Introducción.

Año 1986 

Tras seguir el rastro de un sentimiento sibilino que me azuzaba por dentro, descubrí el enamoramiento. He querido entenderlo y estudiar qué es en sí mismo. Las explicaciones psicológicas, sociales o antropológicas y religiosas que so­bre el mismo leí no satisficieron mi curiosidad. Entre otras razones porque no encajan con la realidad de esa vivencia enamorada que experimenté, de la cual aún me queda una estela, que todavía observo. Es perenne y a veces se reaviva. Por tal motivo me atrevo a elaborar una teoría propia que explica lo que es el enamoramiento. Bastaría el resplandor de dicha experiencia y expresarlo mediante la poesía o cual­quier otro arte, pero he querido analizarlo y recoger elemen­tos teóricos que permitan comprender de lo que estamos hablando, esa fuerza que recorre cada instante de lo que se percibe como alma, o como mente.

En un primer momento me dediqué a apuntar ideas sueltas para hacer un conjunto de reflexiones con las que completé una pequeña obra: Discurso del enamoramiento. Mien­tras que lo hice hablé con amigos sobre este tema, de mane­ra que me fui dando cuenta de la profundidad de lo que me traía entre manos. Lo importante que es y de lo poco que se habla de este sentimiento y, más todavía, lo poco que se sabe al respecto. Y cuando creemos saber algo se distorsiona, se confunde con otros sentimientos o sensaciones. Se trata de algo que palpita como sentimiento, pero permanece oculto, o más bien ocultado. Puede que se trate de un invento, de una fantasía, pero en su vivencia se hace real. Comprendí que si realmente quiero defender aquello que percibo he de elaborar una teoría genuina, diferente a lo que hasta ahora se ha explicado.

Mi hermano César me proporcionó libros sobre el tema del amor. Más tarde descubrí que comparto un factor co­mún con amigos que me dijeron lo acertado de lo que les conté sobre qué es el enamoramiento. Lo mismo al hablar con Miguel, estudiante de filosofía; Daniel, profesor de Tai Chi; Manolo, un compañero de gimnasio; Serafín, el con­serje de casa de mis abuelos y otros amigos, como Pedro de las tertulias del café Comercial y de las terapias del doctor Peláez, Santy y Satur estudiantes de medicina. Y es que el enamoramiento no es deseo, no es amor, ni una mezcolanza de ambos que interfiere en la conciencia, sino que es algo que forma la misma percepción de la conciencia, tanto por presencia como por ausencia, cuando se quiere negar ese estallido que es psicológico y social, porque se proyecta al mundo. Forma parte de nuestra historia personal y social y es la esencia del sentido del arte y, especialmente, de la literatura. El enamoramiento se confunde con otros estados sutiles de conciencia que quedan fuera de la comprensión científica, y hasta se ha llegado a asociar con un tipo leve o, incluso, creativo de locura. Nada más alejado de lo que significa estar enamorado.

Con alguna amiga he hablado de este tema. Su manera de entender el enamoramiento y las connotaciones respecto a lo que describo sobre él me hacen ver que sienten y viven su enamoramiento de una manera diferente. El estudio del enamoramiento femenino deberá ser realizado por alguna mujer. Yo me he asomado algo, como propuesta compara­tiva. Las diferencias puede que sean culturales. Violeta, me recomendó que leyera Cartas de amor de María Alcoforado, que junto a otras manifestaciones poéticas de autoras en el mun­do literario me han servido para escribir un capítulo sobre la mujer y el enamoramiento.

He tomado notas sobre lecturas de diversos libros, a modo de «pruebas» poéticas, narrativas y dramáticas porque observé que coinciden en muchos aspectos con mi expe­riencia interior. También me di cuenta de que, entre todas ellas, forman una unidad que expresa diversos aspectos del enamoramiento, el cual no es fácil definir ni de localizar en el mapa de los sentimientos. No sé si se podrá generalizar lo que planteo, pero viene avalado por muchas referencias. Se trata de un tratado de mi enamoramiento, pero, creo, des­cubre algo importante en el de los demás. Puede servir para que cada cual se entienda mejor a sí mismo y, especialmente, esa etapa de la vida en que brota el enamoramiento con es­pecial intensidad.

De unas ideas sueltas y de notas desordenadas pasé a elaborar una teoría, porque me di cuenta de que analizo un elemento común que subyace en muchas manifestaciones personales y de carácter social, sin que se perciba el trasfon­do del enamoramiento, sobre todo en la creación artística y especialmente en la poesía. No lo quiero demostrar como un absoluto, sino más bien de una manera subjetiva, pero extensible a los demás. No me cabe duda de que es posible saber qué es el enamoramiento recorriendo la literatura de todas las épocas y a lo largo de todo el planeta. Al menos en el mundo de la escritura se reconoce y define. Precisamente porque se trata de un impulso que necesita expresarse, para verse, para realizarse. El enamoramiento tiene una historia y es comunicable. Entendamos este tratado como la suma de muchas percepciones subjetivas que han dejado sus huellas en el arte, en muchos textos. Asumo la declaración de Jean Paul Sartre, cuando dice: «el gran motor de la lucha de las conciencias es el esfuerzo de cada uno por transformar su certeza de sí en verdad». Sólo desde esta afirmación es posi­ble escribir un tratado sobre este asunto, que de otra manera sería petulancia.

Disertar sobre el enamoramiento exige sistematizar una serie de ideas, pero el impulso está en escribir enamorada­mente. De no ser así hubiera disecado el tema. Cuando le comenté mis avances en el mismo a mi amigo Pedro Solís, me dijo: «no des tantas vueltas; el enamoramiento es como el jazz, no se puede contar, ni definir ¡hay que escucharlo!»Le contesté que también se puede bailar. Y esto es lo que pretendo hacer al escribir sobre un tema tan sutil, bailar al son del enamoramiento.

El método de análisis que he seguido lo llamo «psiquea­nálisis». He observado un factor común en poesías, novelas y guiones de teatro, en el cual baso mi estudio. Las obras literarias son sueños que los autores sueñan despiertos. Mu­chas de las expresiones que he leído a lo largo de miles de renglones de muchos libros describen mi estado de enamo­ramiento y puedo asegurar que es una constante de la expre­sión escrita a lo largo de la historia del arte y la literatura. He profundizado en la relación de ciertas palabras, en metáforas que se repiten en un autor a lo largo de sus obras. Algunos poemas que he escrito permiten vislumbrar ese estado que conforma el sentimiento poético, aunque luego adquiera otras formas con una proyección social.

Muy distinto es lo que dicen los psicoanalistas sobre el fenómeno interior del enamoramiento, pero la poesía es un sueño consciente, son huellas que deja el alma, o la men­te, para hacer reales ciertas sensaciones que aparecen en la psiquis humana. Sin embargo, Sigmund Freud, en su obra Introducción al psicoanálisis, escribe: «Yo no inventé el incons­ciente, ni acceder a él, lo cual ha hecho y hace la literatura. He inventado el método científico de hacerlo». Pues también puede haber un método literario para descubrir sensaciones fronterizas, como es el enamoramiento, entre la realidad y lo irreal, entre emociones y sentimientos, entre lo que es ensoñación y las percepciones. Toda frontera, no es ni una cosa ni la otra, sino algo propio, posiblemente más allá de lo que supone un lado u otro de sí. En la obra El arco y la lira. Revelación poética, Octavio Paz expresa: «El poeta no escoge sus palabras. La palabra del poeta se confunde con su ser mismo. Él es su palabra». Y también: «El poema nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente». Y es en este proceso que retrata Octavio Paz en el que apa­rece el enamoramiento, el cual es descrito por muchos auto­res de todos los tiempos.

Los poetas representan una cultura y una época al hacer de su poesía un paradigma de los sentimientos. Se puede en­tender al poeta como representante del inconsciente colecti­vo, pero sobre todo y de manera especial e incuestionable es él mismo y es su ser lo que plasma al escribir, su ser interior y también el circunstancial, aquel que relaciona su obra con su experiencia del enamoramiento, de donde brotan sus pa­labras, como la frescura lo hace del manantial.

Un cuento del poeta libanés Kalil Gibran da a enten­der lo que comento como psiqueanálisis: «Un hombre tuvo un sueño. Cuando despertó visitó a un adivino y quiso que éste lo descifrase. El adivino dijo al hombre: ven a mí con los sueños que contemplas en tus momentos despiertos y explicaré sus significados. Pero los sueños de tu dormir no pertenecen a mi sabiduría ni a tu imaginación».

 

Año 2009 

Y seguí tomando notas de lecturas posteriores a la pri­mera redacción. He continuado corroborando la base del estudio que hice en mi juventud. Han pasado muchos años y me afirmo en lo que escribí. Incluso he añadido más tex­tos.

Ahora soy padre. Los jóvenes son mis hijos y sus ami­gos. Y cada vez veo más necesario dar a conocer qué es el enamoramiento, porque su falsificación está al orden del día. En el falso arte, en el consumismo convulsivo y las téc­nicas de publicidad, que lo convierten en un «activador» de determinadas respuestas sociales. Vivimos inmersos en el fenómeno de la falsa fama, sin aventura ni emoción, como una mera técnica, vacía y sin finalidad alguna. Y muchos problemas que viven los jóvenes parten de una zozobra in­terior, a la que nadie quiere mirar.

Se suele generalizar esta etapa juvenil, en que brota a flor de piel el enamoramiento, con expresiones como «cosa de jóvenes», «edad del pavo», «no saben lo que quieren», «son unos vagos», «están desconcertados», pero nunca decimos, y menos aún preguntamos a los jóvenes: ¿qué te sucede? ¿qué sientes? Se produce una confusión del enamoramiento con la sexualidad, una explosión hormonal que aparece de manera paralela con nuevas emociones como el amor, que se aprende con la convivencia en pareja. El enamoramiento suele quedar devaluado, deformado, apartado. Y, sin embar­go, lleva en su ser un gran potencial para la creatividad y la autentificación de la personalidad durante el proceso de madurez del joven, cuyo fin es convertirse en sujeto, en un ciudadano o ciudadana, pero sobre todo ser uno mismo.

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