Enamoramiento y mujer

Hemos analizado a la mujer como referencia del ena­moramiento, no como sujeto del mismo. Observamos que se trata de una figuración, crear una imagen que sirve para inspirar la creatividad. Lo que se ha llamado «la musa». Des­de el análisis de la literatura el enamoramiento se vive de manera diferente en el varón que en la mujer. Resumiendo podemos decir que la mujer busca un poeta, alguien que le cante, que le mire. Éste es su ensueño. Es posible que esta diferencia esté marcada por condicionamientos culturales y los roles sociales, pero de hecho se dan.

El estado de enamoramiento en la mujer se vive de ma­nera recogida, lo interioriza sin sacarlo fuera. Lo vive de una manera más reflexiva, lo piensa más y pierde parte de su fuerza creadora. Para analizar el enamoramiento femenino he encontrado varias autoras que permiten dar una visión del mismo, especialmente las poesías de Alfonsina Storni y Cartas de amor de la monja portuguesa María Alcoforado. Muchas partes de sus escritos reflejan el amor apasionado. Las cartas de María Alcoforado podrían entenderse más como cartas de pasión, pero expresan vivencias que permi­ten comprender el enamoramiento desde el género feme­nino.

La mujer percibe el enamoramiento como un recuerdo que se hace presente y no tanto como un estado presente permanentemente. Lo sitúa fuera de su contexto vital, no dentro de él como sucede en el varón, sino que lo guarda, lo deja a un lado, simplemente lo mira. Mientras que el varón se sumerge en él y mira desde tal estado, la mujer interio­riza este sentimiento, pero lo guarda en silencio, callada, al contrario que el varón que lo expande, lo lanza al mundo. Las mujeres lo expresan más en diarios íntimos, en cartas que luego guardan y no en novelas ni piezas literarias. La poesía de la mujer es más intimista. Al pensar en este senti­miento dudan de él, no adquiere el grado de certeza que en el varón. De hecho las novelas de autoras femeninas suelen ser historias de amor, de convivencia, profundizando en las relaciones con la otra persona, sin inventarlas. La mujer no oculta el enamoramiento, pero tampoco trata de justificarlo. Escribe Alfonsina Storni:

Soy un alma desnuda en estos versos

alma desnuda que angustiada y sola

va dejando sus pétalos dispersos.

La mujer vive el enamoramiento a modo de derrota, no exalta este sentimiento, ni adora la imagen que hace de so­porte de esa figuración. El varón huye de esa «derrota» de lo irreal ante la inexorable realidad. La mujer mira el ena­moramiento desde la lectura. El varón busca desde su vani­dad la gloria, mientras que la mujer se sitúa en una postura humilde, sin fanfarronerías ni conquistas, como en el caso de don Juan. La mujer se ausenta del mundo, no lo recorre, se encierra en sí. Adopta conductas de recato, como la de guardarse en un convento o en un castillo, o en una vida de­dicada a su familia, sin salir de ella. La mujer evita el mundo, pero es más sincera ya que no interpone ninguna máscara para situarse en este estado de enamoramiento. Se siente culpable en él y se lo quiere arrancar de sí. De hecho suele quedar escondido. En sus cartas escribe María Alcoforado: «Conozco perfectamente mi destino y no trato de vencerlo. Seré infeliz toda mi vida». Y: «Te amé neciamente… Tú sólo buscabas la victoria». En la misma línea apuntan unos ver­sos de Storni:

Pequé, pequé, buen hombre, pequé como las rosas

que viviendo sin norma luego mueren de sed.

En mí libaron todas las rubias mariposas:

fui riego, tierra, savia… hasta techo y pared.

Se observa cierta entrega y parálisis ante su enamora­miento, sin querer intervenir para que se desarrolle y crez­ca. Las mujeres esperan, no buscan, aunque no sepan qué, como hace el varón. Sobre todo, como rasgo del enamora­miento femenino, esperan sin esperanza. En cierta ocasión dijo Carmen Rivera: «Todas las mujeres siempre esperamos una carta que nunca llega, una carta imposible, pero que nos hace mirar el buzón, esperando una esperanza».

En la mujer el enamoramiento no surge a modo de fle­chazo, de repente, sino que es una imagen que se va elabo­rando a medida que se piensa y repiensa sin tener un carác­ter estético, sino afectivo. La mujeres se suelen acercar más al objeto de enamoramiento, discretamente y en general de­jan este estado al lado de un hueco interior que esperan que alguien ocupe. La mujer al amar aporta su enamoramiento, quiere unir ambos aspectos.

Cuando le comenté a Violeta que yo sentía el enamoramiento como querer rescatar a un princesa de los cuentos, ella me dijo que lo ve más como un ángel de la guarda, que le acompaña, pero que, sin embargo, nunca interviene en su historia mental. Está ahí, nada más. Ella jamás saldría a buscarlo, sabiendo que es una quimera, sin embargo, yo iría en su busca cabalgando sobre un caba­llo blanco, aun sabiendo que es una ilusión, por no saber dónde vive, ni quién es.

Estudios de neurología han demos­trado que con respecto a la percepción estética en el varón interviene un sólo lóbulo cerebral, mientras que en la mujer los dos, lo cual implica que en las mujeres se relacionan más elementos y la realidad y el yo están más interconectados.

En una de sus cartas, la monja portuguesa expresa: «es­críbeme mucho». Y Storni:

Pude amar esta noche con piedad infinita

pude amar al primero que acertara a llegar.

Nadie llega. Están solos los floridos senderos,

la caricia perdida rodará… rodará… rodará.

La mujer necesita una respuesta, un gesto, una señal, aunque sea imaginándolo. Necesita alimentar su esperanza, pero no crea su propia situación, sino que deja que todo esté tal cual y observa su interior y a su alrededor. En la mujer no aparece un impulso transformador, pero es un proceso sentimental que le sirve para madurar. No idealiza a aquel de quien se enamora, tampoco lo sueña, sino que se autoi­dealiza a ella misma, porque no se enamora de él, sino del enamoramiento, de lo que ella siente, y se imagina que es él quien se ha enamorado de ella y ese imaginar es lo que para la mujer es enamoramiento.

Escribe María Alcoforado: «Esperaba recibir cartas carísimas, creí que alimentarías mi pasión con la esperanza de tu regreso». Y: «Dime que de verdad quieres que muera de amor por ti». Vive su arrebato de amor tranquilamente, sin moverse, no se lanza a la batalla sino que se deja morir, de amor. Se queda a la orilla del lago esperando que las olas arrebaten su vida, mientras que el varón se lanza al mar para recorrerlo a nado. Los versos de Alfonsina dicen:

Echa a volar… el corazón se apena

¡cómo te entiende bien, cómo te entiendo!

Lloré mi vida… el corazón se apena…

date a volar, amor, yo te comprendo.

Sálvame, amor, y con tus manos puras

trueca este fuego en limpias dulzuras

y haz de mis leños una rama verde.

En el varón el enamoramiento genera un psicomundo, un mundo propio, que choca con el mundo exterior y en él se expresa, quiere lanzar al viento su enamoramiento, aun­que no lo diga. La mujer necesita comprenderlo y adaptarlo, silenciosamente, al mundo que le rodea. Observa su entor­no y se sueña e idealiza, sin meterse en el mundo, a lo más juega con él, lo mira de reojo. Para la mujer no es tanto un misterioso sentimiento como una peculiaridad que entra a formar parte de sus sentimientos. No lo vive como algo imposible, sino que no le ha tocado en suerte. Lo entiende como una aspiración posible, que no llega, y si lo hace acaba en un desencuentro al cabo del tiempo, por eso lo vive, tan­to si logra el encuentro como si no, con amargura, como un sentimiento que se derrama y que hace de su existencia una nostalgia que acompaña siempre a la mujer.

Escribe Storni:

Es un amor enorme lo que postra mi vida

un amor sin sujeto, cósmico, tan incruento

que muero bajo el peso de un raro sentimiento

sin haber alcanzado la tierra prometida.

Que muero como un niño secuestrado a la luz

como un niño sin madre que ha vivido en tinieblas

que por no tener soles idolatra las tinieblas

y tiene sus espaldas llagadas por la luz.

En el varón el enamoramiento es un estado del alma, en la mujer le acompaña, nada más. No forma parte ente­ramente de ella, sino que se sitúa a su vera. No es un grito en la mujer, es un susurro, que queda en estado latente. «Le dejo si me es posible para no volver a pensar más en us­ted», escribe la monja María Alcoforado. La imagen arque­típica femenina muere de nostalgia en su enamoramiento, se suicida lentamente, mientras que la figura masculina lo hace estrepitosamente, muere en la batalla o se lanza a un abismo.

La mujer se va ahogando lentamente, porque en ella es más un estado de ánimo que sentimental. Y cuando lo vive es con timidez y muy en silencio. En sus cartas de amor cuenta la monja portuguesa: «desde que supe que te resolvías a una separación, para mí tan insoportable, que pronto me llevará a la muerte». Es un testimonio verídico, de una vivencia cierta, no creada, que implica una sinceridad plena, que para nada simula una ficción. Y como estas cartas hay muchas, que no se han publicado. Entendamos que el enamoramiento no es un invento literario. Lo es de la mente y la literatura plasma este fenómeno. Viene a ser lo que el microscopio en relación a la materia, que ve las células. Pero el enamoramiento no queda como un invento y ya está, sino que adquiere realidad en la personalidad del sujeto enamo­rado, para posteriormente tener grandes repercusiones so­ciales y culturales.

El varón vive su enamoramiento desde la exaltación de su personalidad, la mujer lo hace desde cierto desencanto, porque lo reflexiona más y lo percibe como irreal y man­tiene las distancias con respecto a este estado. El varón no, se imbuye en él y lo hace cierto. La mujer lo vive como una invasión y no le inspira de manera directa, sino que lo que le impulsa a expresarlo son sus efectos, sus dudas, su desam­paro ante tal fenómeno. Tal vez porque las normas sociales en culturas de tipo patriarcal no le han dejado que lo expre­se. Puede ser, pero la cuestión es que hay unas diferencias en la forma de vivir el enamoramiento. En uno de los poemas de la poetisa argentina leemos:

Jamás olvido. Al despertar mi mente

de mi febril cerebro a hacerse dueño.

Para el ser masculino el enamoramiento es un anhelo, al que da una direccionalidad, se inventa objetivos que hace por cumplir, no siempre literarios, sino empresariales, po­líticos, de todo tipo, de manera que el varón convierte el enamoramiento en una realidad. Para la mujer el enamora­miento no es tanto distancia, sino ausencia, que le produce cierto dolor, no genera inquietud en ella. De esta manera lo expresa Alfonsina:

Alma que siempre disconforme de ella

como los vientos vaga, corre y gira

alma que sangra y sin cesar delira

por ser el buque en marcha de la estrella.

En su obra Educación sentimental Gustav Flaubert desa­rrolla el estado de enamoramiento con toda su plenitud. En su otra novela Madame Bovary narra cómo se destruye este estado, precisamente por quererlo vivir, por querer conver­tirlo en realidad, en cuyo caso deja de ser real, deja de ser lo real de ese estar en-amorado. Las críticas y análisis sobre obras literarias en las que interviene el enamoramiento no han tenido en cuenta su esencia y se ha interpretado con una visión prosaica, incompleta y distorsionada de la trama y del fondo de lo que se cuenta. Tanto se ha querido razonar y ex­plicar el contenido de muchas novelas que se ha succionado su energía, se bloquea la comunicación con el lector, que ha sido sustituida por lo que interpretan los especialistas, desde un punto de vista político, sociológico o desde la psicología. O reducen el estudio de muchas obras a nuevas descripcio­nes del estilo, que seguro que ningún escritor se ha plantea­do al acometer su labor. Para recomponer esta fractura del mundo literario es necesario saber qué es y en qué consiste el enamoramiento.

La literatura, por regla general, ha ido en busca del ena­moramiento. La poesía ha sido su lenguaje, su cauce, y la prosa su retrato. El arte escrito ha dejado un rastro por el que podemos llegar a saber qué es el enamoramiento y dar palabras a lo que es sentirse enamorado. Los autores de las grandes obras de arte han mirado desde el enamoramiento, lo han visto sin comprender su ser, aunque lo hayan mos­trado. Lo mismo que quien ve una roca, siente su peso, su belleza, pero no sabe, por ejemplo, que es oro. Cuando el enamoramiento se falsifica corre el peligro de ser una espe­cie de emoción a punto de extinguirse. Es preciso analizar a qué se refiere tal sentimiento que enerva, que lanza al mun­do a quien lo percibe y sin embargo se agota en relaciones fugaces. Es necesario conocerlo para comprender el desa­rrollo humano, pues forma parte de nuestro ser. No es algo que viene dado, sino que se construye para la supervivencia del ser humano, que impulsa la cultura y deja sus huellas en las civilizaciones que han salido de una organización tribal.

El sedentarismo de las sociedades agrarias frente al noma­dismo de la caza y el lenguaje construyen una segunda natu­raleza para el ser humano, más compleja y etérea, en la que mediante el nuevo universo de la palabra la especie humana deja de adaptarse a la naturaleza para adaptar ésta a sus inte­reses. Es a esta doble naturaleza a la que se ha de adaptar y acoplar, una de cuyas herramientas lo constituye el modelo educativo. Para acoplarnos a este nuevo sistema se necesita de la fuerza que da el enamoramiento, pues se trata de un mecanismo de adaptación del cerebro para crear realidades dentro de la realidad humana, que se bate entre lo natural y lo cultural. El enamoramiento equivale a lo que es el ins­tinto con respecto a la naturaleza. Nos permite ir más allá de la realidad, por eso es un impulso creador. Pero ese más allá es real, no porque se crea, del verbo creer, sino porque se crea, del verbo crear. Pero también puede convertirse en una fuerza destructiva si no se distingue, tanto a nivel perso­nal como en el ámbito de la sociedad.

La modernidad se podría definir, entre otras posibles definiciones, como la confusión y mezcla que hay entre el amor, el enamoramiento y la convivencia, lo cual da lugar a la expansión de los problemas emocionales y la conflictivi­dad creciente en las relaciones de pareja, de amistad y que también provoca una indefinición del arte, lo que hace que se convierta en pura mercancía como sucede con los mu­seos de arte contemporáneo. Incluso en un instrumento de anuncios publicitarios. En su obra Crítica de la economía política del signo Jean Baudrillard analiza la aparición de la lógica de la utilidad y del mercado en el mundo moderno. Pone de ejemplo un anillo, que pasa de ser un símbolo de la unión matrimonial a ser un mero objeto de consumo. Observa que también la significación del tiempo libre ha cambiado. Pero es en el arte, ya a finales de los años 70, donde establece este filólogo francés su referencia de la economía política del signo, pues es en este terreno del arte en el cual se ha pro­ducido una transmutación de valores que deja el contenido del arte a un lado para convertir su imagen en un signo de la economía. De tal manera que se intercambian símbolos cuyo valor monetario da el poder y devalúa todo lo demás. Explica cómo el mundo moderno piensa todo en términos cuantitativos, lo cual hace que el individuo se convierta en un sujeto solamente en términos económicos. En semejante contexto el enamoramiento no es nada, se anula como fun­ción en la modernidad. El problema es que sigue latiendo en la mente de las personas.

En determinadas épocas prevalece el enamoramiento como impulso de los acontecimientos, generalmente de cambio. Son etapas románticas. En otras la sexualidad es el centro vital para entender la relación entre los varones y las mujeres. En otras lo que define las relaciones personales es la conformación de reglas que se imponen como centro de la convivencia de las familias. El desarrollo de las emociones no consiste en mezclar unas con otras, sino en permitir la autenticidad de todas las facetas del ser humano como un conjunto. En todas las épocas se mezclan los diversos aspec­tos de la afectividad y los sentimientos, pero siempre uno de ellos adquiere preponderancia. La realidad del amor sucede en la intimidad, la de la convivencia en la vida cotidiana. El enamoramiento acontece dentro de uno mismo.

Cuando se mezcla un sentimiento con otro se destruyen mutuamente. Este deterioro afectivo es el hilo conductor de la novela Madame Bovary, de Flaubert. La protagonista, Emma, antes de casarse se creyó enamorada, pero la felici­dad de un tal enamoramiento no se había presentado. Tra­tó de inquirir el verdadero sentido de la palabra felicidad, pasión, embriaguez, en los libros. Es en la lectura donde ella manifiesta su creatividad. Pero acaba confundiendo ese estado de embelesamiento con la pasión. En un momento determinado se pregunta por qué se ha casado con un ma­rido, Carlos, que la quiere. Convive con él sin problemas. Pero le falta algo, siente una ausencia. Durante un baile, tras una cena a la que ha ido como invitada con su marido, siente la dulzura del roce de un bailarín, a quien se le conoce con el seudónimo de Vizconde. Emma soñaba entrelíneas du­rante sus lecturas, de manera que el recuerdo de aquel baile reaparecía. No le volvió a ver, nunca más. Conoció luego a León, de quien se enamora también. Más bien despierta en ella la pasión, al reavivar las sensaciones que le desper­tó el bailarín. Tal estado lo vive en su forma femenina por cuestiones culturales: se entrega con ahínco al cuidado de la casa, va a la iglesia con regularidad. Lo interioriza, en lugar de exteriorizarlo como hace el varón. Así lo reconoce ella en sus reflexiones: «El hombre es libre de entregarse a las pasiones y viajar. La mujer siéntese aherrojada de continuo». Cuanto más se percataba de su amor (enamoramiento) más lo reprimía: «hallábase enamorada de León y buscaba la soledad para deleitarse con su imagen». La vivencia de su enamoramiento se desarrolla en la creatividad a través de leer, soñando en irse de viaje, luego este sueño lo proyec­taría con el primer personaje con quien se relaciona fuera del matrimonio. Cuando León desaparece se convierte en el centro de su malestar. Aparece Rodolfo, quien busca una relación frívola con ella. Observó que está aburrida, le atrae la belleza de Emma y diseña la estrategia de usar el lenguaje romántico, en cuya trampa cae Emma, al creer que ese len­guaje se comunica con su ser íntimo.

De lo que cuenta Flaubert los analistas sólo han visto la trama del adulterio, que es el vestido de la novela, no su esencia. Hay todo un proceso que parte del enamoramiento. Emma confunde todo dentro de sí al estar con Rodolfo. En tales momentos surgen ensoñaciones de estar del brazo del vizconde, la cercanía de León. Se entregó a Rodolfo como amante, engañada, pero no fue él quien la engaña, ni ella a su marido. Previamente se ha engañado a sí misma por desconocer el ser del enamoramiento. Lo saca de sí y cree vivirlo con su amante. Lo cual se refuerza con el espejismo que Rodolfo crea mediante el lenguaje romántico: «somos dos ríos que corren para unir sus íntimos destinos». Con él se acuerda de la mirada de León, y cada vez su relación apasionada y sexual se hace más indiferente: «las ilusiones desaparecen». Se arrepintió pero insistió en continuar para rescatar ese sentimiento que seguía latiendo en su fondo. Lo quiso mantener, hacer realidad. Tal es el meollo de esta novela, más allá de buscar la liberación femenina, o querer cohabitar con otro hombre fuera del matrimonio, o querer traslucir la libertad sexual de la mujer. Tales sucesos son fe­nómenos, que luego se proyectan en la sociedad, y vienen a su vez de esa realidad social latente, pero la obra de arte busca la esencia, tanto de lo que se ve como de lo que no se ve.

Tras acabar la relación con Rodolfo, Emma, vuelve a ver a León. Él también está enamorado de ella: «Muchas veces he imaginado que la casualidad haría que nos trope­záramos. He creído reconocerla en la calle y he corrido tras los simones de cuya portezuela pendía un velo como el de usted», le dice. Flaubert describe esta parte el enamoramien­to que no se hace realidad y perdura, esquivando citas, sin volverse a ver. Mientras tanto la protagonista convive con su marido. ¿Pero qué pasaría si se unen, ella y León, siendo un enamoramiento mutuo? Enamoramiento de León y pasión de Emma. Se vuelven a encontrar y empiezan a mantener relaciones íntimas. Emma saborea el amor, pero se da cuen­ta de que tiene miedo de perderlo. León comienza a sentir antipatía por ella, porque deja de ser Ella, para ser una mujer de carne y hueso y alma, pero no Ella, la imagen que inspi­ró su enamoramiento. Se mezclan sentimientos de prestigio, de celos solapados con sus recuerdos, pero en lo que nos concierne se observa que el enamoramiento se desvanece: «Emma se volvía a encontrar con todas las insulseces del matrimonio». He aquí la cuestión. No es tanto la historia de un adulterio sino que narra el proceso y desarrollo de un enamoramiento roto, por querer ser realizado, y es de esta manera que podemos verlo. Emma no abandona a su marido cuando quiere hacerlo, ni tampoco le engaña para irse con otro hombre, sino que lo hace para buscar su ser. El problema es que lo buscó fuera de su historia interior. Creyó que lo podría materializar, cuando es irrealizable en sí misma, al tratarse de una emoción en-sí y para-sí, que no pasa por la realidad. Otra cosa es que se sintiera mejor con otro hombre, con el que pudiera hablar, relacionarse y vivir mejor, lo cual sería la historia de un adulterio. Pero éste es sólo un escenario para representar el enamoramiento, el real que está dentro de la persona, no fuera. Sale en forma poética, política, social, artística, de ensoñación. Emma al final se suicida, porque había suicidado su enamoramiento al quererlo tocar. Tal es la metáfora de esta novela. Al final su marido se entera de todo y ve destruida su convivencia, su amor por ella. No su enamoramiento, que queda fuera del matrimonio: «la culpa fue de la fatalidad».

La poetisa cubana Charo Guerra, en su obra Vamos a Icaria, describe con una metáfora preciosa la diferencia en­tre el enamoramiento del varón y el de la mujer: «Ella mira el mar y piensa en la ciudad. Él simplemente mira el mar». El varón va hacia el enamoramiento, alejándose de Ella. La mujer espera y hace de esperar un ensueño. Tanto en la mu­jer como en el varón el enamoramiento es distinto del amor, pues no es una emoción, es un sentimiento que genera una sensación peculiar, la sensación de un sentimiento, la cual se imagina y como imaginación realizada se hace realidad. Para el varón es impulso, para la fémina un hueco. La mujer acepta el enamoramiento sin más, lo mira. El varón lo quie­re realizar a través del mundo. En el poema Cuento Charo lo describe con mucha precisión:

Existió una mujer

que miraba al cielo todas las tardes

con la intención de desvelar misterios

Todas las tardes ejercía el oficio de mirar,

el mejor para ella de todos los oficios,

y luego comentaba sus hallazgos con delirio.

Una de esas tardes pasó junto a su casa

un hombre que buscaba sus ojos

en el lejano punto de la tierra.

Él quiso llamarla

pero temió ser inoportuno.

Ella esperaba verlo aparecer en el sitio de siempre.

Era un amor distinto. No le amaba.

Quería imaginarlo en el sitio de siempre.

Él tampoco la amaba,

le bastaba saber que ella miraba todos los días

el lugar que antes ocupara.

Los poemas de la poetisa asturiana Sandra Fernández García desvelan el enamoramiento a partir del desengaño amoroso: «Cayó la estrella de mi cielo y me abrasó las entra­ñas». Describe ese estado de atracción por un sentimiento que ha quedado alejado, pero que lo vive por dentro como realidad que existe, pero no existe: «he soñado amarte». La mujer silencia esa distancia y la escribe en su intimidad: «Para mí siempre fue lo mismo mentir que amar en silencio. Me enamoré del enigma oculto del silencio; un amor sin cuerpo».

Otro ejemplo podemos leerlo en los versos de la poetisa de León María José Montero:

Que no se caiga la luna,

que esta noche sea eterna

porque duermen las desdichas

en su alcoba de niebla.

Asómate a la ventana,

asómate y observa.

La poetisa paraguaya, Techi León, escribe en una co­lección de poemas, Purajei, canciones del alma, el transcurso poético que va del enamoramiento al amor, el paso de lo abstracto a lo concreto. En sus primeros poemas se ve en­cerrada ante lo que invade su mente:

Me siento prisionera

de mis propios sueños

porque te quiero.

En otro poema anuncia que jamás se olvidará de ese amor, de lo cual le advierten las estrellas:

Detrás de cada velo que os separa

la distancia os unirá mucho más.

Te amo.

No sé decirte adiós.

Esa palabra no existe

en el léxico del amor.

Y poco a poco se despide, a través de sus poesías, de ese estado de ensoñación que le fue tan real: «Es mejor decirte hasta luego. / Tan luego estaremos / en otra estación del tiempo, / de manera que vive el enamoramiento / como otra dimensión de los sentimientos». Por último, finaliza sus canciones del alma preguntándose qué es estar enamorado:

Eso dicen: estar enamorada.

¿Qué es?

¿Sufrir? ¿Siempre se mide

por el sufrir?

A mí se me perdió esa medida.

Quiero vivir.

Saber que viven conmigo.

Respirar.

Construir el amor

hoy.

Ser yo,

con el tú,

en el hoy.

En el ahora.

Así pasa de un estado a otro, en una construcción poé­tica que comienza en 1966 y finaliza en 1985, recorriendo, como mujer, el tránsito del enamoramiento al amor, siendo el lenguaje de este camino poesía. La mujer busca el acerca­miento, mientras que el varón hace del alejamiento y la dis­tancia un camino paralelo al amor. Probablemente sin que se sea consciente de ello, pero la poética descubre y define el enamoramiento de esta manera.

Un personaje femenino que se asoma en la novela Uli­ses de James Joyce, es una chica de 17 años, Gerty. Ve a un hombre vestido de luto, sentado en un banco, de lejos. Es el protagonista de la novela, Bloom, el Ulises dublinés, sobre el que el autor hace un estudio minucioso de la vida cotidiana desde el interior de la persona. A modo de puzzle va crean­do piezas que necesitan componerse para ver al hombre y a la mujer frente al mundo y ante su historia personal. En una parte de la obra describe una escena de enamoramiento. Gerty fantasea con el hombre de sus sueños, asociado a la imagen de ese señor, que le mira y que ella sabe que le está mirando. Ella termina, de manera disimulada, enseñándole las piernas y la ropa interior bajo las faldas, haciendo ver el autor en una metáfora exquisita que son fuegos artificiales, con los que finaliza la escena, la cual ha sido interpretada como la explosión biológica del mirón, cuando en realidad la descripción de dicha escena en su conjunto es como las luces que se ven, algo pasajero, que hace estruendo en la mirada, gustan y nada más, queda el recuerdo: «¡Esa mirada de cansancio en su rostro! Una pena que la corroe sin cesar. Es su alma la que se asoma a sus ojos y daría este mundo y el otro por estar en la intimidad en su aposento de siempre donde, abandonándose a las lágrimas, pudiera llorar cuan­do quisiera y dar rienda suelta a su emoción contenida…».

El autor entiende que Gerty ansía en vano. Está con sus hermanos, y con su novio y unas amigas. Todo sucede con disimulo. Fue su secreto, y al final mientras que los demás se apartan a ver los fuegos artificiales ella se queda para verlos desde donde está y dejarse ver, ser mirada. «Él (el novio) era demasiado joven para entender. Y ella había sabido des­de un principio que su soñar despierta sobre el matrimonio había sido fijado. Nada de príncipe azul era su ideal para ella que rindiera a sus pies un amor fantástico y extraordi­nario sino que prefería un hombre varonil… que no hubiera encontrado su ideal, porque Gerty tenía sueños que nadie conocía. Le encantaba leer poesías». Más que una escena erótica, según se entiende mayoritariamente, es una esce­na de enamoramiento femenino. Le gusta especialmente un poema, de Louis J. Walsh, «¿Sois real, mi ideal?», lo cual es altamente significativo en relación a lo que venimos expo­niendo. Ella piensa que el luto del señor que le mira pudiera ser por la muerte de su novia, fantasea en ello, ella seguiría sus sueños de amor, lo que en la metáfora equivale a fue­gos artificiales y en ser mirada, siendo su actitud diferente al varón: «Intentaría comprenderle (a él) porque los hombres son tan distintos». Ella se marcha con el grupo con el que está, con su novio, caminando por la playa, sin mirar para atrás. Ella soñaría con eso hasta entonces. Se limita a recor­darlo, a soñarlo, inmersa en su vida cotidiana. Sus almas se encontraron en una última mirada persistente, y los ojos que alcanzaron su corazón, se detuvieron en su dulce rostro de rosa… Ella le sonrió un poco con tristeza… y luego se sepa­raron, sin que nunca hubieran estado juntos, ni cerca, fue una relación en la distancia, durante unos minutos, en la que ella interiorizó su juego de fuego artificial imaginándole a él, a partir de ser alguien real, pero aquella imagen la guarda para ella sola, queda en el recuerdo.

En la obra Rafael, de Lamartine, describe la manera de vivir Julia el enamoramiento, entre ella y el protagonista. Es diferente a como lo hace éste, según hemos visto ya. Para ella es «una ilusión amarga», un delirio, un suplicio del que se siente culpable y se repliega sobre sí misma. Aquello que dice ser la más divina felicidad es al mismo tiempo, tal cual proclama, lo más cruel. Que, tal como reconoce ella, no es amor, es adoración. Para vivir tal sensación se recluye, se esconde.

Laura Mintegi en su obra Sísifo enamorado escribe: «ena­morarse es darse cuenta de que las palabras no explican nada». Sin embargo, como vamos viendo, el enamoramien­to se construye con palabras. Sucede, eso sí, que requiere un lenguaje propio, que transcurre en la literatura y al mismo tiempo, para entender qué es, hace falta una explicación del enamoramiento en sí mismo. Afirma esta autora vasca por mediación de una protagonista de su novela: «al enamorar­me he llegado a ser más yo de lo que nunca fui y a no re­conocerme». Pero luego va interpretando la pasión como si fuera enamoramiento, sin que sea así: «Quien está ena­morado ama primero al amor y después al objeto amado». Estas definiciones que ven el enamoramiento como una deformación de algo emocional distorsionan su compren­sión.

El enamoramiento no es un proceso de sustitución. Lo que es, lo que se siente como enamoramiento y adonde nos traslada interiormente lo es en sí mismo. Un estallido del sentimiento, que nada tiene que ver con las emociones, pues el enamoramiento adquiere forma con el lenguaje y la imaginación. Se explica en sí mismo. Parece real y lo es, pero lo es en ese «parecido» que se convierte en realidad aunque no exista. Se siente como realidad interna, sólo interior, por eso se hace realidad en la distancia, nunca en el contacto con Ella en el caso del varón. Para la mujer es una ausencia que influye en la percepción de lo real. De ahí la importancia de ser consciente de estar enamorado, pues conocer este esta­do permitirá contar con su fuerza creadora y evitará confun­dirlo con el amor, la pasión o la convivencia.

La novela Sísifo enamorado plantea que en el amor plató­nico no hay riesgo, por ejemplo el de un no como respuesta. Pero estar enamorado es otra cosa. Lo platónico, en sentido estricto, es una especie de amor ideal, puede que idealiza­do, existente nada más en la esfera de las ideas, según su sentido peyorativo. Por eso se ve como un enquistamiento de un sentimiento no desarrollado, cuando es todo lo con­trario. Pero Laura Mintegi lo analiza en su novela como una obsesión, fascinación o algo ilusorio, de manera que mezcla sensaciones, sentimientos y emociones de muy di­ferente índole. No se puede confundir el enamoramiento con el deseo, con querer a alguien o con el amor, pues se reduce a un falso amor, una pasión exacerbada o un estado de exaltación enfermiza y sin sentido, porque, ciertamente el enamoramiento puede desembocar en tales estados por no comprenderse.

Cuando se razona desde una sinceridad que abruma se llega a este fondo del enamoramiento que la sociedad quiere negar y de ahí lo inauténtico del mundo en que vivimos. Puede leerse en la obra de María Zambrano, Delirio y destino, autobiografía intimista, en la que esta profesora de filosofía dice: «Lo humano es la actualidad del No ser». Reconoce que cuando se enamoró se hizo perdidiza. Ese amor, co­menta, se vierte poesía, y ésta queda fuera de la Historia, porque no existe, no existe al igual que no existe la muerte y, sin embargo, está ahí, presente en cada momento, sin que nos demos cuenta, porque somos mortales en cada instante. Pero sólo sucede cuando llega. Y cuando es así deja de exis­tir. La definición del enamoramiento femenino como un no ser refleja la idea de convertirse en un hueco a través del cual la mujer llega a su yo.

El enamoramiento va más allá de una voluntad o deseo. En otra obra, Relación del viaje de España, de la condesa D´Aulnoy, aparece que el enamoramiento no depende de la persona, es una especie de destino: «nuestra estrella lo decide antes que nuestro corazón».

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