorar los riesgos. Pero lo más sorprendente fue que Eurus Enegy Japan Corporation iba a adquirir 31 aeronavegadores Gamesa Eólica G80-2.0MW, algo realmente esperanzador e increíble pocos meses atrás. Al leer estas noticia me saltaron las lágrimas. No pude evitarlo. Josefa me preguntó si me pasaba algo. Comenté que no, que se me había metido una pestaña en los ojos y que me picaba mucho. Hice como que me quitaba algo de un ojo y fui controlando mis emociones. Bromeó al decir que si es que estaba embarazada. Sonreí y nada más.

¿Cómo podía explicarla que lloré al no importarme nada lo que leí? Cuando fue algo que hice a diario al comenzar la jornada laboral. Los resultados de la Bolsa me llenaron de emoción, suponían mis alegrías y penas en el trabajo. Leía extractos de diversos periódicos e informes, completados con gráficos candentes que bajaba de internet. Ahora es como si leyera chino, ni me va ni me viene. Y eso me da mucha pena porque ya no controlo el mundo, pero, por otra parte, me alegra, pues tengo mi mundo. El cambio fue tan brusco que me permitió ver ambos a la vez. Lloré porque lo de atrás quedó atrás.

Desde esta parte del mundo todo eso que parece que mueve el mundo de las finanzas no se nota en la vida cotidiana, no se ve. ¿Dónde está? Sin embargo penetra en cada céntimo de euro que movemos. En la vestimenta, en la comida, vivienda, en los programas de la televisión, en los cines se mueve el dinero que va y viene a un lugar remoto de quien vende y compra. Es un poder invisible que funciona con la fuerza del dinero, el cual coge fuerza en las ambiciones más pequeñas y en las más grandes, en el deseo de poseer mucho o poco. Forma parte de nuestra mentalidad y el dinero forma los cimientos de nuestra sociedad. Allá, en lo alto del mundo empresarial es algo palpable, es el aire que se respira. Desde abajo, no se ve, se imagina. Las estadísticas, valores del mercado e forman un mapa con el que juegan a su antojo quienes llevan las riendas de los negocios y su único norte es ganar más. . En lo terrenal de ese dorado paraíso cada cual puja por su porción mínima y hacemos de ella una causa, un destino, una pasión. Así funciona la economía. Ni los de arriba son malévolos ni los de abajo idiotas cada uno juega donde le ha tocado. ¿Qué poder tengo yo? me creí la reina de Jauja. He participado en el diseño mundial del mapa financiero. Impulsé campañas que han movido millones de euros. Ahora mis ahorros no llegan para pagar la entrada de un piso.

Tu especialidad, una de ellas, porque siempre que hacías un plato dijiste que es tu especialidad, fueron las tortillas, en especial la de patata. La dejabas jugosa y blandita. Otras eran de atún, de espinacas, de pimiento. Los huevos revueltos con champiñón los hacías con mucho ajo. Yo siempre había tomado la tortilla de patatas de aperitivos, para picar, nunca como una ración de comer. Cuando vi en la mesa media tortilla en cada plato te pregunté si se come así. Te reíste. Yo también al descubrirme tan simple.

Me llevé una sorpresa, cuando una tarde, paseando por un pueblo contiguo, Laguna Dalga, vi un animal enorme, deformado y abufarrado ¿Qué es eso? ¡Un cerdo! la imagen que tuve de ese animal fue la de los cochinillos de Segovia y de los restaurantes de la Plaza Mayor de los madriles. Tan chiquititos. O también la de Porki, en la televisión. Un animal tan feo y tan gigante jamás me lo habría imaginado. la señora que lo llevaba, guiándolo con una vara creyó que le tomaba el pelo. Pensaría que soy una jilipollas. Pero ¡qué iba a hacer si jamás vi uno! Para aquella buena mujer del cerdo es bonito hasta el andar. Así lo dijo. Tú me indicaste que me fijara en los ojos. Efectivamente tiene una mirada profunda y ojos llenos de vida. A la mañana siguiente me recitaste un poema dedicado al cerdo. Quiero recordar, pero no me acuerdo más que de aquella rima que dice: “Eres cerdo

pero no lerdo“.

Cuando terminé de comer por primera vez tortilla de patata como menú, me gustó tanto que te aplaudí.

¡Un aplauso para Pacito! ¡Viva el cocinero! – Saludaste igual que si te aplaudiera una muchedumbre.

Aclaraste que también eras restaurador, pues hacías la presentación de plato. Cierto que llevó aquel pedazo de tortilla un ramito de perejil. Indicaste que Arguiñano se lleva la fama de perejil, pero que tu padre, el señor Bermejo, lo usó antes, como condimento y como adorno.

Aplaudir las comidas que hacías se convirtió en una costumbre. Menos cuando hiciste pato al horno, con salsa de naranja. Te quedó durísimo, de manera que no fue comestible. Estuviste cuatro horas en la cocina, pero dio lo mismo. Lo tiramos y te abucheé, en bromas y cariñosamente. Pusiste cara de mal genio y viniste hacia mí. Intenté escapar porque me querías comer. me diste mordisquillos en el cuello. me zafé y me senté en el sofá. Te llamé mimosamente “patoso“. Tú a mí: “patita“. Dijiste que ibas a meter la pata, con doble sentido. Me quitaste las bragas y yo a ti el pantalón. Te desvestiste de lo demás, al mismo tiempo que yo. Tus manos fueron peces que nadaron y colearon en mi cuerpo. Convertiste mi piel en oleaje. Tus dedos buscaron los rincones más íntimos. Uno de ellos en la vagina parecía un desatascador que quiere dejar pasar una corriente de placer. Saboreaste ese dedo explorador, como si fuera un chupa chus. Con toda su humedad lo penetraste en mi ano. Me dio un gusto muy especial, sobre todo cuando dabas saltos de dedo en la entrada del orificio. Volviste a lamer el dedo y ensalivado recorriste con él mis labios. Lo chupé y sentí emoción. Emoción de hacer eso, de comunicarme contigo de esa manera. Me pediste que te tocase el ano y que lo metiera un poco. Lo hice. Luego le saboreaste. Compartimos, después, nuestras lenguas batida una en la otra.

¿Te parece que hacemos guarrindongadas?

– ¿Qué? – No te había entendido.

Guarradas

Guarraditas – te dije – pero de amor, con mucho amor. Me gusta. Es bonito y me da gusto probar esas cosas.

Pensé que te sentirías incomoda

– ¿Cómo se te ocurren esas cosas? –

Se me ocurren. Me entran ganas de hacerlo. No lo pienso – Al tiempo que me hablaste recorriste el arroyo de pelines que van de la vulva al ano. Ese recorrido me dio escalofríos que hicieron titilar el clítoris y a la vez de esa sensación salieron relámpagos que iban a parar a la parte de atrás de las rodillas. Luego la piel de tu mano se hizo piel en mis mejillas, barbilla, cejas, del borde de la oreja, del lobulillo. El tiempo se paró a nuestro alrededor.

Cada vez que hemos hecho el amor ha sido algo muy especial, una fiesta en la que realmente hemos fabricado amor, inventado nuestra relación amorosa. Hemos esculpido nuestro cariño con las manos, los labios, las piernas, el cuerpo entero. Tu polla ha cincelado mi interior. Has sentido mi vagina, mi lengua, mis dedos que han sido pinceles que pintan placer. Y tú encendiste mi cueva de placer para convertirla en un volcán en erupción, cuya lava se va licuando, y emanan gases, que son sensaciones de un tacto invisible. Y has hecho que sean erupciones en una fiesta de fuego, luces y estallidos convertidos en piel.

Del sofá me bajaste al suelo. Me colocaste boca abajo. Apoyé la frente, las manos y las rodillas sobre la alfombra. Abrí las piernas para esperarte dentro. Miraste atentamente mi culo: “que bonito“, dijiste. Lo acariciaste con el anverso de la mano. Percibí resplandores de luz convertidos en tacto. Igual que el sol se refleja en un río. Tus roces se convirtieron en chispas de placer, que se iban juntando, para formar un montón de pasión indomable. Creció mi deseo de ser poseída. Mi pensamiento se derretía por todo el cuerpo. Oí los movimientos que hiciste para posicionarte detrás de mí. A través del aire tu traslado en corto fue una caricia. Agarraste mi cadera y penetraste en mi cavidad vaginal. Hiciste varias razzias. Cuando sacabas el pene soplabas mis nalgas y a la rajita del culo. Luego arremetías de nuevo mientras que tu pulgar se hincaba en el ano. Una vez ahí lo hiciste vibrar. Estuve a punto de estallar y parabas. Un reflejo de deseo cargó de ansia mi cuerpo. Con la polla dentro dejaste de moverte. Cogiste mis bragas para rozar la piel de mi culo todo y con la tela rozabas la línea del ano y a él mismo ¡Qué deleite! De prisa te agitaste. Despacio moviste las bragas para despertar los pelos de atrás. Otra vez de prisa. Se formó un remolino de pasión, un torbellino que giró en la vagina y el huracán se extendió. Noté que mi ano se convirtió en la boca de un pez, que se abre y cierra y en cada roce tuyo para atrapar ondas de placer. Con los ojos cerrados sólo sentí. Ora la respiración. Ora inmersa en una montaña de gozo. Sentí tu pene en las puertas del ano. Penetraste con fuerza. Sujetaste la cintura . Noté una incomodidad, pero a medida que te moviste se convirtió en gusto, en gustazo. Me moví con suavidad, mientras tu embestías con empuje. Las bragas me rozaban alrededor. Quise estrellarme en el orgasmo que te iba llegando, según percibí por tus gemidos. Froté el clítoris con avidez y chocamos a toda velocidad con el latido de placer que se hizo común. Toda mi genitalidad chapoteó hasta muy adentro. El ano palpitó. Nuestros genitales cantaron la misma canción. No me moví, pues el eco del orgasmo siguió pululando. Rozaste tus mejillas, tu frente, tu nariz y labios en mi culo ¡Qué rescoldo de placer!

Me ayudaste a levantar, pasado un rato. Bailamos, sin música, sin mover los pies, sobre el vaivén de nuestros cuerpos, apoyado el uno sobre el otro. Se nos abrió el apetito y nos inflamos a yogures de macedonia, galletas y chocolate.

Tus famosas tortillas de patata decías que son recetas ancestrales. Para cada plato tuviste un cuento, una leyenda que saboreé con tus palabras. Inventaste dichos milenarios y mezclas de hierbas inexistentes, para las digestiones, la piel o evitar la sudoración. Me querías hacer ver lo importante que son las horas de hacer las comidas, para que les diera los rayos de sol. También lo valioso que es para guisar medir al segundo el tiempo de cocción o el tiempo en el fuego de cualquier ingrediente. Cada alimento ha de guisarse con su debido y muy preciso tiempo. Mi padre decía que los quesos franceses son los mejores porque tienen mucho cuento y leyenda a su alrededor, de manera que hasta los agujeros del queso Camberbeg llenan la barriga, y los de olor asqueroso han logrado que sean una exquisitez. Cuando te conté esta anécdota, te mostraste orgulloso. Dijiste que no eres francés, pero sí un gran cocinero.

Respondí a tu pregunta de cómo sabe la lefa, el semen: a huevo crudo batido, al jugo de la tortilla cuando no tiene sal. Una vez te vacié con mi boca, tumbado en la cama, tu licor germinal. le llevé de tus entrañas a tu boca y lo saboreamos unidos. Los besos fueron alimento de nuestra relación.

– ¿Todos los hombres sabemos igual? – Con tal pregunta me dejaste petrificada. Me sentí incomoda, igual que si fuera de paseo y cayera de repente sobre mi cabeza una avalancha de piedras. Mi corazón se aceleró. Te diste cuenta de mi situación.

No lo sé – me calle en medio de un silencio embarazoso. Realmente nunca me había parado a pensar sobre el sabor de la espesura fecundadora – No he probado el de todos los hombres del mundo – Quise hacer una gracia, envuelta en un velo de tristeza transitoria y sin querer. Sonreíste. El tortazo que sentí por dentro con tu pregunta fue un encontronazo ingenuo. Pasó que mi tiempo pasado apareció como entre los dos y ante mí. Al mismo tiempo la sensación de estar contigo fue algo único, pero frente al ayer quedaba diluida nuestra relación. Sin embargo ha cristalizado de tal manera que llegamos a ser uña, carne y alma.

Perdona mi curiosidad, no quería saber nada más – dijiste, después de un rato de silencio. Estuvimos mucho tiempo acariciándonos las manos, nos besamos las palmas, el envés y entrecruzando los dedos. En un momento dado tus palabras volvieron a gotear – A mí tu vagina me sabe a agua salada con miel.

Qué sabor más raro

Pero me gusta mucho – Mis manos perdieron la suavidad cremosa de antaño. las noté fuertes, pero más marcadas en los pliegues. Entre las tuyas adquirían vida. Al lado uno del otro respiramos el amor.

Uno de nuestros juegos fue imaginar la luna de miel. ¿Adónde iríamos? En cuanto ahorráramos haríamos un largo viaje. Recorrimos países con el dedo sobre el mapa y nos contamos aventuras que íbamos a vivir en lugares lejanos. Un día, cuando llegué del trabajo, me prometiste que iríamos a la luna de miel, de inmediato.

– ¡Qué bien! En qué ¿adónde? –

– Sorpresa –

Comimos un huevo escalfado en caldo de Avecrem, con pan migado y perejil, una ensalada de pepinos con salsa de yogur blanco. De postre sacaste la luna de miel. Te aplaudí y me levante para darte un beso por tu ocurrencia. Mi sonrisa se abrió como una ventana al amanecer en primavera , de par en par. Presentaste en la mesa un plato blanco lleno de miel y piñones. Cada simiente de pino representó un país diferente. Comimos esa mezcla viscosa con una sola cucharilla y con los dedos. Nos pringamos la cara y nos limpiábamos el uno al otro con la lengua, los berretes de la cara, de las manos.

– Te quiero de la luna al sol, volver, dar mil vueltas a la tierra y darte un abrazo – me abrazaste.

– Y yo de la luna dar mil vueltas al sol y viajar a China y volver un millón de veces – te besé los labios.

Acabamos lamiendo el plato. Mientras que lo hice me tocaste el pezón de la teta derecha. Seguí con los lametones. Desabrochaste mi camisa y chupaste y mordisqueaste un pezón. Y el otro. La untaste de miel. También yo toqué tus pezones adivinando donde estaban. Tu polla, apoyada sobre una de mis piernas se enarmonó con endereza y rapidez. Chupé un pezón tuyo y rocé tus ingles y la cara interior de tus muslos. Brotaron estas acciones mutuas como la semilla en tierra fértil durante la primavera. Nunca imaginé que me saliera espontáneamente esas formas de hacer amor. Jamás lo hubiera premeditado. Surge igual que el vuelo de un pájaro al oír un sonido, de la misma manera que la nieve cubre los tejados, así el recuerdo me cubre los pensamientos, los guarda y conserva.

Nos habíamos quedado completamente desnudos. Fuiste andando de puntillas hasta el dormitorio. Te seguí con sigilo, expectante, debido a que te mostraste insinuante. Al llegar a la puerta me dejaste pasar primero. Me pellizcaste el culito. Tu dedo recorrió mi espina dorsal. Amasaste mis hombros y depositaste los besos sobre la piel del trapecio. Te tumbaste en la cama boca arriba.

Nos vamos en avión

– ¿Adónde?

A ti – dijiste.

No, a ti – te repliqué.

Sentada a tu lado repetimos “no-a-ti” durante un rato, mientras que yo de recorría el cuerpo con las uñas haciendo cruji-cruji, como tu decías. Me coloqué cruzada sobre tu vientre, formamos una cruz, y me amasaste con besos, el cuerpo, haciendo de mí una masa relajada y blanda. Luego te zafaste y estando yo tendida seguiste con tus masajes que estiraron mi carne a modo de goma. Separaste mis nalgas y allí echaste saliva dos veces. Noté dos sombras de golpes que se extendieron por dentro, y una lava de deseo recorrió mi interior. Con el dedo esparciste el jugo y en el ano te parabas entretenido en él, con un juego suave y lento.

Me despertaste de ese ensueño de placer apretando un glúteo y luego el otro. Te volviste a tumbar dejándote caer sobre la cama. Me coloqué sobre ti introduciendo tu miembro eréctil. Me moví, pero luego quietos nos tocamos los pezones a la vez. El deleite goteaba y un poso de gusto iba llenando, paulatinamente, mi cuerpo entero. Me sentí la prolongación de tu polla. Luego supe, al leerlo en una de esas revista que tiene Josefa, que el nombre de “polla” viene de “estar sobre los huevos”, como yo estuve. Moviste tus caderas de prisa. Boté como una pelota en manos de un niño. Te moviste con suavidad y me tocabas los pezones. Yo dejé de hacer lo mismo en los tuyos pues mi avaricia de más gozo hizo que me frotara el clítoris. Mi vagina se convirtió en un libón. Estalló el alborozo y a borbotones manó lujuria de piel carnal. Me desclavé de tu pene derretido, para recostarme sobre ti. Coloqué la cara sobre la zona de tu corazón. Te rasqué la cabeza con languidez, y tú me arañabas suave la espalda. La fatiga descansada nos adormeció. Las horas quedaron colgadas sobre nosotros. Las palabras “te amo”, “te quiero” salpicaban nuestros oídos igual que las gotas del deshielo caen del borde de un tejado.

Nunca usamos preservativos. Fue una relación desnuda entre ambos, sin pensar. La vida nos hizo chocar y sin planearlo acabamos juntos. Nada que ver con una pasión turca. Tengo ganas de leer esa novela. Cuando vi la cinta de vídeo con Javier se limitó a hacer comentarios contra los moros y ese mundo de allá, de “los otros”, como se les llama. A mí me puso nerviosa ver aquella intriga de pasiones, sin que me supusiera nada especial. Ahora al recordar, sin embargo, parece que me dice algo, pero tengo que pararme a escuchar qué dicen sus protagonistas. Escuché los comentarios de Javier, sin dar importancia a lo que dijo, más que una especie de exaltación, que se dice medio en broma, medio en serio. En ese momento me pareció normal. Al fin y al cabo no dejan de ser palabras. Sin embargo ahora me causa resquemor, cierto temblor interior. Dijo que si a él le ocurriera alguna vez algo así mandaba a la mierda a la chica y mataría a todos los “moránganos” del mundo que pudiera, “por meter la polla donde nadie les manda”. Me temo que hay muchas maneras de matar y no todas son visibles. Sobre el autor de la novela dijo que es un maricón de mierda. A mí me pareció, una vez que le vi en la televisión una persona de exquisita sensibilidad, amanerado, pero con una inteligencia y un saber expresarse que me cayó bien, aunque nunca supe más de él. Javier no era así normalmente, pero aquella película le encendió, le puso en el disparadero Para mí fue un poco morbosa, pero ahora me viene a la cabeza el deseo de saber qué siente internamente la protagonista. Quizá algo parecido a lo que he leído de la novela Madame Bovary. El aburrimiento, la aspiración a algo más lleva a las mujeres a tramas interiores y a huir de un hombre a otro hombre, o construir en ellas un sueño, hasta que se rompe. Miro mi vida por dentro y pienso que el azar me ha llevado a una historia singular. Sin ningún hueco atrás, tú me has llevado al amor sublime, a superar la medida de los sentidos, porque los traspasa. Y es algo que no se hace aposta, es casual, al menos yo jamás lo hubiera buscado, ni siquiera recogido aunque lo tuviera frente a mí y tu me llamarás a los cuatro vientos.

Al recordar me hace gracia verme a tu lado con los ojos como platos, sin perder detalle de los culebrones a los que me aficioné contigo. Para ti fue un rito. Para mí algo novedoso, que me atrajo en la misma medida que me provocaba reparo. Llegué a estar tan pendiente que rechacé un turno de trabajo, para quedarme a verlos contigo. Al principio me parecía absurda toda aquella parafernalia de relaciones y desencuentros artificiales, pero al seguirlos día a día me enfrasqué en sus historias. Entre nosotros, acabamos preguntando por los protagonistas, como si fueran parte de una nueva familia. Tu elegías siempre los de la primera y el que empezaba antes. Decías que para ser un buen espectador de culebrones hay que elegir uno y ser fiel a ese, nada de ver varios. Lo cumplimos a raja tabla. Nos sirvió para hablar entre ambos sobre nuestros sentimientos, hacernos preguntas sobre situaciones en las que afloran emociones incontroladas y saber mirar las nuestras. Alguna vez nos hemos visto reflejados, y gracias a esos programas nos vimos cobijados el uno en el otro. Me he sentido muy a gusto contigo charlando e esas cosas ¿Trivialidades? No lo creo.

También te gustaba que te contase la historia de muchos anuncios, y detalles que pasan desapercibidos. Preguntabas como un niño al que se le cuenta un cuento lleno de sorpresas. Decías que después de los culebrones, el mejor programa eran los anuncios publicitarios. Te conté algunas anécdotas y cómo fragüé algunas ideas. Me gustaba cuando decías que yo era una artista. Me sentí llena de orgullo y satisfacción. Me río, porque convertida en una pringada, de cara al resto del mundo, puedo albergar satisfacciones muy simples. Los telediarios no les viste nunca, yo alguna vez, pero con poca atención. En verdad la televisión se convirtió en mi ventana al mundo y a otros mundos más subjetivos, adonde nos asomamos a la vez. La vida, no sólo mi vida, se había convertido en otra vida para mí.

En las telenovelas se ve las emociones a flor de piel, mezclan unas con otras y representan con personajes los sentimientos del ser humano, hacen de malos o de buenos, de despiadados o de ingenuos, pero en realidad representan sensaciones, sentimientos a los que se personifica. No sé si los autores son conscientes de esta observación, pero el resultado pienso que así es. Las telenovelas son la mitología moderna, en ella reflejan los productores lo mundano que se proyecta desde el Olimpo actual, la televisión. Sin embargo cuando recientemente he leído una obra de Flaubert, además de percibir unas emociones, me hizo pensar. La narración introduce al lector en una historia que acaba siendo algo propia de quien lee. Leer es vivir una historia o una reflexión por dentro, cuando no solamente se ojea o se hace deprisa. Para mí leer se ha convertido en una comunicación muy profunda. Tú nunca quisiste semejante aventura. Supiste leer torpemente tus poemas y poco más.

¿Fue un gran escritor Flaubert? No lo sé, por lo que dice el prólogo del libro. Sí. Parece ser que sí. No entiendo de literatura. Cogí aquel libro por azar, divagando con la mirada en la biblioteca. Fue una lectura especial. Su protagonista, Emma, se ha hecho mi amiga. Una especie de Josefa, pero para mis adentros.

La novela “Madame Bovary” es mucho más que el drama de un adulterio, o dos, en una época de formalismos extremos. Cada tiempo tiene los suyos, pero siempre se ven los del pasado. He quedado insatisfecha con este libro, que quiero volver a leer. Falta algo fundamental que no basta con imaginar ¿Cómo hizo Emma el amor con Carlos, con Rodolfo, con León? ¡Cómo! ¿Qué sintió, a parte de las dudas sobre su conducta? ¿Se masturbó alguna vez pensando en el vizconde? Ella no es una insaciable sexual, ni una transgresora. Fue empujada a esa situación que vivió. Buscó algo que ni ella supo que era. Carlos sería un dietético del sexo. Rodolfo un glotón ramploncete y León un goloso que acabó empachado de la dulzura de su amante. Pero no basta con suponerlo ¡Flaubert, escritor francés! ¿Cómo hizo el amor Madame Bovary? Cuentas cómo murió, cómo comió, su manera de galopar, narras cómo es el sonido del campo al amanecer, lo cual también se puede suponer, pero no cuentas cómo se acostó y cómo llegan al orgasmo ¿Qué sintió al latir su piel? No sólo se suicidó Emma, también tu novela ¡oh, Flaubert!

Pregunto porque los personajes de mujer han sido creados por varones. Nunca se me ha ocurrido hacer está pregunta. Hubiera querido escuchar la opinión de Josefa. Cervantes, Dulcinea. Goethe, Margarita. Zorrilla, doña Inés. Sakespeare, Julieta. Y a su vez crearon respectivamente un personaje varón: don Quijote, Fausto, don Juan, Romeo. Y otros muchos que desconozco, más de oídas son suficientes, para saber que de oídas también no sé de personajes que haya creado la mujer con valor universal ¿Por qué? Jamás me importó este tema. Ahora… ahora lloro, no sé porqué. Tal vez esta sea la respuesta. Las mujeres han escrito lagos.

Con tanta sexualidad de cine, de telebasura informativa o cotilleos de salón sobre personajes públicos, se desnuda la mirada que nos ciega ante el mundo que nos recorre. Sin embargo la literatura es incapaz de desnudar el pensamiento, para dejarnos ver el mundo que nos rodea, el que llevamos dentro y el que sale fuera. ¡Flaubert resucita! y vuelve a escribir tu novela, sin castrar a la palabra! Yo te imploro Flaubert ¿Es el mundo de traiciones y de corazones rotos del papel cuche lo que nos queda? Emma, te fuiste de un mundo vestido de vanidad y dinero, emborrachado de idiotez supina que se engalana a sí mismo.

Me pregunto, Pacito, si lo nuestro fue la fatalidad flauberiana. No, fue el azar, mas no como una lotería que toca, sino como algo que puede ocurrir, aunque no tenga porqué suceder. Puede ser. Visualizo lo que me ha ocurrido en la visión de una mariposa que vuela de flor en flor. Llega a un jardín precioso y piensa que es la cima del mundo. Mueve las alas y cree que vuela, pero es el aire lo que la lleva. Puede ir a una hoguera, a un desierto o a otra jardín aún más bello, de nenúfares y fuentes de polen. En este último aparecí, creyendo yo que iba a algún lugar. Nuestro amor sólo se puede explicar con palabras. No obstante es necesario dejar que transcurra la vida. Vine de un mundo en el que se razonan las conductas y las decisiones, para pasar a otro en el cual si se hiciera lo mismo la vida quedaría entre rejas y muere la vida misma. ¿Cuál es la frontera entre uno y otro? No la hay. Es igual que cuando Alicia se fue al país de las maravillas, con un pequeño conejo que habla, un castillo en el que habitan naipes. A mí, cuando lo leí de pequeña, no me pareció maravilloso, sino extraño.

Quise tener un hijo contigo. Lo hablamos. Tú querías que no fuera como tú, pero sí como yo, aunque fuera niña o niño. Tuviste miedo de esa decisión, pero sonreíste. Comprobé en tu gesto la forma de la felicidad, sin tener nada, ni siquiera el vástago. Por mucho que lo hemos intentado no ha llegado. No demos más vuelta a este asunto. Nos dejamos llevar. Navegamos el uno en el otro sin llegar a puerto alguno. Me pregunto si en la vida hay lindes ¿puertos a los que llegar? O, simplemente, la vida es, y todo aquello a lo que se llega es una ficción.

Te vi sanamente feliz, seguro de ti mismo. Pero no querías que un hijo o hija tuya se pareciera a ti.

– ¿Por qué no quieres que sea cómo tú? Eres muy majo. para mí eres encantador. cariñoso, simpático-

Soy diferente – Fue tu escueta respuesta. El resto de la conversación fue un monólogo por mi parte para convencerte de que es lo mismo cómo sea cada cual. Comprobé que fue un ánimo inútil.

Tuviste que cargar con tu ser y superar todas las dificultades para seguir adelante, que en definitiva es vivir. Te adaptaste a un ambiente en el que fuiste uno más. Y siempre con tu padre de Lazarillo. Fuiste alguien especial, como creí que lo había sido yo también.

Para ser como yo tendría que nacer alguien como tú, aunque fuera en China – dijiste – Sólo así sería maravillosa su vida.

– ¡Tan lejos ¿En China? –

Da lo mismo, donde naciera. Se encontrarían – Tu tartamudez se agudizó.

Entre tú y yo no hubo nunca miedo al vacío. Podíamos estar uno al lado del otro sin decirnos nada, o mientras yo leía tú hacías tus manualidades, o sin hacer nada ninguno de los dos. He sabido, gracias a ti, lo que es el sabor del silencio. Puede parecer una tontería ¡pero es tan importante! Ese área de comunicación sin más es lo que cementa la unidad de la pareja. ¡Qué sensación tan nueva para mí! Al igual que otras que emanaron de esas caricias de silencio, pues se convirtieron en roce a la parte interna de la piel, pero como algo táctil, tocable, que he sentido físicamente. La caída de cada ruido, de cada sonido estremece. Al estar juntos tus palabras han chocado con mi cuerpo y han lanzado amor y cada beso, cada acto amatorio ha sido una erupción de orgasmos y de emoción, cuya lava ha sido un sentimiento solidificado en torno a nos.

Un día apareciste de pie en la cama, desnudo. Hiciste sonar una flauta de bambú que compraste a un compañero de otro puesto en el Rastro. Te la cambió por un palomar. No sabías hacer música con ella, pero te empeñaste y sonó con cierta musicalidad, pero sólo cierta y siendo condescendiente. Miré tu figura esbelta, hasta quedarme dormida con ese sonido suave y el aspecto rutilante de tu piel. Todavía veo esa imagen como si fuera el recuerdo de un sueño.

Dormíamos desnudos. Tu piel fue mi piel y la mía tuya. Formamos una unidad de amor tal que cuando te acaricié sentía esa caricia en mí. decías que te pasaba lo mismo y que al recorrer mi cuerpo con tus manos te llegaban corrientitas eléctricas que se juntaban en la punta de tu pene. Decías que al besarme, al verme, se te llenaba de semen y quería salir Mi vagina quería latir para vivir el amor, para cogerlo dentro de sí y sembrar el cuerpo de cariño y dulzura.

Mis caricias anduvieron vagabundas por todo tu cuerpo, como patas de palomas que deambulan por la ciudad. Tales aves al mismo ritmo mueven su cuello, el cual fue tu pene, que me acarició por dentro, al mismo ritmo que mis manos rozaban tu piel. Volamos y ululamos esculpiendo el aire que nos rodeó. Cada segundo de hacer el amor fueron plumas que vistieron nuestro particular placer. Igual que el roce del arpa emite notas musicales, al rozar mi piel hiciste saltar notas táctiles de placer.

Recordar es una masa etérea viscosa y compacta. No tiene principio y final. El recuerdo está en la mente, sale lo que se pellizca, entonces es ese trozo el que se ve, unido al resto. No puede haber orden al mirar al pasado, sino imágenes que surgen, porque el tiempo se hace presente sobre las emociones que brotan en cada momento.

He sentido con tus manos en mí cada poro. Se abren y cierran, como manos diminutas para atrapar las caricias de piel. Cuando terminábamos de hacer el amor, éste se convertía en una nube que nos envolvió. Muchas veces al llegar al orgasmo es cuando comenzamos a hacer el amor. Después de relajarnos. Permanecimos unidos espiando mutuamente nuestras respiraciones. Cuando estallabas de placer aún te quedabas sobre mí para besar mis senos, mi cuello, la boca. Quedabas recostado sobre mí, con la cara puesta en la zona cordis, con la cabeza encajada entre las dos tetas. Fueron sensaciones de algazara. Notabas palpitar mi corazón y yo sentí orgasmos de vida también al respirar. Me gustó resollar sobre tu piel, recoger tu aroma. En no pocas ocasiones nos oliscamos mutuamente hasta dormir.

Una vez nos pusimos en forma de sesenta y nueve. Nos besamos en la misma zona del pubis en uno al otro. Te dije que me hacía daño cuando subías tus labios y la barbilla me apretaba el clítoris. Tuviste cuidado. Luego me senté para frotarme sobre tu frente, mientras tú toqueteaste mis pezones y luego manoseaste mi culo. Volvía a tu pene, a succionarle por cada parte. Mientras descansé me incorporé sólo un poco, y saboreaste la boca de la vagina y el orificio anal. Luego seguimos ambos, tú en el clítoris y yo en el pene, hasta sacarle todo el jugo. Mi corazón de placer latió, pero note el bufo de tu boca acompañada de un sonido de soplo intermitente. Avivaste el rescoldo de una zona flotadora de gozo y deleite. Llovieron besos para ti y para mí, hasta quedar tranquilos, yo reposada sobre ti. El sueño nos envolvió. A la mañana siguiente me dijiste que tener toda mi parte sexual frente a tu cara y correrte viéndola y saboreándola, había sido una bomba que hizo volar todo tipo de sensaciones corporales y que aún daban vueltas en tu cabeza. Después de desayunar volviste a la cama, para recrearte en la moviola, según me contaste. Durante dos días nos recorrimos la piel mediante masajes, pues aquella noche calmó sobre manera la erupción sexual.

Muchas mañanas me sentí ida, con la resaca de una borrachera de ti. Fue una sensación literalmente así. Al salir a la calle me perecía andar entre carrascas de colores en una dehesa encantada. Como aquella vez que tú estuviste tumbado en la cama, recostado con los ojos cerrados. Yo había terminado de leer en la butaca del salón. Me desvestí. Intuí que me miraste de reojo y con disimulo, mientras me desnudé. Sin pensar nada, me quedé únicamente con la camisa. Me arrodillé en el extremo de la cama sobre tus pies y me masturbé con uno de tus dedos gordo, movíame con fuerza cuando me hollaba en tu extremidad inferior. Tú inmutable. Y yo coleando hasta saciarme. Reí de gusto, con una sonrisa de placer que extendió el deleite por toda mi cara ¡Qué placer! Luego me acerqué, sin camisa, a tu vera y unimos nuestras bocas, mientras que tú agitaste con la manoel pene con avidez. Nos miramos y brindamos con una sonrisa larga y una mirada linda.

Juntarnos podía ser el preámbulo de una pasión y desenfreno o una nana que nos entrelazase el uno al otro. El pensamiento nunca interfirió en establecer una pauta o una acción premeditada. Alguna vez nos despertamos a medianoche e hicimos el amor, siendo penetrada somnoliento tú y somnolienta yo. Un beso, una respuesta y te colocabas sobre mí y pumba, pumba, pumba hasta quedar saciados, aunque yo no siempre con el orgasmo. Poseernos formó parte de nuestros sueños.

¡Cuántas veces he recorrido con mi nariz tu cuerpo y viceversa! ¿Cuántas se unieron las dos para juntar nuestras respiraciones en una sola! Puestos frente a frente hicimos sólida la mirada y, sin tocarnos formar una atmósfera en común. En vueltos en ella, nuestros gestos danzaron.

Me ha gustado husmear tus inglés, y la separación de tus nalgas recién duchado, y tus manos, y tu pene. Tú inspiraste la piel de mis sobacos, el cuello, el vientre. Me hacías cosquillas y exhalabas el aire mientras que sujetabas mis ijares. Fueron momentos tras momentos de exquisitez. El deseo de poseernos emergió como los manantiales de la tierra, desde lo más hondo a la superficie, para luego transcurrir en corrientes y riberas, hasta llegar al mar infinito. Fuimos submarinos que de la superficie fuimos a las profundidades del cuerpo. Cada rincón un nuevo lugar. Mi ansia de tenerte dentro de mí se sumergió con tus lenguetazos, con tus manos, en tu cabeza, espalda y torso.

Una vez colocaste tu cuero cabelludo sobre mi pubis. Moviste la cabeza enredada en la zona de Venus, hasta convertirse esa parte en una vorágine de la cual salta el placer ¡Son tantas las escenas que se agolpan en mi recuerdo! Apenas puedo ordenar su sucesión en el tiempo. Cada una de las acciones de nuestro peculiar arte amatorio forma parte de mí. Todavía, esos ratos tan profundos, esculpen mi respirar.

Una tarde jugueteamos haciéndonos cosquillas, nos metimos las manos en los genitales pillinamente, con toqueteos obscenos. Nuestras risas saltaron con nosotros. Colocaste mi cuerpo hacia abajo y te pusiste a besar y mordisquear mis nalgas sobre las bragas. Percibí tus dentelladas a modo de destellos sólidos que se pegan en el cuerpo. Ibas a quitármelas, cuando te pedí que lo hicieras con la boca. Noté tus dientes, tu boca ansiosa, como si fuera una sierra mecánica que me hiciera cortes y rajas de gustura, heridas de placer que no dejan huella. Con tu lengua convertiste mi culo en un helado de fuego, con sabor a llama incandescente. Recorriste por detrás el ano y sus alrededores , los labios vaginales y hasta el clítoris cuando yo elevaba esa zona para buscar tu fuente de boca. Me coloqué a gatas con la cabeza apoyada en la cama. Penetraste mi abertura vaginal despacio, mientras yo me agité el clítoris. Aceleraste y gemimos a la vez, en un mismo susurro de regodeo. Nos derretimos adormecidos. Toda yo fui una hallulla y en mi vagina quedó el rescoldo de una hoguera que tú avivaste y convertiste en un incendio.

Tus besos: golpecitos de un pequeño martillo de relojero, que pone en marcha el mecanismo de del movimiento pendular, el tic-tac, de la sensibilidad carnal. Cada recuerdo de la fusión de nuestros cuerpos hace presente nuestra relación. Tus besos en la boca: gotas de lluvia que inundan de amor el cuerpo. Tu lengua: ráfaga de fuego que hace del calor escultura que, finalmente, explota. Llenas mis entrañas de toba. Haces de mi vello pámpanos. Tu miembro horada mi cuerpo de delante atrás y de atrás adelante.

Me has hecho masajes recorriendo cada parte del cuerpo, con tus manos, con tus dientes, con tu pene flácido, con tus labios, la lengua, nariz y pies. Has transitado cada rincón de mi. Por dentro has masajeado con tus palabras y silencio cada átomo de amor. No he necesitado llegar siempre al orgasmo, porque el día siguiente, el rato contiguo era la continuación de lo anterior y lo anterior con lo anterior y posterior. Cada caricia, cada palabra, cada mirada, cada paseo, cada disputa en miniatura han sido puntadas de cariño, de un amor que nos ha vestido.

Nos hemos duchado juntos y dormido dulcemente, el uno al lado del otro. El interior de mi vagina se convirtió en un lago de placer sin oleaje. El resplandor de tu acercamiento irradió por todo el cuerpo. Tal sensación todavía late en mí, perdura como la sombra del tiempo. No tengo la palabra, pero sí la traducción literal de lo que en japonés se dice “kotaba“, “la hoja del pensamiento“, y así es mi recuerdo. Un asesor de mi empresa propuso esa palabra como marca de una franquicia de motos, sobre la cual yo fui la responsable de la campaña de mercadotecnia y publicidad. El lema de la promoción iba a ser “piensa en comprarla”. Tal palabra ha caído ahora en mi cabeza, avisando de que existe ¡a mí que arrancaba los conceptos de las palabras para traducirlos en dinero! Hacen eco en mi mente unos versos que he leído recientemente de Sandburg, en una cita literaria: “…el dinero y los valores se tornaron

en ceniza, en polvo, en la fría tumba

… Los amantes son perdedores, dígame si alguien

saca más provecho que los amantes

… en el polvo,

en la fría tumba“.

Como hizo el poeta pregunto también ¿que lugar es éste? ¿dónde estamos ahora? y juro que no lo sé. Si tuviera que dar una respuesta diría: en la palabra, imbuida de palabra, desde la palabra y llena de ellas, pues necesito construir y reconstruir mi vida, como si de ladrillos de la existencia se tratara. Lloro, otra vez lloro ¿Es qué un hombre cuando escribe nunca llora?

Aún no doy crédito a haber sido capaz de desnudarme ante ti, con movimientos sinuosos y gestos provocativos. Me había desinhibido sin darme cuenta, quizá por verte a ti hacerlo de manera graciosa, a modo de juego. Hasta llegué a ponerme de espalda, inclinarme y abrir los glúteos para darte a la vista mis oquedades que tanto te gustaban.

Una mañana aparecí desnuda ante ti. Fui cubierta con una bata de naylon, desabrochada. Estabas sentado en tu silla de trabajo. Tus manos treparon por mis piernas, patinaron en la espalda y fueron grúas en las nalgas. Tus dientes tiritaron en mi pezón. En uno y en el otro. Derretiste mis sentidos. Sudé gusto. Tuve la sensación de tener ganas de hacer pis. Sentí licuarme con tus roces. Me di la vuelta y me puse a gatear con la bata levantada sobre la espalda, me convertí en lo que luego han sido los únicos versos que he derramado en mi vida : “¡Que venga! / que venga mi gatita parda / con su vestido de cola / con su traje de marfil / y su aroma de bengala. / Que venga / ¡que venga la gata parda! /que yo estaré aquí / esperando su llegada”. Fui tu gata parda con mi piel de marfil y vestida de cola ¡ay!

En menos de un segundo te quedaste desnudo. Caminaste de pie tras de mí. Sentí el apretón de tu mirada. Escuché la agitación de tus pulmones. Gateé despacio. Tu pie desnudo me dio suaves patadas en el culo y en el pubis, casi rozadoras. Latió mi trasero. Seguí gateando por el pasillo ¿Cómo se me ocurrió hacer aquello? Lo realicé sin pensar. Mi mente se paró para ser receptáculo de tus deseos. Jamás me dijiste que hiciera nada parecido, pero se me surgió.

Temblé de emoción cuando te colocaste detrás de mí, a gatas y besabas a cada paso mis nalgas. Mi respiración se hizo orgasmo. Depositaban tus labios los besos, se hicieron ventosas que succionan el agrado de tu aliento sobre mi piel trasera. Gateando me subí a la cama, y a cuatro patas me quedé en el borde. Mi trasero, helado ardiente, fue lengueteado por ti. De pie al borde del tálamo, me follaste apretando con las manos mis caderas y en breve estallé de orgasmo, con latidos anales, en el que colocaste la yema del pulgar. Arrojaste dentro tu semen, y noté tu meneo rápido en toques laterales. Lloré cuando te vi llorar de placer. Quedé recostada sobre tu brazo. Tus lágrimas brillaron. “Qué bonito, que bonito y que feliz es estar con ti“, dijiste.

Recordar se ha convertido en vivir lo que me queda de vida. O tal vez se evapore en el fragor de aquello que está por venir ¿Cómo olvidar cuando te encontré desnudo a cuatro patas en el pasillo, dando tu culo a mi vista? Me desnudé y me coloqué como tú a espaldas de ti, culo con culo, que acoplé, para brindar con nuestras nalgas. Las movimos, como a veces hacías tú cuando coincidíamos en la cocina, y con disimulo provocaste roces que pasaban de largo, pero se acumularon en nuestros cuerpos y luego gastábamos ese placer en cualquier momento y lugar en que hiciéramos coincidir nuestros estallidos de gozo. Aquellos roces de culo fueron pinceladas que pintaron un horizonte entre nosotros, pinceladas de infinito, dibujos de aire que colorearon de amor nuestra relación. Me di la vuelta, luego tú y un beso de tiramisú selló aquel encuentro, que finalizó así. Luego nada más. Me vestí y me marché al trabajo. Llevé conmigo la sensación de ser mi cuerpo de marfil derretido y luego solidificado a la luz del sol. Sentí llena de goce mi emoción, como si hubiera sido nuestro primer beso, el primer momento de amar en el mundo. Tal sensación se ha repetido muchas veces. Has hecho que sea un pastel de amor que tu has saboreado. Siempre diferente de sabor y cada vez más dulce. Cuando otra vez me puse a gatas, para que me penetraras de espalda, se te ocurrió darme patadas en el trasero, me convertiste en una campana de lujuria. Me empecé a frotar el clítoris y finalmente colocaste quieta la pierna acoplada a mi vagina por detrás. Ambos nos masturbamos y el placer se hizo fuente.

Fuiste un mago de la sexualidad, a le vez que creador de sensaciones, situaciones y provocabas placer de la nada. De tu chistera sacabas un conejo y éste se convertía en mi chochito. Fuiste un traumatúrgico de ti mismo y de la vida ¡Que risa! cuando vocalizabas e interpretabas mirándome los boleros de Mariano Sepulveda. Yo no sabía quien era ese cantante. Para ti un mito de la canción, al que escuchaba tu padre asiduamente. Es muy bonita su voz, en la cinta de cassette, su voz impregna de música y romanticismo los oídos. A tu lado, también la piel.

¡Cuántas veces hemos bailado a solas! rozando nuestras mejillas. Yo fui tu péndulo. Tú un balancín. Jamás me hubiera imaginado bailando sola, siguiendo las canciones de la radio. Esta manera de responder a la música se ha convertido en una afición para mí. Me relaja.

¿El amor es un sueño? Puede que sí. ¿Soñar a alguien es amar? Sí, cuando se toca a ese sueño o a ese alguien. Pero soñar no se elige. Surge. Brota. Seguir las huellas de lo que late en lo más profundo del corazón no es la felicidad, es plenitud, para lo bueno y para lo malo. Aparece entonces, sólo entonces, una puerta por la cual se entra y sale adentro y afuera de una misma. Esa puerta es la relación sexual, íntima, la que une el tú a tú desnudador del cuerpo, de la mirada, de la palabra, de convivir. Desnudador, al fin y al cabo, de la desnudez. Es la otra persona en singular nuestra relación con el mundo.

Los jueves tocaba legumbre. A mí no me importó echar un chorrito de vinagre, pero tú te atiborrabas de ese aderezo. Las propiedades antipédicas que tu achacaste a ese condimento, no se notaron mucho, especialmente con las alubias. Las alubias pintas, muy pequeñas y oscuras, las guisabas con ajo y pimentón. Te quedaban exquisitas, con un caldo espeso y sabroso no más. En éste habías pasado por el pasapuré la zanahoria y la cebolla del guiso. Un manjar, al que me tuve que acostumbrar.

Como las lentejas no te hacían mucha gracia, cuando llegaba su turno experimentabas sustituyendo esa legumbre por pimientos rojos, unas veces asados, a fuego lento, con queso roquefort fundido. Otras los rellenabas con carne picada y tomate, con pimienta y ajo y perejil. Siempre dejé la mitad porque me quedaba muy llena. Me entusiasmó la contextura al paladar de los pimientos y su aroma con la mezcla culinaria que realizabas.

Nos hemos regodeado con nuestra unión, fair l´amour. “Hacer el amor” es la mejor expresión de algo que se trivializa en grado sumo. Efectivamente el amor se hace, se construye, y se realiza de muchas maneras. A veces se hace en la distancia, mediante una conversación, a través de la ensoñación de alguien. No hace falta que las pulsaciones del cuerpo sucedan. El orgasmo es una consecuencia más, un camino entre otros muchos para hacer el amor. Percibir de esta manera la intimidad es una lección de la vida. Muchas veces el acto sexual no hace el amor, sino la convivencia, o la atracción, o el enganche de una pareja ¿Qué es el amor?

En ocasiones varios amagos de rgasmos no estallaron, se diluyeron en el cuerpo. Como cuando me poseíste colocado sobre mí, con fuertes y rítmicos movimientos de cadera. Squé la lengua para moverla con rapidez y que tu la vieras. Jdeaste hasta quedar a gusto. Las gotas de sudor cayeron sobre mi frente. Acurrucado, luego, sobre mí besaste el lugar del corazón. Te gustaba quedarte acurrucadoa cabeza en mi vientre, como un gazapo en su madriguera. He sentido tus latidos como si fueran los míos. Hs esnifado mi cuerpo y yo tu aliento. Tus besos han revoloteado sobre mi piel. Mordisqueaste mis sueños, al llevar el placer a mi mente. Tus caricias han rozado el alma del alma, que hace mi ser.

Una noche quedamos tumbados a lo largo y ancho de la cama, a modo de dos momias meditabundas que dan forma al silencio. Habíamos hecho el amor y complacidos quedamos relajados. En un momento dado te tiraste un pedo. Resonó en mis oídos, como si fuera el disparo de una ametralladora a medio suceder. Solté una carcajada.

Eres un guarro – te dije.

– fue tu escueta respuesta. Te reías.

Un puente de silencio se derrumbó cuando fui yo quien expulsó otro. Otra risa en común. Parecimos niños que descubren en las palabras malsonantes y cochinadas una barrera que al saltarla les hace ser más atrevidos y se ríen con esas cosas.

– ¡Cerda! – gritaste.

– te respondí.

Un beso fugaz botó en nuestros labios. Una nube propia nos envolvió. En los países árabes se echa un eructo después de comer en señal de reconocimiento.aAsaja a los anfitriones. E un gesto de confianza, para el que se dice que uno es cortesía, pero más es guarrería. la ventosidad en común es un pacto de intimidad en la pareja, de confidencialidad. En exceso es una falta de respeto, pero en su dosis de pillinería es una forma de comunicación.

Dos veces que tuve la regla follamos tranquilamente. Tu querías compartir mi sangre contigo y mezclar tu semen con ella, porque decías que éramos uno. Dejé ser poseída por ti, porque cuando te colocabas sobre mí fue como si me tapara con una manta. Tu cuerpo fue mi cobijo. Tu dijiste que la primera regla es “te amo“. Yo que la regla dos es “nos amamos”.

Es imposible que olvide cada paso que nos ha unido, pero una cosa es arrastrar lo no olvidado y otra recordar, cuando el pasado se impregna en el presente, se hace escarcha del pensamiento.

Cuántas veces persistimos con todo detalle y paciencia en buscarnos y recorrer con los dedos cada pliegue del cuerpo, mutuamente. A ti te gustaba colocar la barbilla sobre ellos. Yo en los tuyos los labios.

Cuando me coloqué sobre ti, penetrada con tu pene, te quedaste quieto, hierático. Yo me moví con ganas y fuerza. Tú dijiste que era el baile de Sambito. Salí de ti y chupabas mi clítoris. Al cerrar los ojos la oscuridad irradia luz de placer. Esa luminosidad tilila por todo el cuerpo. Paraste pata masajear mis tobillos y pantorrilla. De espalda a tu pene lo acaricié. Con el dedo escarbaste mi vagina, igual que una lagartija recorre las peñas y entra y sale entre las piedras. Fuiste a tocarme el pezón, pero tu codo quedó ajustado en la vagina. Comenzaste a mover el antebrazo irradiando desde el clítoris ráfagas de sensaciones sólidas. Lo hiciste cada vez más de prisa. Dejabas colgando mi excitación. Froté tu pene sin mirarlo y sentí el esperma escurrirse entre mis dedos. Sentí al instante que la piel de la vagina se convirtió en la tela de una cama elástica en miniatura, en la que un diminuto elfo saltase, y todo lo que queda a su alrededor se estirase. Agotada con los espasmos mi mano se hizo velo en tu piel. Tus manos amasaron mis pies. Al incorporarme a tu lado, en un momento en que me coloqué besaste uno de mis pies. Nos dormimos.

Fuiste un gran teatrista. “Teatrero” te llamaba yo cuando hacías poses de poeta. Poesía fue tu vida misma, tu manera sencilla e inocente de ser. En el rastro regalabas un poema a quien te comprase una pieza. A mí no me gustó nunca entrar en regateos, sin embargo a ti fue algo que te encantó. Y siempre para salir perdiendo. Tú me recordabas, tras tus negociaciones, lo que te aconsejé al comienzo de esa actividad: “para ganar hay que perder”. Pero es así cuando hay una estrategia, un plan y perder sirve para acomodar el negocio en una posición ventajosa de cara al futuro. Perder por perder no lleva a nada, aunque tu gustabas de decir, que sí, que te lleva a la gloria. Que con que leyeran el poema que le dabas te dabas por satisfecho. Y te respondías a ti mismo, ante preguntas que imaginabas, como al decir que si lo tiran a lo mejor lo leía un barrendero o alguien que lo cogiera.

Fuiste así. Una persona capaz de permanecer en la ventana largas horas. Lo mismo viendo la tele. O sentado al sol en el balcón. Te observaba y sentí paz al verte. Incluso una vez que estabas sentado en una silla plegable en el balcón buscando con el dedo un moco en tu nariz, no paré de escarbar y mover la cabeza, como si hicieras una operación quirúrgica muy especial. Una vez yo también me puse a ello. A solas me relajó mucho esa experiencia. Una cosa tan tonta fue un entretenimiento, igual que cuando los monos se quitan las pulgas. Es una cochinada, pero, vacía de miradas, esa actividad es un juego secreto que merece la pena practicar con pasión, sin que nadie se entere. Al otro lado, cuando estudiaba en el colegio, las tardes noches en que preparaba los exámenes me gustaba meterme los dedos por dentro de la braga, me rascaba. Luego olía los dedos durante unos segundos como si fueran armónicas olfativas. Tuvo un efecto relajante. Es curioso que nunca habría rememorado aquel detalle de no ser que reflexionara sobre cuestiones tan nimias.

Hay formas de vivir que abren las puertas a los desvanes del alma y, allá, cabe todo. Desde un trozo de tela que puede hacer de traje de princesa, a un palo viejo de escoba, que se convierte en varita de un mago. El simple recuerdo del abuelo, puede ser en sí mismo su reloj de oro.

Si tuviera que elegir un trozo de recuerdo, aquel que me emociona especialmente y me hace ser más contigo, ser tuya en el sentido de ser, es cuando tras el acto sexual me quedaba turbada, desnuda y arrebujada en ti, con la cabeza sobre tu brazo ¡tantas veces! O cuando te sentabas, desnudos ambos, al borde de la cama y fijabas los ojos en mí. Tu mirada llovió sobre mí ¡tantas veces! Tus manos iluminaron mi piel, y esa luz se hizo sólida. Tus dedos convirtieron el tacto en música de arpa. Tus besos sonidos de diapasón. Tus abrazos orquesta de violines y pianos después de guitarras y trompetas con tus besos, que fueron semillas de suspiros y respiraciones.

En una ocasión te dije si te habías enamorado de alguna chica, alguna vez.

De ti – fue tu respuesta.

Me refiero que no sea yo. Cuando eras más joven. Digo que pensaras en alguna chica de manera especial. Es por curiosidad, nada más – insistí.

“, fue tu respuesta. Contaste tu historia de silencio con ella. La fuiste haciendo realidad en tus sueños y destilaste de ella tus primeros versos. La mirabas de lejos, de reojo. Te fijabas en su sombra, oías sus pasos y voces sobre el sonido de las demás personas, en el murmullo de las aulas del colegio. Por donde ella pasaba, me contaste, respirabas para coger su esencia. Al hablar de aquella historia te brillaron los ojos como nunca. Sonreías y tu mirada se perdía en un horizonte lejano que creaban tus ojos. Movías las manos para abrir espacio a tu sueño.

– ¿Nunca le dijiste nada? ¿Ni hola? – pregunté. Hubieras hablado de algo diferente, del tiempo, de los estudios, aunque sólo fuera para estar cerca de ella, unos segundos.

Una vez nada más. Soñar con ella fue un secreto que compartiste conmigo. Me contaste que viviste aquel sentimiento con más realidad que jugar al fútbol con tus compañeros, o que gastar bromas a otras chicas, con las que os metíais los chavales. Había una a la que los demás le hacían de rabiar diciendo que tú eras su novio. Ella se enfadaba, y más todavía cuando tú lo afirmabas, porque no era ella de la que estuviste enamorado.

La única vez que hablaste con ella te costó un triunfo. Fue en la excursión de final de curso. “Ya te vale” te dije, al escuchar la historia que narraste. Ya no la ibas a volver a ver, pues cambiabais de módulo y tú ibas a uno de formación profesional básica. Al viaje de fin de ciclo no te dejó ir tu padre porque se pasaban varios días fuera de casa. La excursión fue de ida y vuelta. Fuisteis al parque de Atracciones. No montaste en nada, porque no paraste de dar vueltas en como decir algo a esa muchacha. El profesor que os acompañó pensó que era una rareza más de la tuyas.. Pensaste en cómo mirarla cara a cara, para decirle adiós. Alguna vez se cruzaron vuestros ojos, pero nunca más de un segundo. Luego tú recordabas ese instante como el más bonito de la jornada, como lo más maravilloso del mundo. Decías que al pensar en sus ojos te palpitaba el corazón y que te entraban ganas de bailar. Te emocionaste al contármelo. Tus ojos embalsaron jugo lagrimal, sin que llegase a hacerse arroyo en tu mejilla.

El profesor que iba contigo, y la tutora de la otra clase notaron que algo te pasaba. Estuviste solo, mohíno. Nadie supo nada de tu drama interno. Te mordiste las uñas y pensaste mil escenas para lograr un encuentro fortuito. Te hubiera gustado comprar un ramo de flores y dárselo poniéndote de rodillas ante ella, sin importar que las demás compañeros te vieran. Pero fuera del pensamiento sí te importó. Corriste de una atracción a otra como espectador persiguiendo un sueño, que no fue otro que el de montar en cada una con ella de compañía.

Volvisteis al autobús, para el viaje de regreso y no habías conseguido nada. Te pusiste de pie en el pasillo. Los profesores te llamaron la atención. Quisiste acercarte a donde ella estaba sentada, para decirla: “eres la chica más guapa que he visto nunca”. Me aclaraste, al contármelo, que no me habías conocido todavía. Yo me reí. Proseguiste con tu relato, según el cual ni las piernas ni la voz te dejaron hacer nada de lo que ideaste. Además te ganaste una reprimenda del profe.

Todo estaba perdido. El destino carecía de espacio para jugar los últimos segundos. Bajaste del autobús. Segundos, sólo segundos quedaban para que ella fuera por su camino y tú por el tuyo sin que hubiera encuentro entre ambos. Quisiste meterte en el maletero y no salir de él nuca más, hacer de el una tumba de tu sueño y quedar tú con él. Había ido tu padre a buscarte. Los compañeros te empujaron durante el barullo de coger las mochilas. Algunos se despidieron de ti, pero tu seguiste turrión. Cogiste tu bolsa de deporte. No habías comido los bocadillos, pero sí las chocolatinas. Te esperaba una reprimenda de tu padre. La última pincelada de ella fue su cabello liso, castaño y largo hasta la media espalda. Todo fue un bullicio en esos segundos finales, trompicones de unos con otros. Sin darte cuenta, en el último instante tú y ella al lado. Ella estaba de espaldas con su cabello bamboleándose mientras que daba un beso a su madre y luego otro a su padre. La melena de ella fue la bandera de ese amor invisible. Se enervó tu sentimiento y cuando ya era el fin del final, cuando ni una micra de tiempo quedaba gritaste: “adiós Rosy“. Y ella se dio la vuelta y te dijo: “adiós Pacito“, y se fue rodeada de otros amigos y familiares. Nunca más la volviste a ver. Al final de tu narración te aplaudí y tú te sentías el narrador de una gran hazaña.

Cuando soñé con ella imaginé que daba vueltas en un tío vivo sin nadie más que ella y yo. Que salíamos corriendo y recorríamos uno al lado del otro cada una de las atracciones del Parque al que fuimos. Que en lo más alto de la Noria, ésta se paraba y ella se abrazaba a mí, porque tenía miedo. Y que yo la daba un beso en la frente – aseguraste como si lo hicieras bajo juramento que nunca pensaste en ella para correrte. Que con otras sí, pero con ella jamás.

Tras escucharte aquella historia nos acostamos, abrazado uno al otro Fue un momento muy feliz. Sentí que era la mujer más dichosa del mundo entero y de toda la historia de la humanidad, por el hecho de estar contigo, de escuchar tus palabras, de ser escuchada y hacer de nuestra desnudez un baile.

Teatralizaste escenas para provocar situaciones de complicidad y hacer una follada conmigo. Unas veces de manera rápida, otras tranquilas y reposadas, también estiradas a lo largo del día. A lo mejor hacías que llamabas por teléfono a una prostituta requiriendo sus servicios, con prescripciones muy concretas de lo que deseabas Yo hacía que estaba al otra lado de la línea telefónica y que llegaba para complacer al “cliente”. Si no me apetecía, contestaba que estaba ocupada, que para otra ocasión.

Cuando fui yo quien tenía apetito sexual me colocaba en el hueco de la puerta, apoyada a un lado. Unas veces desnuda, otras con un camisón rosa trasparente, otras con bragas y sostén de color rojo también con una camisa desabrochada. Luego he sabido que la palabra “fornicar” viene del término latino “fornices”, arco en donde se colocaban las prostitutas de Roma. Al leerlo en un suplemento del periódico en el bar de Josefa, se lo comenté primero a ella y luego a ti, sin que dierais demasiada importancia a mi descubrimiento. Me acordé de aquellas escenas que viví contigo.

Sentado en una silla, sin nada de ropa te recorrí la espalda con las uñas, te arañé de gusto, haciendo del recorrido estelas, que yo también sentí. La transpiración de tu piel , tu aroma tu ser se inoculó en mí de tal manera que las caricias que te hacía las sentí al mismo tiempo en mí. palpé el recorrido que te hacía. Luego tú hiciste lo mismo, con las yemas de tus dedos y uñas surcaste mi espalda que al final de ella se hizo cascada. Con tus toques el contacto de la piel con la carne se encrespaba, de manera que hizo que mi cuerpo fuera efervescente. Tenías en las manos hilos de deleite, que a veces, sólo con verte se pusieron en acción. Otras veces nos hicimos esos masajes de pitiminí con el cepillo de desenredar el pelo. Tú ronroneabas una especie de nana dormidera y cuando a mí me tocaba ser la partitura de tus dedos me quedaba traspuesta en una ensoñación en la que hacías que bailara fuera de mí, como si las notas de una fuga de Bach se convirtieran en un camino en el que no hay gravedad. Mi piel se ha convertido en una membrana que cubre mi recuerdo y se hace su piel, tal que fuera mi ser. Tu piel se enhebró a la mía. Bordamos un placer infinito dentro de cada uno de nosotros. Decías que yo era un ángel que te llevó al cielo sin necesidad de saltar a la otra vida. Escucharte decir esas cosas me causaban ternura. Tus palabras y forma torpe y enredosa de hablar recorre mis venas.

Al otro lado de mi misma realidad estuve en un trabajo rutinario. Desarrollé la estrategia de cumplir con el horario y tomar muy en serio mi labor, hacerla bien y con eficacia, con el fin de no caer en un estado de ánimo desidioso. Desde el punto de vista laboral la limpieza no es un trabajo con demasiados alicientes. Mi motivación para continuar fue simple y llanamente tener un salario mensual, con el fin de sobrevivir. En tal dinámica es imposible obtener beneficios y más todavía salir de esa rueda monótona y siempre igual.

Pasé de una dimensión social y humana a otra. Mi padre desapareció por completo. Miré hacia atrás y era bruma. Un presente brotó de la nada, con su futuro incorporado. Antes mi vida formó parte de una unidad. Mi existencia fue una gran sala por donde pasaron personas de la familia, el trabajo, la pareja. Tu marcaste una inflexión, un antes y un después. Hasta entonces mi vida estuvo formada por muchas vidas compartimentadas: la de la intimidad, la del trabajo, la de las amigas, la de vecindad, sin que nada tuvieran que ver unas con otras. Luego tu estuviste en el centro y yo dejé de ser la reina, para ser tu reina, siendo una más de lo mundano No es comparable una parte y otra de mis dos vidas. Nada tienen que ver, son idiomas distintos, en las que las palabras de una no existen en el otro. Alguien dijo que el lenguaje es nuestro mundo. Vi esta frase en una taza de desayuno. Quien la dijo empieza por w, es lo único que recuerdo, pero me viene a la memoria porque compruebo esa definición.

No puedo dejar de recordar una idea que oí decir a una guía y traductora alauí, cuando estuve en Marruecos. Hablé con ella sobre las diferencias ornamentales entre las mujeres musulmanas y las occidentales. Fue una conversación intrascendente, entre un grupo de cuatro mujeres de las que viajábamos y ella. Recuerdo que dijo, para defenderse de nuestro desprecio por llevar un pañuelo en la cabeza: “Vosotras lleváis la felicidad en los labios, nosotras debajo del velo”. Más pareció una frase enigmática y hecha para la ocasión, pero pasó desapercibida. Una frase más. Ahora me viene a la cabeza porque observo que el velo desvela valores muy profundos. Me doy cuenta de que nuestro lucimiento hacia afuera es una máscara, pero debajo del velo hay una intimidad, un mundo que sólo lo ve quien lo ve. Recuerdo que Jerónimo y sus amigotes siempre se quejaban de que las mujeres pomposas y provocativas, que van de devoradoras de hombres, a la hora de la verdad les pasa algo, no se encuentran bien, les duele la cabeza, o nos las apetece hacer nada, y cuando lo hacen es para calmar los ánimos de la pareja. Yo lo tomé como una indirecta, pero no di mucha importancia a aquella percepción.

La danza árabe se convierte en un espectáculo para turistas, en un reclamo de restaurantes, cuando la danza del vientre es una relación con la pareja muy personal, un juego, una relación erótica y de amor entre un hombre y una mujer. Esa cultura tapada tiene una fuerza interior que no somos capaces de imaginar. Lo comprendo ahora. Ellos unen la vida y la muerte. Nosotros huimos de nosotros mismos, por falta de un espacio entre la intimidad y el mundo. El erotismo occidental es pura imagen vacía, películas, pases de modelos, anuncios ¿qué hay dentro de todo eso? Enfermedades , vanidades, negocio. Nos han succionado el alma para convertirnos en fuegos artificiales. Siempre me importó más tener lleno el depósito de la gasolina que el que comieran niños de allá, de no sé donde, que mueren a diario ¿Me arrepiento? No lo sé. No, ya forma parte de nuestra acomodación. Siento terror al darme cuenta de esta situación ahora.

Contigo he aprendido a tocar mis sentimientos, a saber que las personas tienen una historia y que no pueden ser usados como meros receptores de estímulos para provocar en ellos deseos, conductas, incluso ideas ¡la desnudez del alma! ¡La desnudez del alma! Alma o mente, pues desconozco si forma una unidad perecedera con el cuerpo o tiene entidad propia. ¿Dudas tengo? Aprendí a estar segura de mí misma, a no interrogarme por nada que no fuera útil, para no desviarme de mis objetivos, medibles en criterios de eficiencia y eficacia empresarial. Lo cual incluye una relación de pareja cotizada y reconocida. ¿Pude estar tan ciega? Y , sin embargo, fui una visionaria de los negocios.

Recibí cursos de preparación mental, para el desarrollo del potencial humano, para desarrollar la empatía. Sirvieron para convertirme en una herramienta humana para ganar más, para generar beneficios, sin que yo me diera cuenta de semejante situación, que sólo es visible desde fuera de ella. Asocié mi ser a mi ser económico. Ahora es cuando sé que yo no soy mi trabajo.

Me enseñaron a dominar el pensamiento, para lograr mayor autoestima, saber tomar decisiones complejas y resolver conflictos entre los subordinados, mediante el manejo de la inteligencia emocional. Fue útil este saber, de prêt a porter, para remodelar la plantilla. Sin embargo, para el cisco que se formó entre Javier y yo ¡para qué nos sirvió? El pensamiento creativo es maravilloso cuando se tienen los medios para desarrollarlo En caso contrario es pura fantasía. Aprendí a organizar mi equipo de trabajo, mi vida y la de la empresa. Contigo no he necesitado pensar desde fuera de mí, pues he unido, aunque no mezclado mi corazón y cabeza ¿Y antes? Fue una vida que me vino dada ¿Me rebelé? ¿Me fui? No. Hubiera elegido seguir en ella. Me fue dada otra forma de vivir, he sentido ser arrojad, para nadar inmersa en una corriente imparable, hasta que llegué a una isla. Tú fuiste ese arroyo y, también, esa isla.

Aprendí un ejercicio de concentración que todavía hoy realizo, sin lograr culminar su meta. Consiste en cerrar los ojos cuando estoy sentada, o tumbada sin hacer nada. Respiro despacio y cuento las inspiraciones y espiraciones. Intento contar cincuenta, pero nunca he pasado de más de quince. Aparecen recuerdos, antes proyectos, emociones, imágenes que hacen poner la atención en otra parte. La mente se dispersa y dejo de contar. Da la impresión de que la mente funciona por sí misma, por encima de la voluntad. Aprendí a dominar mis miedos, a evitar falsos sentimientos, como el de culpa. Fui perfecta como estratega sentimental. Uno de los instructores del curso de control del pensamiento nos dijo que dominar la mente es como dominar el viento, citó, creo, un libro de oriente: “El canto celeste”, del cual nunca he tenido noticia alguna.

He logrado parar mi pensamiento cuando te ayudo a pintar las piezas de barro que haces. También me relaja mucho salir al balcón, quedarme asomada en él y mirar, ver pasar a la gente y a los coches, los pocos que lo hacen por la calle de este lugar. Para ti fue tu deporte favorito. Y el que yo te quitase espinillas , o los puntos de grasa de la nariz. Una vez hasta te excitó y te masturbaste mientras estuve en la faena. A mí me desagrada que me las urgen, me pone nerviosa. Sigo cuando cremas, pero no tan caras como antes.

Hubo una sombra en nuestra relación que quedó impregnada en mí. Estuve a punto de salir corriendo, sin rumbo, para no volver nunca más a verte, de miedo ¡pavor! que tuve. Comenzaste a apretar los puños. Te temblaron los brazos. Te pregunté si te pasaba algo, cuando en ese instante tus ojos se volvieron blancos. Te volcaste sobre la mesa, como un pelele. caíste al suelo Piernas y brazos golpearon al suelo. Pedí socorro, despavorida. Nadie vino. Quise llamar a la policía para que llamasen a una ambulancia, pero te vi en calma, medio muerto. No parabas de llorar. De la boca te salió espuma y babas. Pensé que era el final. Quedé aterrada. Fui una estatua. Al acercarme te sentí respirar. Dejé que pasara un rato, durante el cual te acaricié como a un perrito. Cuando ya te incorporaste llamé a una ambulancia y fuimos al centro sanitario, a urgencias. Había sido un ataque epiléptico. Teníamos que haber hecho una revisión para actualizar la dosis de los medicamentos que tomabas. Nunca pensé que fuera algo tan horrible. Yo creía que eran espasmos que se pasan. Todavía hoy el recuerdo se hace tacto de mi pecho comprimido.

El vecindario cayó. Nadie oyó nada. Nadie preguntó. El silencio se hizo bandera de una sociedad callada. Al fin y al cabo tú para ellos fuiste un loco y yo una hermana rara que te cuidaba. Si después me crucé con alguien fue igual que antes, un saludo efímero, correcto y escueto, pero todos escabulleron sus miradas ¡Celamiyanos mohínos!

Dos días después recibimos la visita de una pareja de la Guardia Civil. Yo no estuve, por eso volvieron al mediodía. Se preocuparon sobre si sufrí malos tratos por tu parte. Noté que les preocupó mucho, sobre todo porque si me pasaba algo saldría en todos los medios de comunicación y eso daría muy mala fama a la comarca. Les enseñé el parte médico. Con la documentación comprobaron que no éramos familia. Les tuve que decir que soy amiga de la familia y que falleció tu padre. Tomaron nota de sus datos, para comprobar la veracidad de lo que les conté. Cuando se fueron me dieron ganas de salir a la escalera y gritar para que lo oyeran ellos y los vecinos que tú y yo follamos muy bien y que nos lo pasamos estrepitosamente fenomenal. Me sentí humillada, pisoteada en lo más profundo de mi ser. Toqué la realidad. Supe entonces cual es mi situación. Me vi sin dignidad. No por los guardias civiles que cumplieron con su obligación, sino por esa gente que nos rodea, que es pía, luego espía y más tarde las pía.

No pretendo buscar explicaciones de lo que no tiene más que lo que es. Mi padre siempre citó a los chinos para decir: “Si comprendes las cosas son como son. Si no comprendes, las cosas son como son”. Et voila. Pero también pasa que suceden locuras dentro de otra locura y a su vez ésta está dentro de otra, y la que sucede cobija a otra. Lo de antes de conocerte me pareció una locura, pero cuando estuve inmersa en ella me pareció de lo más normal y maravilloso del mundo. Lo de después pareció una locura estúpida a los ojos del mundo. Y a los míos quizá, pero es mi locura ¿Qué es la locura? Lo-cura. Tal vez lo que no es posible de comunicar a los demás ¿Por tal motivo se escribe? Lo que es normal basta con que transcurra, pero es normal sólo en el transcurso de ciertas circunstancias, sólo en dentro de ellas.

Comenté a Josefa lo de tus temblores y convulsiones, y lo de la posterior visita de la parejita. Se cagó en la madre que parió a todos los celamiyanos, a los que llamó ramplones de cuatro mangas. A mí, fuera de cuestiones concretas, me parecieron buena gente, pero Josefa se quejó de ellos amargamente, si bien acto seguido comentó que son como todos., los de los pueblos y los de las ciudades, pero que en esas poblaciones pequeñas resalta lo malo de un lado y lo malo del otro.

Josefa dijo que ella tenía conocimiento de causa sobre lo que dijo, porque había follado con muchos. Fue la única amiga que tuve en mi nueva vida. Se quejó de que la considerasen una loca, una desenfrenada y una puta de barra. Ella se colocó en el diparadero de los rumores. Sé que algunos pensaron que yo era de su camarilla, pero de alto nivel. Me llegaron a llamar “la del alcalde” y “la del diputado”. Se presuponen demasiadas cosas. Josefa tuvo demasiados fantasmas en la cabeza. La mayor parte de sus comentarios fueron por presuponer lo que los demás piensan, o por generalizar los comentarios de dos o tres. En realidad nadie dice nada, no se comenta lo que se piensa de los demás a la cara. De espaldas tampoco mucho, pero se insinúan historias, dimes y diretes.

Cierto que la conducta de Josefa dio pie a que la considerasen una barragana del vulgo. Es deslenguada. Accedía a una noche de amor con cualquiera. Luego se quejaba. Nadie vio su gran corazón, su extensa humanidad interior. Era brusca en las expresiones para decir lo que tenía que decir y punto. Me regañó por fregar escaleras y oficinas con la imagen que tengo. Me dijo que en cualquier oficina o negocio pondrían una alfombrilla de terciopelo para contar con mi presencia.

Aquella vez me hartó tanto que le dije que porqué ella no cobraba y dejaba de trabajar en el bar. Contestó que no es una puta, que de noche se agarra a un clavo ardiendo para no estar sola. Me dio pena, pero ella comenzó a reírse a brazo partido, al darse cuenta de la expresión “a un clavo ardiendo“, más cuando yo tardé en coger dicha metáfora.

Hablaba del bar como “el puto negocio” Arremetía contra su costumbre diaria de fumar, sin dejar de hacerlo nunca. De carácter arisco y sobria, cuando se la frecuenta, lo que fue tomar un café y echar una parrafada, es un pedazo de pan. Ella misma representó su propia caricatura. No puedo olvidar lo que una vez me contó en forma de monólogo: Los de estas tierras no saben follar. Todos hacen lo mismo. No son capeces de pasar de una noche. La meten, la sacan y san se acabó el invento. Los más intelectuales te piden una postura que han visto en una revista porno ¡Son unos catetos de mierda! Se creen que son alguien porque tienen dinero en el bolsillo. Su corazón late en la polla y nada más. Cuando están en pelotas se sienten perdidos y quieren terminar cuanto antes. Cuando están calientes sus palabras son lamedoras, sobonas y aduladoras. Cuando se vacían se quedan mudos, sus corazones vacíos y flácidos como sus respectivos penes. Cada vez que eyaculan, pienso que mi vagina es un vertedero y si lo hacen en la boca es como si vomitase para adentro. Luego te miran como a una zorra anónima o como un juguete del que se presume ante los demás y se ríen y burlan ¡Jilipollas!”. Dio dos tragos de orujo de guindas. Yo miré mientras tanto a la taza de café con leche. Ella a las paredes. El silencio entre las dos nos hizo cómplices la una de la otra. Le abracé y este gesto fue mi respuesta. Se sintió hollada en lo más profundo.

Otro día se quejó de lo mismo. Para que no dramatizara le propuse que la próxima vez le planteara a su pareja bailar la jota en pelotas. Se rió desaforadamente imaginándose esa escena. No le conté nunca que contigo hice la cadeneta , yendo desnudos por el pasillo mientras que cantamos “la raspa de jalisco… ” y “la raspa la inventó Amancio con el balón…”. Tu cola se movía sin orden ni concierto y mis tetas parecían olas desconcertadas. Josefa se puso a bailar una jota parodiando un canto aragonés. Me sacó a bailar. A pesar de estar sólo las dos me dio corte. Luego le agarré de la cintura y bailamos inventando al música al oído. Ella salió del bar. Yo seguí sus pasos. la gente nos miró como si fuéramos dos idas. Saludé al público con alegría. Tuve la sensación de estar bebida, sin estarlo. Al volver a estar dentro del bar nos abrazamos y reímos al unísono. Ella me besó en los labios fugazmente. Puse cara de asombro y sorpresa que no pasó desapercibida. Cuando tu fuiste se comportó de manera mucho más moderada en sus expresiones y en las cosas que contaba.

Al salir aquel día del bar me sentí acribillada por las miradas de los viandantes. En realidad no hubo nadie y no me consta esta impresión, pero sentí que fue como lo cuento. Mi cabeza comenzó a funcionar y se me ocurrió que si alguien hacía algún comentario diría que le tocó el premio de la lotería de la ONCE, de esa manera quedaba justificada nuestra expresión de algarabía. No hizo falta.

Los recuerdos de nuestros momentos se incrustan en las palabras que escribo, para que sobrevivan al paso del tiempo, porque aquello que sucumbe se destruye en el olvido. El recuerdo construye el amor y navega a los cuatro vientos aunque al final naufrague en la indiferencia. Buscar el más allá sin creer en él es un juego inútil, pero juego al fin y al cabo.

¡Es tan bonito revivir tus manos cuando hacían sonar mis nalgas! Hicieron de ellas un tambor de ondas de placer. Abrazados, echada a tu vera. Una vez no paraste de dar cachetes a mi culo mientras que yo me agité sobre la colcha. Toda la zona del pubis ululó y una luz táctil se encendió y apagó en mis carnes.

Después de gozarnos, no pocas veces, nuestras piernas se entrelazaron formando dos tenazas encajadas. En una ocasión fue antes de darnos el goce. De lado te colocaste un poco encima de mí. Me froté el clítoris con tu pierna y tú el pene en mi vientre. Yo lamí tu pezón y tú con dos dedos pelleizqueaste el mío. Nos corrimos, para dejarnos caer el uno apoyado en el otro. Tuve la sensación de recordar aquella escena en el mismo momento que sucedió. No caí en aquel entonces. En estos instantes sí. Fue la imagen de un cuadro que vi en París, en el museo del Louvre, “El sueño”, de Gustave Courbet, cuya posición entre dos mujeres generosas de carnes fue idéntica a la que recuerdo de aquel trocito de tiempo en que seguimos tejiendo el amor entre tú y yo ¡Oh, Pacito! recordarte es soñar.

Una noche en la cama me destapaste. cuando te quise arrullar. Estaba con las bragas puestas. Me coloqué de cara al colchón. Tú puesto encima cimbreaste la polla sobre mis bragas. Hiciste despertar el deseo de que te agitaras dentro de mí. Me di la vuelta. Frotaste tu culo sobre los pelos del pubis. Dabas la sensación de estar bailando la danza del vientre. Llamé a tu ombligo Matahari, “ojo del amanecer”. Tú te reías. Te colocaste entre las piernas. Me bajaste y quitaste las bragas. Como si mis piernas fueran marionetas, las colocaste sobre tus hombros. Te hice un gesto de nariz. Me llamaste “chata, barata, narices de gata“. Con habilidad introdujiste la polla dentro de la vagina. La moviste con suavidad. Apoyé la parte inferior de la espalda sobre tus rodillas y muslos en los que mecí mi cuerpo. Lamías mis pies. Cogiste las bragas, para recorrer con ellas mi vientre y la cara. Noté que hay muchos tipos de excitación, específico de cada momento. Besé la braga y tú la olfateaste y restregaste en tu cara. La lanzaste y quedó enganchada de la lámpara. Reí, pero comenzaste a azuzar con fuerza. Bajé las piernas. Ver las bragas colgadas de la lámpara me causó una impresión muy especial. Tu miembro cavó una fosa de placer, que se llenó, se llenó hasta desbordarse. Tus quejidos se convirtieron en arañazos de piel en mi interior vaginal. Quedamos entrelazados mezclando el sudor de cada uno. las bragas siguieron pendiendo de un brazo de la lámpara, a modo de bandera de nuestro territorio sexual, en aquel momento. Yo te besaba, tú me besabas, hasta dormirnos. A la mañana siguiente cogiste las bragas de un salto en la cama. Me las devolviste como un caballero el pañuelo a su dama.

Has hecho de mi cuerpo una oquedad, lo has convertido en un nido en el que puedo vivir dentro de mí. Has creado, como poseía viviente, una sensación en vagina que hace que sea una cueva de amor. Tú la has escarbado para llenar de adornos y chiribitas. Las sensaciones que has salpicado con tus dedos, manos, palabras y con tu ser me rodean, se balancean en el tiempo que me lleva por su corriente, de manera que hace de mis movimientos caricias. Has iluminado la profundidad de mi vagina, para convertir ese fondo que une el cuerpo con el alma, en las cuevas de Valporquero de mi cuerpo. Tal espacio subterráneo transmite a quien se adentra en su espacio, una belleza interior, en cuyos adentros se petrifican pollas de estalagmitas, así son tus huellas y ahí quedan en mi interior. En las cuevas la vista se viste de magia, mi vagina de ti.

Tus dedos teclearon mi humedad interior, y la piel, a la que llamaste “la blanca llanura“. Hiciste del tacto sinfonía ¿Y cuando con la ducha caliente recorrías con el agua saliendo la parte lateral del cuello a un lado y a otro, de arriba a bajo y de a bajo arriba, una vez, otra, hasta calambrear mi cuerpo de sonrisas y mordiscos invisibles.

Inventamos nuestro lenguaje. Como cuando me metías el dedo para excitarme y tú te regodeabas jugueteando, lo que decías que es “chochojear“. Y si era en el ano “rebusqueteo” de nuevos placeres. Las prolongaciones de tu mano fueron taladradoras que horadaron de orificios de placer mi cuerpo. Mi soma y mi psique han sido sima de tu corporeidad.

Recuerdo que mi padre decía que la vida de los Hombres son ríos que llevan y arrastran a cada cual, que se mira atrás y no podemos coger el pasado. Pero yo, contigo, toco el recuerdo, el pasado, es caricia. Para ti vivir es vivir y vivir fue vivir y nada más.

Una vez, sobre la alfombra, tú jugabas con mis pies. Yo con los tuyos. Nos mordisquemos mutuamente los dedos de las extremidades inferiores. Recorrimos con los labios nuestras plantas, los besos salpicaron los envés de ellas. Con la manos estiramos y frotamos su piel. Finalmente con mi pie rozaste el pene y arremetiste sobre él. Yo chocaba con el tuyo a toda prisa golpeando el clítoris con él.

La nieve iluminaba a través de la ventana, con una luz especial, blanca y fluorescente. Parece mate. Libré del trabajo por haber estado de limpieza durante la noche, hasta las cinco de la madrugada en un restaurante. No había parado de nevar, pero a medía mañana salió el sol. Al levantarme estuve alegre. Tu coloreabas varias construcciones de arcilla. Tomé un café con leche a tu lado, todavía medio adormilada. Lo acompañé de unas rebanadas de pan tostado untadas de miel. Luego me duché y perfumé con una crema de olor a limón. Me peiné y repeiné, después de dialogar con mis gestos y poses con sonrisa ante el espejo. Jugué a poner caras raras. Me vestí con una camisa rosa y dejé el resto sin poner. Me acerqué a ti y te asalté por la espalda con besos y arrumacos. Tus manos no tardaron en descubrir mi desnudez, vestida a la vez que desvelada. Desabroché mi camisa para darme a ti y hacer que vieras mi silueta. Tu cara se hizo algazara y yo jugué a ser una cendalilla que provoca tu deseo sexual. Tendí mi mano para salir a pasear a nuestro cuarto. Me paraste en el pasillo. Levantaste mi camisa para apoyar mís glúteos contra la pared y me apretabas con tu cintura. Sentí el frescor cálido de la pintura yeseada y con salientes. Te arrodillaste ante mí. Besaste mis pies. Recorriste las piernas con tu lengua, mientras que yo toqueteé mi pubis como si se tratase de una guitarra lenta. Emergió en él tu cabellera que agarré con fuerza mientras me besabas y lamías mis pelos genitales, los estirabas con los labios y tililaste el clítoris. A su alrededor hiciste una corona de besitos y entre las piernas y la vagina pasaron tus uñas como trillos de dulzura. Convertiste esa zona en esponja absorbedora de placer, que fue quedando repleta. Me meé, literalmente. Al ver que tú seguías, con más ansias, aún, mis labios sonrieron con el temblor que parece al tiritar de la tierra que precede a un terremoto. Mis pezones se estiraron. Subiste tu camiseta y te remojaste de pis el pecho y, apoyado sobre mi fuente dorada, apretaste tu cuerpo contra mí. Las últimas gotas las recogiste con tu cara, con la boca y lamías con ardor al beber esa humedad. Te levantaste y nos besamos como si fuera el primer beso de pasión que nos diéramos. Nuestras lenguas se batieron en una única boca que formaron las dos. Colocaste con la mano el pene fuera del pantalón y luego en mi vagina. Apretujaste mi cuerpo contra la pared y penduleaste cada vez con más fuerza y rapidez. Pasados unos segundos grité hasta respirar al unísono contigo. Y me quejé de tanto gusto Y tú quedaste rendido. Lloré. Y vi, también lágrimas en tus mejillas. Nos quedamos abrazados un buen rato.

No fue la primera vez que te mee. Había sido algo inaudito hasta entonces. Contigo fue la expresión de nuestro acercamiento corporal, en la que no hay fronteras ni límites mas que el juego en común y el mutuo acuerdo. No fue algo que buscásemos ni diseñáramos. Surgió así. Como lo hace la lluvia en el campo, lo mismo que el sol, el viento. Aparecen, como fenómenos meteorológicos, a nuestro símil fenómenos sexuales que surgen de por sí.

Estaba yo en la taza del cuarto de baño, haciendo mis necesidades, cuando te arrodillaste frente a mí para besarme. A la vez que nuestros labios se fusionaron tocaste mi muslamen. Nos entornillamos la boca y tras unos segundos te fuiste sin decir nada. Otro día que te afeitabas en pelotas, me senté en el mismo sitio para hacer pipí. Ya te había regañado varias veces por hacer pis en el lavabo, lo cual no me gusta. Es una guarrería antihigiénica, por muy yugoslava que sea tal costumbre. Te diste las palmadas con colonia en la cara. Sin mediar palabra te diste la vuelta y te pusiste a mear rociándome entera de tu meada. Tu pene fue una manguera. Grité, en mi primera impresión, “¡guarro!”, “¡cerdo!”, “¡asqueroso!” Me estremecí. Lo vi como una cochinada asquerosa en la primera impresión, pero a la vez sentí cosquilleo y el aroma a pis me cautivó. Cogí las últimas gotas con los dedos y me unté los labios. Habías derretido mi deseo. En cunclillas me besaste. Luego te sentaste en el borde de la bañera con la polla tiesa. Me coloqué sobre ti absorbida por tu pene, con las piernas al otro lado de la pared de la bañera. Tu dedo jugó travieso con mi ano. Nos balanceamos suavemente y con cuidado. Las paredes de la vagina se hincharon, parecieron globos, luego se dividieron en muchas pompas que estallaron una a una mientras que tu semen se vertió.

Hemos hablado muchas veces de nuestras aventuras sexuales. Te gustó que te las contase al oído. Preguntabas qué sentí en momentos precisos sobre lo que narré de nuestras experiencias. A mí me emocionó oírte contar algunas escenas, siempre en un idioma nuestro de mimos. No siempre, pero alguna vez terminabas masturbándote si yo no quería acompañarte más que con caricias, sobre todo en la bolsa de tus huevos, o sobre el pene, como si lo ordeñara.

Una tarde, antes de cenar, quesada hecha por ti con infusión de té verde, nos desnudamos uno a otro. Te colocaste tendido el dorso sobre la alfombra. Fuiste suelo y yo un osos hormiguero que husmeó los rincones más agrestes de tu zona pélvica. Besé tu pene y alrededores. Mis dedos cabalgaron y trotaron en ti entero. Sin pensar, llevada por el impulso del momento me coloqué encima de ti y dejé chorrear el pis que hice sobre tu abdomen. Regué tu aliento gemidoso. Tu barbilla tiritó. Me situé con mi genitalidad ante tu cara y la mía frente a la tuya. Nos lamimos a conciencia, muy despacio. El sonido de cimbales se hizo tacto, estiró y encogió la carne vaginal que se hizo espuma de olas que emergían y chocaban en los acantilados del placer. Acabamos besándonos, quedando los dos llenos, pero satisfechos. Nos duchamos, sin hablar y devoramos el dulce de leche. Al día siguiente tiramos la alfombra al contenedor.

¡Goloso! Fuiste un lamerón y yo tu dulce. Y tú el mío. Pasteleros de dulzura nos hicimos mutuamente. Cuando bebiste mi placer en el pubis me enfardaba con tus manos, cerraba los ojos y sentí el espacio sideral a modo de un puño que acaba dando golpes intáctiles (invisibles al tacto) pero sentidos en cada movimiento ágil de tu lengua. El clítoris se hizo campanilla y ansió la llegada del tren de placeres y gustos, sin frenos y acelerando en las rectas. Antes de chocar en el orgasmo, metías los dedos para destilar la última esencia del retoce de las células de la sensibilidad. Convertiste mi piel en aire. Mi cuerpo quedaba como un globo hinchado, a punto de estallar, lleno de gusto. Tuviste las llaves del tesoro del placer viscoso, macizo. Abriste las compuertas de la carne, empujaste el latido de la gozura errante, alma de orgasmos en cadena y lujuria que enervó mi ánimo. Confites y serpentinas se extendieron por mi vagina, en momentos de fiesta y de ebria textura, patinando tu eburno pene, para desembocar o, más bien, llegar como las olas al dulce sueño.

Los viernes pasta. No recuerdo que repitieras ningún plato. Dudo que fueras capaz de volver a hacer alguna de tus recetas, siempre con el halo de prepación culinaria según recetas ancestrales que te había contado alguna vecina del barrio. Improvisabas mezclas y salsas, con tal espontaneidad gastronómica que se convertían en platos únicos, algunos exquisitos. Tú decías que cocinar es un arte, el arte de lo trasitorio. Cuando vimos un documental de la dos, en la segunda cadena, te maravillaste con el tema de los mandalas del Tibet, y no paraste de decir que lo que tú guisabas es un mandala, una obra que él mismo artista deshace. “Yo no pienso mucho en Dios ni en el infinito ese de los tibetanos, pero pienso en ti“, comentaste confidencialmente. Llenaste mi ser de risa y he sonreído con el cuerpo entero a tu lado. He sido esponja de tus besos, palabras y presencia.

Diste nombres poéticos a lo que comíamos. También títulos sorprendentes. Como esos tallarines a la caza. Cocías éstos con mucho laurel y sal gorda. Espolvoreabas orégano y aceite macerado con ajo ¡y fue un plato exquisito! Lo de la caza, me dijiste que se llama así por ser el orégano un condimento para la carne de caza, pero que a nadie, excepto a ti, se le había ocurrido usarlo para la pasta. “En cuanto lo pruebe un italiano se convierte en el plato típico de Roma”, dijiste lleno de orgullo.

Siempre te hice los honores, pero no quería excederme en la alimentación, para no engordar en demasía. Al principio me dio rabia, una rabia traviesa, pero un poco inquieta, que me cogieras los michelines, que nunca hasta entonces tuve. Luego me he acostumbrado, pero una cosa son michelines y otra flotadores. Siempre me había sentido segura en mi belleza, pero contigo fue cambiando ese substrato de mi personalidad y he sido capaz de concebirme como un todo en el que la belleza es una parte más. Estoy segura que siendo yo de otra manera, más fea según los cánones de nuestra sociedad, nuestra relación sería igual. Incluso creo que si me hubiera pasado algo, alguna enfermedad o deformación, contigo hubiera estado a gusto, lo hubiera aceptado, algo que quizá, con anterioridad a conocerte no. De hecho siempre tuve miedo a envejecer. El paso del tiempo es un eco que devora el presente. Contigo el tiempo fue una unidad y la ancianidad a contigo, aunque fuera en forma de recuerdo, se ha convertido en una imagen placentera.

Recuerdo cuando me abrazabas sin ton ni son al cruzarnos en el pasillo, o me dabas un azotito en el culete, o un pellizco en él con roce en el ano incluido, o besabas uno de mis senos, lo que se convertían en lucecitas, luciérnagas, de instantes, que luego iluminaron nuestros momentos de intimidad. A veces se convirtieron en un asalto para hacer una escaramuza sexual. Pero cuando no estaba a tono, me escabullí, dejando la cita para otro momento.

Según tú teoría la pasta engorda si no se gasta. Con tu apetito y ganas de comer nada te engordó. A mí sin embargo la nueva dieta me engordó algo, a pesar de mi trabajo físico. Me salieron callos en las manos, las cuales me dolieron los primeros días, con sólo coger la escoba. Tuve que echarme una crema especial para evitar que se me agrietasen los dedos, y siempre tuve alguna aspereza. Tuve dolores en la espalda, para los cuales tus masajes fueron una terapia estupenda. No acierto a entender cómo tras aquel salto de mi existencia, de aquella caída brusca en una situación mucho menos cómoda y haber pasado del todo social a la nada, sin lujos, sin ser idolatrada pude estar tan satisfecha ¿Feliz? Es una palabra excesiva, que quizá utilicé con demasiada frecuencia y frivolidad. Probablemente para dar cuerpo a un espejismo que se hace realidad por creer en él como única forma de lo real. Ahora me basta con entender que estoy a gusto conmigo misma y que puedo estarlo en otras circunstancias.

Pensé para el futuro apuntarme a unas clase de aérobic o de gimnasia de mantenimiento, que hacen desde los cursillos municipales. También hacernos socios de la piscina climatizada, para ir algún domingo, pero para esto había que esperar a que hicieran la piscina de invierno en una explanada del Ejido, donde aparcan los camiones. Según Josefa eso no lo verían nuestro ojos, pues es la típica promesa electoral, que siempre se pregona y nunca se hace ¡Qué ilusión cuando te alegró que nos fuéramos a apuntar a clases de bailes de salón! Vinieron anunciados en carteles de la asociación de vecinos. Te daba apuro de que te vieran junto a mí en esas clases, viéndome a mí tan guapa y considerándote a ti algo especial, te preocupó lo que pensara la gente. Te animé para que pensara lo que pensara la gente no esconder nuestra relación. Decías que irías con traje y corbata, como un galán y que a tu padre le hubiera gustado verte bailar el tango, la salsa, la rumba, con una mujer a la que tu quisieras y que te amara a ti. Y más con alguien como yo. Tu teoría es que tu padre soñó contigo junto a mí y que ese sueño te llevó a mi lado y, al morir, él sigue soñando. Para ti soy un ángel, pero una chica normal. Todavía me río, como sonrisa que cabalga, con tus explicaciones.

He aprendido que la belleza es para los demás. Al igual que la elegancia debe ser algo cotidiano y no poses, sino una relación con una misma, como persona. Esta idea me ha permitido sentirme bien siendo una señora de la limpieza. Desde el otro mundo en el que estuve tales labores son vistos como actividades para hormigas humanas, que se tienen que hacer, pero sin dar importancia a esos trabajos ni a quienes los realizan. En cada trozo de la vida, en cada ser humano hay miles de ambiciones que se entrecruzan con intereses, con azares y circunstancias que determinan cada una de las pequeñas historias en las que florecen partículas de intimidad insospechadas, pero que por no se r valoradas se atrofian, sucumben en la ceguera de vivir ciegos, para lo cual hacen ver noticias del corazón, intimidades de papel e imagen, lo cual se vende y se acaba convirtiendo en lo real de nuestro mundo. Funciona. Lo mismo que la riqueza son cifras y no oro. Mi pobreza consiste en tener una cifra baja en mi cuenta corriente. Funciona así. Y los sentimientos, y pensar, se convierten en cifras. Surge la fama de idiotas que son reyes del mundo de la imagen porque reciben cifras astronómicas, por el mero hecho de que sirven para fabricar más cifras. Cuando lo tuve todo, todo fueron cifras. Sin ellas ¿qué soy? para el mundo nada, casi nada ¿Qué somos? Todo aquello que seamos más allá de las cifras. Cuando todo se compra y se vende hay algo que flota, que sobrevive y nos hace vivir interiormente.

¿Quién puede imaginar que una marioneta de payaso grande, que me llega por la cintura, la que me regalaste se convirtió en mi pareja de un juego amoroso contigo? Apareciste con ella. La manejabas con soltura. Tu sonrisa emergió entre tus labios. Aquel payaso me levantó la falda, “la faldi-faldi” como tú la llamabas. Me quiso tocar con sus manos dirigidas por los hilos que tu manejaste. Repelí esas manos blancas y brillantes, sujetas por una tela de manga. Siguió apoyándose con ellas por todo el cuerpo con su sonrisa perenne. Me partí de risa al verme así. Me arrodillé para bailar con aquel muñeco alegre. Pasó un rato y comenzó a empujarme y a pendular, colgado en el aire, contra mí. Me tumbé y se abrió una caja de sorpresas que ni yo misma concebí. El payaso comenzó a bailar sobre mí. Sus pies, de zapatones negros rozaron mis pezones y, posteriormente, se apoyaron en el vientre. Sus manos acariciaron mi faz. Percibí una sensación extraña, parecida a una vez que estuve cerca de un helicóptero con las hélices en marcha, para recibir a un grupo de empresarios japoneses. El taca-ta del movimiento circular parece que se clava por dentro. Algo similar me sucedió con los roces de la marioneta.

Tu estabas orquestando las maniobras de la marioneta. Te quitaste las babuchas y me diste pataditas en el chocho. Tu mirada fue igual que una catarata de mermelada mimosa y observante. Me quité las bragas. Colocaste un pie bajo mi culo. Mientras la marioneta se movió rozándome las piernas. Se convirtió en un péndulo que deshace el tiempo y lo convierte en placer. Pasó por las espinillas de ambas piernas. Me encajé en la vírgula que separa las dos nalgas con el envés de tu pie. Mi ano se rozó con él y presioné la vagina contra tu piel. El clítoris lo bamboleé sobre la parte inferior de tu pierna hasta tiritar de gusto y marcar latidos de placer mientras que la marioneta saltó sobre mí. Desde ese día le llamamos “el payo orgasmito”. Luego te dejaste caer, dejando a un lado la marioneta. Te masturbaste arrodillado contemplando mi genitalidad desnuda. Tras aquella ración de amor condensado cenamos una pizza de queso con picadillo. No dejamos ni una miga, a pesar de que estuviera bastante picantilla. No paraste de beber Coca Cola, en un concierto de eructos, que parecieron truenos. Nos reímos cuando te llamé guarro y cerdo. Tu me dijiste que bien que yo me comía el picadillo de los cerdos y chocamos nuestras risas como olas gigantescas que se lanzan contra el acantilado.

Uno de tus pasatiempos preferidos fue pasear por la casa llevando una marioneta. Hablabas con ella igual que un niño con sus muñecos. Tuvimos otra de soldado del siglo XIX y una de una señora vestida de castañera, con su falda negra, un mandil de cuadros azules y blancos y la pañoleta haciendo juego. Las tres quedaran colgadas en su rincón, hasta que vuelen con las alas del tiempo adonde las toque.

También tuvimos una sombra, un socavón en nuestra relación que pudo haberla tragado. Para nada que ver con tus ratos de silencio, ni con tu aislamiento ensimismado en esas poses de estatua que mira el cristal de la ventana.

Por segunda vez sentí miedo, terror, pánico, cuando te vi nuevamente temblar todo tú, pasados apenas dos meses de la vez anterior. Esta vez las órbitas de los ojos parecieron salirse de tu cara. “¿Qué te pasa? ¿qué te pasa?” te pregunté sin respuesta más que movimientos convulsivos. Tus puños golpearon la mesa. Otra vez hubiera salido corriendo para no volver nunca más. Otra vez me quedé petrificada. Todavía recordar aquella escena hace que se congele el aire. Te caíste al suelo. Llamé desde la cocina al servicio de urgencias. No paraste de moverte. Cerré los ojos. Luego silencio Llegaron, esta vez con rapidez, de la Cruz Roja. Te pusieron un calmante. Estabas colorado. Lleno de sudor. No paré de llorar. Sabiendo lo que es, es imposible acostumbrarse a ver tales espasmos. Verte arrebatado por una fuerza que no controlas y sentirme impotente, sin poder hacer nada forma un miedo lejano, una tensión que desaparece, aparentemente, pero flota.

Una vez, mientras que mezclamos nuestra desnudez en un acto de amor, me apretaste las manos, los brazos, con mucha fuerza. Sentí estar a punto del dolor, en un curioso límite de dolor-placer. Sobre todo los glúteos se convirtieron en un manantial de semejante sensación. Llevada por el mimetismo te arañé y mordí y luego tú a mí. Llegué a marcarte los dientes. Durante el coito arremetiste con movimientos contundentes, fuertes y secos, con un ritmo medio, sin decir nada. Llevaste mi acolchonada sensación de gusto a un aullido de placer inmenso. El orgasmo se hizo sonido y gritar formó parte de ese orgasmo físico. Durante tu eyaculación contuviste el grito, que se plasmó en la vena de tu cuello hinchada como nunca. Sentí el latido de mi pubis como un caballo bronco. Luego la calma. El silencio se hizo brisa, cuando tus manos habían sido viento hecho hombre. Un oleaje me acarició por dentro en cada respiro. Había sentido un puño de placer por dentro antes de explotar.

Cada vez que nos unimos fue una nueva aventura. Tal ha sido la impresión de estar contigo. Mirarte nunca fue volverte a mirar, sino nacer en la mirada. Lo mismo acariciar tu cuerpo y ser acariciada por ti. Hiciste de mi piel calima y nuestros besos espesura. Llenaste mi corporeidad de medusas luna, aquellas que una vez vi en el acuario de un magnate de las finanzas. Los recuerdos se destilan uno a uno, momento a momento. La palma de tu mano levantó olas en mi piel. Hizo de mi dimensión carnal espuma. Tus roces han sido caricias de coral. No se sabe si es un vegetal o animal, lo mismo que tu acercamiento, no sé si es cuerpo o alma. Y respiro tu recuerdo, tal cual tu presencia.

Me llamaste “culita” cuando me ponía el pantalón corto deportivo, sin bragas me lo subía porque sé que te gustaba ver los mofletes del culo. Y tus dedos teclearon mis poros. Y te juntabas a mí en una brazo de polla encendida. Yo te llamé “pollito“, y otras veces “potolito” porque rimó con “ito“. Entonces yo fui para ti “potolita” que también rima con “culita“.

Y pasaron los días, entre tus dedos que han tecleado mi pasión. Tus besos convirtieron mi cuerpo en un xilófono, cuyo sonido táctil fue in crescendo, hasta tintinar gotas de puños que se abrieron y cerraron en mi vagina. Alguna vez que te quedaste con el pene quieto en la cueva del placer yo moví el perineo y te decía “amor“, “te quiero“, y tu voz fue el eco de mis palabras. Y nos lo dijimos en nuestro particular código de morse, tu con el pene y yo con las paredes vaginales.

Algunas tardes parecieron goteares de latidos tranquilos. Cuando planchabas la ropa de los dos, pues a mí me resultó imposible esa tarea, yo leía y me dejaba traspasar por ese sonido que susurra la plancha con la tela y pizcas de agua. El sonido de la radio, con la onda mal cogida, a bajo volumen, con los contertulios insoportables, fue un moscardón adormecedor. En aquellas medias tardes las prisas quedan traspasadas con un puñal y se desangra en una sonrisa que brota, al compás de un ritmo relajante.

Otros momentos fueron verbenas. Como cuando fuimos a pasear a la feria. Me sentí aturrullada y con miedo. No monté en nada, pero verte en la montaña rusa, el saltamontes, el barco que da vueltas y en el toro salvaje me ponía nerviosa de que te pasara algo. El estrépito me aturdía, el bullicio y un ambiente chabacano pero exquisitamente brusco. Comimos la nube de azúcar y la manzana de caramelo. No lograste un muñeco en el tiro ni en la rifa. Fue pasear por un bosque humano, al que yo nunca me había asomado.

Cuando en la cocina me cogiste del brazo, una noche, después de haber cenado un ensalada de aguacate, tomate y aceite y yougurt, y de postre una infusión de té verde, me acercaste a ti y yo me dejé llevar. Fijé la mirada en la tuya y tensé los labios para sonreír sorprendida por tu trato. Tú amusgaste los ojitos. Me bajaste el pantalón, arrastrando a las bragas en esa bajada. Dejaste caer los tuyos. Palpaste la vagina para colgar tu pene sobre ella y de pie me arremetiste. Fue un puro tango sexual. Finalizó en forma de música sólida, con un petardazo de placer que continuó con latidos de un corazón hecho sangre. Grité en mi pensamiento y quedé estupefacta por esa manera de impregnar mis adentros. Todavía por la mañana perduró el eco de aquella explosión de placer, rápida y contundente, de la cual tu pene fue mecha.

Otras veces me contagiaste tiritonas orgásmicas. Tus abrazos acamparon en mi cuerpo, al cual vestiste de cristal con tu mirada, para luego romper aquel traje invisible en mil pedazos de colores y brillos. La risa cómplice entre los dos, formó parte de esos orgasmos que continuaron a lo largo de nuestra vida en común. Y también lo ha sido el llanto.

Me reí de placer, entre risas de carcajada, al verte desnudar en un desvestido caricaturesco con el que me obsequiaste. Te exhibiste igual que un niño cuando hace de su camiseta una bandera. Tu piel ebúrnea se hizo rutilante mate bajo la luz de la lámpara de madera, en la que siempre hubo alguna bombilla fundida. Que una casa no tenga que estar de punta en blanco, ni tender en ella a la perfección estilística libera, sobre todo los gestos, a los que se les permite sonreír más allá del protocolo ordinario de las risas ya sabidas. Fui espontánea y sincera, conmigo misma y en la soledad ante el mundo.

Me ha excitado sobremanera verte andar con los pantalones y calzoncillos bajados. Es una excitación perenne, que perdura en la lejanía del tiempo y se hace nube que envuelve. Verte andar con las prendas aludidas a la altura de la rodilla me hizo reír de amor. Jugabas a esas tentaciones. Tus dedos, después, labraron mi cuerpo, llenando de estelas y surcos de niebla mis nalgas, las pantorrillas, el lomo, el vientre. Tus yemas dactiles fueron pinceles en el rostro, y la tensura de tus huellas color.

Un día que comimos couscous, hecho en frío, con tomate y su jugo natural, a lo que añadimos trocines de pepinillo, pasamos la velada desnudos. Cuando fuiste al cuarto de baño te apreté el culo con fuerza mientras que orinabas. Gritaste en bajito de gusto. Después te apoltronaste a mis pies mientras yo hice lo mismo, a la vez que tú me rascaste los muslos y los laterales de las nalgas. Sentí un orgasmo sin latido, un placer continuo que se derritió, sin comienzo ni final.

En otra ocasión en que también comimos couscous, hecho con caldo de pescado y trocitos de salmón ahumado, bailamos sin ropa. Después nos adormecimos en la siesta, hasta despertar y merendar bombones caseros que tu habías hecho. Teníamos que comerlos sentados, pues para ti un bombón hay que saborearlo de manera muy especial. Te pregunté que si desnudos, lo cual, me dijiste, que depende. Los comimos entre bromas y cariño, llenándonos de berretes y besos.

Fuiste un mago del amor, de besos y caricias. Con tus labios dibujaste un mapa de lunares invisibles que saltearon mi cuerpo. Tus roces labiales no sólo besaron mi piel, los colocaste en mis adentros y regaron nuestro amor. Fueron tus gestos y arrumacos chorros de pasión y amistad que cavaron de placer nuestros corazones. El cuerpo se hizo amor. Destilaste de mí rodomiel. Tu dulzura y saliva fue agua de rosas.

Cada vez que el placer se acumuló dentro fue como el agua que empapa la tierra. Una parte da vida y otra sale a borbotones. Puedo asegurarte que amar se siente con orgasmos del alma. Nuestros pasmos se han incrustado en el cuerpo y perviven . No pasan y se olvidan. Se busca más, porque uno a otro se suman y construyen beso a beso, palma con palma el amor.

Los sábados nos dimos festines de postres. Cada vez que mostrabas la presencia de uno te empavonaste escultado y la alegría saltaba a tu alrededor, como si fueran duendes los espacios de aire que te rodeaban. La vida saltó a nuestra vera. Recuerdo cuando diseñé un anuncio. Jugué con sensaciones imaginarias que posteriormente he vivido de manera real. Trasmití a las masas de compradores la idea de que innumerables seres diminutos les acompañan y les empujan a comprar. No engañé a nadie, pues en ese momento creí en esa labor dinámica de la economía, igual que un niño tiene fe en sus juguetes y les da vida . De niños consideramos que las muñecas y muñecos son de verdad. La misma verdad que nació entre tú y yo. la misma que lo fue el dinero anteriormente para mí. Pero la vida se escapa indomable al tiempo, y el recuerdo busca su huella.

Decías que lo más rico de una comida son los postres. Te pareció una pena que se coman al final, cuando la tripa está llena. Acordamos comer sólo postres los Sábados. Tuviste un repertorio que iban desde los que te enseñó tu padre a otros que aprendiste de vecinas y, como no, los de tu propia cosecha, hechos por intuición. Josefa te dio la receta de la leche frita y las natillas con nube, lo cual es típico de estas tierras. Lo que nunca hiciste fueron tartas. Decías que elaborabas platos consistentes, pero hablabas de ellas, como si fueras un pastelero profesional. Las torrijas que hiciste siempre fueron un manjar. Con el arroz con leche te pasabas al echar canela, con eso de que es una especia afrodisíaca, pero lograbas su equilibrio gustativo en la intensidad del sabor, al mezclarlo con la amargura de la cascara de limón. El pan hervido con leche, huevo batido y azúcar, fue un descubrimiento culinario, más, para mí. La crema de limón, el mousse de chocolate y las gelatinas de varios sabores.

De tu cosecha fueron los macarrones con miel, papilla de chocolate y bizcochos desechos. Fuiste un furor del chocolate. Fuimos una vez al museo de éste en Astorga. Compramos varias pastillas gordas, cuyos trozos tomamos como caramelos. Hiciste tu famosa sopa de chocolate con fideos. Me pareció raro al saber lo que fue, mas no he probado nunca una exquisitez mayor. Tuve miedo de hacer de mi cuerpo un botijo, por lo que moderé mi apetito. En una reseña del periódico Josefa me indicó que un investigador con ascendiente en esta tierra descubrió la formula del botijo y me decía: “si no quieres engordar bebe agua“. No sé que tuvo que ver la fórmula del botijo de don Gabriel con la gordura y el agua, pero Josefa es así.

Te gustó mezclar el chocolate con especias, pimienta, cayena, orégano, canela. La mezcla de canela, miel y pimienta, con nata batida y chocolate calentito fue una delicia. Nos chupamos los dedos. Decías que estaba tan bueno que nos íbamos a chupar los dedos de los pies. Fabricaste manjares, con los que, no pocas veces, nos saboreamos el uno al otro.

Las siestas de los Sábados siempre fueron muy especiales. Tú, cocinero, poeta, amante, artesano, un bon vivant de l´amour et la vie, un simple que ha sabido soportar la complejidad de la vida, un don nadie y mecretefe, mi amor. Sin embargo hemos quedado arrinconados en el mundo. Pero vivir es, precisamente, adentrarse fuera de lo mundano. Lo demás es arrastrarse creyendo que hacemos algo, incluso seguros de que es algo importante. La vida se saborea en el secreto de uno mismo. Ahora sé que una manera de hacer esclavo al ser humano es sacar sus emociones fuera de sí, lanzarlas en el espectáculo y escenas que arrebatan el ser individual de nuestra especie. Sin saberlo, ni siquiera imaginármelo he contribuido a esa labor. También lo negreros cumplieron con su trabajo y se enriquecieron con él, y las grandes fortunas partieron de las manos de quienes fueron “dignificados por el trabajo”. Estoy segura de que nadie que traficó con seres humanos se dio cuenta de lo que significó su negocio. Para mí vender y vender, con campañas de técnicas psicológicas de masas fue mi trabajo, mi pasión y mi mundo. No pude creer que se puede ver de otra manera. Basta con dar un paso a otro lado para ver el mismo paisaje de manera diferente. Una vez, ya casi no recuerdo, cuando vi la exposición de un fotógrafo-pintor. Con su cámara y su pincel recogió imágenes de rocas, de un tal Pico del Águila . Creo que su nombre es Vier, o así se hace llamar como pintor. Fotografió las mismas rocas en posiciones diferentes de manera que parecieron figuras distintas, el caballo con dos caballeros decapitados, un toro con un fraile con capucha encima, un águila, un ángel, las caras de la isla de Pascua en pequeño, un duende sin nariz. Ahora veo mi vida desde la distancia de la soledad. Pero pronto daré otro paso y será otra vida siendo la misma. Otro pintor, Juan Ramón, con manchas imprecisas de pigmentos abre la visión a imágenes abstractas. Especialmente una que para mí era el Otoño y para otros un paisaje lunar, me llamó especialmente la atención. Nunca compramos esos cuadros porque sus firmas no se cotizaban ni fueron famosos, ni tenían perspectiva de serlo. Expusieron donde veranearon los primos de Javier. Ahora, aquellas obras que vi de pasada y no he vuelto a acordarme de ellas, son los que me impregnan el recuerdo y el olvido en forma de tiempo, dibujan lo que busca el alma en forma de palabras.

En el bar de Josefa contuve la respiración, para disimular mi sorpresa y cierta zozobra, una vez que leí en una revista del corazón que Javier se casó con Laura. Me alegré porque encontró una salida a su situación, la que yo le cree, sin que él tuviera culpa alguna, ciertamente complicada y cruel, y bien que me ha dolido. No quiero sentirme culpable de nada, pero él fue inocente y yo también. Nos fuimos el uno del otro a lo tonto. Fue una carambola incierta de la vida. Jamás hubiera roto con él. Nunca me imaginé vivir al otro lado del mundo, en el que viví desde entonces. Al mismo tiempo sentí pena, melancolía existencial. Esa chica, más joven que él es una devota de la Obra, de familia influyente, con todo el linaje de la misma organización. Cabeza de una dinastía que dirige un banco. Para Javier siempre fue una pija tonta. El mundo económico de ella fue diferentes al que yo viví, pues su capital apostó por la construcción y fortalecer una inversión nacional, frente a una estrategia dinámica de expansión global. Javier decía que esa saga era tan estricta como reprimidos. Conocimos a esa rica familia por referencias y coincidimos en acontecimientos de la vida pública. Recuerdo a Laura con cara de muñeca. Fue la típica chica para acontecimientos sociales. Javier y sus amigos gastaron bromas sobre si llevaba bragas de esparto, o si se flagelaba antes de ir a las fiestas. Estoy segura que se acabó la aventura financiera, los riesgos de inversión. Pero dinero es dinero. A la boda asistieron tres ministros, uno de ellos al que conocimos personalmente y le llaman coloquialmente “el del bisoñé“. Otro fue “el estreñido“. Del tercero nunca se comentó nada. También varios capitostes de la oposición, posibles ministros en el futuro. Al que conocí fue al que llaman “cara culo“, y otro de la misma pasta política que le gusta brindar con discursos incorporados, por lo que le llaman “plasta“. Otro de los asistentes, que juega a la contra de los otros, oí una vez que le llamaron “el corbata“. Su mayor preocupación política, es pensar qué corbata y traje a juego, se debe poner, según salga en la televisión, o le vayan a hacer una foto, o para según qué tema tenga que tratar.

Al círculo de aquella familia mi padre les temió, les llamaba “los templarios”. Yo creí que es porque siempre defienden a los ricos, pero luego me enteré que es porque exigen fidelidad y, quizá de manera simbólica, siguen haciéndose rendir pleitesía con el beso en el temple. Lo que he comprobado que en La Celamia es que se ha institucionalizado con los políticos de todos los colores que se inclinan en las cabezadas para seguir obedientes con esos ritos ancestrales. Yo he sido una bailarina más de ese baile. Mas no reniego de la fe, pues en el fondo necesito mirar a Dios. En el mundo de champán y terciopelo se usa la creencia como un pagaré más. Ahora necesito silencio. Creer interiormente y mirar hacia fuera con los ojos desnudos.

Tú y yo creamos nuestro mundo. Con tu mirada, tus versos, tu singularidad, tu estar al lado. Has impulsado el amor al más amor. Amé en mi pasado y fui sincera y algo que desconozco me hizo pasar de una dimensión a otra de la vida. De una dimensión plana a otra tridimensional en el que los recuerdos y el amor son esferas que provienen de un bing-bang entre los dos. Lo demás flota y recojo con imágenes que son retazos de películas. A ti te veo con un volumen que tiene vida y todavía me rodea. Me llevaste a otro mundo, al del amor, al del amor desnudo.

Los domingos fue el día de la paella. Tú recordabas que fue una costumbre tuya de siempre. El plato del descanso semanal. Mientras que tu padre dejaba que se hiciera el arroz y luego reposara el tiempo consabido, preparaba el aperitivo. Un refresco para ti, vermut para él, con un plato de aceitunas rellenas de anchoa. Cumplimos el mismo ritual, con Coca Cola, para los dos. Con tu padre fuiste a misa todos los domingos. Conmigo no, pero yo te hubiera acompañado. Al no ser la iglesia de tu barrio no te apeteció. Decías que rezabas e ibas a misa por dentro. Una vez me preguntaste que si follar es pecado o hacer “cosas” como hicimos lo era. Sonreíste cuando te dije lo que se haga con amor no es pecado. Recordé, y rememoro ahora, lo que la hermana Juana nos dijo al referirse a San Agustín, como lección y a modo de consejo, “ama y haz lo que quieras”. Es lo que hoy se llama inteligencia emocional. Pero es mucho más. Siento la fe lejana y presente a la vez. Es como una nube que flota y alguna vez llueve, y luego escampa. Como las nubes mi fe religiosa va y viene. Queda fuera de mí. Pero ahí está. Ahora necesito estar en ella y mi llanto me lleva a su regazo.

Discutiste conmigo, sin que yo dijera nada, sobre qué es paella y qué no. Para serlo tenía que tener habas y azafrán, para dar color amarillo, pero no colorante. Te molestaba que se confundiera una paella con arroz de marisco, o arroz con pollo, o arroz con conejo. Tu la hacías con guisantes, pimiento, caracoles y habas. Luego magro de cerdo o carne de conejo o unas cigalas, pero lo último tu decías que es de adorno. Soñamos con ir juntos a Valencia para comer allá una paella en domingo.

En Semana Santa vimos las procesiones. Mostraste un fervor alegre y festivo, como te enseñó tu padre. Contaste que años atrás creíste que el hombre con barba fue don Quijote. Y que tus vecinos se reían. Luego lo decías para hacerles gracia, pero sabiendo quién es. Una vez mientras que veía pasar la procesión por debajo del balcón me levantaste el vestido y sin reparo alguno me bajaste la braga. Yo me quedé sorprendida, pero me gustó ser penetrada a mis espaldas al ritmo de la música paponera, “pon, porropón, porro pon pompón“. Ese sonido se incrusta en el oído y en el cuerpo. Tú me llenaste y esa música se hizo sólida. Nadie se percató de nada de lo que hicimos, ni siquiera las personas del balcón de enfrente. Josefa contó que muchos chicos le han pedido hacer el amor, en la alcoba y en cama, como buenos provincianos, pero hacerlo mientras se oye el sonido de los tambores semanasantescos. Al parecer es una tradición oculta y ocultada de estas tierras. Contó que durante la II República muchos fueron los que defendieron que saliera la procesión para seguir la tradición y gritaban: “que salga me cago en Dios”, en presencia de las imágenes santas. El afán fue mantener el vigor de esas vibraciones musicales entre las sábanas. Los hoteles se llenan durante esas efchas y el contrato de prostitutas es tan excesivo que hace, por esas fechas, vengan de otros lugares. Ella estuvo dos años en la procesión de Genarín, una manifestación hereje, en homenaje a un pellejero que murió un Jueves Santo y que se celebra con orujo y poesías. Dice que muchos van a la Ronda eclesiástica de la celebración oficial y luego se les ve en la otra.

Un día de aquellas fechas presenciamos un incidente. Tuvo que intervenir la policía para disolver a un grupo de jóvenes con símbolos anarquistas que gritaban en favor de Espartaco, el cual, dijeron en el griterío, también murió en la cruz, por liberar a los esclavos de Roma. Soltaban anatemas contra la esclavitud y en contra de la Inquisición. Fue una escaramuza extraña que nos sorprendió en la calle y a mí me hizo temblar de miedo. Algunos curiosos discutieron mientras que la policía zarandeó a los manifestantes, cinco o siete, no más. Dijo un transeúnte que Espartaco es el personaje de una novela, a lo que uno de los revolucionarios con pintas de hippy, gritó que igual que el otro de barbas al que representan en estatuas. Pasó y pasó. A ti te gustaban las películas largas de esos temas. No te perdías ni una: la pasión de Cristo, Ben Hur, Espartaco, Moisés. Llorabas y no quitabas los ojos de la pantalla. La vida es una contradicción, pero no lo es porque cada momento vive en sí mismo.

Fue un domingo cuando te despertaste a media noche sudando y con mucha fiebre. Llevabas varios días tosiendo y cansado. Al acostarte te dolió la cabeza. Te di una aspirina. Bajé a las seis de la mañana a la farmacia de guardia para comprar Epiretal y Frenadol. No sirvió para nada. Pensé que fue una gripe pasajera. Habías tomado un poquito de paella y no quisiste más, cuando siempre te inflaste. Para cenar te ofrecí un vaso de leche templada con miel y tampoco te apeteció.

El lunes no te bajó la fiebre. Te puse paños húmedos en la frente. Llamé al médico para que viniera a verte, pero nos hicieron ir al consultorio. Estuviste medio ido. Temblabas. Llamé a una ambulancia para ir directamente a urgencias. Estuve serena, pero muy inquieta por lo que pudiera ser esa anomalía en tu salud. El sudor fue espeso, raro. Antes de salir de casa, como recobrando el sentido, señalaste un cajón. Miré y había escrito un papel que dice “Me gusta sentirme cubierto por tu ñorbo“, firmado “Jorge, tu Pacito“. Aguanté mi lamento y llanto. El sudor frío y pegajoso cubría tu rostro. Tiritabas. De urgencias te trasladaron al hospital de la capital. Llegaste medio inconsciente. Delirabas. Dijiste palabras incomprensibles. Hablabas conmigo y con tu padre, como si estuviéramos juntos. Te hicieron varias transfusiones de sangre. Recobraste el conocimiento a ratos, pero lánguidamente: “una gripe, una simple gripe” dijiste con tu pacita sonrisa. “Te pondrás bien, te pondrás bien“, te repetí una y otra vez. Mis emociones se congelaron. Quedé como si una bomba de hielo hubiera estallado dentro de mí, cuando te diagnosticaron leucemia. El médico me dijo que tu vida era cuestión de días. Fueron nueve. Los tres últimos en coma.

La muerte está a nuestro lado, pero la ignoramos. Tal desprecio nos hace no mirar la vida tal como es, ni ver nuestro alrededor, ni a nuestros semejantes. Ningún vecino, nadie se ha enterado de tu muerte. Quienes te quieren te recuerdan con tu sonrisa interminable, con tus palabras tartajas y andares de baile. ¿Para qué mandarles ningún aviso?. He estado firme en tu agonía. He presenciado tu último hálito. Un grito y nada más. Tu piel se desinfló. A la vez una cascada de llanto y mil lágrimas me han inundado. He llorado ante lo que es una baja total hospitalaria. Al lado hubo otra historia, otra cama ocupada, otro paciente, otra familia.

Pasé toda la mañana en el tanatorio del hospital ante tu cuerpo, sin poder creer que estaba ya sin aliento, sin vida, porque todavía, ahora, lates en mí. Noté el frío de tu ausencia en la frialdad de aquella sala. Sola, con una soledad que se derrite con tu recuerdo. La cabeza me da vueltas. Me viene la imagen de cuando comías con deleite un helado pringoteado en mi pubis. Y cuando lamí tus pezones repletos de nata.

Me levanté ante tu cadáver, me acerqué al cristal. No sé cómo ni de qué manera me vinieron a la cabeza unos versos de los que ni tuve idea de haber recordado nunca más. Fueron los que recité en el colegio, además de otros más de la misma obra de Sakespeare, “Romeo y Julieta” que yo aprendí en inglés, sólo otra compañera los recitó en ese idioma. Iba con dos coletas y un vestido pomposo azul, a mis diez añitos, con un cinturón azul oscuro. Fui el orgullo de mi familia, de la hermana Flor y del colegio. El público aplaudió enormemente y me sentí dichosa, llena de júbilo. Les recité mecánicamente, moviendo los brazos y entonando, pero ha sido casi veinte años después cuando han brotado de mi corazón. Creo recordar que Romeo escucha la voz de su amada. Yo de niña no entendí sino que una mujer y hombre se aman y lo cuentan en el teatro. Ahora cada palabra, cada estrofa es una pomada que se extiende en el alma. Palabra a palabra recité en alto ese párrafo poético, ante ti en cuerpo presente. Lloro porque no me explico como llegaron esos versos después de tanto tiempo sin acordarme de ellos, incluso velados al recuerdo:

“O, speak again, brightangel! for thou art

As glorious to this night, being o´er my head,

As a winged messenger of heaven

Unto this white-upturned wondering eyes

Of mortals that fall back to gaze on him

When he bestrides the lazy-phcing clouds

And sils upon the bossom of the air”.

En el rodar de la vida aquella obra de teatro me sirvió de contexto para hacer un anuncio televisivo sobre preservativos, con la imagen de sus dos personajes centrales. Mis lágrimas se juntan a la risa como si una locura me hiciera vidente de la nada.

Frente a ti, en forma de muerto, comencé a escribir en papeles sueltos, paran acompañarte más, si cabe. Para revivir nuestro vivir. Pasé esas primeras palabras a un cuaderno, para seguir contigo presente en el recuerdo. Una catarata de palabras y recuerdos me arrollaron y no he podido parar de escribirte.

La pena es pena, sumergida en la tristeza y la sonrisa emerge al rememorar tus labios. Mis palabras circulan en las melodías de los Motetes fúnebres de Bach, bailan con ellos. También esas notas las usé al comienzo de un anuncio para desplazar a una marca competidora de nuestros productos. Y hoy me digo, sin que sea un lema publicitario, como antaño lo usé: “plûtot la vie“, porque hoy cada palabra es sangre de mi alma. Sé que puedo seguir viviendo más acá de la muerte, pues descubro la vida, en ella está el amor y todo lo demás.

He dejado el trabajo, el piso, los papeles arreglados y me voy. Sin nada y sin nadie. Todavía no sé adonde. Lejos. Mi siguiente paradas será un aeropuerto. No sé nada más. Me gustaría volver a amar, porque tú me has enseñado a seguir, a avanzar y que el amor se disfruta en cada momento. He salido de una dimensión a otra. A tu lado era algo diferente a no estarlo, aún conviviendo juntos. Mis propias sensaciones se sintieron extrañas cuando no recibía llamadas en el teléfono móvil, ni mis ojos se apresuraban a ver gráficos e informes. Creí estar descolocada cuando no corro para hacer cosas “importantes”.

Tú has sido un río que hiciste de mí la desembocadura, a modo de olas del mar. Tu respiración fue un oleaje, que recuerdo y siento, y me emociona recordar, cuando colocabas tu mejilla sobre mi pecho en la parte del corazón. También en las nalgas y pasaban los minutos, y el tiempo volaba en nuestras caricias. Todavía recuerdo inflamada cuando uníamos las puntas de nuestro dedo gordo del pie, después de hacer el amor para quedar encerrados en una circunferencia de cariño. Y nuestros besos chispeados en los labios salpicaban la atmósfera, y se hacían alados. Todavía el contacto de la piel y la carne se encrespa en esa línea fronteriza, que tiene ser, pero no conocen los anatomistas.

Tu desnudez, junto a la mía, han sido luz que ilumina el tacto, da ojos a la mirada, aunque no se vea. Es un foco de emociones que conmueve y brota en la intimidad. Ahora tiene la melodía fúnebre del canto del cisne momentos antes de morir. Recuerdo que una vez oí el trompeteo de esta ave tan elegante, tras una cena de alto copete, cuyo anfitrión convocó a financieros y diversos expertos para iniciar una empresa meramente digital. Asistió un zoólogo extravagante. Se me saltaron las lágrimas. Los contertulios divagaron sobre si los animales tienen alma o no, si sienten, si son sonidos a los que los humanos asociamos emociones. Estuve atenta y en ese momento me pareció de una gran profundidad todo lo que allí se dijo. Al día siguiente lloré en la oficina y me pregunté porqué lloraba, si no me importaba ese cisne, si mueren miles de ellos cada día sin inquietarme para nada. Pasé página para seguir con mi tarea. Hoy sé que me hizo llorar el llanto por ser llanto.

También recuerdo el funeral de un directivo muy majo y apuesto. Personalmente le conocí poco. Coincidí con él en un par de cenas. Fue un hombre cautivador, apasionado en sus conversaciones, y ateo. Me resultó curioso este calificativo que él mismo se dio. Me contó, de pasada, la noche que celebramos la ampliación de la red empresarial de mercadotecnia a la cotización en Bolsa, de cuya operación financiera él fue el principal instigador, que le hubiera gustado ser músico. Reconoció que no sirvió para ese arte. Descubrió en los países del Este a auténticos virtuosos de lo instrumentos musicales. Diferenció lo que son artistas de virtuosos. Los primeros reproducen magistralmente las partituras de los compositores. Los virtuosos, además, expresan sus propias creaciones, muchas veces espontáneamente e incluso interpretan música sin partitura, creándola en el momento mismo de tocar. Los genios son aquellos que inventan música.

No entendí sus disquisiciones, pero me quedó grabado aquello que dijo sobre que hubiera alguno que había inventado notas musicales. Yo comenté que si Do, Re, Mi Fa., Sol, La, y Sí son las que forman el lenguaje musical no pueden haber más. Contestó que ¿Y entre medias qué? ¿Y nuevas formas sonoras al oído? Tuve la impresión de que era un extravagante de la conversación, que cumplió gracias a esta característica su función en la empresa. Javier dijo que no hiciera mucho caso, pues inventa más que habla. Pero reconoció su eficacia como negociador en las altas esferas. Muchos proyectos increíbles les da toques de viabilidad. A estos ejecutivos se les conoce como creativos de las finanzas. Murió de cáncer de páncreas. Su familia ofició una misa en el funeral. Para condescender con que no fue creyente se llevó al acto a un virtuoso, genio del violín, de quien fue mecenas. Aquella experiencia musical fue realmente increíble. Hizo sonar su instrumento con una suavidad y con entonaciones musicales que su sonido pareció auténticamente un llanto. Observé que su muñeca flotó, como si fuera de goma, sobre las cuerdas. Pareció que salpicó con la música al aire y nos pringaba de ella. Llevó la vara también paralela a las cuerdas. Chirrió y compuso un llanto fúnebre que escuché con la piel, y los cinco sentidos se hicieron oído. Lloré. Y conmigo muchos, también Javier. Las notas de aquel hombre empujaron las lágrimas y exprimió nuestra melancolía. Fue una parte más de la homilía. No tuve tiempo de quedarme mucho rato pensativa, pues salíamos con prisas para ir de viaje. En el avión comenté a Javier lo que me había impresionado aquel sonido musical. ““, fue su escueta respuesta. Lo que dio a entender que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Me acurruqué en su hombro y ese recuerdo se convirtió en estela. Ahora brota a borbotones, porque aquella melodía se convierte en orquesta de mi alma. Me chirría y llora. Mas en el fondo tu recuerdo destila una sonrisa. En lo más profundo de mi pena estoy alegre.

No sé adonde señala la escotilla de mi destino. Dejaré el recuerdo atrás, pero tú no lo eres. Todavía danzan tus gestos en mí, dentro y fuera tus manos patinan y esquivan tus movimientos que se hacen llama en mis entrañas, halo en mi piel. Llorar tu presencia ausente es rocío del amanecer. Recordar nuestros ratos es acompañarnos.

Mi primer deseo al tomar conciencia de tu muerte fue querer morir, para irme contigo, a la nada o adonde fuere. Al abrir tu cajón leí tus poemas del cuaderno que susurraron en mí tu voz. Y la vida sigue, como tú me dijiste ¡tantas veces! en plan corsario. Y seguí escribiendo para esculpirte, para caminar contigo. Te amo más allá de las palabras, pero hacen falta cada una de ellas para llegar a la orilla que mira al horizonte ¡Que vuelen y acaricien el alma de quien las recorra! Como tu mirada a mí, como tus manos, tu piel toda, tus versos.

Siento que vuelvo de un sueño, pero que fue un sueño dentro de otro sueño que se sueña al despertar. Y no hay locura cuando las palabras gritan y la muerte se amansa con el recuerdo, y se hace dulce cuando se unta a la vida.

Lo que fue anecdótico en una guía turística se hace carne y y realidad en mí: para los egipcios recordar a los faraones y reinas fue una manera de no morir. No hubo, en aquellos tiempos, mayor condena que ser olvidado, para lo cual se anulaba todo rastro de quien fuera condenado a ese castigo ad eternum. Para recordar se hicieron pirámides y mausoleos. En muchas culturas se enterraron vivas a las mujeres con sus maridos. No existió la muerte para esas civilizaciones. Algo inconcebible hoy, pero que comprendo. ¿Por qué pensar fríamente y congelar la vida y la muerte en derechos y leyes?. En el transcurso del devenir de la Historia, en lugares como en Mesopotamia, las mujeres escribieron en grandes telas sus recuerdos sobre el ser amado, para que posteriormente sirvieran de sudario. Hoy en aquellas tierras ¡cuántas telas blancas hacen falta para rendir a las banderas negras y a las rojas, de petróleo y sangre! Yo hubiera querido escribir todo lo nuestro en una sábana y que te envolviera, pero hoy las palabras vuelan, igual que tus cenizas, las cuales dejé amontonadas en el balcón, para que las lleve el viento adonde tú quieras ir. Recuerdo cuando a los diecisiete años leí “El lirio del valle”, de Honorato de Balzac, por la tonta vanidad de la educación que recibí de leer a un autor francés. Me reía de su nombre, con otras compañeras… no puede ser de parís, aunque sea francés, “de Tours, es de Tours”, las contestaba yo ironizando sobre que fuera un paleto que escribe. No volví a leer nada de él. me pareció su novela una historia para solteras tontas y aburridas, un culebrón insoportable, de un amor no respondido de una mujer y la traición del protagonista a ella, sintiéndose culpable. Y no llegué al final de esa obra porque me pareció tonta. Hoy no, descubro que contigo he unido el cuerpo y el alma y que hacerlo no es fácil. Pero esa novela, lo recuerdo me pareció machista, idiota al plantear quemarse la esposa en la piara del marido, en las costumbres de los hindúes y hacerlo parecer un privilegio de las clases nobles. Me creí muy superior al autor y lo desprecié, al llegar a una frase que me hizo tirar el libro por la borda de mi vida. Hoy se hace eco en todo mi ser: “amar con la cabeza erguida… morir por el ídolo que se ha elegido, convirtiendo en sudario las sábanas de su lecho… entregarse a él… grandeza que no pueden obtener las mujeres vulgares que sólo conocen los caminos comunes”. Cómo me gustaría llenar de palabras el aire y que si alguien las leyera respirase amor.

De epitafio dije al silencio esos versos de un poeta portugués, los últimos que he leído en estos días, después de finalizar una obra que me llamó a los ojos con su título: “Libro del desasosiego”:

” Deja pasar el viento

sin preguntarle nada.

Su sentido es tan sólo

ser el viento que pasa…”

Fernando Pessoa, convirtió sus palabras escritas en palabras habladas, en dedos que sujetaron mis pensamientos: “Escribir es olvidar“, sin embargo para mí olvidar también es escribir. En otros tiempos hubiera jugado con sus palabras, ideales para un anuncio de pastillas para la memoria: “No escriba Talimusina, tómelas y las recordará. Si escribir es olvidar, tómelas para memorizar“. O algo así. La publicidad mata el lenguaje. Lo saca de nuestro ser para vaciarlo de emociones y crear las suyas. Yo ahora quiero dar vida a las palabras. Siento en lo más profundo de mí esa frase de Pessoa, que también es mía porque la vivo: “el amor es lo más carnal de las ilusiones“.

Olvidar es hacer presente el recuerdo inolvidable y también inventar el olvido. Gracias a la poesía puedo terminar, Pacito, este berso, versura del alma, que te hago (verso y beso al mismo tiempo, y que me perdone aquel profesor de literatura que tuve, Don Joaquín, al que no le gustó que inventase palabras) Porque no comprendo nada de lo que me pasó, ni cómo llegué a ti, por más que lo cuente, ni sé qué será de mi vida. Y es que ¡oh, Pessoa! “comprender es olvidarse de amar“. He querido tejer, con palabras, un recuerdo en la tela del olvido. Y profundizar en la amatividad, para llegar a lo más profundo del amor y que broten fuentes de amar y de amartura en cada rincón del mundo. En cualquiera de ellos puede estar nuestro siguiente paso.

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