Enamoramiento y creatividad, algunos ejemplos

La literatura, en sus diversas formas de poesía, teatro y novela describe el enamoramiento a lo largo de su historia. También se comunica a través del cine, la música y la pintura. La palabra permite nombrar las sensaciones y apuntar hacia lo que se vive, y de esta manera conocerlo, no solamente sentir que hay algo. Hay composiciones musicales que hacen aflorar el enamoramiento y es en esta reacción en el público en la que radica parte de su encanto y genialidad.

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También la música sirve de vehículo para que emane el enamoramiento. Un ejemplo son los vals de Strauss, cuyos acordes parece que hacen patinar la música en el aire. Hay una composición que da sonido y musicalidad al enamora­miento, El lago de los cisnes de Tchaikovsky. Se basa en una leyenda en la que se refleja el enamoramiento. Para adecuar la música a esta historia el compositor tuvo que traducir su estado del alma a notas musicales.

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La leyenda cuenta que el príncipe Sigfrido sufre fuertes presiones de la corte para que elija una novia, para lo cual se celebra un baile en palacio. La noche anterior había ido a cazar cisnes, los cuales en el bosque toman forma humana y él se enamoró de una de ellas, Odette, que dirige la manada de chicas-cisnes. Odette sufre el maleficio de un brujo, de quien sólo se podrá salvar si alguien se sacrifica por ella. Sigfrido le jura amor eterno, lo que representa el enamoramiento.

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En el baile de palacio Von Rotbart, el brujo, que representa la realidad, hace que su hija, Odile, se parezca a Odette. La hija del brujo consigue engañar al príncipe. Odette lo ve todo y se marcha, con la decisión de ahogarse en el lago, el lago de los cisnes. Sigfrido aparece ante ella para pedirle perdón. Odette se ahoga, prefiere morir antes que vivir sin él. El príncipe se lanza al agua, sigue su rastro, pues no puede vivir sin ella. Con un puñal se mata y de esta manera rompe el hechizo, muere el brujo y el lago desaparece. Odette y Sigfrido son vistos en el mar, conducidos por náyades y ninfas que les llevan al templo de la felicidad eterna. Sucede una lucha contra la materialidad de la vida, hasta que lo mundano se transmuta en un ideal y el sacrificio del príncipe lleva a una situación límite que no se puede vivir en la realidad, la cual se entiende como un engaño.

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Cuando el compositor alemán Ludwing van Beethoven murió encontraron, con fecha de 1812, en el cajón de su me­silla, una serie de cartas dirigidas a «mi amada inmortal». En ellas se leen expresiones como «mi ángel», «mi todo». Cuyo amor-enamoramiento sólo ve que puede vivir a través del sacrificio, especialmente de la renuncia. Tales cartas se con­sideran un misterio que ha dado origen a cientos de estudios e investigaciones. Se les ha querido dar una destinataria. Una de las teorías más divulgadas es la de que se dirigieron a An­tonie Bentano, esposa de un mercader de Frankfurt. Pienso que no. Diversos investigadores han descartado que pudiera serlo. De hecho, unas tesis refutan a otras.

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El contenido de las cartas a las que hacemos referencia son hechas con el lenguaje del enamoramiento. No tienen más que una destinataria, la musa, convertida en inspira­ción mediante la creatividad. Se trasluce la imagen que le enamoró. La vio una vez. ¿Fue un secreto?, como se suele interpretar. Más bien es una distancia en la que crece el ena­moramiento, que surge a partir de un instante. Su música despierta ese anhelo, hace sensible la invisibilidad del alma. No sabemos qué es y, sin embargo, se siente. Tal es el logro de un genio en el mundo del arte. Frente a los espejismos que se construyen a través del espectáculo, como el consumo de sentimientos, el arte tiene el valor de llevarnos a lo au­téntico, de sacarnos de nosotros mismos con el fin de llegar otra vez, pero despiertos, conscientes del ser que somos.

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Beethoven está considerado como un compositor ro­mántico. Sus biógrafos destacan que a lo largo de su vida se enamoró de amores imposibles y que pasaba de una histo­ria de amor a otra. Se repite el vagabundeo del enamorado, cuando se deja llevar por tal estado. No envió tales cartas. Las escribió. Pudo haberlas tirado, quemado. O ponerlas en manos de una mujer en secreto. Pudo haber hecho que la destinataria, si fuera una realidad, leyera sus palabras y rom­piera el papel después. Sin embargo, son cartas poéticas, de enamoramiento que le acompañaron en el «rincón oscuro» de su alma, en forma de un cajón de la mesilla del dormito­rio. La define a Ella como esclava y único tesoro, a esa ima­gen, a ese sueño-real, o mejor dicho sueño-realidad. Escribe: «tu amor me convierte en el más feliz y también desgraciado de los hombres». Que todavía se siga investigando a quien dirigía tales cartas quiere decir que se desconoce el enamo­ramiento, ya que escribía a ese rayo de luna que persigue Gustavo Adolfo Bécquer. O como escribió Juan Boscán:

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Quien dice que la ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado.
El verdadero y firme enamorado
está cuando está ausente más perdido.

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Rimbaud escribió cuentos y poemas entre los dieciséis y veinte años. Su vida azarosa y desenfrenada la cuenta en sus poesías y narraciones, en los que hace visible su ena­moramiento. Según Octavio Paz, en su obra El arco y la lira «Rimbaud es la condensación de la sociedad moderna». En el mismo libro en el que afirma exaltar el amor entraña una provocación, un desafío al mundo moderno, pues es algo que escapa al análisis. Y también: «Los poetas malditos no son una creación del romanticismo, son el fruto de una so­ciedad que expulsa aquello que no puede asimilar. La poesía ni ilumina ni divierte al burgués. Por eso destierra al poeta y lo transforma en un parásito o en un vagabundo». Para Octavio Paz la verdad no procede de la razón, sino de la percepción poética, es decir, de la imaginación.

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En el enamoramiento se mezcla lo burdo y vulgar con lo exquisito, en la medida que mezcla realidad y fantasía. Se debate entre la visión poética del mundo y su hacerse real, lo que conlleva tensión, de la cual mana el existencialismo y también cierta ironía. El cuento de Rimbaud, Un corazón debajo de una sotana, cuyo subtítulo es Intimidades de un semina­rista, narra en forma de un diario personal el enamoramien­to con un tono jocoso. Ella es representada por Timotina Labinette.

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«2 de mayo: Siento cosas de mí dentro de la cabeza. Oh, ¡qué cosas!

12 mayo: ¿No adivinas acaso que de amor me moría?
la flor me dice hola, el pájaro buen día.
Hola es primavera. Mi ángel de ternura
¿no adivinas acaso que rozo la locura?
Mi ángel de la guarda de la niñez adorno
¿no adivinas acaso que pájaro me torno.

Hice estos versos ayer durante el recreo; he entrado en la capilla y me he encerrado en el confesionario y allí mi joven poesía ha podido palpitar y volar, en el sueño, en el silencio, hacia las esferas del amor (Se cosió el poema en la sotana)

15 mayo: ¡Timotina Labinette yo te adoro!.

Déjame contar con mi laúd como yo te he visto y cómo mi corazón ha saltado sobre el tuyo con un eterno amor. Hasta entonces, confuso al verme con esta joven criatura en la soledad de esta cocina, yo había bajado los ojos e invoca­do a mi corazón el santo nombre de María: Levanté la frente poniéndome colorado y ante la belleza de la interlocutora sólo pude balbucear un débil “¿señorita?”.

En la cocina un olor celeste a sopa de coles y habichue­las.

Tu nariz llena de olor de las habichuelas levanta sus ale­tas delicadas… Busqué en vano tus senos, no los tienes, des­deñas esos adornos mundanos, ¡tu corazón es tus senos!

Cuando te volviste para pegar tu ancho pie a tu gato do­rado, vi tus omóplatos salientes y fui traspasado por el amor ante el retorcimiento gracioso de los arcos pronunciados en tus caderas.

A partir de ese momento, te adoré. Adoré no tus cabe­llos, no tus omóplatos, no tu retorcimiento inferoposterior, lo que a mí me gustaba en una mujer, en una virgen, es la santa modestia, lo que me hace saltar de amor, es el pudor y la piedad, es lo que adoré en ti, joven pastorcilla… Traté de hacerle ver mi pasión y además mi corazón, mi corazón me traicionaba. Sólo respondí con palabras entrecortadas a sus interrogatorios.

“¿No notas cierto olor?”, repetía. Su padre no la enten­día, pero yo comprendí: “era la rosa de David, la rosa de Jesse, la rosa mística de la escritura. ¡Era el amor!”

Ella se levantó de pronto, se dirigió hacia un rincón de la cocina y mostrándome la doble flor de sus caderas hundió el brazo en un montón de informes botas, de zapatos diversos, de la que saltó un gran gato.

–Eso huele todavía.

¿Sí, esto huele –respondió el padre tontamente, no po­día comprender lo profano. Me apercibí de que todo no eran más que movimientos internos de mi pasión en mi carne virgen. La doré y saboreé con amor la tortilla dorada.

Pero lo que fue para mí como un rayo de luz, como una promesa de amor eterno, como un diamante de ternura de parte de Timotina, fue la adorable amabilidad que tuvo con­migo en el momento de marcharse al ofrecerme un par de calcetines con una sonrisa y estas palabras: “¿Queréis esto para vuestros pies?, tened, tomadlos”.

16 mayo: Timotina ¡yo te adoro! y a tu padre y a ti y a tu gato.

Vas devotinis
Rosa mystica
Turris davidica,
ora pronobis
Celi porta
Stela Mari.

17 mayo: ¿Qué me importan ahora los ruidos del mundo y los ruidos del estudio?, ¿qué me importan aquellos que la pereza y el aburrimiento doblegan a mi alrededor?… escuché latir mi corazón lleno de Timotina.

18 mayo: Oh, dulce brisa quintaesencia

¡Oh dulce quintaesencia del amor!
cuando ya está seca la rosada
qué bien huele el día con su olor.

16 junio: Señor, hágase tu voluntad: yo no pondré nin­gún obstáculo. Si quieres desviar de vuestro servidor el amor de Timotina, libres sois sin duda, pero señor Jesús, ¿vos mis­mo no habéis amado y la lanza del amor no os ha enseñado a condescender con los sufrimientos de los desgraciados? Rogad por mí.

Esta sociedad se me atraganta, no adivinaba el amor que sufría en la sombra.

Retrocedí… Timotina miraba con insistencia mis zapa­tos… yo me puse colorado y dije cantando tiernamente:

“En su mullido nido de algodón
duerme el céfiro de dulce aliento.
Es de seda y lana su colchón
y en él reposa su mentón contento.

Toda la asistencia se desternilla de risa… Timotina, Ti­motina se moría se moría de risa, ¡eso fue para mí una he­rida mortal! ¡Timotina se apretaba los riñones! Un céfiro de algodón es algo muy fino, ¡muy fino!, decía burlándose el padre Cesarín. Intentaron ponerse serios de nuevo, aun­que estallasen de vez en cuando… Seguid joven, seguid, está bien, ¡está muy bien!.

Cuando el céfiro el ala agita
en su mullido nido de algodón
volando hacia la flor se cita
¡qué bien huele su hálito dulzón!.

Esta vez una gran carcajada acudió a mi auditorio. Ti­motina miró mis zapatos, yo sentía calor, mis pies ardían bajo su mirada y nadaban en sudor y pues yo me decía: “es­tos calcetines que llevo desde hace un mes son un don de su amor, ¡ella me adora!” Y he aquí que no sé qué pequeño olor me pareció salir de mis zapatos. Oh, comprendí las risas ho­rribles de la asamblea. Comprendí qué extraviada en esta so­ciedad malévola Timotina Labinette, Timotina jamás podrá dar libre curso a su pasión. Comprendí que tenía yo también que devorar este amor doloroso incubado en mi corazón una tarde de mayo en la cocina de los Labinettes ante el re­torcimiento posterior de la virgen del Tazón. Las cuatro, la hora del regreso, ¡sonaron en el reloj del salón! Desatinado, ardiente de amor y loco de dolor, cogí mi sombrero me fui tirando una silla y crucé el corredor murmurando: “adoro a Timotina, me voy al seminario sin detenerme. Los faldones de mi hábito negro volaron tras de mí, en el viento, como pájaros siniestros.

30 junio: Desde entonces dejo a la musa divina que acu­ne mi dolor, mártir del amor a los 18 años… no teniendo ya quien quiero voy a amar la fe. Que Cristo, que María, me aprieten sobre su seno, les sigo. No soy digno de desatar los cordones de los zapatos de Jesús, pero mi dolor, mi suplicio. ¡Yo también a los 18 años y siete meses llevo una cítara! ¡Éste será el bálsamo de mis llagas!.

1 agosto (un año después): Hoy me han revestido los ornamentos sagrados, voy a servir a Dios… tengo fe, labraré mi salvación. En cuanto a esta pasión cruelmente amada que encierro en el fondo de mi corazón, sabré soportarla con constancia, sin reavivarla precisamente podré evocar al­guna vez su recuerdo. ¡Estas cosas son muy dulces! Yo, por otro lado, había nacido para el amor y la fe. Tal vez algún día de regreso a esta ciudad ¿tendré la felicidad de confesar a mi querida Timotina?… Ya que conservo de ella dulce recuerdo, desde hace un año no me he quitado los calcetines que ella me dio. ¡Estos calcetines, Dios mío, los guardaré en mis pies hasta vuestro santo Paraíso!».

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En otra narración de la misma época que la anterior, “Los desiertos del amor”, Rimbaud, hace la siguiente advertencia: «Estos escritos son de un joven cuya vida se desarrolla no importa dónde. Sin madre, sin patria… Sin haber amado a las mujeres, ¡aun cuando lleno de sangre! entregó su alma y corazón, toda su fuerza a errores extraños y tristes. De los sueños siguientes que le vinieron a la cama o por las calles y de su consecuencia y su fin, se desprenden dulces consideraciones religiosas». En sus escritos Rimbaud des­cribe el enamoramiento al desnudo. Vive la realidad como una temporada en el infierno, como referencia a lo que está fuera, sin tener nada que ver con ese estado interior que ha creado y siente. Escribe: «La vida es una farsa que to­dos representamos». Esta idea del teatro de las relaciones y de la vida, fuera de lo que es el enamoramiento, es el tema que trata la película Enamorarse, en la cual sus protagonistas son felices en sus correspondientes vidas cotidianas, pero se rebelan a esa realidad. Se encuentran, casualmente en el metro. Ambos tienen su pareja estable y sus respectivos hi­jos. Les va bien. Un trabajo acomodado que les permite una buena posición social. Cuando se dan cuenta de que están enamorados entran en otra dimensión, en la que la realidad pierde valor. Tratan de mantener una relación íntima, pero no pueden, la plenitud de ese «choque», de ese encuentro, de ese flechazo, es otro nivel diferente al sexual, trasciende lo sensitivo, ni tan siquiera pueden convivir como amantes. Su aventura es ir en el metro y es entonces cuando se dan cuenta que pueden soñar despiertos.

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La carrera literaria de Rimbaud culmina con el ocaso de su enamoramiento, al que renuncia ante la realidad mun­dana, lo cual expresa de manera apoteósica: «He intentado inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! Una hermosa gloria de artista y narrador apasionado, ¡yo!, yo que me he llamado mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto a la tierra, con un deber a buscar y una realidad rugosa a abrazar. ¡Cazurro!… pediréis perdón por haberme alimentado de mentiras… Ya es una ventaja que pueda reírme de los viejos amores embusteros y llenar de vergüenzas estas parejas embusteras, he visto allí debajo el infierno de las mujeres y me será permitido poseer de verdad un alma y un cuerpo». Este joven, poeta maldito, no reniega de su estado de adolescencia, en el cual vivió el enamoramiento a flor de piel. Dice: «No lamento mi vieja parte de alegría divina». Sus relaciones sexuales acaban por hastiarle, porque quedan fuera de su enamoramiento, que busca y no halla. Se siente defraudado. Dice: «No me gustan las mujeres. El amor hay que inventarlo de nuevo». Leer a Rimbaud es un terremoto que remueve las tripas del alma. Vivió el enamoramiento en sus escritos en los que deja caer toda la fuerza del mismo:

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… y el rayo inesperado de la belleza primera

hace palpitar el dios del altar de la carne

feliz del bien presente, pálido del mal sufrir.

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Poemas como El baile de los ahorcados, El castigo de Tartufo, Vergüenza, El lobo gritaba bajo las hojas y otros son huellas de su enamoramiento que permiten ver qué es. Como también sucede en la obra de Valle Inclán “El marqués de Bradomín”, que narra el distanciamiento, como una necesidad de la esencia de este estado. Uno de los personajes de esta novela, Con­cha, dice: «Viene porque yo le llamé y ahora me arrepiento. A mí me bastaba con saber que me quiere». En esta misma obra Isabel Bendoña le dice al marqués: «Eres el más ad­mirable don Juan: feo, sentimental y católico». El marqués de Bradomín se declara carlista por mera estética, siendo la belleza el sentido de la vida de cualquier enamorado. En esta circunstancia adquiere la singularidad, la mismidad que le permite definirse frente a los demás. Como dice el marqués de Bradomín hay dos tipos de carlistas: «Yo y los demás».

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Entre las personas y su medio social hay una atmósfera psicológica que marca las relaciones entre los individuos. Se establecen unas pautas, unos códigos de conducta que no se especifican, pero se transmiten por un proceso espontáneo de adaptación al medio y de contagio por la expresión no verbal que nos transmitimos unos a otros. Escribe en su novela Valle Inclán: «qué cruel es la vida cuando no vivimos como niños ciegos». En otra obra, Sonata de primavera, ma­nifiesta el enamoramiento en una trama que hace imposible el amor, siendo la única manera de vivir el enamoramiento en lo imposible de la relación personal. En esta narración María Rosario aparece como el único amor del marqués, y se prepara para meterse en un convento. Le dice: «¿Por qué os gozáis de hacerme sufrir si sabéis que es imposible?» El marqués de Bradomín reconoce que lo que siente no es de­seo ni amor: «Quién sabe si al veros sagrada por los votos, mi amor terreno se convertirá en devoción, y solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras oraciones moriría gustoso».

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En la Sonata de estío Valle Inclán describe con suma pre­cisión el momento en que Ella impacta al protagonista, momento en el cual queda impregnada en el alma: «Afor­tunadamente, las mujeres que así, tan de súbito, nos cauti­van no aparecen más que una vez en la vida. Pasan como sombras envueltas en el misterio de un crepúsculo ideal». En la Sonata de Otoño misticismo y sexualidad se entrelazan para describir la misma sensación que narra en Sonata de in­vierno en la que el marqués se enamora de la monja Maxi­mina. Cuando el enamoramiento se abandona una salida es el misticismo, para mantener ese estado de enamoramien­to. O bien se derrumba en el vacío metafísico y cae en un existencialismo derrotista como pérdida de sentido. Arthur Rimbaud cuando dejó su juventud y con ella su estado de enamoramiento convirtió su vida en lo contrario de lo que había sido hasta entonces. Escritor hasta los veinte años se dedica luego a viajar, tras una tormentosa relación de amis­tad y enemistad con el poeta Verlaine, con quien se llega a enfrentar. Muchos, entre otros Verlaine, le dan por muerto, mientras que trabajó en el norte de África como tratante de esclavos. Las clasificaciones académicas incluyen a Rimbaud como un representante del simbolismo, junto a Baudelaire. Sin embargo no es el símbolo lo que usan como manera de imaginar la realidad, ni siquiera la imaginación es su método más auténtico de interpretar la realidad. Los poetas viven el enamoramiento en sus palabras y se trasladan a una dimen­sión sentimental con la que ayudan a los lectores a imaginar también a la que es Ella en cada uno. Un escritor no tiene estilo, se tiene a sí mismo, como dijo alguien: «el estilo es el autor». Pero no se puede deformar el enamoramiento en un mero simulacro romántico o simbólico, porque tiene una base muy profunda y real en el ser humano. Tal es el camino que recorre una gran parte de la literatura.

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Cuando Camilo José Cela fallece el 17 de enero del año 2002, se descubrió su faceta como poeta, pues sus últimas palabras fueron unos versos, Poemilla para el día de Reyes del año MMII. Se comentó, por entonces, que sus primeras pro­ducciones literarias fueron poesías, realizadas en su más temprana juventud. El carácter hosco y seco de este perso­naje de la literatura española tal vez viniera de ese abandono de reconocer estar enamorado. Pero le acompañó siempre, sin hacer demasiado caso a su eco. Su segundo matrimonio tal vez fuera un reflejo para construir el espejismo de la luz que brotaba de lo más profundo de su ser. Su relación con Marina tal vez fuera, como toda realidad respecto a un ideal, una deformación o desviación de su impulso interior, no reconocido como tal, pues el enamoramiento muchas veces no es algo que se reconozca. Su primera esposa cuenta, en una entrevista, cómo Cela le anunció su separación: «Estoy enamorado como un colegial de esta mujer (Marina). A ti te quiero mucho, pero esto es otra cosa. Yo siempre preferí la fama al amor; ahora me he convencido de que me equivoqué, y ahora voy a elegir el amor». Si observamos estas palabras describen la vivencia, ausentada, del enamoramiento, que trata de construir, pero en otra dimensión diferente a la que le es propia. A través de la fama Cela busca a Ella. Cree que basta una mujer nueva, que le mire y sea mirada por él. Es al final de su vida cuando se da cuenta y quiere volver a ese estado, con la palabra. Apenas una semana antes de fallecer, consciente de la cercanía de su muerte, en su encuentro con su ser, sincerándose consigo mismo deja testimonio escrito en un poema que todo el mundo ha enfocado como signi­ficado a su esposa en ese momento, pero que si lo leemos atentamente, y sabiendo qué representa el enamoramiento, vemos que no es así. Hace un preludio en el que escribe: «El poeta N.N., que no tenía nombre porque lo prohibía la ley de su país». Es una referencia clara a ese ser que no ha sido nombrado, esa parte oculta de sí, que sin embargo ha estado presente y aflora cuando se mira a sí mismo. Muchas veces el enamoramiento es prohibido por la realidad. Sigue en la prosa preliminar, como si quisiera explicarse algo a sí mismo y comunicarlo a los demás: «Aprovechando la presencia de determinada dama de sus sueños. Escribe de manera im­personal». Refiriéndose, probablemente, a él, pero sin haber sido él auténticamente, en el sentido de autenticidad sartrea­na. Añade: «Jamás pensó el dicho poeta que el amor sumara tanta benévola acritud a la dulce muerte». Se encuentra con Ella en lo más profundo de su ser y el silencio se convierte en poesía.

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Entre los versos escritos por Cela en las postrimerías de su vida podemos leer algunos significativos que ayudan a es­clarecer el enamoramiento: «Te diría al oído la palabra todo. Sé bien que me estoy muriendo pero no de vejez sino de amor». Y también: «sé que te estoy matando pero no de ju­ventud sino de amor». Porque su sueño, su enamoramiento muere con él. Tal vez algunos versos los mezcle con su rea­lidad vivida, pero parten de una base que invade el corazón del hombre: «Te juro que ignoraba los casi cien acrósticos / Todos bellísimos y ciertos / Que podían hacerse con las letras de la palabra amor. Los cuales se podrían resumir en uno: “en-amor-amiento”, bellísimo y cierto».

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En la poesía de Jorge Manrique se observa también el desencanto de amor, al no conocer la esencia del enamo­ramiento. Manrique vive la ausencia como decepción y con una profunda tristeza. En uno de sus poemas se queja de amor:

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... ¿que viva quien engañó

que muera quien bien amó

que valga el amor fingido?

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En otro poema se siente traicionado al quedar embar­gado por la pasión en un sueño mientras dormía. Finaliza diciendo:

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quien durmiendo tanto gana

nunca debe despertar.

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El enamoramiento es algo que se vive a modo de encan­tamiento, que arrebata, incluso hasta la vida por buscar esa otra dimensión, no sólo en el suicidio romántico, sino en la heroicidad. Observemos en el himno del legionario, que no deja de ser un canto de desamor de jóvenes enamorados, que se entregan a un ideal-pasión colectivo:

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Nadie en el Tercio sabía

quién era aquel legionario

tan audaz y temerario

que a la Legión se alistó.

Nadie sabía su historia

mas la Legión presumía

que un gran dolor le mordía

como lobo el corazón.

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Un hermano de mi abuelo, César Pinto Maestro, por circunstancias de la vida se alistó en la Legión durante la Guerra Civil. Pudo ser igualmente al otro bando, pero una experiencia en Madrid le hizo decantarse por dicha decisión. Su actitud profunda hubiera sido la misma en cualquier ban­do, pero su biografía refleja la canción del Legionario. Murió en el frente del Ebro. Al cabo de sesenta años encontré en el desván de una casa de la familia, en León, en la calle Puerta Moneda número siete, unos escritos de él bajo el título Ma­nojo de poesías. Los poemas son del año 1931, en uno afirma que su alegría se perdió de tanto amar. En sus poemas des­cribe el estado de enamoramiento, que no asimila:

«contemplar al tiempo tu cara divina

y morir luego de amor embriagado».

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Y en otro verso se describe a sí mismo: «Deshecho, con el corazón sangrante», por ser de su lado arrojado aquel sueño de dama, en esa lejanía que es el enamoramiento, sin que probablemente lo supiera ella. Se siente errante. Quiere componer los versos para expresar su fuerte desengaño, que no es otra cosa que el enamoramien­to incomprendido, que le llevó a vivirlo fuera de su vida personal: «la última canción, la del olvido». Mas no puede olvidar, y su último poema, se titula La carta:

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Yo la escribí una carta

confesándola mi amor,

diciendo que la quería

que sin su amor moriría de tristeza y dolor

mas la carta que esperaba

nunca a mis manos llegó,

la esperanza que tenía

en mi alma dolorida

como velo se rasgó.

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Poema fechado en el año 1935. Dos años y medio después mu­rió durante el combate del Ebro en la guerra civil.

Otro poeta leonés, Julio Molero, resalta el enamora­miento como distancia, y a la vez como sensación que se mantiene a lo largo del tiempo, en la medida que se cons­truye como lenguaje de una realidad interior. En su poema Me enamoré dice, describiendo, como si de una definición se tratara, el enamoramiento:

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Quise asir con mis manos una estrella,

en noche oscura y sombras imprecisas,

en difusos silencios de otra orilla.

Me enamoré en la noche más oscura

de una sirena blanca en la otra orilla.

Quise asir con mis sueños su hermosura

en la rosa de fuego que más brilla.

Pasado el tiempo, en otro poema recoge lo siguiente:

El tiempo enmudeció la voz perdida

de una lánguida luna enamorada.

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Y más adelante, con una metáfora muy similar cuenta en el poema, Flor oculta:

Jamás lo he visto y sé de su existencia,

ese jardín profundo y perfumado

me embriaga el pensamiento y la conciencia

Es el caudal oculto, flor callada,

fecunda luz mística otoñal,

que seguiré soñando a cada instante.

Para finalizar con otra huella del enamoramiento a tra­vés de la poesía:

Despierta el alma al viento enamorado

del hombre que en la niebla se aventura.

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El poeta libanés, Khalil Gibran, vuelca en sus escritos toda la fuerza del enamoramiento. Lo detalla hasta tal pun­to que además de expresarlo parece que lo quiere definir tal cual. Como dice José Saramago: «Escribir es traducir… Transportamos lo que vemos y sentimos las palabras… que­remos hacer llegar al lector al menos una sombra de lo que, en el fondo de nuestro espíritu, sabemos intraducible, como por ejemplo la emoción pura de un encuentro… ese instante fugaz de silencio anterior a la palabra que va a quedar en la memoria como el resto de un sueño que el tiempo no borrará por completo». En la obra de Khalil Gibran el alma adquiere realidad a través de sus palabras, que tocan la fibra sensible del lector. Escribe: «Todo hombre ama a dos mu­jeres: la que ha creado en su corazón y la que no ha nacido todavía», lo cual se entiende desde el estado del enamora­miento. Para este autor la belleza es lo que cautiva tu alma y prefiere dar que recibir.

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En el cuento Alas rotas, Khalil personaliza el enamora­miento en el personaje Selma Karamy, que es un reflejo de una mujer de la que se enamoró en su juventud, Hola Da­ber: «Tenía yo 18 años cuando el amor me abrió los ojos con sus mágicos rayos y tocó mi espíritu por primera vez con sus dedos de hada y Selma Karamy fue la primera mujer que despertó mi espíritu con su belleza y me llevó al jardín de su hondo afecto, donde los días pasan como sueños y las noches como bodas». Y cuenta: «Selma Karamy fue la que me enseñó a rendir culto a la belleza… fue ella la que cantó por primera vez para mí la poesía de vida verdadera. En la vida de todo joven hay una Selma Karami que súbitamente se le aparece en la primavera de la vida, que transforma su soledad en momentos felices y que llena el silencio de sus noches con música».

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Otros textos de este autor, significativos y que hablan por sí mismos son:

«Me hizo comprender el significado de la vida (…) Sel­ma, involuntariamente, me hizo entrar en el paraíso del puro amor y de la virtud con dulzura y amor».

«Decid ante su tumba: Aquí, todas las esperanzas de Gi­bran, que vive como prisionero del amor más allá de los mares, todas las esperanzas fueron enterradas. En este sitio perdió Gibran su felicidad, vertió sus lágrimas y olvidó su sonrisa».

«Sólo nuestros espíritus pueden comprender la belleza, o vivir cerca de ella. Intriga a nuestras mentes; no la pode­mos descubrir con palabras; es una sensación que nuestros ojos no pueden ver, y que se deriva, tanto del que la ob­serva como de quien es observado. La verdadera belleza es un rayo que emana de lo más santo del espíritu e ilumina nuestro cuerpo, así como la vida surge desde la profundidad de la tierra para dar olor y aroma a una flor. La verdadera belleza reside en la concordia espiritual que llamamos amor, y que puede existir entre un hombre y una mujer. ¿Acaso mi espíritu y el de Selma se trocaron aquel día en que nos co­nocimos, y aquel anhelo de llegar hasta ella hizo que consi­derara la más hermosa mujer bajo el sol? ¿O acaso estaba yo intoxicado con el vino de la juventud, que me hacía imaginar lo que nunca existió?». «El amor es la única libertad que existe en el mundo porque eleva tanto el espíritu que las leyes de la humanidad y los fenómenos naturales no alteran su curso».

«El amor de Selma era mi único pensamiento que por la noche me cantaba canciones y me despertaba al alba para revelarme el misterio de la vida y los secretos de la Natura­leza. Un amor como el que yo le tenía a Selma es un amor celestial, desprovisto de celos, rico y nunca hace daño al es­píritu. Es una profunda afinidad que sumerge el alma en una fuente de alegría».

«¿Soy un loco a quien place estar solo, y que de los fan­tasmas de su soledad modela una compañera y esposa para su alma? Te hablo de una esposa, te asombra oír esta pala­bra. Pero ¿cuántas veces nos desconcertamos ante una ex­periencia extraña que rechazamos, aunque su realidad no puede borrarse de nuestra mente por mucho que lo inten­temos? Esta mujer de mis visiones ha sido en realidad mi esposa y ha compartido conmigo los gozos y los sinsabores de la vida. ¡Ay!».

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En las versos del poeta nicaragüense Rubén Darío la palabra adquiere un valor simbólico que da significado al enamoramiento. Mantiene un ritmo en las estrofas que acompañan a este sentimiento de una manera muy especial. La finalidad de la poesía es conmover, sacar sensaciones es­condidas en la relación de escribir y leer, no tanto la retahíla de análisis gramaticales, el estudio estilístico o interpretar lo que quiere decir o no, pues este ropaje académico está des­truyendo los contenidos literarios. Muchos estudios sobre el simbolismo de este poeta han dejado a un lado su esencia, que es el estado de enamoramiento que contienen sus pala­bras. Darío hace que la poesía se convierta en espejo de este sentimiento. Sentir un poema es muy diferente a estudiarlo y leerlo. Es saborear sus palabras, volver a repetir unos versos porque cala su lectura. ¿Qué me descubre un poema? Cuan­do se hace una disección de alguno o se manda encuadrar en un modelo de estudio se saca de su contexto y se vacían sus metáforas, que están llenas de referencias interiores, de sueños, tanto para quien escribe como para quien los lee.

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El enamoramiento aparece en uno de los primeros libros de poesías de Rubén Darío, Azul, sobre todo en el poema cuyo título es Autumnal. El ritmo poético lleva en todo él este ritmo de enamoramiento, aunque trate otros temas y haga aflorar variados sentimientos. Al final de su carrera literaria vuelve con toda intensidad a lanzar su estar enamorado. Los primeros poemas son viscerales, le salen espontáneamente de dentro, poco a poco va elaborando la expresión de este estado del alma y convierte la metáfora en un símbolo como recurso literario, que a veces da la impresión que se imita a sí mismo de unos poemas a otros. En Autumnal, dedicado al marqués de Bradomín, escribe:

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Yo estoy con mis radiantes ilusiones

y mis nostalgias íntimas

junto a la chimenea

bien harta de tizones que crepitan.

Y me pongo a pensar:

Oh, si estuviese

Ella, la de mis ansias infinitas,

la de mis sueños locos

y mis azules noches pensativas

Sí, estarías a mi lado

dándome sonrisas,

ella, la que falta a mis estrofas

esa que mi cerebro se imagina

la que, si estoy en sueños

se acerca y me visita,

ella que, hermosa, tiene

una carne ideal, grandes pupilas,

algo de mármol, blanca luz de estrella;

nerviosa, sensitiva

muestra el cuello gentil y delicado

de la Hebes antigua

bellos gestos de diosa

terso brazo de ninfa,

lustrosa cabellera

en la nunca encrespada y recogida

y orejas que denuncian

ansias profundas y pasiones vivas.

¡Ah, por verla encarnada

por gozar sus caricias,

por sentir en mis labios

los besos de su amor diera la vida!

Ardor adolescente,

miradas, caricias

¡cómo estaría trémula en mis brazos

la dulce y amada mía!

Dándome con sus ojos luz sagrada,

con su aroma de flor, savia divina.

En la alcoba, la lámpara

derramando sus luces opalinas

oyéndose tan sólo suspiros, ecos y risas;

el ruido de los besos,

la música triunfante de mis rimas

y en la negra y cercana chimenea1

el trueno brillador que estalla en chispas.

Dentro el amor que abraza

fuera la noche fría.

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En otro poema, que también habla por sí mismo, Venus, expresa un doble aspecto del enamoramiento, la parte activa encaminada a conquistar el mundo, lo cual puede suceder de muchas maneras, desde luchar por temas sociales a escribir: «volar hacia ti». Y otro que es el aspecto pasivo de contem­plación, no hacer otra cosa que pensar en Ella, Flotar en el limbo:

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Oh reina rubíes –déjele– mi alma quiere dejar su crisá­lida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar

y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.

El aire de noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

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La pugna entre el alma y la carne desenmascara una ba­talla entre la concepción sexual del amor y la sensualidad romántica, lo cual retoma el poema Palabras de la Satirena, en la que plantea una lucha entre la flauta de Pan y la lira de Apolo, imagen en la que se sitúa el origen de lo trágico en cada persona, lo cual coincide con la primera obra de ensayo de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, donde este filóso­fo alemán reflexiona sobre la tensión entre la concepción dionisíaca del mundo y de la vida con la visión apolínea. La estética y la moral se acaban fusionando como impulso motor de la conducta y como conciencia. Antes que ensayos Nietzsche escribió una serie de poemas en los que explicó qué es para él la poesía, algo que busca algo que flota por dentro: «El poeta es poeta únicamente porque se ve rodea­do de figuras que viven y actúan ante él… Para ser poeta basta con tener capacidad de estar viviendo constantemente un juego viviente… Para el auténtico poeta la metáfora no es una figura retórica, sino una imagen sucedánea que flota realmente ante él, en lugar de un concepto». Esta reflexión de Nietzsche sólo puede ser fruto de una experiencia perso­nal, ya que no es algo que se pueda saber de parte de otro. Esta descripción de ser poeta hay que tenerla muy en cuenta al leer los poemas de este filósofo y filólogo que llegó a una concepción nihilista de la vida, que tiene mucho que ver con la negación del enamoramiento.

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Sigamos las huellas de la poesía de Rubén Darío. Escribe en Canción de otoño en primavera:

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¡Y además! en tantos climas

en tantas tierras, siempre son,

si no pretextos de mis rimas

fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar

la vida es Amarga y presa.

¡Ya no hay princesa que cantar!

Me apena el tiempo terco

mi sed de amor no tiene fin.

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La subjetividad es capaz de crear ideales como lo eterno y lo infinito, en una dimensión psicológica que busca hacer visible aquello que no se alcanza, como si de esta manera tuviera su propio espacio y temporalidad de manera ilimita­da. Escribe Rubén Darío: «Oh miseria de toda lucha por lo infinito». Y la palabra hace las veces de inmortalidad de tal sentimiento, que rompen los límites de lo psicológico y de la razón, para lo cual se crea un lenguaje propio desde la poe­sía. Miguel de Unamuno comenta en su obra El sentido trágico de la vida: «¡Eternidad! Este es el anhelo. La sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres, y quien a otro ama es que quiere eternizarse con él. Lo que no es eterno tampoco es real», lo cual es una referencia clara al enamora­miento y no al amor que se encuadra en la existencia limita­da de los sujetos. Rubén Darío expresa este contexto en su idioma de poesía:

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Toda lucha del hombre va a tu beso

por ti se combate, se sueña

Porque en ti existe

el placer de vivir hasta la muerte

y ante la eternidad de lo posible.

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El poeta de Nicaragua repite con cierta frecuencia la me­táfora del cisne a lo largo de toda su obra, que sigue el curso de su vida y parece que hay una constante recurrente con este ave acuática. Algunos críticos y eruditos han interpretado este símbolo como muestra de refinamiento estético. Otros que reflejan sus ansias políticas y sociales, y hasta quien ha visto en este animal una señal fálica de su inconsciente. Es tal vez el símbolo sobre el que más estudios y tesis se han realizado, sin que se recoja lo que dice, porque siempre se apunta a lo que dicen que quiere decir. Bastaría con traducir su significado, en lugar de interpretar, para darse cuenta de que es una imagen elegida y visualizada que expresa algo que quiere señalar, comunicar y que incluso se puede seguir su transcurso cronológico al observar cómo se fue figuran­do en la poética de Rubén Darío. No se trata de una imagen onírica, sino captada en sus momentos de inspiración.

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En el poema Autmnal escribe: «muestra el cuello gentil y delicado». En otro poema posterior, Yo persigo una forma, se mete de lleno en el enamoramiento, lo que indica en el título de esta composición poética en la que deviene de la realidad a un mundo poetizado:

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… y bajo la ventana mi bella durmiente

el sollozo continuo del chorro de la fuente

y el cuello del gran cisne blanco que le interroga.

En otro poema, Yo soy aquel, perfila esta metáfora del cisne:

El dueño de mi jardín de sueño

lleno de rosas y de cisnes vagos.

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El cisne acaba adquiriendo en los versos de Rubén Darío personalidad propia, para dibujar en esta imagen su sentido poético y real como sentimiento que plasma, para descubrir su interior:

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¿Qué signo hace ¡oh cisne!, con tu encorvado cuello

al paso de los tristes y errantes soñadores?

¿Por qué tan silenciosamente ha de ser blanco

y ser bello

tiránico de las aguas e impasible a las flores?

faltos de los alientos que dan grandes cosas

¿qué haremos los poetas sin buscar tus lagos?

A falta de laureles son muy dulces las rosas,

y a falta de victorias busquemos los halagos.

He lanzado mi grito, cisnes, entre vosotros

que habéis sido fieles en la desilusión.

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La figuración del cisne como imagen de referencia acom­paña toda la obra de Rubén Darío. Se suele asociar esta ima­gen al cuello femenino, que se interpreta como un elemento que se refiere a la atracción erótica, pero es también refugio de la mirada del enamorado, ya que es la parte del cuerpo que se configura como pedestal de la mirada de Ella, de su rostro, de su sonrisa, de sus gestos. Sin hacer un panegírico sobre las interpretaciones, obsérvese las connotaciones de esta metáfora literaria en la obra poética de Rubén Darío:

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Melancolía de haber amado

junto a la fuente de la arboleda

el luminoso cuello estirado

entre los blancos muslos de Leda.

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La evolución de su poesía se acompaña de un hilo con­ductor que es la imagen del cisne, como imagen de enamo­ramiento. En el poema titulado Leda escribe: «el cisne en la sombra parece nieve». La metáfora, como lenguaje visual del alma, no es una invención lingüística sino la transcrip­ción de lo que siente el autor al texto escrito.

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En Canto de otoño podemos leer:

Ya tengo miedo de querer

puesto que aquello que es querido

se está en peligro de perder

por engaño, por ausencia u olvido.

Y si es querer una mujer

como me enseñó a padecer

tal o cual pasado amor mío

sería en mi alma desvarío

de repetir y recaer.

Yo vi un cisne muerto de frío.

¡Ya tengo miedo de querer!

A ti fuerza desconocida

quisiera consagrar mi vida

si algo de ti dejaras ver

a mi ánima dolorida

de tanto subir y caer

a mi fe en la nieve aterida.

¡Si gracia en mí fue encendida

no habrá miedo de querer!.

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Reconoce el enamoramiento a modo de «fuerza desco­nocida». La imagen del cisne se convierte en un punto de referencia que indica su estado de enamoramiento, del cual se da cuenta que «cae», para batirse con la realidad. En otro poema titulado también Cisne escribe:

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Fue en una hora divina para el género humano.

El Cisne antes cantaba sólo para morir

Sobre las tempestades del humano océano

se oye el canto del Cisne; no se cesa de oír,

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena

del huevo azul de Leda brotó de gracia llena

siendo de la hermosura la princesa inmortal

bajo tus blancas alas de nuevo Poesía

concibe en una gloria de luz y de armonía

la Helena eterna y pura que encarna el ideal.

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Rubén Darío coloca el enamoramiento en lo más pro­fundo del ser, al ser un estado desde el cual se mira el ser que somos y el que dejamos de ser porque somos ser. El ro­manticismo empuja al hombre a ser, a batirse con la realidad para ampliar la existencia y aportar algo personal a lo que rodea al sujeto. Lo que Jasper llama circunmundo, dando un sentido creador a la vida y al arte, para desarrollar en el as­pecto individual la singularidad que nos hace ser auténticos, lo que en conceptos ontológicos es «ser ahí», lo cual retrata Rubén Darío poéticamente:

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¿Quién que es no es romántico?

Aquel que no sienta amor ni dolor

aquel que no sepa de beso y de canto

que se ahorque de un pino: será lo mejor.

Yo no. Persisto. Pretéritas normas

confirman mi anhelo, mi ser, mi existir

que soy el amante de ensueños y formas

que vienen de lejos y va al porvenir.

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A medida que Rubén Darío, a través de su obra poética, lleva su estado de ser a las últimas consecuencias y atisba las más profundas vicisitudes vitales abre el enamoramiento a Dios como imagen absoluta en la cual desemboca su alma. Es una imagen que muchos poetas acaban inventando para dar cabida y realidad a su enamoramiento, lo sitúan fuera de sí y se crean un entorno psicológico de orden metafísico, al margen de la razón y de lo material, como pura fuerza estética:

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Soy lo que soy en Dios

y mi ser es voluntad

que perseverando hoy

persiste en la eternidad

rosas bellas, lirios pulcros

loco de tanto ignorar

voy a ponerme a gritar

al borde de los sepulcros

¡Señor que se pierde la fe!

¡Señor mira mi dolor!

¡Miserere! ¡Miserere!

Dame la mano Señor.

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En un ensayo sobre la risa Henri Bergson hace una reflexión que ahonda en lo que venimos exponiendo: «La imaginación poética es la más completa visión de la reali­dad». De ahí que la escritura consigue comunicar el estado de enamoramiento. El filósofo del historicismo escribe: «Lo que nos interesa de los poetas es la percepción profunda del estado del alma. Visión que no es penetrable desde fuera». La poesía hace visible el enamoramiento, lo saca de su letar­go y ensueño. Lo hace instante presente cuando se escribe de manera íntima, sincera y creadora. También permite que emerja el enamoramiento cuando se lee con atención, cuan­do se lee y no cuando se consume o estudia técnicamente un texto. Tal es la fuerza de la palabra, capaz de conmover. La poesía nos descubre lo que ocultamos en nuestro trajín cotidiano. Pero la existencia transcurre por dentro. La vida acontece por fuera. La frontera entre ambos estados aní­micos o, si se quiere, estados de la realidad humana, es por donde fluctúa el enamoramiento. Y aun cuando desaparece de nuestra vista está presente, porque se trata de una imagen objetiva. Es y no es al mismo tiempo. Lo dejamos de ver al darle la espalda, cuando renunciamos a nuestro ser de den­tro y profundo. Es imprescindible tomar conciencia sobre qué es el enamoramiento, para conseguir que la poesía siga siendo poesía y no palabrería que diseca el lenguaje y los sentimientos.

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