Enamoramiento y revolución

El romanticismo, expresión colectiva del sentimien­to frente a lo meramente racional, ha impulsado grandes cambios sociales. Personajes que pasan a la historia son el referente de un conjunto de individualidades que han par­ticipado en movimientos de transformación en el campo del arte, la política, la economía y otros. Pero no es que el romanticismo sea revolucionario per se, sino que las perso­nas románticas son revolucionarias porque se cuestionan la realidad como tal y necesitan construir una nueva. Pero el romanticismo muchas veces queda como un señuelo, una pose que cae en comportamientos y textos melifluos.

Más bien debemos decir que el enamorado es revolucionario o, mejor aún, quien se compromete con su enamoramiento, pues el enamorado que rechaza su impulso interior se acaba convirtiendo en lo contrario, un reaccionario o una persona indiferente, cuando elige el bando de la realidad y se sitúa sumiso ante la misma, se pliega a ella. Esta actitud, que tiene que ver con la reacción personal en referencia al enamora­miento, es lo que marca el carácter social de las personas.

Muchas veces se ha canalizado el romanticismo, como criterio colectivo, para dirigir cambios en la sociedad, apro­vechando su impulso, sobre todo de la juventud, colectivo éste al que se hace referencia como ejemplo de idealismo. Pero la razón revolucionaria, por el hecho de tener un fon­do sentimental no es irracional. La razón es necesaria para el revolucionario, para construir un modelo que sustituya al anterior, y aunque su lucha nada tenga que ver, finalmente, con su ser interior, éste es el que le da fuerzas para luchar. La razón de estado es lo real de una sociedad, a lo cual se enfrenta el revolucionario como mecanismo para construir otra razón que lleve a otra realidad. Lo que atrae al revolu­cionario no es tanto el objetivo, sino el proceso, de ahí su impulso a seguir en la brecha, a seguir luchando por más. Es insaciable. A veces entorpecen los procesos de cambio por esta razón. También esto hace que el revolucionario sucum­ba en su revolución, o quede desplazado cuando los buró­cratas asumen la gestión del cambio. Puede suceder que el paso del tiempo haga evolucionar al revolucionario y siga la marcha de los acontecimientos, porque su relación con el enamoramiento quede más lejana y se convierta en lo que en términos políticos se conoce como «realista», «pragmático».

Un referente de movimiento romántico y juvenil fue lo sucedido en torno al Mayo del 68, que hizo aflorar a la ju­ventud como colectivo social. Uno de sus gritos fue una expresión social del enamoramiento, vivido colectivamente: «seamos realistas, pidamos lo imposible». ¿A qué realismo se refirieron? ¿A qué imposible? Lucharon por una utopía, que ha supuesto un cambio drástico de la mentalidad so­cial, primero en Francia y luego en Europa, cuya onda ex­pansiva llegó a todo el mundo, en unos casos antes y en otros después. Fue un movimiento que se originó desde la base teórica del discurso del Movimiento Situacionista. Sus fundadores no se conformaron con hacer consignas de tipo político, sino que lograron despertar el espíritu poé­tico junto al análisis social. Motivaron a los estudiantes y a la juventud en general. Formaron una manada de «lobos esteparios». Fue una época en que se leyó con entusiasmo al autor de esa novela, Herman Hesse, junto a otros autores como Thomas Mann, Erich Fromm, Marcuse, Horckeimer, Reich, Sartre, Foucault, Adorno y pléyades de sociólogos, escritores, filósofos, personas espontáneas que lanzaban sus octavillas y que escribieron cuadernillos y en revistas, todo lo cual permitió un caudal de ideas que fueron capaces de ser expresadas socialmente.

Con el romanticismo se renuncia al objetivo, porque lo que interesa es expresar la vivencia personal ante lo real, por eso es tan individualista y su lucha es difícil de con­trolar, no por irracional, sino porque es un impulso social no organizado, que funciona desde la suma de muchas in­dividualidades que actúan por su cuenta espontáneamente. Muchas fuerzas políticas y movimientos organizados utili­zan la labor de los revolucionarios para abrir un boquete, de manera permanente en quienes detentan el Poder, pero si luego conquistan los engranajes del control social será contra ellos contra quienes luchen. Este fenómeno es habi­tual en los procesos históricos y a pequeña escala dentro de una ciudad o en alguna institución.

El revolucionario actúa a modo de hombre de acero, que lucha contra el poder, y sabe hacerlo, ha aprendido. Hoy un ejemplo de esta actitud son los ecologistas, que son los revolucionarios de la sociedad industrial y tecnológica, de cuya lucha se aprovecha siem­pre la oposición. Es una lucha cargada de nuevas formas, de imaginación, otro grito del mayo del 68: «imaginación al poder», actuar contra el poder imaginativamente, de manera que los resortes institucionales no puedan bloquear su lu­cha ni corromperla. De esta manera se logran abrir siempre nuevos modos, nuevas formas de reivindicar, que hacen de sus acciones un arte social con el cual los movimientos ar­tísticos tienen mucha influencia y participación.

La sociedad es como es, debido al resultado de la evolu­ción histórica, siempre en una constate lucha de poder, en cuyo fondo siempre ha habido algún grupo de gente que ha impulsado acontecimientos que no siempre aparecen en los libros de historia y que se escapan a un análisis objetivo. Sus acciones responden a la parte invisible de la historia, de las noticias que se quedan en lo superficial. Sin embargo, la literatura recoge esta pequeña y desapercibida realidad en muchas novelas, cuando narran sucesos inmersos en acon­tecimientos históricos.

Muchas nuevas ideas son creaciones racionales, que exi­gen convencer a los demás desde la lógica, pero para lograr una nueva mentalidad las ideas necesitan una dosis de crea­tividad, a la vez que del razonamiento que debe basarse en la observación y analizar críticamente la realidad sin quedar sumiso a ella. Como decía Ortega y Gasset, el intelectual tiene que tener en una mano un libro de Bécquer y en la otra uno de Hegel. O lo que comenta el escritor mejicano, Octavio Paz: «la revolución sucederá cuando los poetas es­tudien economía».

El idealismo se intuye y se instrumentaliza, como se pue­de ver en las campañas electorales dirigidas por empresas de mercadotecnia, que estudian la manera de funcionar los mecanismos psicológicos y sociales, para lograr condicionar o estimular el voto en la población. Usan música, imágenes que simulan resonancias románticas, el líder solitario en el escenario saluda ante la multitud, lo cual es una técnica de imagen, que para nada es real. Se simula un impulso de cam­bio, de apoyo, de «idealismo», con toques de romanticismo de «plástico», porque ejerce una influencia en personas que tiene larvado el sentimiento del enamoramiento. Son estas imágenes las que funcionan y se pone en marcha en las cam­pañas electorales, y en las que se gastan mucho dinero, ¡mu­chísimo!, porque funcionan. Y lo hacen porque el enamora­miento es una fuerza desconocida y se vive externamente a uno, dirigido desde fuera en la sociedad de masas.

Durante la lucha el revolucionario busca la aventura. La revolución es su excusa. El impulso genuino es el del cambio por el cambio, luego viene la fase de dar un contenido, estu­diar la realidad, hacer que se convierta en una realidad que adquiere sentido al ajustarse a las necesidades objetivas de una mayoría social. Mediante el arte se da una oportunidad de comunicación del enamorado con el mundo. La persona pragmática quiere poner los pies en la tierra, el idealista pre­tende poner la tierra a sus pies. Razón que hace que muchos movimientos idealistas degeneren en modelos totalitarios, como sucedió con el nazismo, el comunismo o la misma democracia global que se quiere imponer sobre la base de aviones Panzer, magnicidios y golpes de estado

El enamorado suele acompañar procesos revoluciona­rios, comenzarlos, pero su actitud es la de ser un rebelde para su propia causa como postura existencial, lo que le lleva a enfrentarse a los ideólogos que aceptan el establecimiento de un sistema por el que han luchado y tienen que hacer funcionar.

El paradigma de esta manera de ver el mundo es el que indica el título de una conocida película, Rebelde sin causa, que no deja de ser una historia de enamoramiento mal entendido. El revolucionario convierte sus ideales primeros en una ideología. El rebelde cuestiona siempre los funda­mentos teóricos de cualquier planteamiento. Un ejemplo de esta actitud fue la del Che Guevara, quien dijo “los revolucionarios están profundamente comprometidos con los procesos del amor”.

Las etapas de efervescencia revolucionaria están plaga­das de actitudes poéticas y de manifestaciones literarias, a lo largo de toda la historia de la humanidad. La expresión revolucionaria se precede de manifestaciones artísticas o re­ligiosas como sucedáneo. Cuando una transformación so­cial finaliza la creatividad artística continua. El triunfo de un cambio social se ampara en hacer referencias a sus orígenes, con sus frases iniciales, los primeros líderes e himnos que hacen alusión a ese impulso de entrega a un ideal. También de esta manera se pretende transmitir el empuje original a futuras generaciones, que pasado el tiempo no suelen hacer demasiado caso, pues lo que quieren es construir su propia realidad.

Según Octavio Paz la poesía es la operación de cam­biar el mundo, la poesía es revolucionaria por naturaleza. El enamorado no se aparta de su ideal interior y su fidelidad a unas ideas no lo son tanto como teoría, sino a su estado de ánimo y sentimental en relación al enamoramiento. La capa­cidad de emprender luchas, arriesgar decisiones, abrir nue­vos cauces de actuación reside en la fe creadora que tiene el enamorado. Cuando se renuncia al enamoramiento se acep­ta la realidad imperante o la verdad revolucionaria, como referente objetivo.

La actitud de permanente crítica se lla­mó «infantilismo político», lo que se asocia con inmadurez política y personal. Y, sin embargo, es la capacidad de crear nuevas situaciones, nuevas ideas, abrir nuevos caminos, para que las nuevas ideas sigan el sendero de la libertad y evitar que se anquilosen en el Poder.

El enamoramiento desborda la vida cotidiana. Hace salir de la rutina, para lo cual crea una escenografía con la que situarse fuera de la realidad. Sirve de avanzadilla a los proce­sos revolucionarios. El enamorado se siente un exiliado del mundo y se ampara en la revolución para expresar su estado de ánimo sentimental. Las revoluciones y los grandes cam­bios sociales son una proyección colectiva de sentimientos que entran en resonancia y buscan acoplarse a condiciones objetivas que establecen los teóricos de la política. Sin em­bargo, esta condición hay que conocerla, pues se han falsifi­cado en muchas ocasiones con mensajes patrióticos, verbo­rrea revolucionaria, que simulan un estado sentimental para motivar a las personas, tocan su fibra sensible como simple técnica propagandística.

El enamorado no quiere un mundo perfecto, ni siquiera ideal, quiere el suyo y una lucha sin fin para mantener vivo su ideal estético originario, su fuego interior. Le importa más el proceso que la meta, ya que ésta lo es más por su con­tenido artístico. Gracias a este mecanismo psicológico las sociedades cambian y los sujetos participan en la historia. Es una situación, a veces, demasiado dramática pues da lugar a guerras, actos violentos, porque una vez aflora el proceso de cambio y transformación social sigue sus cauces que res­ponden a la acción y reacción de poder y contrapoder cuan­do el sustrato profundo de esa lucha es la psicología huma­na, que es lo que está en el fondo de cada acontecimiento. Esa lucha de poder y contrapoder existe en los «genes» de la historia.

Quienes perciben el impulso del enamoramiento están siempre en el segundo bando.El enamorado no acepta el mundo establecido, lo que le lleva a cuestionar todo, desde lo más inmediato al sistema en su conjunto. Rechaza a la familia con la que rompe como núcleo de convivencia. Lo mismo sucede en la universidad, el trabajo, el ambiente de los bares. Se encuentra incómodo en cualquier lugar. La soledad acaba siendo su estado social, que unida a otras soledades de otros solitarios forman el submundo de la bohemia, contestario, lo underground y mar­ginal que conforman el paisaje en el que se enmarca la ima­gen del romanticismo.

La revolución es una de las maneras que tiene el enamo­rado de dejar su huella. Le sirve de escenario para su enamo­ramiento. Su actitud sirve para hacer más grande el mundo, pues rompe sus limitaciones, tanto a nivel legal, o en cuanto a costumbres, ya sean psicológicas o por tradición. Es por esto que su actitud sirve de impulso para cambiar.

El enamoramiento es un hecho liberador, tanto interior como socialmente. Pero es un estado muy delicado. A nivel personal puede llevar a la locura como enfermedad. A ni­vel colectivo puede degenerar en fanatismo, cuyos grupos o poblaciones congelan el enamoramiento y lo instrumentali­zan para unos fines en relación a una creencia, ideología o intereses. En tales casos el enamoramiento queda estático, dentro del sujeto. Se acopla a unas normas rígidas y a una disciplina férrea que el adepto admite al quedar atrapado en ese estado interior que no se mueve, que atrapa su mente, en lugar de hacerla mover por el mundo y soñar. Con el fana­tismo sucumbe la creatividad del sujeto, a cambio de la del grupo.

El paso del enamoramiento al de un ideal colectivo que es dirigido consiste en aplicar una técnica que ejecutan sistemáticamente determinadas organizaciones que se apro­vechan del entusiasmo juvenil. Orientan los sentimientos interiores de los adeptos y los simulan en actos rituales y ceremonias de grupo. En estos casos se hipoteca la vivencia del presente a un futuro de ensueño que ofrecen los líderes. El adepto cree lo que le dicen porque lo siente realmente. La conciencia queda anulada, dejando que la conducta apa­sionada sea dirigida por el líder del grupo.

El sueño indi­vidual se convierte en una utopía que queda incrustada en una doctrina del tipo que sea o puede ser incluso un manual de ventas. El lenguaje del enamoramiento se utiliza en los casos de adoctrinamiento como retórica y engaño, algo que ha sucedido sistemáticamente durante el empuje y conquista del poder por parte de movimientos y organizaciones tota­litarios a lo largo de la Historia.

En los grupos en que el fanatismo es la norma no sólo se manipula la sexualidad y los sentimientos, como se ha estudiado, sino que también se manipula el estado de idealis­mo que impregna el enamoramiento. Esto hace que muchos jóvenes que viven intensamente sus sentimientos acaben en estos grupos, convertidos en adeptos, muchas veces refu­giándose de la realidad. Acaban formando parte de una ca­dena en la que ellos luego usurparán el impulso interior de otros jóvenes para convertirles en prosélitos.

El líder trasla­da su sueño personal a uno colectivo, al que se suman otros que renuncian al suyo propio, creyendo que coinciden. Una vez que el joven es atrapado en estas dinámicas de grupo o de organizaciones las técnicas de control mental y emocio­nal cumplen su función con la labor de monitores, maestros o iniciados que dirigen la conciencia del adepto.

El estudio del fanatismo es incompleto porque se tienen en cuenta los elementos negativos de la personalidad que facilitan la captación o la formación de una idea obsesiva y desconectada de la realidad. Una realidad que quieren y necesitan destruir. Sin embargo no se tienen en cuenta as­pectos positivos que utilizan en el proceso de acercamiento al grupo, al ideal de la organización correspondiente. Con­siste en invadir la intimidad de la persona, para hacer vivir al fanático un estado de exaltación que se orienta a los fi­nes de la organización, pero que previamente existe como sensación en los sujetos que han sido captados y sufren la manipulación del grupo. Por eso el acólito cree que es algo propio, que siente por dentro. Cree que nadie le maneja. Le dicen «conócete a ti mismo» y se meten en su interior para aplicar técnicas de manipulación.

El fanático no es capaz de darse cuenta del montaje de la organización en la que mili­ta porque sus maestros o auditores han usado los resortes íntimos que le son propios, en los cuales ha descubierto su enamoramiento, el cual se quiere sacar fuera, para situarlo en el mundo y poderlo así vivir, pero el fanático lo vive para la organización que se convierte en su único mundo, aunque cree que lo hace para él y de por sí porque han conseguido sus jefes o gurús implantar en su conciencia un espejismo psicológico.

En el proceso de fanatización la esencia del enamora­miento deja de «ser para sí» y se convierte en «ser para otro». Las organizaciones totalitarias exigen una entrega total al ideal. Se organizan jerárquicamente. Falsifican el enamo­ramiento de sus miembros, lo cual cuando alguno sale de ellas, cuando recapacita y rompe con el fanatismo que le han imbuido mediante técnicas de adiestramiento y durante cursillos, ejercicios prácticos, convivencias de camaradería y demás, considera que le han violado el alma. Siente un abu­so deshonesto sobre su ser, algo que es difícil de entender por no ser algo material, pero han jugado con los resortes de sus sentimientos.

Estas vivencias las describen a menudo personas que han dejado, sobre todo mentalmente, grupos esotéricos y religiosos que hacen especial hincapié en de­dicar la vida a la organización. Son organizaciones que co­mercian con la mente de las personas, a las que utilizan para sus fines. Sus miembros son un medio para lograr alcanzar el ideal. Los dirigentes de estas escuelas o centros religiosos conocen bien la conducta humana, sus emociones intuyen el enamoramiento como impulso para entregarse a un ideal que hace de sustituto de Ella, en el caso de los varones. En el caso de las mujeres las hacen entregarse al colectivo como refugio de un enamoramiento que esperan en el más allá de su presente y para ello se preparan y preparan a los demás.

Hay un ejemplo de cómo se traspasa el enamoramiento a un ideal en la obra Los juegos de Maya, de la directora de una organización esotérica, de carácter teosófico. Maya es un término que hace referencia a un concepto hindú de Ilu­sión, en el sentido de que la realidad es ilusoria. Se lee: «Y el Amor se expresa de manera superior cuando pone sus ojos en los objetos más Altos, cuando aprende a mirar hacia arri­ba traspasando con aguda visión los velos de Maya, cuando sueña y desea conseguir nobles ideales. Entonces entra en acción … alcanza el Ideal que tanto deseaba, se funde con él, y lo hace alma de su propia alma y carne de su propia carne. Ese hombre conoce el Amor. Ese hombre es un Idealista que no sólo ama, sino que trabaja intensamente por aque­llo que ama, como Maya, como ilusión que tanto adora su mundo y trabaja tejiendo las sutiles redes de la existencia». De esta manera el Ideal se hace tangible y uno cree que es una realidad interior por la que ha de luchar, una vez que se ha sustituido su enamoramiento para convertirlo en admira­ción y entrega al ideario de la organización.

Maya es la visión de lo real como ilusoria, por eso encaja con lo que los ena­morados perciben. Muchas otras organizaciones coinciden en esta transposición del enamoramiento a sus objetivos y creencias, lo cual es una manipulación de la conciencia y sir­ve para ejercer el control mental sobre el adepto, por el que queda enganchado al colectivo.

Hay muchos colectivos que plantean el cambio y la trans­formación del mundo como eje de su actuación. Se mueven en el secretismo, de manera que hacen que la militancia en ellos se viva con emoción. Al activar los resortes del enamo­ramiento le dan un contenido ideológico o doctrinario. La revolución se convierte, mediante la nueva creencia, en una revolución cósmica en la que en muchos casos intervienen los astros, ángeles para los que se elaboran complejas teo­rías astrológicas o de teología.

Desde las organizaciones que agrupan a jóvenes en torno a un ideal se anuncia la llegada de un mundo nuevo y mejor, por el que hay que luchar. Los objetivos son inconcretos, no se definen, pero da lo mismo, el caso es que se enganche a las personas que se acercan ante cualquier tipo de actividad atractiva, sea una conferen­cia, un certamen literario, una excursión al campo o una te­rapia. Es un cambio sutil, por el que el yo de la persona pasa a depender del mecanismo colectivo de la organización, con la que se llega a sentir identificado. En este proceso el sentimiento original y auténtico se reviste de ideología o de doctrina, queda oculto como tal.

El sentimiento personal se proyecta y utiliza para lograr las metas de la organización en la que se milite, creyendo el adepto que ha sido llamado a ella, se siente un Elegido y lo percibe como si fuera su des­tino, porque los que le captan usan algo que él siente por dentro y que desconoce qué es exactamente, mientras que la organización se encarga de definírselo en los manuales que transmite en forma de enseñanza.

Muchas de las cosas que predican o enseñan organiza­ciones de carácter fanático atraen al enamorado porque le transportan a su mundo mental, pero cambian su personali­dad por otra que le programan: «Un ideal es un Ser que mora en una dimensión superior a la que está insertada nuestra conciencia corriente. Las creaciones vienen a nosotros y si no las plasmamos y alimentamos de manera enérgica, regre­san donde estaban antes… a ese enigmático Mundo de los Sueños. Un poema, por ejemplo, cuando es auténtico, aflora en el Alma, a veces en los momentos más inesperados, y si no se le hace caso en esos momentos, por absurdos que parezcan, desaparece de nosotros. Existe un mundo arquetí­pico desde donde vienen las cosas. Están insertos en un plan divino y encarnan o se manifiestan si encuentran las cosas necesarias. Los Sueños imposibles tienen esa capacidad de vida inmaterial y están a la espera de quien sea digno de ca­nalizarlos». Estos discursos esotéricos se enseñan en escue­las de teosofía, en las que se aprende a ser fiel a un ideal.

El enamorado se siente identificado con tales palabras, porque nota que hay algo dentro de él que es parecido. Lo que hace la organización es desplazar su sentimiento interior para colocar su ideario y su visión del mundo. De esta manera se manipula a muchos jóvenes. En otros párrafos de obras de escuelas de filosofía clásica se lee lo que cuentan en sus enseñanzas a los discípulos: «No os hablo de Amor sexual, etapa que los humanos ya hemos superado o tendríamos que haber superado.

El sexo es útil para la reproducción de los cuerpos físicos. El ideal es pararracional, se le razona, pero eso no basta. Es siempre espiritual. Se piensa siempre en él, se vive en su atmósfera hagamos lo que hagamos, se piensa siempre en él». Todo lo cual sucede de por sí en el enamoramiento, por lo que es fácil atrapar al enamorado en un modelo de organización idealista, que le hace sentir pre­destinado porque en el enamoramiento siente estas palabras como suyas, cuando en realidad no lo son, las ha de crear él, o si no le encauzan su enamoramiento para otra historia que no es la suya. Una exigencia de estas escuelas de adoctrina­miento es el deber de entregarse al mundo y transformarlo a medida que se transforma uno mismo.

Una máxima de los grupos de enseñanzas filosóficas de carácter irracional es «sé tu mismo», lo cual va a ser orienta­do por maestros que dan un conocimiento que el discípulo cree es sobre cómo es él, cuando en verdad es como quiere la organización que sea, para que sus miembros acaben he­chos en el mismo molde. Los maestros construyen la per­sonalidad del miembro que se mete en la organización. Los encargados de adoctrinar aprovechan el impulso del enamo­ramiento y luego disfrazan su contenido y sus manifestacio­nes al servicio de los líderes.

El adepto llega a convertirse en un autómata, pierde su verdadera personalidad al ser víc­tima de una presión psicológica coercitiva. El enamorado es proclive a dejarse llevar por estos grupos porque ya vive con intensidad algo parecido, que saca fuera y puede vivirlo en compañía de otros camaradas que han sido manipulados igual que lo ha sido él. La organización rapta la conciencia de sus miembros, que dejan de ser ellos mismos para hacer­los formar parte de un colectivo adiestrado.

En la película Capturado se analiza un proceso de pro­gramación psicológica, mediante la dependencia afectiva que un chico vive dentro de una organización de fanáticos. Un libro anónimo, Ricardo, publicado a mediados del siglo XX cuenta una historia en la que un muchacho, Ricardo, es cautivado por una joven y acaba obedeciendo ciegamente a una organización. Cuenta cómo pasa de Ella, que se llama Plautilla, al Ideal de la organización: «Ricardo se sintió abra­sado de ardiente amor. Comenzaba a pensar como pensaba Plautilla». Cuando le ponen a prueba y tiene que matar a una persona, en esa situación límite abandona: «Sólo tú, Plauti­lla, mandas en Ricardo». Cuando penetraba en su alma algún remordimiento lo acallaba con el recuerdo de Plautilla. Y es que los grupos fanáticos plagian el mundo del alma, lo imitan, para seducir al incauto, al idealista y capturarlo en cárceles mentales.

El enamorado piensa poéticamente y vive de manera he­roica a su manera. Es capaz de crear imágenes que explican los objetivos de su lucha y es capaz de luchar por ellos al juntarse con otros que están en sintonía de ánimo con él. Las razones objetivas son para el enamorado una manera de encauzar su subjetividad al mundo, por eso estudia la realidad y es capaz de analizar con sus deformaciones y po­sibilidades de cambio. Esta actitud que recogen novelas y gritan poemas de toda índole se ve como una exageración sentimental o como fruto de la fantasía, cuando ciertamente es una manera de expresarse el enamoramiento.

Los enamorados son los grandes explotados de las revo­luciones. Su entrega, su ilusión y su idealismo la aprovechan los burócratas de las organizaciones. El enamoramiento es una fuerza psicológica de tipo sentimental, que canalizan para sus intereses desde organizaciones fascistas a empre­sas motivadoras del consumo, porque es un impulso que está en lo más hondo del ser humano.

Cualquier manifesta­ción colectiva de este estado es una falsificación, porque no puede darse fuera de lo individual. Sólo momentos en que se suman individualidades es posible crear un movimiento contestatario, nunca organizado, sino con brotes de espon­taneidad, porque el enamorado se pelea contra el mundo y puede formar en determinadas circunstancias una camada. Le motiva la imposibilidad de lograr algo, debido a que le permite superar los límites de la realidad, primero mental­mente y luego de la misma lucha. Siente la utopía como una vivencia social que hace suya y trabaja por conseguirla, la teoriza. Esta fuerza social creativa puede tornarse destructi­va cuando de ella se apodera un símbolo, del signo que sea, para dirigir su ímpetu hacia una guerra.

El enamorado amplía la libertad social porque permi­te construir nuevas realidades. Implica un enfrentamiento contra el Poder que es desde donde se define socialmente lo real. Los procesos generacionales marcan los cambios histó­ricos, pero sobre todo de mentalidad, sin que se dé cuenta la juventud de que son los grandes protagonistas de los cam­bios. El fenómeno yupi fue el resultado de una generación que pudo luchar por unos ideales para, finalmente, asentarse en la realidad contra la que lucharon. En un momento de­terminado una gran mayoría de jóvenes acepta el traslado de un estado interior a otro acomodado, externo a ellos, disecando su alma. La vendieron por un buen sueldo, por un puesto de prestigio en una empresa o institución. Dan la apariencia de «progres», cuando su interés es el Poder y el dinero.

Para acallar su conciencia el yupi no paran de trabajar y se obsesionan por su labor, que hacen cada vez de manera más acelerada, nunca tienen tiempo. En su lenguaje mantienen un juego de intelectualidad, sobre todo manejando términos que leyeron hace tiempo, pero van a lo suyo. Se convierten en relaciones públicas, incluso en su vida personal. Sus éxi­tos y conquistas adquieren valor solamente cuando suceden ante los demás. Llevan buenos coches, van trajeados, pero con toques de informalidad. Si acusaron a la generación de sus padres de hipocresía ellos son cínicos. Buscan el éxito por el éxito, el dinero por el dinero, el sexo por el sexo y la diversión por la diversión, lo cual desembocó en un modelo social basado en la corrupción política y económica, que aún hoy continúa. Han embriagado su alma de realidad.

El realismo ha anulado su sensibilidad. Podemos entender al yupi como un enamorado atrapado por la realidad. Lo que se ha llamado «caer en la trampa del sistema», cuyo primer paso suele ser querer cambiar las cosas desde dentro, cuan­do lo que ocurre es que es el modelo social lo que cambia a los individuos, los compra.

La utopía es un planteamiento real para el enamorado, que de no mantener sus dudas al respecto puede caer en el fanatismo. Desde la razón y la crítica el idealista puede hacer una análisis teórico y luchar posteriormente por una idea como si se tratara de un juego con la realidad. En esta lucha hay unos plazos que permiten comprobar el paso del tiempo, algo que angustia al enamorado, que ve cómo se le escapa la vida y también los sueños se le van de entre las manos. La eternidad interior se acorta y desvanece. Después de haber dejado la piel en el camino se da cuenta de que casi todo sigue igual, queda la nostalgia que canta Julio Igle­sias, «la vida sigue igual, unos que vienen otros que se van, agua sin cauce, ríos sin mar. ¡Siempre hay por qué luchar, a quién amar!…» O como escribe Hölderlin: «Ojalá no hubie­ra luchado nunca, más rico sería en ilusiones». El paso del tiempo destruye la intemporalidad íntima, la eternidad deja de ser una vivencia interior, convertida en metáfora, para transformarse en desesperación o en huida.

La revolución del enamorado parte del alma, para vol­ver luego a él, después del viaje en cuyo camino pasa por la sociedad, el arte, la cultura y enriquece su trayectoria per­sonal. El alma enamorada revolotea dentro de uno mismo. Cuando el enamoramiento se deja a un lado la realidad se convierte en una jaula. Mario Benedetti, dice: «en el fondo el olvido es un gran simulacro». En su obra La vida, ese pa­réntesis escribe:

Enamorarse es un presagio gratis,

una ventana abierta al árbol nuevo,

una proeza de los sentimientos,

una bonanza casi insoportable

y un ejercicio contra el infortunio.

El impulso de muchas acciones políticas se encuentra en el enamoramiento, de manera solapada y escondida. Más allá de las razones por las que se lucha hay un impulso vital. La ausencia de este empuje tiene que ver con la ocultación del enamoramiento, cuando no la represión personal que cada cual ejerce sobre sí mismo, la mayor parte de las ve­ces arrastrados por un ambiente que niega este estado de existir. Inmerso en un enfrentamiento contra el mundo de la violencia en Euskadi, Fernando F. Savater reconoce, en una entrevista del año 2003, que él siempre desconfió de los colectivos masificados, de los entusiasmos gremiales y de la exaltación de grupo. Cuenta que por sus característi­cas físicas los compañeros de clase le pusieron el mote de «King Kong». Con veinte años de edad escribió una novela dedicando un capítulo a este gorila gigante. Más de cuarenta años después lo recuerda y se reafirma en aquellas expresio­nes que le retratan por dentro, cuando dice: «Yo, insistía en el artículo y sigo pensando lo mismo, quiero morir gorila, solitario en lo más alto, luchando y perdiendo, pero sin dejar de amar desesperadamente: como King Kong». Observe­mos que una de las ideas que se trasluce de este texto es que lo importante de la lucha es su aspecto romántico, no es el resultado sino el proceso, la lucha en sí misma, porque es adonde va la mente, a ese estado de en-amoramiento. Junto a este estado debe estar el razonamiento, las ideas, los pro­yectos verosímiles, la argumentación, pues de otra forma el enamoramiento naufraga, las más de las veces en el oleaje de poemas vacíos.

Durante el año 2005 Marc Viader, abogado, ecologista, catalán de Cardedeu y eternamente enamorado, escribe una obra en la que rememora su pasado como militante de Los Verdes. El título del libro es Ecocupido. En él cuenta la histo­ria de Los Verdes desde 1983 a 1988. El impulso para que saliera adelante un nuevo partido político con ideas innova­doras y luchar por algo que desde su comienzo apuntó a su derrota, entre otras razones por falta de espacio político y cultural para una organización que se definió en sus oríge­nes como un «partido antipartido» y por otros planteamien­tos alternativos, que permitieron una gran desorganización a la que se arrimaron y participaron personas con grandes sentimientos e ideales. Crear este partido ecologista y su posterior andadura no hubiera sido posible sin un impulso interior de quienes participaron intensamente, sobre todo de cara a aguantar reuniones interminables, discusiones ba­rrocas y una asamblea tras otra que dieron vueltas sobre sí una y otra vez.

Para Marc hubo un enamoramiento hacia la paz y la ecología, un flechazo inexplicable, que luego ha ido entendiendo, pero quizá sin analizar que ese dardo de uto­pía se encontraba ya, quizá aletargado, en su interior, pues como venimos comentando, el enamoramiento es semilla de ilusiones dentro del alma o de la mente del ser humano y en ocasiones aflora cuando se da rienda suelta a la since­ridad profunda, sea en el arte, la política, el pensamiento o en la vida auténtica. Los Verdes fueron una obra de arte político en su momento. Con el paso del tiempo se ha vis­to la razón que tuvieron en aquellos planteamientos.

En el prólogo a dicha obra, Antonio Cerrillo, escribe: «Este libro es el reflejo de un encantamiento… en el transcurso de su lectura nadie quiere que desaparezca el hechizo. Es el acta documental de una persona ilusionada». El primer capítulo es Los inicios del encantamiento. Escribe Marc: «Ecocupido cau­só un encantamiento casi inimaginable, intenso y duradero». También: «Hoy en 2004 (un cuarto de siglo después) eludo los dardos de Ecocupido. Me protege una espesa malla te­jida por la experiencia. No siento rencor ni lamento por el lejano herir de las flechas. El amor a la paz y a la ecología propagado por Ecocupido induce a conservar la memoria de lo que pasó y transmitirla. Ahora comprendo mejor lo que sucedió». Sin embargo, no se percata el autor que si Cupido tomó forma de «eco», años después la tomó, desde el fondo, de su enamoramiento en forma de paciencia para dedicar cinco años a recopilar datos, recordar y lanzarse a la aventura de un libro que tiene un sentido y una pasión para él, porque algo desde muy adentro le ha impulsado a hacer­lo. Tal es la fuerza interior del enamoramiento que tiene un reflejo exterior, de una u otra manera, y que a lo largo de la Historia se ha encauzado mediante querer manipular tal sensación en forma de abstracciones que se concretan en un sentimiento bajo el nombre de «la patria», «la causa», «la fe», etc. En el fondo de toda revolución, de toda transformación social está Cupido, como bien delata Marc Viader en el títu­lo de su libro.

Otro ejemplo del enamoramiento en la lucha lo vemos en las memorias de Garibaldi, redactadas por Alejandro Du­mas. El combatiente por la unidad de Italia cuenta de su es­tancia en Suramérica: «Manuela era la dueña de mi alma. No alimentaba la más remota esperanza de lograr su posesión, pero no podía dejar de amarla. Estaba prometida… Hallán­dome en peligro pude comprender que no era yo comple­tamente indiferente a la señora de mis pensamientos y esa conciencia que tuve bastó para consolarme de la seguridad que tenía de no poseerla jamás». Comenta sobre cómo la rindió culto divino y desinteresado, casándose años después con Anita, a quien amó y con la que convivió, madre de sus hijos. Fue ese impulso interior lo que le llevó a ser un eterno luchador.

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