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La literatura como paradigma

El enamoramiento aparece descrito, en muchas ocasio­nes, en la experiencia íntima de los personajes de novelas y dramas en los que se recrean historias que cuentan lo que siente el autor. Los escritores tienen que crear un mundo propio para hacer ver los sentimientos humanos. La litera­tura se define a sí misma. Cualquier interpretación deforma sus contenidos, lo cual sucede especialmente en el enamo­ramiento. La exégesis de este estado se percibe, se capta, lo cual hace que el lector sea capaz de identificarse con un personaje. Quererlo comprender lo deformaría, se trata de admitir su existencia, tal como es, a través de una intuición de algo que se siente, se vive y la literatura se convierte en una prueba palpable, porque es algo que se repite como pa­radigma una y otra vez, a lo largo de muchas obras que for­man parte de nuestra historia y bagaje cultural.

Don Quijote de la Mancha es la imagen alta y delgada de un estado elevado y estrecho, angosto, de un enamorado que sale de su estado interior a recorrer el mundo, a romper fronteras de todo tipo, sobre todo sentimentales. Sancho re­presenta el espectador de ese estado, símbolo del mundo cotidiano, lo cual no se entienda como una interpretación, sino como desenlace de una historia en la que el protago­nista de la novela se describe como «el más casto y valien­te caballero». La castidad es un rasgo característico de este estado inmaterial. La relación carnal no es posible en rela­ción al enamoramiento, cuando sí en otro tipo de relaciones.

El enamorado rompe con el mundo para crear el suyo propio, así se recoge en la obra Don Quijote de la Mancha: «leía libros de caballería de forma tal que olvidó la caza y la administración de la hacienda». Esta novela personifica el enamoramiento en un personaje total y puramente enamo­rado, que rompe con las barreras de la vida material y sale de la normalidad para vivir su enamoramiento y justificar sus acciones encaminadas a ese compromiso: «de mucho leer y poco dormir se le secó el cerebro, de manera que vino a per­der el juicio». Excusa literaria para hacer creíble el argumen­to, cuyo protagonista es el enamoramiento personificado en don Quijote. La lectura de los libros no es causa, sino con­secuencia de su estado. A ellos acudió para vivir la búsqueda de Ella y adecuar su mundo interior a ese estado. Todas las aventuras que emprende son un intento de comprenderse a sí mismo, de ponerse a prueba y buscar, en la distancia, su imagen de luz, de belleza sin igual.

Don Quijote da nuevos nombres a todo lo que le rodea para referirse a la esencia de las cosas y los seres, y para conseguir que formen parte de su mundo interior. Crea una nueva configuración de la realidad en la que enlaza unos acontecimientos con otros a través de una historia que narra el enamoramiento: «Buscándole nombre que no desdijera mucho del suyo y que tirase y encaminase a princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque es na­tural de Toboso. Nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto».

La dama que crea Cervantes es el centro de la existencia del hidalgo caballero, quien al salir al mundo convierte a Ella en el eje de todo lo que suceda en torno a él. Es su punto de referencia, que convierte en un absoluto de su realidad, lo mismo que para un creyente lo es su dios. La diferencia es que para Alonso Quijano no es una creencia, sino una vi­vencia: «plagaos señora de membraros deste vuestro sujeto corazón que tantas cuitas por vuestro amor padece». No es algo que este personaje invente, sino que lo siente profunda­mente de verdad. La novela de Cervantes se ha interpretado como una caricatura burlesca del amor idealizado, cuando es la realidad del enamoramiento lo que nos cuenta.

El enamorado es peregrino de la realidad, andante caba­llero que es incomprendido, errante, porque sólo es capaz de visionar el resplandor que Ella emite y le sirve para ilumi­nar su ser: «¡Oh! Sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda volun­tad e talante a un valiente y nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha». Este caballero andante vive su enamoramiento de una manera continuada. Va de un arrebato a otro en la que Ella es su impulso. Cervantes convierte el enamoramiento en un personaje, el cual actúa tal cual en el mundo. Como todo enamorado se convierte en actor de su propio guión, interpretando sus estados de exaltación.

Ella es la inspiración, motor de un destino inventado que vive dentro de él como imagen. El enamorado la busca fuera, para inventar «el ser» de su individualidad. No es un delirio, porque las invenciones mentales de rasgo patológico no sólo crean realidades subjetivas, sino que niegan la rea­lidad, ésta pierde su sentido, pero el enamorado la admite, sabe cómo es y se enfrenta a ella, sin dar la espalda a lo que le rodea. El enamorado no rompe con su pasado, como el enfermo mental, sino que lo reconduce y llena de Ella.Es un proceso de transformación, sin destruir la persona­lidad.

Don Quijote busca la fama, nada parecida a la actual que se diseña y vende, sino la de ser conocido y hacer que sus hazañas se lancen a los cuatro vientos. Se trata de una fama creativa y plena de contenidos, no vacía, que se orienta úni­camente a una imagen. Cuando don Quijote libera a unos presos les manda que hablen de él a su señora Dulcinea. Quiere ser conocido en el mundo entero, para llegar a Ella desde la distancia. Ese recorrido construye externamente el estado de enamoramiento. Se busca el alejamiento para dar un sentido inmaterial a esta vivencia. Cuando pretende tocar a los gigantes se vuelven molinos y Dulcinea en una labra­dora. La imagen creada forma el ser que es: «Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo vivo en ella y tengo vida y ser». Cer­vantes hace una auténtica narración novelada de lo que es el enamoramiento, de ahí su universalidad, la identificación de mucha gente con su manera de estar ante el mundo.

En una carta don Quijote escribe lo que siente. Explica algo que se suele confundir con un invento de la literatura, cuando es un retrato que desvela, no inventa, y hace ver las profundidades de la esencia que subyace en el fondo de los seres racionales, pues con la razón se ordena el lenguaje y con el lenguaje se crean historias: «Oh bella ingrata mía, amada, enemiga mía… si gustaras de acogerme, tuyo soy, y si no haz lo que tuviera en gusto que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte». Ella da sentido a su vida, es el latido del alma. Pero este len­guaje se ha pervertido en el consumo de literatura sin conte­nidos. Por eso la necesidad de rescatar este sentimiento que permita sobreponerse a una realidad que encierra al sujeto, lo amordaza y controla. Y sobre todo entender el sentido genuino de la literatura.

La poesía, la literatura en general, son cauces del len­guaje, pero no sólo del habla que se usa, sino de otro que comunica el alma, y en el cual caben diversas formas de exis­tencia, por ejemplo la escritura. Lo que inventa un autor es la forma en que se expresa, que previamente ha sido creada en su interior, cuando el enamoramiento se convierte en la pieza clave de su personalidad y siente el impulso de escribir para contarlo. Escribe Miguel de Cervantes en su obra Don Quijote: «Quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sus­tento con que se mantiene. El caballero andante sin dama es como un árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sonrisa sin cuerpo de quien se cause». Esta descripción podría ser un artificio, algo que puede suceder, pero coincide con otras muchas obras literarias que en otros escenarios cuentan una situación muy parecida. Por mucho que estas expresiones y otras se quieran interpretar dicen lo que dicen y tienen valor en sí mismas, forman parte de un discurso sentimental que retrata el enamoramiento, estado de embelesamiento que aparece no sólo cuando el autor lo escribe, sino también cuando el lector se mete de lleno en la obra.

Al brotar el enamoramiento sucede un cambio de cen­tro sobre el que gravita la existencia del sujeto. Si se deja a un lado la conciencia las personas se adaptan a lo exter­no. El romanticismo introduce la realidad en la conciencia y adapta la realidad a sus ideales. En la obra de El Quijote la duquesa le dice: «esta tal señora no es en el mundo sino que es dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso». La respuesta del caballero andante es: «Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo o si es fantástica o no es fantástica, y estas no son las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendraré ni parí a mi señora, pues la contemplo como conviene sea una dama…».

Cuando la conciencia es capaz de intervenir en la reali­dad se hace más libre, más auténtica. Aunque no suceda en el campo de la ciencia o de la política sí en el del arte. Crear la propia vida es la obra de arte que todos tenemos más a mano. El enamoramiento convierte este proceso en una misión que se experimenta a modo de destino y es un fin que justifica todo lo demás. Así aparece escrito en la obra de Cervantes: «Que tengo que ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore… para sola Dulcinea soy de masa y alfeñique y para todas las demás soy de pedernal. Para ella soy de miel y para vosotras acíbar. Para mi sola Dulcinea es la hermosura, la discreta, la honesta, la gallarda, la bien nacida y las demás las feas, las necias, las livianas, las de peor linaje, para ser suyo y no de otra alguna arrojó la naturaleza al mundo».

En otra parte de la misma obra se observa la unión entre el creador y lo creado de tal manera que el enamoramiento se pueda entender como una conceptualización sentimental de la belleza. Lo que en verdad se observa es que la imagen de Ella y la conciencia se unen, se pegan por así decirlo para crear una nueva situación del alma, en la que es frecuente expresar: «vida mía», «tú eres mi vida», aunque muchas veces quede dicho como un tópico. Don Quijote dice: «No ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada, estampada en la mitad de mi corazón. Y en lo más escondido de mis entrañas, no estás, señora mía, transformada en cebolluna labradora, ora ninfa del dorado Tajo… que donde quiera eres mía y adoquiera he sido yo y he de ser tuyo».

Don Quijote y Sancho representan, como pareja, la dua­lidad del alma enamorada y la de la vida cotidiana. Son el mismo personaje representado en dos partes: «Duerme tú, Sancho, que naciste para dormir, que yo nací para velar». La representación quijotesca representa la parte mística: «yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para vivir comiendo. Lo cual es muy similar a lo que dice santa Teresa de Jesús «muero porque no muero». Cualquier figura literaria es un rodeo para llegar al ser. La metáfora, la historia que se cuenta lo descubre. La literatura quiere hacer visible lo que somos más allá de las representaciones sociales rutinarias. Escribir apunta a la autenticidad. Muchas personas lo sienten y ex­presan el tópico de «no lo puedo expresar con palabras», por eso la labor social de los escritores es dar palabras a los sen­timientos, a lo que no se ve. Cuando Heidegger se interroga sobre el Ser explica: «Una cosa es contar cuentos de los en­tes y otra apresar el ser de los entes». Para esta última tarea faltan no sólo, en los casos, las palabras, sino ante todo la gramática. Vemos que la literatura es una manera de acercar­nos al meollo de «lo que se es», algo que resulta diferente a lo que se aparenta. El propio Heidegger estudió los poemas de Hölderlin. Realizó un ensayo sobre los mismos en donde reconoce haber encontrado en los versos de este poeta la base de sus reflexiones filosóficas, porque le situaron en un nuevo y más amplio punto de vista de la realidad.

El enamoramiento es un estado de ánimo creativo y no puede ser abordado, para su comprensión, fuera del arte. Su acontecer es devenir, en el sentido más hegeliano del térmi­no. Sale de sí mismo para ser sí mismo y este paso de «ser en sí» a «ser para sí» constituye la fenomenología del ser, lo que sucede con el enamoramiento. Por esta razón don Quijote cabalga, sale al mundo, a su encuentro y a luchar contra él y en él. Hace una auténtica peregrinación siguiendo su ideal, que recrea a cada paso. Cuando le retienen, cuando acaba la aventura muere, porque eso le ocurre al enamoramien­to cuando se encuentra con la realidad. Don Quijote no es sólo la historia de un enamorado, sino del enamoramiento, al que Cervantes dibuja con las palabras, como única mane­ra de apartar la obra que combate, como soldado escritor, y acabar de esta manera con la sensualidad y libertinaje ca­balleresco que rezuma el libro Amadís de Gaula del autor medinés, Garci Rodríguez de Montalvo. Cervantes da un giro copernicano a la literatura que pasa de ser sensual, en la que los personajes tienen cuerpo, a una literatura del alma, descorporeizada, lo cual no se logró fusionar hasta la prime­ra parte del siglo XX, con muchas reticencias en su época, con autores como Henry Miller o James Joyce, que crearon personajes con cuerpo y alma. El morir de don Quijote es la metáfora de la muerte del alma, cuando sucede en las per­sonas, en sus vidas, el fin del enamoramiento, que adquiere muchas veces un sentido destructivo de la personalidad, so­bre todo en forma de un mal humor crónico.

En la literatura esotérica se insta siempre al secreto como aliciente que traslada lo oculto a la figura de símbolo, cuando suele ser más que oculto ocultado, de manera que los ritos y doctrinas ocultistas tocan una fibra sensible íntima, que si­túa en el más allá muchas sensaciones en las que se proyecta lo que uno lleva dentro y de ahí su atracción e identificación con estas teorías. Con el ideal caballeresco se han organizado órdenes militares de carácter religiosas, Templarios, Cátaros, Teutones, Malta y demás que convierten en algo objetivo los sentimientos íntimos. Su simbolismo e imaginario hace que la vivencia personal se comparta colectivamente formando una unidad. Estas organizaciones se uniforman, para hacer visible la unión espiritual de sus miembros. Se unen por un ideal al que proyectan un sentimiento común que les vin­cula: el enamoramiento, que pasa de ser algo personal a un impulso colectivo. La subjetividad de Ella se convierte en lo objetivo del ideal. Se exteriorizan las creaciones literarias de eternidad para buscar un imposible que se hace presente, a Ella le sustituye el santo Grial o la piedra alquímica o la Ciudad de Dios o cualquier otra quimera que convierte la vivencia del enamoramiento en una fe.

La obra que escribe Cervantes, Don Quijote de la Mancha, como toda literatura grandiosa, no es una invención, no es fantasía construida con el lenguaje, sino que es una traduc­ción del alma. Muestra qué siente el alma. Por eso Unamuno dice que no fue Cervantes quien hizo el Quijote, sino que fue don Quijote quien hizo a Cervantes.

En la obra de teatro Hamlet, Shakespeare desarrolla el hilo conductor del enamoramiento como ningún otro guión. Entrelaza la locura y el amor en una historia en la que drama­tiza el acercamiento de dos sujetos que están enamorados. El desenlace no puede ser otro que conseguir el alejamiento, pues es la condición esencial del estado de enamoramiento en el cual se basa esta obra. La locura hace imposible una relación física. Es una forma literaria de contar la esencia del enamoramiento y mantener vivo tal impulso. Ofelia se sui­cida, porque el enamoramiento es ajeno a la realidad vivida, la transgrede y sobrepasa.

Cuando Laertes, hermano de Ofelia, le dice: «En cuanto a Hamlet sus frívolos objetos, tómalos como una fantasía y capricho ardoroso, una violeta de la florida primavera de la juventud, precoz pero no permanente, suave mas no du­radera, perfume y deleite de un minuto, pero nada más». Ofelia responde: «¿Nada más que eso?» Su padre, Polonio, le dice: «No quiero que derroches un sólo momento de ocio hablando o conversando con el príncipe Hamlet. Atiende a ello, te lo encargo. Anda a tus ocupaciones». Ofelia se limita a obedecer. Se observa cómo el enamoramiento se mani­fiesta de forma diferente en la mujer y el varón. La una lo silencia. El otro lo grita en su actitud vital.

En esta obra de teatro todos los personajes creen que Hamlet padece un delirio de amor. Desde fuera se ve como algo raro, que no cuadra con la vida normal ni con los pa­rámetros de la razón, algo que desborda la conducta social. La lógica de la razón, en el enamoramiento, se convierte en la lógica de la estética. Las premisas cambian, conformán­dose otra mentalidad. Para Polonio el enamoramiento es la causa de la locura de Hamlet, sin embargo se ve, durante el desenlace del drama, que no es una enajenación mental, sino que el enamoramiento es la causa de una vivencia compleja que tiene su propio sentido desde el enamoramiento en sí, y esto es lo que vive. William Shakespeare dramatiza el ena­moramiento. Desde este punto de vista podemos entender lo que dijo Dalí, quien plasmó en sus lienzos su ser o no ser de enamorado: «Salvador Dalí no ha dejado de insistir sobre el aspecto hipermaterialista primordial a todo proceso de conocimiento, de la biología ligada a la carne y al hueso de la estética».

El poeta colombiano, Emilio Jaramillo, en una de sus ex­presiones describe el enamoramiento sin hacer referencia a esta palabra, porque no está estudiada suficientemente. Es­cribe: «El amor imposible es como es, imposible. Es adonde se dirigen mis palabras. No puede hacerse posible más que a través de la poesía. La poesía es habitar lo invisible».

Anthony Giddens trata, de pasada, el tema del amor ro­mántico en su obra La transformación de la intimidad (Sexua­lidad, amor y erotismo en las sociedades modernas). Diferencia el romanticismo del amor pasión. Explica que el primero es universal, mientras que el segundo es cultural. Califica a este último de concepto novelesco de la vida y asocia el térmi­no romance a novela, lo cual identifica con romanticismo. Mantiene que esta manera de amar ha influido en la con­ducta social a través de la literatura. No ahonda en el ena­moramiento, pero dice algo muy importante, que ha pasado desapercibido para la crítica y los estudiosos, que es lo que tratamos de desvelar en este tratado: «las sociedades moder­nas tienen una historia emocional clandestina, que está aún por revelar».

Al analizar las obras literarias vemos que los personajes varones se construyen sobre el esqueleto del enamoramien­to. Una y otra vez la esencia de un protagonista se crea sobre la naturaleza del fenómeno que tratamos. Lo observamos en la obra Pedro Páramo, del novelista mexicano Juan Rulfo, a cuyo protagonista de la novela define como una eterna evocación de un amor irrealizado, que más bien es de el ena­moramiento «realizado», pues se realiza así, tal cual se narra en la trama que cuenta Rulfo. No puede ser de otra manera. Dice el protagonista, Pedro Páramo: «De ti me acordaba mirándome con tus ojos de aguamarina». La sitúa, a Ella, «a centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mu­cho más allá de todo estás escondida, tú, Susana; escondida en la inmensidad de Dios, detrás de la divina providencia, adonde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras». Recuerda escenas de su niñez en un fondo de su ser: «Cada vez que pensaba, pensaba en ti Susana».

Pedro Páramo es un déspota, un pendenciero, al que definen sus compadres como «la pura maldad». Un hom­bre que hace de la mujer objeto, porque al no conocer su enamoramiento, como lo que es, se siente mal, amargado, carcomido en lo que la novela llama «pleitos del alma». Rul­fo narra cómo su personaje esperó treinta años a que regre­sara. Mientras tanto otras mujeres ocuparon su regazo para satisfacer sus deseos y nada más. Entre tanto esperó tenerlo todo, «no algo, sino todo de modo que no quedara ningún deseo, sólo el deseo de ti». Lloró, a pesar de su dureza, al saber que iba a regresar Ella. Este estado de enquistamiento del enamoramiento se da mucho en la sociedad actual. Y al llegar Ella, Susana, muere, porque el enamoramiento es dis­tancia. No pueden chocar el uno con el otro. Su relación con otras mujeres la explica magistralmente en este contexto del enamoramiento: «Aquel cuerpo azorado, puñadito de carne, se abrazaba a ella tratando de convertirla en la carne de Su­sana san Juan, una mujer que no era de este mundo».  Sobre esta novela el autor, Juan Rulfo escribe: “En lo más íntimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana. Susana San Juan no existió nunca, fue pensada a partir de una mu­chachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía tres años. Ella nunca lo supo y no hemos vuelto a encontrar­nos en lo que llevo de vida”. Lo cual define perfectamente el enamoramiento tal cual venimos analizando.

En la obra de Gustave de Flaubert, Educación sentimental, también se recoge a lo largo de toda la narración el estado de enamoramiento. Hace una disección magistral de éste. El protagonista lo vive en su existencia caracterizada por ser sentimental y vagabunda, pero ensalza esta manera de vivir. De ahí su romanticismo. La mayor parte de las personas, sin embargo, viven una situación parecida, pero no suelen reconocer este factor del enamoramiento en su ser. Por esto mismo aparece la superficialidad con que se vive en las pos­trimerías del siglo XX y el alba del XXI. Flaubert vivió en sus «carnes del alma» el enamoramiento. Cuando rompió su relación sentimental con la escritora Louise Colet, tras siete años de convivir juntos. Ella escribió que Flaubert no amaba. En realidad el amor no era para él más que letra muerta. Ocurre que fue fiel a su ideal, y así lo trasvasó a su novela. El amor no puede sustituir al enamoramiento. Si aprendiéramos a reconocer este sentimiento, a diferenciarlo de los distintos estados emocionales aprenderíamos también a amar, a crear, a convivir en pareja y con nuestro entorno. Por eso es necesario ver el enamoramiento, no sólo sentirlo, para luego poder saborearlo.

Flaubert fue un ávido lector de la obra de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Este escritor francés busca su pro­pia sensación interior de enamorado, que reconoce en lo que leyó. Se habla de la influencia de Cervantes en este autor y otros del romanticismo, pero en realidad no es sino que beben de un pozo común, el enamoramiento. Fréderic, pro­tagonista de la novela indicada de Flaubert, al ver a Mme. Arnoux, su musa, experimenta lo siguiente: «Fue como una aparición. Estaba sentado. Él no vio a nadie más por el des­lumbramiento que le produjeron sus ojos… se paró a con­templarla. Ni siquiera la miraba ni la veía. La contempló». Y sigue: «cuanto más la contemplaba sentía que entre ella y él ahondaban grandes abismos». Define el enamoramiento en su característica plena: «El universo, de pronto, acababa de ensancharse». Ella era el punto luminoso donde convergía todo. A cada mujer que caminaba delante de él o con la que se cruzaba se decía «ahí está». Todas las mujeres le recorda­ban a aquélla. En todas imaginó a Ella, quien inmersa en la realidad se ve amenazada en peligros de los que él la salvaba. El protagonista de la novela vive su enamoramiento, que el autor describe para deleitarse y comunicar qué es. Cuando Ella le da la mano para saludar: «Sintió una especie de pene­tración en todos los átomos de la piel. Su corazón se le salía del pecho. Ella dio sentido a su existencia: Le gustaba todo lo que estaba relacionado con Mme. Arnoux, sus muebles, sus criadas, su casa. Apenas hablaba cuando iba de visita. La contemplaba».

Fréderic se extraña de no sentir celos del marido de su musa. Esto muestra que se trata de otro nivel de sentimien­tos y sensaciones. ¿Qué tiene que ver la convivencia ruti­naria, el cariño, la amistad, la relación sexual, la pasión o el amor con soñar la felicidad de vivir con Ella? Permanecer de rodillas rodeándole la cintura, bebiendo el alma de sus ojos. Como el mismo protagonista reconoce para ello había de cambiar el destino. Porque además esta sensación, este percibir lo etéreo, lo intangible de un ser que se quiere hacer eterno es lo real para un enamorado: «Él sentía que aquellas miradas penetraban en su alma como esos grandes rayos de sol que descienden hasta el fondo del agua». El enamora­miento se vive en la distancia, «la pasión se marchita cuando se aleja, pero el enamoramiento crece y se recrea con la le­janía». Fréderic sentía arrebato en todo lo que le acercase a Ella, pero siempre en la distancia de un amor imposible. Re­conoce que se emparejó con Rossanette por desesperación, «como quien se suicida». Este suicidio a través de relaciones con otras mujeres, de mera atracción, son muy frecuentes, pero no se entiende su fracaso al desconocerse qué es lo que representa y qué es el enamoramiento. Ella era «el fondo mismo de su vida». «Nos hemos querido –le dijo su musa al final de sus vidas– sin poseernos, sin embargo…». Él le dijo, después de correr múltiples aventuras: «Quizás es mejor» y, efectivamente, fue la única manera de preservar y conservar su enamoramiento.

El enamoramiento no es un hecho biológico, por más que sucede en un órgano como es el cerebro, porque no for­ma parte del instinto humano, por más universal que sea tal sensación, ni es natural de la especie, aun cuando el enamo­rado piensa que tal estado define su esencia como individuo. Se trata de un hecho cultural que es capaz de adueñarse y trastocar la biología humana, de ahí lo importante que es ser consciente de este proceso y analizarlo como algo creativo, que sucede de manera espontánea a partir del lenguaje hu­mano en el que nos desenvolvemos. El enamoramiento es lenguaje y el lenguaje es parte de nuestra realidad. ¡Es! No es que forme parte de nosotros, es que es parte de lo que somos como realidad humana, tanto a nivel personal como social. En su obra El fin del mundo no ha empezado todavía su autor, Luciano G. Egido, define el enamoramiento como «ese amor loco, nacido de una mirada», en la cual queda. Más adelante explica, en el esbozo de su obra: «estamos hechos de palabras, que hemos recibido de fuera y que nos deter­minan y nos condicionan y nos definen». Son las palabras, el lenguaje, que al procesarse en la experiencia y entrelazarse con las emociones y luego con los sentimientos hacen que aparezca el enamoramiento como un efecto pleno, como algo que es en sí mismo, cuyo cauce para hacerlo visible es la literatura, el lenguaje, a lo largo de todos los tiempos y en todas las culturas que tienen referencia escrita. Porque es en el lenguaje donde sucede, pero lenguaje escrito que es sentimiento y pensamiento, no como algo separado, ni que inventamos, sino que forma parte de una realidad subjetiva que nos ayuda a construir nuestro yo en relación al mundo. Pero a medida que lo apartamos de nuestra vida, disminui­mos la experiencia de nuestro ser, empequeñecemos nues­tro yo y deformamos nuestra afectividad.

El enamorado lleva el alma a flor de piel y con ella la conciencia de pecado ante la mismísima realidad, porque necesita transgredirla y no encaja con la moral social. Lo cual forma parte de lo que cuenta La divina comedia de Dante y Don Juan Tenorio, tanto en la versión de Zorrilla como en la de Tirso de Molina. Es lo que en un discurso reflexivo plantea Sören Kierkegaard en Tratado de la desesperación: «Se peca cuando ante Dios o una idea de Dios, desesperado, no se quiere ser uno mismo, o se quiere serlo. El pecado es así debilidad o desafío… Vida es siempre pecado para el cristia­no, el pecado de soñar en lugar de ser, de no tener más que una relación estética de imaginación con el bien y la verdad, en lugar de una relación real».

Con el enamoramiento se produce una contradicción entre el mundo irracional interior y el racionalizado de fue­ra, con todos sus convencionalismos, que aunque irraciona­les muchas veces, se aceptan por conveniencia. La duda vital genera incomodidad. Cuando se traslada lo interior afuera existir se torna vértigo, da miedo y esto hace que el ena­morado huya de sí mismo y que su vivencia sea su aventura a modo de huida. La sensación de pecar se hace presente tanto en la renuncia, pues se peca contra uno mismo, como en el compromiso de vivirlo, pues se peca contra el mundo. Dice Hamlet: «Ninfa, en tus plegarias acuérdate de mis pe­cados».

Volviendo a la obra Hamlet:

–Hamlet: Yo te amaba.

–Ofelia: Así me lo hiciste creer.

–Hamlet: Pues no debieras haberme creído… ¡Yo no te amaba!

–Ofelia: Tanto mayor ha sido mi decepción.

–Hamlet: Ve a un convento. ¿Por qué habrías de ser ma­dre de pecadores?.

La contradicción en las historias de amor apuntan mu­chas veces al enamoramiento, en la pugna de los senti­mientos y la realidad. Esto mismo se escucha en una de las canciones de Julio Iglesias, en la que se glosa esta realidad sentimental distinta al amor: «Te amo y te odio y luego te amo y luego te odio».

En muchas ocasiones la locura simboliza en la literatura el estado de enamoramiento. Lo es porque rompe los límites de las emociones cotidianas. Estar enamorado descoloca a la conciencia y permite su escenificación. Ofelia, cuando toca el laúd acaba suicidándose para hacer palpable su pena por su amor etéreo, porque lo siente real, pero no lo puede reali­zar. Dice: «sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser». Otra vez comprobamos, tal y como cuenta Shakespea­re, que el ser se amplía y su resplandor es lo que conocemos como alma, el cual da cabida a la existencia interior. El ena­moramiento despierta el alma, la mente. El lenguaje poético supera los límites de lo empírico, de manera que no tiene un valor de conocimiento sino de conciencia.

Tanto a Ofelia y a Hamlet, como a Romeo y Julieta, es la muerte lo que les lleva a vivir su enamoramiento, porque sus protagonistas lo viven en su alma, son parte del alma del autor. Hazme sepultar vivo con ella que eso quisiera yo, le dice Hamlet a Laertes. Los dramas románticos acaban cuan­do sucede la muerte de sus protagonistas, porque el final consiste siempre en trasladarse al mundo creado, fuera del escenario de la realidad. El arte como algo profundo nos lle­va al ser, pero se falsifica cuando se produce como técnica. Las muertes y laberintos amorosos pueden ser recursos es­cénicos para hacer un espectáculo, una historia entretenida, carente de un substrato subjetivo, con lo que en estos casos se pierde la conciencia del arte.

El poeta japonés, Takuboku, que significa «Árbol susu­rrante», murió a los veintiséis años de edad. Dejó escritos varios libros de poemas. Uno de ellos, Puñados de arena, es una colección de yankas en los que expresa de manera sen­cilla y directa el enamoramiento. Fue el primer poeta que introdujo en la poesía nipona el paisaje humano. Manifiesta lo que sufre, pero a su vez insiste en que sin tal sufrimiento no puede vivir, lo que le sirve para tomar conciencia de su existencia enamorada:
Pensaba esta mañana
que si yo volviera
sólo una vez
a escuchar tu voz
cesarían mis penas.

Cualquier menudencia
me hace recordarte
cuando te olvido.
Pero no te creas
que puedo olvidarte.

Vi en la calle un cuerpo
parecido al tuyo
y el corazón
¡cómo me saltaba!
Mira tú si sufro.

Que yo me separe
y los años pasen
y cada año
con mayor cariño
tú, y después nadie.

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