Crítica al enamoramiento

En la obra Enamoramiento y amor, su autor, Francesco Alberoni, define el enamoramiento como el estado nacien­te de un movimiento colectivo de a dos. Puede ser válido como referencia a ciertos aspectos del enamoramiento, pero no vale como descripción del mismo, ya que da una idea más bien de lo que para Stendhal es el amor-pasión. Cierto que el enamorado vive exaltadamente, pero es un aspecto parcial, nada más.

No podemos entender el enamoramiento como un mo­vimiento de dos, sino que es de uno, nada más, que transfor­ma al otro en un punto de referencia. El enamorado inter­viene en su medio, lo quiere transformar para adecuarlo a su mente y que encaje con su idealismo. Cuando sucede un en­cuentro, entre el enamorado y la persona que representa su imagen, acaban huyendo uno del otro, porque no se puede vivir permanentemente en un estado de exaltación. Incluso se produce la ruptura de manera rápida, pues se ha ideali­zado al otro sin una base real, más que la inventada, y que solamente en la distancia se puede vivir y convertir en rea­lidad, al menos percibirse como tal. Sin esa fuerza total, sin ese impulso, sin esa imagen permanente el enamoramiento no es nada. Se vivencia lo imaginado.

Al enamorado se le ha descrito como una marioneta dirigida en la distancia, fruto de un autoengaño, que idea­liza la realidad. Incluso hay quien lo ha comparado con un «fanático del amor». Sucede esta confusión porque se tras­ladan conceptos e ideas de un terreno a otro, o se acoplan interpretaciones psicológicas con otras de índole social y se sitúan por encima de lo que puede ser la descripción litera­ria. El enamoramiento tiene su propio discurso y desde él se puede comprender. Hasta ahora se ha expresado, pero no se ha comprendido. El enamorado a partir de Ella crea su ideal, para reafirmarse en su ser, que es lo que va a desarro­llar en la medida que viva su enamoramiento, pero como tal, no como otro sentimiento, lo cual daría lugar a desajustes de conducta y trastornos que afectan a la personalidad.

Lo que desde fuera se suele ver como una fantasía, se vive como un proceso anímico que impulsa la vida más allá de su componente cotidiano. El enamoramiento queda fue­ra de los límites de la razón, para crear nuevas posibilidades de pensamiento. No se trata de un sentimiento irracional, sino más bien arracional. Veremos que en la poesía una constante es lo eterno, lo infinito, todo o nada, como un lenguaje particular. Con él se genera una existencia inter­na, fuera de los límites del lenguaje normal. Puede ser un uso peligroso porque, cuando se transforma en creencia y no una percepción estética, puede dar lugar a una conducta irracional en la que se organiza una visión de la realidad que se quiere imponer.

Vivir el enamoramiento se acompaña de cierta angustia vital, porque el mundo de fuera queda demasiado pequeño. Hay una concepción metafísica a fin de trasladar el senti­miento de este estado a un terreno de lo indemostrable, que permite no ceder a los razonamientos de los demás. Para salir de su angustia, el enamorado sale al mundo para ensancharlo, hacerlo más grande, en ideas, en defender sus crite­rios y romper los límites de la conciencia social a través del arte, la revolución y la cultura. Entonces la angustia adquiere un sentido, un objetivo y el enamorado puede mantenerse fiel a ese estado de plenitud que causa esa inquietud perma­nente.

El enamorado suele escribir en sus primeras palabras algo parecido a «yo soy mi angustia», porque lo angosto es la estrechez que siente su alma al vivir en la realidad. No siempre son los genios conocidos quienes expresan el ena­moramiento, sino también muchas personas anónimas que no pasan a la historia. Los personajes conocidos se convier­ten en paradigmas de otra mucha gente. El enamorado se convierte en una especie de caballero andante que retrata Miguel de Cervantes, cuando cuenta en su novela: «La esen­cia de todo aquel que lo es (caballero) es estar enamorado». Don Quijote sale a la aventura y en tal convierte su vida, en desfacer agravios y entuertos, porque quiere cantar, clamar su estado y gritarlo a los cuatro vientos. Cuando no se ca­naliza con un método, el de la exigencia artística, el enamo­ramiento se desboca, se le va de las manos a quien lo sigue. Pero no es algo que hace ver solamente la obra del Quijote, sino que es un terreno común de otras muchas novelas, poe­sías y obras de teatro, según se resalte más un aspecto u otro. En su conjunto explican el enamoramiento tal y como es.

«¿Quién que es no es romántico?», dice un verso de Rubén Darío. La búsqueda de la singularidad es otro sínto­ma del enamoramiento, que supone impulsar lo más origi­nario del enamorado. Francesco Alberoni afirma: «El ena­moramiento es una búsqueda de la propia y más profunda autenticidad, tratar de ser uno mismo hasta el fondo». Este autor italiano analiza el proceso creador en la existencia, por lo que define tal estado como estado naciente: «El enamora­miento es un acto de liberación, la libertad se vive no sólo en no depender de los vínculos con los demás, sino como derecho a no tener que depender de las consecuencias de decisiones pasadas propias o de otros. En realidad, en el estado naciente, el pasado no se niega totalmente, se niega para ser superado en una nueva síntesis».

La libertad se pone a prueba desde el enamoramiento, se quiere hacer más amplia. Es necesario tomar decisiones en cada momento, pues cada paso ha de ser creativo, original, propio de un estado poético que impacta sobre el vivir co­tidiano. Todo adquiere sentido, hasta lo más sencillo. Cada acto concreto, por superfluo que sea, participa de la gran­diosidad del proyecto que el enamoramiento impulsa. El enamoramiento es buscar el sentido del propio destino, dice Alberoni. Cuando este autor afirma que el que se enamora ya ha intentado o probado enamorarse varias veces, lo con­funde con la pasión, esta emoción es un predicado, no una situación desde la que se adquiere una nueva perspectiva. El enamoramiento no es un aspecto del amor, ni una variante de éste. No es una relación, sino que lo es en sí mismo y lo es de manera originaria, que sucede como arrebato una sola vez, por regla general, pues ese instante en que se produce, en que explota por dentro, acompaña a la personalidad. No es, por lo tanto, una sublimación del deseo sexual insatisfe­cho o una evasión del amor frustrado. No es la transforma­ción de otros sentimientos.

Para el autor de Enamoramiento y amor, en realidad, el ena­moramiento, como toda transformación radical en la vida, puede aparecer sólo una vez o nunca. Se refiere a este estado como una «ventana del ser». Ella es quien abre tal dimen­sión que hace que el ser más profundo y genuino salga a la vida creándose una nueva dimensión de la individualidad. La conciencia se pregunta muchas cosas, porque lo imagi­nario compite con la realidad exterior. Esa imaginación que adquiere realidad interiormente necesita ser experimentada, ponerse a prueba y luchar por la misma.

El lenguaje poético busca la esencia de las cosas. La ins­piración es un acontecimiento íntimo que une lo imaginario con la realidad, para acoplar ambos planos de la percep­ción. La inspiración arrebata al escritor y le lleva a concebir nuevas formas del lenguaje en donde el ritmo y la metáfora forman parte de su comunicación. La lectura de poemas emociona, cuando se hace interiormente, dejando que calen sus mensajes. Forman una imagen, casi táctil, que se nota, algo que no sucede cuando uno se imagina un sueño o se recuerda. Escribe Vicente Aleixandre:
Silencio.
Esta música nace de tus senos.
No me engañas,
aunque tomes la forma de un delantal ondulado,
aunque tu cabellera grite el nombre de todos los hori­zontes.
Y su poema de amor: Te amo, sueño del viento

Yo os amo, viajadores del mundo, los que dormís sobre el agua

La esperanza es la tierra, es la mejilla,
es un inmenso párpado donde yo sé que existo.
¿Te acuerdas? para el mundo he nacido una noche
en que era suma y resta la clave de los sueños.

camino, viajadores del mundo, del futuro existente
más allá de los mares, en mil pulsos que laten.

En forma de prosa en su escrito Silencio, Alexandre dice: «Esa luz que la luna me envía es una historia larga que me acongoja más que un brazo desnudo ¿Por qué me tocas si sabes que no puedo responderte?… Pero tú, hermosísima, no quieres conocer este azul frío de que estoy revestido y besas la helada contracción de mi esfuerzo… No quiero saber si los labios son una larga línea blanca…. Acabaré pronuncian­do unas palabras relucientes. Acabaré destellando entre los dientes tu muerte prometida, tu marmórea memoria, tu tor­so derribado, mientras que me elevo con mi sueño hasta el amanecer radiante, hasta la certidumbre germinante que me cosquillea en los ojos, entre los párpados, prometiéndoos a todos un mundo iluminado en cuanto yo despierte. Te beso, oh, pretérita, mientras miro el río en que te vas copiando, por último, el color azul de mi frente».

Alberoni se queda a medio camino de observar el ena­moramiento en sí mismo, al hacer interferencias y traslados conceptuales entre el enamoramiento y el amor: no pode­mos enamorarnos del que no conocemos, del que no ha­bla con nosotros, cuando lo que no se puede es amarlo o desearlo íntimamente, pero sólo de esa manera intangible que él dice sucede el enamoramiento. Él mismo lo apunta cuando observa: ¿Qué puede hacer la propia voluntad fren­te al enamoramiento ya existente? Decidir cortar, no ver a la persona amada, alejarse de ella. Es la ausencia de Ella la que le da presencia en la mente, ocupándola como fondo de la misma. Muchas veces se siente raro este proceso y se huye de él, se niega o se deforma en otras vivencias que simulan el enamoramiento, como pose y adorno fatuo de una relación.

El enamoramiento es una chispa que prende la psiquis y crea la sensación de alma, mente o como se quiera llamar, a eso que late dentro de cada cual y que el enamoramiento hace palpable. Es difícil de describir, por eso la poesía faci­lita imágenes que permiten visualizarlo, imaginar el fuego interior, la luz, el calor profundo. Lo que se entiende en oca­siones como una exageración no lo es, sino que se trata de una visión más profunda, más cercana de esas percepciones.

La palabra y las imágenes se convierten en símbolos. Los sueños se transforman en un castillo en el cual se habita y Ella en su princesa. Defender este estado psicológico es lo que narran las historias de amor y de caballeros que defien­den a su amada y la buscan. Conseguir el reconocimiento, el beso de la amada, es aceptar el estado en el que se sitúa el enamoramiento. Tal es la lucha que acontece durante la ado­lescencia, lo que absorbe toda su atención. La vida cotidiana se vive como un rollo, algo que molesta porque le dispersa de ese estado naciente.

Jorge Guillén escribe una Carta urgente ante este sentimiento para explicarlo y hacer que se vea con un preludio:
Más luminosamente: a un resplandor se alía
para mí personal. En mi alma está impresa
con tu gesto esa luz, y ya mi vida es mía.
Te has ido. Me has dejado solo frente al deseo:
Mi afición a mezclarte con todo lo que veo,
a seguir tu perfume por esa escalerilla
que nos lleva hasta el piso de una verdad sencilla:
Nada más necesario, más dulce ni más justo
que unir en el coloquio tu gusto con mi gusto.
Y mi gusto va a ti que te llamas «Tú»,
a quien digo te quiero, je t´aime, I love you.
En cualquier lengua el verbo capital me conviene,
y hasta muy bien callado también ti voglio bene.
Como aquí no te hallas, a este papel ahora
le diré que eres tú quien me enamora,
y en esta soledad de diciembre quisiera
dar a tu sola imagen valor de verdadera
compañía. De modo muy leve me contento.
Vivimos en la forma precaria del momento.
Otra yo no conozco. ¿Soledades? Te has ido.
Ni tú ni yo sabemos de eclipses ni de olvido.
Ya no oteas quizá por el cristal del tren.
El paisaje tan tuyo. Y reclinas la sien
para mejor soñar con los ojos cerrados.
Ah, tus ojos cerrados. Lo sé. Ni es que un abismo
vaya a causarte vértigo. Nada existe a tus lados.
Quieres amar así. ¿Me ves? Soy tu amor mismo.

La vivencia de Ella se guarda en secreto. Con su imagen no se inspiran deseos sexuales. Hay un respeto a tal imagen que ni en sueños se transgrede. En tal estado, fantástico, se concibe como un «pecado», no moral, sino como una prohi­bición que permite mantener el enamoramiento, que de otra manera desaparecería. Sucede incluso en personas que en su vida cotidiana mantienen costumbres libertinas y de actitud abierta a cualquier tipo de relación personal, pero no con su imagen idílica. Ante ella la existencia da una sensación de vértigo, lo cual se recoge en la obra El concepto de angustia del filósofo danés Kierkeergard, quien racionaliza el enamo­ramiento y, sin embargo, esquiva el momento peculiar de Ella. Es por tal motivo que Mounier, desde su postura de el personalismo, habla de «existencia perdida», la que pro­pone Kierkeergard, quien traslada la dialéctica del enamo­ramiento a una reflexión sobre Dios.

En la obra Tratado de la desesperación escribe: «Como las descripciones de amor del poeta, la que el creyente hace de la religión tiene su encanto, un vuelo lírico que nunca alcanzan ni maridos ni pastores. Pues lo que dice tampoco tiene falsedad y, por el contrario, su pintura, su relato, son precisamente lo mejor de sí mismo. Ama la religión como amante desventurado, sin serlo en el sentido estricto del creyente; de la fe no tiene más que el primer elemento, la desesperación; y en esta desesperación, una ardiente nostalgia de la religión». Si en lugar de «religión» ponemos Ella tenemos una de­finición clara y diáfana del enamoramiento.

El filósofo francés, Mounier, escribe sobre el enamora­miento: «No busca lo auténtico, busca lo raro. Por ejemplo dejará a la mujer querida después de una sola noche de amor que preparara durante varios meses, abandonando al ser del amor en el momento en que empieza a palpitar con su pro­pia vida… Es capaz de todo, pero no se compromete a nada, si es necesario hablará mucho mejor de Dios que un sacer­dote, con la diferencia de que no se hará sacerdote. Incluso en el corazón de la sexualidad su erotismo es un “erotismo espiritual”, sofisticado, más que una verdadera pasión de sentidos». Como dispersa la vida a los cuatro vientos, toda concepción estética de la vida es desesperación, consciente o no. Como su esencia es, pues, la indiferencia y no la per­versidad es preciso conducirle, al seductor seducido, a salir por todos los medios de esta indiferencia a la opción. Es Ella eso que da significado al conjunto de vivencias disper­sas, aunque no se atreva a reconocerlo, porque sucede de una manera invisible, sobre todo para los demás.

Cuando se renuncia a esta inspiración surge un estado depresivo, en la que todo carece de sentido, todo es absurdo y la imagen de uno mismo es la de no valer nada, se dice «la vida ha ter­minado para mí». Suele acontecer en el paso de la juventud a la etapa de adulto, etapa en la que se pasa de vivir dentro de uno a vivir desde y para fuera. Proceso de madurez que debería hacerse conscientemente, con el fin de mantener elementos creativos en la personalidad y capacidad de lle­var la iniciativa en la vida, no solamente dejarse llevar. En esta situación sucede también el tránsito de una manera de pensar libre, crítica, a otra que estructura modelos de pen­samiento conservadores e intolerantes, de manera que en muchos casos no se reconoce a la persona que fue joven de la que es adulta.

Este proceso de robar la existencia a las personas tiene mucho que ver en la perspectiva del enamo­ramiento, que se aparta de la mente, como si todo hubiera sido un delirio.  En la obra “Dos o tres Gracias” Aldous Huxley escribe “el amor imaginario sólo puede florecer a distancia de su objeto”.

Un texto de Mounier recoge una sensación que cuadra perfectamente con el enamoramiento, aunque no lo nom­bre específicamente: Estamos afectados por realidades que sin ser propiamente inconscientes no llegan a atravesar el umbral del conocimiento. Se revelan por sentimientos fun­damentales cuya capacidad de revelación es superior a la capacidad explicativa del conocimiento que los desarrolla… Así es como conocemos nuestra situación fundamental en el mundo. El enamoramiento interviene en la síntesis que explica al hombre. Es algo que brota, ¡surge!, no se puede provocar por la mera voluntad. Se trata de una experiencia interior que aparece como acontecimiento transformador de los sentimientos, de las emociones y de la reflexión. Per­manece como substrato de manifestaciones artísticas.

El enamorado huye del mundo en la medida en que bus­ca llegar a Ella, que se convierte en el eje de su universo psicológico. Se huye de Ella, para buscarla, en un proceso de engrandecimiento del mundo exterior e interior, lo cual se quiere manifestar en el entorno más inmediato. Escribe Mounier: «El error del primer amor estaba en creer que sólo podía realizarse huyendo del mundo». Es un error en cuan­to a la relación de amar, pero el enamoramiento es así, tal como lo define. También dice que el amor empieza cuando se ha desvanecido el misterio, porque se fundamenta en lo intangible. Sin embargo, el enamoramiento no, su esencia es el halo mágico que se siente. Acontece la plasmación de un modelo mítico de belleza. La percepción estética adquiere en el enamorado un vínculo emocional que hace que Ella pase de lo abstracto a lo concreto, porque es capaz de llegar a la realidad a través del arte o de conductas originales, ca­paces de arriesgar para buscar nuevos mundos en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad.

Lo etéreo y abstracto se vive como una certeza, a modo de fe, en el sentido en que la entiende Miguel de Unamu­no, la fe no es creer lo que no se ve, sino crearlo. Se trata de una creencia estética, formándose un absoluto subjetivo, por contradictorio que pueda parecer. Muchas manifesta­ciones de fe en la literatura se asemejan al estado de enamo­ramiento, como si éste se dirigiera a Dios, de manera que se trasciende, se saca hacia afuera. De todas formas la fe tiene su propia realidad y no es una transformación del enamora­miento, lo único resaltar ciertas analogías y manifestaciones paralelas, por lo que el enamoramiento no es un sucedáneo de nada, pero interviene en la formación de cualquier tipo de fe personal, pero que se hace objetiva.

En lo poético se descubre una nueva dimensión de la mente, porque permite mirar fuera de los límites que mar­ca la naturaleza biológica del cerebro y del uso racional del pensamiento. Lo poético capta la realidad de otra manera y se comunica con ella mediante la imagen. Es el lenguaje de la metáfora. En la poesía el espacio y el tiempo se quedan diluidos. Cabe crear otros mundos fuera de la demarcación de aquello que meramente es observado, lo cual es el con­texto de la literatura en general, porque es una realidad crea­tiva y creada que construye elementos visibles para hacerlos reales. No es que sean falsos, sino que no son previos a los sentidos ni tampoco a la conciencia.

Ella abre las puertas a ese nuevo mundo que del interior sale afuera y que colectivamente ha ido creando el arte y la cultura y se hace realidad social, de una u otra manera. Es todo un proceso que describe Dante en su obra Divina comedia, en la que Ella, Beatriz, inspira la creación escénica del infierno, el purgatorio y el cielo. Para hacer real la visión subjetiva se convierte en objetiva a través de la figuración de Dios. La causa del mundo interior se traslada a la causa de la creación de toda la realidad del mundo, y hace que ese Ser, creador de cielo y tierra, intervenga en la vida des­de los aspectos más cotidianos a cualquier hecho histórico, convirtiéndose en un punto de fuga de cualquier aconteci­miento. A Ella se le diviniza, convirtiendo su imagen en un mito personal, hasta que la razón guía el devenir profano de la existencia, queda la creación artística para manifestar ese otro mundo.

Pero el impulso a crear nuevos mundos impulsa descu­brimientos e inventos científicos, ya que el enamoramiento se convierte en una actitud de búsqueda, de inquietud que abre otras posibilidades, lo cual ha servido para crear nuevas teorías que expanden nuestra mente y nuestros conocimien­tos, de manera que amplían el mundo de lo real, como hizo Darwin, Einstein, Freud, Fleming y miles de científicos más que además de serlo fueron seres humanos con capacidad de enamorarse. Santiago Ramón y Cajal escribió diversos textos en los que explica el impulso que inspira el afán de investigar, como actitud estética ante la vida, tal que el ena­moramiento es un estado estético. Para Ramón y Cajal «vivir es crear», lo que habría que matizar después de conocer su obra literaria y su biografía: vivir enamoradamente es crear.

El premio Nobel de la neurología española estuvo, du­rante una etapa de su vida, absorbido por la pasión de la fotografía y la lectura de novelas románticas, con el fin de entenderse a sí mismo. Escribe: «Silveria, la rubia grácil, de grandes trenzas de color miel que recuerdo huyendo despa­vorido hacia su casa en al calle del Hospital de Huesca, ante mi presencia y fama de camorrista, de lapidario». Igual que la figura literaria de don Juan Tenorio, Ramón y Cajal quie­re llegar a Ella, para lo cual no para de llamar la atención, en general, con sus conductas llamativas de joven rebelde. Cuando observa sus sentimientos percibe en sí mismo una sensación abstracta. Se casó con Silveria, de manera que mantuvo una relación de amor y convivencia con ella, pero escribe al respecto: «¿Fue mi primer amor? No lo creo. Mi encuentro con el amor adolescente tuvo lugar en Ayerbe… Tenía yo dieciséis años y ella catorce. Era amiga de mis her­manas y la recuerdo bordando junta a ellas: ojos negros, centelleantes, grandes y soñadores, ¿mi primer amor? Así lo confesaba en aquellos versos que compuse: “Mi corazón libre / antes que a tus ojos viera / risueño al sol contem­plaba / y en eterna primavera / alegre y feliz soñaba”. A los veinte años la llamaba la Venus del Milo. ¿Amor verda­dero?, pienso que no. Sentí hacia ella la atracción del artista ante el arquetipo de belleza, una pasión, también platónica que hallaba satisfacción plena en la mera contemplación». Fijémonos que adjetiva el amor de cuando joven de platóni­co, para diferenciarlo del otro. Se refiere al enamoramiento, pues despierta en él ese arquetipo de belleza y esa distancia que requiere estar enamorado.

El descubridor de la neurona en la anatomía del cerebro escribió la obra Psicología de los artistas, en la que reconoce tácitamente el enamoramiento como impulso de las horas y horas dedicadas a investigar y estudiar. El personaje de Cervantes, don Quijote de la Mancha, le sirve de modelo para reflexionar sobre qué le mueve por dentro, más allá de la curiosidad científica, aquello que le provoca inquietud, que le hace salir a buscar algo, descubrir un nuevo mundo, en su caso a través de la ciencia: «Don Quijote acaricia un ensueño luminoso, quiere vivirlo y hacerlo vivir a los de­más hermoseando y ennobleciendo la tierra de sus mágicos destellos… Su entendimiento, agudísimo y genial, fue presa y juguete de ilusiones, obsesiones e ideas delirantes». Cajal encauzó su enamoramiento en el discurso de la normali­dad, gracias al campo de la investigación, que le llevó a crear nuevas hipótesis y luego comprobarlas como teorías, pero admite y reconoce «su peculiar locura», la cual, dice, es el impulso que le hace vivir intensamente. Se pregunta ¿por qué Cervantes no hizo cuerdo a su personaje? Este hidalgo caballero, cuenta Cajal, vive su exaltación de la belleza para luchar por su visión del mundo, su subjetividad, y hacer de su delirio una realidad. Convierte al mundo en su escena­rio para una aventura caballeresca, cuya esencia y camino es Ella, Dulcinea del Toboso.

Digamos que Ramón y Cajal enamora su cordura. Los personajes literarios viven lo que sus autores, y muchas personas más, sienten, pero se limitan a sacarlo fuera escribiendo o leyendo. Convierten en imagen lo que viven en su interior. Aunque no se siga su impulso el enamoramiento es una vivencia y como tal se experimenta. Si alguien imagina un monstruo, aunque no sea cierto que exista, su miedo sí es real. De esta manera el enamorado vis­te la realidad de sus sueños. El artista lo quiere comunicar, hacerlo real aunque sea de manera indirecta. Escribe Ramón y Cajal: «los grandes soñadores aspiran a realizar sus ensue­ños, a vestir sus quimeras de carne y sangre».

En el poema Sol de Ramón y Cajal expresa que Ella es quien le ilumina y le abre las puertas de la eternidad, «eterna primavera». Perdura a lo largo de su vida esa imagen como un estado naciente, que dice Alberoni, pero sin necesidad de estar relacionados el sujeto y Ella. La imagen arquetípica sobre la que se construye su captación de la belleza son «los ojos soñadores», ¿por qué sabe que sueñan?, ¿por qué lo su­pone?: «Tan seriamente tomaba el papel del héroe cervanti­no que mi alma romántica sufría con sus peregrinos lances y aventuras, cuyo desastroso final me hacía atisbar la injusticia de la derrota de los entes de ficción».

Cajal llegó a padecer una crisis de identidad porque lo que sintió como real no aparecía fuera y lo tuvo que crear y comprender. Su inconformismo le llevó a descubrir nuevas realidades del cuerpo humano, fue un artista de la ciencia. La pasión que desarrolló interiormente le permitió enfren­tarse con la comunidad científica de la época, que en un primer momento no aceptó sus estudios. Formó parte de su enfrentamiento a la vida. Escribe: «¿Quién soy yo? ¿li­terato frustrado?, ¿vocación romántica doblegada por el intelectualismo de mi padre que quiso hacer de mí mero instrumento de conocimiento y producción?» Mantuvo a lo largo de su vida una lucha entre su mundo y el de fuera, que trataron de imponerle, que le arrastraba, pero mantuvo su inquietud transformadora. Cuando se renuncia a tal impulso se entierra el alma en la realidad. Muchas veces para salir de ésta se «sobresale», a través de la fama, la gloria que se dedica a Ella, no sabiéndolo siempre, pero la imagen creada de Ella se convierte en la musa de muchos actos poéticos, a veces incomprensibles. Ramón y Cajal elabora su propia inquietud proyectada en la figura de El Quijote, en quien observa su imagen: «¿Qué vale el pálido y mezquino mundo real. Una vida interior intensa, le absorbe (a don Quijote), vida recogida y ensimismada ocupada en hilar un imposible entre los bramidos del trueno y el furor del viento, al áureo capullo de la gloria».

Ideas abstractas que se hacen colectivas, como la idea-sentimiento de patria, se perciben como realidades, cuyo re­sorte psicológico se explica atendiendo al enamoramiento. En este sentido escribe Ramón y Cajal: «Solía decir Alferi que sólo acertaba a componer sus tragedias cuando estaba enamorado. Depurando este pensamiento fue quien tem­pló y enardeció mi voluntad y adiestró mis manos, pero un amor fervoroso, puro y santo que todos los españoles de­biéramos sentir… hay que soñar grande a España… Es preci­so trabajar intensamente, sin desmayos, ni pesimismos para que la Dulcinea de nuestros ensueños, síntesis suprema de renuncias, adoraciones y sacrificios, adquiera cuerpo y espí­ritu plasmándose en espléndida y laboriosa realidad».

Cuando Ramón y Cajal se casó con Silveria, a quien lla­mó «la mujer de mis realidades», lo cual es significativo y corrobora lo que planteamos, lo hizo contra el criterio de sus padres. Se reconoce proclive al enamoramiento como reflejo del estado enamorado que latió en su alma. Lo cual explica él mismo que fue lo que le educó y formó su carácter sintiendo la angustia como dolor interior: «El dolor mismo nos sería útil, porque el dolor es el gran educador de almas y creador de energías». Lo cual es un síntoma del enamora­miento.

Cajal se encierra en su laboratorio en el que desarrolla su creación que aplica a la ciencia. Precisamente en el estu­dio del cerebro que da soporte y base material a lo etéreo que sentimos y desde donde se piensa. La vocación de este científico es de entrega total a su trabajo, que hace apasiona­damente. Llega a describir su labor como «la religión del la­boratorio». Logra mantener un equilibrio entre lo abstracto y lo concreto en su mente: «¿Cuál es la causa de que yo ten­ga conversación alegre y pensamientos tristes? ¿Por qué el pueblo andaluz cuando habla ríe y cuando canta llora? Cada cual finge lo que necesita por compensación de lo que tiene. De esta manera la vida mental integra y completa todos los órganos cerebrales que entran sucesivamente en juego».

Ortega y Gasset relata el enamoramiento en Estudios so­bre el amor: Se habla mucho del ideal de justicia, de ideal de verdad o de belleza, pero nadie se pregunta cómo tiene que ser algo para ser ideal. El ideal es una función vital, un ins­trumento de la vida entre otros innumerables… El ideal es un órgano constituyente de vida. El enamoramiento es esa función vital y permite lograr lo que este filósofo vitalista dice en cuanto que «vivir es más que vivir». Desde el ideal se intensifica lo vivido. El enamoramiento abre el espacio mental para que quepan los ideales.

En Estudios sobre el amor se mezclan diversos conceptos de amor. Concibe el enamoramiento como una variante más de los usos y abusos amorosos y aplica muchas reflexiones que sirven para el amor al enamoramiento, de manera que lo mira a través de una relación, lo analiza desde fuera sin entrar en él como tal, lo que hace que se refiera al enamoramiento como un recuerdo de juventud, separado de su vivencia por lo que es un análisis, el que hace Ortega, superficial, que no llega a su esencia. No lo ve en sí, trasladando su interpreta­ción a un contexto psicológico: «El amor de enamoramien­to se caracteriza por tener estos dos ingredientes: sentirse encantado por otro ser que nos produce una ilusión íntegra y sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona como si nos hubieran arrancado de nuestro propio fondo vital y viviésemos trasplantados a él, con nuestras raíces vi­tales en él…

El enamorado se siente entregado totalmente al que ama, donde no importa que la entrega corporal o espiritual se haya cumplido o no». Describe muchos rasgos del enamoramiento, pero los aplica luego a una variante del amor. La entrega es total en alma, no en cuerpo. Para enten­der el enamoramiento debe elaborarse su propio discurso, no ser un añadido al de la pasión o al amor. Es una realidad integral, no parte de algún sentimiento. El fondo vital al que hace referencia Ortega, sobre el enamoramiento, es circuns­tancial, porque lo modula desde una condición social y así trastoca el conocimiento del mismo. La percepción del ena­morado es la de ser Ella, algo genuino. Nunca se convierte en algo estandarizado.

Muchas de las patologías que se achacan al enamora­miento suceden cuando el mismo se ha enquistado o se re­prime y queda a medio camino entre lo que el sujeto siente y lo que vive. No provoca los trastornos mentales el enamo­ramiento, sino su ausencia. Cuando la fuerza que mana de él no se canaliza creativamente se convierte en destructiva. Bien que puede desbordarse. El enamoramiento no rompe con la historicidad del individuo, sino que produce un salto, un acelerón que libera de ataduras y normas que atenazan la vida social y la mentalidad mayoritaria. Las extravagancias son un síntoma de este estado. Lo cual hace que se pueda ver como algo erróneo, como hace Ortega y Gasset: «No es que el amor yerre a veces, sino que, por esencia, es error.

Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra ima­ginación proyecta incesantes perfecciones. Un día la fantas­magoría se desvanece y con ella muere el amor». Sin em­bargo no es así, no se engrandece a una persona, sino una imagen, y no hay desencanto porque no hay una respuesta por parte del otro. Ortega mezcla cualidades del amor con las del enamoramiento. Éste forma parte de la personalidad del individuo, se realiza en el sujeto, mientras que el amor y el deseo son predicados que hace el sujeto. Cuando el artista da algo de sí mismo en su obra lo hace para buscar la esencia del otro, no es un acto explicativo ni para comprender nada. Se expresa. Su obra es un impacto que surge de un estallido estético.

Lo que sí es un error es amar con las bases del enamo­ramiento, simularlo y dramatizar algo que no es, de ahí la insatisfacción cuando pasa el primer momento de embelle­cimiento de un encuentro. Toda especie animal mantiene unos ritos de conducta en sus relaciones sexuales, que en el ser humano se cargan de palabras, ideas y conceptos cultu­rales, de manera que el enamoramiento forma parte de esta desviación de la naturaleza a un nuevo ecosistema de facetas sentimentales.

El enamorado se entrega y compromete con su realidad, se enfrenta a lo que le circunda para situarse en el mundo a su manera, porque necesita probar su existencia. Ese im­pulso queda latente desde el enamoramiento, y cuando se quiere revivir, la relación cotidiana no le sirve, busca otra para empezar, y así sucesivamente, lo cual es la base del don­juanismo. El enamoramiento no se elabora, sino que se sitúa en la mente de quien lo siente. No es una fantasía que pro­duce el yo, el ser, pues forma parte de ese yo del ser. Ortega, por contra, mantiene que el objeto es elaborado por nuestra apasionada fantasía. Dice: el amor muere porque su naci­miento fue una equivocación. El enamoramiento no muere, queda relegado, se exilia a un lado porque deja de ser un punto de referencia de vivir, pero siempre va a quedar como parte del ser de la persona, no como un mero recuerdo. El enamoramiento se deforma cada vez que se acoplan defini­ciones que no le corresponden o se define qué debe de ser. Ortega ofrece una visión pintoresca del enamoramiento, lo llega a caricaturizar, al dar una imagen estereotipada de este estado: «El enamoramiento es un fenómeno de la atención, un estado anómalo de ella que el nombre normal produce… No se trata de un enriquecimiento de nuestra vida mental. Todo lo contrario, la atención queda paralítica: no avanza de una cosa a otra. Está fija, presa de un solo ser. Manía divina, decía Platón. Sin embargo, el enamorado tiene la impresión de que su vida de conciencia es más rica. Al reducirse su mundo se concentra más.

Todas sus fuerzas psíquicas con­vergen para actuar en un solo punto y esto da a su existencia un falso aspecto de superlativa intensidad». Ortega obvia en su discurso el carácter creativo que lo fecunda y juzga lo que únicamente por sí mismo puede ser narrado, ya que se ponen en funcionamiento nuevas capacidades que no pue­den reducirse a meras relaciones psicosociológicas, porque no proviene de tales ámbitos de la personalidad. Aparece en lo poético a modo de una irrealidad que existe en quien lo percibe. No se trata de un conocimiento objetivo, sino de ver cómo lo subjetivo es capaz de hacerse realidad.

La razón puede explicar qué es el enamoramiento, pero lo se siente o no y sólo desde su vivencia es posible argumen­tar sobre su devenir. Son sus huellas las que apuntan a saber qué es. Hace que la conciencia se extienda. Ortega lo ana­liza desde lo circunstancial, no desde su esencia, en la cual convergen y coinciden las obras literarias que tratan sobre la fenomenología del enamoramiento. El amor sí depende de las circunstancias, no tiene esencia, por ser una relación.

El enamoramiento interviene, cuando se hace ausente, en la aparición de procesos mentales claramente patológi­cos que llenan ese vacío que deja. Lo enfermizo aparece cuando no es posible localizar interiormente el estado de enamoramiento y es ocupado por deformaciones de la re­lación de pareja o de la realidad, como sucede con los ce­los. Se ve en los demás esa mirada que se ha abandonado, y de manera morbosa se piensa que todos los que rodean al cónyuge quieren apoderase de él, lo que hace sufrir in­mensamente a quien padece los celos. Con la esquizofrenia se sufre una dualidad en la vivencia y visión de las cosas, como si la personalidad se desdoblase en dos. Se produce una bifurcación de la conciencia. El enfermo, en lugar de ser capaz de pasar de una a otra y dirigir ambas, tiene su conciencia partida en dos y es incapaz de dirigir una de esas partes y tampoco puede relacionar una con la otra. El foco del enamoramiento es muchas veces el detonante de esta si­tuación, como consecuencia de un proceso no reconocido y que ha de adormecer con fármacos esa parte que supone un peligro para el afectado y para la sociedad. Con la depresión se experimenta la ausencia del enamoramiento, de manera que se convierte en un agujero negro de la psiquis. En la neurosis hay una fijación, cuando se renuncia a vivir el ena­moramiento, pero queda incrustado dando lugar a conduc­tas obsesivas de manera inconsciente. No quiere decir que en todos los casos intervenga el enamoramiento, pues hay cuadros de origen biológico, otros con una causa social o emocional del tipo que sea, pero es evidente que en muchas situaciones de las enfermedades mentales ese sentimiento de flotación que se desconoce puede influir en algunos sín­tomas de las mismas.

En ciertas enfermedades mentales se perciben como reales muchas vivencias subjetivas, que desde fuera se con­ciben como fantasías o invenciones. Cuando afectan a la conducta se consideran delirios, porque no se saben codi­ficar. Muchas veces la curación consiste en recomponer el ser y hacer conscientes todas sus potencialidades, para elegir con cuales se vive. Muchos enfermos definen su sufrimiento como «dolor del alma», y no basta con anestesiarlo, porque el síntoma tiene una causa, que es la que padece en el fondo de su ser.

La mentalidad no se compone solamente de concien­cia e inconsciente. Hay otros elementos integradores de la personalidad humana que, incluso, relacionan esos dos pi­lares de la mente. Algunos aspectos de estos grados de la psicología son descritos en teorías teosóficas y esotéricas, como cuerpos espirituales. El convencimiento que muchas personas asumen sobre estas doctrinas metafísicas sucede porque en un primer momento coinciden las explicaciones espirituales con la vivencia interior de quien las estudia y se plantea que sea verdad, porque las ha sentido. El lenguaje del enamoramiento se ha usado para crear algunas doctrinas que sacan la conciencia de la realidad con el fin de impulsar a creer lo que sucede cuando hay una sensación íntima que se reconoce, pero es en otro contexto, de manera que se activa una manipulación psicológica al trasladar la vivencia interior a un cuerpo doctrinario, que permite que el afectado acabe integrándose en una organización, desde la cual se dirige su voluntad.

Lo que para Ortega y Gasset es una reducción del mun­do, desde el enamoramiento supone engrandecerlo, porque le resulta pequeño lo de afuera y la manifestación artística, que muchas veces se vive en la lectura o en vivir de una ma­nera arriesgada y aventurera, es una ventana que amplía los horizontes de las cuatro paredes de la realidad. La lucha del enamorado consiste en hacer encajar su estado interior con el mundo externo, por lo cual trata de trasformar éste. Mu­chas propuestas revolucionarias, utópicas, tienen este fun­damento en su fondo anímico. La poesía acompaña siempre todo proceso de transformación social y personal. El ro­manticismo quiere hacer real el mundo de los ensueños, mu­chas veces con planteamientos maximalistas. El idealismo lo diseña como posible. Por contra, hay una dosis de nihilismo en toda concepción realista del mundo porque niega el con­junto de subjetividades cuando asume un criterio objetivo y práctico.

Según Ortega cuando hemos caído en este estado de angostura mental, de angustia psíquica que es el enamora­miento estamos perdidos. Percibe el enamoramiento desde sus efectos, lo bordea y no llega a su esencia. La impotencia creativa hace que se busquen otros caminos como el de la fama, conseguir la gloria, con el fin de llegar a Ella desde la distancia, al no haber podido el enamorado crear su mun­do en una obra artística. Y se sigue ese dicho latino de «ad augusta per angosta», aunque suele suceder al revés, es la angustia la que busca el camino de la grandeza, para hacer que la mente salga del cerco que padece cuando la realidad atrapa la existencia del sujeto.

El enamorado se siente náufrago, un vagabundo en lo que existe fuera de su ser. En La rebelión de las masas Ortega define la libertad sobre la idea de que vivir auténticamente es sentirse náufrago. Este filósofo reconoce ciertos efectos del enamoramiento, pero los saca fuera de su estado, los vacía y por eso afirma: «el alma de un enamorado huele a cuarto cerrado de enfermo, a atmósfera confinada nutrida de los pulmones mismos que van a respirarla». Al contrario que Ramón y Cajal, Ortega aniquila el sentido creador de este estado de ensueño. Lo que se razona y convierte en teoría ha de partir de una base empírica que sólo da la expe­riencia de haber vivido la situación que se quiere describir. No basta ver la parte externa de las conductas de los demás para juzgarlas, porque se vacían de contenido. Recoger las expresiones de muchas subjetividades permite elaborar un discurso del enamoramiento como opinión generalizable, sobre todo cuando provienen del mundo del arte, de la li­teratura, ya que no son conceptos, sino experiencias que se cuentan en forma de historias y metáforas.

Cuando surge el enamoramiento cambia de manera ra­dical la forma de ver el mundo, algo que se suele asociar al paso de la pubertad a la adolescencia. Se produce una hipersensibilidad que permite observar los detalles estéti­cos con suma precisión. La poesía que escriben o leen los jóvenes adquiere un valor muy especial. Incluso el rechazo a la misma responde a un sentimiento de vergüenza o de miedo a las burlas y por eso se oculta. La belleza adquiere más intensidad, lo cual no se puede entender sin tener en cuenta la subjetividad, por eso cuando el enamoramiento se instrumentaliza como sentimiento colectivo puede ser peligroso si se proyecta a un ideal que busca sustituir una realidad por otra, como pasa desde concepciones ideológi­cas o religiosas. Los modelos totalitarios imponen un ideal de belleza que abarca desde los estilos arquitectónicos a la moda, pasando por el arte. En otros casos el enamoramien­to se falsifica a través del consumo, en donde las imágenes publicitarias usan la parafernalia y los códigos del enamora­miento, pero construidos técnicamente a través de diseños de comunicación.

Desde el enamoramiento uno se aparta de la vida co­tidiana. A veces ésta se usa como escondite y no se suele dar un enfrentamiento abierto con la normalidad, a no ser desde posturas intelectuales que disimulan el contenido in­terno de sus críticas. El enamoramiento es una especie de «parasentimiento», más allá del sentimiento, que se relaciona con muchos aspectos de la vida, más o menos directa o in­directamente. No sólo impulsa determinadas acciones, sino que acompaña a cada una de ellas y al vivir.

El amor –explica Ortega y Gasset– modela de tal suerte el destino universal individual. Yo creo que no nos hacemos cargo de la enorme influencia que sobre el curso de nues­tra vida ejercen nuestros amores, según lo cual lo vital es el ámbito sobre el que se desarrolla el Hombre, pero al existir, al tomar conciencia de vivir se descubren muchas capacida­des que no nos acompañan y hay que crearlas y romper las limitaciones de nuestra propia existencia, lo cual angustia al existencialista que busca la coherencia y la integridad con su conciencia. Esa dosis de zozobra que vive el enamorado es una reacción al encerramiento que se supera al buscar nuevos horizontes.

Con la lógica sólo es posible ver y asu­mir las limitaciones, no superarlas. El arte salta más allá de lo vital, de ahí su irrealidad, pero busca hacerse real y pre­viamente lo hace sentir. Transforma la vida en existencia, por eso su influencia y la certeza de aquello que expresa. La conciencia de lo temporal se trastoca y se enlaza con la idea de destino, del deber hacer, construye un lenguaje poético que sirve para conmover, llevar afuera la parte interior de las personas, por eso lucha contra la deshumanización de la sociedad, de la economía o de la política. Con el arte se sacan al mundo estados internos del ser humano, los hace visibles. No es que sea una situación objetiva-real, sino que manifiesta una realidad-subjetiva, que fortalece la individua­lidad, la autenticidad del sujeto frente a la colectivización. Cuando el arte no canaliza este proceso, se negocia con él, se instrumentaliza para hacer que cada cual vaya a lo suyo. Se convierte en una pose. Mientras que el arte comunica al artista con la gente que se interesa por su obra, el comercio del arte hace del artista un ser aparte y su relación con la gente es a través de la producción, no del ser. De ahí el pe­ligro de convertir el arte en una mercancía, en un producto o una mera imagen, sin elementos de crítica, como adorno y nada más, un espacio de vanidades en la que están en juego premios y florituras más que la comunicación y expresarse.

Es difícil lograr la expansión del alma con los horarios, las vacaciones en fechas establecidas, los ratos definidos por las relaciones laborales que penetran en todo. Por ello el enamorado empieza rompiendo con el sistema en un pul­so contra la realidad en el que se suele perder. Por eso el enamorado suele acudir a causas aparentemente perdidas, que muchas veces logra dar la vuelta y hacer que triunfen, gracias a su perseverancia y agudeza. Hay una lucha perma­nente en el seno de todas las sociedades entre lo colectivo y lo individual, lo cual supone una reafirmación de la perso­nalidad para adaptarse a las condiciones externas, según la regla de que si no puedes vencer al enemigo únete a él. Pero tiene que darse esa tensión de forma que mientras que hay lucha hay esperanza, la esperanza de que cada cual descubra su ser, sea capaz de crearlo para ser él mismo.