Realidad, ilusión y enamoramiento

Plantearse el enamoramiento como algo que forma nuestra realidad interior hace que el enamorado se cuestione la realidad externa, la cual adquiere un sentido ilusorio. Lo externo se une a la conciencia cuando crea una percepción subjetiva de la realidad.

Al experimentarse la conciencia y la realidad como algo propio adquieren un valor objetivo, aun­que no lo sea. De ahí la importancia de conocer la realidad y saber relacionarse con ella. Pero hay un momento en que se forma un remolino en la mente que se hace difícil diferen­ciar lo real de lo que no lo es, pues el enamoramiento afecta al modo de percibir las cosas. La misma realidad se percata de manera diferente, cualitativamente diferente, según sea por el olfato, la vista, el tacto y demás sentidos.

El sentido del alma también es diferente, y no es más real uno que otro, pero hemos aprendido a ver el mundo a través de los sentidos, pero no psicológicamente, porque las emociones y los sentimientos han quedado aparcados a un lado en nues­tra cultura en este modelo de sociedad en el que estamos inmersos. El enamoramiento tiene su propio punto de vista de las cosas y ha sido despreciado.

Nos referimos a un proceso intrapsíquico, personal e intransferible como tal, nunca colectivo, pues cuando lo es se trata de manipular este estado. Lo que se transfiere es su huella, para lo cual el arte es un reto, especialmente la poesía, que es lo que más directamente lo expresa, las otras maneras lo cuentan, pero no se comunican con el lenguaje, sino a través de él. El uso del lenguaje puede ser falsificado por su uso retórico.

La relación entre lo real e imaginario se hace patente en la obra de Gustavo Adolfo Bécquer: «Mi musa concibe y pare el misterioso santuario de la cabeza poblándolo de creaciones sin número. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido». La especial sensibili­dad de este autor hace que diseccione el enamoramiento y sea capaz de comunicar sus más pequeños detalles. El duelo con la realidad es parte de sus composiciones poéticas:

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En el mar de la duda en que vago

ni aún sé lo que creo

sin embargo, estas ansias me dicen

que llevo algo

divino aquí dentro. (Rima VII)

Yo soy ardiente, yo soy morena

yo soy el símbolo de la pasión

de ansias de goce mi alma está llena.

¿A mí me buscas? No es a ti, no.

Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,

puedo brindarte dichas sin fin

yo de ternura guardo un tesoro.

¿A mí me llamas? –No, no es a ti.

Yo soy un sueño, un imposible

vano fantasma de niebla y de luz

soy incorpórea, soy intangible;

no puedo amarte –Oh, ven; ven tú. (Rima XI)

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¿Qué enamorado que lea estos versos no llora, no son­ríe, no vuela, no sale al balcón a gritar? ¡Son tan bonitos y descriptivos!.

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Yo que inalcanzable corro demente

tras una sombra, tras la hija ardiente

de una ilusión (Rima XV)

La gloria y el amor tras que corremos

sombras de un sueño son que perseguimos

¡Despertar es morir! (Rima LXIX)

Es un sueño la vida

pero un sueño febril que dura un punto,

cuando de él despierta

se ve que todo es vanidad y humo

¡Ojalá fuera un sueño

muy largo y profundo,

un sueño que durara hasta la muerte!

Yo soñaría con mi amor y el tuyo. (Rima XC)

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El conflicto entre lo que un enamorado ve por fuera y por dentro, siendo esto lo que sueña despierto aparece des­crito en la obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño. En este drama Segismundo aparece viendo a Rosaura. Aquél se encuentra encarcelado, al igual que un enamorado que se siente prisionero de la realidad, lo cual queda representado en esta obra de teatro. Desde el estado de enamoramiento se entiende que su queja sea que el hecho de haber nacido pueda ser considerado un delito y la realidad su condena. Esta vivencia los teólogos y ocultistas la interpretan como la caída del alma en la materia por el pecado original, o la condensación del espíritu para liberar el alma en una rue­da de reencarnaciones. Al final desde cualquier creencia la salvación o el despertar de la conciencia es el sentido de la vida, para lo cual se establecen unos códigos de conducta y la celebración de ceremonias del tipo que sean. La materia o el cuerpo se interpretan como la prisión del alma, o del es­píritu. La vivencia religiosa tiene un aspecto de experiencia, con el factor del enamoramiento, que lo hace creíble, pero sucede que se saca de lo intrapsíquico para convertirlo en algo metafísico.

Segismundo, en la obra de Calderón de la Barca, descu­bre la belleza de Rosaura a pesar de estar ésta disfrazada de varón, una realidad que esconde su esencia. Segismundo, a través de su alma enamorada, penetra en ella y entra en re­sonancia con la imagen creada en su interior:

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Tú sólo has suspendido

la pasión a mis enojos

la suspensión a mis ojos

la admiración al oído.

Cada vez que te veo

nueva admiración me das

y cuando te miro más

aún más mirarte deseo.

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En la poesía y en el arte dramático la muerte como des­enlace de un guión suele ser una referencia para eliminar la realidad, para pasar al estado de los sueños puros, en donde lo temporal no limite el alma ni lo tenga atado. Ella es la llave de una dimensión mental que la literatura es capaz de recrear y hacer ver:

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Viendo que el ver me da muerte

estoy muriendo por ver,

pero verte yo y muera.

Que no sé, rendido ya,

si el verte muerte me da

el no verte que me diera.

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El sentido de lo ilusorio podemos observarlo también en la obra del escritor turco Nedim Gürsel La primera mujer: «Oyó el murmullo del viento entre los cipreses. Una mujer con un pañuelo en la cabeza atravesó la calle. Corrió tras ella y le cerró el paso. La mujer no tenía rostro… en realidad ¿dónde te habías metido aquella tarde, cuando jugábamos al escondite y yo me había puesto cara a la pared contra la tapia del cementerio? Desde hace muchos años no dejo de hacerme esa pregunta sin poder encontrar una respuesta. Habíamos comenzado una partida y me tocaba a mí dar con tu escondite. Había contado hasta diez, luego había salido a buscarte. Después han pasado los años. Jamás he conse­guido encontrarte… mirando desde lo alto del puente Mane, descubro en el agua tu rostro redondo y pálido. Pregunto a la gente si ha visto a una mujer con un pañuelo en la cabeza, nadie la vio». Este autor sitúa como la primera mujer a la madre, pero en un sentido muy interesante a tener en cuen­ta, y es que es la que enseña la lengua materna, con la cual se construye la realidad, la que se ve y la que se siente.

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Soñar despierto es un efecto de vivir desde el alma con los sueños vitales, no los oníricos, cuyo fundamento es psi­cológico, hacen aflorar percepciones inconscientes. Todos unidos forman parte del entramado de nuestra existencia singular, «todos los que viven sueñan», escribe Calderón de la Barca. La ensoñación que atendemos al estar despiertos es un sueño ontológico, que nos hace mirar al ser, a nuestro ser que somos, que cuando se niega aparece lo que Paul Sartre llama «la mala fe», en el sentido de enmascarar una verdad desagradable y presentar como verdad un error agradable.

El enamoramiento apunta al ser y parte de él. En este trayecto se construye la realidad. Lo que recorre el ser hasta el soy-ser es el acto creativo de los artistas. La existencia ena­morada queda grabada, de una u otra manera, en el mundo. Por tal motivo Ramón y Cajal entiende que vivir sea crear. El enamorado prueba sus límites, pero no como limitación, sino a modo de reto para superarlos, no siempre de manera razonable. Lo suyo es una maniobra estética.

La filosofía estudia estas percepciones de la conciencia y las describe en la terminología del ser, en el intento de co­nocer mejor al ser humano y su relación con el mundo. Hay una percepción que quiere saber cómo la conciencia se tras­lada de un nivel vital a otro, lo cual se puede analizar en la obra de Hegel, Fenomenología del espíritu. Los filósofos no son seres pensantes ajenos al mundo y como si fueran espíritus que escriben, sino que son personas con sus vivencias y es­tudios. Esto que puede parecer obvio no se tiene en cuenta cuando se estudian sus teorías.

El ser interior, íntimo, de los filósofos es la materia prima de donde sacan sus reflexiones. Algo evidente que no lo es cuando se leen los libros de tex­to en los que quedan convertidos en entes que dicen cosas complicadas o que divagan por explicar cosas ajenas a quie­nes estudian sus teorías y que hay que estudiar para apro­bar los exámenes. Hegel establece un sistema filosófico con el que superar el método crítico de la razón que estableció Kant. Según éste fuera de la razón está el «Ignotus X». Es­tablece unas bases sobre cómo funciona la razón que hace muy difícil plantear algo diferente a lo que él estudia. Hegel va más allá de los límites de la razón pura, pero para ampliar el conocimiento de la realidad sigue otro camino al de Kant, porque para Kant lo evidente, aquello de lo que se tiene o puede llegar a tener experiencia, es lo que estudia la razón y todo lo demás, que no se capta, ha de quedar fuera de la filosofía. Hegel, en un intento de superar esta condición que sistematiza perfectamente Kant y cierra cualquier pen­samiento desde la razón, intenta objetivar lo íntimo del ser humano, aquello con lo que convive la conciencia, de mane­ra que entiende al ser humano como espíritu, en el sentido de ser, más allá de lo que soy, ya que el soy es un proceso que viene de ser. Saca este ser fuera se sí, para verlo. Kant parte del individuo concreto y lo estudia desde fuera.

Para Kant la realidad es el límite desde donde puede intervenir la razón. Hegel se mete dentro del ser, para estudiarlo desde su interioridad, hace del hombre concreto una abstracción y plantea al sujeto como un absoluto que se puede explicar en sí mismo mediante lo que para él es el «automovimiento». Éste proceso del ser sucede en la vivencia, no en la con­ciencia, ya que el terreno de ésta es la razón. Para Hegel la manifestación del espíritu es aquello que acontece del ser en lo que es, en su fenomenología. Este filósofo de lo absoluto expone, probablemente sin proponérselo como tal, el ena­moramiento entendido como devenir de la autoconciencia. No hace referencia al enamoramiento, pero sus palabras lo definen, y no hay nada que dé sentido a sus palabras que no sea el enamoramiento. Vemos pues el enamoramiento como impulso del ser.

El existencialismo es una tensión, desde el punto de vis­ta filosófico, entre los dos modelos, el hegeliano y el kantia­no. Une la razón y el espíritu para explicar qué es la persona, pero no en sí misma, sino ante el mundo. Los existencialis­tas quedan atrapados en el sin sentido, la vaciedad, pues la existencia deja pasar la vida y ésta se escapa. No crean una nueva teoría, miran la huida del tiempo, sin querer sumer­girse en el ser y relatan esta experiencia existencial. De esta manera el existencialista alemán, Heidegger indaga sobre el ser y el tiempo.

Otra corriente filosófica, el positivismo, para comprender el mundo pone al ser humano en medio de un paréntesis, para que no intervenga en la captación de la realidad. Con la filosofía analítica el concepto queda re­ducido a lenguaje. Ludwig Wittgenstein prescinde de lo real y de la persona, puesto que reduce la realidad a lo pensable del lenguaje. Los límites de la realidad los sitúa en la lógica del mismo. Su obra Tractatus Logicus se ha convertido en un manual del conductismo filosófico: «De lo que no se puede hablar mejor es callarse».

Cada sistema filosófico forma parte de un puzzle que nunca se completa, puesto que son creaciones del pensa­miento, de tal manera que siempre es posible aportar una nueva pieza, una nueva manera de ver y de mirar el Ser. Excepto el sistema de Hegel, los demás dejan a un lado, fuera de su lenguaje, el enamoramiento. Sólo Hegel lo in­cluye en la totalidad que explica para llegar a comprender el Ser. Utiliza imágenes de palabras que sirven para entender el enamoramiento como parte de ese acontecer del ser huma­no, que parte del Ser para llegar a ser. Lo que cuenta Hegel puede entenderse como un devenir fuera de lo Absoluto, entendido en el sujeto y siendo solamente para el sujeto. La personalidad es la síntesis de los estados de conciencia externo e interno, siendo algo que incluye ambos aspectos de la realidad, pero que es algo nuevo y diferente. El recorri­do hacia la síntesis es lo que da lugar a la dialéctica a modo de manifestación como fenómeno de la creación. Lo que para Carl Marx será la revolución en los procesos sociales.

Bien podemos entender el enamoramiento como una re­volución del alma, íntima y personal. La tensión estimula a crear, para buscar la síntesis entre la tesis y la antítesis, que son la realidad y el yo del sujeto El devenir se hace proceso vital, interior y se construye de esta manera la realidad per­sonal, paralela a lo real, en donde cabe lo realizable y por eso crece, no es en-sí, sino para-sí, tal como escribe Hegel: «La conciencia es para sí misma su concepto y, con ello, de un modo inmediato, el ir más allá de lo limitado».

Hegel trata lo vivencial como si fuera un concepto, en lugar de hacerlo como una expresión, por eso es capaz de explicar el enamoramiento conceptualmente con el lenguaje del ser. No lo expresa, como hacen los poetas, ni tampoco hace referencia al mismo, pero sí planea en sus palabras una experiencia interior que convierte en conocimiento. Busca dar una consistencia lógica al espíritu y explicar el proceso de hacerse realidad, lo cual permite que se pueda aplicar al enamoramiento ciertos pasajes de su obra que responden a lo que acontece del espíritu: «La realidad ha perdido toda sustancialidad y ya nada en ella es en sí, se ha derribado, al igual que el reino de la fe, el del mundo real… El mundo del espíritu extrañado de sí se escinde en un mundo doble: el primero es el mundo de la realidad o del extrañamien­to del espíritu. El segundo, empero, aquel que el espíritu, elevándose sobre el primero, se construye en el éter de la mera conciencia. Este mundo contrapuesto a aquel extra­ñamiento, no por ello se halla libre de él, sino que más bien es la otra forma de extrañamiento, que consiste cabalmente en tener la conciencia de dos mundos distintos, abordando ambos».

Lo que para Hegel es lo ético o moral como concepto en cuanto espíritu, desde el discurso del enamoramiento es lo estético y la percepción de sensaciones. Según Hegel: «Lo que es el objeto para la conciencia tiene la significación de ser lo verdadero». Lo verdadero es y vale en el sentido de ser y de valer en sí y para sí mismo. Es la cosa absoluta que no padece ya la oposición entre certeza y su verdad, entre el fin y su realidad, sino que su ser es la realidad y el obrar de la autoconciencia. Esta cosa es, por tanto, sustancia ética, y la conciencia de ella la conciencia ética. Cuando de lo que hablamos en términos similares, sobre el enamoramiento, es conciencia estética y lo que se deriva de la misma es la creatividad, como ser en sí y para sí, en cuyo trayecto se hace fenómeno, ser ahí. Mientras que la sustancia ética es lo universal de la pura conciencia como categoría de ser abso­luto, en términos hegelianos, la sustancia estética sería Ella como referente, lo que en forma de verso se expresa como «la materia de los sueños».

Para Hegel al corazón se enfrenta una realidad, pues en el corazón la ley comienza siendo solamente para sí, aún no se ha realizado y es por tanto, al mismo tiempo, algo otro que el concepto. Y este otro se determina así como una realidad que es contrapuesta a lo que ha de realizarse y, con ello, la contradicción de la ley y de la singularidad. Es por tanto una ley que oprime a la individualidad singular, en orden del mundo violento que contradice la ley del corazón, y, de otra parte, una humanidad que padece bajo ese orden y que no sigue la ley del corazón, sino que se somete a una necesidad extraña… esta individualidad tiende a superar esta necesidad que contradice la ley del corazón, al igual que el padecer por ella.

El espíritu es para Hegel lo que cada cual lleva a cabo como su propia obra: «Por hallarse aquel orden coercitivo divino y humano escindido del corazón, es para ese una apa­riencia llamada a perder lo que todavía conserva asociado a él: el poder y la realidad. No es ya la certeza inmediata de ser toda realidad, sino una certeza para la que lo inmediato en general tiene la forma de algo superado, de tal modo que su objetividad solamente vale como superficie cuyo interior y esencia es la autoconciencia misma… la autoconciencia es el espíritu que abriga la certeza de tener unidad consigo misma en la duplicación de su autoconciencia y en la independencia de ambas. Esta certeza es la que ahora tiene que elevarse ante él la verdad. Lo que vale para ella, el que sea en sí y en su certeza interior debe entrar en su conciencia y llegar a ser para ella. La sustancia es la esencia espiritual que es en sí y para sí y que no es todavía conciencia de sí misma, pero la esencia que es en sí y para sí es el espíritu».

De acuerdo al sistema filosófico de Hegel el desarrollo, como concepto, evoluciona sobre sí mismo. El enamora­miento produce una ruptura con la existencia, lo que supo­ne la evolución del ser del sujeto. Una categoría inmersa en el espíritu hegeliano puede ser el enamoramiento.

FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU

El automovimiento sobre la sustancia, que analiza He­gel, equivale en el discurso del enamoramiento «al camino más largo», el que pasa por la realidad partiendo de Ella. Mientras que el espíritu es un absoluto, Ella es un absoluto subjetivo y cumple una función de realidad psicológica. Este automovimiento subjetivo es el impulso que apunta a Ella, al igual que a lo Absoluto en el plano objetivo, pero que llega a uno mismo en el discurso del enamoramiento, de manera que se cumple el proceso de lo que es un fenómeno: la construcción de lo real. Ella actúa de fuerza gravitatoria de la creatividad, que es siempre algo a lo que se tiende, pero que nunca se llega, de ahí el anhelo de perfección. El resul­tado consiste en «ser lo que es», de manera que la realidad queda hecha, construida como estudia Hegel en el mundo de la objetividad del ser.

Las novelas románticas, y muchas otras en las que el enamoramiento se convierte en la trama central, desarrollan lo que es el momento del enamoramiento. Permiten ver ese núcleo sentimental convertido en todo un argumento na­rrativo, que describe el instante en que sucede en forma de una trama, siempre con un final trágico, puesto que nunca se puede hacer realidad. La obra Tristán, de Thomas Mann, define el momento de enamoramiento dentro de una his­toria que se desarrolla paralelamente al Werther de Goethe, a modo de un enfrentamiento con la realidad. Uno de los protagonistas, el escritor Spinell cuenta: «He visto una mujer hermosa. Sólo la rocé a la dama con media mirada, en realidad no la miré, pero la borrosa sombra que recibí de ella fue suficiente para excitar mi fantasía y hacerme llevar la im­presión de que es bella». La señora de Kloterya le pregunta si es esa su manera de contemplar a las mujeres hermosas. A lo que él contesta: «Sí, mejor que si las mirase cara a cara torpemente y ávido de su realidad y me llevara la impresión de algo defectuoso».

El mundo de estar separado de Ella es para él un mundo de engaño, contra el cual arremete en la carta que escribe al marido de su amada, compañera de él en el hospital. A través de la música Spinell y Gabriela logran transformarse durante unos instantes en Tristán e Isolda, que mueren de amor. Spinell trata de advertir al marido que su esposa corre peligro porque es muy sensible, pero fue inútil. «Al marido no le bastó, escribe Spinell, con contem­plarla, tuvo que aprovecharla, profanarla», por lo cual él le odia como a la vida misma y le califica de “plebeyo goloso” e “ignorante práctico para el Estado”. El marido le respon­de desde la realidad social, con un punto de vista alejado del enamoramiento: «soy un hombre hecho y derecho, veo a la mujer y si me gusta y me quiere la tomo». Acusa al escritor de llevar a la gente a la locura, lo cual es cierto cuando se vive la irrealidad sin ser comprendida como tal y sin ser ca­paz de convertirla en un potencial creativo inmenso, pues el enamoramiento desconectado de la realidad y de las demás personas provoca delirios. El escritor una vez que muere Gabriela se va. Reconoce que en el fondo es una fuga. Es una huida de la realidad, pero al mismo tiempo supone su­mergirse en ésta.

En Mario y el mago Thomas Mann cuenta la actuación de un mago locuaz, que lee el pensamiento. Tiene dotes hipnó­ticas y hace subir al escenario a un chico que es camarero, Mario. Adivina el nombre de la mujer de la que Mario está enamorado. Nadie lo sabía: «Silvestra». El mago hace que le bese a él, Cipola el mago, como si fuera Ella, mediante un truco hipnótico. Al volver a su sitio, entre el público, Mario saca un revolver y mata al mago de dos disparos, por hacer realidad su sueño, por descubrir su secreto, por hacer asomarse a Ella a la realidad, algo que muere en la misma. «¿Es este el final?» pregunta el hijo de quien narra la historia. El padre que es quien se la cuenta responde: «sí, éste es el final que tiene algo de liberación, la cual es la liberación de la realidad». Toda la obra es una bella metáfora del enamo­ramiento, sin cuya interpretación queda como un desenlace enigmático, paradójico, pero que está, sin embargo, lleno de sentido si se analiza desde el enamoramiento, que es lo que Mann cuenta.

Otra obra del autor, La muerte en Venecia, se suele interpretar como el enamoramiento de un señor hacia un chico, cuando más bien es la imagen toda la novela de la fascinación estética, que no es exactamente enamoramien­to.

DESARROLLO DE LA CREATIVIDAD

Entre la realidad y la creación hay una separación de las dos dimensiones psicológicas. Lo real viene a ser el con­junto de lo externo y lo interior lo que percibe la conciencia o que puede percibir. Cuando la conciencia asume una rea­lidad que la entiende como tal, el caso de una creencia, no existe externamente, es algo que no es real, pero sí una rea­lidad, pues ante la conciencia que lo percibe funciona como tal porque la conciencia asume esa percepción.

El erotismo es la creatividad que se aporta a un hecho natural como es la sexualidad. Una faceta biológica amplía su dimensionalidad al campo de la cultura y se crea la natu­raleza del placer. Ya no tiene una función reproductora nada más. La relación biológica es lineal, se trata de una relación estímulo-respuesta.

El amor sucede de manera bidimensio­nal, intervienen aspectos sociales, el lenguaje con todo lo que conlleva de compromiso y pacto de la pareja.

El enamo­ramiento crea sus propios parámetros, que se desarrollan en tres dimensiones, para llegar al núcleo del yo. El mundo su­pone una limitación que se supera mediante la creación es­tética, de manera que el yo se volatiliza y se vive como alma, porque la mente adquiere un sentido de sí misma que se ve como algo propio y que forma parte del proceso de indivi­duación.

El sujeto, el yo, hay que crearlo, no surge espontá­neamente. La creatividad potencia el desarrollo interior de uno mismo. Se trata de una realidad creada, necesaria y que hay que aprender a vivir. Su ausencia supone el vaciamien­to interior. Es por ello que autores como Michel Foucault plantean que el sujeto aún no ha nacido en la historia de la humanidad y hay que crearlo.

La razón es un instrumento para funcionar en la reali­dad externa. Forma parte del proceso comunicativo entre las personas. El ser como identidad del yo se capta desde el alma, que ha sido creada por el yo, por una sensación de sí mismo que se torna espejo para mirarse. Esta imagen del yo en el espejo es el alma, que no tiene ubicuidad, pues es un reflejo del yo. No se hace, no se vive, sino que se ve a sí mismo. Al yo sólo se le puede mirar, no razonar. La literatu­ra apunta a él, lo señala, para que dirijamos la mirada hacia él. El enamoramiento saca fuera el yo a través de la creación artística, como vivencia que se entiende vivencia del alma. Se siente como algo ilusorio, pero se hace real. En La vida es sueño, Calderón de la Barca expresa:

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Es mundo tan singular

que el vivir sólo es soñar

y la experiencia me enseña

que el hombre que vive sueña

lo que es hasta despertar

y en el mundo en conclusión

todos sueñan lo que son

aunque ninguno lo entiende

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño

que toda la vida es sueño

y los sueños sueños son.

Para mí no hay fingimiento

que desengañado ya

sé bien que la vida es sueño.

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Este drama, La vida es sueño, expresa el enamoramiento en forma de una historia de amor. Cuando van a sacar a Se­gismundo de la prisión es el momento en que ve a Rosaura. El autor cuenta el enamoramiento en forma de imágenes escénicas, que se hacen eco del alma. Propone un debate entre lo real y la ilusión como vivencia, que sucede en alguna etapa de la vida. La realidad es una, pero se vive desde di­versas dimensiones humanas.

El fondo de muchas creencias es esta relación de lo real con lo ilusorio. Muchas veces se da realidad real a lo ilusorio, mediante el ilusionismo del len­guaje. Dimensiones inexistentes se convierten en realidades que se vivencian mediante la ceremonia y el rito. De esta manera el enamoramiento queda ocultado.

La poesía y el arte lo desvelan, pero se sitúa en un nivel de irrealidad que hace que el enamoramiento se esconda cuando se reprime la manifestación del yo, o se falsifica con vivencias distorsio­nadas que se transmiten mediante la técnica del espectáculo. Aunque falso funciona, igual que lo hacen los billetes falsos, hasta que se descubre que no son los legítimos.

El resultado de ignorar el enamoramiento es el vaciamiento de la subjeti­vidad. Si no construimos la realidad, nuestra realidad, la pa­decemos, la que otros imponen. Se soporta, bajo el lema «la vida es así», «nada se puede hacer», «¡qué le vamos a hacer!». Sólo la ilusión permite que la realidad sea lo real y que lo real de cada uno se haga realidad. Esta es una de las grandes paradojas del ser humano que el enamoramiento resuelve cuando vive, pero antes hay que sentirlo y conocer qué es.

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