La imagen de don Juan

La figura de don Juan Tenorio ha sido estudiada y ana­lizada desde la psicología y desde el análisis literario. Ensa­yos y reflexiones sobre este personaje le han convertido en un modelo de personalidad. Si lo valoramos desde el ena­moramiento la interpretación de don Juan y el llamado don­juanismo puede ser muy diferente a lo que se ha venido a concluir, por regla general. El don Juan de Zorilla responde al prototipo de enamorado. Todo el desenlace del drama es un juego con la realidad para que aflore el alma. Como se ha sacado siempre de este contexto, las pautas de su conducta quedan desarraigadas de su interioridad, de manera que se da a entender que todo lo que hace es en clave de lujuria, engaño y conquista de la mujer de la cual se encapricha. Y es así como se ha ido comunicando su figura, la de un des­almado. Aunque se ha malinterpretado de esta manera en los escenarios merece la pena hacer una disección de este personaje, para ver que no es como se ha querido dar a en­tender. En El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina, el ena­moramiento juega un papel primordial en dicho personaje, pero no lo lleva el autor hasta sus últimas consecuencias.

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 El médico y ensayista, Gregorio Marañón, considera que don Juan es hijo del alma colectiva: «El amor, la religión, la muerte son los protagonistas que alientan la fábula de don Juan. Los grandes temas a los que alude son escenarios de las vivencias que los autores de este personaje escenifican. Los escritores no solamente reflejan mentalidades objetivas sino que, con la maestría del uso de la palabra, son capaces de hacer una radiografía de sus estados psicológicos, que afectan a otras personas, que se identifican con aquello que escriben. Es algo que se suele olvidar a la hora de estudiar una obra de teatro.

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 Don Juan vive el amor y al mismo tiempo el odio, fun­didos ambos en su personalidad. Es una historia de peleas, crímenes, engaños y amores. Las contradicciones que apa­recen en este personaje son antinomias del alma, que suelen suceder en estados de pasión límites. Karl Jasper en su obra Psicología de las concepciones del mundo explica qué es una antino­mia vital desde el punto de vista del sujeto: «Los opuestos in­evitables llegan a hacerse manifiestos siempre en nosotros… frente a todo querer está un no querer… Las oposiciones como contraste se provocan mutuamente. Una evolución anímica tensa hacia una parte, tiende al cambio, hacia la con­trapuesta, precisamente de la manera más intensa cuando se produce una evolución pura y elevada de una posibilidad… La evolución individual se consuma en oposiciones. Sólo el que es pecador puede ser moral… nuestra existencia perdura entre polos contrarios, que cada uno por sí nos llevaría a un caos o a una forma de existencia muerta, pero que jun­tos exigen y producen lo contrapuesto». En el caso del don Juan, como figura literaria, la religiosidad se relaciona con la sexualidad. La lujuria y la voluptuosidad con las conquistas y seducciones de don Juan. La muerte se une a la vida. El final, como colofón, explica todo lo acontecido. El protago­nista ha ido de un extremo a otro, de sumiso a pendenciero, de romántico a cínico, para afirmarse a sí mismo. Todo lo que sucede en la obra forma un todo, no se puede analizar por partes y luego relacionarlas, hay un sentido unitario que lo explica: el enamoramiento.

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 Don Juan oculta su alma al mundo, lo esconde, lo que le hace parecer y ser considerado un desalmado. El enamo­ramiento es una contradicción permanente con la realidad. Con su vida azarosa don Juan busca unir ambos mundos de sensaciones opuestas y actúa mediante engaños, pero a su vez es sincero. La poetisa gallega, Rosalía de Castro, recoge en un poema suyo este sentido de las contradicción:

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El perenne instigador oculto
de la insidiosa duda; el monstruo informe
que es fiebre de carnal deseo
ya el monstruo de oro que al hilar corrompe
ya de amor puro la fingida imagen
otra vez el de siempre… ¡Mefistófeles!

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Poema éste que parece estar dedicado a don Juan. La mitología expresa muchas veces esas batallas del alma, que saca fuera con el fin de verlas. La imagen colectiva lo es porque coincide con otras luchas subjetivas. En el libro Ar­quetipo e inconsciente colectivo, Jung escribe: «Los mitos son ante todo manifestaciones psíquicas que reflejan la naturaleza del alma». El mismo autor en otra obra, Recuerdos, sueños, pen­samientos, comenta: «El mito es más individual y expresa la vida con mayor exactitud que la ciencia».

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Lo absoluto es una manifestación de la plenitud del alma, que en la literatura se suele personificarse en Dios. Toda la obra de Zorrilla se encamina, en su conjunto, a Dios. Al final de su drama don Juan clama:

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Yo santo Dios creo en ti
si es mi maldad inaudita
tu piedad es infinita.
¡Señor ten piedad de mí!
que pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia
es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio.

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 En todas sus aventuras don Juan busca lo infinito en Dios y vive desde el alma para que actúe su enamoramiento. Sin embargo, para el doctor Marañón: «Don Juan vive obse­sionado por las mujeres y corre de una a otra sin detenerse en ninguna de ellas. Y no porque ninguna le satisfaga, sino porque su instinto rudimentario se satisface con cualquiera de esas mujeres. El problema del drama de don Juan no es su instinto, sino su alma, lo cual no se ha analizado desde este punto de vista, cuando todo son rastros y huellas que lo indican». Para Marañón: «Don Juan es incapaz de amar, aunque sea temporalmente. Busca a la mujer como sexo. La mujer es para él tan sólo el medio para llegar al sexo». Pero ¿no habría otros caminos para lograrlo? No aprecia este intelectual que lo que le pasa a este personajes es que no logra encajar su estado de enamoramiento con mujer al­guna. Si se leyera este drama a partir del final se podría ver hacia donde se dirige, de manera que dé sentido a todos los acontecimientos y hechos que suceden a lo largo de la obra. Los cuales de manera aislada no significan nada, son escenificaciones pendencieras, bravuconas, pero sin unidad alguna. Es en el conjunto de la obra en el cual se puede ver a don Juan y no imaginarlo como el mito donjuanesco en el que se le ha convertido.

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Don Juan huye hacia Ella. No quie­re sexo, sino que con tal deseo expresa su conflicto. Va de mujer en mujer sin encontrar su pareja, ya que al estar ena­morado ha creado una imagen de Ella que es inabordable. Quiere penetrar en el alma de la mujer y acaba chocando con el cuerpo de la hembra que sale a su paso. Él se venga engañándola, o más bien huyendo, pues siente que ha caído en una trampa y la deshonra. No es el cuerpo lo que busca, para él no vale nada, por más que se insista en ello desde otros análisis que se conforman con representarle como un seductor, un canalla, el típico conquistador que «persigue y busca a la hembra, pero huye de la mujer». Para Jung esta ac­titud responde a algo más profundo: «En el donjuanismo se busca inconscientemente a la madre en todas las mujeres». Sin embargo, si nos atenemos a los textos sobre los dramas que representan a don Juan Tenorio vemos que es un vaga­bundo que busca el alma y se topa con la realidad mundana, y tal es el conflicto de este personaje. Mucho se ha escrito sobre él, sin que se haya visto una conducta cuya motivación es el enamoramiento, de ahí su lenguaje dirigido a Ella, que es a quien busca realmente. Don Juan no se disfraza, no se camufla, sino que desnuda su alma.

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Albert Camus dedica un capítulo del libro El mito de Sísi­fo al donjuanismo. Trata de explicar el sentido de la existen­cia de este personaje, como ejemplo de absurdidad. Cuenta: «No es por falta de amor por lo que don Juan va de mujer en mujer. Ama a todas con el mismo ardor y con todo su ser». Le define como alguien que busca la saciedad, la cual, desde nuestro análisis, es Ella. Este autor francés define un estado de existencia que no es otro que el de enamorado, porque sólo desde este análisis es posible comprender su drama.

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Cuando Isabela pregunta a don Juan «¿Quién eres?», él responde «un hombre sin nombre». Gregorio Marañón lo interpreta como una reducción del individuo a la única di­mensión del sexo. Considera este maestro de la medicina española que un verdadero varón exige ver a su amada y que ella le vea. Don Juan, sin embargo, no quiere ver a Isabela, lo cual implica que este personaje seductor no quiere ver a otra mujer que no sea Ella. El nombre es lo mundano, lo que aparece ante los demás, lo que se ve de cada cual y apunta a qué somos externamente. Lo que don Juan siente es intangible. Para las demás mujeres es uno más, ¿qué más da cómo se llame? Su identidad gira en torno a algo que busca permanentemente, es su secreto, por eso se esconde. En la versión de Tirso de Molina sucede un choque con la realidad. Cuando le pregunta: «¿quién eres?», su respuesta es: «¿Quién ha de ser? Un hombre y una mujer». Tampoco descubre su identidad y contesta de manera impersonal. La individualidad se la da Ella, por la que se adquiere la con­ciencia del yo. Cuanto más se vive el enamoramiento más se afirma el sujeto ante sí mismo.

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Escribe el doctor Marañón: «Don Juan una vez conse­guida la mujer lo que le importa es abandonarla y que no estorbe su conquista futura». Característica de conducta que se conoce como «donjuanismo», sin reconocerse que en su fondo es una maniobra que sucede en el estado de enamo­ramiento, cuando el enamorado se enfrenta al mundo, a la mujer tangible y material, la que da el cuerpo, pero no su alma, el que él ha creado dentro de sí. Don Juan puede dar el suyo, y que esto haga que se puedan acabar amando, pero el enamoramiento sólo está en la creación de una imagen ideal. Don Juan no es capaz de adaptarse a la realidad.

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En la obra El Burlador de Sevilla es Tisbea quien desea el deseo de don Juan. Primero lo enciende y luego le pone trabas a él. Le pide una promesa, pero aun cuando ella le dice: «Esa voluntad te obliga / y si no Dios te lo castigue», en realidad Tisbea quiere ser engañada, busca premedita­damente la traición de don Juan, porque juega con él y con sus sentimientos. Es don Juan quien sufre un cierto don­juanismo de las damas. Don Juan muestra desconfianza en su promesa y confirma el abandono. En verdad la figura de don Juan, si se leen las obras de teatro de él bajo una nueva visión más acorde a la literalidad del texto, es un pelele con quien juegan las mujeres. Tisbea representa la realidad que, desde el enamoramiento, se vive como un engaño de por sí. Y es esta realidad la que engaña a don Juan en su vivencia del enamoramiento. De esta manera el desenlace metafísico culmina, al final de la obra, en el otro mundo, que es donde toma realidad su amor, donde únicamente puede hacerse real el enamoramiento más allá del mundo.

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Los equívocos en los análisis e interpretaciones que so­bre don Juan se han hecho y la característica de ser un caba­llero temerario es porque sitúa su existencia ante la muerte. Desde este abismo quiere vivir, lo cual le lleva a situaciones límite porque siente un impulso interior. Las mujeres son una condena que le impone la realidad material, vive su re­lación con ellas como un castigo, una red que le atrapa, de la cual tiene que salir cuanto antes. Sólo Ella le puede salvar. Don Juan ante los demás personajes con quienes se relacio­na, que no sean Ella, se muestra ausente, divaga. Sus pen­samientos están al otro lado y cuando las mujeres tratan de acapararle no lo consiguen. Pero no es por desprecio que él se vaya, sino porque está situado en otra realidad sentimen­tal. Catalina le dice «eres el castigo de las mujeres», lo cual implica en este personaje femenino un claro sentimiento de culpa.

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Cuando don Juan es amenazado de muerte siempre res­ponde «cuán largo me lo fiáis». Desprecia la muerte, porque no siente que le anule, sino más bien un suceso que le puede transportar a su verdadera realidad. Reta a todos los que le rodean, pues para él la muerte es un juego. Cierto que don Juan no ama. Y engaña, porque vive la relación de pareja como un engaño en sí mismo y no la quiere para él. No se venga de la mujer, sino de la realidad. La relación distante a Ella le permite vivir un estado creativo de belleza sin fin, in­abarcable, que no cabe en su vida. Toda la obra de don Juan Tenorio gira en torno a la muerte. Su impulso a vivir es Ella, quien le despierta el alma. Don Juan no quiere conquistar a doña Inés, es la imagen de la que se ha enamorado y se lo dice, para hacer visible el enamoramiento. Su figura es el paradigma del enamorado en el mundo, no el de un «don juan», como se ha interpretado al quedarse en la superficia­lidad del drama.

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Ella es horizonte del alma, espejo de realidades invisibles que se tratan de apresar. Don Juan llama a doña Inés «gacela mía; «paloma mía»; «estrella mía»; «espejo y luz de mis ojos»; «adorada vida mía / la esclavitud de tu amor». El sentido de poseerla es una manera de identificar el alma como algo ori­ginario. Jasper explica el romanticismo como una realidad esencial que en algunos individuos llega a ser una vivencia. Ese sentimiento interior se convierte en lo principal, en su realidad propiamente dicha. El enamorado vive su estado de manera subjetiva pero la quiere transformar en objetiva, de ahí su lucha, el querer comunicarse y convencer a través del arte. Este estado se convierte en un destino que absorbe al enamorado. De esta manera Jasper ve en la sobrecarga del romanticismo una fase coincidente con el inicio de la esqui­zofrenia, la vivencia de la doble personalidad, peligro que se podría esquivar mediante la creatividad y el reconocimiento de esta realidad interior, ante lo cual las terapias ocupaciona­les son insuficientes. El problema de la normalidad es que se castra la personalidad en dosis demasiado altas y debería de­jarse fluir más el sentido emocional de las personas sin que suceda de una manera absoluta, pues llevaría al otro extre­mo también destructivo de la individualidad. La conciencia y la razón son necesarias, sobre todo de cara a relacionarse con uno mismo y con los demás. Cuando la vida no se vive desde la autenticidad transcurre, el individuo se deja llevar, es arrastrado por los horarios, el quehacer cotidiano que lo encierra y carece de tiempo para cultivar su ser. No actúa, transita, asumiendo la realidad como la única posible.

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Don Juan necesita vivir experiencias tormentosas. Se re­bela a la realidad de doña Inés, «del alma mía», no dice a la que deseo o con quien quiero vivir. Crea su ideal de belleza sobre Ella. Se hace pendenciero y pelea con quien se cruce en su camino, ya que lucha contra la realidad que le impide vivir con el alma al descubierto. Cuando así se lanza al mun­do muchos espectadores lo consideran una locura. Coincide con don Quijote cuando lucha contra los gigantes y resulta que se topa con los molinos de viento. Don Juan participa en duelos que son símbolos de esta misma situación. Al fi­nal el Tenorio renuncia a todo por Ella, su doña Inés. Se arrepiente de todo lo que ha hecho, aunque nadie le cree. Es la postura existencial del lector quien inclinará la balan­za de este personaje hacia un lado u otro, lo verá como un aprovechado, un cara dura, o un desacoplado social, un sen­timental perdido en las brumas de su imagen de amor. Su amada le lleva al cielo, estado objetivo al que llega el drama para vivir el enamoramiento. Don Juan extrema su actitud para hacer lo imposible, pero Ella, su doña Inés, lo consigue porque rompe los límites de lo real. Es Ella, sin embargo los actores representan la relación burda que caricaturiza su enamoramiento y lo ridiculiza o lo hace pasar por una cha­rada, un disfraz.

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En el pecado, en la transgresión de la realidad, don Juan engrandece su amor, vive su ser y peca cuando renuncia a él, pero vuelve una y otra vez para recuperarlo. Es esta situa­ción el hilo conductor de todo el argumento de la obra. Ese ser lo ha situado en Ella, que le hace nacer y que el drama personaliza en doña Inés. Dice sobre ésta: «Alma mía, esa palabra / cambia de modo mi ser», expresión que encaja con el estado de enamoramiento y para nada miente como si fuera un golfo, que es la manera en que se le hace aparecer. No escribe el guión su autor para recreo del oído o regodeo de los espectadores sino para ser en su escritura y comuni­car algo que siente y quiere traspasar el enamoramiento a la realidad de las demás conciencias. El enamoramiento está escrito de manera literal. Dice don Juan a Brígida:

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El alma ardiente me llena
de su insensata pasión.
Empezó por una apuesta
siguió por un devaneo
engendró luego un deseo
y hoy me quema el corazón.
Brígida le responde:
Os estoy oyendo
y me hacéis perder el tino
yo os creía un libertino
sin alma y sin corazón.

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Don Juan es un enamorado que necesita una excusa para poder dar rienda suelta a su existir interior. Se hace el duro, el fuerte e insensible como coraza para protegerse del mun­do. Él lo hace por dentro, igual que don Quijote se viste con una armadura por fuera. Protegen ambos su ser. Sin esa co­raza el mundo rompe el alma. Tras la apariencia de un hom­bre imperturbable, cínico, don Juan esconde una manera de ser frágil, delicada, que puede quedar olvidada cuando uno se convierte en aquello que representa, cierto. La máscara se convierte en una nueva piel, y la rebelión a este situación, que sucede a menudo, es el mensaje de esta obra, la cual se malentiende, pues siempre se pone a don Juan como un galán, superficial, bello y hermoso; alto con perilla y bigote, cuando bien puede ser representado como un hombre ba­jito, calvo y barrigudo o con barba, taciturno, despeinado y tartamudo. Porque sus palabras son las que le convierten en don Juan Tenorio. Representan la belleza interior, otro tipo de belleza diferente a la que esté de moda.

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Don Juan se descubre, se muestra como es, en la carta que escribe a doña Inés, que tanto hace llorar y pone los pelos de punta a quienes la leen. En sus palabras trasluce desprecio a la vida, porque Ella es su vida. Lo que no sea Ella es existencia vivida, que vive como muerte. Ve el mun­do a través de Ella, su doña Inés que acaba estallando como imagen de Dios que proyecta, infinito, su plegaria del alma:

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Doña Inés del alma mía
mi alma, doña Inés, no alcanza
otro porvenir que vos

y esta llama, que en mí mismo
se alimenta, inextinguible
cada día más terrible
va creciendo y más voraz.
En vano a apagarla
concurren tiempo y ausencia,
no hoguera ya, volcán es.
Y yo que en medio del cráter
desamparado batallo
suspendido en él me hallo
entre mi tumba y mi Inés.
Inés, alma de mi vida
perpetuo imán de mi vida
acuérdate de quien vive
sólo por ti, ¡vida mía!
Y que a tus pies volaría
si me llamaras a ti
….
Adiós, luz de mis ojos,
adiós, Inés de mi alma.

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Es a Ella a quien don Juan, como cualquier enamorado, dirige todas sus acciones. Es el sentido íntimo y profundo de su existencia. En una obra mítica como La Ilíada en la que el alma se manifiesta mediante personajes que representan sus pasiones, sentimientos, ideales e instintos en la batalla que tiene como causa una mujer, Helena, en un caso, doña Inés, en el otro. Ella es atrapada por la realidad y el argumento es un intento de liberarla, aunque Helena se hubiera ido, o dejado raptar por Paris. En interpretaciones esotéricas se considera que es la lucha entre el espíritu y la materia, igual que en el Mahabarata, la gran lucha entre pandavas y kuravas lo es entre el interior de cada cual y el mundo, según se inter­preta en el Bhagavad Gita, el mensaje del maestro. Helena re­presenta la Verdad para muchos teósofos, por la cual luchan los dos bandos, sin que el Bien y el Mal estén perfectamente definidos en uno u otro lado. Pero se saca de su contexto lo que es la lucha por Ella, debido a las versiones cinematográ­ficas que se quedan con el espectáculo de las imágenes.

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En la Odisea, Ulises culmina su aventura al llegar a estar con Penélope. Se crea toda una narración al dar palabras a una historia sentimental que todos llevamos dentro. Un ejemplo de la odisea cotidiana la vemos en la obra Ulises de James Joyce, en la que todo transcurre en un día, en el mundo del pensamiento. En la sociedad de masas, con la influencia de los grandes medios de comunicación, las visio­nes colectivas ya no se hacen sobre personajes ficticios con los que se convive, sino sobre artistas y personajes famosos convertidos en mitos o iconos del consumo social. Sobre ellos se proyectan los sentimientos.

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Don Juan quiere llegar a Ella. Busca la fama como me­dio de conseguirlo, el camino más largo, pero único para mantener una relación intangible, que sólo se hace visible con la literatura que narra el enamoramiento, lo expresa y dramatiza. Marañón, sin embargo, no es capaz de verlo desde este punto de vista y carga contra el donjuanismo al que califica de ostentación escandalosa y deliberada de sus éxitos amorosos, la exageración de éstos e incluso su inven­ción. No se da cuenta que cada «hazaña» es un fracaso de su enamoramiento. Don Juan busca relacionarse en la distan­cia, como don Quijote pide a los que caen en sus aventuras que hablen de él a su Dulcinea. Don Juan quiere que hablen de él, pero no como un fanfarrón, lo cual sería en lo pro­fundo del personaje su vanidad y tonta presunción, que es como se le suele presentar en los escenarios. Es esta visión, alejada del enamoramiento, la que trasciende, hasta el punto de ser sobre la que se analiza este modelo psicológico que sólo como enamorado se puede comprender en su dimen­sión más auténtica. De otra manera da lugar a que se diga, como hace Gregorio Marañón, que la moral de don Juan es maquiavélica. Considera que para este «conquistador» el fin justifica los medios, cuando el único fin verdadero para él es Ella y no su satisfacción personal y egoísta. Don Juan es burlado y deshonrado. Las mujeres le dejan sin dignidad. De alguna manera don Juan es violado por las mujeres, seduci­do por ellas, y es forzado psicológicamente.

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El enamorado vive la sexualidad como una tentación en la que cae. Don Juan esconde su enamoramiento en una cortina de humo que es ir de escándalo en escándalo, sin motivo, ni razón aparente, porque las causas de su conducta están ocultas. La vida de don Juan es un rodeo. Con la fama se siente mirado por Ella: «Buen lance, viven los cielos / es­tos son los que dan fama». Este darse a conocer no siempre tiene por qué ser espectacular y muchas veces su consecu­ción es de manera simbólica. Durante una campaña sobre el referéndum de la OTAN dos chicos pegaron carteles por toda una ciudad, bajo una gran nevada. Lo hicieron en nom­bre de una asociación minoritaria. Uno de ellos decía que iban a perder, entonces ¿para qué tanto esfuerzo? La neva­da les pudo haber servido de excusa para quedarse en casa tranquilamente. Aquel cuarentón pesimista que puso carte­les por toda la ciudad dijo que fue un grato esfuerzo, porque se sintió rejuvenecido, hasta el punto de recordar a una chica que vio pasar cuando tuvo quince años y no la volvió a ver y, sin embargo, fue feliz recordándola. Otro chico que va siempre con una bandera en las manifestaciones, que no se pierde ni una, y también después de haber pasado más de veinte años sigue con lo que para él es un símbolo román­tico. Una vez dijo «quiero que la vean, nada más». El fondo de estas expresiones de querer ser vistos suceden de muchas maneras que se hacen para llamar la atención. Un preso se subió al tejado de la prisión, en la parte del patio. Se quedó allí y esperó a que le cogieran. ¿Para qué lo hizo? ¿Para pro­testar? Dijo no saberlo, algo le empujó por dentro, lo que en el argot carcelario se dice «me dio el punto». Su imagen pareció la de un Quijote desolado allá arriba, sin otra mo­tivación que ser visto, por nadie en concreto. En el fondo de las personas hay algo que nos empuja a hacer cosas para entrar en contacto con ese algo invisible, que nos persigue y al mismo tiempo lo seguimos, como si fuera a ir tras alguien invisible. Ser mirado por Ella, como vivencia desconocida del enamoramiento puede ser desde ir por la calle hacien­do ruido con la moto a luchar por marcar un gol creyendo que entre el público está Ella, o salir en la televisión, con cualquier disculpa, a escribir un libro, a andar por la ciudad con un traje llamativo, o destacar con buenas notas, o hacer graffiti por las paredes de toda una ciudad, o subir al pico más alto del planeta, o recorrer el mundo fotografiándose y enseñándose a todos los demás, por creer que entre quienes lo vean estará la mirada de Ella. Y otras muchas conduc­tas llamativas que simbolizan el enamoramiento, aunque no siempre seamos conscientes de este trasfondo.

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Lo que explica el donjuanismo no es una mezcla de re­ligión y amor carnal, como también se ha querido interpre­tar en alguna ocasión. Las mujeres suponen para don Juan Tenorio bandazos de su naufragio. La contradicción de lo que vive fuera y dentro de sí es tal que quiere probar lo real y también lo metafísico, lo que está más allá de la rea­lidad. Grandes místicos han glosado sus anhelos de Dios, su búsqueda y han atravesado el mundo del pecado, como Agustín de Hipona, quien dice bendito sea el pecado que nos hace ver más profunda la vida. Llegar al fondo del alma, de la mente, es una necesidad que siente el enamorado. He­man Hesse escribe: «el libertinaje es la preparación para una vida austera y el camino para el misticismo». Sacar afuera el enamoramiento se vivencia como una prueba que hay que superar y trascender. En El Burlador de Sevilla el final es una llamada sorda de Dios, sin respuesta. Zorrilla reescribe la obra, al dejar Tirso de Molina insatisfecho al espectador, con otra versión del final que delimita más nítidamente la personalidad de don Juan como enamorado.

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Tirso de Molina escribe su don Juan desde la realidad. Al final de su obra es condenado. Zorrilla le salva, se pone de parte del enamoramiento, que es lo que escenifica. El protagonista descubre la muerte cuando reconoce su ser. Doña Inés trasciende el mundo concreto y limitado. Se si­túa en lo eterno. La muerte, finalmente, da sentido a su ser cuando sale del mundo material. Ella es de otro mundo. Los diálogos que escribe José Zorrilla configuran lo que es Ella. En el enamoramiento se mantiene un monólogo en forma de diálogo, porque se da voz a la imagen creada en el inte­rior del enamorado. Esta sensación, muchas veces, es la base de creer experimentar y dar por ciertos los viajes astrales, la comunicación de las almas, que se comunican unas con otras, precisamente por esa certeza de una sensación de esa imagen interior, la cual se percibe como si fuera flotante. Se­mejante percepción la reorientan los jerarcas a sus doctrinas. El enamoramiento muchas veces se diviniza y se quiere ha­cer objetivo mediante un proceso mental que se transmuta en una experiencia religiosa. Zorrilla expresa este proceso de cambio psicológico desde el enamoramiento, que se con­vierte en algo casi religioso. Dice don Juan:

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No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí
sino Dios, que quiere por ti
ganarme para él, quizás.
No, el amor que hoy atesora
en mi corazón mortal,
no es amor terrenal
como el que sentí hasta ahora,
no es una chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga. 

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La represión que padece el enamoramiento y, sobre todo, su desconocimiento, hace que se deslice hacia la re­ligiosidad. En la castidad se busca la certeza de Ella. En la lujuria se huye de Ella. La fijación en este estado senti­mental y la posterior transferencia a una imagen absoluta y colectiva puede llegar a ser el desencadenante del fanatismo. Una sociedad permisiva, que reprime la existencia como conciencia del ser y que la conducta ha de amoldarse a unos cánones que funcionan como fuerzas de influencia social, no siempre detectados, como la moda, la opinión pública, la publicidad.

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Una manera de huir del cruce de sensaciones y sentimientos contradictorios es refugiarse en una verdad ab­soluta que diga, a través de sus códigos y manuales, lo que el creyente tiene que hacer y cuya base para motivar la creencia es la destrucción de la realidad, se defina ésta como se de­fina, porque lo que se quiere es imponer una fe, que en los colectivos fanatizados hacen que la subjetividad pertenezca a la organización. Muchas veces desde Occidente vemos el fanatismo religioso de otras culturas, pero no nos damos cuenta del fanatismo económico en el que por dinero se hace absolutamente de todo. Vivimos en una sociedad de consumo en la que las relaciones personales son un objeto más, transitorio, sin compromiso ni lealtad a los demás ni a las ideas. Se huye del ser en el modelo de consumo compul­sivo, mientras que con la religión se congela el ser cuando cae en el fanatismo, de manera que en estos casos el ena­moramiento se ha convertido en una trampa por no saber comprender su impulso ni estar conscientemente en él.

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La escena hacia la que se dirige la obra de don Juan de Zorrilla es la rendición del Tenorio ante don Gonzalo. To­das las riñas de éste, sus fanfarronadas, su actitud penden­ciera y disputas se justifican para dirigir su acción a un pun­to: reconocer su enamoramiento. Lo que hace públicamente don Juan:

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Jamás delante de un hombre
mi alta cerviz incliné
ni he suplicado jamás,
ni a mi padre ni a mi rey.
Y pues conservo en tus plantas
la postura en que me ves
considera don Gonzalo
que razón debo tener.

Comendador
yo idolatro a doña Inés
persuadido de que el cielo
me la quiso conceder
para enmendar mis pasos
por el sendero del bien.
A doña Inés dice don Juan:
Dios te crió por mi bien
por ti pensé en la virtud
adoré su excelsitud
y adoré su santo Edén.

Y por un Dios tras esa anchura
por donde los astros van,
dile que mire a don Juan
llorando en tu sepultura.

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La sombra de doña Inés le dice a don Juan, cuando se sitúa ella en la realidad que está más allá:

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Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura.
Y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan
al pie de la sepultura.

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Vemos que Ella conserva la imagen inmaculada y el ena­moramiento no puede hacerse tangible, antes desaparece, muere en forma de personaje literario. La figura de don Juan representa una de las maneras de vivenciar el enamoramien­to, lo cual permite aceptar las palabras que dice de manera textual, sin necesidad de interpretaciones que se hacen en función a una teoría que es la que se pretende demostrar, aunque sea a costa de deformar los ejemplos y datos de la realidad, en este caso de una realidad interior expresada en forma de obra de teatro.

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Recordemos lo que dice Ortega y Gasset en “Las dos ironías, o Sócrates y don Juan”: “Don Juan se revuelve contra la moral, porque la moral se había antes sublevado contra la vida. Sólo cuando exista una ética que cuente, como su norma primera, , con la plenitud vital, podrá don Juan someterse. Pero eso significa una nueva cultura: la biológica. La razón pura tiene que ceder su imperio a la razón vital“.

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