Pérdida del sentido de la realidad

 Si una pócima milagrosa no cumple con su efecto sanador se entiende que es porque el paciente no ha tenido suficiente fe. Nunca falla. Entonces hay que comprar otra sustancia mágica más cara para probar la fe. Si la curación sigue sin producirse no es culpa de la energía curativa sino de haber tomado anteriormente otros medicamentos que bloquean la actividad del espíritu sanador. Si no ha tomado medicina recomendada por un médico, la culpa será de haberse vacunado de pequeño. Y si no hubiera sido vacunado, sería de una vez que tomó un bombón y le contaminó el aura por degustarlo con glotonería. Para un caso extremo se propondría hacer un exorcismo. Estas prácticas han ocasionado varias muertes en los últimos años.

 En ocasiones, médicos curanderos que aprenden de extraterrestres recomiendan separarse del marido y los hijos para librarse de las malas energías y poder sanar. No son extraños los timos en los que videntes piden joyas a sus clientes para quitarles el mal de ojo y la energía egoísta. Luego desaparecen.

En la programación no cabe dudar. Muchas veces se mezcla la fe con un sentido supersticioso. Cualquier fallo profético o doctrinario reafirma el compromiso con la secta, por extraño que esto pueda parecer. Por una razón: el contenido no cuenta. Lo que funciona es la técnica usada y da lo mismo que la creencia y la verdad digan primero una cosa y luego otra. Que diga hoy blanco y mañana negro.

Las preguntas que se hacen sobre la realidad personal, a quien se quiere captar, o sobre su experiencia vivida llevan implícitas una respuesta: entregarse a la secta de lleno. Son planteamientos-trampa o preguntas-truco. «Por el Ideal se vive. Por el Ideal se muere», explica gráficamente el sentido último de una programación fanática.

«¿Qué has venido a hacer en este mundo?»; «¿Para qué vives?»; «¿Por qué has nacido?»; ¿Quién eres en el fondo?» Uno contesta pero se le desarma volviendo a repetirle la pregunta, como si hubiera algo más profundo por resolver. «¿De dónde vienes?; ¿Adónde vas?; ¿Quién eres?» Estas preguntas finales no tienen respuesta por ser implanteables. Sitúan a quien se las hace en los límites de la razón. Vivir y nacer son hechos que suceden sin responder a un argumento y menos del que uno pueda dar cumplida respuesta, pues es algo que se decide fuera de él y anterior a él, simplemente por el hecho material de que la vida se la dan los padres. Semejantes interrogatorios tienen como función introducir en el sujeto que es objeto de captación, una tensión emocional y trasladarle en su subjetividad fuera del terreno de la razón.

La vida del adepto se convierte en una misión. Los que le guían son maestros en crear sensaciones. Le hacen ver lo importante que es. Llega un momento en que el sectario se siente llamado. Reinterpreta toda su experiencia hasta el punto de entender que ha nacido para luchar por la secta. Se vive para la secta.

¿Cómo se consigue introducir a una persona en un estado de psicología límite? Creando constantemente expectativas. También haciendo que lo que la secta proponga lo haga suyo quien se programa y lo tome como cuestión personal. La vida lleva a situaciones que se viven con especial intensidad. Sobre todo durante la adolescencia. Un desencanto amoroso, ni siguiera desengaño, se vive como una tragedia que lleva, incluso, a pensar en el suicidio.

Durante la juventud las emociones están a flor de piel. Se es muy sensible, lo que hace que sea un colectivo muy vulnerable por las sectas destructivas. Éstas buscan el entusiasmo personal para explotar a chicos y chicas que quieren experimentar el mundo. Se interponen en el camino y ofrecen una falsa práctica de la vida. Los adolescentes de ambos sexos son una cantera de ilusión de la que se aprovechan personas que carecen de miramientos hacia los demás. Llevan a quienes caen en sus redes a un callejón sin salida, o a laberintos existenciales de los que cuesta mucho escapar.

Hay situaciones psicológicas límite, o se viven así en un criterio subjetivo: angustia, tristeza vital, deudas en los negocios, enamoramiento, enfermedad incurable, drogadicción. Y sobre todo y muchas veces como fruto de todo esto, miedo a la muerte.

Las sectas logran que se proyecten en un sentimiento colectivo los sentimientos particulares. La organización ofrece amparo, apoyo moral, a veces económico, y comprensión. Luego una esperanza «palpable», soluciones mágicas, protección, compañía. Las ofertas a las demandas espontáneas de los individuos son de lo más variopintas. Ocurre que son falsas no por lo que indique la creencia en que se fundamenta sino en que es una pantomima para la manipulación mental. Lo que ocurre es que quien lo inspira no lo considera de esta manera. Lo hace creer a otros e induce una perturbación de la razón por una pasión violenta, como supone el extremismo de una convicción emotiva. Ofrece a este proceso un contenido y soporte doctrinario, ideológico o mercantil. Resulta entonces el furor del fanatismo.

La vivencia personal se proyecta a otra colectiva que dirige la secta. La identificación del individuo con el grupo es total. La proyección que sucede se apodera de la subjetividad, la creencia, cuando a ésta llega la doctrina. Se convierte en la nueva mentalidad del sectario.

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