Representaciones del enamoramiento

El enamoramiento se convierte en un mito subjetivo. Como mecanismo social se instrumentaliza a modo de téc­nica para atraer el gusto de los espectadores y consumido­res. Se usa como un recurso de tipo publicitario, junto con otros resortes de la conducta humana que se manipulan en la sociedad de consumo. Julio Iglesias se ha convertido en un trovador, cuyas canciones, su letra, el tono y vibración de voz y la tensión escénica del cantante hacen que sus cancio­nes hagan eco en quien le escucha. Quien ha rechazado su propio enamoramiento, no lo soporta, le disgusta. Este can­tante se ha convertido en una imagen de sí mismo. Su vida privada, aparente, es un producto más de consumo, a través de las revistas del corazón. Toda su parafernalia hace que su espectáculo se convierta en un mercado emocional de ma­sas, porque en lo individual hay un punto de enganche. 

La soledad es una constante en las declaraciones de este cantante, convertido en un icono universal. Comunica su estado íntimo. Se trata de una soledad creadora. En una en­trevista declara: «Tengo más dinero, más experiencia… más soledad». De alguna manera al descubrirse vende esa ima­gen de sí, la cual le sirve para expandir su enamoramiento a través de la fama que, dice, necesita. Interpreta esa soledad profunda cuando canta en los escenarios, en los que vive su ser emocional. Julio Iglesias es más él y vive más en un esce­nario que fuera del mismo. De igual manera que los poetas se viven a sí mismos en sus poemas. Fuera de ellos la vida es transcurrir y supervivencia.

Priscila declara sobre Julio Iglesias, después de haber vi­vido junto a él algunos años: «Es un hombre absolutamente solo. Sabe que una mujer no puede vivir mucho tiempo a su lado. Él nunca podrá ser feliz». Lo repite él mismo: «Sé que existe la felicidad, pero no es para mí». Y es que el enamo­ramiento no encaja con el amor y a su vez imposibilita su manifestación, amar a otro, si no se distinguen y se reconoce la diferencia. 

La canción Sólo soy un hombre solo que canta Julio Iglesias, con la que estremece a su público, representa la dualidad de ser solamente un hombre, «… un hombre sólo», y ser un hombre solitario, «… un hombre solo». Esta soledad es la que vende a la sociedad de consumo, la hace objeto, como imagen, pero hay un sustrato en el intérprete y en el públi­co que hace que su mensaje adquiera resonancia con el es­pectador. Podemos entender este proceso de comunicación de masas como la representación moderna de la leyenda de Fausto, en la versión de Goethe, que vende el alma al diablo a cambio de sabiduría y eternidad. En el fondo de este trato está «el eterno femenino». En la fama se crea la sensación de ser eterno, ya que la imagen perdura, trasciende a la vida. De esta manera muchos artistas disecan su existir en un es­cenario mientras que lo cuenta en sus canciones: «me olvidé de vivir». Este deseo de trascender más allá de la vida de uno mismo lo describe hace dos milenios Ovidio al final de su obra Metamorfosis, en la que reconoce y hace constar: «Mi nombre jamás morirá y por donde el poderío de Roma se extienda sobre el orbe recitarán mis versos. Gracias a la fama viviré por los siglos de los siglos». Lo cual muchas veces se suele vivir de manera colectiva, proyectando este deseo en una fe religiosa que plantea otra vida después de la muerte o con la esperanza puesta en la reencarnación. El deseo de algo crea su objeto y lo que es un horizonte que abre el lenguaje en nuestra mente se convierte en una reali­dad objetiva para el creyente.

El éxito por el éxito, como empeño y sentido de la vida, tiene un trasfondo sentimental. En la época moderna se va­cía de contenido y queda la cáscara del mismo, la imagen sin contenido, un producto más de la industria de la imagen. Pero hay una base en el querer trascender los límites del en­torno de la realidad en la que interviene el enamoramiento. Julio Iglesias declara en una entrevista de 1985: «Mi apuesta, mi obsesión era triunfar en los Estados Unidos de América, porque, querámoslo o no, triunfar allí es hacerlo en todo el mundo». Se deja llevar por la industria discográfica y toda la tecnología de mercadotecnia, la cual le sirve, en el fondo, para expandir su enamoramiento que deja ver en los esce­narios, en donde lo hace visible y lo vende, quizá porque no le queda más remedio. De otra manera su enamoramiento permanecería encerrado en su corazón sin poder lanzarlo al viento. Él se convierte en el centro de atención de sus canciones románticas para llegar a Ella en la distancia, sin saber, tal vez de esa Ella, pero se comunica con ella: «Por el amor de una mujer / he sido todo cuanto fui. / Lo más her­moso de mi vida». Llega a millones de personas, que sienten algo al escucharlo, algo especial, lo cual aprovecha «el arte de las masas», según expresa Francisco García Tortosa en la introducción que hace a la novela Ulises de James Joyce: «La ilusión como espejismo es necesaria para sobrellevar las as­perezas de la realidad. Sentimentalismo, esperanza ilusoria, como algo que el arte de las masas ha sabido explotar».

La inercia del trabajo y de las relaciones con el mundo producen, en muchas ocasiones, el traspaso de Ella a la fama y se produce un cambio que vacía el enamoramiento, pierde su sentido y se utiliza como resorte para llegar a los demás, como lenguaje y técnica. Esta situación hace, finalmente, que muchos artistas famosos se suiciden o se encaminen a una muerte rápida con sus excesos, con la droga, el alcohol o la velocidad con la que se estrellan para tratar de llenar su vacío y acompañar realmente, físicamente, a la muerte de su enamoramiento que vive como un fantasma en su interior atormentándoles. También ocurre con el sentido del éxito de muchos yupis y ejecutivos que sienten ese impulso en sus adentros y sustituyen a Ella por el dinero, cuyo deseo de enriquecimiento se convierte en infinito.

 Con el enamoramiento la vida adquiere una unidad de la personalidad cuando queda su poso como referencia con el paso del tiempo, aunque pierda intensidad o se deforme. Siempre queda su rescoldo en el fondo del alma y podemos acurrucarnos en él. Canta Julio Iglesias «Recuerda, si me ves cambiar, que hay que vivir, pero no olvidar; sigo en la ca­rretera buscándote… me comen la cabeza los pensamien­tos, pensando en ti, pensando en ti… al final del camino te encontraré… me muevo entre la duda y la leyenda». No es entendible que se hayan convertido estas canciones en un fenómeno internacional si no se reconoce que es algo que afecta a quienes le escuchan y que remueve ese oleaje de enamoramiento que sucede en la mente.

En la sociedad de consumo la economía sustituye a la poesía, hasta el punto de convertirla en moneda de cam­bio. En la modernidad el enamoramiento cada vez se ex­presa menos como arte y se convierte más en un reclamo transformado en técnica de comunicación social. Tal es la trampa en la que caen cantautores y grupos contestatarios cuando salen de sus grupos y ambientes sociales, pierden su contexto del que surgen y se diluyen en los medios de comunicación de masas, de manera que la idea o la emoción que se trasmite se pierde para el público, quedando la forma, pendiente de resultados de audiencia, más que de crecer y comunicarse en el silencio de la reflexión o de la vivencia íntima. La sociedad del espectáculo tritura cualquier factor humano incipiente y lo reconvierte en desarrollo económi­co.

 El enamoramiento, al ser finalmente un proceso social, debe tener en cuenta este contexto para evitar su falsifica­ción e impedir que quede convertido en un espejismo psi­cológico. La literatura juvenil actual se centra en la aventura, en narrar una historia espectacular que deja a un lado las emociones y sentimientos de los protagonistas, convertidos en muñecos. Sustituyen el interés mediante la complicidad con el lector por una admiración a lo que pasa, por invero­símil que pueda parecer, basándose en propuestas mágicas o fantasiosas historias que entretienen sin otro sentido que vender lo más posible.

 Ella es inaccesible, pero se acerca al enamorado me­diante la creatividad. Otra distorsión es cuando se idolatra, porque entonces la personalidad del sujeto enamorado se bloquea. Muchos famosos, al perder el sentido poético y romántico de su andadura, buscan ser admirados, más como imagen que como sujetos reales, y dependen psicológica­mente de su público como compensación a ese vaciamiento. Se convierten en su propia imagen, lo cual es una caracte­rística de artistas y dictadores políticos o jefes de empresa. Acaban huyendo de las relaciones personales y sólo saben comunicarse con la masa, con los medios de comunicación. Necesitan de ellos, sin los cuales no son nada y con su au­sencia sienten una dependencia que convierte su labor en una droga que necesitan para sobrevivir psicológicamente. Rinden tributo a la masa, o a su entorno laboral, que les enaltece, como sustitución de Ella.

 Con Julio Iglesias el enamoramiento se vende en for­ma de espectáculo, se representa, más que expresarse, pero parte de un trasfondo real, auténtico que se hace técnica de comunicación en su proyección a la sociedad de masas. Su primera biografía lleva un título significativo, Entre el cielo y el infierno. Cuenta su contradicción, viéndose entre dos mun­dos cuyos cimientos se resquebrajan. Vive entre su alma y lo cotidiano del mundo, en el que un entramado de aplausos le atrapan, el dinero, los lujos, las entrevistas, las portadas de la prensa del corazón, la fama y en el fondo la melancolía. Tal es el drama que representan por dentro los enamorados en un camino que aflora en muchas borracheras solitarias, lo cual es descrito por los conocidos como poetas malditos.

 Lo inalcanzable es la motivación más vital del enamo­rado. La existencia se convierte en crear realidades. Cuando esta posibilidad se ve coartada, la persona afectada se sien­te morir, sentimiento frecuente durante la adolescencia. La mente se aplatana, pierde tono, se hunde. Nada tiene senti­do y se desea, en algún momento, morir. No en un sentido pasional, que es otro tema, sino por desmotivación de la vida. Llega un momento en que hay que optar, elegir entre la realidad y aparcar el idealismo, ocultar el enamoramiento o seguir avanzando, como se pueda en la poesía, para des­ocultarla. Poesía que no siempre se escribe, a veces se vive, se pinta, se sueña.

 Podemos entender el enamoramiento tal que una espe­cie de levadura psicológica. Es un impulso que arriesga la existencia, para visionar más allá de lo establecido. Se trata de un estado clandestino ante la vida cotidiana, que se sitúa en las catacumbas de la soledad. Ella queda incrustada en la personalidad. No pocas veces pasa de manera desapercibi­da, pues hay quien no lo sabe, o no reconoce este estado y le resulta molesto, lo rechaza por absurdo. Las descripciones del paisaje humano en que aparecen diversos escenarios del enamoramiento no sólo se perciben en las obras de arte de la literatura conocidas, sino que están repletas en millones de hojas olvidadas, guardadas en cajones, en carpetas polvo­rientas y en papeleras. Miguel, un estudiante de filosofía, dio a mediados de los años 80 a sus compañeros de clase copias de una novela en la que contaba cómo era su Ella, silenciosa, bella, rubia e inventada, pero real, su Irene.

 El momento en que surge el enamoramiento puede ser una sonrisa especial, una mirada, un gesto, que a veces pasa de largo para todos, menos para el que queda impactado por esa imagen, la cual se repite una y otra vez en el recuerdo, en la imaginación sin que se conozca a quien es el referente de ese impacto. Se trata de un instante, que se conoce como «flechazo», lo que responde a la imagen de Cupido lanzando una flecha al corazón. La huida de ese momento, que no se suele entender como inalcanzable y que no se aprovecha para ser más plenamente, se adultera, con el fin de conver­tirnos en adultos, para lo cual basta con cumplir unas reglas y pautas sociales. La doble vida queda siempre como posi­bilidad. He conocido a muchas personas que guardan sus poemas y muchas veces los dejan de hacer simplemente por falta de tiempo o motivación por carecer de la oportunidad para comunicarlos a alguien. Se deja de vivir, para represen­tar papeles que la sociedad y los demás nos asignan.

 En la leyenda Las tres flechas del escritor Gustavo Adolfo Bécquer podemos leer: «La verdad es que detrás de la venta­na no vi nada, pero en la imaginación me pareció descubrir un bulto: el bulto de una mujer, en efecto». Se trata del rastro de Ella, que se persigue, se sigue en forma de sueño. Otra narración de este autor describe este proceso de manera ma­ravillosa. En Un rayo de luna se entiende la realidad misma como la del enamoramiento y se consigue transmitir dicha sensación, como un auténtico escultor de la palabra, ¡pala­dín del romanticismo!: «Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a esta porque era rubia, a aquella porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco». De ma­nera que repite en otros sustratos femeninos el instante del hallazgo de Ella: «Yo la he de encontrar, la he de encontrar y si la encuentro estoy seguro de conocerla… ¿en qué?. Eso es lo que no podré decir… pero he de conocerla». Bécquer consigue definir la realidad desde el enamoramiento y con­cluye el amor es un rayo de luna, se ve, se persigue y no se alcanza.

 Desconocer el enamoramiento lleva a que este estado sentimental de la mente sea dirigido desde fuera hacia con­ductas heroicas, a patriotismos fanáticos o al consumo com­pulsivo. En las democracias en las que hay libertad sexual el enamoramiento se desprecia y reprime conformando el modelo social que define Marcuse como tolerancia repre­siva, incentivando la búsqueda del éxito y el triunfo, de tal manera que la voluntad y el poder personal se canalizan a metas económicas y muchos idealistas acaban aceptando un cargo público, o colocados en empresas con buenos suel­dos, en una vida contraria a la que soñaron en su juventud. Quedan amargados con su existencia, a pesar de tener con creces todas sus necesidades materiales cubiertas. La publi­cidad insinúa imágenes que seducen por sugerir el momento del enamoramiento y llama a que se busque esa imagen en la compra de lo que se vende. Se acompaña de una música sugerente. Las personas somos mucho menos hedonistas de lo que se pueda suponer, de lo contrario no sacrifica­ríamos la vida en trabajos y horarios que sólo una dosis de enamoramiento encerrado hace soportable, porque aunque esté enquistado permite un alivio, lo mismo que los sueños, a modo de compensación de la realidad consciente. Como canta Julio Iglesias: «yo canto al recuerdo de un tiempo que ya no volvió, yo canto a esa gente que lucha por una ilu­sión».

 Hay letras de canciones que pueden parecer juegos de palabras, pero representan paradojas sentimentales que ex­presan el enamoramiento, lo cual carece de parámetros ló­gicos en le lenguaje racional y en el cotidiano. Se capta al escucharse. «Me conformo con todo, con nada y con más», canta Julio Iglesias. Representa un nivel del lenguaje dife­rente, lo mismo que hay distintos idiomas. Se puede traducir esta frase como que se conforma con Ella, que lo es todo, con su lejanía, su distancia, su ausencia, que es a la vez nada, pero es todo. Y es su recuerdo, su imagen, los poemas que inspira. Estas letras acarician la sensibilidad de quienes le escuchan y despierta una chispa interior. Al analizar las can­ciones de este cantante encontramos que se puede ver la aureola del enamoramiento, literalmente: «Me falta el amor que tanto busqué. Cantándote estoy y tú sin saber… Quizá tú no sepas que canto pensando en tu amor. A veces me siento muy solo y quisiera llorar y luego comprendo que fui yo quien quiso cantar». Da lo mismo que sea el autor de la letra o no, la sabe representar y dar una voz que vibra en un tono especial, acorde al enamoramiento. Aunque se ha querido asociar sus historias de amor y desamor con mujeres con las que ha convivido o con las que ha mantenido algún tipo de relación, nada tienen que ver con ellas, sino con Ella. En la canción Alguien pasó explica cómo la imagen de una mujer pasa por su vida y se transforma en un horizonte hacia el cual camina: «Voy a ningún lugar». En otra, «¿Dónde está mi fe?», se interroga por una búsqueda sin objeto: «soy como el ave sin un nido. Todos son recuerdos que jamás olvidaré, son como el agua que a una planta hace crecer, son mi vida misma y con ellos moriré».

 En muchos casos el público se convierte en la personi­ficación de Ella y en ellos el artista la proyecta. Hay otros cantantes cuya letra mantiene un discurso de fondo muy pa­recido. Las letras «anticursis», de tipo heavy o rock, suelen ser la inversión de este estado al cual se ridiculiza y se busca a cambio un mensaje duro para enmascarar el enamoramien­to, lo cual tiene otro tipo de público, pues lo que no se vi­vencia se ataca.

En una de las canciones de Julio Iglesias si se añadiera a la letra el sujeto Ella y se pone de complemento direc­to «enamoramiento» tenemos un retrato muy acertado del mismo: «Nunca hubo un hombre tan libre, nunca tan fuerte como él. Libre le hizo su alma, fuerte le hizo su fe. Lágrimas tiene el camino que el vagabundo dejó. Por los pueblos que pasaba contó lo que el hambre le enseñaba y la sed que pasó (de Ella). Pero nadie le escuchaba y se reían de él. Hablaba del hambre y la sed (de Ella). Lágrimas tiene el camino que el vagabundo dejó, llanto perdido que el viento alejó».

 Muchas pautas de la vida cotidiana evaden la realidad subjetiva, de la cual mucha gente se esconde. El enamora­miento impulsa el sentido creativo como ilusión. Aunque el desarrollo de la personalidad pase por el enamoramiento no queda en él, sino que transcurre y en ese proceso el enamo­ramiento es un potencial que se desconoce. La estructura teórica del enamoramiento puede encuadrarse en la poética literaria. Puede entenderse como un sueño que se sueña des­pierto, lo que se expresa en otra canción de Julio Iglesias:
«Soy de aquellos que viven buscando un lugar.
Soy Quijote de un mundo que no tiene edad.
…y mi Dulcinea ¿dónde estará?
que su amor no es fácil de encontrar,
quise ver tu cara en cada mujer
tantas veces yo soñé que soñaba tu querer

Y es que vengo de un mundo que está más allá». 

Vemos que en muchas ocasiones la descripción literaria del enamoramiento es literal, sin embargo, se piensa que es una exageración. Por eso la mejor manera de entender qué es el enamoramiento es seguir las huellas que deja la palabra escrita, porque manifiestan qué es, cómo sucede, sin necesi­dad de interpretar aquello que comunica el autor, debido a que dice lo que quiere expresar y lo hace por tener necesidad de que le escuchen. También es una manera de recuperar la fuerza del arte, para que no pierda su consistencia, cuando la literatura queda, cada vez más, reducida a una imagen pú­blica. Muchas veces se construyen poemas, novelas, pero no expresan nada. Se hacen escritos, en lugar de escribir sin más, para la industria de los libros como objeto material y se pierde su parte comunicativa, el alma de la palabra, que es a lo que apunta la escritura, pues no es sólo lo que dice, sino también a donde nos lleva.

 Rescatar el enamoramien­to, comprender qué es, supone reivindicar una parte del ser humano, especialmente activa durante un etapa de la vida en que se convierte en el centro de las personas. Lo mis­mo que la Historia la escriben los vencedores y son éstos quienes definen a los «buenos» y los «malos», las teorías, incluidas la de los sentimientos, la escriben los mayores, y la juventud no se ve a sí misma. Se expresa, se rebela, pero no queda un discurso definido desde ella misma. Algo que sucede permanentemente con el movimiento estudiantil. El enamoramiento se describe de manera deformada por eru­ditos y todo el mundo opina, pero nunca se ve «a través de», a través de la juventud. Se analiza como fenómeno, no como ser que es y que da lugar a multitud de actos de rebeldía y artísticos. Se suele ridiculizar, lo mismo que se ha hecho desde la perspectiva religiosa con la satanización de la sexua­lidad.

 El conocimiento que se tiene del enamoramiento es absolutamente deformado hasta el punto de que nadie lo ve cuando lo tiene ante sus ojos en la literatura.