Definición del enamoramiento

Se suele interpretar el enamoramiento como una ilu­sión. Sin embargo, la percepción subjetiva del mismo es la de ser una experiencia interior que pugna por hacerse visi­ble. De ahí el impulso de escribir, pintar, hacer música, vivir de otra manera buscando no se sabe muy bien qué. Se trata de algo empírico, aunque subjetivo, creado en la misma sub­jetividad de la persona. No es una idea que pueda concep­tualizarse. El desconocimiento de esta sensación ha llevado a mucha gente a situarse fuera de su realidad, propiciando la enajenación mental. Yo mismo, al no entender qué me estaba sucediendo, tuve que participar en unos grupos de terapia y buscar esa sensación por mi cuenta, para saber de qué se trataba, no sólo expresarla, en cuyo camino me ayudó mucho mi amigo Pedro. Colectivamente se ha pervertido tal sensación subjetiva y se ha querido objetivar para impulsar ilusiones revolucionarias y místicas. Debido al desconoci­miento del enamoramiento se ha convertido el mismo en una trampa, en la que yo mismo caí alguna vez. Muchos jóvenes han ido a las guerras, a situaciones peligrosas por desconocer su experiencia interior como algo propio y de­jan que desde fuera encaucen sus anhelos y su impulso emo­cional, su valor, su ímpetu. De ahí la importancia de conocer qué es el enamoramiento.

El enamoramiento se ha analizado desde el conocimien­to de la psicología y de la biología. En muchas ocasiones se ha caído en una especie de idealismo científico, al querer explicar este fenómeno a través de un método y coordena­das de la ciencia, lo que lo reduce a una secreción neuronal. Se ha interpretado bajo el análisis de conductas que se aso­cian al enamoramiento, pero no desde sí mismo, ni como algo en sí, cuyas huellas más precisas las podemos ver en la literatura, no en un microscopio. Algunos ensayistas y fi­lósofos han establecido analogías entre varios sentimientos diferentes para elaborar ideas al respecto, inventando más una interpretación que comprender un fenómeno que no es biológico ni psicológico, aunque funcione en estos campos de la conducta humana. Se han mezclado ideas y sacado falsas conclusiones sobre qué es el enamoramiento. Cuando se trata de algo que se ha manifestado poéticamente, que se ha vivido apasionadamente, sin ser una pasión sin más. Hay que respetar su manifestación y estudiarla en su «eco­sistema», fuera de la cual el enamoramiento queda defor­mado. Es muy común en el campo de las creencias y de la investigación científica usar los hechos para corroborar el contenido de la «verdad» que se quiere demostrar, o afianzar el método de análisis que se utiliza.

En una revista de medicina «La consulta», se lee en un reportaje sobre el amor: «Según el doctor Oliver Gille el amor no es más que una reacción química y los besos el sistema de imbuirse esa sustancia química. El psiquiatra americano Liebwitz establece una doctrina sobre la química del amor…, una teoría y un método terapéutico que intenta tratar las penas del amor inconsolable con simples medici­nas. A juicio del doctor Liebwitz, la liberación en el cerebro de una substancia denominada feniletilamina activa áreas de placer en el sistema límbico produciendo emociones agra­dables. Tanto las alegrías como las penas de amor depen­derán por tanto de la activación de determinados sistemas neuroquímicos que constituirán la auténtica realidad física de los sentimientos. Cuando una persona se ha enamorado se encuentra transida por una emoción agradable porque se acrecienta la acción de la feniletilamina y de las noradrenali­nas sobre las áreas de placer del sistema límbico, producien­do un estado anímico análogo al que suscitan las anfetami­nas: desarrollan una notable hiperactividad, disminuyen sus deseos de comer, dormir y, sin embargo, no siente la más mínima fatiga. Para el doctor Liebwitz «la unión verdadera de la pareja depende de ciertos mecanismo químicos que se disparan durante la segunda etapa de la historia de la pareja». Esta visión del amor puede concluir con la posibilidad de «inyectar» amor y hacer depender la poesía y la creación ar­tística de ciertas dosis de productos químicos introducidos en la vía sanguínea, de manera que más que inspiración se necesitaría un chute de feniletilamina. Es evidente que con una borrachera alguien se puede desinhibir y hasta crear sus mejores versos, pero no todo el arte puede reducirse a esta relación entre la química y el cerebro. Puede que la realidad sea tan mecanicista como para depender de unos productos biológicos que funcionan en la fisiología de la vida, pero no se reduce a ello. Es evidente que lo que descubre la ciencia es cierto, por quedar demostrado, pero el amor pasa por la biología, no es solamente biología. Al igual que el agua pasa por un cauce y forma el río –no podemos decir que el agua es el río, el agua es el agua y nuestra percepción del líquido elemento no podemos reducirla a un mero H2O. La manera en que un ciego describe un pájaro es muy diferente a la de un sordo, y ambos difieren de una persona que tenga ambos sentidos. Todos describen una misma realidad. La realidad poética es diferente a la realidad científica, sin que por eso sean menos reales ambas visiones de un mismo proceso.

Más que creer una teoría u otra lo importante es com­prender el conjunto de todas ellas y lograr una visión amplia y multidisciplinar para no caer en reduccionismos y tópicos, lo cual es preciso aplicar también con respecto a una inter­pretación meramente romántica de las cosas, de la vida y de las relaciones humanas, para evitar lo caricaturesco. Desde la vivencia del enamoramiento la química es un accidente que transporta celularmente algo que sucede en el mente de las personas. No es un objeto en sí, aunque la ciencia para abordar sus conocimientos lo reduzca a ello. Para la ciencia la conciencia es un accidente de un proceso biológico mole­cular que se fundamente en lo real tangible, la materia. Nos situamos, de esta manera, en una antinomia en cuanto a la realidad última del Ser.

Al analizar una experiencia vemos que se trata de algo empírico, pero puede ser una experiencia imaginada, como quizá la religiosidad. Por más que un creyente se esfuerce en hacer de su vivencia, y de otras similares a las suyas, una doctrina de fe, no es una realidad, aunque se haga real social y psicológicamente. Con el enamoramiento vamos a estu­diar la realidad de un fenómeno que crea su propia realidad y adquiere su ser en la vivencia de sujeto. Tal proceso creati­vo forma parte de lo que es su esencia.

Se puede llegar a un saber sobre el enamoramiento, ba­sado en definiciones más o menos originales, pero que no responden a qué es, sino que más bien son la base sobre la que se producen ciertos fenómenos íntimos en la vida de las personas. Podríamos entender el enamoramiento como una hipóstasis que relaciona sentimientos, emociones, la conciencia y la personalidad. Ese substrato profundo es una idea-sentimiento que se percibe, aunque no siempre se re­conozca. No es algo que se razone, pero sí se puede pensar sobre ello. Lo descubrimos en el análisis del lenguaje litera­rio y observamos que tiene su propia lógica y un discurso propio. No es un sentimiento sin más, no es una idea, no es una experiencia tangible, ni una sensación, pero se percibe como la relación de todo esto, sin ser nada de ello por sepa­rado, es una idea-sensación-sentimiento-experiencia. Sería a la vida lo que la música al aire y como tal cada cual interpreta el enamoramiento a su manera, pero las notas de esa música, las metáforas de la poesía permiten conocer su partitura. Puede que el enamoramiento no exista como tal, pero se crea a sí mismo, surge, y existe su creación y lo que a través de ella se manifiesta. No es pues una creación voluntaria, sino que el sujeto se encuentra con ella.

Ferdinand de Saussure comenta en su obra Curso de lin­güística general: «El símbolo no es arbitrario, no está vacío. Hay un vínculo natural entre significado y significante. El signo «enamoramiento», como palabra creada para definir algo que se percibe, que se siente, que late por dentro y su­pone una idea no hace referencia a algo que es. No se dice «soy enamorado». Se trata de un estado, «estoy en-amorado». O sea de un estado en el que se sitúa la personalidad del in­dividuo para desde él crear una realidad en la cual se vive».

El enamorado se enfrenta a un sin-amor-concreto, un sin-amor-hecho, y lo tiene que inventar. Parte de un substra­to real, una imagen que genera una sensación-objeto en la que se crea una determinada relación con el mundo. La per­cepción de lo que rodea al enamorado se trastoca. Entonces necesita crear, lo cual es el impulso del arte. El enamora­miento no es real, se hace realidad y, después, se convierte en algo real, lo cual es similar, por ejemplo, a la creencia religiosa. La fe puede adquirir realidad en el mundo, pero no ser real, sino tornarse real por crear un mundo de acuerdo a una determinada creencia. O es real o no. Pero la creencia subjetiva siempre es en referencia a un colectivo. El univer­so del enamoramiento es la personalidad del sujeto. Es ahí, en el intramundo de la persona, donde adquiere realidad.

Las categorías que aparecen en la poesía responden a una realidad interior que transciende la situación concreta del autor. La metáfora expresa algo indefinido, muchas ve­ces incomprensible. En una relación personal se busca una pareja. Mediante la poesía se busca lo infinito, lo inabarcable y se lucha por ello, lo cual forma parte del lenguaje del ena­moramiento.

El amor se aprende, tal como explica Erich Fromm en su obra El arte de amar. El deseo forma parte de la conducta instintiva en cuanto realidad biológica que, también, somos. El enamoramiento se crea, pero no lo hace el sujeto cons­cientemente, sino que se crea y sucede en él, en la medida que es capaz de crearse a sí mismo. Por eso sucede con es­pecial intensidad en la etapa en que el individuo se tiene que situar ante el mundo, durante la adolescencia, para iniciar un proceso de madurez en el que busca su ser individuali­zado.

El enamoramiento acompaña el proceso de construc­ción del yo de cada sujeto. Acaba por ser un síntoma de au­tenticidad. Cuando aparece ocurre una especie de ceremo­nia íntima y personal. En la expresión poética el enamorado trata de ver su mismidad, como si de un espejo del alma se tratara. Muchas veces se traduce en clave de desamor, pero no lo es, se confunde con él y de ahí la dificultad de recono­cer el enamoramiento como tal.

En épocas de una mentalidad técnica o muy estructu­rada ideológicamente el enamoramiento se ridiculiza. Se convierte en algo que se llega a reprimir como forma de control sobre la autenticidad en el proceso de individuación. Se aplaca el espíritu renovador, rebelde, sobre todo en los jóvenes, para que acaben obedeciendo las consignas de un Estado o las modas y son dirigidos por imágenes externas a ellos, generalmente en forma de publicidad o de imágenes cinematográficas. También puede suceder que se manipule al enamoramiento proyectándolo en una desarrollo ideoló­gico o espiritual, donde la metáfora, el impulso interior, se canaliza mediante la retórica idealista. De ahí la importancia de conocer cómo se manifiesta el enamoramiento, cómo su­cede y surge, cómo se vive, sin llegar a saber qué es, pero sí qué es lo que supone estar enamorado.

En este sentido el poeta croata, Luka Bragnovia, en su ensayo Lo cotidiano, la vida y la poesía afirma: «La poesía y toda la creatividad del Hombre está hundida, a veces, en la misma dinámica de las prisas y de las rutinas o en la creencia de que su manifestación es igual a perder el tiempo». Y continúa: «El Hombre se hizo poeta, aun sin escribir ni un sólo verso, cuando no se dejó arrastrar por la masificación niveladora, en la que la persona no es más una baldosa en el pavimento de la colectividad o la masa». Según este autor: «los poemas son nuestras transfiguraciones por dentro». Y concluye: «La poesía es el Hombre cotidiano que nace de la vida para la Vida. El poeta es siempre el que, enfrentado consigo mis­mo, dirige su mirada hacia el rostro descubierto de la esencia de la vida».

El enamoramiento se percibe a modo de destino. Ad­quiere sentido como vivencia. El amor es un proceso que surge y se desarrolla con la convivencia, por ser algo que se siente y sucede en relación a alguien. El enamorado cae en la paradoja de no saber qué es lo que le sucede de manera palpable, que pueda explicar. Al mismo tiempo se siente se­guro de un sentimiento que le atrae y le hace vivir lo etéreo y abstracto como algo real. Es un sentimiento en sí que ad­quiere forma, la imagen de alguien, sin que ese alguien lo sea en concreto. Llega a ser una mirada fugaz, una visión que le deslumbra y prende por dentro. Por una parte se siente la seguridad de percibir su efecto interiormente de manera casi absoluta. Por otra sucede la incertidumbre hacia todo lo que le rodea, lo cual conlleva una dosis de angustia, por tal motivo muchas veces se huye de tal estado y se rechaza. Ese es el tono vital en el que se desarrolla el arte y en el que se resuelve la poesía.

Nuestro lenguaje evoluciona sobre la base de un con­texto racional y práctico de cara a la comunicación, lo cual choca para su uso con situaciones que rompen el significa­do de las palabras. Escribir desde el enamoramiento exige procurarse otro contexto. En el arte y, más especialmente, en la poesía las relaciones de significados son diferentes al lenguaje ordinario. La razón no llega a esa forma de comu­nicación que intuye, sin conceptualizar demasiado. Desde la razón se puede mirar el enamoramiento, comprenderlo al captar una realidad que necesita de su propio lenguaje.

La sexualidad, el amor y el enamoramiento son tres fa­cetas separadas que nada tienen que ver una con la otra. El enamoramiento no es un amor exagerado, ni tampoco es un amor más grande o más intenso. No supone una pasión ni una atracción irrefrenable. El enamoramiento lo es en sí mismo. Pueden estar hilvanados en la mente del individuo con otras percepciones, pero son tres sensaciones de senti­mientos o emociones diferentes. Aunque se entrecrucen y formen el tejido de la personalidad cada percepción viene de su madeja.

El deseo se desarrolla en las personas como elemento de la naturaleza de la que proviene el ser humano como especie. El amor es una decisión, una razón de convivencia en la que la atracción en la pareja queda mediatizada por la cultura, la cual marca los cánones de belleza o modelos de hombres y mujeres más o menos ideales, según las circuns­tancias de cada cual. El amor es una manifestación social e histórica cuyo proceso sucede en la convivencia, la cual puede llevar también a la indiferencia, quedando el amor en cariño o en nada. Depende de la relación de la pareja o con­junto de personas que se amen. No sólo se trata del amor de pareja, sino el familiar, el de amistad. El enamoramiento pertenece al individuo porque sucede únicamente de ma­nera personal. Es un proceso puramente estético que hace reconocer a la persona como ser singular, capaz de crearse a sí misma. Es algo que queda fuera de la relación del sujeto como miembro de una especie o de una sociedad. Sucede en una dimensión mental nueva, que se inventa a sí misma.

El enamoramiento crea un mundo propio para vivir eternida­des e infinitos con princesas e ilusiones. De ahí la necesidad de dibujar y escribir escenarios nuevos. Para defender esta percepción el enamorado lucha contra su naturaleza y con­tra la cultura que oprime su enamoramiento, el cual hace que el mundo le parezca pequeño. Para vivir el enamoramiento el sujeto tiene que situarse fuera de su contexto social y cul­tural, incluso biológico, para verlo desde fuera. Lo puede integrar, formando una unidad para el desarrollo de su per­sonalidad, capaz de convivir, de razonar y de crear, para lo cual necesita conocer qué es y cómo suceden por separado los diversos sentimientos, con el fin de poder integrar todo su mundo interior en la unidad del sujeto. De lo contrario la personalidad queda castrada de una u otra manera, bien en el deseo, en el amor o en el enamoramiento. Lo cual es algo que cada vez sucede más debido a la paulatina pérdida de la individualidad.

El enamoramiento aparece expresado en todas las cul­turas y épocas, pero no se puede decir que sea un fenómeno universal debido a que responde, principalmente, a civiliza­ciones basadas en el desarrollo del individuo. En sociedades tribales no sucede, al menos de una manera generalizada y de la que haya constancia. La vivencia tribal del enamo­ramiento, en este tipo de organización social, se manifies­ta colectivamente con los ritos y se proyecta en leyendas y supersticiones. En las civilizaciones, cuya base estructural es el sujeto, también se vive el enamoramiento de manera colectiva en la masa social. Ésta se forma por individuos, lo cual es antagónico al grupo, no a la masa. Como explica el profesor Agustín García Calvo los grupos no forman ma­sas sociales, que se nutren de individuos, algo que el Poder maneja, como organización social supraindividual que se impone sobre el individuo y penetra en su conciencia. El enamoramiento tiene una gran importancia en el proceso de individuación. Su extirpación y posterior uso comercial o de consumo, como imagen social del mismo, hace que se for­me el individuo solapado y pegado a la masa. Desconocer el enamoramiento como potencia creadora interior es una manera de controlar a las personas.

La búsqueda de singularidad y de diferenciación que necesita el enamorado, para expresarse, se caracteriza por la creación de distintivos que se expresan muchas veces de manera impulsiva, lo que se conoce en la adolescencia como «hacer tonterías», «querer llamar la atención» o «edad del pavo».

Durante la época de la Edad Media literariamente se idealizó el enamoramiento con aventuras de trovadores o caballeros que lo hacen visible. No tocar a la dama, idealizar a ésta, convertida en una figura casi mística. La ensoñación de las relaciones busca evadir los aspectos prosaicos de la realidad. Abundan místicos cuyo objetivo fue rebelarse a las estructuras de Poder en el orden eclesiástico. No obstante tal es una imagen manida y que sucede en ciertos tipos de literatura caballeresca. La novela Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo, y contra la que arremete Miguel de Cervantes, a través de su obra Don Quijote de la Mancha, es una narración sensual y de relaciones libidinosos muy ale­jadas de donde se sitúa el enamoramiento. No obstante, la visión histórica carece de sentido en el enamoramiento pues no sucede ni parte de la historicidad ni como consecuencia de ella. El enamoramiento brota del individuo y desde su individualidad.

En el deseo sucede una relación sujeto-objeto, ya que deseo algo, a alguien. En el deseo sexual siento atracción por el contacto físico, por la caricia, el beso, con el cuerpo del otro, que uso y soy usado en el ejercicio físico del placer. Como escribe James Joyce en su obra Ulises: «Y besada me besó». En otra obra anterior, “Retrato del artista adolescente”,  vemos descrito el enamoramiento con su personaje Stephen que vive en un seminario: “… volvió otra vez a pensar en Mercedes, mientras que cavilaba pensando en ella una extraña inquietud se le deslizaba dentro del alma. A veces se apoderaba de él una fiebre que le llevaba a vagar de noche. Solo… Él no quería jugar. Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente. No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una voz interior le decía que aquella imagen le había de salir al encuentro”, lo que llama un momento mágico. En otro momento de la historia leemos: “El corazón de Stephen seguía el movimiento de ella como un corcho el ascenso y descenso de la onda…Comprobó lo que los ojos de ella le decían en la profundidad del capuchón … no sabía si había oído antes  su mudo idioma”. Diez años después, sin haberla visto escribió versos para ella.

En el amor la relación sucede de sujeto a sujeto. Con­vivir es un proyecto de compartir una parte de la vida, con afectos, sentimientos que incluyen la sexualidad. Sucede en el ámbito de la cultura en la que se vive. Una relación funda­mentada en el amor exige la decisión de compartir momen­tos y horarios entre los sujetos. El deseo una vez que queda satisfecho deja de existir al no empujar a su satisfacción. El amor permanece como impulso permanente de un proyec­to común, el cual puede acabar en cualquier momento. En ambos casos interviene la voluntad del individuo. Si no se entra en relación con el sujeto-objeto de deseo o con la per­sona amada no sucede el amor. En el primer caso se siente insatisfacción, en el segundo fracaso.

El estado de enamoramiento se suele interpretar como ausencia de voluntad, sin observar que es un estado de áni­mo, mental, emocional, que no tiene que ver con esta fa­cultad, la trasciende. Con el enamoramiento hay un factor externo que sorprende la existencia, la interrumpe y estalla internamente de manera brusca: Ella. Una imagen externa que se infiltra dentro del sujeto que se enamora y se pega a él. La aparición de Ella sucede en el yo, que despierte y quiere desarrollarse. Para ser enamoramiento Ella desapa­rece exteriormente porque va a construirse interiormente y también todo un mundo interior a su alrededor. Tal es el magma de la creación literaria. No es un deseo insatisfe­cho, pues en la insatisfacción está su ser y es su medida. El enamoramiento se desarrolla unilateralmente, en el no ser que es, desde el sujeto, sin relación con «lo otro». Se crea el objeto, en una representación, que con el arte de escribir puede formar personajes, historias, dimensiones y sujetos inventados.

Ella despierta algo que se asocia con la representación del alma. Por muy mental que sea el proceso de enamorarse ocurre con tal intensidad que se hace palpable, se siente, incluso psicosomáticamente. No hay encuentro, sino un choque ante una imagen que se produce de manera fugaz, segundos a veces. Se trata de un instante que no siempre se consigue localizar. Ese momento va a ser posteriormente un manantial de inspiración. Ella se convierte en musa de creaciones literarias, que no siempre se manifiestan. Puede llegar a ser la musa de muchas borracheras, porque la mente necesita representarla y no encuentra cauces y se busca esa imagen en el adormecimiento de la conciencia. He descu­bierto en la verborrea de amigos durante noches etílicas la búsqueda de Ella y su querer «despertar» en el alcohol para olvidarla, por no asumir que Ella existe, no como imagina­ción, sino como una realidad interior. En la obra La inmor­talidad de Milán Kundera se lee: «Una especie de esencia de su encanto, independiente del tiempo, quedó, durante un segundo, al descubierto con aquel gesto y me deslumbró. Estaba extrañamente impresionado. Y me vino a la cabeza la palabra Agnes. Nunca he conocido a una mujer que se llamara así».

Del enamoramiento surge una voluntad creadora para lograr la existencia de un mundo en el que Ella exista al menos como vivencia, no a modo de quimera. El proceso del enamoramiento, su desenlace, es hacer que sea algo real, con el peligro de desembocar en la locura o en diversas pa­tologías psíquicas, lo que sucede cuando la mente se cierra en un universo interior y luego es incapaz de salir de él. En el fondo de muchos trastornos mentales también está Ella, incapaz de ser expresada o confundida con una realidad que se descontrola en el interior del sujeto. Para salir de esa si­tuación es necesario expresar tal estado y también esa ima­gen para ver fuera esa realidad. Y es necesario aprender a relacionarse con la realidad externa conociendo la interior.

Tal como hace Martín Heidegger, con respecto al Ser en su estudio ontológico, en el enamoramiento el desarrollo de la pregunta que interroga por él también requiere ver a través de este peculiar estado íntimo. El enamoramiento forma parte de uno de esos entes que el autor de El ser y el tiempo dice conforman el alma y constituyen el ser del ser del Hombre.

La relación del enamoramiento trasciende lo que se refiere a sujeto y objeto, en cuanto a referencia. El yo del enamorado se fusiona a Ella, sin el otro como tal. Aparece una entidad nueva que puede llamarse «obsujeto», lo que el pintor Salvador Dalí expresa con una fórmula matemática que da fe del efecto del enamoramiento que él retrata en sus cuadros: «GALA + DALÍ= DALÍ». Lo cual no es un juego de palabras, sino la manifestación de un estado real que se vive por dentro y que Dalí ha logrado plasmar en su obra. Incluso la distancia, desde el punto de vista de la sexualidad, que exige el enamoramiento es algo que destacan sus bio­grafías. El enamoramiento está en el contenido de sus obras sin que sea una extravagancia más, sino la propia de estar enamorado. En una declaraciones Dalí dice: «Gracias, oh Gala, que has reinado sobre mí con la claridad más refulgen­te y deslumbradora que ha tenido y tiene y tendrá siempre España». El enamoramiento es una constante en la obra de esta genial pintor que hace ver sus ensueños, los hace visi­bles y nos ayuda a ver los nuestros. Denomina a su estilo «hiperrealismo», que no es sino un realismo interior, que comunica al observador de sus cuadros. Llega a definir su estilo como un hiperrealismo metafísico.

En el cuadro La Gala de las esferas Dalí dibuja el enamo­ramiento. A partir de un punto que estalla forma a Ella: Gala compuesta de átomos de belleza que se expanden. Se desintegran, pero vuelven a formarse de nuevo. El centro de la obra es el punto de salida y al mismo tiempo adonde se dirige el conjunto de lo que ha pintado. Manifiesta la explo­sión de belleza que surge en el instante del enamoramiento. Este cuadro conforma un mundo propio y queda incrus­tado en la mente de quien es capaz de reconocer el ena­moramiento. En su obra Dalí expresa su alma subjetiva en estado de enamoramiento. Al método que usa lo denomina «paranoico crítico», dejando claro su constante referencia a Ella, su Gala, quien persigue su creación dentro de él. Al­gunos autores han hablado sobre la impotencia del pintor ampurdanés, y de cómo Gala tuvo aventuras amatorias con otros varones. A Dalí no le importó, pues él creó la imagen de ella-Ella, que le sirvió de inspiración. También se ha in­terpretado como una homosexualidad latente, que no llegó a culminar, incluso hay quien detalla una relación fallida con el poeta García Lorca. Independientemente de esta realidad, que no nos incumbe, los nombres de sus cuadros, que usa para definir sus percepciones de la realidad, nos dan pistas de su enamoramiento, desde el cual se relaciona con Ella en la distancia. Es la extravagancia lo que le permite asomarse a su mirada, que es la que quiere conquistar, su imagen, no su realidad, ni siquiera la corpórea.

En otra obra, Leda atómica, Dalí ve a Ella, su Gala, flo­tando, pero no a modo de fantasía, sino como una realidad interior que copia en el lienzo. Hace visible, nuevamente, el estado de enamoramiento que permite brote en quien con­templa el cuadro porque como reflejo del mismo provoca una sensación muy especial. En sus memorias Dalí se defi­ne a sí mismo como «un visionario de la realidad interior». En muchos otros cuadros todas las piezas que pinta flotan, sensación que caracteriza el enamoramiento. No importa que la relación con Gala fuera real o no, sino lo que vivió interiormente que es lo que plasmó en sus lienzos. Dalí en­tiende su arte como «canibalismo estético», lo que quiere decir que ve la realidad como algo que se traga y fagocita al mundo estético, al mundo del enamoramiento. Dibuja esta dimensión del alma para hacerla visible, por eso insiste tanto en su realismo.

La poesía es el lenguaje por antonomasia del enamora­miento. La prosa lo cuenta, pero la poética lo expresa, de la misma manera que para las matemáticas los números son su lenguaje y las fórmulas en la química. Siguiendo la ruta de miles de poemas se observa que el instante en que sucede el enamoramiento adquiere una intensidad tal que se plasma como un instante eterno. Se convierte en un átomo de una eternidad soñada. Más que un concepto se trata de una referencia sobre la sensación percibida. Las metáforas for­man parte del simbolismo del lenguaje poético. No son una exageración, como se suele dar a entender, ni el producto de la imaginación sino que, la mayor parte de las veces, se trata de una realidad interior que se refleja mediante la palabra, porque uno de los impulsos del enamoramiento es darse a conocer, lanzarse al mundo.

En las expresiones coloquiales del habla oímos decir «te amo», «te deseo», «te quiero». El sujeto en todas ellas se re­fiere a otro, pero no se dice «te enamoro», ni «soy enamo­rado», sino que la expresión usada es «estoy enamorado». Observamos que nos referimos a un espacio íntimo desde donde se percibe un mundo interior, el que Ella ilumina. Desde esos adentros se establece la referencia al mundo. Suceden unas relaciones emocionales y psicológicas que to­man cuerpo en lo que se llama el alma.

El espacio mental que Ella genera en el enamoramiento se enfrenta, en cuanto a percepción de la realidad, al mundo que viene dado y a los conocimientos sobre la realidad. El enamorado los pone a prueba. Cuando quiere dar vida a su enamoramiento el enamorado quita las máscaras y los caparazones al entorno que le rodea, lucha por hacer ger­minar su ego y mantiene su esfuerzo para que florezca. Saca su corazón al mundo, con todas sus consecuencias, tal que la letra de una canción de Raphael: «que tengo el corazón en sangre viva». Lo cual forma parte de todo un proceso social, tanto si se desarrolla como si se oculta al reprimir el enamoramiento. Su vivencia tiene unas consecuencias para quien se deja llevar por tal sensación, lo cual no suele ser comprendido.

En el cuento El loco, el escritor libanés, Khalil Gibran, cuenta cómo las máscaras psicológicas impiden descubrir el mundo desde uno mismo y bloquean la autenticidad. Cuando se vive desde dentro muchas normas sociales se convierten en absurdas. La misma realidad carece de senti­do. Se cataloga como «locura» y hasta el lenguaje lo recoge en expresiones como «loco de amor». La relación del ena­morado con el mundo se ha interpretado como «locura», pero el enamoramiento es una constante en casi todas las obras literarias, que visualizan este proceso, desde los cuen­tos de Khalil Gibran a la obra El Quijote de Cervantes, desde Hamlet a la poesía de Baudelaire.

La inquietud artística que se manifiesta en el interior de las personas acaba llevando a una situación límite, que puede rozar la patología mental, sobre todo cuando no se expresa. La «normalidad» acaba siendo una especie de apa­gón, de renuncia a vivir esa explosión de Ella, ni siquiera interiormente. Cuando se abandona esta visión profunda se recuerda como algo extraño, como una tontería, algo raro que pasó, sin saber cómo pudo suceder. Es importante co­nocer la esencia del enamoramiento, porque la conducta que deriva del mismo se cataloga como «volverse ciego», o se convierte en una obsesión que puede llevar al fanatismo en relación a otra persona que es idolatrada para luego llevar esta actitud a una ideología o creencia desde donde se pro­mueve destruir la realidad en pro de un ideal. Para el ena­morado sucede la exaltación de la conciencia, lo que le hace ser visionario, capaz de detectar fácilmente la inspiración. La realidad humana crece, se amplía con el enamoramiento. Pero su instrumentalización puede ser peligrosa al convertir la exaltación en un delirio.

Aclaremos que el enamoramiento no es un estado de conciencia ni pertenece tampoco al inconsciente. Se trata del desbordamiento de los sentimientos, que sucede de ma­nera espontánea y hay que aprender a reconducir. Para que el enamoramiento sea reconocido la conciencia tiene que trasladarse a ese estado mental en que sucede. No afecta a la conciencia como tal, sino que ésta acompaña a este estado, o lo ignora porque lo desprecia. En el enamoramiento se sitúa el impulso del creador y en él late el substrato poético que puede manifestarse por medio de la poesía, la pintura, la música o cualquier forma de hacer visible la vivencia in­terior del ser humano. Lo cual muchas veces es el activador de procesos revolucionarios o de rebeldía en la sociedad. La vocación para cualquier tarea o profesión suele llevar con­sigo un compromiso con el enamoramiento. Muchas veces se dice con respecto a labores que requieren especial dedica­ción y entrega que es algo que se lleva dentro. En esta situa­ción las tareas se convierten en una misión que uno asume personalmente. Muchas personas dedicadas a una ONG o a las misiones o alguna asociación altruista tienen este em­puje, que a veces suelen reconocer, pero muy pocas veces hablar sobre él. Con el enamoramiento la vida se construye a modo de un destino. Para el artista la entrega es total.

Todo lo que se realiza estando enamorado se dirige a Ella, convertida en un remolino del alma que arrebata, que hace volar, flotar interiormente. Cuando esta sensación su­cumbe al mundo exterior se abandona, aparece un vacío que lleva a la rutina y monotonía. La vida suele perder su sentido primordial y se buscan metas cortas y perecederas. Se sobrevive. Se va de compras, se vieja, se quiere subir de estatus laboral y un sin fin de recursos cotidianos que caen en la inercia. En el trajín diario se deja a un lado la referencia íntima y subjetiva. Cuando no se encuentra una sensación sustitutiva la persona deambula en el fracaso y como situa­ción extrema decide el suicidio. El abandono del enamora­miento está en el núcleo de muchas depresiones. Se pierde el impulso vital. Mantener la tensión de estar enamorado exige mucha energía, pero a la vez se adquiere del propio estado desde el cual se vive.

Al principio de notar el enamoramiento se siente una sensación de vértigo, que trastoca la mente. Uno no sabe si es cierta o no, pero aparecen fuerzas incontroladas de que­rer lanzarse al mundo, un ímpetu por salir a la vida. Como dice Hermann Hesse, en su obra Demian, hay que romper el cascarón; el cascarón es el mundo. Se siente la necesidad de escribir o tocar música en cualquier lugar. El impulso surge por sorpresa y muchas veces no hay cauce para su expresión. Ponerse en peligro para sentir emociones fuertes es un sustitutivo en lo que se llama «querer comerse el mun­do». El enamoramiento necesita en un principio una válvula de escape que se encuentra en practicar deportes de riesgo, asistir a fiestas a tope que se viven a modo de heroísmo que sólo entiende quien vive esa experiencia esporádica. Pasado el tiempo se recuerdan estas experiencias como absurdas, porque no se suele reconocer su trasfondo. Se asocia úni­camente a ser joven, cuando su fondo es el enamoramiento que suele coincidir con el big bang cerebral y hormonal que aparece en esta etapa biológica y emocional de las perso­nas. Se confunde con el estallido de la sexualidad y Ella se convierte en un fracaso, hasta que se entienda que es otra dimensión, otra cosa. Óscar, estudiante de filosofía, hoy profesor de esta materia, definió el enamoramiento como el alma en movimiento, que lleva a uno mismo.

El enamoramiento no es una hiperintensidad del amor, ni del deseo. No es una cuestión de cantidad, sino que se trata de una calidad sentimental diferente. La psiquis huma­na está formada de elementos sensitivos muy variados que integran distintas cualidades. Todas contribuyen a formar la personalidad, y aunque se viven mezcladas, cada una funcio­na de por sí. No se puede estar más o menos enamorado, o se está con toda su plenitud o no se está. Lo que puede suceder es que uno se aleje de esa situación interior o se deje llevar por ella, más o menos. Se puede recordar, ocultar o descartarse como impulsora de la conducta. El amor y el deseo se miden en la conciencia y pueden cuantificarse. El enamoramiento no entra en la conciencia, es esta cualidad humana la que ha de trasladarse a la situación de ese esta­do de enamoramiento para darse cuenta del mismo. Una vez que aflora el enamoramiento no desaparece, se puede renunciar a ese impulso, siendo una sombra de la persona­lidad, lo que muchas veces es un indicador de la pérdida de la juventud, como expresa Honorio Marcos en su obra Con­cierto para un náufrago: «¿Acaso no eres, hombre, la sombra de una sombra?» Antes, este autor que cuenta su huida de la juventud, se pregunta «¿Quién notará tu ausencia?» Sólo él. Y añade: «Y me perderé en la nada como partícula absurda… yo he muerto, la realidad está en la mayoría». Finalmente confiesa sufrir una metamorfosis de leyenda, porque pasa de Ella a la nada.

El enamoramiento se vive como un reto. Fuera de este contexto personal se pervierte y falsifica. A veces se ha con­vertido en una pose, en una mera imagen. El enamorado vive los acontecimientos de su vida como una prueba en permanente acción. No soporta vivir estoicamente o de ma­nera masoquista, sino con entusiasmo, pues asume su acti­tud como un pulso contra la realidad, ya que él tiene la suya propia y necesita hacerla real, llevando su estado de enamo­ramiento a esa realidad exterior que le rodea. Es algo que nunca conseguirá, por lo cual se trata de un estímulo per­manente que hace que el enamorado mantenga un estado de pesadumbre ante una visión permanentemente crítica de la realidad. Ovidio en su libro Arte de amar manifiesta: «Pocos placeres y muchos pesares, tal es la suerte de los enamo­rados: preparen estos su ánimo a numerosas pruebas». En otra de sus obras, Metamorfosis, este autor entendió hace más de dos mil años que el enamoramiento es como un flechazo, algo que viene de fuera y afecta, como sucede a Perseo que se entusiasma, cuenta Ovidio, por la visión de la belleza de la amada. No descubre tal belleza, no la ve, la crea. Distinto a inventarla, diferente a imaginarla.

Cuando alguien dice estar enamorado de una profesión o de un arte, la dedicación plena a esa actividad es una ma­nera frecuente de encauzar el enamoramiento, un cauce para llegar a Ella convertida en invisible, porque no se reconoce, pero aquel impulso de entrega a una tarea es una forma de comunicarse interiormente con Ella, que justifica el apasio­namiento de estar absorbido por una actividad. No sólo en el arte, sino en otras muchas labores sucede lo que, más allá de la parafernalia de consumo de imágenes, cuenta una canción de Julio Iglesias: «por ella, todo lo he sido por ella». Esta canción con la vibración especial que da el cantante de la misma hace que a mucha gente le atraiga, le guste, porque le dice algo, algo interior. Y a otros muchos no les resulta indiferente, sino que no les agrada escucharlo, por­que les toca una fibra sensible que quieren mantener silen­ciada, olvidada ya. Al final estas canciones se convierten en consumo discográfico, pero los publicistas de las mismas y el estudio de mercado, en el que se gana o pierde mucho dinero, tienen en cuenta los resortes humanos, cómo fun­cionan y los activan para que el producto resulte atractivo.

El enamoramiento surge. No se puede inventar sin más. Mientras que el deseo es la respuesta a un estímulo en la conducta animal y humana, el amor, el cariño y la amistad son una razón que responde a una convivencia en común. El enamoramiento se ha explicado como una ficción sin verse su aspecto de experiencia real. Al quererse vivir como una realidad mucha gente queda atrapada en una creencia que permite vivir colectivamente ese apuntar al infinito del enamoramiento. Se han querido dar explicaciones teosófi­cas, esotéricas, para explicar esa atracción por alguien des­conocido, pero a quien se ha visto alguna vez. Ha dado pie a teorías del alma gemela, o explicar que es un reflejo de antiguas reencarnaciones. Dichas conjeturas han atrapado a muchas personas que aseguran haber experimentado tales teorías espiritualistas, porque sienten el substrato del ena­moramiento, pero lo deforman con una referencia que des­enfoca el proceso interior, precisamente por desconocerse el enamoramiento como tal.

En el amor y el deseo la persona se dirige a un punto concreto: el otro. En el enamoramiento se parte de un mo­mento: lo otro, en el que el referente, Ella, no interviene como sujeto. Ese «lo otro» lleva a otra dimensión psicoló­gica que da lugar a una conducta que busca intervenir en la realidad, para crearla y buscar esa imagen creada interior­mente. Se vive en tensión creativa. Se recorre el mundo, aunque sea el que le rodea a uno, para mantener una relación en la distancia: Voy a ningún lugar (Julio Iglesias). La vida deja de transcurrir en una línea continua para ir de una acción a otra, siempre buscando algo, con nuevo entusiasmo. Escri­bir o cualquier otro arte se vive como un acontecimiento, como una acción interior, con la que comunicarse con ese «lo otro». El enamoramiento está en el meollo de muchas conductas heroicas. No controlar este impulso puede llevar a conductas psicóticas, a patologías mentales. La fractura de esa imagen de Ella, dada por imposible, hace que la conduc­ta enamorada se diseque a veces en el espectáculo, lo cual es la función que cumple la persona-show.

En tanto que con el deseo se trata de conseguir su satis­facción y en el amor se comparte un sentimiento que se hace común, en el enamoramiento acontece la manifestación de la individualidad, su esencia más genuina. El proceso creati­vo en el arte es el reflejo de una inquietud. Primero el artista se crea a sí mismo y luego hace su obra. En este proceso in­terviene el enamoramiento. Ella es el detonante y hace que el enamorado se lance a existir. Cuando la realidad limita el despliegue de sí mismo genera una circunstancia íntima de encerramiento que sólo mediante el arte y la literatura en general, y la poesía en particular, se puede superar. Escribir, pintar, esculpir o actuar en un escenario se convierte en una forma de vivir , de expresar y comunicar el intramundo del artista.

El enamoramiento es una faceta más de la realidad, que sin llegar a ser real lo es como vivencia. ¿Cómo ser y no ser al mismo tiempo? Porque, ya hemos dicho, es un aspecto fronterizo entre el mundo interior y el exterior. El enamo­ramiento engrandece al sujeto, lo expande hacia afuera sin salir de uno mismo. No es un en-sí ni para-sí, en términos he­gelianos. No es esencia ni fenómeno, pero da lugar a ambos desde el punto de vista psicológico. Afecta a la percepción del mundo, de uno mismo y a la relación entre ambos aspec­tos del devenir humano. Se vive exclusivamente en la subje­tividad, aunque se manifieste hacia afuera. Por eso podemos entenderlo de manera esencial como un con-sí.

En la sociedad del espectáculo, tal como la define Guy Debord, el enamoramiento se pervierte en una imagen pu­blicitaria y un signo controlado cuyo contenido se bana­liza, se convierte en superficial y queda vaciado. Desde la aplicación de técnicas publicitarias se dosifica su potencial dirigiéndolo a estimular el consumo. Solamente algunas in­dividualidades dejan que estalle en su interior, dando lugar a un carácter rebelde, muy minoritario en nuestra sociedad. La música de fondo de los grandes almacenes, en la radio, en las discotecas durante la música lenta se usa la expre­sión sonora del enamoramiento como acicate psicológico, para enervar el estado de ánimo y canalizarlo a estímulos de consumo. Canciones agradables al oído, forman un eco de esa sensación de fondo que perdura en nuestro ser. La técnica de mercado comercializa el enamoramiento y lo usa para sus objetivos de venta. Por eso es necesario conocer el enamoramiento, para que no nos controlen desde él, como quien no quiere la cosa, y para poder vivir plenamente con su fuerza creadora.

Con el enamoramiento sucede una proyección asociativa cuando se vive fuera su sensación mediante la lectura de no­velas de amor, folletines, telenovelas y películas en las que el enamoramiento y la trama por un amor imposible suele ser el argumento. Según las estadísticas el público de estas series de televisión suele ser femenino, lo cual sucede, a parte de por cuestiones sociales y culturales (como por ejemplo que están más tiempo en casa), también porque les atrae más debido a que vivencian el enamoramiento de una manera más receptiva que el varón, quien lo hace de forma expan­siva. El varón se suele sentir incómodo como espectador de estas historias y le provocan rechazo, responde desprecian­do este género, porque no quiere aflorar pasivamente este sentimiento. Para la mujer se convierte en una evasión, en una sustitución de su sentimentalismo interior. También in­fluye el rol social que cada género interpreta culturalmente. Al varón le está permitida la expresión de agresividad, que manifiesta, por ejemplo, como espectador en partidos de fútbol.

La rebeldía que viven las familias en una pugna genera­cional entre padres e hijos suele responder más al malestar y enfado de los jóvenes consigo mismos que a estados de ánimo que se cuestionen la realidad del mundo que les ha tocado vivir. El enamoramiento con-mueve. La pasividad de la sociedad, en la que cada vez se juega más el papel de espectador de los acontecimientos convertidos en noti­cia, sucede porque el proceso del enamoramiento cada vez es más fulgurante. En la modernidad ocurre un fenómeno nuevo, una especie de romanticismo de la razón que permi­te vivir el enamoramiento, de manera suave e indirecta, para que encaje con la vida cotidiana. Se hace del enamoramien­to un simulacro, se representa en las convenciones sociales de fiestas familiares o en la intimidad. Se usan a modo de disfraz en parafernalias sentimentales de aniversarios, (día de los enamorados), que nada tiene que ver con el enamora­miento. Permite un cierto resplandor de un enamoramiento, aletargado, que ha quedado a un lado. ¿Puede volver a des­pertar? Sólo un reflejo del mismo, no en su ser. Se dan una serie de mecanismos del pensamiento que permiten alejar el enamoramiento, tacharlo de cursi, relegarlo a una etapa de la vida, la adolescencia, cuya madurez aparca este estado de embelesamiento, en lugar de reconocerlo y comprometerse con dicho estado de la mente. Superar esa etapa se expresa como «asentar la cabeza» o «poner los pies en el suelo», lo que tiene que ver mucho con el rechazo de los efectos de estar enamorado.

Ella no es una pertenencia, ni siquiera interiormente, sino una creación que crece y se desarrolla dentro del ena­morado, siendo la relación con una imagen, y no con la rea­lidad externa. Sucede una relación con Ella de carácter poé­tico que permite inventar la substancia del alma, al ser algo que se siente como un sueño que parte del contacto con la realidad, pues se activa a partir de la imagen de Ella. Ésta es real, pero con ella se construye todo un mundo poético interior. En el enamoramiento no hay contacto corporal, ni cualquier otro tipo de vínculo, ya que Ella existe, pero está ausente, y en ese espacio vacío, entre el enamorado y Ella, se construye el enamoramiento. Para salir de la realidad con­creta se crean la eternidad, el alma, lo infinito, a modo de un nuevo horizonte interior en el que se sueña despierto. La creatividad se lanza hacia afuera para evitar el desequilibrio mental que sucede entre lo externo y el interior de la per­sona. De no visualizarse, si perdura este estado, puede aca­bar convirtiéndose en un delirio o en la base psicológica de ellos. Para que Ella viva es preciso crearle un mundo, con un lenguaje que lo haga posible al tratarse de una construcción mental y de las emociones.

El momento de enamorarse es único. Muchas veces sucede que parte de un defecto en la imagen de quien se convierte en Ella. Aquél sirve de punto de enganche para ensalzar su belleza. Enamorarse es sentirse atraído por esa belleza que solamente es imagen. Es curioso que lo que más llama la atención de la misma al enamorado es lo que para los demás, que ven a la persona, es un defecto, que puede ser desde tener la espalda torcida, un lunar en la cara o en el cuello, las caderas anchas. O que sea vanidosa y altanera en su manera de ser.

Al enamorado no le importa, no le afecta porque a partir de su imagen la crea y a la vez construye un espacio interior en el que Ella se desarrolla y va a convivir con Ella-imagen como estímulo. El defecto hace de punto de enganche con la posibilidad de encontrarla, lo cual es un sueño, pues de suceder desaparece el encanto, lo mismo que quien quiere coger una pompa de jabón, al tocarla desapare­ce. Lo que para los demás es un defecto, para el enamorado es un toque de gracia. De esta manera lo describe Miguel de Cervantes Saavedra, entre los personajes don Quijote de la Mancha y Aldonza Lorenza, convertida interiormente por el caballero andante en Dulcinea del Toboso: «Un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy bien parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás supo ni se dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenza, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos».

El instante en el que se produce el enamoramiento es un «click-click», título éste de una película que trata preci­samente de tal momento: un chico está obsesionado por fotografiar todo lo que ve a su alrededor. Al revelar los ne­gativos una de las fotografías es la imagen de una mujer de la que queda prendado. En una de las secuencias de la pe­lícula convierte la imagen de su cara en un puzzle, como si la belleza estuviera formada de átomos de Ella. El proceso expansivo que supone estar enamorado el protagonista lo vive dedicándose a escribir su nombre en todos los taxis de la ciudad. De esta manera lo hace visible para él, real. Tras­lada su mundo a lo mundano.

Cuando el enamoramiento no se vive en sí mismo se distorsiona y muchas veces se traslada tal sentimiento a otra imagen que se convierte en un ídolo, en la imagen inabarca­ble de alguien, por lo general famoso, ya sea del mundo de la canción, del deporte o como referencia de una fe religiosa. Cuando Ella no adquiere vida en la creatividad se puede convertir en un fetiche, el cual produce satisfacción y emo­ción de ver una foto de alguien del mundo del espectáculo en quien ha proyectado su imagen interior para convertirla en algo externo a él, de quien se habla y que se desea ver de cerca en alguna actuación, pedirle un autógrafo y que desata la histeria y los gritos de un público adolescente. En estos casos se vive el enamoramiento de manera colectiva y externamente.

La sensación de estar enamorado se percibe como má­gica y no es sustituible por otra. Se puede proyectar en otra imagen, pero la vivencia va a ser diferente. El desarrollo interior se convierte para el enamorado en una exigencia, en una misión que está por encima de todo. Se trata de un proceso que no tiene en cuenta el sistema educativo que obliga a los jóvenes a seguir un curso tras otro cumpliendo las fechas de los exámenes y el programa ministerial, sin en­tender que lo que más preocupa a la juventud en una etapa determinada es la composición de su personalidad y no los estudios o el trabajo, que forman parte de esa realidad que rechazan, porque no se integra a su proceso personal. La juventud es una etapa que se vive desde la rebelión. Estudiar se interioriza como un castigo y el aprendizaje no suele mo­tivar al alumnado que acaba dejándose llevar por la inercia. Al menos el joven debería ser consciente de este proceso, para encauzarlo, y vivirlo sin tener que romper con todo. El modelo educativo lo deberá tener en cuenta, pues el fracaso escolar no se soluciona sólo con disciplina. Es necesario es­cuchar a los jóvenes.

El enamoramiento consigue visualizar un modelo de perfección que se convierte en el ideal artístico de belleza, adecuado a cada individuo. Según la teoría de la cristaliza­ción de Stendhal, el espíritu en todo proceso y circunstancia descubre las perfecciones en el objeto amado. Para el autor de Rojo y negro sólo en nuestra imaginación estamos seguros de que existe tal perfección en la mujer que amamos, habría que decir de la que estamos enamorado, y más que de la mu­jer de su imagen. Como el enamoramiento no se comprende suficientemente, ni se ve como algo en sí mismo, se confun­de con diversos tipos de amor o de atracciones que poco tienen que ver con estar enamorado. La imaginación es la lógica del mundo creativo y esa construcción de la imagen, imag-in-acción (imagen en acción) da realidad a la visión poética que el artista introduce en el ser de la amada y de las cosas que mira desde sus versos. El enamoramiento permite un tipo de conocimiento para entender el arte.

El en-amorado adquiere conciencia de destino porque hace una imagen de su vida y traslada a la misma los sucesos que ocurren en su entorno. Según Stendhal desde el mo­mento que se ama el hombre no ve ya nada tal como es… No atribuye nada al azar; pierde el sentido de la probabili­dad; una cosa imaginada es una cosa que existe por el efecto sobre su felicidad. En esta definición este autor disecciona un aspecto del enamoramiento. La imaginación es el plano sobre el cual construye su vida el enamorado. Para este es­critor el enamoramiento es la revolución del alma, pero bien pudiera entenderse en el sentido inverso, es la revolución del alma la que ocasiona el enamoramiento. Para Stendhal el enamoramiento es una variante de amar, no lo reconoce en sí: El amor queda oculto en su propio exceso, pero no es más amor, es otra esencia sentimental, diferente, que nada tiene que ver ni con el deseo ni con amar.

Hermann Hesse, en su obra Demian, analiza el enamo­ramiento como búsqueda de uno mismo. Si no se ve el enamoramiento como un fenómeno diferenciado de otros sentimientos no es posible comprender sus características, sobre todo en cuanto a la transformación de la personalidad que inspira a quien se enamora: «Aquel día de primavera en­contré en el parque a una muchacha que me atrajo mucho… La influencia de este enamoramiento sobre mi vida fue de­cisiva… Ninguna necesidad, ningún deseo era tan profundo y fuerte como el de venerarla» (a Beatriz). Y añade: «Nunca crucé con Beatriz ni una palabra. Sin embargo, ejerció en aquella época una influencia profundísima en mí». El ena­moramiento lleva al protagonista de esta novela, Emil Sin­claire, hacia sí mismo. En un momento determinado pinta una cara difusa, unos rasgos que cree que son los de Beatriz, pero no sabe si son los de Demian, hasta que se da cuenta de que son los suyos y ve que Ella, Beatriz, forma parte de su ser: la vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo. Hermann Hesse desvela en esta obra el enamoramiento: «Mi meta no era el placer sino la pureza, no la felicidad sino la belleza y el espíritu».

El enamorado huye de Ella para buscarla. Para mantener este estado Ella tiene que seguir siendo imagen y para man­tenerla ha de seguirla, ir tras ella, porque crece y se desarro­lla en la distancia, en la cual es posible un espacio interior para la creación. Mi amigo Losada, y compañero de BUP, me contó lo que le diría a su Ella para explicar lo que sentía: «Tú sube en un carro, que yo iré detrás, para verte, contem­plarte, no quiero más. Ve a la discoteca que yo me quedaré fuera y desde una ventana te veré bailar». Parecido a ese amar de locos, que narra el autor leonés,  Alberto Torices, en su libro “Los sueños apócrifos“, en el cuento “Un amor como éste“. Una pareja están acostados juntos. Sucede en un sueño: todo el cuerpo dormido sobre el que ella extiende una mano que no toca, como en un rito, como una sacerdotisa en un sacrificio antiguo. Desde dentro del sueño define  a este amor de locos como el único y el que es posible, nada más: Es un amor perfecto porque cada instante incluye la totalidad, el comienzo, la separación, los recuerdos, el olvido y todo lo que no ha existido ni existirá nunca… Aunque no salga usted de las sombras, dice él, ni baile jamás bajo las luces de colores. Un amor que reconoce ser inútil, perfecto.  

Otra característica del enamoramiento es su condición de imposible. No sucede en una persona a la que es posi­ble acceder y si se da desaparece, muchas veces de manera brusca y trágica en su relación. La imposibilidad de acer­camiento es el substrato sobre el que sucede y para que el enamoramiento continúe, a partir de su impacto se crea su imagen. Se mantiene mientras que sea imposible el contacto, la relación. De esta manera se abre un espacio mental en el que se puede crear. Así es en la mentalidad de muchos revolucionarios. Su utopía es una creación social, por la que luchan para hacerla realidad. Su motivación está dentro de ellos. Alguien dijo: «Aunque un hombre diga que lucha por la libertad o para la justicia social, por lo que realmente lu­cha es por la sonrisa de una mujer», o por el reconocimiento de Ella, por su mirada a la que llega en la distancia.

El enamorado ve los rasgos de Ella en cada mujer. Ocu­rre que, para localizar este estado de enamoramiento, cuan­do no se comprende, se busca vivirlo con otras mujeres, sin encontrarlo, de manera que siempre surge el desencanto y hasta se hace difícil lograr una relación estable con una pa­reja. Muchos varones desarrollan un carácter agrio, de tipo duro, como caparazón que oculta su romanticismo atrofia­do y, al mismo tiempo, protegen esa sensibilidad que queda escondida en su interior. Muchas veces el enamoramiento se vive en la soledad, aunque no tiene por qué ser en el aisla­miento, porque puede tratarse de una soledad interior.

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