El enamoramiento y el yo

Entendamos por el término «yo» el núcleo de la per­sonalidad, formada por éste y lo circundante. El equilibrio consiste en mantener la unidad de ambas partes que nos conforman como seres humanos, pues es sobre tales sopor­tes en los que se desarrollan las diferentes facultades como razonar, sentir, percibir a través de los sentidos, procesar la experiencia, ya que hay un aspecto innato y otro adqui­rido. El engrandecimiento de una parte exige que la otra lo acompañe, por eso cuando el enamoramiento estimula el yo de la persona tiende a ampliar su mundo circunvalante. Durante la vivencia del enamoramiento el yo crece y se sitúa en un punto de vista más amplio que lleva al enamorado a transformar su entorno, a intervenir en su circunstancia. El enamorado deja de ser un sujeto pasivo, para actuar en el mundo que le rodea.

El yo teje la estructura de la personalidad, que se modela en relación a los estímulos que le vienen de fuera. Desde el enamoramiento surge también la necesidad de moldear lo de fuera desde el interior de cada cual, de ahí la creatividad primordial que brota de manera espontánea y que luego me­diante el aprendizaje se va a poder desarrollar. El momento de enamorarse es aquel en que el individuo va a ser capaz de elegir su ser. No elegir el ser propio es una manera de elegir­lo, pues como dijera Sartre, por este motivo, estamos conde­nados a ser libres, pues renunciar a ser libre es también una elección. A partir de la intervención del enamoramiento la conciencia se supedita al yo, es una conciencia más amplia, más profunda. El yo se convierte en el corazón del alma o de la mente. Viene a suceder cuando el joven se inventa a sí mismo, lo que se suele mirar de manera peyorativa acusán­dole de narcisista, egoísta, que va a lo suyo, que sólo piensa en él mismo, cuando es un proceso que tiene que pasar, una etapa necesaria para formar su ser. De ahí la inquietud y ansiedad que siente el joven de autoafirmarse.

La poesía es el lenguaje de la esencia de la personalidad. Recorre el mismo camino que la filosofía, sólo que ésta se piensa y la estética se siente. Desde la poesía se penetra en la mente para buscar el yo, el de uno y el de los demás, pues buscar el yo del otro es el sentido de la comunica­ción profunda. Tal como reconoce Octavio Paz, escritor al que habría que considerar un antropólogo de la palabra: «El poema es lenguaje en tensión». Y: «El poeta crea el ser. En­tendámoslo en el sentido de que el poeta crea su propio ser y ayuda a los demás a crear el suyo». El profesor de la uni­versidad de Alcalá de Henares, Ángel Berenguer, comenta que el yo es el factor central de la sociedad contemporánea, siendo el arte un instrumento para su desarrollo. Explica este profesor que durante el Antiguo Régimen el entorno modeló el yo y que la lucha por la libertad ha llevado a una sociedad abierta, en la que se requiere de un equilibrio entre el entorno y el yo, ya que existimos entre ambos polos.

Ella se convierte en una chispa que hace que prenda el yo, lo saca de su quietud existencial, de su adormecimiento, y lo lanza a la vivencia de la realidad. Se ha querido vulga­rizar y se ha caricaturizado este estado de la mente, razón por la cual se disimula, se tapa y en muchas ocasiones se renuncia a él, con lo que deviene la inautenticidad, de la que tanto se quejan los existencialistas. Crear es un acto íntimo y, al mismo tiempo, compartido, que nos permite comunicar la soledad con la que estamos ante el mundo. Dentro de este proceso creador sucede la capacidad de crear el yo individual, el cual se vuelca en la obra que se realiza.

El yo se incluye en la palabra, en la pintura, en la música. El arte tras­ciende la cotidianidad del artista. Aunque el yo no es algo unitario, sino que es una esencia multiforme. En la obra El lobo estepario, Herman Hesse cuenta que es un error plantear la unidad del yo: «El hombre consta de multitud de almas, de muchísimos yoes.

Descomponer en estas numerosas fi­guras la aparente unidad de la persona se tiene por locura. La ciencia ha inventado para ello el nombre de esquizofre­nia. Al que ha experimentado la descomposición de su yo, le enseñamos que los trozos pueden acoplarse siempre en el orden que se quiera, y con ellos se logra una ilimitada diversidad del juego de la vida. Lo mismo que los poetas crean un drama con un puñado de figuras, así construimos nosotros con las figuras de nuestros yoes separados cons­tantemente por grupos nuevos, con distintos juegos y pers­pectivas, con situaciones eternamente renovadas».

El alma del lobo estepario se manifiesta como un hombre al cual su grado elevado de individuación le clasifica ya entre los no burgueses, pues toda individuación superior se orienta hacia el yo y propende luego a su aniquilamiento. Vemos cómo siente dentro de sí fuertes estímulos, tanto hacia la santidad como hacia el libertinaje, pero a causa de alguna debilitación o pereza no pudo dar el salto en el insondable espacio va­cío. Algo que canta Julio Iglesias en una de sus canciones, en la que dice ser un truhán y un señor, al mismo tiempo, algo bohemio y soñador: «Pienso que a veces soy cuerdo y a veces loco. / Me gustan las mujeres, me gusta el vino, / y si tengo que olvidar bebo y olvido… / mujeres hubo que me quisieron, pero otras me hirieron. / Amo la vida y amo el amor.»

Como sensación literaria el enamoramiento sucede en sí mismo. No es un apéndice de nada, ni un sentimiento pasajero, sino que es algo profundo. La imagen típica y tra­dicional de Cupido lanzando una flecha, que da al corazón, es una imagen que permite captar la idea de que el enamo­ramiento es un impacto externo, que surge por sorpresa. La figura que sirve de referencia puede ser el típico ángel con su arco, símbolo de una mirada, un gesto, una pose, una palabra o una sonrisa que se convierte en un dardo que se clava en el alma y deja huella. No es una realidad y ni tam­poco es una creencia, es una mezcla de ambos en la frontera entre la creencia y la realidad. Es a la vez las dos cosas, sin ser ninguna de ellas. Lo mismo que en la física se estudia la luz, como algo diferente a la materia y a la energía, siendo ambas cosas a la vez, partícula y onda. El enamoramiento puede interpretarse como la luz de la psiquis.

El sentido de la vida se adquiere en el yo. El impulso creador da lugar a que se creen mundos mentales, lo que en muchos casos desemboca en la metafísica o en el eso­terismo, ya sea teosófico, espírita, chamánico, astrológico o del tipo que sea. La sensación de vacío existencial sucede cuando se deja a un lado el enamoramiento y no se sustituye por nada. Pero lo importante es aquello que mantenemos dentro y somos capaces de guardar, en lugar de negarlo o apartar de nuestra existencia. Como dice el dramaturgo Fer­nando Arrabal «todos nos disfrazamos de cuerdos».

Buscar el yo significa integrar diversas facetas de la vida, que pugnan por hacerse presente. Cuando se sale de lo in­mediato el enamoramiento se va arrinconando y la búsque­da del yo se hace de manera incompleta. Cuando vivir se hipoteca al futuro, bien sea para prepararse para un trabajo, para seguir estudiando y «ser alguien», el yo merma a cambio de lo circunstancial.

El sistema educativo se fundamenta en esta referencia al futuro y deja a un lado el presente de los alumnos, sus inquietudes, su curiosidad, su adquisición de cultura para saber. No contempla al hombre como existen­cia, sino como una herramienta de la economía que ha de preparar al alumnado para cumplir una función en la so­ciedad. Esta manera de enseñar nos convierte en presos de la realidad y modula la personalidad sobre las pautas de lo mercantil, lo que le hace decir a Sartre: «Estamos condena­dos a vivir, pues no podemos evadir nuestra condición de ser que somos en el mundo». Cuando el alma es agarrada por la realidad la ausencia del yo provoca la nada y así el filósofo francés, que habla de la existencia del ciudadano moderno, plantea que el hombre es una pasión inútil.

La existencia se expresa. Querer razonar sobre ella lleva a la trampa del lenguaje. Se elaboran teorías con palabras. La diferencia es que la expresión usa la palabra, no es una com­posición formada por concatenar una palabra al lado de otra para formar ellas mismas una teoría. Establecer qué es el ser humano destruye la concepción del hombre per se, al haber sido penetrado por la definición que hace de él un modelo teórico.

La mentalidad oriental medita, observa, mira el ser, sin decir nada, no define. Propone paradojas con el fin de abrir un nuevo espacio mental y desarrollar la capacidad del pensamiento que permite verse a uno mismo, evitando la construcción de un lenguaje. El ser puede ser percibido de muchas maneras. Por tal motivo no podemos decir que el enamoramiento sea falso o cierto, debido a que es vivencial. Pero sí que es una huella permanente en la literatura, lo cual permite mostrar algo del interior del ser humano.

Un hombre definido ya tiene unas pautas de comporta­miento y de pensar que ha de seguir. Su ser queda atado a la conciencia, que se ha introducido en él desde la realidad aceptando el marco de lo establecido. El amor, la ambición, el dinero se han convertido en nuevas naturalezas humanas que forman el nuevo instinto de la civilización. Los indivi­duos se han quedado encerrados en su propia creación co­lectiva, sin saber salir de ella, lo cual desencadena un proceso destructivo que va desde el deterioro del medio ambiente, cada vez más peligroso con el cambio climático, a la merma de capacidades psicológicas de muchas personas, cuando no enfermedades que no es capaz de controlar el afectado, por culpa del desacoplamiento entre lo interior de la persona y lo de fuera.

En el libro de Ronald Laing, La política de la experiencia, se dedica un capítulo a la mistificación de la experiencia, sobre lo cual dice: «Parece que los seres humanos tiene una capacidad casi ilimitada para engañarse a sí mismos, enga­ñarse llegando a tomar por verdades sus propias mentiras». Mediante esta mistificación, completamos y mantenemos nuestros ajustes, adaptación y socialización. Otro teórico de la antipsiquiatría, David Cooper, escribe en su obra La muerte de la familia: «El individuo normal se encuentra fuera de su mente». Llega a plantear que todas las enfermedades mentales son suicidios, en el sentido de que son rechazos del amor, pero más bien son la renuncia a la capacidad de amar y de situarse en el centro de su personalidad. Su otra obra, La gramática de la vida, la dedica a los innumerables revolucionarios anónimos; poetas delirantes y locos poéti­cos del mundo que jamás se rendirán. Esa locura poética se inspira siempre en una musa.

Para la antipsiquiatría la normalidad consiste en la sustitución del yo por la realidad, a la que se adapta la persona sin sentido crítico. El ciudada­no sumiso renuncia al yo y no da problemas a nadie porque no interroga al mundo. Entonces se identifica con alguna imagen de un líder sea político, religioso o del tipo que sea. Se convierte en un ser teledirigido. La poesía hace visible el yo del ser humano. Solamente desde este centro de la personalidad se entiende la poesía, la cual no se puede leer de pasada, sino profundamente para saborearla, para que guste como experiencia. La lectura es un acto creativo cuando interviene la personalidad del su­jeto lector, lo cual es lo que da sentido a la comunicación literaria y no la acumulación de premios o ser el libro de máximas ventas.

Para la antipsiquiatría la enfermedad mental tiene como origen una sociedad enferma, en la que el amor se ve distorsionado. Escribe David Cooper: “El mayor temor consiste en amar y ser amado. En las curiosas contorsiones de la mente, el amor se equipara a la locura. Se lo siente como una pérdida total del yo, lo que es equivalente a una temida locura. Esto es cierto en cuanto al acto de amar, incluso en momentos en que el orgasmo no está contenido en la experiencia. Si mediante algún tipo de experiencia terapéutica, no necesariamente profesional (de hecho es mucho menos común en la terapia profesional), podemos aprender a aceptar esta pérdida del yo con la certeza anticipada del retorno del yo, estamos abiertos al amor. El amor ha sido perdido y tiene que ser re-inventado. El amor es una estructura que ha sido falsamente desestructurada a través del desarrollo de la propiedad como mediadora de las relaciones humanas”. Los sentimientos deben ser conocidos y reconocidos como tales, para poderlos integrar en nuestra personalidad como parte de nuestro desarrollo y no que sean un obstáculo para éste.

La inspiración viene del reconocimiento de un estado que Ella genera en la mente del artista. Cuando se escribe un poema, una novela, es a alguien en abstracto, nunca es al lector concreto, sino que se trata de decir algo, comuni­car. Luego viene el proceso de que llegue a alguien, pero el primer paso es lo que los griegos personificaron en la musa, persona creada en el interior del poeta al que se le da cuerpo estético. Es Ella, que se proyecta en el exterior de la persona. La poesía es la realidad del alma.

Cuando Gustavo Adolfo Bécquer quiere definir la poesía dice lo que ve en su interior, «¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo pregun­tas? /Poesía… eres tú». Tal vez no haya una definición más precisa y objetiva. Aunque se ha querido interpretar como un subjetivismo, válido para cualquier poeta, ese «tú», no es a alguien en concreto, sino el tú que se refiere a Ella, lo que se observa al analizar el conjunto de su obra poética. Pero no se trata de comprender o entender los versos, sino captar qué dicen, qué me dicen, para que el lector llegue a recono­cer a su propia musa, a su propia imagen del «tú», lo cual permite la vivencia de Ella. Ésta es la función de la poesía, conmover, mover el alma, aunque luego pueda volver a que­dar dormida, como lo hace cuando sale a la realidad.

Pode­mos buscar el momento poético en relación a la activación del enamoramiento, que necesita salir, hacerse palabra y acción. Bécquer lo expresa de manera precisa: «¡Ay! –pensé– ¡cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma! / y una voz, como Lázaro, espera que le diga “¡Levántate y anda!”». El mismo poeta se describe a sí mismo: «Yo soy, en fin, soy ese espíritu, / desconocida esencia, / perfume misterioso / de que es vaso el poeta». Y todavía traduce más el enamoramiento: «La Gloria y el Amor tras que corremos / sombras de un sueño son que perseguimos: / ¡despertar es morir!»

Cuando el yo queda incomunicado se asfixia vitalmente, necesita del arte como proceso autentificador. Cuando el yo se bloquea aparecen las enfermedades mentales de diversa índole, que estudian los psiquiatras casi siempre buscando una relación de las perturbaciones en la sexualidad, la historia del enfermo, su conducta, o características biológicas, pero apenas se fijan ni interesan por el enamoramiento como tal, cuando se trata de un estado esencial para sentir la mente y darle una determinada forma.

El enamorado aparece como un idealista y tal es la imagen que evoca, pero lo que hace es trasladar su estado interior afuera, para nada es un ingenuo. Ejerce su voluntad para hacerlo posible, de manera que abre cauces de esperanza en muchos aspectos sociales, que van de la ciencia a la política, de la economía al arte, del depor­te a la enseñanza. El enamorado es un inconformista, pero comprometido con su lucha fiel a sus ideas y a sus compa­ñeros de viaje, porque actúa desde su yo, no desde la mera circunstancialidad.

Muchos jóvenes que acaban rechazando sus ideas que dejan de participar en sus luchas juveniles, al perder intensidad su motivación interior, renuncian a su yo antes que a su grupo o ideas. Es el caso de muchos militan­tes de organizaciones idealistas, en favor del bien común, que pasan de ser defensores de las ideas contrarias a defen­der y justificar el egoísmo, la ambición o a dedicar su talento, su trabajo y esfuerzo al poder instituido, convirtiéndose en «expertos» que reniegan de su etapa anterior, tras la cual «vieron la luz».

Lo real, visto desde el enamoramiento, tiene dos senti­dos: el externos y el del yo. Ambas visiones se entremezclan. El enamorado interpreta la normalidad, la escenifica igual que un actor, para lo cual tiene que aprenderla y aprehen­derla, por eso su elegancia, por regla general, su actitud pro­tocolaria en la vida. El enamorado acaba viviendo a su Ella en el interior de sí, guardar su sensación, que le acompaña y vive esporádicamente como relámpagos que le hacen recor­dar su enamoramiento. Cuando construye una relación de amor interpreta ese sentimiento profundo mediante rituales de convivencia, con regalos en determinadas fechas, como algo que surge, y es dado a hacer con su pareja de con­vivencia, viajes románticos y otros detalles que reviven un enamoramiento guardado, que interpreta ante quien ama. El enamoramiento es un recuerdo especial, emotivo, que se regala a la persona con quien se convive ya que es a la que se quiere amar. La figura del enamoramiento, Ella, queda como una reminiscencia que hace «tilín» en el interior de la persona.

Se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mu­jer, pero también detrás de un alcohólico, de un drogadicto está Ella. Y otrosí en el éxito social se esconde el enamora­miento. Cuando la realidad vence sobre el impulso del ena­moramiento no tiene por qué destruir el yo de la persona, mientras que mantenga su estado interior. No es que la droga mate, o el alcohol, o la alta velocidad en las carreteras, sino que es la relación con el mundo externo lo que hace sucum­bir a un sujeto y cuando ha renunciado a su mundo interior, cuando cae su yo entra en una senda destructiva, en la que cualquier camino sirve para ese fin del fin. Como la letra de una canción de Julio Iglesias: «Kilómetros pasados pensan­do en Ella… Sigo en la carretera buscándote. / Al final del camino te encontraré, pensando en ti… estoy quedándome sin gasolina… Perdido entre la duda y la alegría». Es por ello que tantas campañas que se hacen para que los jóvenes y la ciudadanía en general no caiga en hábitos y conductas que pone en peligro su vida deberían incidir en la expresividad de las personas para encauzar caminos creativos que son de primera necesidad para los jóvenes.

En épocas pasadas de la historia el heroísmo y participar en batallas fue una ma­nera de acudir a ese final de autodestrucción, de buscar ese destino que se sitúa más allá y se busca arriesgando la vida. Una muerte feliz es en la que Ella se hace presente, como cuenta la película Braveheart, «Corazón Valiente», en la que el protagonista, después de luchar contra quienes mataron a su amada, cae prisionero y es torturado hasta la muerte. Es capaz de aguantar aquel dolor y gritar ¡libertad! Momentos antes de morir se le aparece la imagen de Ella y de su mano cae un pañuelo que ella le había regalado. O en la telenovela Amor en tiempos revueltos, Fernando quiso atentar contra el dictador, pero fue cogido prisionero y condenado a la pena de muerte. Quiere morir de pie, con los ojos abiertos vién­dola a Ella, esté o no. Por el contrario cuando el yo se anula la salida a esta ausencia es la anulación vital de la persona, para lo cual hay miles de formas, pero todas desembocan en la sumisión.

Hay una presión psicológica que provoca la in­capacidad de soñar, de mirar nuevas ideas, nuevos mundos, nuevas teorías, porque cuando el alma no vuela se ahoga. La realidad adquiere para el enamorado un valor simbólico. Al estudiar la delincuencia juvenil, se observa que el problema de fondo suele ser afectivo, más que familiar, en cuyo seno se aprenden conductas de reaccionar a esta base emocional que bloquea la capacidad sensitiva y anula la empatía respec­to al otro.

El enamoramiento cuando se hace ausente nunca se con­vierte en agresividad contra otra persona, sino sobre sí mis­mo, lo que se entiende como una acto romántico extremo. El enamoramiento se tergiversa cuando no se comprende. Se enquista y pudre en la forma psicológica de los celos. El celoso sustituye a Ella por la pareja y como no es esa imagen de la que se ha enamorado cree que está idealizada en otro y necesita que la vida de su pareja sea completamente en relación a él. Sospecha de cualquier gesto, de adonde vaya su mujer y se dedica a controlarla permanentemente, a vigilarla e incluso, de esta manera, está en un estado patológico de sospecha inacabable en el que inventa un pasado sobre su cónyuge que se llega a creer, aunque no sea cierto.

En un momento determinado pueden agredir y hasta matar a su pareja como respuesta a esa historia que ha inventado por celos, pero nunca es por enamoramiento ya que es incom­patible. Para salir de la angustia insoportable, para aplacar ese dolor interior, brutal, que a veces siente el enamorado y por no comprender qué le sucede, se suicida, lo que para él supone un traslado a una dimensión interior colocada fuera de sí. Para evitar tales infortunios es necesario analizar el enamoramiento antes de que explote, con el fin de desacti­var sus efectos dramáticos.

Durante su viaje por España la Condesa D´Aulnoy es­cribe sus observaciones de la segunda mitad del s. XVII. Destaca que la pasión dominante son los celos, lo cual ad­vierte es algo que gusta a las mujeres de este país. Por otra parte considera que es una cultura de Quijotes y le llama la atención la fiesta de los toros, cuyos combates a vida o muerte se celebran en la Plaza Mayor de las ciudades, desde cuyos balcones se contempla el espectáculo. Para muchos ponerse delante de un toro es un obsequio a sus amantes, una prueba de valor, que hacen por conquistarla. Algunos morían cogidos por el toro. La condesa fue testigo de cómo varios mozos se colocaron delante de él, escribe, por amor.

En muchos casos fueron a morir desesperados, porque era el amor a una quimera. Cuenta que murieron varios en cada fiesta a la que asistió, sin que se anulasen los actos ni otros juegos a muerte con el toro, cuyos antecedentes achaca a la cultura árabe que estuvo asentada en España durante ocho siglos. Aquellos actos públicos fue algo que a la condesa le pareció brutal y abogó porque se suprimiesen.

Otro tema es la llamada violencia de género, que habría que ver si no hay que enfocar el asesinato de la pareja, desde otra perspectiva a como se hace institucionalmente. Las me­didas que se toman al respecto, sobre todo de carácter legal y educativas, fracasan una y otra vez cuando se han aplicado sin que disminuya el número de víctimas. Lo que motiva el ataque a la mujer, o en su caso al hombre, es motivado por la agresividad; lo que sugiere que si se quiere solucionar es necesario otro punto de vista y otro tipo de actuaciones, pues al abordarse el asesinato de la pareja como violencia de género hace, incluso, que aumente el número de muertes y de agresiones.

Al igual que hay que entender el enamoramiento como una función de la mente, la violencia lo es de la conciencia y la agresividad del instinto. Matar al cónyuge se ha interpre­tado desde un punto de vista ideológico, por lo que se con­sidera «violencia machista». El feminismo ha pasado de ser un movimiento social, crítico, renovador y un acicate contra un modelo ideológico paternalista, a una ideología feminis­ta. Las soluciones que ofrece esta postura han creado una red de intereses, de subvenciones a asociaciones tal que crea un tejido que mantiene el discurso ideológico, cuando hace falta ver el problema desde el conocimiento de lo real, no de lo que se piensa al respecto para confirmar una ideología, sobre la cual se ha creado todo un discurso, cuyo lenguaje es cerrado, no se puede salir del mismo, porque hacerlo genera un ataque a quien lo cuestione que sufrirá la acusación de ser un machista.

Es necesario entender que existe un yo biológico, que es el resultado de la evolución del ser humano como especie animal. El asesinato u homicidio que ejecutan los varones a la mujer, que suele preceder a una discusión, sucede como la manifestación de la agresividad, es un acto agresivo, no violento. Lo que quiere decir que las conclusiones y el trata­miento deben ser acordes a tal diagnóstico. Aunque el resul­tado sea el mismo, la muerte de la víctima, no lo es la cau­sa, a la que hay que llegar para evitar que siga provocando sus efectos devastadores.

La violencia responde a una idea, mientras que la agresividad es una conducta, un mecanismo biológico de respuesta a un estímulo. En ningún momento es justificable y la ley debe de condenar, aplicando el cuerpo legal en aplicación del derecho con su máxima contunden­cia, en cuanto que es un asesinato. Pero la acción social para evitar lo más posible esta lacra debe enfocar bien el tema, hacer un buen diagnóstico, pues como dicen los médicos un diagnóstico acertado equivale a la mitad de su curación.

To­das las campañas contra la violencia de género tienen poca eficacia, pues ya se sabe socialmente que matar a la pareja es algo que no hay que hacer, que es delito, que es algo ne­gativo. Incluso el agresor lo sabe, pero lo hace. Tampoco se puede dividir a los varones en buenos y malos, sino asumir que cualquier varón puede hacer daño a su pareja, incluso matarla en determinadas circunstancias, porque forma parte de un impulso interior que el desarrollo social ha ido amor­tiguando, pero quedan mecanismos de la conducta humana que activan la agresividad y que se deben de controlar lo más posible, lo cual exige un reconocimiento de los mismos y un aprendizaje, pero como conducta, no una receta discursiva, ni una incidencia sobre la conciencia, pues esta fase ya se ha logrado a lo largo de muchos años de concienciación, espe­cialmente por la labor de grupos y mujeres feministas.

Es necesario lograr modificar la conducta, es decir, la respuesta a un estímulo. El movimiento pacifista debatió ampliamen­te la diferencia entre agresividad y violencia para definir la no-violencia. Un soldado puede no ser agresivo y matar en la batalla por un deber, es decir, por una ideología o por ser ese su trabajo. Mata al enemigo, sin ser alguien concreto a quien dispara. Lanza un misil y muere un soldado enemigo, a quien no conoce ni tiene nada en contra de él. La violencia machista sería aquella que ataca a la mujer, por ser mujer, indiscriminadamente, lo cual sucede aún en algunas partes del planeta, o que abusan de la mujer por sistema, porque se creen con derecho a ello, por una conciencia e ideología machista que así se lo hace entender. Como por ejemplo en la ciudad Juárez de México, en países árabes, en Guatema­la.

En este país mueren una media de setecientas mujeres al año a manos de varones, no siempre por sus respectivas parejas, sino familiares cercanos o por ir vestidas de manera que para ellos es una provocación o porque la mujer quiera estudiar y hacer una carrera en lugar de formar una familia «como debe ser» o «como Dios manda». Pero en Europa quien mata a su compañera o ex pareja suele no atacar a la mujer en general, sino a la suya, la que considera suya. Es un acto puntual, no sistemático. No mata a otras mujeres. Y sería incapaz de agredir a cualquier otra persona sin más.

Se trata de una reacción que no controla en el momento de ejecutarla. No agrede a su pareja por ser mujer, sino por su relación con ella, matiz éste muy importante, cuya crisis de pareja, separación o la causa que sea, hace que la relación entre ambos se rompa, o se deteriore, o surja algo en ella, como por ejemplo otra persona, bien sea en el pasado, en el presente o el temor a que suceda en un futuro, lo que genera un estímulo emocional de miedo, tristeza, rabia que provoca una respuesta agresiva, cuyo sustrato de conducta se alimenta de otras situaciones como frustración, estrés, ofensa, humillación, odio o cualquier otra situación que le afecte de manera que interviene como un estímulo que de manera automática provoca una respuesta: la agresión a la otra persona en concreto.

Mediante el ejercicio de la violencia se gana algo, al ma­tar a un enemigo se logran sus posesiones, sus tierras, po­der. Un ejército actúa desde la violencia. También la mafia u organizaciones terroristas. Con la agresividad no se gana nada, se resuelve una necesidad, que en el mundo animal es la alimentación, la defensa del territorio o la sexualidad. Que un león mate a una cebra no es un acto violento, sino la agresividad propia de su instinto que le permite su su­pervivencia. Las ardillas pelean por el territorio y la comida hasta que una huye o muere.

En el ser humano ya no hacen falta respuestas agresivas para su supervivencia, pero en su desarrollo evolutivo sí lo fue y tal necesidad ha establecido un mapa genético que perdura y debe ser reconocido, para dominar ese yo animal que debe pasar de su entorno natural al cultural, lo cual es el proceso que construye la historia. Por regla general quien mata a una pareja no lo piensa, sino que sucede en un momento determinado, fruto del acalora­miento por una disputa aunque se hayan repetido las agre­siones anteriormente, lo que sucede como respuesta a una presión psicológica que activa la agresividad.

En muchas ocasiones el agresor se arrepiente, cuando piensa sobre lo que ha hecho. A veces se logra controlar, en otras ocasiones no, porque se produce un desenfreno. También con alcohol o tras haber consumido algún tipo de droga se desinhibe la agresividad. Cuando un varón mata a su pareja no gana nada, lo pierde todo, incluso lo escenifica suicidándose o intentándolo, lo cual es esa misma agresividad vuelta contra él.

Sucede también cierto sentido de la propiedad de la mu­jer, pero en un sentido de territorialidad, que aún perdura en la especie humana, cuyas necesidades básicas siguen siendo alimentarse y satisfacer su sexualidad. Es un problema del tránsito de la naturaleza a la cultura, cuyo resorte elemen­tal es la conducta cuando se transforma en un problema emocional, no sentimental, ni ideológico. La aplicación de una ley que contempla el asesinato de la mujer como vio­lencia hace que aumenten los casos, algo falla. Pero sobre todo fracasan rotundamente las medidas de prevención.

El despliegue y coste de las campañas de concienciación es de una proporción tan desorbitada de cara a sus resultados que debería analizarse críticamente. Es una lacra que ha acom­pañado siempre a la humanidad y debe ser superada, lo que exige no actuar contra el agresor como medida de preven­ción, sólo en la aplicación de la ley cuando haya cometido el delito. Pero sí intervenir preventivamente ante una conducta previsible, que hay que encauzar de otra manera, diluyendo el estímulo, que muchas veces puede ser imaginario. Una acción más eficaz exige una vía de escape para el potencial agresor. Por ejemplo, no encerrarle en una situación que le presione psicológicamente, como en caso de una separación quitarle parte de su sueldo, no ver a sus hijos, dejarle fuera de su casa. Que sea el Estado quien aporte unos ingresos a la mujer que garanticen su independencia.

Cualquier animal acorralado reacciona agresivamente. Tales estímulos hay que diluirlos al máximo y hacer que quien se siente abandonado, humillado, ultrajado, tenga una salida social, lo que implica un apoyo al agresor potencial, para que no lleve a efecto su respuesta. No puede ser cali­ficado sin más de «maltratador», pues se le está induciendo a serlo, como profecía autocumplida, de él y de los grupos o instituciones que lo denuncian como tal.

Habrá que ele­gir entre un modelo de actuación ideológico, que persigue a quien pueda ser maltratador y para ir contra él establece unos mecanismos que provocan que el potencial agresor se encienda aún más y algunos logren su objetivo de matar a su pareja o expareja. Lo cual ideológicamente confirma que hay que seguir presionando sobre los maltratadores que cada vez aumentan más. O seguir un modelo social que evite el asesinatos de los cónyuges con medidas que permitan eva­dir una respuesta agresiva, impidiendo estímulos que activen más la agresividad.

Hacer una persecución sobre quienes atacan a sus parejas lo que hace es azuzar sus instintos más primarios y desde las instituciones se convierte a la víctima en una excusa que sirve de punto de apoyo para reforzar una política contra el maltrato ineficaz, cuyas medidas se usan especialmente de manera propagandística. Dicho lo cual en absoluto se trata de amparar esta conducta, sino lograr com­prenderla y buscar resortes e ideas que permitan superar esta situación y no reforzarla por mantener un discurso ideoló­gico que interpreta el problema fuera de su contexto real. Si se quiere evitar una pelea entre ardillas no basta darles comida, sino que hay que dársela por separado, o de manera abundante y entonces pueden convivir.

Ser conscientes de esta realidad exige comprender la formación del yo y buscar un modelo educativo no basado de una ética discursiva, sino otra que permita el desarrollo y toma de conciencia de los sentimientos, las emociones y la capacidad de expresión y el reconocimiento del bagaje de la conducta animal del ser humano. Insistir en enseñar que maltratar a las mujeres es algo que no se debe de hacer es inútil, pues ya se sabe.

No se entienda el enamoramiento como la panacea que hace vivir a las personas en un mundo ideal interior, ni tam­poco como una situación que interviene en todo. Única­mente que por formar parte de la personalidad acompaña a la conducta de los sujetos. La sensación del enamoramien­to se vive como algo mágico, lo cual hace proclive que el enamorado sienta atracción por ambientes ocultistas, que convierten la realidad en algo relativo, ilusorio, Maya. Mu­chos escritores románticos han participado en grupos y aso­ciaciones de este estilo. Su actitud rebelde, incluso consigo mismo, hace que el enamorado no dure en estos ambientes, en los cuales a la larga exigen cierta obediencia y asumir unas condiciones que se vivencian como un encerramiento.

Con respecto a su conducta sentimental funciona por impulsos vitales, se explaya en momentos de arrebato y se paraliza en temporadas de descanso hasta una nueva inspiración. Tiene que asimilar la expansión del yo y observar, cada vez que se pone a prueba con respecto a la realidad. Ésta se desarrolla y progresa en el sentido inverso del crecimiento personal. El sistema educativo se centra en asignaturas que preparan al alumnado para la realidad, no para ser uno mismo. Se imparten clases de matemáticas, lenguaje, conocimiento del medio, física y química. Todo ello necesario, pero se relegan otras facetas también necesarias de conocer y desarrollar, como la formación artística y la reflexión que quedan en un segundo plano o se consideran asignaturas «marías».

En el sistema de enseñanza actual hay una gran preparación en conocimientos, pero no sentimental, apenas se potencia la inteligencia comunicativa, la emocional y otras tan necesarias para el desarrollo humano, en lo personal y social. El psicó­logo e investigador de la universidad de Harvard, Howard Garner, habla de «inteligencias múltiples». Enumera ocho: musical, corporal, matemática, lingüística, espacial, interper­sonal, intrapersonal y naturista. Entiende la inteligencia a modo de potencialidades que son necesarias completar. Un compañero suyo, Daniel Goleman, añade una más, que es la «inteligencia emocional», en el sentido de saber reaccionar ante los sentimientos propios y de las demás. Y permita, el amable lector, que añada una más que se activa a partir del enamoramiento, la «inteligencia creativa», como capacidad de crear nuevas situaciones, buscar nuevos conocimientos en cuanto a ser un incentivo para investigar, formar imáge­nes de la realidad y del alma a través de las artes plásticas y de la literatura, la música y demás.

El enamoramiento cuestiona la realidad, en cuanto que ésta se valora sobre la base de poseer partes de la misma, lo cual llega a concebir y condicionar las relaciones humanas desde un punto de vista posesivo. Una de las tesis centrales que analiza Karl Marx, al hacer un estudio de cómo funcio­na la sociedad, en la obra Crítica del Programa de Gotha es: «La determinación natural del trabajo se sigue que el hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de traba­jo, en cualesquiera situaciones sociales y culturales, tiene que ser esclavo de los otros hombres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones objetivas del trabajo». En su obra Tener o ser, Eric Fromm plantea: «Tener y ser son los dos modos fundamentales de la experiencia, las fuerzas que determinan la diferencia entre los caracteres de los in­dividuos y de los diversos tipos de caracteres sociales».

La realidad nos lleva a tener, mientras que el enamoramiento al ser. De ahí la necesidad de concebir la realidad de una u otra manera. Evidentemente es necesario un equilibrio, tal es el arte de vivir, pero ocurre lo que Fromm comenta al comien­zo de la obra aludida: «El desarrollo de este sistema eco­nómico ya no quedó determinado por la pregunta: ¿qué es bueno para el hombre?, sino la pregunta ¿qué es bueno para el desarrollo del sistema?» Y concluye: «sólo se puede crear una nueva sociedad si ocurre un cambio profundo en el co­razón humano». Y, tal vez, para lograr esto, sea necesario re­conocer el enamoramiento, para lo cual es preciso conocer los recovecos del ser humano, sus rincones, su potencialidad y no sólo oír de lejos, por ejemplo, el enamoramiento, sino saber qué es.

La enajenación del yo es el gran problema hu­mano, porque es necesario delegar una parte del mismo a la sociedad para poder convivir, pero no todo y, sin embargo, a lo largo de la historia lo colectivo, la civilización se apodera de todo él para ejercer un control sobre el sujeto. Por lo cual es muy importante ser consciente de este equilibrio entre el interior de la persona y lo externo. De lo contrario se aboca a la humanidad a peligros que acaba por no controlar, como han sido guerras sin fin, la amenaza nuclear, la destrucción de la naturaleza, con la previsible hecatombe del cambio cli­mático hoy en día.

La destrucción es el paradigma de todas las civilizaciones que sucumben a su propio progreso. En las situaciones límite son los románticos quienes son capaces de proponer nuevas realidades, quienes sacan su yo fuera de sí, para vivir desde uno mismo externamente. Quienes luchan en la actualidad por un cambio de paradigma económico, como es la Renta Básica, son unos «románticos indiscretos», que diría Julio Iglesias, que parece que luchan para nada, que lo que hacen y plantean es absurdo y, sin embargo, están sembrando un nuevo mundo, un nuevo cambio. Junto a sus números, teorías y gráficos tienen un cuaderno de poemas que les hace seguir en esa lucha que parece infinita y sin fin y sin embargo un día se habrá convertido en una realidad. La realidad no es así, se hace de una u otra manera. Hace falta un sentido profundo del ser humano que se debate entre el yo y lo que le rodea.

El yo nunca podrá ser completamente, porque hay otros muchos con los que convivir, pero nece­sita su espacio interior y externo. Tal es la tensión de existir, esto es vivir. El enamoramiento nos hace ver esta perspec­tiva en la que se sitúa el sujeto moderno. Según Carl Jung: «El proceso de individuación es un proceso psíquico límite, que exige condiciones especiales para llegar a la conciencia. Es el comienzo de un camino evolutivo que hará la humani­dad futura, cuyo desvarío patológico condujo a la catástrofe europea… El surgimiento de sí-mismo (individuación) no es egocentrismo, pues la individuación no excluye al mundo sino que lo incluye».

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