Enamoramiento, ¿conclusión o premisa?

Para proponer el enamoramiento como una realidad es preciso acoplar el lenguaje poético y sus contenidos a la vivencia que se comprende necesita nuevos códigos que se expresan con el arte, especialmente la literatura. Sin una referencia al enamoramiento en lo que se lee de gran par­te de la literatura, con respecto a lo vivencial, se convierte el arte en un artificio con un sentido retórico que anula la comunicación poética. Podría incluso extinguirse el sentido del arte como vivencia si se aplican conductas sociales que se imponen desde la moda y los medios de comunicación, mediante eso que llamamos «opinión pública». La vivencia subjetiva está en peligro, dado el condicionamiento social y la enajenación que arranca el yo del individuo para hacerlo colectivo como consumidor o como fanático o cualquier otro proceso en el que lo externo sustituya al yo. La pasividad, la falta de crítica y la incapacidad para luchar es un síntoma de este proceso degenerativo, con el que se quiere controlar al individuo.

 

¿La vivencia de estar enamorado es de una premisa o de una conclusión? El enamoramiento no es un concepto y no puede, por ende, analizarse como tal. Tampoco es una exterioridad de la conducta, como mero impulso, ya que no se trata de un efecto de la personalidad, ni siquiera una parte de la misma, sino que estamos hablando de su plenitud, sin excluir otras facetas, otras partes de la misma personalidad. El enamoramiento es una atmósfera en que vive la persona­lidad, y puede estar contaminada por apariencias. De ahí la importancia de la literatura que rescata su esencia para saber qué es.

 

El enamoramiento no es causa ni efecto de nada, no tiene relación sobre lo que acontece en el ser, sino que apa­rece de repente y se vive en su ser que hace ser al yo, pero no simplemente ser, sino ser-más, lo que da sentido de ser al ser. Es, pues, una vivencia del ser, por eso es tan profunda. Se experimenta como una prueba al sujeto en que aparece. Por tal motivo el enamoramiento se convierte en un reto, incluso como conocimiento de uno mismo, como escribe Pedro Salinas: “Conocerse es el relámpago”, para a continuación llevar el poema al fondo del ser: “quién eres tú, mi invisible”.

 

Tampoco puede haber un proceso elaborado por el que se llegue a una lista de conclusiones, porque no se descubre mediante una teorización, sino que se trata de una expresión argumental cuyas pruebas están escritas mediante impactos litera­rios. Es decir, no aparece en el texto, sino en la relación de éste con quien lo lee, lo cual puede parecer una verdad de Perogrullo, que a la mano cerrada le llaman puño, pero la lectura cuando se hace con sentido artístico lleva a un esta­do de la conciencia que permite asomarse a nuevas realida­des interiores, lo que no siempre se hace. Leer de la manera en que se suele exigir en los institutos y colegios hace que se pierda esta faceta de la lectura, como compañía, como bús­queda en el entorno de las palabras, de manera que el texto queda reducido a mera superficialidad.

 

Es preciso desentra­ñar la circunstancia en la que el autor actúa con la palabra para que sea posible establecer una relación de lo escrito con el lector. Sin referencia a uno mismo el texto leído que­da banalizado, superfluo, vaciado. De la lectura profunda y comunicadora de un texto se puede sacar un discurso, un conjunto de ideas, sentir emociones solapadas y descubrir sentimientos aletargados, o hacer aflorar los propios que relacionan diversas vivencias. Leer nos permite conseguir un saber. Relacionar la lectura con uno mismo nos lleva a comprender qué es el enamoramiento. Escribir no es contar una historia, sino hacer que emane en las palabras lo que fluye en el interior de quien escribe. Esta faceta de la litera­tura como arte se va arrinconando en favor de textos que se fabrican en lugar de ser creados. Por este motivo igual que la literatura nos descubre el enamoramiento este estado resca­ta el arte de escribir porque descubre lo que es en verdad.

 

Al no tratarse el enamoramiento de una razón no hay que buscarla, simplemente admitir que sucede y adentrarse en sus consecuencias a través de la reflexión, consecuencias que afectan a la evolución de la sociedad, incluso la de la especie humana, que a partir del lenguaje establece un nue­vo universo paralelo a la naturaleza, que es la cultura y la sociedad. El humano como especie se convierte en ser por su conciencia de ser, porque se relaciona consigo mismo a través del lenguaje, pero no sólo es para comunicar con uno mismo (pensamiento) y con los demás (habla), sino que es capaz de crear realidades.

 

La escritura es esa comunicación con uno mismo que se traslada a los demás. El ser humano, en su proceso evolutivo, ha dejado de adaptarse a la natu­raleza y hace que ésta se adapte a él, de humano pasa a ser humano. Es en este contexto en el que mediante el lenguaje es capaz de crear e impulsar la historia de la humanidad, cuyo arranque coincide con la aparición de la escritura. A título personal cada sujeto puede pasar de vivir como su­pervivencia en el mundo a existir cuando adquiere concien­cia de sí, en lo cual el enamoramiento interviene como un sobresalto que hace despertar de la mera condición de ser natural y social para convertir a la persona en una categoría individual, en un yo que soy y que vive inmerso en sí mismo en relación con los demás. La técnica y la ciencia anulan la vivencia cuando convierten la vida en simple superviven­cia sofisticada. Su aplicación mecanicista permite alargar los años de vivir, los hacen más cómodos, construyen conocimientos prácticos y necesarios, muy necesarios, pero no sirven para fecundar el mundo interior.

 

El mismo lenguaje apunta a que ya no muere un ser querido, «fallece» cuando fallan los elementos técnicos de su supervivencia. Los hi­jos e hijas ya no nacen, no vienen al mundo, no aparecen, sino que se anuncia «vamos a tener un descendiente». Por ejemplo la formulación del agua, H2O, comunica un cono­cimiento, establece la composición de la estructura del agua, que permite usar la materialidad del líquido elemento para muchos fines y aplicar su fórmula para conseguir ampliar el número de descubrimientos que se usan cotidianamente. Pero para relacionarse con el agua basta beberla, echarla a las plantas, mojarse las manos y la cara, zambullirse en ella. Esto nos relaciona de manera natural o de manera cultural con el agua. Es la vivencia de sentir el agua lo que nos hace unirnos a su belleza, es lo que nos hace mirarla. Lo que hace que el agua sea algo más, ese vivir más o más vivir en rela­ción al líquido elemento que se convierte en «una sinfonía del espíritu infinito atesorado en el azul del azul cielo que refleja el eco de tus pupilas».

 

Por abstracto y cursi que pueda perecer hace vivir más, hace respirar más profundamente, hace suspirar:

Te escuché suspirar

y eso fue para mí

un poema fugaz.

Te escuché suspirar

y entonces pude entender

que el suspiro que echaste

es un pedazo de alma

que se puso a volar.

 

El poema manifiesta una situación concreta, porque convierte en algo específico lo abstracto, se acerca a otra realidad inventada, que es real dentro del sujeto, exista o no, ya que interviene en el medio humano y con el lenguaje el sujeto hace que conviva con otras percepciones objetivas con las cuales construye la representación de la realidad.

 

El profesor de psiquiatría Francisco Alonso-Fernández, en su obra Compendio de psiquiatría estudia lo que él denomi­na la desrealización, extrañeza referida al mundo exterior. Advierte que se trata de una experiencia psíquica a la que considera un trastorno de despersonalización, lo que como extrañamiento del yo sucede en todos los enfermos psíqui­cos. Pero explica que de manera ligera y fugaz puede presen­tarse incluso en sujetos sanos. Pienso que este fenómeno de la desrealización se convierte en patológico cuando se im­pide a la persona la capacidad de relacionarse creativamente con el mundo exterior, y poder ser de esta manera uno mis­mo.

 

La enfermedad consiste en una reacción de la persona a ser anulada su expresión como individuo. Por tal motivo la normalidad puede ser en cierta manera una impostura. El enamoramiento es una vivencia especial. El doctor Alonso-Fernández enseña que la vivencia sucede cuando una ex­periencia deja huella en la vida psíquica. En este sentido el enamoramiento no llega a ser una experiencia, pues parte de una percepción fugaz y queda como tal prendida en la psi­quis, pero posteriormente se convierte en una huella activa de la vida psíquica, y esta huella es la que se convierte en una experiencia con especial significado para quien la adquiere, hasta el punto de influir en el desarrollo de su personali­dad. Es pues, el enamoramiento, una experiencia y a la vez vivencia singular y específica, sin parangón con cualquier otra, porque parte de una percepción sin experiencia real, pero que se convierte en experiencia sin ser un delirio, ya que responde a la percepción de la imagen real de Ella, que existe aunque se perciba como una experiencia instantánea.

 

Según Alonso- Fernández sólo cuando una vivencia causa un impacto desastroso en cuanto al deterioro de la perso­nalidad se convierte en un trauma psíquico, lo cual hay que considerar, en este terreno, que puede suceder por no ser comprendido el enamoramiento.

 

En su obra Crítica del juicio Inmanuel Kant vuelve a co­mentar que la ilusión es inevitable porque forma parte de la naturaleza de la razón humana. Pero advierte que tiene solución, sólo cuando se consigue conocer cómo funciona. De esta manera es posible averiguar los límites que la ra­zón establece a la experiencia fenoménica, es decir a lo que acontece. Un capítulo de esta obra lleva el título de Análisis del juicio estético. Explica que tal juicio no es objetivo, no es un conocimiento, pero tampoco es concepto. No es algo apodíctico. Este filósofo enseña que el concepto estético no es lógico, sino un pensamiento individual, por lo que dife­rencia el ideal de la belleza por la manera de juzgar del gusto, el cual no está determinado por principios. Resalta que hay dos tipos de percepciones de la belleza, la que es empírica y la que uno mismo produce. Podemos analizar cómo, desde la observación del pensamiento y su manera de funcionar, se llegan a definir aspectos propios del enamoramiento, como lo hace Kant cuando define la palabra sublime, referida a aquello que supera toda medida de los sentidos, lo cual se juzga, dice, en el espíritu del que lo juzga y no en el objeto. Por lo que podemos definir el enamoramiento como algo sublime. Y con aspectos de lo que el mismo Kant cuenta sobre la exaltación: «Querer más allá de los límites de la sen­sibilidad». Y añade otros dos aspectos: «que no tiene reglas y que se puede considerar un delirio con la razón». Kant no dice un delirio de la razón, sino con ella. Otra palabra que define es fantasía: «ideas de la razón sin experiencia».

 

Para nosotros el enamoramiento no es una idea de la razón, pero sí una experiencia aunque efímera. Por tanto el ena­moramiento no es una fantasía y no es una realidad, sino un estado mental del alma, que adquiere realidad y desde el cual percibimos diversas realidades, unas externas y otras en el sujeto que se sitúe en tal estado. El enamoramiento carece de finalidad. Pregunta vana la de querer saber la finalidad de las cosas, según Kant, pero se la damos. Por eso el ena­moramiento no es una causa, sino que su función misma es lo que es. Por ejemplo, una rosa roja carece de causa de ser roja. Luego podemos saber que se trata de un mecanismo de atracción para la polinización y eso hace que sobreviva la especie. Su color no es una causa, sino un mecanismo que sucede, que surge. Podemos conocer que el color consiste en una vibración de la luz, que responde a un espectro de las ondas que al relacionarse con las partes del ojo y llegar al cerebro hace que veamos lo que llamamos color rojo. Hay una base material, que es como es y funciona de una deter­minada manera. Pero sin pétalos, la base material de la rosa no sería roja, ni siquiera sería rosa.

 

 

El enamoramiento se relaciona con el ser cuando el yo deja de ser una mera cualidad. Rollo May en su obra Amor y voluntad cuenta: «Eros es un estado del ser. Freud y otros autores caracterizan el placer sexual como de tensión. En el Eros, en cambio, no deseamos vernos libres de la excitación sino que nos aferramos a ella, nos aseguramos en ella y has­ta deseamos que aumente. La meta a la que apunta el sexo es la satisfacción y relajamiento, en tanto que Eros supone deseos, anhelar, tender permanentemente hacia algo, buscar expansión». Vemos que Eros, el enamoramiento, carece de explicación lógica, ni causal». En la novela Amor pasión, su autor, Antonio de Villena, narra la historia de una pareja homosexual en la que recoge un trazo de enamoramiento cuando cuenta: «El eros pertenece a una dimensión irreal del mundo. Estamos condenados a una red infinita, a una inagotable nostalgia».

 

La obra de teatro Fausto recoge la relación entre cono­cimiento y enamoramiento, tanto la versión de Christopher Marlowe como la escrita por Goethe. Ambas retratan el es­tado del alma cuando Ella se convierte en lo primordial, en el centro del ser de Fausto. Al querer dar un sentido a esa sensación interior que aparece en Fausto el ansia de saber y la ambición de poder que se baten contra ese sentimiento cuando quieren llevar a cabo sus impulsos, como si hubiera un choque entre la realidad y el mundo interior. Marlowe condena a Fausto, lo mismo que hace Tirso de Molina con la figura de don Juan Tenorio. Goethe profundiza en el ser de Fausto y le salva, para hacerlo real, a través de la literatu­ra, como paradigma del ser humano, igual que hace Zorrilla con don Juan. Goethe expresa las profundidades del alma. Lucifer juega el papel de la realidad externa, la cual se acaba interiorizando. Pretende anular el yo, un yo que va a depen­der finalmente de Ella como acto de liberación y gesto de autenticidad. Porque en el fondo hay dos direcciones en las que la mente enfoca la existencia, una en función de Ella. La otra ser atrapada por la el diablo, la realidad. Lo que literaria­mente se entiende como vender al alma al diablo.

 

Escribe Marlowe:

Proporcióname una esposa

la más doncella

porque soy ardiente y lujurioso

y no puedo vivir sin mujer.

 

A medida que Marlowe se introduce en la realidad del alma de su protagonista descubre lo que acontece en Faus­to, lo cual es altamente significativo y tiene relación con el enamoramiento, que describe al final del drama de mane­ra literal. Se ha querido interpretar como metáfora de otra cuestión, pero dice lo que dice. Mefistófeles afirma: Pobre enamorado del mundo. Así define, finalmente, a Fausto, quien a lo largo de la obra ha dicho:

Dejadme, fiel servidor, que pida una cosa más

y cumpla los deseos de mi ávido corazón:

que pueda yo poseer a Elena

que acabo de contemplar,

porque sus dulces brazos

extingan de raíz esas ideas mías

que tanto me apartan de mi juramento

y mantengo yo la promesa

que hice a Lucifer.

Dulce Elena, dame

un beso de inmortalidad

que cielo son tus labios

y todo es polvo sin Elena.

 

Goethe desnuda todavía más el enamoramiento de su personaje Fausto, parece que lo dibujara con palabras:

¿Qué es lo que veo?, ¿qué imagen celeste

en este espejo mágico se muestra?

¡Amor, dame tus alas más ligeras

y a su presencia llámame!

¡Ay!, si ni me quedo en este sitio

ni me atrevo a acercarme,

sólo lo puedo ver como una niebla!

¡Es la más bella imagen de mujer!

¿Cabe que la mujer sea tan bella?

En este campo que ayer éste atendió

¿debo ver el resumen en los cielos

¿se halla en el mundo cosa semejante?

 

En otro pasaje Fausto llama a esa imagen de mujer, a Ella, «cara de cielo». Mefistófeles representa la realidad ex­terna. Es capaz de ofrecer conocimiento y Poder. A pesar de interpretaciones esotéricas que se han realizado respecto a este drama, el eje sobre el que gira la obra es el enamora­miento. Todo el guión es una alegoría del ser humano. Al final de la obra el coro mysticus canta:

Todo lo transitorio

es solamente un símbolo.

Lo inalcanzable aquí

se encuentra realizado.

Lo eterno-femenino

nos atrae hacia delante.

Dice Mefistófeles:

¡No!, verás pronto ante ti a una persona,

el arquetipo de toda mujer

(aparte) con el trago en el cuerpo,

pronto en toda

mujer verás a Elena.

Así es como echa un loco enamorado

por el aire la luna y las estrellas

y el sol, para recreo de su amor.

Fausto dice, refiriéndose a Margarita:

Una mirada tuya, una palabra

vale más que la ciencia de todo el mundo.

Muy cerca de ella estoy, y aún está lejos.

No puedo olvidarla ni perderla.

Me da envidia hasta el cuerpo del señor

al tocarlo sus labios. (Cuando comulga).

¿Jamás podré

descansar en tu seno en paz un poco

pecho a pecho estrechas alma con alma?

Y le responde Quirón:

Extraña dicha

conseguir el amor contra el destino

y yo, fuerza ansiosa, ¿no podría

atraer a la vida ese ser único,

divina por su rango, esencia eterna,

grandiosa y tierna, augusta y hechicera?

Tú ya viste antaño: y hoy la he visto

tan bella como dulce anhelada.

Mi ser entero ya será aprisionado.

¡no vivo si no puedo conseguirla!

 

Elena y Fausto preguntan a Euforión: «¿Ha sido un sueño nuestra dulce unión?» Elena representa la idea de la belleza en la versión de Marlowe. Con Goethe, Margarita adquiere realidad y consigue materializar el enamoramiento. En el guión de Goethe, Mefistófeles dice a Fausto:

No hay goce que le sacie,

no hay dolor que le baste

siempre va enamorado

tras formas cubiertas.

Desea retornar, pobre de él,

el momento último,

acumula y vano.

 

Cuando Fausto se va a condenar, de la mano de Goethe, Margarita se acerca a él y pide que le salve la Madre Gloria, que responde:

Ven elévate a las más altas esferas,

en cuanto te presienta ha de seguirte.

 

En la obra de Eckerman, Conversaciones con Goethe, el poe­ta alemán indica que Fausto nació con Werther, personaje de otra pieza teatral suya, Las desventuras del joven Werther. Esta obra provocó una ola de romanticismo en centroeuropa, que a la larga impulsó una inquietud política y cultural que cambió la sociedad. No es posible un análisis objetivo de la realidad sin una previa inquietud subjetiva. Hasta un políti­co, como Winston Churchill, premio Nobel de literatura el año 1953, que intervino en la Historia reciente desde el más puro pragmatismo y con su reconocida actitud calculadora y fría ante los problemas, tiene un poso profundo de algo indescriptible, que sin embargo aparece descubierto en su novela de juventud, Savarola. El personaje de esta obra tiene mucho de autobiográfico y es un alarde de romanticismo exacerbado.

 

«Sin amor, ¿qué sería el mundo para nuestros corazo­nes?», se pregunta Werther. Define a su Carlota como «Di­vino aliento», «Ángel mío». Describe al Amor (en el sentido de enamoramiento) como un fantasma pasajero. Pero tal fantasma, que reconoce que no existe, es lo que hace felices a los hombres: «La veré y no tengo otro deseo. Lo demás desaparece ante esta esperanza». La visión de Ella es vivi­da por él como un hechizo. Se siente incapaz de descubrir ese secreto y la solución final es marcharse a su realidad. Se suicida. Fue la consecuencia de «ese amor perfecto», que no hace sino describir el enamoramiento: «Hay una barrera inaccesible que la separa de mi alma».

 

En otra época, la década de los años 80, en otro contex­to cultural y social, el de la Alemania del Este, una novela hace un símil modernizado de la historia de Werther, en la que desarrolla el enamoramiento en una trama paralela a la obra de Goethe, Las nuevas cuitas del joven W, del escritor Ulrich Plenzdorf. El protagonista, Edgar Wibeau, es el W-Werther. Deja grabadas unas cintas que envía a un amigo, a modo de cartas, para contarle su vida, sus «aventuras», en las que confiesa haber conocido a una persona que le afecta muy de cerca su corazón: «Un ángel». Y dice: «Sin embargo no soy capaz de decirte cuán perfecta es ni por qué es per­fecta… Ella se ha apoderado de todos mis sentidos. No me engaño, leo en sus negros ojos una sincera simpatía por mí y por mi destino. Ella es sagrada para mí. Toda pasión desapa­rece en su presencia». Volvemos a comprobar las mismas constantes, a través de la literatura, por más lejos que estén en el espacio y el tiempo. También Wibeau, el protagonista de la novela, acaba suicidándose.

 

Conocer el enamoramiento nos permite comprender nuestra personalidad y una parte de nuestro ser como seres humanos. También analizar la separación entre la irrealidad y lo real, que se confunden en nuestros sentimientos, con­tradicción que forma nuestra mentalidad y funcionan en el mismo órgano neuronal, el cerebro. El conocimiento de tal antagonismo permite evitar confundir desde nuestra per­cepción subjetiva lo real de la irrealidad, puesto que cuando tal confusión se ha proyectado a los campos de la política, la economía, la cultura, la historia, la religiosidad o demás face­tas de la vida social, las consecuencias han sido nefastas.

 

El escritor y humorista inglés Jerome Klapka Jerome, en su obra Las divagaciones de un haragán, dedica un capítulo al tema del enamoramiento. Compara este fenómeno íntimo del ser humano a un sarampión, por el cual todos pasamos, pero resalta tal como venimos exponiendo: «Sólo lo sufri­mos una vez. Puede uno estar tranquilo que no se repetirá el contagio. Hombre que ha tenido la enfermedad es hombre inmune: frecuentará los más peligrosos lugares y cometerá toda clase de locuras sin miedo alguno». Lo define como algo más allá del amor, en cuanto que no es tal, de ahí que califique a este proceso como «enfermedad», sinónimo de un extraño proceso, que es único en cada individuo: «Sólo un dardo dispara Cupido en el mismo corazón. Sentimos en lo sucesivo preferencias, estimación, cariño, mucho ca­riño, pero nunca volveremos a amar, (en el sentido de es­tar enamorado)».

 

Jerome ve el enamoramiento como algo liberador: «Por una sola vez nos atrevemos así a romper los hierros de nuestra cárcel». Y advierte: «No han muer­to los sentimientos caballerescos: sólo duermen por falta de objeto en qué emplearse». En la obra de este autor en­contramos una prueba más, una prueba literaria más, de lo que se defiende en este tratado: «¡Qué hermosa era! ¡Cuán maravillosamente hermosa! Al entrar ella en una habitación parecía que entraba un ángel, y toda otra cosa resultaba a su lado despreciable, terrenal. Su contacto era como el de algo sagrado, y casi temeridad el detenerse a contemplarla. Besarla os hubiera parecido profanación tan grande como la de ponerse a cantar canciones poco serias en una catedral». Jerome mira a su pasado, que de alguna manera generaliza a todo un mundo de entonces, tal como titula otra obra Mi vida, mi época (1926): «Qué días de nobles anhelos y de nobles luchas! Y ¡qué tiempos éstos tan cuerdos y discretos, en que sabemos que el único premio digno de nuestros esfuerzos es el dinero».

 

En la obra del Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino, el enamoramiento se vive como un destino, que se convierte en un drama ante lo inalcanzable. Hace que sus protagonistas mueran para encontrar aquello que anhelan en otro mundo. Don Álvaro llama a Leonor: «Ángel divi­no», «Cielo», «Aquella que absorbe la existencia»:

¡Qué eternidad tan horrible

la breve vida!

Este mundo

qué calabozo profundo

para el hombre desdichado.

Aquel corazón todo mío…

Ángel de mi vida… vive, vive

yo te adoro…

Te hallaré por fin…

sí, te hallaré… muerta.

 

Expresar el enamoramiento no resuelve lo que es la na­turaleza humana, pero su reconocimiento impide que sea definida, pues hacerlo, como se hace, condiciona la capaci­dad vital de cada persona al estar inmersos en una sociedad que nos apresa sobre la base de las definiciones.

Crear nues­tra forma de ser nos da la libertad. Si somos algo por natura­leza la educación nos encamina a serlo y entonces se diseña a las personas para una función determinada, pero cuando hay que inventarse, cuando lo intangible es reconocido es entonces cuando existir nos pertenece. Cuando no somos conscientes de nuestra existencia como algo propio, cum­plimos un papel social y poco más. Es a este rutina a la que nos encamina el sistema de enseñanza. Tampoco podemos hacer de los sentimientos una ideología, ni un instrumento de ninguna fe trascendente. Como explica Michel Foucault definir el discurso del saber es un mecanismo que usa el Po­der para imponerse sobre el sujeto. Salir de las definiciones supone expresar una identidad propia, que busca crearse a sí misma, en cada persona. Es preciso cuestionar premisas y no llegar a demasiadas conclusiones.

 

El entendimiento destruye el ser porque lo usa. Miremos y vivamos. Elegir nuestro mundo es el reto de nuestra libertad, no padecerlo o someternos a él. La libertad parte del yo de cada cual y nunca de un modelo predeterminado del mismo. Para hacer nuestra identidad no podemos renunciar a las vivencias más íntimas y sutiles, como es el enamoramiento. Existir supone una elección permanente, pero no sólo consiste en elegir qué hacer, sino también qué quiero ser y qué soy. La creati­vidad se fundamenta en lo que uno es capaz de crearse a sí mismo, lo cual es el arte de vivir. Vivir como arte, en lo que el enamoramiento es una variable muy importante a tener en cuenta. Pero no deja de ser una más.

 

Y si los versos de Pablo Neruda, en 20 poemas de amor y una canción desesperada son ciertos, y para mí lo son porque los siento como tales:

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye

como tú lo desees y hacia donde tú quieras.

Márcame mi camino en tu arco de esperanza

y soltaré en delirio mi bandada de flechas.

Entonces, y sólo entonces, retomo sus otros versos para dar un sentido global a este tratado:

Una palabra entonces, una sonrisa bastan

y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.