El enamoramiento y el amor

El uso del lenguaje ha caído en una inercia que hace que se usen los mismos términos para referirse tanto al amor como al enamoramiento, sin ver que son realidades muy diferentes. Se suele entender el enamoramiento como un momento apasionado del amor. La exaltación de la vi­vencia del enamoramiento se ha querido delimitar al marco literario como si se tratase de narrar o poetizar amores utó­picos, ideales o historias imaginarias de un amor imposible. Desde la psicología y la filosofía se ha usado el concepto de pasión como referente para definir el amor, dejando el enamoramiento en el campo de la fantasía o del delirio. Res­pecto al amor se han establecido costumbres y usos sociales. Respecto al enamoramiento no hay conciencia de él, tal y como es.

En el campo de la literatura hay una clara diferenciación entre amor y enamoramiento, pero siempre se ha usado la palabra amor para referirse a ambos sentimientos, lo que ha dificultado que se puedan ver como cuestiones separadas, tal cual sucede en la realidad psicológica de las personas. Se ha asociado el enamoramiento, por regla general, a la etapa de la juventud, de manera que su vivencia posteriormente se califica de inmadurez, por lo que se ha proyectado sobre el enamoramiento la idea de que es algo transitorio, pasajero, que se define igual que la juventud, «una fiebre que se pasa con el tiempo». Igual que el concepto de amor eterno que­da ironizado como «eterno mientras que dura», pero nada más.

La palabra enamoramiento se ha mantenido, aunque no con su contenido. En el lenguaje de la calle parece más bien la chispa con la que empieza el amor. Es necesario profun­dizar en este término que han comunicado los escritores, cuando profundizan en su interior y quieren llevar al lec­tor a su propio ser interior. En la creatividad no hay una razón, ni un proyecto, sino un impulso vital, por lo que se puede falsificar, pero no sustituir.

El enamoramiento es una sensación abstracta, no localizable que se hace presente a modo de una especie de aura, un nimbo interior que genera en el enamorado un halo que emana de su ser concreto y lo envuelve. A partir de este estado se desarrolla el senti­do estético y el valor ético en el que las ideas adquieren un valor real, tangible, porque envuelve la conciencia, sin ser ella misma.

El enamorado tiene su propio punto de vista. Ve el mundo como un lugar en el que puede actuar. Por este motivo se asocia el enamoramiento al idealismo, sin ser otra cosa que la capacidad de crear y hacer surgir nuevas realidades, nuevas ideas y ser capaz de luchar por ellas. En lo personal el enamorado se atreve a crear una historia con su pareja con la que mantener una relación estable, cuando pone su enamoramiento a disposición de la convivencia con su pareja, sin querer sustituir una cosa por otra. Lo mismo que el enamoramiento impulsa el arte, también el amor y la convivencia.

Mientras que el amor se construye poco a poco, el ena­moramiento se revela, aparece de repente, sin mediar la vo­luntad, ni el gusto ni nada. Aparece como una foto del alma que sale a la vista. En esa aparición sucede un choque de visiones y da lugar a conductas de rebeldía, incluso de ca­rácter antisocial. Es un fenómeno expansivo que afecta a la convivencia, de ahí que la sociedad establezca mecanismos que sirven para que se regule tal ímpetu y se manejen crite­rios que encauzan dentro de la realidad el enamoramiento, lo cual puede hacer el enamorado por sí mismo, cuando es consciente de su estado. El debate interior acaba siendo yo o el mundo. Y siempre puede haber una parte intermedia que potencie ambos extremos, sin necesidad de renunciar a una de las dos partes del «yo y mis circunstancias» de Ortega.

En los momentos más apoteósicos del enamoramiento las relaciones sociales, sobre todo las de tipo familiar, se vi­ven como una farsa, una pesadez insoportable, por carecer de sentido. El enamorado cae en una actitud de recogimien­to sobre sí mismo. Sus relaciones con la sociedad son las de una soledad compartida. Necesita expresarse, el arte es su mundo. Para evitar el aislamiento total y disponer de una vía de comunicación con el mundo en general y con los demás interioriza su enamoramiento. Lo cotidiano nada le importa y sentirse incomprendido es una postura existencial en la que cae el enamorado, lo cual es una manera de hacer que su enamoramiento sea genuino, no compartido por nadie, al verlo como único en el mundo, como algo especial.

Los estudios sobre la psicología humana y los ensayos sobre el amor analizan el enamoramiento como una forma de in­vadir la conciencia. Se interpreta despectivamente. Pero el enamorado quiere ser él mismo sin que nadie le defina, ni su ser se incluya en teoría alguna. En muchas ocasiones el enamorado recurre a la irracionalidad para escapar de ese control de la ciencia que estudia y prevé las conductas, que luego se divulgan hablando de manera genérica de la juven­tud. Los jóvenes quieren escapar, por regla general, de que se les aprese el alma, de que se diga cómo son o cómo deben comportarse.

Desde la ciencia se quieren clasificar las con­ductas, las poblaciones humanas, por eso el arte es un esca­pe en el que el joven busca crearse a sí mismo, aunque luego los horarios y obligaciones le hagan renunciar a sus sueños, pero hay un momento en el que quiere, necesita, su mun­do propio, ser él mismo, sin reglas ni consejos establecidos. Sitúa su propia perspectiva para ver el mundo. Cuando las circunstancias lo atenazan, y vivir le va obligando a alejarse de su mundo interior, recurre a vivirlo de vez en cuando en fiestas en las que abusa del alcohol o de las drogas, unas veces para olvidar aquella sensación y otras para recuperarla aunque sea el resplandor de un recuerdo, con el peligro de que puede quedar atrapado en esa anulación de su ser.

El amor se sitúa en el centro de la conciencia. El enamo­ramiento la rodea, queda fuera de ella. En el amor se exige una decisión, un compromiso de compartir tiempo y aficio­nes con el otro. El amor es un diálogo. Desde el enamora­miento se contempla y se actúa, pero no en relación a Ella, que se convierte en un referente. El amor exige convivencia. Desde el enamoramiento no hay vínculo, se hace inútil. No es una fantasía porque hace una referencia a la realidad que realiza, de manera que choca con lo tangible, porque quien se lanza enamorado al mundo cree que lo puede transformar y vencer todo, como cuando don Quijote arremete contra los gigantes, que resultan ser molinos, pero él actúa impul­sado porque ve gigantes y los toma como realidad. La ima­ginación fantasiosa sería soñarlos, pero él actúa, de manera que se mete dentro de la realidad y la descubre, se debate en duelo con todo lo que le rodea.

En el transcurso de una relación de amor el sujeto se dirige al otro sujeto. En el estado de enamoramiento rodea a Ella, pasando por el mundo, pero nunca se llega a Ella, sino que el enamorado la construye. En el amor se busca un acuerdo, que cuando se rompe da lugar a la separación, al desamor. Pero el enamoramiento no depende de nadie más que de uno mismo por lo que puede pervivir indefini­damente de por sí. El amor se aprende y con él se adaptan hábitos, se acoplan las costumbres de los miembros de la pareja. Cuando el proceso de aprendizaje, para elaborar el amor como convivencia, deja de ser, se ritualizan ciertos há­bitos, los regalos asociados a determinadas fechas marcan unos códigos de conducta establecidos que forman parte de los usos sociales y otros que forman parte de la intimidad de la pareja, lo cual sirve de apoyo para mantener el amor en cuanto a compromiso de seguir unidos bajo el mismo techo. Volver a empezar con otra pareja suele responder a la ne­cesidad de iniciar nuevamente el proceso de aprendizaje de la convivencia con otra persona, lo que implica ciertas sor­presas, ciertas exploraciones conyugales que dan emoción al amor. El amor se hace. El enamoramiento surge.

Para que haya amor se necesita llegar al otro. En el ena­moramiento se parte de Ella, que no se elige por ser un arre­bato que se apodera de lo vivencial. El amor se puede simu­lar, se puede olvidar, pero no el enamoramiento, que lo más que se puede hacer es no hacerle caso. La atracción estética, el deseo sexual que despierta una persona forma parte del amor o de la amistad entre las personas. El enamoramiento supone un estallido estético, una explosión interior que des­ordena la conciencia.

A veces se ha entendido la pasión, en cuanto atracción por alguien y deseo de estar con él y vivir juntos la fogosi­dad erótica, como si fuera un enamoramiento pasajero. La pasión se agota en sí misma, aunque pueda volver una y otra vez desde que culmina hasta que se reinicia de nuevo. Pero no es enamoramiento. Erich Fromm escribe en su obra El arte de amar: «El estar loco el uno por el otro y su apasiona­miento lo consideran una prueba de intensidad de su amor, no siendo más que una muestra del grado de soledad ante­rior. Sin embargo, en el enamoramiento la soledad es un re­ferente vital, que puede suceder viviendo rodeado de gente, o estando en el seno familiar. Es una soledad profunda e inquieta, que necesita comunicarse.» La literatura da esta posibilidad.

La pasión amorosa reactiva el conjunto de las emocio­nes en torno a otra persona. Impulsa un proyecto en común de vida, lo que acaba encauzándose hasta donde llegue. La pasión no interviene en el proceso creativo más que como influencia en el estilo, en la manera de expresarse, pero no es causa de crear nada. Muchos poemas realizados al am­paro de la pasión son más expresiones que arte poético. El enamoramiento nada tiene que ver con la pasión, pero esta fuerza emocional sí se relaciona con el amor, el cual es una meta, mientras que el enamoramiento carece de fin. Por este motivo el enamoramiento se entiende desde la poesía como algo eterno, se crea, desde una fe subjetiva que se hace pre­sente en el arte. Es por esta razón que sólo se puede estudiar el enamoramiento desde la literatura, sin que lo que ma­nifieste en sus obras coincida con los análisis sociológicos ni con los de carácter psicológico. Mucho menos desde las ciencias biológicas que a lo más pueden llegar a saber en qué circuito neuronal funciona o se activa.

El enamoramiento no puede abordarse como conocimiento, sino como con­ciencia de saber qué sentimos y que por sí mismo se trata de una experiencia interior y subjetiva. Tal como manifiesta Jasper: «Las doctrinas filosóficas no coinciden con la exis­tencia del hombre. La concepción del mundo intelectual y la realmente vivida están entre sí en relaciones de tensiones diferentes». Es por esto que no podemos conocer científica­mente el enamoramiento, solamente contarlo, hacerlo visi­ble, mientras que el amor como conducta entra en la faceta de la sociología y forma parte del estudio de modelos de po­blaciones, de la sexualidad según las culturas y otros puntos de vista antropológicos, de la psicología y demás.

El enamoramiento enriquece la dimensionalidad del ser humano. Hace más completo el desarrollo individual, frente a lo que Marcuse define como el «hombre unidimensional», una persona alienada, encerrada en su circunstancia y sin ca­pacidad de intervenir en el mundo en el cual vive. El hombre unidimensional es el hombre que carece de conciencia de sí mismo. Pero no porque aporte nuevos enfoques el enamo­ramiento se debe considerar un estado irracional. Atraviesa y trasciende la razón, es arracional. No niega lo razonable. El enamoramiento no entra en el campo de lo racional, que­da al margen de él. La razón es necesaria para la convivencia social, y para evitar que el enamoramiento se viva atropella­damente y desemboque en una enajenación mental, algo no poco frecuente, por lo que se cataloga muchas veces el esta­do de enamoramiento como «estar loco de amor».

Desde la razón se debe reconocer el enamoramiento y vivirlo creati­vamente, sin confundir el arte con la realidad, ni el amor con el enamoramiento. Fuera de lo razonable el enamoramiento se convierte en algo caricaturesco, por lo que no se ha de perder el sentido de la realidad, pero tampoco quedarse en ésta, pues hay que ser capaces de crear nuevas realidades. Herman Hesse, en su obra El lobo estepario, escribe respecto al arte de vivir: «Así como la locura, en un grado superior, es el principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el princi­pio de todo arte, de toda fantasía». El problema surge cuan­do se pierde el control sobre esa sensación de una realidad dual, por lo cual es importante conocer el funcionamiento de esa vivencia doble entre la realidad externa y la interior. Entendamos que el enamoramiento hace que se cuestione la definición de la realidad, pero no la niega, ni la destruye, lo cual puede suceder en una fase posterior en que degenere o se desquicie, lo que supone la aparición de una enfermedad mental o caer en el fanatismo. En la misma obra de Hesse podemos leer: «En lo más íntimo de mi ser comprendía per­fectamente la llamada, la invitación a estar loco, a entregar­me al mundo hondamente agitado y sin leyes del espíritu y la fantasía».

El enamoramiento es una vivencia, no puede definirse en una mera conceptualidad, como si de una categoría filo­sófica se tratase, porque no es una idea, y tampoco hay una experiencia objetiva de este fenómeno, sino que podemos darnos cuenta de él por la suma de expresiones subjetivas que encontramos en la literatura y que coinciden con algo similar que sentimos dentro. Se trata de una intuición emo­cional.

La interrelacción de los individuos exige que la sociedad implante unas normas con el fin de mantener un equilibrio entre los sujetos y sobre todo saber a qué atenerse en la vida cotidiana. Concebir y respetar las normas es lo que confor­ma la normalidad. El enamorado las transgrede, pero no rompe con ellas, para luego reencontrarse nuevamente con los demás. Ha de aprender a situar sus aspectos más irracio­nales en el contexto adecuado. Como si de una balanza se tratara ambos aspectos de la personalidad han de convivir, en mutuo equilibrio, de manera que una parte depende de otra, sin hacer de las normas una imposición, una vía social en la que no cabe la crítica, ni la evolución de las costum­bres por lo que es necesario cuestionarse las cosas cons­tantemente, pero a su vez establecer un espacio común de acuerdos colectivos.

El amor se basa en la norma, pues su ser es la voluntad de estar junto a otra persona. Amar en pareja es la voluntad de seguir viviendo juntos, lo cual es una decisión perma­nente. Cuando sucede una crisis, en el sentido de cambio que explica Ortega y Gasset, la decisión de separarse del otro también depende de la voluntad, de querer o no seguir unido a la otra persona por más tiempo. Hay muchos facto­res que influyen en la decisión, pero vivir juntos, en pareja o en familia, depende de un trato, más o menos explícito, que con el matrimonio se convierte en contrato, en el cual se establece una norma básica de convivencia basada en el respeto mutuo y en la colaboración de ambas personas, o en el acuerdo al que se llegue.

El matrimonio religioso eleva ese contrato a la esencialidad de compartir una vida, que lo convierte en un sacramento, en algo espiritual, lo que im­pide luego aplicar la voluntad, sino valores morales como la fidelidad al contrato, no a la otra persona, cuando desde esta concepción se impide la separación o el divorcio, pero como el amor depende de la voluntad, igualmente suceden las separaciones, por lo que la unión de dos personas como sacramento queda más como una ceremonia dentro de un marco de intenciones, según la creencia de cada cual, pero no va a determinar dicha unión, aunque influya en su desa­rrollo, especialmente a la hora de tomar cualquier tipo de decisión. El trato consiste en compartir un horario de tiem­po, un ritmo de satisfacción sexual mutuo, que se va esta­bleciendo a lo largo de la vida en común. Se puede romper por una infidelidad, o ante una situación de indiferencia, lo que hace que la voluntad de seguir unidos deje de darse y se decide la separación.

En el trayecto de vivir juntos surgen sentimientos como el cariño, el afecto, que forman parte de lo que en su conjunto se entiende por amor. El hecho de que dependa de la voluntad hace que esos sentimien­tos puedan trasformarse en sus contrarios y odiar al antiguo cónyuge. Es decir, el amor no depende de sí mismo, sino de las circunstancias en las que se desarrolla, mientras que el enamoramiento es esencial, forma parte de la esencia de la persona independientemente de sus circunstancias, e inclu­so de su voluntad. Nadie decide enamorarse, pero sí amar a una persona y seguir con ella y seguir amándola. Lo que la conciencia decide en el enamoramiento es seguir con él o no, actuar de acuerdo a él o apartarlo.

El amor requiere un espacio común de sosiego, el ena­moramiento es lo contrario, la vida se agita como parte de esa transgresión que hace para autoafirmarse en su estado interior. Ella adquiere el valor de princesa secuestrada por la realidad. En el amor esto sería absurdo. El amor es una situación racional, igual que la sexualidad lo es biológica. El amor forma parte de la cultura y de la convivencia social. La sexualidad sucede como aspecto de la especie humana. El cariño, la convivencia juntan a la pareja. La sexualidad los une en una parte de la vida en común. Pero esa parte de la vida puede ser nada más que un momento, porque no quieran juntarse de por vida y mantener una relación, simplemente una relación durante un rato nada más. Puede haber muchas combinaciones de relación, que cada cual de­cide. El enamoramiento se tiene que asumir, se vive o no se vive, pero nunca en relación con alguien, sino con una ima­gen creada, que como tal es una realidad y forma el aspecto artístico y creador de las personas, es un estado de ensueño y afianza la individualidad como tal, fuera de lo social y de la especie, que se hace adaptar al conjunto de la realidad del individuo que es también todo lo demás.

Adolfo de Lamartine en su obra Rafael describe el enamo­ramiento. Representante del romanticismo francés proyecta en el personaje de esta obra el conjunto del enamoramiento, no sólo alguna parte de él. Reconoce este sentimiento como tal y hace que el enamoramiento sea el protagonista de toda la obra usando a Rafael y Julia como metáfora con la que lo personifica. Define el enamoramiento como «mal del cielo»; «pasión de lo bello», para reconocer que el mundo fue un sueño para su protagonista. Rafael contempla, en un prin­cipio, a Julia sin ser visto. Es para él, en un primer impacto visual, como una aparición: «un día se me apareció en aque­llos lugares; como un miasma esparcido por la atmósfera, en la luz, en el aire, en la soledad de mi existencia». Vemos que lo ocupa todo en el ser: «en su amor había de mí mi propio ser». Así lo describe como «alma de mi alma». En boca del protagonista dice «la volvía a ver cuando cerraba los ojos, como si fuera transparente para mí». De esta manera con­cibe su enamoramiento como una aparición que surca la imaginación sin dejar más rastro que el deslumbramiento.

Cuando Lamartine expone en su obra Rafael lo que es el enamoramiento, coincide con todo lo que venimos de­sarrollando: «Este amor está privado, por su naturaleza, de todas las sensaciones voluptuosas que debilitan el corazón satisfaciendo los sentidos… Este sentimiento eleva mi alma a la altura del amor divino». Se vive como una predestinación: imagen inmutable, destinada a verle. Tal vivencia hace que el tiempo no exista: «es eternidad en un instante», que le hace sentirse inmortal al protagonista, estando el enamoramiento «en el fondo de su destino». La separación de Ella hace que la sienta pura como «la eterna virginidad de su amor». No se tocan nunca y la relación de ellos hace que el drama desem­boque en la muerte de Ella y luego de él, pues el enamora­miento, el real, no está en la dimensión de la realidad.

Ricardo Gullón, en su obra Cisne sin lago, que trata sobre la vida de Enrique Gil y Carrasco, autor éste de El señor de Bembibre, explica que este autor romántico tuvo durante su juventud un amor irreal, que definió como «primavera eterna», en la cual se quedó tal que fue un espacio psicológi­co necesario para escribir sus obras. Recoge de escritos que hizo Enrique Gil que la relación con esa mujer «invisible» fue tal cual se le aparece una sombra de borroso perfil, sin nombre todavía; «flotaba en los rayos de la luz». Y descri­be el enamoramiento de muy diversas maneras, todas ellas metáforas de lo que es: «el amor sin la amada»; «hervor del alma»; «el sueño más bello de la vida»; «virgen de los valles». Esa sombra, ese «rayo de luna» fue su único amor en la vida. «Raro amor, cuyo perfume resistió el embate de los años, el huracán del tiempo que todo lo quebranta; sueño guardado y transfigurado en la memoria». Así Gil y Carrasco dice en sus últimos escritos que ha cantado imágenes perdidas, las cuales va sembrando a modo de metáforas en su obra El señor de Bembibre, cuyo protagonista, don Álvaro, reconoce que ese estado de enamoramiento ha desenvuelto nuevas fuerzas en su alma. La trama es un amor imposible, para hacerse distancia y contar ese estado del alma ante la lejanía que se hace certeza íntima. En esta obra las constantes del enamoramiento se establecen en la gesta caballeresca cuyo contexto es la persecución a los templarios.

No se puede entender el amor de don Álvaro a Beatriz como un amor frustrado, sino como un desenlace literario para explicar ese sentimiento que necesita de la palabra para ser visto en for­ma de imagen literaria: «Amé la gloria porque una vez se logra, me decía, os adornaría con sus rayos. Vos sois la luz de mi camino… y me volveré contra el mismo cielo». Los dos protagonistas encuentran la intensidad de la comunica­ción reduciendo ésta al lenguaje de los ojos, pues las almas parecían sobrevivir en ellos. La sensación que siente el autor hace que construya un protagonista de su obra que ve con los ojos del corazón ante un amor que durará la eternidad entera. Sin embargo fuera de Ella dice «estar muerto para el mundo» y ser todo lo que acontece enamorado «eco del alma».

El enamoramiento es un sentimiento, no una emoción, no es algo natural, sino una elaboración del lenguaje, que hay que reconocer como tal. Del lenguaje como función biológica, social y cultural, y personal también. Cuando las emociones pasan a través del lenguaje se convierten en sentimientos, crean sensaciones, que a su vez necesitan ser comprendidas y abarcadas con la palabra y desde la palabra. En ese proceso, de contacto con la realidad, aparece de ma­nera irremisible el enamoramiento, que como tal ni se crea ni se destruye, se transforma, como una energía vital. No pertenece a la propia vida ni a la naturaleza humana, sino a su factor cultural a través del lenguaje, pero a su vez es una constante, como se pone de manifiesto a lo largo de la lite­ratura de todos los tiempos y lugares.

El poeta leonés, Ángel Fierro, escribe:

Tuve todo el tiempo mientras (que) amé

luego, al vivir, perdí la eternidad

cuando la manecilla inició el regreso.

Este poeta define, en sus versos, vivir como el alejamien­to del enamoramiento, al cual luego se regresa en un pro­ceso de introspección, que generalmente hace que brote la poesía, la creatividad, pero que de otra manera no se quiere reconocer. La literatura lanza sus palabras, para quitar esas máscaras de olvido y desprecio: «Al fin y al cabo / vivir es un regreso», escribe Fierro. Y también:

No digas dónde o cuándo.

Sé que estás arriba, en la certeza.

Una palabra de tus ojos

aún redimiría el tiempo de sombra.

Otra obra que rezuma enamoramiento, como perturba­ción de la existencia, pero a la vez determinante de la misma es Concierto para un náufrago, de Honorio Marcos:

Todo se ha disipado como la escena de un sueño.

Sólo yo… como náufrago de los desiertos.

Para este autor no hay música ni instrumentos, pero con Ella nace un sonido excitante que transporta a la locura, a una nueva dimensión de la realidad, que genera el lenguaje y sustituye a una realidad indefinida y que sólo desde uno mismo se puede captar. El choque entre las emociones, que ofrece la naturaleza humana, y los sentimientos, que plantea la cultura social, hace que surja el enamoramiento, siendo la palabra su terreno de juego, de ahí que la paradoja haga visible una realidad irreal que se hace real:

Una imagen hace presencia,

se dispone como

ante un piano inexistente.

Honorio Marcos describe su realidad interior con un detalle y una fuerza que hace escuchar su concierto de pa­labras:

Su pelo se eleva guerrero desnudando

una frente tersa y espaciosa. Sus ojos apuntan

taladrantes. Cada pupila son cien pupilas.

Cada mirada la intensidad de cien miradas.

Sus dedos comienzan a danzar en el vacío.

Escribe Marcel Proust: «Sólo amamos lo que no poseemos completamente». En este sentido para amar hay que mantener un estado de conquista permanen­te, de descubrimiento del otro de manera constante, para ejercer la voluntad de seguir amando. El enamoramiento sucede en referencia a lo inexistente en la mujer a la que el enamorado convierte en Ella como creación interior, proce­so que nos permite desarrollar nuestra originalidad, de ahí la implicación de este proceso en lo personal, pero también en lo colectivo, y nos posibilita acercarnos a lo real. Realidad que, en parte, se construye de palabras, conceptos y lenguaje en general. Por eso se desvela mediante él mismo a través de la literatura y el arte.

En la obra “En busca del tiempo perdido”, Proust retrata el enamoramiento:  “Cuando uno se enamora de una mujer se proyecta sobre ella un  estado de nuestra alma. Lo importante no es el valor de una mujer, Sino la profundidad del estado de ánimo… …No era para mí ese mero fantasma de una mujer, que pasó entrevista, de la que apenas nada sabemos, fantasma que nos acompañará en nuestra vida”. Lo describe cuando cuenta el enamoramiento del personaje-autor con respecto a Gilberta: “Nos contentamos con el placer de pensar en una mujer, sin preocuparnos si esa imagen corresponde a la realidad”.

En el segundo tomo “A la sombra de las muchachas en flor” dice que no sabe cómo está hecha la cara de Gilberta, “más que en los momentos divinos en que la animaba para mí; sólo me acordaba de su sonrisa”. Y argumenta sobre ese amor en la distancia: “es una especie de creación de una persona suplementaria, distinta de la que lleva el mismo nombre y que formamos con elementos sacados de nuestro propio interior”.

Algo parecido escribe Juan Rulfo con respecto a su obra “Pedro Páramo”: “En lo más íntimo , Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana. Susana San Juan no existió nunca, fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía tres años. Ella nunca lo supo y no hemos vuelto a encontrarnos en lo que llevo de vida.”

Una imagen poética en la que se describe el enamora­miento como distancia, esencia del mismo, y espacio infini­to que sirve para mantener su realidad es Ama al cisne salvaje, del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras, quien parece que ha sacado con sus versos una fotografía al enamoramiento:

No intentes posar tus manos sobre su inocente

cuello (hasta la más suave caricia le parecería

el brutal manejo del verdugo).

No intentes susurrarle tu amor o tus penas

(Tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la no­che).

No remuevas de la laguna, no respires.

Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía

con su ajena belleza

(si vuelve la cabeza escóndete entre la hierba).

No rompas el hechizo de esta tarde de verano.

Trágate tu amor imposible.

Ámalo libre.

Ama el modo en que ignora que tú existes.

Ama al cisne salvaje.

Cuando la relación con el otro es posesiva no es amor ni tampoco enamoramiento. Se convierte en una obsesión que se da en el ámbito psicológico. Nada que ver con las emociones ni con los sentimientos. En la posesión del otro lo que se da es una relación de poder sobre la otra persona, a la que se quiere dominar, tener y usar, sin proceso comuni­cativo, sino en una relación absorbente que acaba por anular la personalidad del otro.

La ausencia de comunicación, ya sea en el amor o en el enamoramiento mediante el arte, hace que suceda lo que plantea Pascal Brucker: «quien no asume el riesgo de sufrir es incapaz de amar». Lo cual no tiene que ver con sufrir para hacer sufrir y justificar la agresión a los demás ya que sufrir como esfuerzo lleva a una experiencia existencial de vivir y dejar vivir. Los celos son una obsesión enfermiza, que no tiene que ver con el enamoramiento. La inexistencia del otro en el enamoramiento puede entenderse como lo que escribe Sartre en su obra El Ser y la Nada: «La nada (digamos lo que falta) da al mundo sus contornos y tal “nada” se da en el meollo mismo del ser». Este filósofo existencialista presenta el amor como conflicto y mantiene que la afectividad conduce a la conciencia del mundo, lo cual nos lleva a la existencia, desde una postura en la que dice: «Tener es ante todo crear». Para Sartre es muy impor­tante tomar conciencia de amar porque es lo que nos hace elegirnos como ser uno mismo, en cuanto sujetos existentes.

Ese sufrimiento que dice Brucker es para Sartre la angustia como «aprehensión reflexiva de sí mismo» y concluye este filósofo: «la angustia soy yo», la cual, argumenta, nos lleva a la libertad. Es el enamoramiento lo que nos sitúa en esa nada como un todo, que nos hace ser y existir, para poder tomar conciencia de la otra realidad que es real, más allá del lenguaje, aunque haya de buscarla mediante éste. Por eso el enamoramiento nos hace ser más en relación al mundo y, por otra parte, amar permite que nos comuniquemos con el otro y con lo demás. En la confluencia consciente de ambos procesos, el amor y el enamoramiento, se sitúa la existencia del yo.

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